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martes, 23 de septiembre de 2014

El libre albedrío


No pocas veces, se acusa a las ideas anarquistas de tener una confianza exacerbada en una supuesta voluntad libre del ser humano, algo de entrada ya muy cuestionable, que quiere identificarse con la vieja noción de "libre albedrío"; tal posición, no solo es errónea, sino que los anarquistas clásicos hicieron ya una crítica radical a lo que se considera un concepto reduccionista proveniente de la tradición religiosa y señalaron los condicionantes sociales para el ser humano. Para abordar con cierto rigor la cuestión hay que hablar también de otro concepto, aparantemente antitético, el determinismo.


En términos generales, podemos dar una definición de determinismo como la teoría que sostiene que todo lo que ha habido, hay y habrá, y todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá, está de antemano fijado, condicionado y establecido, no siendo posible que suceda más que lo que este fijado de antemano, condicionado y establecido. Se entenderá lo importante de dicho concepto para una discusión sobre la libertad. Toda doctrina que sostenga que hay un destino ineluctable o que existe la predestinación es, como parece evidente, determinista, aunque es posible distinguir entre cualquiera de esas doctrinas y un determinismo en sentido estricto. Aunque la predestinación puede afectar a toda la realidad, tanto las ideas de destino, como de la propia de predestinación, parecen pertenecer al ámbito de las acciones humanas. En cambio, el determinismo abarca más campo, y puede hablarse del mismo en todos los fenómenos del universo. Por ello, se habla de un determinismo universal y se asocia casi siempre a la idea de causalidad que rige el universo entero. Ahora se entenderá la importancia de este concepto para la religión y para la ciencia.

Se puede hacer una distinción entre determinismo, en cuanto "causalismo", y teleología, en cuanto "finalismo". Aunque puede haber puntos en común entre los dos conceptos, el determinismo se asocia más frecuentemente a las causas eficientes y el finalismo, a las causas finales. El determinismo en la modernidad está vinculado a una concepción mecánica del universo y es característico de él su "universalismo", ya que suele referirse a todos los acontecimientos del universo. No obstante, habría que ser cauto para no reducir el determinismo a una definición errónea (como el considerar que "todo está ya dado" en un determinado sistema); veamos lo que pueden ser las características de un sistema determinista: el sistema debe ser cerrado, no admitir elementos externos que se inserten a él y alteren sus condiciones o su desarrollo; el sistema debe abarcar elementos, acontecimientos o estados del mismo tipo ontológico (si hablamos del mundo físico, elementos, acontecimientos o estados físicos); el sistema debe incluir secuencias temporales, de modo que se evite reducir las tendencias funcionales a dependencias del tipo manifestado por los sistemas formales deductivos; por último, el sistema debe poseer un conjunto de condiciones iniciales que, en el caso de admitir que el sistema cerrado es el único existente, no necesita estar él mismo determinado (ya que decir que está determinado por razones externas a él, supone insertar en él otro sistema). Las oposiciones al determinismo se han hecho desde puntos de vista éticos y antropológicos-filosóficos, tantas veces al creer que en caso de darse no existiría el libre albedrío (un concepto religioso, del que hablaremos más adelante), y por considerar que la libertad es necesaria en la existencia humana (una crítica más propia del existencialismo).

Es cierto que Proudhon parece apostar por el "libre albedrío", pero lo hace en oposición a cualquier proceso determinista y elaborando toda una teoría de la libertad, como fuerza concreta de la colectividad; el autor de ¿Qué es la propiedad? se negaba a aceptar cualquier apuesta por el progreso que anulara la iniciativa humana e inhibiera el acto creador.  Sin embargo, el concepto de "libre albedrío", en su origen claramente religioso, será ya negado por Bakunin, ya que la libertad de la voluntad no es incondicional, existen un incontable número de acciones, circunstancias y condiciones, materiales y sociales, durante el desarrollo de una persona, que continúan formándole mientras vive; solo con un acto de la voluntad no podría romper esta concatenación que resulta incomprensible a la imaginación humana. El libre albedrío, o voluntad libre, no es para Bakunin más que otra mistificación histórica de origen religioso que habría alcanzado también a lo jurídico. Deducimos tal cosa si comprendemos que existen infinidad de causas precedentes al individuo, el cual es consecuencia de siglos de desarrollo físico y social de su especie, pueblo y familia transmitido mediante herencia y determinante de su naturaleza particular. El anarquista ruso negará entonces ese libre albedrío metafísica en aras de una libertad humana muy concreta, sociopolítica, basada en la unión de los mundos físico y social; es decir, la libertad por la que apuesta Bakunin se basa, tanto en el dominio sobre el entorno, como en el respeto por la leyes naturales, entendidas como una ciencia que debe abrir permanentemente nuevas perspectivas. Kropotkin, en una línea similar, negará igualmente la existencia del libre albedrío y profundizará en las condiciones ambientales que moldean al ser humano. Rudolf Rocker diferenciaba entre la necesidad presente en el mundo físico, y en el desarrollo natural, y el mundo que había creado el hombre, condicionado por su pensamiento y por su voluntad; por supuesta, esta visión, nada tiene que ver con el "libre albedrío" y podemos considerarla deudora de la de Bakunin: unión del mundo físico (respeto por las leyes de la naturaleza) y del mundo social (dominio sobre las cosas externas). Las preocupaciones de Rocker, como buen anarquista, se dirigen hacia una serie de factores (ética, costumbres, política, formas de propiedad, condiciones de producción…), precisamente para escapar de toda necesidad histórica y social. La apuesta anarquista estriba, no en una voluntad incondicional del ser humano (que ya hemos visto que se niega por metafísica), sino en la importancia del deseo para mejorar las condiciones sociales; es algo de sentido común si tenemos alguna noción de progreso. El determinismo, al margen de la definición científica que ya hemos apuntado para un sistema muy determinado, se niega simplemente en el mundo humano; se trata de una forma de fatalismo, del tipo que fuere, que acaba anulando el impulso para la acción del ser humano. 

Bertrand Russell (Religión y ciencia) consideraba los conceptos de libertad y determinismo como antitéticos, aunque veremos que su visión no se acerca tampoco a la noción del "libre albedrío" o "libre voluntad". El determinismo puede verse desde dos puntos de vista: como una máxima práctica para guía de los investigadores científicos (la búsqueda de leyes causales, algo que constituye la esencia de la ciencia), y como una doctrina general respecto a la naturaleza del universo. En el primer caso, la búsqueda de leyes causales en el campo científico no implica una completa determinación del futuro por el pasado (podría ser completa si sabemos lo suficiente del pasado y sobre las leyes causales). En cualquier caso, si consideramos que el determinismo consiste en afirmar algo que puede hacerse probable o improbable mediante la prueba, debe ser enunciado en relación con nuestra capacidad humana. La idea de un Dios omnisciente, que puede saber de antemano todo el curso del futuro, es algo que obviamente está fuera de la verificación científica. Para tener una doctrina que pueda verificarse no es suficiente decir que todo el curso de la naturaleza debe estar determinado por leyes causales; solo podemos verificar nuestra doctrina en relación con una parte finita del universo y las leyes serán lo suficientemente sencillas para poder hacer cálculos con ellas. Aunque eso resulta obvio, hay que decir que es más difícil enunciar un principio de manera que sea aplicable cuando nuestros datos se confinan a una parte finita del universo, ya que a veces aparecen factores externos que dan lugar a efectos inesperados. Vamos a ver cuál era la definición exacta que daba Russell al determinismo: "Hay leyes causales descubribles tales que, dados poderes de cálculo suficientes (pero no sobrehumanos), un hombre que sabe todo lo que está sucediendo dentro de una esfera y en un cierto tiempo puede predecir todo lo que sucederá en el centro de la esfera durante el tiempo que emplea la luz para caminar de la circunferencia de la esfera al centro" (el ejemplo era el lapso de un año, ya que la luz tardaría este tiempo en viajar de la circunferencia al centro). Russell aclara que no está diciendo que este principio sea cierto, sino que esto es lo que debe entenderse por determinismo; podría decirse que es un ideal que inspira a la ciencia. Naturalmente, lo que la gente entendía por determinismo, fuera de esta indagación científica propia de la modernidad, es algo menos definido.

Como hemos dicho anteriormente, numerosos autores han tratado de negar el determinismo en aras de la idea de una voluntad libre (o, al menos conciliar ambos conceptos). Russell consideraba que la ciencia parecía convertir en improbable la idea de una voluntad libre; aunque no negaba del todo su posibilidad, sí hacía muy probable que, de existir voliciones sin causa, habrían de ser muy raras. La importancia afectiva de la libre voluntad parece descansar en cierta confusión de ideas. No se tarda demasiado en imaginar que, si la voluntad tiene causas, podemos ser obligados a realizar cosas que no queremos. Russell dejaba claro este error: el deseo es la causa de la acción, aun si el deseo mismo tiene causas. Obviamente, resulta desagradable que nuestros deseos sean contrariados, pero no es más probable que esto suceda si son causados que si son incausados. Las leyes causales no nos imponen el sentimiento de impotencia; el poder o potestad consiste en ser capaz de obtener efectos propuestos, y ello no aumenta ni disminuye por el descubrimiento de las causas de nuestros propósitos. Incluso, los creyentes en la voluntad libre, de alguna manera, creen también en que la voliciones tienen causas; por ejemplo, creen que la virtud puede ser inculcada por una buena educación, o que los sermones contribuyen a un buen comportamiento. Si verdaderamente se pensara que una voluntad virtuosa no tuviera causas, nada podría hacerse para promoverla. Puede decirse que, prácticamente, todo nuestro trato con los demás se basa en la suposición de que las acciones humanas resultan de circunstancias antecedentes. De ello se deriva la propaganda política, el derecho penal o toda obra escrita en aras de influir en la conducta; si se creyera de veras en la doctrina de la voluntad libre, que no existen causas en la conducta, nada de ello tendría sentido. Es absurdo pensar que algo no tiene causa, e incluso cuando el sujeto desconoce por qué hizo tal cosa, se investiga en su subconsciente para tratar de averiguarlo. Hay quien dice que la intronspección nos informa directamente de la libertad de la voluntad, algo que cuestiona Russell; las causas de los actos, como de otros acaeceres, deben descubrirse observando sus antecedentes y descubriendo alguna ley de secuencia. Cuestionar la noción de "voluntad" en este sentido, en el de negar las causas en la conducta, no supone obviamente negar la distinción entre actos "voluntarios" e "involuntarios". Existen movimientos corporales que pueden describirse como involuntarios, aunque controlables dentro de ciertos límites; otros, como caminar o hablar, son enteramente voluntarios. Las acciones voluntarias pueden ser causadas por antecedentes síquicos, aunque Russell niega que ello se vea como una clase peculiar de acaeceres tales como las llamadas "voliciones".

Lo que se quiere decir es que no hay contradicción en negar el determinismo y, al mismo tiempo, la voluntad libre. Ambas, constituyen doctrinas metafísicas que van más allá de lo que es científicamente verificable. Aunque las leyes causales son la esencia de la ciencia, y el determinismo puede ser una hipótesis de trabajo para el científico, solo se está obligado a afirmar que existen esas leyes donde se encuentran. Resultaría imprudente hacer lo contrario, aunque aún lo es más afirmar que existen regiones donde no operan las leyes causales. Desde un punto de vista teórico, esa aserción no puede ser nunca garantizada por el conocimiento; desde el punto de vista práctico, la afirmación de que no existen leyes causales en cierto campo desalienta la investigación y puede impedir el avance científico. Russell observaba esta doble imprudencia, tanto en los que afirman que los cambios en los átomos no son deterministas, como los que sostienen de manera dogmática la doctrina de la libre voluntad. Ante el dogmatismo de uno u otro calibre, la ciencia debe mantenerse puramente empírica, no llevando la afirmación ni la negación más allá del punto verificado por la evidencia. Las controversias como las del determinismo y la voluntad libre surgen de pasiones fuertes, pero lógicamente irreconciliables. El determinismo abrió las puertas al poder, y por ello acabó siendo aceptada, porque saber que hay leyes causales nos supone cierto control sobre el devenir (al contrario que cuando se atribuían los desastres a fuerzas maléficas y caprichosas). Al mismo tiempo que gusta a muchos tener poder sobre la naturaleza, no les gusta que la naturaleza tenga poder sobre ellos, que existe cierta necesidad en los actos humanos. Hubo quien trató de conciliar el determinismo con la libertad con alguna artimaña dialéctica; otros, preservaron con comodidad la libertad en el mundo humano, y asignaron el determinismo al resto de la naturaleza. Aunque no hay razón para abrazar ninguna de esas perspectivas, tampoco la hay para establecer ninguna verdad (habitualmente, religiosa) combinando los rasgos amables de ambos conceptos, ni para creer que esa verdad sea determinable en algún grado por su relación con nuestros deseos.

domingo, 5 de julio de 2009

El rechazo a toda supuesta "armonía natural"

En la línea de Bakunin, y refutando todo individualismo, Malatesta pensaba que el ser humano no era independiente de la sociedad, sino su producto. Alejado de la sociedad, el hombre nunca hubiera podido salir de la esfera de la animalidad brutal y conseguir su pleno desarrollo. Rechazaba el italiano una supuesta ley natural, y aquí se aleja de algunos precedentes suyos en la ideas libertarias, en virtud de la cual pudiera establecerse automáticamente una armonía entre los hombres, sin ninguna necesidad de una acción consciente y querida. Esa armonía solo podría establecerse por la voluntad y la acción de los hombres, la naturaleza no puede ocuparse de lo que está bien o mal, por lo que la desaparición del Estado o de cualquier otro artificio sociopolítico no garantiza un sistema mejor. Cuando Malatesta argumentaba de esta manera, queria contestar a la visión individualista en el anarquismo, pero parece que su crítica va bastante más allá. Lo que se denomina "armonismo" no deja de ser una visión determinista (o, en palabras de él mismo, de "fatalismo optimista"), algo que fue propio de muchos anarquistas (no solo individualistas) y socialistas. Malatesta quería ver una influencia religiosa en esta creencia en una "ley natural", en pensar que una instancia superior o externa (llámese Dios o llámese Naturaleza) había creado y ordenado el mundo para bien de los hombres. Tampoco estaban exentos de culpa los economistas y liberales, los cuales mencionaban una armonía de intereses para legitimar los privilegios de la burguesía. En definitiva, no era amigo el italiano de caminos fáciles y de visiones simplistas, no deseaba una propaganda que sacrificara el rigor y la profundización para un mayor éxito y deseaba que el ser humano afrontara y resolviera las dificultades en vistas a una auténtica emancipación social (liberación que, en algunos casos, pudiera hacerse también venciendo ciertos males o desarmonías "naturales"). Malatesta negaba una finalidad en la naturaleza, al menos no una finalidad de índole humana (y mucho menos pensado en la benignidad), por lo que incluso el mal o el dolor pudieran ser vistos como parte de esa supuesta "armonía" natural. Es una visión que huye de todo determinismo, optimista o no, y de todo dogmatismo dentro de las ideas libertarias; son conocidas las discrepancias de Malatesta con Kropotkin y las críticas que hizo a su excesivo rigorismo científico (por muy impresionante que pueda ser la obra del ruso en este sentido). Era una confianza, como ya he dicho anteriormente, en la voluntad y creatividad del hombre; la naturaleza es arbitraria, pero la mano del hombre da lugar a las más bellas obras de manera consciente. En mi opinión, nos encontramos en Malatesta un paso más allá en el ideal libertario que surge de la modernidad; se trata de no substituir al déspota divino en nombre de otro espíritu trascendente (llámese ciencia, ley natural o razón) sino de destruirlo y permitirle al hombre construir su futuro. Toda suerte de providencialismo es obviamente rechazable para el anarquismo, y las acusaciones en ese sentido son meramente reduccionistas o distorsionadas. El pragmatismo, dentro de una visión enormemente amplia del anarquismo y de la pluralidad humana, y el amor por la libertad de Malatesta son admirables. Conflictos de intereses y de pasiones existirán siempre en las sociedades humanas, no es deseable ninguna uniformidad y sí admitir una variedad que sí forma parte de la naturaleza; la consecución de la equidad social será ya obra de la mano humana. Está claro que la visión de Malatesta era la de una sociedad organizada y cooperativa, que proveyera adecuadamente a cada uno de sus miembros. El trabajo productivo, o cualquier otra actividad humana, puede ser un placer, pero para ello es necesario organizarlo, incluso contando con la acción voluntaria de la mayor parte de las personas. El concepto de "economía planificada" está tremendamente desprestigiado debido a su fracaso en el socialismo de Estado, pero ello no implica que cualquier otra visión organizada de la producción sea imposible (hablamos de justicia, no tanto de eficacia). En cualquier caso, otra armonía natural es la fundada en el liberalismo del laissez faire (que también tiene en su base cierto espíritu trascendente, la famosa mano invisible de Adam Smith; aparte de ser, en el terreno también material una falacia, ya que el intervencionismo gubernamental juega a favor de los poderosos), que lo único que enmascara es la desigualdad y la explotación.

lunes, 6 de abril de 2009

Frente al determinismo, exaltación de la libertad

Toda filosofía materialista parece tener que enfrentarse al problema del fatalismo. En el anarquismo se ha tratado de compatabilizar cierto determinismo social con la exaltación de la acción humana. El término "fatalismo" hunde sus raíces en el fatum griego, que viene a significar "lo que ya se ha dicho (o pre-dicho)", por lo que expresa a la vez necesidad y determinación. En el cristianismo, se toma en parte la noción de fatum, aunque destaca por encima de todo la de providencia. En cualquier caso, tanto en la noción de fatum como en la de providencia se debatirá dentro del cristianismo sobre cuestiones ya presentes en el significado antiguo del término: la posibilidad o no de conciliación entre la providencia divina (o predestinación divina) y libertad humana, será una de las principales. Leibniz dirá que no hay libertad en Dios, ya que le es necesario crear determinada obra en virtud de sus sabiduría y del modo, además, como lo ha hecho; fatum vendría a ser el decreto de la providencia. Realizando piruetas especulativas algo interesadas, el propio Leibniz exaltará el fatum cristiano, según el cual hay cierto destino en cada cosa regulada por la presciencia y providencia divinas y siempre habrá alborozo ante lo manifestado por Dios. Ese contento que hay que tener ante la providencia divina le distingue del fatum musulmán, cargado ese sí de fatalismo, porque el efecto tendrá lugar aunque se evite la causa, o del fatum estoico, que sostiene que el hombre debe aceptar el hado por ser imposible resistirse al curso de los acontecimientos (mera resignación, vamos). Pero el término "fatalismo" se difundirá en el siglo XVIII precisamente para combatir este tipo de visiones, por oposición al teísmo. Jacobi dirá que un racionalismo radical, que pretende dar razones de todos, desemboca en el fatalismo, por lo que nombre de la libertad habría que dejarlo a un lado. Fichte consideró que el dogmatismo y el materialismo también acaban en el fatalismo, solo el idealismo posibilita la libertad. Hay que recordar aquí la visión de Bakunin de que el materialismo es el verdadero idealismo y acaba desembocando en la libertad en su teoría de que el desarrollo niega el puno de partida. El anarquismo, en su orígenes, es ya explícitamente ateo, toma su visión de Feuerbach de no subordinar al hombre ante un Señor idealizado y la noción de providencia queda obviamente desterrada. Pero a mi modo de ver las cosas habría que salvaguardar la libertad humana frente a cualquier otro principio trascendente u otra suerte de necesidad o fatalismo. Tal vez, pensadores herederos de la Ilustración trataron de poner la naturaleza o la ciencia en lugar de la divinidad, por lo que se crea una evidente tensión entre cierto "orden" regulador ajeno al hombre y su propia libertad. Como decía al inicio de esta entrada, el anarquismo decimonónico vio muchas veces una contradicción entre la supuesta igualdad y armonía de la naturaleza y los numerosos conflictos y represiones, los cuales podían ser también vistos (y justificados) como "determinados" por las circunstancias naturales o científicas. No era una discusión baladí, ya que tantas veces la búsqueda de explicaciones científicas a las situaciones sociales era un sostén para posiciones políticas conservadoras. Pero la creencia en cierto determinismo social quedaba bien diferenciada del fatalismo, con el propósito siempre de exaltar la voluntad y la acción humanas. Ricardo Mella, por ejemplo, tratará de salvar la libre eleccion del ser humano de toda evidencia de determinismo, suspenderá el juicio sobre la existencia o no del libre albedrío y dejará cierto margen para desviar inclinaciones, propósitos o juicios en unas determinadas condiciones sociales. En cualquier caso, el anarquismo siempre ha defendido la libertad humana, por lo que parece que puede decirse que la denuncia de cierto determinismo social no acaba en ningún caso en ningún fatalismo y abre la posibilidad a cambiar una realidad social que el mismo hombre ha creado.