jueves, 19 de octubre de 2017

El viejo y nuevo internacionalismo

Las ideas anarquistas, a diferencia de otros corrientes socialistas, que en origen también fueron internacionalistas, nunca abandonó esa aspiración moral y política; la vía y el trabajo de los libertarios han estado siempre en la construcción de una libertad e igualdad, estrechamente vinculadas, junto a una hoy más necesaria que nunca fraternidad universal.

Como es sabido, en el siglo XIX el nacionalismo se identificaba con la emergente clase burguesa, mientras que el internacionalismo era propio de la clase trabajadora. Las cosas han cambiado, al menos en cómo se quieren ver las cosas, hasta el punto de que algunos han identificado el nacionalismo con la legítima aspiración de ciertos pueblos a liberarse de alguna opresión. Así, se ha querido vincular en algunos casos el patriotismo con una actitud más conservadora, en el sentido de querer conservar cierta tradición e incluso herencia familiar, mientras que el nacionalismo sí podría tener esa connotación emancipadora. Desde mi punto de vista, se trata de una falacia, ya que es una mera cuestión de matices lo de patriotismo o nacionalismo, ya que ambos, aunque pudieran tener una primera fase de legítima aspiración liberadora, no tardan en consolidar e instituir una nueva dominación política. Las ideas anarquistas, como parte de sus convicciones y de su filosofía social, y a pesar de nacer en la modernidad, es posible que hundan sus raíces en la Antigüedad con el cosmopolitismo de cínicos y estoicos, para a través de la herencia ilustrada aspirar a esas visión de la humanidad como un todo moral. El patriotismo, desde nuestro punto de vista, no deja de ser la consecuencia de un nacionalismo instituido, que a la fuerza supone la construcción de un Estado. Si la visión de la humanidad, se quiere ver tantas veces como el progreso hacia el moderno concepto de Estado-nación, el anarquismo aporta una alternativa histórica y social: la federación de pueblos libres, donde se respetan por supuesto costumbres y lenguas diversas, pero se trabaja por afinidades y aspiraciones comunes. La antigua, y esperemos que nueva, fraternidad universal, basada en la solidaridad y la libre asociación, así como en la expansión de la cultura, desde lo local a lo global.

La vision libertaria sobre el nacionalismo, desde nuestra opinión, ha sido siempre negativa. Por eso, duele ver como se etiqueta como neoanarquistas a los que van de la mano de otras fuerzas nacionalistas. Por supuesto, no se trata de ser categóricos, ni de querer repartir identidades auténticamente anarquistas, pero queremos insistir en esa aspiración moral libertaria, que nada parece tener que ver con la independencia de una territorio para administrar sus intereses. Detrás del nacionalismo, solo podemos observar alguna voluntad de poder; no podemos dejar de comprobar que la idea abstracta de la nación tiene como consecuencia la construcción del Estado, o tal vez a la inversa, pero ambas parecen nacer del mismo tronco. Este guerra de nacionalismos que sufrimos últimamente en España, de personas abrazadas a una u otra bandera empujadas por un determinado imaginario social y político, no deja de ser un fortalecimiento de un espíritu o identidad nacional, que parece la antítesis de la emancipación social, tal y como la entienden las ideas anarquistas. No es casualidad que el nacionalismo se quiera ver como una especie de religión de Estado, plagado de dogmas, que relega al individuo a la categoría de sujeto colectivo y lo reduce a una condición histórica y cultural muy estrecha. Por supuesto, nacionalismos emergentes y nacionalismo consolidados, el mal es el mismo. Por muy complicado que nos parezca a día de hoy, hasta extremos utópicos, hay que trabajar por ese internacionalismo y esa fraternidad universal, como una superación de fronteras a nivel no solo físico, también moral y psicológico.

Los anarquistas debemos poner el foco en la cuestión social, mientras que los nacionalistas (o los que les hacen el juego), aunque se llenen la boca de libertad e independencia, priman esa identidad nacional (que, en cualquier caso, observamos como negativa). Por supuesto, que creemos en los vínculos comunitarios, en la búsqueda de factores comunes, pero desde la solidaridad y el respeto a la diversidad, no desde la homogeneización y la imposición al otro (que siempre es cosa del poder). Como ya hemos insistido, estamos seguros de la sinceridad de muchos revolucionarios, incluso libertarios, en observar un proceso independentista como una oportunidad. Sin embargo, insistiremos de nuevo en verlo como un error, ya que toda tentación identitataria a nivel colectivo desemboca, más tarde o más temprano, en una institución estatal y en la creación de una nueva frontera. No queremos ser acusados de dogmáticos, pero llamamos la atención, precisamente, sobre toda visión estrecha y parcelaria. Explicado de un modo excesivamente simple, el internacionalismo libertario, de condición flexible y siempre descentralizadora, puede apoyarse en instancias autónomas con el nombre que se desee (región, municipio o barrio), libremente federadas entre sí con el vínculo de la solidaridad. Ya el término 'nación' ocasiona un problema a nivel etimológico, y no es casualidad que el movimiento socialista se denominara en sus orígenes como Internacional. Todas esas corrientes socialistas, a excepción del anarquismo, acabaron abrazando de un modo u otro el concepto de Estado-nación, por lo que colaboraron finalmente en la fusión de dominación política y explotación capitalista.

Insistiremos en que detrás de todo "lo nacional", como podemos observar una y otra vez en la práctica, existe alguna voluntad de poder. Libertad, igualdad y fraternidad son las tres grandes conceptos emergentes en la modernidad, pero no únicamente para figurar en bellos libros de historia o incluso en modernas constituciones nacionales. Para que tengan un sentido auténtico, lo que entendemos como emancipación social en las ideas anarquistas, hay que comprender su importancia, lo estrechamente vinculados que se encuentran y todos aquellos factores que los imposibilitan. El nacionalismo, un ideal romántico que se enfrentó en ocasiones legítimamente a viejos imperios y concepciones, ha sufrido su propio desarrollo en la modernidad, perviviendo a día de hoy con una retórica similar. Sin embargo, el desarrollo de la modernidad no puede verse como un mero enfrentamiento entre imperialismos y nacionalismos, o entre unos nacionalismos con otros (que no deja de ser la sustitución de una dominación por otra). Afortunadamente, existen también las ideas anarquistas, que insisten en la cuestión social, en la expansión cultural y en la ética antiautoritaria, tratando de hacer realidad esos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad universal.

sábado, 14 de octubre de 2017

Tierra de nadie o tierra de todos

Una vez más, tenemos que hablar del proceso independentista en Cataluña, que además de encubrir problemas sociales y económicos, tan graves hoy como ayer, y para gusto de las clases dominantes, supone una mistificación política fundada en universos míticos patrioteros de uno u otro pelaje.

El título de esta entrada alude a un texto de Laura Vicente, aparentemente desesperanzador, con el que no podemos más que empatizar y suscribir al máximo. El proceso de independencia en Cataluña ha seducido a movimientos que se dicen revolucionarios, incluida una parte del anarquismo. Acudimos también, honestidad obliga, a la primera de las perplejidades de Tomás Ibáñez sobre los cambios ocurridos en tierras catalanas: si en el año que se originó en 15-M, un movimiento transformador cuestionaba las instituciones, no mucho tiempo después gran parte de él parece apuntalarlas, directa o indirectamente, incluidas sus fuerzas de seguridad (los temibles mossos). Por supuesto, podemos entender perfectamente el hartazgo de muchos sobre el Estado español, que además de adoptar la forma de una anacrónica monarquía, es tan represor como cualquier otro, monopoliza la violencia (uno de los padres de la sociología, Max Weber, nada sospechoso de ácrata, dixit), recorta derechos sociales y, para postre, es eminentemente corrupto. Por supuesto, rasgos que caracterizan también al Guvern catalán. A pesar de ello, insistimos, podemos entender que haya personas que preferirían vivir en una república catalana, pensando tal vez que suponga cierta transformación social, en lugar de en un aparentemente vetusto reino español. Recordaremos, por supuesto, que ambas son formas de un Estado, sin un contenido ideológico social determinado alguno, y que se encuentran obligadas a adoptar la lógica del mundo en que vivimos, dividido en fronteras, basado en la organización política del Estado-nación. Estas formas políticas están muy subordinadas, o más bien fusionadas en muchos aspectos, al sistema económico globalizado: el capitalismo. No hay que aclarar que, como antiautoritarios, solo podemos oponernos a toda forma de autoridad coercitiva, política o económica.

martes, 10 de octubre de 2017

'La bala y la palabra', biografía de Francisco Ascaso

La bala y la palabra. Francisco Ascaso (1901-1936) es el nuevo libro de LaMalatesta editorial, la biografía de un personaje libertario muy nombrado, pero no tan conocido en cuanto a hechos concretos de su vida, al haber estado a la sombra de su carismático compañero Buenaventura Durruti.

El vídeo que podéis ver más abajo, lo realizamos para un crowdfunding, el cual fue un éxito y el libro está ya editado. Si en España, hubo una época en el que el anarquista era el movimiento social y político con mayor fuerza, libros como este tratan de recuperar su memoria. Francisco Ascaso fue uno de esos innumerables militantes del anarquismo ibérico y esta obra, que recoge exhaustivamente su vida en un determinado contexto social y político, sin eludir hechos controvertibles, es el resultado de dos años de investigación por parte de sus autores.

Hasta este momento, las referencias a Francisco Ascaso se habían realizado únicamente en biografías y memorias ajenas, de sus compañeros de militancia, como es el caso del ya nombrado Durruti o de Juan García Oliver. Fue la suya, aunque breve, una vida apasionante, relegada injustamente a un segundo plano y hasta ahora sin la atención que merecía, en la que acumuló hechos dignos del mejor guión cinematográfico de aventuras. Merece este libro ser leído con atención y comprender las decisiones de un hombre, que decidió emprender el camino de la acción para llevar a la práctica sus ideales, y que desgraciadamente desapareció de forma temprana aquel determinante año de 1936.


jueves, 5 de octubre de 2017

La ley del número

A propósito del book-trailer, recién editado y reproducido a continuación, recuperamos la reseña de la edición este año 2017 de la obra de Ricardo Mella, La ley del número, a cargo de la LaMalatesta Editorial, en la que se desmitifica lúcidamente el electoralismo, la democracia representativa y el parlamentarismo. 



Ricardo Mella, sin duda unos los grandes pensadores anarquistas en España, se vio vinculado tempranamente al republicanismo federal. Muy pronto, sobresaldría como escritor en diversos publicaciones y su evolución hacia el anarquismo no se haría esperar. Enemigo de todo dogmatismo, se acabaría adhiriendo al anarquismo sin adjetivos de Tarrida del Mármol, tal vez sabiendo que con el paso de los tiempos las ideas libertarias encontrarían nuevos horizontes emancipadores. Es en 1899 cuando publica La ley del número. Hoy, en el que la democracia representativa, a pesar de encontrarse en una evidente crisis, resulta casi incuestionable para gran parte de los mortales, conviene rescatar críticas tempranas desde perspectivas progresistas y liberadoras. Mella nos propone una lúcida obra, que demuele desde su misma base el Parlamento al arrogarse la pretensión de recoger la voluntad de una mayoría. Recordemos que el subtítulo de la obra fue en ediciones pasadas el de "Contra el parlamento burgués". Si alguien considera el término "burgués" algo anticuado, hay que vincularlo directamente a una clase privilegiada y, por ello y de manera obvia, abiertamente conservadora. Sí, nos encontramos en un siglo XXI bien avanzado, pero continuamos viviendo en sociedades en las que no existe una igualdad real ni las necesidades más elementales están aseguradas para todas las personas. La libertad, como es sabido, está vinculada en el anarquismo a la igualdad social, por lo que la democracia política sin ella no es más que una farsa.

jueves, 28 de septiembre de 2017

La anarquía y el parlamentarismo

Recuperamos unas reflexiones sobre el anarquismo, la democracia y el parlamentarismo, con las que reivindicamos una crítica radical y un nuevo imaginario revolucionario, que otorgue una horizonte amplio a las prácticas igualitarias y a la autogestión en constante tensión con nuevas experiencias que supongan una mejora para las comunidades humanas.
Desde nuestro punto de vista, y aunque ha libertarios que no gustan de expresarlo así, consideramos que la anarquía es una profundización en la democracia, por lo que el movimiento anarquista debe insistir en la penetración en el imaginario social para otorgar un verdadero contenido a ambos términos. Si la palabra democracia ha sufrido el añadido de diversos apelativos perversos para encubrir su naturaleza autoritaria (popular, orgánica..), ahora es importante aprovechar el paulatino descrédito de la llamada democracia parlamentaria para que la idea no acabe sucumbiendo a los intereses del poder. Quiere verse el origen de la democracia en la Antigua Grecia, sin olvidar el carácter exclusivista de aquel sistema, a lo largo de la historia puede verse como un intento de ampliar el número de participantes en el gobierno; desde ese punto de vista, la autogestión social y política que supone el sistema de la anarquía sería la forma más perfecta de autogobierno (si no se quiere renunciar definitivamente al término gobierno, siempre asociado a un minoría que toma las decisiones). El término democracia, con el que se llenan la boca las políticos profesionales, ha pasado a tener un carácter abstracto y a encubrir sutiles formas de dominación, por lo que es el turno para que los anarquistas aporten mucho a la ampliación y perfección de su significado.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Pensamientos y prácticas radicalmente emancipadoras

Si las personas, como vemos actualmente en la realidad española, buscan constantemente refugio en viejas o nuevas formas de alienación, con servidumbres voluntarias y banderas de distinto pelaje, hay que insistir en un pensamiento antiautoritario, radicalmente emancipador, propiciador de lo mejor de lo que es capaz el ser humano en aras de una comunidad libre y solidaria.

Es muy posible que el poder, como sostenía Foucault, sea poliédrico, que se produzca, no solo en el Estado o en las empresas capitalistas, también en cualquier otro ámbito humano, incluso en lo que vemos a diario en el mismo entorno urbano. Desde que nació como una de las corrientes modernas más radicalmente emancipadoras, el anarquismo y los anarquistas se han esforzado por combatir ese poder entendido como cualquier forma de dominación. No es necesario, por supuesto, conocer los grandes libros anarquistas, o de teoría política en general, ya que ese rebelarse contra la autoridad coercitiva se produce, tantas veces, de forma instintiva. Desgraciadamente, de forma paralela a esa condición rebelde y libertaria, en el ser humano se da todo contrario y acaba sucumbiendo a la tentación alienadora de la servidumbre voluntaria. Por supuesto, como no creemos que existe ninguna naturaleza o esencia humana, no pensamos que una condición u otra sean totalmente deterministas, las personas son más bien producto de cierto ambiente cultural, de unas determinadas prácticas sociales, por lo que los anarquistas han hecho bien en instalar y renovar en todo lo posible ese pensamiento radicalmente emancipador de rebelión contra todo tipo de dominación.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El Estado-nación, una creencia mítica y mistificadora

La creencia nacionalista, que no deja de ser una forma de religión secularizada, en la que el Estado parece ocupar, como instancia trascendente, el lugar que antes era propio de Dios, se nutre de un lenguaje patriótico, grandilocuente y redentor, que alimenta los deseos, ilusiones y temores de las personas, para encubrir intereses muy terrenales por parte de una minoría de dirigentes y privilegiados.

Antes del siglo XVI, no puede hablarse de existencia del Estado como organización política, al menos no en el sentido moderno. Es Maquiavelo, como gran teórico del Estado moderno, el que lo define como un sistema centralizado con el poder de controlar y ejercer el uso de la fuerza en un determinado territorio y contra un pueblo concreto. En esa definición, es explícita la subordinación de la sociedad a una instancia externa: el Estado. El Estado moderno se origina en base a dos factores primordiales: los impuestos y la guerra. En el primer caso, es el desarrollo de los impuestos lo que conduce a la precisión y centralización de las técnicas administrativas; se crea, consecuentemente, un cuerpo especial de funcionarios. En este aspecto, la creación de la administración de justicia, con las sanciones por multas diversas, contribuye no poco también a moldear la nueva concepción del Estado. Se va conformando así, una instancia abstracta conocida como Estado-nación, una autoridad suprema basada en la unidad política en el espacio y en el tiempo, y en instituciones impersonales y diferenciadas que consiguen la lealtad y subordinación de las personas en base a impuestos directos y sentimientos de pertenencia.