domingo, 16 de septiembre de 2012

Fragmentos de una antropología anarquista

Ese es el título de una obra de David Graeber, cuya primera edición en castellano es de abril 2011 a cargo de Virus editorial. El primer interrogante que se hace el autor es por qué hay tan pocos anarquistas en la academia en unos tiempos en los que las ideas libertarias están en apogeo; los movimientos inspirados en el anarquismo se suceden, pero eso no tiene un reflejo en las universidades. La conclusión de Graeber es que, mientras el marxismo es un discurso teórico analítico sobre la estrategia revolucionaria, el anarquismo ha tendido a ser un discurso ético sobre la práctica revolucionaria (siempre, siendo un poco cautos sobre las simplificaciones y teniendo en cuenta los muchos matices que tiene la realidad). En suma, las inquietudes del anarquismo han estado dirigidas a las formas de práctica y de ahí su famosa insistencia en unos medios acordes a los fines: resulta imposible generar libertad utilizando el autoritarismo. Graeber considera que esa coherencia, que anticipa en la cotidianeidad la sociedad libertaria del futuro, no encaja muy bien en una institución arcaica como la universitaria. Un profesor ácrata debería, al menos, cuestionar el funcionamiento de las universidades y eso únicamente le puede acarrear problemas.

No obstante, los anarquistas no están necesariamente en contra de la teoría. El anarquismo es, tanto una idea, como un proyecto subversivo respecto a las estructuras de dominio, construyendo siempre la alternativa en el seno de la vieja sociedad; por ello, se necesitan las herramientas que proporcionen el conocimiento y el análisis intelectual precisos. Aunque no se esté radicalmente en contra de la teoría, siempre se ha buscado en los grupos anarquistas un proceso de consenso que obliga a aceptar la necesidad de múltiples perspectivas teóricas todo lo amplias posibles, cohesionadas por ciertas convicciones y compromisos comunes. Graeber considera que es parte del proceso de consenso la aceptación por parte de todo el mundo, desde el comienzo, de una serie de principios amplios de unidad, los cuales se asumen al considerarse necesarios para la cohesión del grupo; sin embargo, más allá de eso, resulta obvio en el mundo libertario que nadie va a convertir a otro completamente a sus puntos de vista y que es mejor que no lo intente, por lo que la discusión se centrará en el tema concreto de la acción y en trazar un plan aceptado por todos en el que nadie vea transgredidos sus principios. Como puede verse, el anarquismo se esfuerza más en buscar proyectos particulares reforzados mutuamente y no en demostrar que los demás parten de posiciones erróneas. Las diversas teorías pueden ser muy distantes en algunos aspectos, pero eso no quiere decir que no puedan existir e incluso reforzarse mutuamente; del mismo modo, las personas pueden tener puntos de vista particulares e irreconciliables y no por ello dejar de tener una relación íntima o participar en algún proyecto.

Graeber realiza un pequeño manifiesto contra la política; hay que aclarar siempre que esta concepción de la política presupone un Estado, o aparato de gobierno, que gestionar para imponer su voluntad a los demás. Bajo ese prisma, la política está al servicio de alguna élite capaz mejor que el resto de manejar los asuntos de interés para todos, por lo que será siempre contraria a la idea de que la gente administre sus propios asuntos. Graeber dedica su pequeño ensayo, precisamente, a cuestionarse cuál puede ser la teoría social adecuada para aquellos que tratan de crear un mundo en el cual la gente tenga la libertad para gestionar sus propios asuntos. Para ello, se dedica a establecer unas premisas iniciales, las cuales es posible reducir a dos principales. La primera es que es necesario partir de la hipótesis de que "otro mundo es posible", una muy utilizada frase inspirada en una popular canción brasileña, por lo que instituciones como el Estado o el capitalismo, o cualquier otra perniciosa, son evitables; en gran medida, se requiere un acto de fe para ello, pero precisamente la imposibilidad del conocimiento absoluto hace que adoptemos el optimismo casi como un imperativo. Frente a toda tentación conservadora, algo que parece inherente al ser humano, hay que estimular siempre el progreso recordando que es posible que estemos traicionando el mundo nuevo si insistimos en justificaciones y en reproducir modelos actuales.

Es por eso que Graeber realiza otro pequeño manifiesto, esta vez en contra del antiutopismo; es una tendencia de la época del "fin de las ideologías", la cual ya está afortunadamente remitiendo, considerar que la tentación utópica ha llevado a los peores horrores a la humanidad. En primer lugar, se reduce toda utopía a la diferentes vías del socialismo autoritario (marxismo-leninismo, estalinismo, maoísmo...), en nombre del cual se ha acabado asesinando a millones de personas; hay que decir que esa prácticas acabaron confundiendo sus sueños de un mundo mejor con certidumbres científicas e impusieron sus puntos de vista mediante toda una maquinaria de violencia. Los anarquistas no proponen nada parecido, ni consideran los acontecimientos históricos inevitables ni tienen la menor intención de construir institución coercitiva alguna. Graeber recuerda algo importante y es que la creación de formas de violencia sistémica es siempre un asalto al papel que la imaginación puede tener como principio político; es necesario reconocer esto como primer paso, precisamente, para erradicar toda forma de violencia sistémica. Por lo tanto, esta es la primera proposición para una teoría social sobre una sociedad libertaria: la capacidad de concebir otro mundo mejor.

La segunda propuesta de Graeber es que toda teoría social anarquista debe rechazar cualquier tentación de vanguardismo. El papel de los intelectuales no es, de forma obvia para el mundo libertario, el de formar una élite capaz de desarrollar los análisis estratégicos pertinentes y actuar luego de directores de las masas para que los cumplan. Frente a la cuestión de cuál es entonces el rol de los intelectuales, Graeber recuerda que ese ha sido uno de los motivos para denominar a su obra Fragmentos de una antropología anarquista, ya que es esa disciplina la mejor posicionada para elaborar esa teoría social. Por un lado, los antropólogos han confirmado con sus investigaciones la existencia de multitud de comunidades basadas en el autogobierno y con una economía alejada del capitalismo, por otro, la etnografía proporciona algo parecido a un modelo de cómo podría funcionar una práctica intelectual revolucionaria no vanguardista. La elaboración de una etnografía supone observar lo que la gente hace, tratando de extraer la lógica simbólica, moral o pragmática que subyace en sus acciones, intentando encontrar el sentido de los hábitos y de las acciones de una comunidad. Es por eso que el intelectual puede observar a aquellos que están llevado a cabo alternativas viables, intentar anticipar cuáles serán las implicaciones de eso que ya se está haciendo y devolver esas ideas como contribuciones o posibilidades (nunca como prescripciones). Así, este proyecto intelectual propuesto por Graeber puede tener dos aspectos o momentos: uno etnográfico y otro utópico, en constante diálogo. Aunque nada de esto parece tener mucho que ver con la antropología de los últimos cien años, recuerda Graeber, en este tiempo ha existido una peculiar afinidad entre el anarquismo y la antropología, lo cual ya es en sí mismo significativo.

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