viernes, 29 de abril de 2011

Municipalismo libertario

Tal y como lo define Murray Bookchin, el municipalismo libertario es el nombre del proceso que pretende volver a crear y expandir el ámbito político democrático como el lugar del autogobierno de la comunidad. Este proceso, por lo tanto, tiene que tener como lugar de partida la comunidad. La comunidad está comprendida por individuos cuyas viviendas están agrupadas en un lugar público diferenciado, formando una entidad comunitaria perceptible. Ese espacio público es el lugar donde lo privado se convierte en comunal. Los vínculos dentro de esa esfera pública están marcados por la proximidad residencial, así como por los problemas e intereses compartidas surgidos de esa comunidad (ambientales, educativos, económicos...). Esos asuntos que los miembros de la comunidad tienen en común, opuestos a los propios de la vida privada, son los temas de interés en el ámbito político. Existen otros ámbitos de la sociedad, como el trabajo o la universidad, donde también se establecen asuntos de interés público, y esos lugares también puede y deben ser democratizados (ya iremos viendo el concepto que Bookchin tiene de la democracia directa, plenamente compatible con el anarquismo).

Desde ese primer nivel político de la comunidad es desde donde el municipalismo libertario se esfuerza por crear y renovar el ámbito político, para expandirlo posteriormente. Desde ese nivel, las personas pueden pasar de estar atomizadas a reconocer a sus vecinos, crear una interdependencia, llegar a acuerdos en aras del bienestar común. Es ahí donde se pueden construir las instituciones libertarias (y Bookchin no considera tal concepto una contradicción), que lleven a una amplia participación comunitaria y la mantengan de forma permanente. Se trata de que los ciudadanos recuperen el poder que el Estado les ha arrebatado. El municipalismo libertaria llama "municipalidades" a este tipo de comunidades políticas potenciales. A pesar de que las municipalidades varían en tamaños y en estatus legal, puede decirse que todas tienen en común las características y tradiciones suficientes como para que reciban esa denominación. Son lugares que tienen un potencial político, en los que toda una tradición de democracia directa (aquí Bookchin recoge toda una tradición histórica) puede ser revitalizada. Podemos denominar a este espacio público como potenciamente autogestionable (si no queremos hablar de un gobierno o de democracia, para no caer en términos que resultan confusos en las ideas libertarias).

Naturalmente, ese deseable ámbito político libertario, entendido desde la perspectiva del municipalismo, solo puede realizarse si la vida comunitaria se reduce a determinada escala. Las grandes ciudades actuales se descentralizarían en municipalidades más pequeñas susceptibles de ser autogobernadas. El poder pasaría del Estado y los ayuntamientos a esas pequeñas municipalidades, nacerían nuevos espacios públicos, una nueva infraestructura y producciones económicas locales. Es posible que las personas pasaran de la actual vida estresante, en la que se ven obligados a desplazarse continuamente, a una mayor implicación en lo local, si así pueden realizarse personalmente. Esta descentralización no tiene por qué afectar a todas las instituciones, ya que en el caso de, por ejemplo, las universidades y los grandes hospitales es más efectivo mantenerlos. En cualquier caso, se espera que la implicación de los ciudadanos en los asuntos públicos condujera a un nuevo florecimiento cultural, de tal manera que se decidiera crear escuelas, teatros o recintos sanitarios sin necesidad de cerrar los grandes centralizados. Del mismo modo que puede producirse la descentralización institucional, también puede darse una física. Esa descentralización física alude al entorno construido de una gran ciudad en referencia a su terreno e infraestructura. Gracias a ello es posible recuperar un equilibrio entre la ciudad y el campo, entre la vida social y la bioesfera. Es sabido que Bookchin tenía una gran preocupación por edificar una comunidad ecológicamente sólida.

Después de los dos tipos de descentralización, debe haber un proceso democratizador directamente vinculado. Las instituciones creadas, de democracia directa, estarían formadas por asambleas de ciudadanos (reuniones generales en las que todos los ciudadanos de un área determinada se reúnen, deliberan y toman decisiones sobre los asuntos comunitarios). De nuevo se apela la la historia para llegan a normas y prácticas racionales. Por supuesto, la intención transformadora es contraria a toda jerarquización, por lo que en ese sentido las praxis anteriores pueden ser rechazables. En cualquier caso, no se habla en ningún caso de instituciones inmutables, todas son susceptibles de mejora. Los lugares de reunión, así como la periodicidad y duración de las asambleas, serán cosa de los ciudadanos, siempre tratando de fomentar la participación pública. Las normas establecidas se decidirán en las primeras acciones de la asamblea, teniendo en cuenta que no se habla de un poder separado de la sociedad, ya que se encuentra bajo el control de los ciudadanos gracias a la municipalidad. Pueden establecerse comités de barrio, consejos y juntas consultivas y administrativas, siempre dirigidas a influir sobre los temas que interesen y siempre respetando la política que decida la asamblea. Los temas deberían ser expuestos de la forma más amplia posible, fomentando siempre el debate, algo propio de una democracia directa, y respetando la pluralidad de puntos de vista. Toda persona tiene el derecho a hablar en la asamblea, aunque el carácter de cada uno puede dificultar este hecho, siempre se pueden buscar formas de dar a conocer una forma de pensar (a través de las personas más capacitadas) y aprender con el tiempo a expresarse mejor y adquirir confianza.

Las personas que tienen una tendencia libertaria rechazan que sea una mayoría la que tome las decisiones, ya que eso supone obligar a la totalidad de la comunidad. Puede decirse que el gobierno de la mayoría es siempre coercitivo y contrario a la libertad individual. La propuesta que se suele dar es el consenso, en el cual no se toma ninguna decisión final hasta que todos los miembros de la comunidad están de acuerdo. Esta búsqueda de consenso es apropiada, y puede funcionar en grupos pequeños. Sin embargo, en grupos mayores y heterogéneos la cosa se complica, hasta el punto de que incluso la voluntad de uno o de un grupo pequeño puede dificultar la toma de decisiones. Es prácticamente imposible que todos los miembros de la comunidad estén de acuerdo en todas las decisiones. El conflicto forma parte de la política, y la disidencia es buena, ya que hay individuos que pueden considerar que una decisión no es adecuada para ellos mismos o, incluso, para la comunidad. No obstante, la búsqueda de consenso puede tener también sus trampas y sus coacciones diversas (la sicología social puede decir mucho sobre cómo la gente toma sus decisiones), incluso personas que disienten pueden ser empujadas a votar finalmente con la mayoría sin que esa sea su auténtica voluntad. De la misma manera, provocando que el disidente se excluya del voto es eliminarle sin más de la esfera política y hacerlo también con su punto de vista. Es por eso que Bookchin critica el consenso, ya que, o bien intensifica el conflicto hasta fracturar la comunidad, o bien acaba con el silencio de los disidentes. Una alternativa es que los disidentes voten abierta y libremente, manifiestando su oposición a la mayoría, con la esperanza de que su decisión influya sobre el cambio. De esta forma, aunque sea una mayoría la que toma las decisiones que afectan a la vida social, la minoría se reserva la libertad de intentan derrocar lo decidido. Siempre existirá la libertad de expresar las discrepancias, ordenada y razonadamente, intentar convencer a los otros de que el punto de vista propio es mejor, y la asamblea puede documentar al respecto. De esta manera, las minorías preparan el terreno para demostrar que una decisión puede haber sido equivocada y, al mismo tiempo, provocan el desarrollo de la conciencia política de la comunidad.

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