viernes, 18 de agosto de 2017

Basilio Martín Patino

El cineasta Basilio Martín Patino, fallecido hace escasos días, fue un autor libre, transgresor y original, tal vez no apto para todos los gustos, pero con una obra imprescindible, donde se suelen diluir la ficción y la realidad, para reflexionar y profundizar en el pasado y en su vínculo con la actualidad.

A pesar de pertenecer a una familia conservadora, muy pronto se revelaría como un espíritu libertario, que se reflejará en su obra. Fue uno de los promotores de las Conversaciones de Salamanca, en 1955, evento de gran importancia que reunió a los mejores directores del momento. Después de varios cortometrajes, y del largo Tarde de domingo como trabajo de fin de carrera, su gran éxito llegará con Nueve cartas a Berta (1966), que recibió la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, lo cual posibilita su estreno teniendo una buena acogida por parte del público a pesar de los problemas con la censura. Este film, con un evidente transfondo social y político, es también un intento de experimentación, que puede que no sea del gusto de todos los paladares. Lo que sí hizo Martín Patino, desde el primer momento, es realizar películas transgresoras e innovadoras en busca de nuevas vía para la expresión artística. Nueva cartas a Berta, rodada en blanco y negro, nos cuenta la historia de Lorenzo, interpretado por el gran Emilio Gutiérrez Caba, que retorna a Salamanca después de pasar un verano en el extranjero y conocer allí a Berta, que le abre la puerta a otro mundo para vislumbrar la libertad. Se trata de un evidente retrato de la dictadura, con su opresión y mediocridad, narrado a través de las epístolas a Berta, que se pretenden salvadoras para escapar de ese mundo gris y frustrante. Será un film que dé punto de partida a una trilogía sobre el mismo tema, completada con Los paraísos perdidos (1985), que a través del retorno de una mujer al lugar de su infancia nos habla del exilio, el desarraigo y la esperanza, y Octavia (2002), obra que tuvo un posterior montaje al estrenado en cines, más del gusto del director, otro retorno para arreglar cuentas con el pasado y de nuevo un ejercicio cinematográfico innovador y arriesgado, que escapa a toda tentación académica.

lunes, 14 de agosto de 2017

El pensamiento crítico y el deseo de ser libres

El siglo XX queda muy atrás, con sus fallidas promesas emancipatorias y paralela consolidación de un sistema alienante; inmersos ya en un siglo XXI, que ofrece motivos para la desesperanza, ya que una mayoría parece seducida por un sistema que convierte a las personas en meros consumidores, pero también para mostrarse optimistas, ya que proliferan movimientos críticos que adoptan medios libertarios en búsqueda de esa necesaria liberación.

El sistema capitalista ofrece, de manera obvia, una ilusión de progreso. Así, una mayoría de seres humanos, convertidos en meros consumidores, se resignan ante un estado de las cosas que parece inamovible, ya que se muestra determinista en esa visión de un supuesto progreso basado en la acumulación. Ello, a pesar de hablar de un sistema basado en la explotación de los más y en la esquilmación de recursos planetarios, con la grave consecuencia de la indigencia de gran parte de la población y la devastación del medio ambiente. Si verdaderamente creemos en la supervivencia de la humanidad, en un cambio de rumbo de la civilización, hay que cuestionarse qué es lo que nos convierte en simples actores pasivos dentro de este estado de las cosas y de esa visión de la historia. Hay quien sostiene que esa colonización de las conciencias, por parte del capitalismo, se basa fundamentalmente en el deseo de esa obsesión por el consumo, basada en una supuesta mejora de nuestro nivel de vida, que el sistema asigna y determina. Se trata de una colonización evidentemente profunda, pero no por ello deja de ser susceptible a una liberación y a un cambio de lo que deseamos: el deseo de tener, que nos encadena a un sistema de dominación y explotación, debe ser sustituido por un deseo de libertad, de ser libres, basado en el apoyo mutuo y en el reconocimiento del otro.

lunes, 24 de julio de 2017

El movimiento provo y el anarquismo

En los años 60, una serie de acontecimientos y revueltas marcan la historia de los movimientos sociales y el anarquismo; uno de ellos, no lo suficientemente conocido, son los provos holandeses. Al igual que la Internacional Situacionista, uno de los elementos para despertar a la sociedad de consumo, atacar el Estado y combatir toda conservadurismo y pensamiento rígido era el sentido del humor.

El término "provo" fue acuñado por el sociólogo Bukhuizen, al parecer aludiendo a los Nozems, jóvenes descontentos de la época de posguerra en parte delincuentes y en parte Mods. Sería un joven estudiante, Roel van Duijn, quien sabría ver el potencial de los Nozems para tratar de transformar su agresividad en conciencia revolucionaria. El otro fundador del nuevo movimiento será Robert Jasper Grootveld, algo antagónico al intelectual van Duijn, ya que era un extrovertido artista que pensaba que la sociedad de consumo había convertido a las personas en un rebaño dócil, por lo que eran necesarias nuevas herramientas de actuación para despertarlas; sus happenings exhibicionistas, a principio de los 60, tuvieron una enorme afluencia de público en Ámsterdam. Frenta a la mediocridad generalizada de la aburrida vida moderna, determinada por el consumismo y la televisión, se busca la subversión continua en el movimiento. De la clase media no podía esperarse demasiado, por lo que los provos pusieron el foco en los mencionados Nozems, los Beatniks, los artistas y los marginados en general. Las inspiraciones para los provos serán el dadaísmo, el pensamiento de Herbert Marcuse y, como no podía ser de otra manera, el anarquismo. 

martes, 18 de julio de 2017

Revolución o colapso

Revolución o colapso. Entre el azar y la necesidad, libro editado este año 2017 por Queimada, recoge las memorias de Octavio Alberola a través de artículos suyos escrito a lo largo del tiempo, muestras de un anarquismo libre de dogmas y heterodoxo, que llega hasta nuestras días, en los que se nos invita a repensar y reinventar la revolución a través de una llamada a la rebelión en un sociedad adormecida y seducida, en gran medida, una y otra vez por las instituciones.

Octavio Alberola nace en 1928, en la localidad balear de Alaior. En 1939, después de pasar cuatro meses refugiado en Francia, se exilia a México con sus padres, donde comenzará su militancia anarquista con la Juventudes Libertarias y la CNT. En 1948, se produce su primera detención en aquel país centroamericano durante un mes; uno de los motivos de la misma, algo muy significativo para lo que será la vida de nuestro protagonista, fue la denuncia por parte de los jóvenes anarquistas de la traición a la revolución de 1910 por parte de los gobiernos posteriores. Es este primer incidente el que le confirma el carácter demagógico de los populismos revolucionarios y la falsedad de toda revolución institucionalizada. Más triste aún que ello, fue su distanciamiento con los republicanos exiliados, que le reprocharon haberse inmiscuido en la política mexicana. Si dicha ruptura duró al menos dos años, la polémica se extenderá a lo largo de su vida y Alberola no comprenderá cómo se puede conciliar un discurso anarquista con un acomodamiento burgués a la sociedad de clases. Podía ser comprensible hasta cierto punto, después de la dura derrota contra el fascismo español, que los exiliados se adecuaran al contexto del país que les había acogido, pero los jóvenes libertarios reclamaban otra actitud más consecuente con las ideas. Es esto lo que le empujará a colaborar con el periódico Regeneración, órgano de la Federación Anarquista Mexicana, fundado en 1900 por la hermanos Flores Magón, con un papel muy importante en la revolución mexicana. En los artículos parcialmente reproducidos puede comprobarse cómo Alberola reclama ya desde su juventud una innovación en las formas de pensar, también en el seno de un movimiento anarquista que debería estar siempre abierto a la crítica, que pueda dar una mejor respuesta a los problemas nuevos.

miércoles, 12 de julio de 2017

Apuntes sobre la tradición liberal y el anarquismo

Como fundamento ideológico del sistema económico actual, que no por casualidad se ha dado en llamar neoliberalismo, repasamos la tradición liberal y su, solo de forma aparente, relación con las ideas anarquistas.

Hay quien sitúa el primer jalón del liberalismo en Hobbes, en el siglo XVII. Sería en ese momento donde se encuentra la primera sistematización, o al menos el asomo, de una visión individualista; de ella surgirá la tradición liberal. Platón y Aristóteles legaron una filosofía social a la Edad Media, y será Hobbes quien rompa con esa tradición y para apostar por cierto individualismo intransigente. Es conocida su teoría de un estado de naturaleza en el que los hombres se encontrarían en guerra permanente, por lo que es necesario como condición de paz la autoridad ilimitada de un poder soberano coercitivo. Los acuerdos políticos serían, según esta concepción de la naturaleza humana tan pesimista y determinista, más bien artificios para remediar los males de la naturaleza, más que un intento de potenciar la justicia y la ética. Según Hobbes, la sociedad civil sería el espacio en el que cada hombre puede llevar a cabo su búsqueda de preeminencia, sin que existiera por ello una guerra de todos contra todos. John Gray afirmará que "la modernidad radical del individualismo de Hobbes" supone una negación de "las ideas clásicas acerca del fin natural o la causa final de la existencia humana". Si Aristóteles consideraba que el bienestar humano suponía un estado de autorrealización y de florecimiento, Hobbes considerará que la naturaleza y las circunstancias del hombre dan lugar a una búsqueda continua de la consecución de sus deseos, los cuales resultan mutables. Según Leo Strauss, Hobbes puede considerarse el fundador del liberalismo, si se considera su doctrina como preconizadora de un Estado que debe salvaguardar el derecho a la autopreservación del hombre. Es una visión bastante osada, ignorándose esa concepción tremendamente negativa de una supuesta naturaleza humana y su justificación, por ello, de una autoridad política ilimitada.

sábado, 8 de julio de 2017

Los mecanismos de dominación frente a las prácticas de libertad

La apelación a la "libertad" en nuestras sociedades modernas (o posmodernas, si se quiere) es constante. Tanto a un nivel político, para el buen funcionamiento de la democracia representativa (ya saben, la dominación más "amable" y autoasumida), como en el plano consumista y en el mercado capitalista, se apela a un sujeto libre, que supuestamente actuaría libremente para elegir una cosa u otra.

No hace falta demasiado recorrido para desmontar dicha falacia, ya que esa libertad de elección se ve estimulada, de forma también continua, precisamente para fomentar unas posibilidades de elección y adquisición preestablecidas. Los distintos dispositivos de poder, en el ámbito que fuere, hayan su legitimidad precisamente en esa aparente libertad ciudadana. Los anarquistas clásicos poco podían imaginar el gran nivel de sofisticación del que se han investido los mecanismos de dominación. Estos, incluso en el plano económico y productivo, acuden constantemente a la libertad del trabajador, y la utilizan en algunos aspectos, para incrementar su rentabilidad y asegurar la sumisión. Toda la sociedad de consumo, de forma obvia, está construida en base a una concepción del individuo supuestamente libre.

lunes, 3 de julio de 2017

Educación, medios y cultura de la violencia

Vivimos en una cultura de la violencia, y no nos referimos solo a los numerosos problemas sociales, económicos y políticos, detrás de los cuales se encuentra siempre una u otra forma de violencia, evidente o no; hablamose en esta ocasión de la la epidermis de la sociedad, ya que la cultura es una resultante, tantas veces (la excepción es cuando actúa como elemento de transgresión, y no se produce muy a menudo), de aquellos elementos que originan y hacen funcionar la organización social.

Los anarquistas siempre han insistido en que el origen del Estado, por muy democrático que se quiera presentar, está en la apropiación de lo ajeno; podemos extender fácilmente esa visión a cualquier forma de poder coercitivo, en su origen está la violencia más intolerable. No obstante, no nos vamos a ocupar en este texto de esa necesaria indagación en los problemas sociales, sino de la resultante a la que nos tenemos que enfrentar a diario: la violencia presente en las manifestaciones culturales, con el ejemplo más evidente del medio televisivo y con la exposición constante incluso a los niños. Los expertos que se han ocupado de ello afirman que los grandes medios de comunicación, especialmente una televisión que forma parte de la vida cotidiana de la mayoría, actúan como cajas de resonancia; serían, no solo proveedores de imágenes del mundo, también constructores de realidades. La tendencia al espectáculo, incluso en programas (supuestamente) educativos e informativos, hace que se primen tantas veces imágenes cuestionables que ayudan a construir una determinada manera de entender la existencia.