lunes, 12 de noviembre de 2018

Libertad, autonomía y solidaridad: el devenir constante del movimiento anarquista

Lanzamos unas cuantas reflexiones sobre lo que es, y ha sido, el anarquismo; mejor dicho, el movimiento anarquista, ya que se caracteriza por la diversidad de ideas y de acción, por el constante devenir y la permanente reflexión, en busca de las mejores prácticas, algo que le garantiza como alternativa a todo sistema unificador y coercitivo.

El anarquismo nunca ha sido, ni mucho menos podrá ser, un movimiento doctrinario de carácter cerrado, ya que sus rasgos de identidad se basan en la libertad y la autonomía, dos conceptos que se construyen en un devenir constante. Recordemos, a propósito de esa tensión entre modernidad y posmodernidad, que Bakunin, uno de los padres del anarquismo ya lo dejó muy claro: "Aborrezco todo sistema impuesto, porque amo sincera y apasionadamente la libertad". Al anarquista le debería ser ajena siempre toda tentación doctrinaria. Si indagamos en la historia del anarquismo, cuyo punto de partida podemos situarlo de forma concreta en el siglo XVIII, difícilmente podemos establecer unos contornos precisos; es más, incluso podemos hallar en su seno, no solo una obvia pluralidad de discursos, también incluso a veces ideas dispares y enfrentadas. Lo que en la modernidad han definido sus enemigos (es decir, todos los autoritarios) de forma despectiva como "debilidad teórica" (por supuesto, cuestionable), en la época de la crisis de los grandes relatos e ideologías se ha descubierto para el anarquismo como su principal fortaleza; lo que, con toda probabilidad, le asegura su perpetuidad. El anarquismo posee, en cualquier caso, un gran corpus histórico, tremendamente rico y plural; pero, por encima de estas propuestas teóricas, están sus prácticas sociales. Lo que incrementa la fortaleza del movimiento anarquista, por encima de sus discursos, es su permanente actividad social.

martes, 6 de noviembre de 2018

Anarquismo y República en España

El concepto de República, si bien tiene una importancia histórica innegable, no resulta tan claro en la actualidad. En un principio, se trata de lo contrario de la monarquía, equivale a la democracia en el sentido de considerar la gestión del Estado cosa de todos los ciudadanos1; más adelante, veremos la falacia de tal asunto según la visión libertaria. La realidad es que, con el paso del tiempo, el concepto de república ha encubierto toda suerte de sistemas autoritarios en algunos de los cuales ni siquiera aparecía garantizada la democracia electiva. En cuanto a la monarquía, no debería ser necesario aclarar que resulta intolerable para cualquier persona con la mínima sensibilidad democrática, ya que se trata de la forma más elevada de aristocracia familiar; un intolerable vestigio del pasado que, sin embargo, se muestra en la actualidad en algunas países como una mera clase parasitaria, si bien asumiendo la jefatura de Estado, que tolera una democracia formal. Hoy en día, una u otra forma de Estado, monarquía o república, encubre una forma de dominación utilizando la ilusión de la democracia representativa.

Los anarquistas, desde los inicios en el siglo XIX, denunciaron my pronto la falsedad democrática que podía suponer la llegada de la República. Así, la breve Primera República española (1873-1874) encubrió en numerosos casos nuevos formas de dominación y el consecuente sufrimiento de la clase trabajadora; muy pronto los partidos republicanos se acomodaron a la nueva situación y nada harían por cambiar el orden establecido, tal y como denunciaron los libertarios; en algunos lugares, el pueblo, agotada su paciencia, trató de llevar a la práctica las promesas incumplidas de sus dirigentes y repartió las tierras abandonadas de latifundio2. Huelga decir que el gobierno restableció el orden utilizando los mismos medios de antaño y los problemas sociales permanecieron intactos. El momento previo a la proclamación de la República suponía unas condiciones insoportables para la clase trabajadora (falta de trabajo, jornales insuficientes, trabajo infantil, vejaciones para mujer…), lo que dio lugar a numerosos disturbios extendidos por todo el país y una crisis política, que concluyó con la abdicación del rey Amadeo de Saboya y la proclamación del nuevo régimen. Los internacionalistas españoles, organizados en la Federación Regional Española (FRE), núcleo originario del anarquismo español, reconocieron el cambio inesperado en el mundo político, pero alertaron de que "la república es el último baluarte de la burguesía"; era preciso, según los anarquistas, acabar con toda dominación y caminar hacia una "libre federación universal de libres asociaciones obreras, agrícolas e industriales"3. Ya la revolución de 1868, conocida como La Gloriosa, que derrocó a Isabel II e inició el llamado sexenio democrático, puede considerarse un punto de ruptura para el anarquismo español. En ese momento, arraiga el internacionalismo bakuninista en una clase trabajadora que había tenido cierta militancia en el republicanismo federal, y se adopta una coherente estrategia con tres puntos fundamentales: ruptura con los partidos políticos, definitiva desilusión con el sistema republicano y negativa a formar parte de las elecciones4.

domingo, 28 de octubre de 2018

Figuras y corrientes del anarquismo en Estados Unidos



La historia del anarquismo, sea cual sea el país donde se estudie resulta apasionante. A espera de un ensayo más amplio, realizamos aquí un pequeño apunte sobre la cultura libertaria en los Estados Unidos de América, con sus importantes figuras y sus numerosas tendencias, resumidas en el espirítu de unas ideas no dogmáticas y en el deseo y conquista de una sociedad verdaderamente libre.


Como dice Paul Avrich, en su libro Historia oral del anarquismo en Estados Unidos, existe una gran variedad de opiniones en la cultura libertaria norteamericana. Johann Most (1846-1906), nacido en Alemania, recorrió gran parte de Europa antes de llegar a EEUU en 1882, país que no tenía una gran tradición socialista, pero recogía la notable influencia de anarquistas italianos y rusos. Most puede decirse que era partidario en un primer momento del anarquismo colectivista, en la línea de Bakunin, y llegó a ser un acérrimo defensor de la acción directa; era una figura radical de gran oratoria y su periódico, Freiheit, publicado primero en Alemania, después en Inglaterra y también reeditado en América. Esos años 80 del siglo XIX serán cruciales en el movimiento obrero norteamericano y será en el año 82 en Chicago cuando se funde la International Working People's Association, hecho en el que no puede rebajarse la influencia del propio Most. Será a partir de 1890 cuando Most se modere en sus llamamientos a la violencia revolucionaria y empiece a evolucionar del colectivismo al comunismo anarquista, del que Kropotkin era su principal pensador. Como es sabido, según esta teoría, serían los miembros de la comunidad en la sociedad anarquista los que juzgarían sus propias necesidades, superando de esa forma el trabajo asalariado, y tomarían del almacén común aquello que considerasen necesario. El optimismo antropológico de Kropotkin confiaba en que el progreso de la humanidad llevaría al fin de la explotación económica y de la opresión política, por lo que la sociedad sería al fin autónoma conquistando el bienestar y la libertad sin autoridad alguna.

domingo, 21 de octubre de 2018

El movimiento trascendentalista: un precedente del anarquismo moderno

Introducimos en el siguiente texto a uno de los precedentes inmediatos del anarquismo, el movimiento trascendentalista en la primera mitad del siglo XIX en los Estados Unidos de América, junto a sus dos máximos representantes: Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau.

Howard Zinn, en cierta entrevista1, consideraba el movimiento trascendentalista como una forma temprana de anarquismo, aunque ninguno de sus miembros se denominara nunca de esa manera. Otros autores han considerado que los trascendentalistas fueron los primeros que se enfrentaron al mundo tal y como lo conocemos hoy2; hay que entender que este movimiento se desarrolla en un momento en el que los Estados Unidos de América se estaban convirtiendo en lo que hoy conocemos como el "mundo desarrollado". La corriente trascendentalista, compuesta por pensadores y artistas, se produce en Norteamérica en esa época, la primera mitad del siglo XIX, y tuvo sus principales representantes en William Ellery Channing (1780-1842), Theodore Parker (1810-1860), Henry David Thoreau (1817-1862) y Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Puede considerarse un movimiento impregnado de romanticismo, tanto filosófico y político, como religioso (aunque en un sentido humanista en el que el hombre en comunión con la naturaleza ocupa el lugar de la divinidad); nace como oposición al materialismo, frente al que mostraban la superioridad del espíritu, y la tradición, ya que exigían el origen evidente de las verdades religiosas. No puede considerarse el trascendentalismo tampoco como una mera corriente idealista, ya que se consideraba la razón como una instancia superior al entendimiento y un compendio de cuanto caracteriza al espíritu (desde el saber teórico hasta la creación poética y la voluntad moral)3. La cuestiones que se plantea la filosofía trascendentalista pasaban, en palabras de Theodore Parker, por "revisar la experiencia de la humanidad y probar sus enseñanzas por la naturaleza de la humanidad; atestiguar la ética por la conciencia moral, la ciencia por la razón; probar los credos de las Iglesias, las constituciones de los Estados por medio de la constitución del universo; derribar lo falso, facilitar lo necesario y ordenar lo justo"4. Por tanto, uno de los imperativos trascendentalistas es experimentar la realidad por uno mismo cuestionando todo lo que nos viene dado, afirmando la individualidad y la originalidad.

lunes, 15 de octubre de 2018

La utopía como deseo ético-social

Las concepciones utópicas del pasado, que fueron por lo general de un optimismo exacerbado, han dado paso en la modernidad a un escepticismo más bien obtuso y conservador. Cómo no ser optimistas cuando preconizamos un mundo exento, en la medida de lo humanamente posible (y ahí está el quid de la cuestión), de injusticia, miseria y opresión. Es en ese punto, cuando se alude a una política "realista" (realpolitik es el término acuñado ya en el siglo XIX) cuando topamos con toda suerte de justificadores de lo establecido (el estado, y no necesariamente con E mayúscula, aunque seguramente en primer lugar).

Los que tenemos una inquietud enemiga de todo conservadurismo y, yendo más allá, tampoco creemos en ningún pasado glorioso o Edad de Oro, creencia propia de reaccionarios, aunque con derivaciones de lo más peculiares, no podemos más que mirar al futuro con optimismo y esperanza. Por supuesto, existe una confianza moderna en el progreso ajena a cualquier concepción utópica, estrechamente vinculada a la realpolitik, que asume lo intolerable y sigue caminando (con una ceguera evidente, al menos respecto a los valores humanos) hacia adelante. Este optimismo utópico nuestro, con una fe nada ciega en el porvenir, camina al lado de valores sólidos y de un original pragmatismo; es decir, la conquista de la utopía se realiza cotidianamente y en permanente tensión con la realidad. Es más, la confianza en el futuro solo la observamos como esa constante revisión del concepto utópico, no en el sentido de irrealizable, sino de todavía no realizado. Recordemos que concepciones de utopías ha habido desde los mismos orígenes del pensamiento humano y que solo en la edad contemporánea ese sueño se ha trastocado en la literatura en el horror (si las utopías solían ser imágenes de deseo humano, Orwell nos demostró que no tenía que ser necesariamente así y su visión tenía rasgos más realistas que otra cosa). No es casualidad que la palabra distopía, lo opuesto a la sociedad ideal, no haya sido oficialmente acuñada en el idioma castellano; desde lo establecido, hay tal vez un recordatorio obvio y permanente de que todo sueño humano puede convertirse en pesadilla. Entre nuestras propuestas, que pretenden ser todo lo originales dentro de lo posible, se encuentra esa revisión libertaria de la utopía; es más, parece obligación anarquista mantener esa tensión hacia la realidad y, huelga decirlo, en aras de establecer un proyecto humanamente más ambicioso (y aceptaremos aquí las críticas sobre lo que es considerado "humano", pero recordaremos siempre nuestra intención libertaria).

lunes, 8 de octubre de 2018

Una razón contraria al dogma y a la autoridad

Recuperamos otro texto, que vio la luz hace tiempo en algún medio libertario; aclaramos, adelantando la crítica, que cuando hablamos de "racionalismo", no lo hacemos en un sentido simplemente cartesiano, sino de un modo todo lo amplio posible, es decir, una corriente de pensamiento que prime la razón frente a otros factores como la fe, la autoridad o toda suerte de irracionalismo.

¿Son plenamente identificables el anarquismo y el racionalismo? Esta pregunta resulta bastante jugosa en la llamada posmodernidad, en la que los valores de la Ilustración se dan por periclitados. El anarquismo histórico, aquel que podemos considerar "institucionalizado" -a pesar de ser una palabra sobre la que el propio anarquismo advierte continuamente-, puede considerarse un referente importante, un hilo conductor que no puede obviarse, incluso es y debe ser una base sólida sobre la que construir el futuro. Sin embargo, el peligro de la imposición, el peligro del dogma, planea sobre cualquier "ismo". Las ideas libertarias niegan tal posibilidad y poseen una historia rica y fecunda en aras de una sociedad plural e igualitaria donde no tenga cabida la autoridad coercitiva, tienen unas señas de identidad poderosas que nunca deben negar la posibilidad de la especulación filosófica y las múltiples vías de acceso a la verdad y al conocimiento. Me explico. El anarquismo "histórico" es materialista y racionalista, por supuesto, y posee una gran confianza en la ciencia -en la Razón, si se nos permite usar la mayúscula inicial, en definitiva- para organizar el mundo según un sistema ético y sociopolítico. Pero esos "ismos" (materialismo, racionalismo, cientificismo...) que pueden actúar como constantes medidores en la realidad -palabra a la que podemos dar un sentido objetivo, sin obviar lo importante de la subjetividad en su elaboración-, jamás deberían actúar como cortapisas y sí admitir sus posibilidades de expansión y las diversas lecturas.

martes, 2 de octubre de 2018

La saludable lectura de Bertrand Russell

Bertrand Russell (1872-1970) tuvo diferentes intereses, siendo los primeros los matemáticos, y combinándolos después con los filosóficos, históricos y sociales. La evolución filosófica de Russell fue compleja, aunque ello no impide trazar las líneas principales del pensamiento del autor, ya que los cambios fueron debidos seguramente al miedo a llegar a vías muertas o congestionadas.

Puede decirse que el único cambio radical que se produjo en la filosofía de Russell fue el que le hizo pasar del idealismo (kantiano y hegeliano) a una posición realista y, a la vez, analítica. Parece que llego a considerar que el análisis lógico tiene la suficiente fuerza para resolver las incógnitas en la teoría del conocimiento. También, en la misma dirección, concluyó que la lógica está en la base de toda filosofía. Muy importante en Russell es el denominado atomismo lógico, que él mismo definía de la siguiente manera: "La filosofía por la cual abogo es considerada generalmente como una especie de realismo, y ha sido acusada de inconsistencia a causa de los elementos que hay en ella y que parecen contrarios a tal doctrina. Por mi parte, no considero las disputas entre realistas y sus opositores como fundamental; podría alterar mi punto de vista en ella sin cambiar mi opinión sobre ninguna de las doctrinas que más deseo subrayar. Considero que la lógica es lo fundamental en la filosofía, y que las escuelas deberían caracterizarse por su lógica más bien que por su metafísica. Mi propia lógica es atómica, y este es el aspecto que deseo subrayar. Por lo tanto, prefiero describir mi filosofía como un "atomismo lógico" más bien que como un "realismo", con o sin adjetivo" ("Logical Atomism", en Contemporary British Philosophy, ed. J.H. Muirhead, I, 1935, pág.359). A pesar de ello, otra tendencia fuerte en el pensamiento de Russell es el empirismo, siempre sin abandonar sus posiciones logicistas.