domingo 5 de julio de 2009

El rechazo a toda supuesta "armonía natural"

En la línea de Bakunin, y refutando todo individualismo, Malatesta pensaba que el ser humano no era independiente de la sociedad, sino su producto. Alejado de la sociedad, el hombre nunca hubiera podido salir de la esfera de la animalidad brutal y conseguir su pleno desarrollo. Rechazaba el italiano una supuesta ley natural, y aquí se aleja de algunos precedentes suyos en la ideas libertarias, en virtud de la cual pudiera establecerse automáticamente una armonía entre los hombres, sin ninguna necesidad de una acción consciente y querida. Esa armonía solo podría establecerse por la voluntad y la acción de los hombres, la naturaleza no puede ocuparse de lo que está bien o mal, por lo que la desaparición del Estado o de cualquier otro artificio sociopolítico no garantiza un sistema mejor. Cuando Malatesta argumentaba de esta manera, queria contestar a la visión individualista en el anarquismo, pero parece que su crítica va bastante más allá. Lo que se denomina "armonismo" no deja de ser una visión determinista (o, en palabras de él mismo, de "fatalismo optimista"), algo que fue propio de muchos anarquistas (no solo individualistas) y socialistas. Malatesta quería ver una influencia religiosa en esta creencia en una "ley natural", en pensar que una instancia superior o externa (llámese Dios o llámese Naturaleza) había creado y ordenado el mundo para bien de los hombres. Tampoco estaban exentos de culpa los economistas y liberales, los cuales mencionaban una armonía de intereses para legitimar los privilegios de la burguesía. En definitiva, no era amigo el italiano de caminos fáciles y de visiones simplistas, no deseaba una propaganda que sacrificara el rigor y la profundización para un mayor éxito y deseaba que el ser humano afrontara y resolviera las dificultades en vistas a una auténtica emancipación social (liberación que, en algunos casos, pudiera hacerse también venciendo ciertos males o desarmonías "naturales"). Malatesta negaba una finalidad en la naturaleza, al menos no una finalidad de índole humana (y mucho menos pensado en la benignidad), por lo que incluso el mal o el dolor pudieran ser vistos como parte de esa supuesta "armonía" natural. Es una visión que huye de todo determinismo, optimista o no, y de todo dogmatismo dentro de las ideas libertarias; son conocidas las discrepancias de Malatesta con Kropotkin y las críticas que hizo a su excesivo rigorismo científico (por muy impresionante que pueda ser la obra del ruso en este sentido). Era una confianza, como ya he dicho anteriormente, en la voluntad y creatividad del hombre; la naturaleza es arbitraria, pero la mano del hombre da lugar a las más bellas obras de manera consciente. En mi opinión, nos encontramos en Malatesta un paso más allá en el ideal libertario que surge de la modernidad; se trata de no substituir al déspota divino en nombre de otro espíritu trascendente (llámese ciencia, ley natural o razón) sino de destruirlo y permitirle al hombre construir su futuro. Toda suerte de providencialismo es obviamente rechazable para el anarquismo, y las acusaciones en ese sentido son meramente reduccionistas o distorsionadas. El pragmatismo, dentro de una visión enormemente amplia del anarquismo y de la pluralidad humana, y el amor por la libertad de Malatesta son admirables. Conflictos de intereses y de pasiones existirán siempre en las sociedades humanas, no es deseable ninguna uniformidad y sí admitir una variedad que sí forma parte de la naturaleza; la consecución de la equidad social será ya obra de la mano humana. Está claro que la visión de Malatesta era la de una sociedad organizada y cooperativa, que proveyera adecuadamente a cada uno de sus miembros. El trabajo productivo, o cualquier otra actividad humana, puede ser un placer, pero para ello es necesario organizarlo, incluso contando con la acción voluntaria de la mayor parte de las personas. El concepto de "economía planificada" está tremendamente desprestigiado debido a su fracaso en el socialismo de Estado, pero ello no implica que cualquier otra visión organizada de la producción sea imposible (hablamos de justicia, no tanto de eficacia). En cualquier caso, otra armonía natural es la fundada en el liberalismo del laissez faire (que también tiene en su base cierto espíritu trascendente, la famosa mano invisible de Adam Smith; aparte de ser, en el terreno también material una falacia, ya que el intervencionismo gubernamental juega a favor de los poderosos), que lo único que enmascara es la desigualdad y la explotación.

jueves 2 de julio de 2009

El pragmático y lúcido Malatesta

Los amigos de la sistematización sitúan la evolución del anarquismo, del anarquismo moderno al menos, de la siguiente manera: Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta... Después de estos nombres, no todos coinciden, e incluso parece que antes hay discrepancias sobre la importancia o aportación de según qué autores. En cualquier caso, los tres primeros nombres antes mencionados son indiscutibles para los propios anarquistas y respecto a Malatesta, parece existir controversia sobre su aportación u originalidad de pensamiento, pero es un nombre fundamental como divulgador, en cualquier caso, y por su lucidez para matizar según que aspectos excesivamente rigidos en la filosofía de sus predecesores. La visión antidogmática del anarquismo es conocida; no obstante, y a pesar de la firmeza de las ideas de los primeros anarquistas, supongo que fue inevitable no verse impregnado del espíritu de la época y valorar ciertas tesis hasta extremos casi metafísicos: dialéctica, materialismo, cientificismo, positivismo... Malatesta vendrá a poner fin a la controversia, sosteniendo algo que actuará como antídoto frente al dogmatismo: se puede ser anarquista desde diferentes perspectivas filosóficas, y es más importante unirse a los que transitan el mismo camino, aunque digan tener otro destino, que hacerlo con los que se denominan anarquistas y toman rutas repugnantes al propio anarquismo. El pragmatismo del italiano le llevo a considerar que todas las vertientes anarquistas (mutualistas, comunistas, colectivistas, individualistas, y otras denominaciones) a veces eran interpretadas de manera que oscurecen y ocultan una fundamental identidad de aspiración; en cualquier caso, podían ser solo teorías que tratan de explicar y justificar conclusiones prácticas similares, el modo que se considera mejor para llevar a la praxis el ideal de libertad y solidaridad. Lo que caracteriza a los anarquistas, póngase el apelativo que se quiera, es la búsqueda más segura de garantizar la libertad, que en el aspecto económico sería la exposición del modo más adecuado de distribuir entre las personas los medios de producción y los productos del trabajo. Los aspectos filosóficos que pueden diferenciar a los diferentes teóricos anarquistas son para el pragmático Malatesta un aspecto secundario. Él mismo se declaraba "ignorante", no le gustaban las etiquetas y consideraba, de manera tal vez algo rígida (por lo que podemos considerarle muy influido por el materialismo) que las concepciones filosóficas tiene poco o ninguna influencia en la conducta. Según la visión de Malatesta, el anarquismo surge de la rebelión moral contra la injusticia (contra la desigualdad y la opresión); no hay quizá visión del anarquismo más simple y cristalina, y también irrefutable en mi opinión, que la del italiano cuando sostiene que el ideal libertario nace al descubrir el hombre que aquellos males los produce el mismo ser humano y son por tanto perfectamente erradicables por su mano.
Malatesta consideraba el núcleo básico del programa anarquista según los siguientes puntos:
1. Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las materias primas y de los instrumentos de trabajo.
2. Abolición del Estado y de toda desigualdad política.
3. Organización de la vida social a través de libres asociaciones y federaciones de productores y consumidores.
4. Garantía de vida y bienestar para los niños y quienes no puedan bastarse por sí mismos.
5. Educación científica y guerra a las supersticiones religiosas.
6. Reconstrucción de la familia, fundada en el simple amor, sin ligaduras legales ni religiosas.
Cuando se habla de "abolición del Estado", está claro lo que se quiere significar: abolición de toda organización política fundada en la autoridad y constitución de una sociedad de hombres libres e iguales, fundada sobre la armonía de los intereses y el concurso voluntario de todos, a fin de satisfacer las necesidades sociales. No obstante, en otros escritos, Malatesta matizó sobre la diferente concepción que suscita la palabra Estado, algunas susceptibles de inducir a error: "sociedad o colectividad humana reunida en un territorio determinado", "administración suprema de un país", "poder central", "condición", "modo de ser", etc. Malatesta pensaba en la propaganda negativa y en lo que pudieran entender las clases más humildes, por lo que consideraba más claro hablar de "abolición del gobierno". El italiano consideraba que el atribuir al concepto de "gobierno" o "Estado" cualidades como razón, justicia o equidad era producto de la tendencia metafísica a la abstracción del ser humano, y tomar como real el objeto abstraído. Pero el gobierno tiene un significado concreto: la colectividad de los gobernantes, aquellos que poseen la facultad, en grado más o menos elevado, de servirse de la fuerza colectiva de la sociedad (fuerza física, intelectual y económica) para obligar a todo el mundo a hacer lo que obedece a sus designios particulares. Esta era la definición para el pragmático Malatesta del principio de gobierno o de autoridad. En entradas posteriores, seguiré escribiendo sobre el italiano, sobre su visión del autoritarismo y sobre su alternativa libertaria.

lunes 29 de junio de 2009

La "inevitable" ley de la jungla

Me sorprende, negativamente como es obvio, la opinión manifestada en la lista de correo de cierto grupo ateo cibernético (por suerte, empiezan a proliferar federaciones y grupos ateos, y librepensadores, por doquier). La cosa viene provocada por la hipocresía de la Iglesia Católica con la pena de muerte, lo que suscita un debate de mayor o menor interés (la mayoría de las opiniones, como es lógico, derivan en la usurpación que ha hecho la religión de la moralidad y de la ética y el considerar que éstas son anteriores a la religión y, por lo tanto, no la necesitan). Pero mi sorpresa se produce con la afirmación de cierto fulano, parece que un hombre de cierta edad, taxativamente a favor de la llamada pena capital y, para reforzar su argumento, suelta nada menos que el temor a ser ejecutado es para él un freno para asesinar a otro ser humano. Y, no solo eso, sino que se atreve a burlarse de los que somos contrarios a semejante barbaridad, "utópicos" y "memos" nos llama (?), al imaginar que nos encontramos con esa realidad (creo entender que se refiere a contemplar cómo un ser humano más o menos normal acaba matando a otro). Este tipo asegura estar a favor de la "moral del jungla" (o "ley de la selva", muy original), una suerte de social-darwinismo de base hobbesiana quiero entender yo (claro, que lo mismo caigo en eso tan común de etiquetar, y la cosa es mucho más básica). El caso es que después de algún que otro insulto, el hombre, que dice ser ateo convencido y manifestar sus puntos de vista desde esa posición, afirma no querer molestar a nadie y simplemente dar un punto de vista, que ya a priori considera diferente al de la mayoría (en este caso, afortunadamente "diferente", digo yo). Otro interviniente, felicita al susodicho amante de la moral selvática y sostiene que él también opina que exterminar a unas cuantas personas le haría mucho bien a la sociedad, pero que desgraciadamente la pena capital la suelen sufrir personas que no la merecen (la oposición no tendría aquí una base moral y sí iría dirigida al margen de error de las ejecuciones, algo que me he encontrado bastantes veces en estas discusiones). Es más, las opiniones del referido sustentador de la ley del más fuerte (o más "cojonudo", añado yo) pretende tener una base natural y biológica, y no sé que símil utliza de la lucha encarnizada que están teniendo los glóbulos blancos en su cuerpo contra los perniciosos microbios (naturalmente, no puede ser él neutral y pacifista ante semejante y justa batalla). Como es sabido por todos, en la vida y en las sociedades ocurre exactamente lo mismo (de quién es "glóbulo blanco" y de quién "microbio", no dice nada, aunque se intuye). Se empiezan a ver por dónde van los tiros, cuando acaba su argumentario recordando a Rousseau y a su "buen salvaje" ("era antropófago", es el irónico colofón). El caso es que mi sorpresa es tan mayúscula al encontrarme con semejante opinión en cierto foro (claro, que lo mismo son mis prejuicios), que intervengo, no exento de cierto pudor en mis palabras (que me producen siempre los temas morales, aunque no lo parezca e insista mucho en ello):
"La verdad es que resulta sorprendente escuchar según qué opiniones. Sí me gustaría reiterar mi oposición a la pena de muerte desde un punto de vista moral y compasivo (o no vengativo); no creo que ello me convierta en ninguna de esas etiquetas que aquí se han dicho (cristiano, comunista, utópico, etc.), afortunadamente la vida es más compleja que todo eso. Si solo quisiéramos ser pragmáticos o utilitaristas (aunque, también puede ser discutible esa posición), pues tal vez habría que pensar en "exterminar" a unos cuantos o en abrirle la cabeza a más de uno a diario, pero quiero pensar que es posible una moralización de la sociedad y una profundización en las cosas (sin idealismos ni utopías irrealizables).
En cuanto a esa moral de "todos contra todos" hobbesiana, no es que sea terrible, es que es una concepción del ser humano un poquito fatalista (lo cual, aseguro, no me lleva a Rousseau, tenemos una tendencia hacia el maniqueísmo bastante irritante). No tengo nada que demostrar al respecto más allá de mi praxis diaria, como nadie me va a demostrar a mí que esa especie de social-darwinismo sea inevitable. Soy ateo, entre otras muchas cosas, porque no creo en ningún determinismo por parte de nuestra naturaleza (sí es posible que al hombre le condicione enormemente el medio). Una mayor expansión de la moral y de la razón, confiar en el progreso (algo tan denostado), mirar al futuro para mejor, son cosas es que confío (no hablo de una creencia ciega de índole religiosa) y no acepto ese ateísmo meramente nihilista (y mira que me gusta leer a Stirner)".
Mi intervención es comedida, no me gustan los insultos ni las estridencias. Bienvenido sea el debate, aunque tantas veces resulte más bien baladí y solo refuerce posiciones antitéticas (lo cual no tiene porque ser malo, pero en cuestiones de moral resulta delicado). Solo matizar una cosa, mi posición algo ambigua hacia lo que se considera "utópico", una palabra que para mí solo es rechazable cuando se identifica con una ideal inalcanzable (lo cual ya resulta cuestionalbe de por sí, ya se sabe "la utopía de ayer es la realidad de mañana"), pero que es tan utilizada como argumento para anular el progreso, que a mí mismo no me gusta utilizar a la ligera (y acabo pareciendo casi opositor a la "utopía").

sábado 27 de junio de 2009

Las aspiraciones educativas del anarquismo

Es conocida la gran confianza que el anarquismo otorga a la educación, al pensamiento crítico permanente en la persona (una especie de educación inacabable) y al combate constante contra el principio de autoridad. No puede negarse la gran baza que siguen poseyendo las ideas antiautoritarias en el comienzo del siglo XXI, si echamos un vistazo a este texto de Jean Grave escrito hace más de un siglo: "El sistema cuyo resultado era modelar la conciencia según el deseo de los educadores, matar la iniciativa del educado y llenarle la cabeza de ideas hechas, para lo que solamente se necesita memoria y nada de espíritu crítico, ha hecho muy bien el negocio de cuantos han tomado como misión dirigir a la humanidad, y por esa razón, para ellos poderosa, no han intentado modificar el sistema, sino perfeccionarlo en ese sentido. La tarea de los educadores de la juventud fue siempre la de inculcar el espíritu de obediencia y de sumisión a los amos: curas, graduados de todas las especies, civiles o militares, juez, policía, diputado, rey o portero con galones". Tampoco pienso que haya que quitarle demasiada razón a Bakunin en el siguiente texto: "El principio de autoridad en la educación de los niños constituye el punto de partida natural; es legítimo y necesario cuando se aplica a las criaturas de corta edad, cuando su inteligencia no se encuentra aún en modo alguno desarrollada; mas como el desarrollo de todo e igualmente de la educación implica una superación sucesiva del punto de partida, este principio debe ser gradualmente disminuído a medida en que la educación y la instrucción de los niños avanza para dar lugar a su libertad ascendente". Más delicado es el siguiente párrafo del gigante ruso, pero no exento de belleza y con una tendencia que deberíamos tener en cuenta en nuestras vidas: "Toda educación racional no es en el fondo más que esa inmolación progresiva de la autoridad, en beneficio de la libertad, el formar hombres libres y llenos de respeto y amor hacia la libertad ajena". Hablar de "formación" y de "educación racional" implica llenar de contenido a algo que, por otra parte, resulta incuestionable: otorgar valores, combatir la estupidez, la ignorancia la mezquindad, tender en definitiva hacia el desarrollo pleno, hacia el "ideal". Una educación racionalista (o, para no ser acusados de anacrónicos, en la que la razón encuentre un gran horizonte alejado del dogmatismo) y antiautoritaria es esencial para transformar la sociedad y para que el ser humano encuentre un camino de perfección y de solidaridad (apoyo mutuo). Desgraciadamente, todos hemos sido impregnados de una educación autoritaria, tremendamente limitada, a lo que se une los diferentes y complejos temperamentos que poseen los seres humanos, por lo que el proceso de aprendizaje hemos tratado de alcanzarlo (si es que lo hemos, al menos, intentado) de un modo o de otro. El amor por la cultura y por la moral son para mí, parte indiscutible del amor por la vida (llámese "hedonismo" si se quiere, palabra que no me disgusta, siempre y cuando encuentre un equilibrio con los valores y con la pasión creativa). Hay que despertar en los seres humanos, empezando por nosotros mismos, la pasión por la libertad. Tal vez exista cierta tendencia en el ser humano hacia el autoritarismo y la violencia, pero no cabe ninguna duda que junto a la tendencia hacia la emancipación y la solidaridad, por lo que estos valores pueden contrarrestar aquellos. Ya Proudhon, a pesar de ser tan conservador para según qué cosas, afirmó tres condiciones pedagógicas: "Primero, que el sujeto tenga conciencia de sí mismo, de su dignidad y valor social, de las funciones a que tiene derecho a aspirar, de los intereses que representa o personifica. Segundo, que como resultado de esta autoconciencia afirme la idea en toda su extensión y con todas sus fuerzas. Tercero, que de esta idea pueda deducir siempre conclusiones prácticas". La gran confianza que ciertos anarquistas otorgaron a la naturaleza y a la capacidad racional del ser humano, les llevó a considerar que sería la vida la gran escuela, la única gran autoridad a respetar. Planteamiento excesivo, matizable en muchos aspectos, y contrarrestable con nuestra incuestionable capacidad también de controlar el medio (que no de destruirlo) y a aquella parte de la naturaleza no tan beneficiosa (algo obvio). La educación es algo complejo, no cabe duda, pero el anarquismo lo ha tenido claro al considerar "integral" el proceso, con unos valores amplios, humanistas y racionales, muy acaparados, pervertidos o reducidos, por otras escuelas. En cualquier caso, la praxis siempre ha sido la gran prueba, sin ella no hay teoría posible. También Proudhon afirmó: "un solo libro meditado, vivido y escrito puede destruir en un abrir y cerrar de ojos el trabajo de veinte siglos de despotismo y la conjuración de las castas". Pero el amor por la cultura y por la praxis la quieren los libertarios para el conjunto de la sociedad, no constituye ninguna práctica erudita y elitista que se practique en un círculo cerrado. El anarquismo va a por todas en la sociedad, en su horizonte antiautoritario y verdaderamente anticlasista. Es conocida la teoría de Rocker sobre que el Estado (el nacionalismo político) obstaculiza el desarrollo cultural, por lo que la cultura anarquista es tan individual como comunitaria. Mientras un solo ser humano no haya tenido acceso a su pleno desarrollo y emancipación, no puede decirse que la sociedad sea libertaria. La confianza en el saber y la cultura, y en el reconocimiento moral que otorgarán a cada persona, es tal vez excesiva, pero un camino indudable en el ideal libertario (que, para mí, constituye la más elevada aspiración humana). La guerra constante contra el embrutecimiento (que se sigue dando, debido a la banalización y a la falta de reflexión, en sociedades que llamamos avanzadas) es una constante para las ideas libertarias y su profundización en los males de la sociedad (en todo aquello que determine al ser humano y le impida desarrollarse, moralizarse y tomar sus propias decisiones). Se rechaza esa división que divide a los hombres en una clase intelectual y en otra subordinada a ella; si tal distinción es contraria o no a la naturaleza (como afirmaba Godwin) puede ser discutible, pero es obviamente injusta y erradicable. Todos estos valores educativos se manifiestan en mayor o menor medida en las diferentes escuelas políticas modernas, pero a excepción del anarquismo todas acaban obstaculizando y traicionando el proceso ilustrador al confiar en aparatos autoritarios y en élites que toman las decisiones. El tutelaje es otro enemigo del anarquismo, misma cara o contraria del autoritarismo, aunque matizable en lo que atañe a aquellas personas que no pueden aspirar a un plena autonomía por determinadas condiciones. La emancipación y la instrucción son dos conceptos, en definitiva, que pueden ir unidos sin entendemos el anarquismo como esa tendencia moderna ilustradora que aspira a otorgar un mayor horizonte a la razón, la moral y el humanismo.

jueves 25 de junio de 2009

Egoísmo y apoyo mutuo, extremos de la antinomia

Kropotkin dijo "una de las mayores conquistas de la civilización moderna es precisamente el sentimiento de la comunidad íntima de los pueblos". Si esta afirmación es correcta, y creo que podemos así considerarla, el anarquismo se coloca una vez más como la teoría política y ética más profunda. Su concepción de la libertad no puede ser tan limitada como la del liberalismo democrático, el derecho a vivir la vida plenamente debe ser una realidad en la práctica para todos los miembros de la sociedad (donde no cabe la explotación, el determinismo económico en manos de unos pocos y ningún tipo de privilegio). El anarquismo es la única vertiente socialista sin un pasado ominoso y con un futuro esperanzador, el único socialismo que ha puesto su confianza en el ser humano sin sacrificarle a ninguna instancia superior ni dejar su suerte en supuestas lecturas históricas o filosóficas ajenas a su voluntad (la del hombre, o mejor, la de los individuos para no caer en abstracciones). Ya Bakunin advirtió que un socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad; como vemos en la democracia liberal, la libertad sin socialismo es privilegio e injusticia. Pero Ricardo Mella también afirmó algo que quizá erosione algo los prejuicios sobre el anarquismo; los llamados individualistas anarquistas quedarían cojos en su deambular revolucionario, pero forman parte del programa anarquista, precisamente la organización social justa vendría a paliar la relatividad humana. El individualismo insolidario (explotador y autoritario) y el totalitarismo (de partido único o con apariencia multipartita, seudoplural, de Estado en definitiva), entendidos como extremos igualmente erróneos, son rechazables para el anarquismo; si el ser humano debe realizarse siempre en sociedad, no puede ver sacrificada, por otra parte, en ninguna forma organizativa su libertad personal. Es una paradoja, o mejor una antionomia si queremos utilizar la terminología de la tradición ácrata, que debe resolver el anarquismo. Desde sus orígenes modernos, el anarquismo ha insistido en estos puntos: su confianza en cierta Revolución Social, pero la densa acérrima de la libertad individual. Algunos autores anarquistas, en mi opinión con cierta lectura espiritual y religiosa del anarquismo (de sus propuestas morales al menos) han rechazado tajantemente el individualismo de Stirner. Si se quiere buscar una lectura hobbesiana en El único y su propiedad es posible que algunos de los numerosos asertos que forman el libro lo confirmen. Pero me parece una lectura reduccionista (y tal vez injusta para el autor). El anarquismo puede considerarse ecléctico en su búsqueda de la emancipación social y personal, y no es raro que Stirner haya sido de tanto interés en la tradición ácrata, y no lo haya perdido en mi opinión en la actualidad. Su consideración de que cada ser humano tiene una personalidad única es netamente libertaria y sería de gran ayuda su lectura al día de hoy, en que gran parte de la humanidad privilegiada se consume en problemas de índole sicológica consumiendo, entre otras muchas cosas cuestionables, libros de autoayuda de lectura más bien epidérmica (estos libros deberían ser síntoma no solo de malestar del tipo que sea, también de una evidente pérdida de valores y de nivel cultural). Para esa otra gran parte de los seres humanos, los cuales no poseen ni el bienestar fisiológico mínimo, es necesaria una transformación radical en lo sociopolítico en la que no quepa ni el autoritarismo ni la falta de acceso a los medios productivos (un socialismo de índole libertaria, anarquismo, vaya). Decía que el rechazo a Stirner no me parece de recibo, su negación de toda abstracción (dominación política o religiosa), en la que también cabía la sociedad y el socialismo (al ir tan lejos este hombre y no hacer propuesta concretas sociales, pasa lo que pasa), es de una importancia fundamental como contrapeso a una organización social en la que siempre correrá el peligro de formarse cierta autoridad coercitiva (en el hecho social o en la mente de las personas). El egoísmo (en lo individual, entendido como forma de desarrollo) no me parece pues un enemigo de la sociedad libertaria, más bien un contrapeso a su moral del apoyo mutuo (extremedamente importancia en o social). El enemigo claro del anarquismo es el autoritarismo (que no cierta autoridad) y el privilegio (claros compañeros de viaje), su rechazo a toda instancia que lo instaure (aunque se llame temporal) ha sido claro. Bakunin dijo, y estoy con él. que nada hay más peligroso para el desarrollo moral del hombre que el hábito de mando. Es éste un punto también muy interesante en la visión anarquista, y no resuelto (ahí, las ideas libertarias tienen mucho que decir), el cómo la jerarquización social afecta al ambiente en que se "desarrolla" el ser humano. En mi opinión el anarquismo es, por supuesto, una forma de organización social, pero una en la que la vigilancia contra el desarrollo de toda autoridad coercitiva debe ser un hecho; para ello, será importante la organización de abajo arriba y su focalización constante en lo social. Normas, reglamentos, leyes si se quiere, son necesarios para organizarse. Pero resultarían solo detestables si manan de una instancia ajena a la organización social, si se convierten en símbolos del privilegio y/o en obstáculos para el progreso social o si terminan arrastrando a las minorías. La conquista de la libertad, que el anarquismo pone en la organización social, y la propia moralización de la sociedad son otros de los puntos fuertes en los que creo que se puede insistir como contrapeso a todo forma de dominación política (la palabra Estado sigue teniendo demasiadas connotaciones para muchas personas).

lunes 22 de junio de 2009

La base autogestionadora del federalismo ácrata

El hombre es sociable, no cabe duda, necesita relacionarse con los demás y necesita al menos el aprecio de un parte de la sociedad. Pero, siendo esto así, por qué no ha bastado hasta el día de hoy esta tendencia para moralizar y para humanizar a cada individuo (o, al menos, para que el conjunto influya positivamente sobre cada miembro). Creo que a eso se refería Bakunin cuando venía a decir que el problema era que la misma sociedad no había sufrido esa moralización, incluso los hombres más fuertes e inteligentes reciben su influencia. El anarquismo apuesta por la asociación, por la buena asociación, en la que la moral del apoyo mutuo sea un hecho y ello impregne al conjunto de los miembros. La asociación del anarquismo es el federalismo, alternativa a todo centralización estatal, la cual asegura la libertad de los grupos y de los individuos como última célula asociada. La administración de los asuntos socioeconómicos bien podrían llevarla a cabo grupos reducidos y funcionales, evitándose así el centralismo burocrático y anulándose todo autoritarismo (de grupos o de individuos). Los secretariados, como bien se ha demostrado de manera práctica en el movimiento libertario español, se instaurarían de forma coordinada. En la base del federalismo está la autogestión, palabra clave para el anarquismo. Una alternativa al nacionalismo político la tiene el anarquismo en la confederación geográfica de regiones. Proudhon quiso ver el siglo XX como la llegada definitiva de la era de las federaciones, sin que la cuestión se haya resuelto claramente a comienzos del siglo XXI (el federalismo tiene tantas connotaciones diversas, que difícil es decidir lo más exitoso en él, en lo que sí habría que insistir es en la base autogestionadora, que es lo que le da sentido a la sociedad libertaria). Para Proudhon el federalismo es sinónimo de pacto, según el cual los grupos tienen obligaciones recíprocas respecto a determinados asuntos, cuya gestión la llevarían a cabo los delegados de la federación. Pero las atribuciones de estos delegados (de la federación) jamás superarían en número a las de los grupos municipales o provinciales, y la de éstas a su vez tampoco excederan a las de los individuos. Si no fuera así, la federación se convertiría en centralización. Los contratantes se reservarían siempre una parte mayor de soberanía de la que ceden. Pero no todos los federalismos son iguales dentro de la tradición ácrata. El optimismo comunista de Kropotkin le llevó a considerar que toda suerte de retribución moriría con la sociedad capitalista, la posesión común de los medios de producción llevaría necesariamente al goce en común de la labor común. Kropotkin consideró que Proudhon había mantenido la propiedad individual como garantía del individuo frente al Estado, pero la propiedad común y la abundancia productiva haría innecesaria tanto aquella como alguna forma de salario (propia de toda organización estatal resultante del comunismo centralista). Kropotkin consideraba que no puede hacerse ninguna distinción entre las obras de cada persona, fraccionarlas y medirlas lleva al absurdo. Su propuesta es poner las necesidades por encima de las obras y reconocer el derecho a la vida en primer término. La primacía de lo humanista sobre lo legal llevaría a una sociedad y a un hombre nuevos. La visión federalista de Bakunin parece tener su punto de partida en el voluntarismo. La organización se haría de abajo arriba, de la comuna en su base, absolutamente autónoma, a la unidad central del país gracias a la federación. El requisito indispensable es que existan entre ellas un intermediario autónomo (departamente, región, provincia...). Las provincias estarían formadas por una federación de comunas autónomas (con libertad absoluta de organizarse y de elegir a sus representantes). Jean Grave dijo: "la federación busca reducir el tiempo necesario para la producción de objetos indispensables a la satisfacción de nuestras necesidades materiales; aumentar el consagrado al estudio, la observación o al goce, hacer que el trabajo necesario no sea más que una necesidad higiénica y no una dolorosa fatalidad". El federalismo y la descentralización son parte incuestionable de las propuestas ácratas, lo cual no significa necesariamente que se enfrente a las grandes aglomeraciones urbanas (en las que incluso la producción puede estar perfectamente descentralizada). No creo que puede afirmarse tajantemene que, ya no apelando a una cuestión ética y humana (primordial en el anarquismo), sino al mero utilitarismo técnico, la centralización estatal o capitalista sean más eficaces en lo productivo. La producción anarquista, y tenemos el mejor ejemplo en la revolución iniciada al comienzo de la Guerra Civil Española, puede tener un perfecto control y rigor. El federalismo autogestionador, enemigo de todo aparato de poder y de toda centralización, lo que sí supone es un transformación radical de nuestra concepción vital. Llámese "revolución" si se quiere, pero no es una visión en absoluto anacrónica (palabra tan utilizada por una falsa concepción de progreso).

sábado 20 de junio de 2009

La moral anarquista, personal y comunitaria

El apoyo mutuo es algo que forma parte incuestionable de la moral anarquista, aunque el egoísmo stirneriano y su aparente nihilismo (que, en cualquier caso, no sé si lo podemos considerar simplemente como "ausencia de moral") permanece como un referente interesante para salvaguardar la libertad individual y el desarrollo personal. La moral es algo innato en el ser humano, e insistir en una tensión permanente entre la solidaridad del apoyo mutuo (para el bienestar de la sociedad y de sus miembros) y me parece fundamental el egoísmo bien entendido como desarrollo individual de nuestras facultades creativas y como enemigo de toda peligrosa abstracción, que acabe sacralizando una idea y ahogando al individuo (entendido cada ser humano como "único") en ella. Incluso en la época de mayor ausencia de valores, la moral asoma de una manera o de otra y encaminarla hacia las mejores formas de apoyo mutuo resulta esencial para una sociedad auténticamente libertaria. Pero no estoy de acuerdo en identificar egoísmo simplemente con inmoralidad, al menos no de la forma en que lo quiso ver Stirner (un autor siempre complejo al que no hay que hacer lecturas simplistas ni exijirle todas las respuestas en su clara ausencia de visión sociopolítica). El egoísmo puede ser insolidario, explotador, síntoma de una sociedad que tiende a aislar al individuo y a clamar constantemente "sálvese el que pueda", pero también puede ser una permanente tensión libertaria en lo personal, en una sociedad en la que debe asegurarse tanto la justicia (término que Stirner seguro que consideraba abstracto, pero que debe tener un sentido concreto en la actividad social y económica, tal vez con otros nombres que recojan los actos más nobles) como la pluralidad. El anarquismo es claramente una ética personal y comunitaria, su ley del apoyo mutuo (llámese solidaridad si se quiere, aunque puede ser también un desarrollo de nuestra capacidad de empatizar) reclama un entendimiento constante entre las personas en todos los planos de la vida, pero necesita también el mayor reconocimiento en el individuo de su desarrollo personal. Esta tensión parecía ya estar en Godwin, cuando reclama una libertad de expresión y de convivencia, no como simples derechos, sino como elementos esenciales para el logro de una moral comunitaria. En la tradición anarquista, no faltan los que han defendido la moralización que debe producirse tanto en las asociaciones libertarias como en la misma sociedad. Es una visión importante, pero insistiendo en la condición de "únicos" de cada personalidad, en la negación de toda abstracción totalizadora, incluso en las diferentes lecturas de la moralidad (sin que eso suponga un relativismo simplista y negador de valores sólidos inherentes al anarquismo). El ser humano es inequívocamente moral, la tarea de llevar a cabo una sociedad anarquista (o, al menos, en la que estén muy presentes los valores libertarios) pasa por buscar el horizonte más bello en ese aspecto. No cabe, resulta obvio por ser una visión conservadora, una concepción meramente inicua de la condición humana, pero tampoco necesariamente un optimismo situado en el extremo opuesto. El ser humano también es social, está condenado a entenderse con el otro (no necesariamente a dominarle), forma parte de una comunidad en la que se produce también su desarrollo, por lo que buscar un equilibrio entre lo individual y lo comunitario, sin ninguna instancia coercitiva ni explotadora que actúe inhibiendo alguno de los dos polos, no forma parte de ninguna utopía. Frente a las acusaciones de utopistas que se hacen frecuentemente a los anarquistas, habría que contestar que lo verdaderamente utópico es alcanzar el ideal humano más noble (la perfección), pero que su persecución no puede hacerse nunca por medios autoritarios (un desastre en la historia de la humanidad) y que la negación de tratar de acercarse a esas bellas ideas es simplemente mezquindad, supone condenar a gran parte de los seres humanos a la humillación y la necesidad. La utopía, palabra denostada que a mí no me gusta tampoco utlizar con demasiada facilidad, forma parte de la realidad para el anarquismo, al menos como un ideal moral perseguible constantemente. Ya Bakunin recordó, y no creo que nadie pueda quitarle la razón con facilidad, que solo al buscar lo imposible los hombres han reconocido y realizado lo posible. Limitarse a lo "posible", a la realidad que se pone delante de nuestros ojos a diario, es tal vez mantenerse en la servidumbre. Kropotkin también recordó que el anarquismo es cientítico, y que en ese sentido no es amigo de lo utópico entendido como irrealizable, y sí de un análisis histórico de los diferentes hábitos morales y sociales en busca de su propio ideal social (el anarquista ruso quería ver que dicho ideal se iba produciendo cada vez más en la sociedad moderna, lo cual puede ser motivo de una discusión compleja). Las cuestiones primordiales para el anarquismo siguen formando parte en mi opinión de los mejores valores humanos (el ideal social y moral referido, que merece un punto de partida más nítido), ajenos a toda solución autoritaria: el desarrollo personal en tensión permanente con la solidaridad del apoyo mutuo, la libertad individual mediatizada por una equidad social y económica.