domingo, 23 de septiembre de 2018

Valores emancipadores y universalizables

A menudo, en el pensamiento y en nuestra vida cotidiana, y seguramente como consecuencia de la excesiva simplificación a la que a veces nos obliga la mediocridad, nos vemos empujados a elegir entre dos posturas antagónicas, o aparentemente antagónicas. Para colmo de males, la falta de asideros que supuestamente tienen estos tiempos de posmodernidad, con la tendencia aparente a la multiculturalidad y al cuestionamiento de valores clásicos, hace que esa polarización sea más acentuada. De esa manera, la cosa se sitúa tantas veces entre el absolutismo y el relativismo (cuando el primero es claramente rechazable y el segundo requiere de algún que otro matiz), o entre el etnocentrismo y la mencionada diversidad cultural.

Lo que yo me propongo tantas veces es cuestionar estos planteamientos, tantas veces simplistas y falaces, e insistir en los valores libertarios (perfectamente acoplables, por su intemporalidad, a la llamada posmodernidad, si es que existe). El concepto más amplio de libertad es la propuesta por el anarquismo, por los anarquistas, y la lucha histórica contra toda suerte de tiranía, política, economía o religiosa, ha sido lo suficientemente dura como para, al menos, cuestionar a los "sesudos" que sostengan ahora que estamos en otros tiempos en que ya todo es diferente y la cosa se hace mucho más difusa. Yo insisto en alguna ocasión en la importancia de un Foucault, con su discurso de que resulta imposible acabar con todo clase de poder por ser una manifestación humana poliédrica (y, seguramente, tiene mucha razón) o en su cuestionamiento sobre si la liberación llega al acabar con todo aquello que parece obstaculizar la libertad.

sábado, 15 de septiembre de 2018

La Transición española, la visión anarquista

Aunque algunas voces, y de manera muy matizada, quieren ahora ser críticas en los medios generalistas con la llamada Transición española a la democracia, es necesaria una profundización mayor recordando la visión anarquista también en la memoria histórica. Sin perder la autocrítica, siempre necesaria, hay que recordar los factores de silenciamiento y criminalización que llevaron al declive del único movimiento que no quiso participar en el domesticamiento político y sindical


Con la muerte del General Franco, el 20 de noviembre de 1975, comenzaba el periodo que se conoce como Transición en España. En un principio, se trataba del fin de una dictadura y del comienzo de una nueva época de (supuestas) libertad y alegría. Durante los últimos años del franquismo, la Universidad se había convertido en un importante campo para ejercer la oposición al régimen; además, la práctica de la libertad de los estudiantes los estaban acercando al anarquismo influidos en gran medida por lo ocurrido en París en Mayo del 68. En localidades de todo el país, en institutos y en universidades, se empezaron a crear grupos de afinidad anarquistas; en Madrid, incluso, el movimiento libertario germinaba en los diferentes puntos de la ciudad creándose toda una Federación Anarquista de Barrios. Así, de manera lenta, a partir de 1973 todos esos grupos libertarios se empezaron a coordinar para reconstruir las estructurales sindicales de la CNT en el momento que se confirmara el fin del régimen franquista, algo que parecía muy cercano; los jóvenes militantes estaban tomando contacto con los veteranos uniendo distintas generaciones para revitalizar el movimiento. Tras la muerte del dictador, se aceleró la reconstrucción de la Confederación Nacional del Trabajo; en diciembre de 1975, se celebró una asamblea en Madrid, con la asistencia de dos centenares de personas, donde se decidió reconstruir la organización y se nombró un provisional Comité Regional de Centro hasta que pudiera celebrarse un Pleno Nacional de Regionales. Los grupos de afinidad repartidos por el país, activos en mayor o en menor medida en los últimos años, se convirtieron de forma automática en Sindicatos de Ramo o de Oficios Varios.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Bertrand Russell y el marxismo

Bertrand Russell, seguramente ya en oposición al marxismo, consideraba que el socialismo no era una doctrina estricta y definible. Así, una aproximación al mismo consiste en el derecho a la propiedad colectiva de la tierra y del capital; naturalmente, esa propiedad puede aludir a un Estado o, en el caso de los anarquistas, a la propiedad en común por la libre asociación de hombre y mujeres sin la intervención de gobierno alguno. Como es sabido, y tal como Russell indica, existe gran diversidad de escuelas dentro del socialismo.

Para Russell, las aportaciones esenciales de Marx pueden reducirse a tres: la interpretación materialista de la historia, la ley de concentración del capital y la lucha de clases.
Según la interpretación materialista de la historia, los fenómenos de la sociedad tienen su origen en las condiciones materiales; éstas, según esta visión, están incorporadas a los sistemas económicos. En términos generales, para Marx la política, las leyes, la religión o la filosofía son expresiones del régimen económico de la sociedad en que se han producido. No hay que hablar de que el motivo económico sea consciente, sino de que las condiciones económicas forman el carácter y la opinión, constituyen la fuente principal de multitud de hechos aparentemente inconexos. El materialismo histórico observa dos revoluciones: la de la burguesía contra el feudalismo, del pasado, y la que vendrá, el proletariado contra la burguesía, que dará lugar al sistema socialista. Se trata de una interpretación inevitable de la historia que conducirá finalmente hacia lo bueno, el socialismo; los capitalistas son también víctimas, en la sociedad burguesa, de esa necesidad histórica hasta que la posesión privada de los medios de producción pasen a ser comunales.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Crítica de Bakunin a la praxis marxista

El anarquista ruso criticaba devastadoramente al idealismo, afirmando que es una falacia considerar el pensamiento anterior a la vida. Para Bakunin, idealistas eran los metafísicos, los positivistas y los que dan prioridad a la ciencia sobre la vida. Tanto ellos, como los revolucionarios doctrinarios de todo tipo, aunque utilicen argumentos diferentes, son defensores del poder político centralizado.

Bakunin quería ver cierta coherencia en esa defensa del Estado, ya que el defender ese dogma de dar privilegio al pensamiento supone creer que la teoría abstracta tenga superioridad sobre la práctica social, por lo que la ciencia sociológica se convierte en el punto de partida para la revolución social y la posterior reconstrucción; la conclusión sería que solo unos pocos poseen el conocimiento necesario para dirigir la vida social. La organización de la nueva sociedad no se erige, entonces, sobre la base de una libre asociación de individuos, grupos y regiones, sino sobre el poder de una minoría que representa, supuestamente, la voluntad general.
Lo que Bakunin afirmaba es que, tanto la teoría del Estado, como la de la dictadura revolucionaria, se basann igualmente en esa ficción de la representación popular y en el hecho de que la mayoría debe ser gobernada por una minoría elegida (o no), en esa abstracción llamada "voluntad general" y en la consideración de que las masas son ignorantes y estúpidas. Ambas concepciones son, desde este punto de vista, reaccionarias y aseguran el privilegio político y económico. Bakunin realiza una crítica visceral a todo defensor del Estado, incluidos los socialistas que denomina "doctrinarios", ya que si se enfrentan a regímenes autoritarios es para tomar el poder y construir su propio sistema despótico. Incluso desde un punto de vista no necesariamente anarquista, sino simplemente partidario del progreso social, ¿se puede quitarle la razón al ruso visto el desarrollo de todo socialismo de Estado? Cada paso dado en cualquier de esos regímenes ha sido para reforzar la burocracia y el privilegio de Estado y, por lo tanto, bloquear el control de la industria por parte de los trabajadores y la libre asociación política y económica. La creencia ciega en el dogma, basado en el poder centralizado y en el control de unos pocos sobre la mayoría, ha anulado la posibilidad de toda revolución socialista.

domingo, 26 de agosto de 2018

Teoría, praxis y heterodoxia en Marx

Parecería casi innecesario hablar, a estas alturas de la película, del pensamiento de Karl Marx. Sin embargo, su tremenda importancia en la sociedad contemporánea, al menos en Occidente, obliga a recordar sin simplezas ni distorsiones, para bien y para mal, el legado de un autor y las vinculaciones, reales o no, de su obra con ciertos regímenes políticos. Precisamente, la realidad totalitaria, la falta de libertad y el fracaso económico que supuso esa (supuesta) praxis marxista nos ayuda a encontrar alternativas a un capitalismo mutable en sus numerosos daños desde un socialismo en el que predomine la libertad, la ética y la voluntad humana. Estos rasgos deseables para un socialismo parecen para muchas personas incompatibles con un sistema superador del liberalismo capitalista; la respuesta pasa con seguridad porque gran parte del imaginario colectivo, consciente de que la respuesta no está ni en el fortalecimiento del estatismo ni en la negación de libertades primordiales para la acción y el pensamiento del ser humano, vincula cualquier forma socialista con esa práctica totalitaria. Trataremos de apuntar que, no solo es así, sino que la evolución del anarquismo, desde aquellos primeros enfrentamientos entre centralistas y federalistas, ha evolucionado aún más hacia posiciones de superación del liberalismo y del socialismo estatista.

lunes, 20 de agosto de 2018

Orígenes obreros, ideológicos y culturales del anarquismo español

El germen de lo que será el más poderoso movimiento anarquista jamás visto en un país estaba sembrado con una incipiente conciencia obrera configurada a lo largo del siglo XIX, las influencias del socialismo utópico, la radicalización del liberalismo y el federalismo proudhoniano de Pi y Margall, que tenían que desembocar lógicamente en el anarquismo.

Como ya hemos dicho, uno de los precedentes del anarquismo fue el societarismo obrero. Así es, en los primeros años del siglo XIX empieza a germinar una conciencia obrera, en determinadas regiones del país, sobre la necesidad de asociaciones que mejoren su condición social y dignifiquen su existencia. En el segundo tercio del siglo, el país vive bajo la inestabilidad política y las agitaciones obreras en lucha por sus reivindicaciones; según el criterio de unos u otros gobiernos, las asociaciones obreras son prohibidas una y otra vez. La situación apenas mejora, miseria y hambre es lo que espera a trabajadores y campesinos, lo que provoca insurrecciones de todo tipo hasta llegar al clima antimonárquico de los años 60. Además de la lucha por sus derechos más elementales, empezando por la propia necesidad de sobrevivir, otros factores ideológicos irán influyendo en el movimiento obrero durante el siglo XIX: las ideas socialistas de Saint-Simon, Cabet y Fourier y, posteriormente, las de Proudhon a través de Pi y Margall.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La llegada del anarquismo a España

La llegada de Fanelli a España, en 1868, es ya parte de la historia. El ambiente donde este hombre dará numerosas conferencias, entregará todo el material que estaba en su mano y conocerá a los fundadores en España de la Internacional  estará influido por el societarismo obrero, el socialismo utópico, el republicanismo federal y las ideas de Proudhon.

Como es sabido, Fanelli será un emisario de Bakunin, a través de la organización Alianza de la Democracia Socialista, integrada en la Internacional. Detengámonos primero en lo que fue la Alianza, para comprender lo que serán posteriormente sus seguidores españoles. En 1864, Bakunin creó la Alianza de los Hermanos Internacionales; Marx mandó una invitación al ruso para unirse a la Internacional, pero Bakunin prefirió mantener un grupo revolucionario secreto. Mucho se ha dicho sobre el gusto por la organizaciones secretas de Bakunin y, desde la óptica libertaria, se ha considerado que prefería una mayor seguridad y eficacia en ese tipo de agrupación con hombres firmes y convencidos que podrían, en un momento clave, inspirar y aportar lucidez a las masas; no hablamos, en ningún caso, de una vanguardia autoritaria ni una organización jerarquizada. Entre 1864 y 1866, Bakunin mantiene contacto con diversas sociedades secretas fundando él mismo ese último año otra más: La Fraternidad Internacional; también interviene en la Liga de la Paz y la Libertad, una asociación internacional formada por hombres tan importantes como John Stuart Mill, Garibaldi, Victor Hugo, Louis Blanc y Herzen, entre otros, que quería unir Europa bajo un gobierno republicano. En ese momento, Bakunin ya pertenece a la Internacional y propone el ingreso en ella de la Liga, pero esa organización manifiesta pocas inclinaciones socialistas y provoca bajas ilustres como la del propio ruso; a raíz de ello, Bakunin funda la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, formada por algunos de sus amigos y por parte de los que se habían dado de baja de la Liga.