Voy a hablar de liberalismo como resultante histórico englobando también, por lo tanto, el término neoliberal -utilizado de forma más bien peyorativa, aunque quizá acertada, por sus antagonistas para referirse a una doctrina pervertida en la actualidad y que nació, en gran medida, con ímpetu progresista y como defensora de las libertades-; por lo tanto, cotejaremos el liberalismo con el anarquismo, el cual contiene todo lo que de emancipatorio tiene, y tuvo, aquel conjunto de ideas.
Con el liberalismo, estamos hablando de la doctrina política y económica triunfante en la modernidad y en los países desarrollados -tal vez, el llamado “tercer mundo” todavía nos depare algunas sorpresas que rompan, sin caer en ninguna otra barbarie, este cuestionable avance de la civilización que sufren tantas vidas- y que aboga por la reducción del Estado -al menos parcialmente, ya que si bien abomina de él como intervencionista en lo económico, recurrirá a él cuando lo necesite, especialmente en su faceta policial-. ¿Supone esta minimización del Estado una esperanza para el anarquismo? Que nadie se alarme ante dicho "razonamiento". Simplemente, quiero señalar lo que resultará paradójico para todo simpatizante de los auténticos valores anarquistas -esos históricos que deben servir como impulsores para encontrar nuevas respuestas a los nuevos tiempos-: el mencionado “desarme” del Estado se da en un contexto donde se asume la desigualdad, marcada por la ley económica del más fuerte; de esta manera, la atomización, la incomunicación y una individualidad y materialismo mal entendidos son los resultantes de esta sociedad de consumo donde se diluyen los valores o se convierten en coyunturales, como esa petición de solidaridad para los más desfavorecidos en la cual los grandes poderes se abstraen hábilmente.
Con el liberalismo, estamos hablando de la doctrina política y económica triunfante en la modernidad y en los países desarrollados -tal vez, el llamado “tercer mundo” todavía nos depare algunas sorpresas que rompan, sin caer en ninguna otra barbarie, este cuestionable avance de la civilización que sufren tantas vidas- y que aboga por la reducción del Estado -al menos parcialmente, ya que si bien abomina de él como intervencionista en lo económico, recurrirá a él cuando lo necesite, especialmente en su faceta policial-. ¿Supone esta minimización del Estado una esperanza para el anarquismo? Que nadie se alarme ante dicho "razonamiento". Simplemente, quiero señalar lo que resultará paradójico para todo simpatizante de los auténticos valores anarquistas -esos históricos que deben servir como impulsores para encontrar nuevas respuestas a los nuevos tiempos-: el mencionado “desarme” del Estado se da en un contexto donde se asume la desigualdad, marcada por la ley económica del más fuerte; de esta manera, la atomización, la incomunicación y una individualidad y materialismo mal entendidos son los resultantes de esta sociedad de consumo donde se diluyen los valores o se convierten en coyunturales, como esa petición de solidaridad para los más desfavorecidos en la cual los grandes poderes se abstraen hábilmente.