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jueves, 5 de diciembre de 2013

La filosofía individualista: una herencia necesaria en la tradición libertaria

Recuperamos y actualizamos un artículo que nos recuerda la tradición individualista dentro de las ideas libertarias; el afán por defender al individuo y a su libertad, junto a la aspiración de una sociedad justa y racional, conduce a que se haya tratado de conciliar dos tradiciones aparentemente antitéticas, pero en realidad necesitadas la una de la otra. Ese es, con seguidad, un buen punto de partida para tratar de comprender las propuestas anarquistas, así como su rico y complejo concepto de la libertad.

El anarquismo, según defendemos, supone el punto culminante del librepensamiento (una especie de liberalismo radical en tensión permanente con los valores de no-dominación) y, por lo tanto, en su misma base se halla un individualismo extremo, una defensa radical de la libertad individual entendida como derecho absoluto de cada ser humano a actuar ateniéndose únicamente a los dictados de su propia conciencia y de su propia voluntad; existe también en la herencia libertaria la afirmación de que cada personalidad tiene un valor único, insustituible cuya expansión no debe verse limitada por ninguna frontera externa. Las diferentes doctrinas religiosas, políticas o económicas han hecho del individuo una pieza más de su engranaje -aunque la justificación fuera hacerlo el fin de sus designios como partícipe de una supuesta realidad magnánima- sin atender a su valor personal por sí mismo. En las diferentes sociedades, la mayoría de los hombres se conforman con ser determinados por el medio: el anarquista, en cambio, se esfuerza en determinarse por sí mismo. La tendencia libertaria es suscitar en los individuos el mayor conocimiento en el sentido empírico, demostrar y asimilar el antiautoritarismo en los diferentes ámbitos del ser humano: ético, intelectual, artístico, social, económico... Es difícil encontrar en otras ideologías, supuestamente emancipadoras, respuestas a las necesidades que se desprenden de la defensa del individuo; una de las riquezas de la heterodoxia doctrinal libertaria ha sido tratar de responder a esos interrogantes.

Un rápido repaso a la tradición individualista

Stirner -auténtico apóstol del anarquismo individualista, aunque él mismo jamás se calificara como tal, y cuya obra El único y su propiedad se puede considerar una auténtica “biblia”, si se me permite la terminología religiosa- consideró que el hombre era centro de toda reflexión y aún de toda realidad; pero no el hombre en general, ni como representante de la Humanidad abstracta, sino del individuo, de “mí mismo” en cuanto “yo” único. El “Único” de Stirner existe absolutamente y es previo a toda exterioridad, tanto de la formada por el espíritu objetivo, como de la constituida por los “yos” ajenos. Sólo en la absoluta independencia del “Único”, libre de toda coacción, se encuentra la posibilidad de unirse libremente con los “Únicos” ajenos; de esta manera, es posible conseguir la libertad auténtica, convertir la unión forzada en unión libre, y la universalidad de la idea en universalidad de la unicidad. Stirner consideraba que el hombre debe fundar sobre sí mismo su causa, rechazando causas superiores o voluntades ajenas, aunque invocasen su propio bien. 


Mención aparte merece la tradición liberal radical norteamericana con un fuerte substrato individualista y antiestatista. Muy conocida es la actitud de desobediencia y resistencia a la arbitrariedad del poder preconizada por Thoreau, otro autor que jamás se llamó anarquista; los que si se consideran como a tales son a Warren, que evolucionó hacia un individualismo feroz en la que la sociedad debía adaptarse a sus necesidades, lo que le sitúa cerca de Stirner, y Tucker, que abogaba por una ética social en la que no se debía transgredir las fronteras de la libertad ajena y resultan tremendamente importantes sus intentos de establecer conexiones entre las tradiciones culturales de su país, la consolidación conceptual del anarquismo europeo y la filosofía individualista.
Un claro divulgador del pensamiento stirnerista fue el francés Armand con gran preocupación por las cuestiones sexuales, las cuáles asociaba a la liberación individual. Otro autor galo, quizá más innovador, fue Ryner cuyo pensamiento ecléctico es difícil de clasificar, creía en un cambio interior del individuo, huyendo de toda autoridad externa, y apostaba por la fraternidad y preocupación por el otro -alejándose del egoísmo de raíz stirneriana-; su heterodoxia hacía que viera precursores del individualismo en filósofos del la antigüedad como epicúreos, estoicos o el mismo Platón-.


Aunque el interés de los anarquistas por el individuo y el individualismo ha hecho que consideren a autores como el mencionado Stirner, Nietzsche -quién habló de su admiración por la obra stirneriana- y Tolstói como parte de su tradición cultural, el mismo Bakunin afirmaba que el individuo era la única realidad y que la voluntad de la sociedad, tan continuamente invocada, no existía; dos de los más brillantes teóricos en España, como Ricardo Mella y Anselmo Lorenzo, sostenían, el primero, que el llamado “derecho social” suponía el “sacrifico del individuo en el altar de la sociedad”, un misticismo nuevo, tan tiránico como el antiguo y el segundo negaba la existencia de una soberanía popular, justificación moderna para la autoridad del Estado, reivindicando la individual que resulta absoluta e indivisible. Los italianos Malatesta y Berneri, movidos por un humanismo, también inequívocamente adherido al anarquismo en su historia, insistían en contemplar a cada ser humano por encima de cual fuere su condición o degradación; el humanismo anarquista, afirmó Berneri, garantiza el desarrollo de la personalidad del individuo.



Individualistas versus societarios

Naturalmente, el pensamiento individualista extremo puede chocar con el colectivismo o comunismo de otras vertientes anarquistas al desconfiar de toda organización, económica o no, que pudiera desviarse hacia formas burocráticas. Sin embargo, como ha señalado el historiador italiano Gaetano Manfredonia, hay ocasiones en que la interpretación alternativa de clásicos como Proudhon o Bakunin contribuyen al enriquecimiento y la singularización de unas ideas que sitúan al individuo como punto de partida de toda emancipación colectiva. Como afirmó Mella, el individualismo no debe enfrentarse a la realidad social, “somos porque coexistimos”, la relación de igual a igual ensancha nuestra esfera de acción. Otro pensador español, el controvertido Federico Urales, largamente enfrentado a la asociación anarcosindicalista, la cual consideraba peligrosamente centralizadora, consideraba la consciencia individual como base o punto de partida de cualquier modelo organizativo; para Urales, anarquismo e individualismo son la misma cosa y tratar de nombrar ambos como conceptos diferentes hace caer en una especie de reiteración o “pleonasmo”; sin embargo, era muy crítico con la filosofía de Stirner o Nietzche, con esa liberación del “yo” que podía degenerar en un egoísmo antisolidario. La libertad individual se enfrenta, según la tradición libertaria, a la autoridad -política, económica o religiosa- y no a la sociedad. En la obra de Proudhon, defenestrado por Stirner como socialista autoritario- se puede encontrar un equilibrio entre la preocupación por el individuo y los intereses de la sociedad: “el individuo es el hecho primordial y la sociedad, su término complementario”.

A Bakunin se la puede considerar a la vez como individualista y solitario, aunque colocó al individuo como primer beneficiario de derechos pero siempre entendiendo que el lugar donde la libertad y el carácter del individuo se desarrollaban plenamente era en la sociedad de iguales; ya hemos visto que el “único” stirneriano es previo a cualquier sociedad, por lo que niega esta concepción -presente también en la obra de Kropotkin- en la que el hombre, sin la capacidad de humanizarse en sociedad, cae en un proceso de animalización. El italiano Malatesta se va a mostrar como uno de los más feroces críticos de los anarquistas individualistas. Si las premisas básicas de éstos pueden ser: la sociedad debe ser un agregado de individuos autónomos, completos en sí mismos, y que colaboran cuando hallan algún interés; que estos individuos son libres de abandonar la sociedad cuando sientan su libertad menoscabada; que siendo la tierra y los modos de producción libres y una clase organizada no dominará sobre otra, nadie estaría obligado a vivir en sociedad; que, finalmente, la llamada “armonía por la ley natural” actuará como freno de los intereses antagónicos y de la pluralidad de voluntades para que no se produzca la lucha. Si la competencia y la propiedad individual -extensión de su libertad- se dan dentro de estas premisas individualistas, los comunistas anárquicos abogaban por la destrucción de la propiedad individual considerando el trabajo como una necesidad fisiológica. Malatesta rechazaba el armonismo -la llamada ley natural- individualista al considerar a cada persona como un ser integrado en la sociedad sin la cual permanecería anclado en una animalidad brutal; vemos que el lúcido anarquista italiano era un digno heredero, pero con algunos matices, de las posturas de Bakunin y Kropotkin.



El pensamiento individualista: una bella reafirmación de la personalidad

En este amanecer de nuevo siglo, cuando el anterior ha sido terriblemente convulso, se ha desembocado en una triste calma donde la mayor parte de los individuos han interiorizado los tristes postulados del pensamiento único generado por estructuras autoritarias mayoritariamente económicas. Si la tendencia es a equilibrar nuestra ambición individual -ya sea de forma hedonista o de tipo intelectual, o una mezcla de ambas- con el contexto social, político y económico, un pobre margen nos deja el sistema imperante actual -sustentado todavía, aunque ya difícil de defender por la clase dirigente, en esa mezquindad del fin de la historia y de las ideologías-; la pobreza filosófica o espiritual de las religiones monoteístas -base para una actitud servilista o dominadora- hace que muchas personas busquen respuestas en otras tradiciones -como las filosofías orientales-, que parecen permitir un margen doctrinario más amplio, o en terapias sicológicas o libros de autoayuda -existe mucha basura, manipulación y pobreza intelectual en ellos, aunque algunos contienen elementos de reafirmación de la personalidad frente a numerosos obstáculos externos-.

Pero no hay, quizá, mayor riqueza de espíritu -entendiendo tal como fortalecimiento de la voluntad, del ánimo, de esa reafirmación de cada personalidad específica- que la de ese amor a la vida preconizado por los anarquistas individualistas -Urales tenía razón, caemos en la reiteración al mencionar los dos conceptos, no existe uno sin el otro-, la de esa obligación de vivir intensamente una vida breve, exenta de principios superiores o trascendentes; el eclecticismo, el antidogmatismo, las tradiciones de radicalismo liberal -palabra que empleamos sin miedo, a pesar de su perversión actual que habla de libertad económica para encubrir la dominación-, de expansión del pensamiento sin límites, de culto a la sabiduría, de un racionalismo de base humanista, de liberación sexual, de una moral acorde con los valores antiautoritarios, fraternales y solidarios, conductora del pensamiento y de las acciones -por supuesto, es rechazable un nihilismo corto de miras en que puede desembocar la rigidez del pensamiento stirneriano-... conceptos que todavía encuentran demasiados obstáculos culturales o institucionales en nuestras diferentes sociedades humanas y que los anarquistas recogen ya en sus orígenes, no de una manera doctrinaria o cerrada sino asumiendo un progreso, una liberación constante en el individuo.

Enlaces de interés:
El anarquismo individualista, de Emile Armand
El único y su propiedad, de Max Stirner
"La insumisión voluntaria. El anarquismo individualista español durante la Dictadura y la Segunda República (1923-1938)", artículo de Xavier Díez

domingo, 22 de septiembre de 2013

Lysander Spooner, anarquista individualista

Encontramos en Lysander Spooner, activo representante del anarquismo individualista en Estados Unidos, a un brillante pensador, temprano y lúcido crítico de la democracia representativa y de los males producto de la excesiva industrialización: los problemas sicológicos para el ser humano y los efectos nefastos para su personalidad por cuestiones como la explotación, el amortiguamiento de los sentimientos sociales, la monotonía de la vida material y espiritual, así como por la más preocupante como es la desaparición del instinto de libertad

Lysander Spooner, nacido en Massachusetts en 1808 y fallecido en la misma ciudad en 1887, jurista de formación y de profesión, está considerado como un anarquista de la rama individualista. Muy pronto, Spooner se declararía un feroz adversario de los monopolios y de toda limitación de la libertad individual. Benjamin Tucker, que le conoció personalmente, le describió "como un hombre de intelecto, un hombre de corazón y un hombre de voluntad; como hombre de intelecto su pensamiento era atrevido, claro penetrante, incisivo, lógico, ordenado, cuidadoso, convincente y aplastante, y expuesto en un estilo de singular vigor, pureza e individualidad que no necesitaba emplear ningún recurso retórico para encantar al lector inteligente; como hombre de corazón sabía odiar bien y amar mucho; odiar el sufrimiento, el dolor, la penuria, la injusticia, la crueldad, la opresión, la esclavitud, la hipocresía y la falsedad, y amar la dicha, la alegría, la prosperidad, la justicia, la bondad, la igualdad, la libertad, la sinceridad y la verdad; como hombre de voluntad era firme, tenaz, incansable, obstinado, ardiente, desdeñoso y seguro; y todas estas virtudes de la inteligencia, del corazón y de la voluntad eran cubiertas por una modestia de conducta, una sencillez de vida, y una majestad radiante de aspecto que, combinado con el porte venerable de sus últimos años, le daban la apariencia de un patriarca o un filósofo antiguo que anduviese por nuestras calles agitadas, e hicieron de él un personaje que daba gusto encontrar y que era hermoso contemplar".

La primera lucha de Spooner se produjo en su juventud, contra una prescripción injusta en el Estado de Massachusetts; en 1845 llevó a cabo ya una violenta confrontación contra el monopolio de correos del gobierno. Lo que combatía es la intervención del gobierno en la vida de las personas, no solo por imponer unas elevadas tarifas, sino por limitar la libertad garantizada en la Constitución. Como hombre de acción, y no solo de teoría crítica, Spooner instaló un correo privado para demostrar que una tarifa de 5 centavos era suficiente para llevar a su destino la correspondencia; aunque su empresa prosperó notablemente, la persecución gubernamental le obligó a cerrar, lo que no impidió obligar al gobierno a reducir las tarifas. Gran conocedor de la constitución, Sponner fue un activo combatiente en contra de la esclavitud publicando en 1845 un libro, The Unconstitutionality of Slavery, que Rudolf Rocker consideraba uno de los mejores jamás escritos sobre el tema.

En otra gran obra, Trial by Jury, demostró sus grandes conocimientos jurídicos poniendo en evidencia el sistema del Estado como protector de los derechos del pueblo. Spooner consideraba que la ley solo era la expresión de ciertas costumbres sociales convertidas en el pueblo en una moral no escrita; así, la convivencia social es la base de cierta condición del derecho con un fundamento en el sentimiento natural de justicia de los seres humanos, por lo que su naturaleza es claramente moral. De esta manera, puede entenderse que el derecho consuetudinario es la primera consecuencia de la conciencia jurídica humana, niveladora de las relaciones humanas mucho antes que las leyes jurídicas del Estado; la evolución social es defendida por Spooner en base a la conciencia ética de las personas, en condiciones naturales de igualdad, orientada según sus necesidades naturales. Lo que hacen los gobiernos es formular en párrafos legales ese derecho consuetudinario, creando una situación estática y arrogándose como protectores de esa condición; así, se interrumpe de manera violenta, gracias a la ley jurídica, la evolución orgánica de la sociedad y se impone una visión propia del pasado convertida en juez del porvenir. El Estado, aunque se erija en protector de los derechos del pueblo, debido a su estructura intrínseca, es siempre creador de privilegios sociales, que protegerá y preservará, por lo que puede definirse como una "conspiración de los privilegiados contra el pueblo".

Según la visión de Spooner, todo gobierno es absolutista desde un punto de vista teórico, ya que puede ejecutar sus propias leyes sin pedir la aprobación del pueblo; se trata de una de las críticas más elevadas que se han llevado a cabo contra el denominado sistema representativo. En su obra mencionada, Trial by Jury, este autor demostró que hasta la mejor de las constituciones se vuelve inútil, por lo que se acaba adoptando como remedio la elección de órganos ejecutivos, los cuales se vuelven absolutos una vez elegidos: "Ningún déspota fue más enteramente irresponsable que los legisladores republicanos durante el periodo para el que han sido elegidos. No pueden ser removidos de su cargo, ni llamados a dar cuenta de sus actos mientras están en funciones, ni castigados después de haberlo abandonado, cualquiera que pueda haber sido su tiranía". Spooner consideraba que el pueblo debía encontrar instituciones propias, que garantizaran de verdad la defensa de los derechos populares, de las cuales el jurado independiente debía ser de las primeras como punto de apoyo; sin ello, todo el que quiera resistirse a una ley injusta carece de defensa legal y está condenado antes de que se pronuncie el fallo contra él. Derechos como el de resistencia, garantizado por la Constitución, no significa nada en la práctica; por no hablar del derecho a la revolución, del que se habla incluso en la Declaración de Independencia, que no existe bajo ningún gobierno y solo se produce cuando éste es derribado. Hablamos, obviamente, de derechos que no pueden ejercitarse, "una hermosa apariencia que deslumbra a la vista". Incluso el derecho de sufragio, sagrado en la democracia representativa, aunque signifique el cambio de legisladores, no ofrece ninguna garantía de derogar las leyes opresivas e incluso abre la puerta a nuevas leyes que lo son igualmente.

Lo que este autor señalaba, con increíble atrevimiento y con gran lucidez, es que la situación existente en su país no se distinguía esencialmente de la tiranía de los siglos pasados; los representantes del poder público, aunque elegidos democráticamente, aspiraban de forma constante a limitar los derechos del pueblo y a perpetuar la pobreza de los trabajadores. Spooner exhortó al presidente de los Estados Unidos a acabar con esa situación; en caso contrario, no sería menos tirano que otros en la historia. Tal y como dijo Rocker: "Solo un jurisconsulto conocer de todos los detalles de las funciones de los órganos gubernativos, podía producir una crítica tan demoledora de nuestras modernas instituciones políticas y sociales". No puede negarse validez al pensamiento de este hombre cuando señalaba, a diferencia de otros autores socialistas, que el gran enemigo de la emancipación humana era el continuo crecimiento de los monopolios industriales y financieros consecuencia también de la decadencia de las instituciones sociales libres.

También señaló Spooner, como una de las primera críticas a la cuestión, que la excesiva industrialización suponía también un problema sicológico para el ser humano; el desarrollo de la persona sufría efectos nefastos por problemas como la explotación, el amortiguamiento de los sentimientos sociales, la monotonía de la vida material y espiritual, así como por el más preocupante: la desaparición del instinto de libertad. Spooner no aportaba una solución socialista a la organización social, su ideal era una comunidad de pequeños propietarios, que regulasen las cuestiones económicas y sociales por la garantía del producto de su trabajo, por un libre sistema bancario y por pactos mutuos; de esta manera, la vida social evolucionaría según el propio juicio de las personas sin intervención externa alguna. Al margen de esa solución para los problemas económicos, que se apartan en gran medida de las aportaciones anarquistas sociales, su pensamiento sigue poseyendo una gran validez en el terreno de la filosofía social y como crítica devastadora a las instituciones políticas existentes aún hoy en día.

Enlaces relacionados:
"Lysander Spooner", por Rudolf Rocker
Sin traición. La constitución sin autoridad, de Lysander Spooner

sábado, 5 de diciembre de 2009

El legado de Godwin

A pesar de las dudas, debido sobre todo a la escasa influencia que pudo tener en el movimiento anarquista del siglo XIX, hoy pienso que se puede considerar a William Godwin como parte de la historia del ideal libertario. Es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando se le presta una mayor atención y sus aportaciones son indudables al anarquismo continental, especialmente en la vertiente individualista y en el campo filosófico en general.

Los principales prejuicios hacia este autor están, tal vez, en que su concepción ambivalente hacia el concepto de anarquía (algo, por otra parte, lógico si fue Proudhon el que asentó el sentido positivo de manera definitiva). Entender la anarquía exclusivamente como "ausencia de orden" en el tiempo de Godwin no era extraño; por otra parte, este autor tenía también cierto rechazo a entender el anarquismo como un igualitarismo extremo o como control del poder por parte de la masa. En cualquier caso, diferenció siempre lo que podía ser un periodo anárquico (temporal y proclive a despertar la energía necesaria para dar lugar a un sistema más racional) del despotismo (tendente a perpetuarse). El siguiente párrafo, de Political Justice, es explícito al respecto: "La anarquía despierta el pensamiento y difunde la energía y el espíritu de empresa entra la comunidad, aunque su efecto no se produce de la mejor manera posible, así como sus frutos, forzados a madurar, pueden no alcanzar la vigorosa permanencia de la verdadera excelencia. Sin embargo, en el despotismo la mente es pisoteada en aras de una igualdad odiosa. Todo lo que promete grandeza es destinado a caer bajo la mano exterminadora de la sospecha y la envidia. En el despotismo, no hay estimulo para la excelencia".

Autores posteriores, especialmente Benjamin Tucker, han considerado a Godwin un anarquista individualista, con formas de liberalismo extremo. Nos encontramos de nuevo aquí con la consabida polémica acerca de las raíces fundacionales de las diferentes formas de entender el anarquismo. Si el anarquismo toma forma definitiva como una corriente socialista antiautoritaria, jamás negó las influencias de otras ideas emancipadoras. Una sociedad libertaria, con toda la dificultad que ello supone en cualquier proyecto revolucionario para no caer en el autoritarismo (aunque nos encontramos aquí todavía en el ámbito del "deseo" revolucionario), no puede obviar la rama que más hincapié realiza en la libertad individual. Si, cayendo en el simplismo más elemental, el anarquismo continental se ha visto meramente como colectivista y el anarquismo latino incluso como proclive a una rebeldía de tendencia nihilista (algo a todas luces cuestionable), el anarquismo anglosajón asume un proyecto en gran medida liberal sin dejar a un lado la cuestiñon emancipatoria y autogestionadora. Un anarquista sin complejos debería prestar tanta atención a un Bakunin o a un Kropotkin (autor fundamental, pero con tendencias utópicas que hay que asumir como tales por el bien del movimiento libertario), como a un Godwin o un Herbert Read (autor éste que, de nuevo siendo reduccionista, puede completar esa rama anglosajona y liberal del anarquismo). Hay que recordar que no es hasta Kropotkin, un autor aparentemente alejado de muchas de las posturas godwinianas, cuando se comienza a prestar cierta atención al filósofo inglés. En su conocida entrada para la Enciclopedia Británica, en 1905, el anarquista ruso destaca a Godwin dentro de las teorías anarquistas: "el primero que formuló las concepciones políticas y económicas del anarquismo, aunque no diese tal nombre a las ideas expuestas en su notable obra". Bien es verdad que Kropotkin aclararía que Godwin no tuvo el valor de mantener sus opiniones, reelaborando más tarde su capítulo sobre la propiedad, en ediciones posteriores de Political Justice, y mitigando el enfoque comunista. La huella de Godwin puede encontrarse en autores anglosajones como Josiah Warren, conocedor del movimiento asociativo británico y estudioso del socialista "utópico", y padre del cooperativismo, Robert Owen, y en Benjamin Tucker, que heredó del autor de Political Justice el determinismo material y profundizó a fondo por ello en la cuestión económica. Herbert Read se mostró seguidor del pensamiento godwiniano, al que no dudaba en calificarlo de "socialismo libertario", y renovó la confianza en la Razón dándole un nuevo enfoque al entenderla como la capacidad del hombre para ser consciente del conocimiento y ser capaz de la emancipación definitiva (sin que, nunca, la libertad se subordine totalmente).

Pero considerar que el anarquismo anglosajón, como sí lo hace el mero liberalismo, posee un concepto negativo de la libertad parece una simpleza más bien insultante. La libertad es un concepto muy importante en el anarquismo, sin caer en el esencialismo tal vez, y se observa sin eludir la intervención (y necesidad) social del ser humano. En Godwin, se puede interpretar una tensión positiva entre su idea de anarquía y orden (una tensión perfectamente asumible, a mi modo de ver las cosas, por la tradición y el espíritu libertario), de la que surge un concepto positivo de la libertad, algo inherente a la naturaleleza del hombre para que se desarrolle la virtud y la racionalidad. La heterodoxia de la tradición anarquista obliga a conciliar posturas aparentemente antitéticas, si hablamos de la búsqueda de la emancipación social, y en mi opinión es preferible siempre una tensión antinómica, más cerca del eclecticismo que de la síntesis definitivamente resoluble en una instancia superior. Godwin es un hijo de la modernidad, con una confianza absoluta en el poder de la Razón, en la perfectibilidad del hombre y en la moralización de la sociedad, pero también con confianza en la voluntad humana para transformar el mundo. Es el autor de Political Justice un perfecto representante del legado que la Ilustración proporcionará al pensamiento anarquista (un legado valioso, aunque contextualizable y sujeto a la constante crítica antiautoritaria).

El individualismo godwiniano parte de la Razón de cada uno, del juicio privado para regir la conducta sin coerción externa. Todo su empeño estará en negar la noción de subordinación política (a todo gobierno, en definitiva). Es posible que la gran aportación de Godwin, no solo al ideal libertario, también como adaptación emancipatoria al pensamiento social en general, sea su concepción de la naturaleza humana como sujeta al ambiente donde se ha formado. Un condicionamiento social que deja escaso margen para la acción y moralidad de los individuos creo que es hoy aceptado por el pensamiento en general (huyendo del determinismo absoluto, debido sobre todo a la diferente capacidad de los individuos). Por otra parte, la búsqueda de una moralización del entorno social es algo a recuperar como ayuda a una mejor formación de las personas. La educación es primordial en Godwin, como en el anarquismo en general, como garante individual de una transformación social definitiva. No es posible negar la importancia general del pensamiento de Godwin en la historia de las ideas y, siendo posible contextualizar su excesiva confianza en los postulados racionalistas heredados de la Ilustración (aunque, recordemos siempre, la voluntad individual y la libertad en general no dejan de tener también importancia en su compleja obra), hay mucho material capaz de suscitar debate en el mundo de la pedagogía, de aportar energía a la personalidad "unica" de cada individuo, y valioso para combatir el determinismo, en todos los ámbitos de la vida, y el pensamiento único.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La conciencia del "único"

Parece ser que Engels llegó a decir que Max Stirner fue la cabeza más lúcida y profunda de aquel círculo de filósofos revolucionarios que formaron el grupo de la izquierda hegeliana. Ese grupo acabaría escindido en dos tendencias, una que marca distancias respecto a Hegel (en la que estaría Marx) y otra (con Stirner), que tiene en mente una revolución de las conciencias mediante una crítica radical de carácter ateo, sin reglas y absolutamente negativa.

Stirner pasará a la historia por su espectacular obra El único y su propiedad, la cual causó escándalo en su momento y fue objeto de atención y críticas por parte de los más importantes autores, pero acabaría teniendo una popularidad efímera y su autor no tuvo la gloria que esperaba. Su vida fue estuvo, más bien, marcado por un cúmulo de desgracias y por una falta de compromiso evidente en los hechos revolucionarios más importantes. Esto demuestra tal vez el abismo que se encuentra, tantas veces, entre pensamiento y acción. Pero ello, en mi opinión y más allá de unas circunstancias personales muy concretas, no invalida para nada la brillantez de una aportación filosófica a la historia.

La historia ha situado a Stirner como uno de los primeros anarquistas individualistas (a pesar de que resulta algo discutible esta etiqueta, su contribución filosófica es indudable, y hay quien asegure que es el introductor del ideario ácrata en Alemania), y su pensamiento se halla marcado por esa crisis de la filosofía idealista alemana. El complicado pensamiento de Stirner nace prácticamente al mismo tiempo que el existencialismo de Kierkegaard, el humanismo de Feuerbach y el materialismo histórico. Resulta cuanto menos impresionante una aseveración del historiador Franz Mehring, según la cual Stirner fue capaz de transformar en realidad corpórea la idea abstracta de Hegel, la autoconsciencia de Bauer, el humanismo de Feuerbach y la anarquía de Proudhon.

Según el autor de El único y su propiedad, el único universo con sentido para el ser humano es el propio, acosado constantemente y con posibilidades de ser finalmente sacrificado en nombre de ideas y de entidades que le son extrañas (religión y Estado serían las organizaciones más proclives a limitar al individuo). Pero Stirner va más allá y combatirá cualquier abstracción, llámese humanidad, verdad, Dios, incluso bondad o justicia. No existe para el alemán una causa general, sino una causa única, como lo es cada personalidad. Incluso, se llegará al extremo de que la voluntad de cada individuo es la que establecerá su propio criterio de verdad. Pero Stirner no era un loco aislacionista, una preconizador de una especie de antropología que afirme que la única verdad es la que establece la existencia del individuo; existen motivos naturales y biológicos para tender hacia la unión con el resto de los seres humanos (la conocida Unión de egoístas, que substituirá a esa abstracción ficticia e interesada que es el Estado). Esta visión radical requiere una crítica intransigente de todo lo heredado, de lo interiorizado y de lo que resulta cotidiano y vulgar. Me gusta esa interpretación de la obra de Stirner (que obviamente, no será la única), según la cual se pretende superar toda alienación mediante esa toma de conciencia del sujeto como "único", capaz también de anular al Estado mediante la potencia individual y de fundar la sociedad en la relación interpersonal y el humanismo en el goce particular.

La obra de Stiner, con altibajos en su reconocimiento, ejerció influencia sobre Bakunin y Wagner antes de la revolución de 1848. Es a finales de ese siglo cuando gana popularidad a la sombra de la obra de Nietzsche, autor sobre el que creo que se puede reconocer ya su evidente influencia. Max Nettlau, el historiador de la anarquía, llegaría a decir de El único y su propiedad que es "el libro más conocido del anarquismo primitivo y el de más facil acceso". No obstante, es evidente que la filosofía individualista stirneriana parece contraponerse de manera feroz a las visiones colectivistas y moralistas de autores como Kropotkin o Tolstoi. En mi manera de observar el anarquismo, se trata de una tensión presente desde los inicios del ideal libertario (recordaremos que el autor inminentemente preanarquista es otro individualista como Godwin, y que Proudhon no es sencillamente encasillable), algo necesario, una antinomia sin pretensiones de ser resuelta ni de resultar dramática. Creo que la huella de Stirner en la historia del anarquismo ha tenido, como en el campo filosófico en general, diferentes dimensiones según el momento, pero hoy resulta incuestionable (como demuestra la edición reciente de El único... en la colección Utopía libertaria). Hay que recordar, además, que la obra de Stirner se introduce en España gracias a los ácratas. La primera traducción castellana, de manera parcial, aparece en La Revista Blanca de Juan Montseny en el año 1900. Es en 1904 cuando se publica de manera completa, por parte de la editorial La España Moderna, con traducción de Pedro González-Blanco. Más tarde, la valenciana editorial Sempere lanzaría esa misma traducción en edición popular e, incluso, en la Guerra Civil el grupo de la Biblioteca Anarquista Individualista edita en plena revolución de 1937 una nueva traducción de la obra.

Parece ser que es a mediados del siglo XX cuando la filosofía existencia asume a Stirner como predecesor suyo. La idea del único como "la existencia genuina, surgida de la nada y destinado a diluirse en ella", y la concepción de cada personalidad como única y evidencia de la dignidad humana, parece que conectaron con la visión personalista de algunas tendencias dentro del existencialismo. A partir de los movimientos estudiantiles radicales de finales de los años 60, se da un nuevo valor a la negatividad creativa y vitalista de Stirner.

sábado, 3 de enero de 2009

Más consejos o propósitos para el nuevo año

Reafirmarnos en que la tendencia a una vida libre es algo propio de cada ser humano. Liberarnos de los numerosos impedimentos que suponen la convenciones y los prejuicios. Considerar la voluntad de la práctica de vivir como un continuo esfuerzo. Indagar en las causas, educacionales, hereditarias o propias del ambiente, que llevan anular el deseo de una existencia independiente. Buscar la experimentación por uno mismo en todos los placeres de la naturaleza (no basada ni en la renuncia o abstinencia ni en el exceso). Potenciar los diferentes planos de la vida, material, sentimental o intelectual, y buscar un equiibrio entre ellos. Educar a la voluntad, tender a la templanza y al domino de uno mismo (aspirar a una vida plena no es abandonarse a los apetitos más básicos ni dar rienda suelta a las pasiones). Proclamar el "vivir por vivir" para dar sentido a la vida intelectual y moral, para adquirir sabiduría, para no parar de combatir sin violencia, para crear y para consumir, para gozar con intensidad de todo cuanto nos ofrece la vida. Vivir en libertad tratando de conseguir una dignidad y un impulso moral propios. Vivir sin dominar ni explotar, sin menoscabar las aspiraciones y sentimientos del otro. Convencerse que es posible un individualismo con aspiraciones sociales, capaz de comunicarse con el otro y de reconocerse en el otro. Ayudar siempre a las personas con incapacidades y condiciones diferentes a las nuestras para lograr sus propios recursos. Buscar siempre con los demás la comunicación racional, el acuerdo razonable y el contrato libre. No subordinarse a ninguna instancia superior, se llame como se llame. Defender que la familia, como la propia sociedad, es un concepto amplio en la que solo cabe la libertad de cada persona. Manifestar siempre la propia opinión, aunque ello lleve a la polémica (o precisamente por eso). Mantener un espíritu rebelde y la independencia moral, huir de lo acomaditicio y de la poltronería. Mostrarse refractario a toda dominación ajena y a toda claudicación propia. Huir de la violencia en toda forma educativa y en todo conflicto, considerar que su uso al respecto es otra forma de autoritarismo. En el afán por no dominar ni explotar, tener la capacidad de alejarse del "rebaño" aunque ello conlleve una situación menos cómoda. Aunque no se logre una terminación satisfactoria en las empresas que se lleven a cabo, ser capaz de renovar la experiencia con decisión y esfuerzo en otras condiciones diferentes. Comprender que el esfuerzo es enriquecedor y placentero cuando se tiene hambre de conocimiento. Armonizar pensamiento con acción y no hallar ninguna división entre teoría y práctica (validar una con la otra). Buscar, en definitiva, excusas continuas para vivir y para vivir en libertad.

viernes, 2 de enero de 2009

El individualismo en un contexto antiautoritario

Un nuevo año comienza. Seguramente, vendrán los buenos propósitos de rigor a nivel individual para tratar de mejorar nuestras vidas. A nivel político y social, desgraciadamente, los propósitos brillan por su ausencia delegándolos en una clase dirigente gris y acomodaticia -que es como suele ser la clase dirigente por definición-.
Muchas décadas antes de que las librerías se llenaran de los llamados libros de autoayuda, de toda suerte de temática "naturista" -algunos muy místicos, extremistas y bastante irritantes- y de cuestionamiento en general de la sociedad en qué vivimos, los anarquistas se hicieron grandes preguntas al respecto, sometieron cualquier cosa a examen crítico -no solo a nivel sociopolítico, sino en todos los ámbitos de la vida- y fueron a por todas de cara a tratar de disfrutar plenamente de la vida y a tratar de desarrollar todas las potencialidades individuales. Voy a tratar de lanzar alguna reflexiones, sin pontificar sobre lo que es o ha sido el anarquismo y sí sobre mi manera de entenderlo -tan susceptible de crítica como cualquier otra-.
La obsesión por ir enmascarado, por "parecer" y "tener" en lugar de "ser" es una de las características de la sociedad burguesa -y vamos a tratar de que esta palabra no resulte anacrónica, porque no lo es, hay que revitalizar la lucha de clases por poco nítidas que éstas parezcan-. Es extraño encontrar una plena sinceridad en nuestra forma de vida, y aunque haya que proporcionar el adecuado carácter e iniciativa a cada individuo, muchas veces éste queda marcado por el ambiente. Desgraciadamente, el ambiente de nuestra sociedad consumista es gris y mezquino. El antiautoritarismo, en su vertiente individualista -que debería ser inherente a cualquier forma de anarquismo- pretende suscitar en cada persona el máximo conocimiento, buscar la experiencia contraria al autoritarismo en cada ámbito de la vida: ético, intelectual, social o económico; las complejidades de la vida merecen una resolución concreta para cada situación. El individualismo anarquista deja incluso a un lado la cuestión material y el llamado progreso técnico, si ello supone un incremento de la dependencia del individuo; no sacrifica jamas su propia elevación, su confianza en la unidad, jamás anulado a costa de una pluralidad social supuestamente benefactora en lo material. Su confianza en la voluntad de su persona es plena, también en la búsqueda del equilibrio y en la libre determinación de sus necesidades personales -que estarán lejos de la acumulación superflua, pero también distantes de cualquier renuncia al bienestar-. El individualismo preconizado por el anarquismo no tiene nada que ver con el que sufrimos en la sociedad burguesa, egoísta pero insolidario -la palabra "egoísta" merece otra revisión releyendo a Stirner-, y sí reposa sobre una fuerte aspiración social y moral: una sociedad determinada por un contrato libre entre individuos o grupos, en la que la libertad de cada persona tenga un sentido pleno y en la que se potencien todos los aspectos éticos y intelectuales bajo una autogestión económica.
A pesar de esta aspiración de una sociedad ideal, el anarquista no pospone su actitud vital a ningún futuro prometedor. No agacha la cerviz ante ninguna abstracción -mística por supuesto, pero tampoco revolucionaria o societaria-, asume las ideas antiautoritarias en todos los planos de la vida y comprende que tan esclavo es el que está arriba como el que está abajo.

sábado, 26 de abril de 2008

Presentación de "El anarquismo individualista (1923-1938)"


Ayer viernes, 25 de abril de 2008, tuvo lugar en La Malatesta la presentación de este libro, a cargo de Xavier Diez, el autor y de Juan Pablo Calero, historiador. El individualismo anarquista es una corriente dentro del anarquismo que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XIX en Europa y EE.UU., especialmente a través de la obra de pensadores como Stirner o de Thoreau, y que vive su eclosión a finales del XIX y principios del XX con las aportaciones, entre otros, de Armand, Ryner, Warren y Tucker. Las ideas individualistas llegan a finales del XIX a España de la mano de revistas como La Revista Blanca de Federico Urales y Soledad Gustavo, y de las primeras traducciones de Nietzsche, Ibsen, Tolstoi o del propio Stirner, en un momento en que el mundo intelectual, en plena crisis por los desastres coloniales, está en un proceso de acercamiento al anarquismo, en cuyas publicaciones colaboran autores de renombre como Unamuno, Azorín o Pío Baroja. Aunque no se puede hablar de un individualismo anarquista propio en España, dada la ausencia de grandes pensadores adscritos a esta corriente de pensamiento, lo cierto es que las ideas individualistas tienen una gran presencia en el mundo libertario hispano a partir de la década de los veinte y hasta el final de la Guerra Civil. Como señaló Díez, la vertiente individualista del anarquismo es muy concreta, pero también se encuentra de manera implícita en todo el anarquismo (o, mejor dicho, "los" anarquismos). Ello pudo resultar clave para vacunar al movimiento libertario de la tentación de los movimientos de masas de entreguerras, los totalitarismos fascista o comunista. La preservación de la libertad individual, de poner las ideas y las instituciones al servicio del individuo (y no pretender su sacrificio, como pretenden finalmente los nacionalismos o las religiones) es una de las señas de identidad del anarquismo. Ello pudo llevar a, por ejemplo, el respeto que se tuvo a aquellas personas que en la Revolución española no quisieron participar de las colectivizaciones y desearon trabajar sus tierras individualmente. La visión de la propiedad es otra cuestión delicada a priori en la historia del anarquismo, pero fácil de entender si partimos de la premisa de ser fundamental el derecho a la propiedad (sin que este derecho afecte al del otro). El estatalismo sería, tal como ya lo indicó Proudhon en el protoanarquismo (y sin que ello se confronte necesariamente con la vertiente individualista, a mi modo de ver), un "robo" de la propiedad de los medios de producción, que solo corresponde a los trabajadores. El interés del anarquismo por un autor como Stirner (para el que la propiedad del individuo era parte primordial de su libertad) así lo clarifica.