viernes, 15 de julio de 2011

Fisicalismo y naturalismo

Introducción al ateísmo (Michael Martin, Akal, 2010) es una estupenda recopilación de textos editada originariamente por la Universidad de Cambridge. La obra se divide en tres grandes bloques: los orígenes del ateísmo, los argumentos contra el teísmo y las repercusiones. Un glosario introductor nos recuerda algunos conceptos difusos, que seguro nos ayudan a superar los pobres lugares comunes sobre el tema en cuestión. Veamos dos de ellos, como son el naturalismo y el fisicalismo, dos posturas vinculadas al ateísmo.

Dentro del fisicalismo, puede hablarse de varias posturas, aunque con matices. Materialismo eliminativo: considera que no existen eventos puramente mentales, la experiencia subjetiva es una ilusión, ya lo que ocurre en la cabeza del individuo son procesos neuroquímicos del cerebro.  Materialismo reductivo: es la teoría que defiende la existencia de eventos mentales, pero considerando que cada evento de este tipo coincide con cambios físicos en el cerebro. Teorías de los procesos mentales sobrevenidos: defiende la relación, de ser necesaria, entre el estado físico y el mental; los que suscriben esta teoría suelen considerar que las características mentales son propiedades funcionales. Dualismo de las propiedades: teoría que niega la existencia de propiedades mentales al margen de las físicas; se afirma que solo existen sustancias materiales y que algunas de ellas desarrollan propiedades mentales. Ya que Dios tiene propiedades mentales, y no es una sustancia material ni depende de ninguna sustancia material, su existencia resulta incompatible con toda teoría que afirme que la capacidad de ejercer facultades mentales depende en gran medida de la sustancia física. Incluso, aunque no se puedan explicar las propiedades o sustancias mentales, el teísmo está fuera de lugar si se da alguna relación entre lo mental y lo físico.

Por supuesto, los dualistas criticarán el fisicalismo y considerarán que no responde a todos los interrogantes. Uno de ellos sería el explicar cómo llega a pensar un ente físico. Naturalmente, puede aludirse a la imposibilidad de dar una respuesta satisfactoria a estas cuestiones, al menos al día de hoy. Algunos filósofos han sugerido que la cuestión de la relación entre cuerpo y mente es demasiado compleja para el ser humano. En cualquier caso, es un tema en el que los límites entre filosofía y ciencia no están nada claros, y se hace muy bien buscando datos empíricos en disciplinas como la sicología y la neurociencia. Existen dos tipos de razones para suponer que la mente no existe separada del cuerpo, empíricas y conceptuales. Tal vez, las dos mejores sean empíricas. En primer lugar, la evolución darwinista implica que el ser humano es resultado del funcionamiento ciego de las fuerzas de la naturaleza, y se desconoce cómo algo no-físico podría haber generado esas fuerzas, según las leyes causales. Lo que está claro es que esos procesos han generado conciencia, y se deduce que la no deja de ser una fenómeno natural que depende de otros fenómenos naturales. En segundo lugar, ya Hume señaló que la experiencia dice que la conciencia resulta y depende de procesos físicos, surge allá donde se reproducen animales dotados de cerebro capaz de generarla.

Es posible ser fisicalista, en lo que respecta a los humanos y a los animales, y no negar al mismo tiempo que puede haber sustancias que carecen de cuerpo. Dios, o algún ente intermedio como los ángeles, puede ser una de esas sustancias. Estaremos de acuerdo en que esta postura es, cuanto menos, peculiar. Sostener que la mente humana es el resultado de procesos físicos, y al mismo tiempo afirmar la existencia de una deidad, plantea interrogantes obvios sobre la clase de conciencia que puedan tener esas sustancias inmateriales. Los teístas suelen ser dualistas, ya que sostienen que Dios no tiene cuerpo y una parte del ser humano, el alma o la mente, sobrevive a la destrucción del cuerpo. Otros tipos de dualistas pueden sostener, al mismo tiempo, que las mentes no pueden existir al margen del cuerpo.

En cuanto al concepto del naturalismo, la cosa se complica al no existir consenso sobre su definición y calificar a demasiadas posturas de esta manera. Los filósofos distinguen entre el naturalismo ontológico, el epistemológico y el metodológico, aunque unas y otras posturas pueden estar vinculadas. Otra idea afirma que el naturalismo no es una teoría de las anteriormente mencionadas, sino un "proyecto de investigación". Michael Rea se basa en argumentos históricos para considerar que definir al naturalismo en términos de método supone aceptar los métodos y resultados de la ciencia al margen de dónde nos lleven. Puede decirse que, según esta teoría, no es posible afirmar o negar ontológicamente la existencia de dios.

El naturalismo metodológico puede tener, al menos, tres razones de ser: al alegar que no existen causas sobrenaturales que investigar (aunque, no necesariamente se niegue lo sobrenatural), buscando solo la explicaciones o causas naturales de los fenómenos; una segunda razón, estriba en considerar que lo sobrenatural está en principio más allá de la investigación científica (escapa a toda medición objetiva, por lo que religiosidad vendría a ser solo una experiencia subjetiva); en tercer y último lugar, hay quien dice que sería imposible investigar científicamente el mundo, incluyendo también los estudios sobre el pasado, si se admite la posibilidad de actuación de algo como Dios en el mundo (ya que los eventos naturales deben regirse por leyes), por lo que hay que aceptar que la naturaleza funciona al margen de toda causa o inferencia sobrenatural.

El naturalismo epistemológico niega que ninguna fuente pueda proporcionarnos conocimiento acerca de los sobrenatural. Se recordará que el teísmo ha afirmado dos fuentes para conocer a Dios: la teología natural, según la cual lo primordial es la razón humana que funciona a partir de datos sensoriales, y la revelación, certificada en los llamados milagros. Por supuesto, el naturalismo epistemológico niega cualquiera de estas fuentes. Puede hablarse de tres premisas en el naturalismo epistemológico: no tenemos conocimiento directo de las cosas no localizadas en el tiempo y en el espacio; si no percibimos algo directamente, tiene que haber una relación causal entre el objeto y el perceptor para que el segundo pueda conocer al primero; cuando las cosas no se localizan en el tiempo y en el espacio, no se pueden establecer relaciones causales entre ellas. Estas premisas tienen una validez evidente, aunque la especulación filosófica podrá cuestionar cada una de ellas; por ejemplo, hablando de los universales platónicos, los cuales sería posible aprehender gracias a que el mundo terrenal es un reflejo suyo.

El naturalismo ontológico tiene varias teorías. La primera de ellas, tal vez la más restrictiva, niega la existencia de todo aquello que no sea tiempo, espacio o materia; será la física la que determine la cuestión de las propiedades (detectables, medibles y cuantificables). La segunda teoría flexibiliza algo la anterior, y el naturalista puede admitir la existencia de abstractos (proposiciones, mundos posibles, universales platónicos, números, espacios matemáticos...), incluso considerarlos ontológicamente fundamentales; si se considera esta teoría como naturalista suele ser por razones dialécticas, admitir la existencia de los abstractos amplía el poder explicativo teórico. Una tercera teoría admite que un naturalista tiene diversas opciones para no oponerse tajantemente a la reducción de lo mental a lo físico, ya que se admite que los estados mentales existen de alguna manera; aunque no sean reducibles a estados físicos, se puede alegar que forman parte del mundo y pueden ser objeto de investigación científica. Por último, la cuarta teoría sostiene que sería útil averiguar si existe alguna concepción ontológica o metafísica del naturalismo que organice y dote de principios a las creencias más elementales del ateísmo; el naturalista acepta el principio de que no existen mentes incorpóreas; las sustancias mentales inmateriales deben encarnarse en una sustancia física y, por lo tanto, se niega la existencia de dioses, ángeles, demonios, almas incorpóreas o similares.

Los teístas insisten en que el naturalismo metafísico no deja ser una forma fideísta de observar el mundo, aceptada por la comunidad científica y por parte de la filosófica. Según esta visión, el naturalismo metafísico estaría al mismo nivel de la fe religiosa: ninguno de ellos puede aportar pruebas empíricas, aunque ambos limiten los modos en que ha de interpretarse la evidencia. Esta objeción demuestra la ignorancia sobre por qué se tiende a adoptar un punto de vista naturalista. En primer lugar, afirmar la inexistencia de mentes incorpóreas no es algo esotérico: sabemos que nuestras mentes se crean a través del proceso físico de la procreación pasando a formar parte de nuestros cuerpos, y existe además una fuerte relación entre nuestro estado mental y nuestro estado físico; la neurociencia va apoyando la teoría de que los estado mentales dependen de estados apropiados de los cuerpos. En cuanto a la defensa de la existencia de mentes incorpóreas, es posible buscar cuatro fuentes distintas: los mencionados argumentos de la teología natural, la presunta experimentación de entes sobrenaturales por experiencias místicas, los fenómenos paranormales (telequinesis, viajes astrales, experiencias cercanas a la muerte...) y los milagros y profecías.

Las comunidades religiosas han defendido siempre las experiencias místicas de sus fieles como conocimiento de primera mano de Dios y de otros seres sobrenaturales y porque, se supone, dotan de racionalidad a las creencias. Por supuesto, y aunque se acepte que estas experiencias puedan dotar de fundamento a la fe, de ello no se deduce que por sí mismas puedan ser la base de una creencia racional. Antes de nada, cuando un sujeto percibe un objeto sobrenatural, hay que preguntarse lo primero si el objeto guarda una relación causal con la experiencia mística del sujeto. Por otro lado, existen explicaciones naturales, de índole sociológica y neurofisiológica, para las experiencias místicas. Estudios sociológicos demuestran que las revelaciones y experiencias místicas otorgan al protagonista, o a su grupo, un estatus social de autoridad. En el campo neurofisiológico, estudios desvelan los mecanismos neuronales que desencadenan la experiencias místicas (el funcionamiento, o mal funcionamiento, de la parte del cerebro implicada). A pesar de estos primordiales estudios, hay que admitir, debido a la diversidad de las experiencias místicas, la dificultad para verificarlas objetivamente. No obstante, eso mismo, junto a la privacidad, la fenomenología y los diversos contenidos de las experiencias, constituyen un argumento a favor del origen natural y no teísta.

En cuanto a los fenómenos paranormales (reencarnación, clarividencia, telequinesis, experiencias extracorpóreas...), muchas personas creen que prueban la existencia de seres sobrenaturales, mentes incorpóreas y fuerzas no-naturales. El interés de estos fenómenos ha disminuido en las últimas décadas, debido al descubrimiento de numerosos engaños y manipulaciones, muchos de ellos basados también en la incompetencia de quienes realizaban las investigaciones científicas. Las experiencias cercanas a la muerte (el famoso tunel hacia la luz) parecen haberlas tenido individuos sinceros, pero con visos de ser aluciones o, al menos, con dificultades evidentes para ser probadas concluyentemente. Hay quien ha lanzado hipótesis bioquímicas y neurológicas que parecen explicar mucho de lo recopilado sobre estos fenómenos, en la línea de lo realizado sobre las experiencias místicas.

Si hablamos de los llamados "milagros", se produce en primer lugar un problema conceptual. Se suele asociar un milagro con la violación de una ley natural y con una influencia sobrenatural, pero hay que partir de que las leyes describen regularidades perfectas, por lo que resultaría inadmisible tal cosa. En segundo lugar, y ya en el terreno metafísico, no podemos aceptar ninguna ley causal que suponga que un ser que no habita en el espacio ni en el tiempo pueda influir sobre el mundo físico. Por último, están las dificultades epistemológicas, ya que es imposible saber cómo ha ocurrido un milagro; incluso, en el caso de asumirlo, sería imposible de definir ni de determinar su origen.

Hasta aquí una síntesis de lo que constituye el fisicalismo y el naturalismo. A pesar de todas estas explicaciones filosóficas y científicas, habría que admitir la existencia de esos entes llamados "sobrenaturales" en un plano ontológico. Puede que en ello esté la clave para explicar los orígenes de la fe religiosa. Emile Durkhem, en Las formas elementales de la fe religiosa, sostiene que la fe primitiva en los dioses y espíritus no es más que una "proyección" inconsciente de la existencia y realidad de poder social de tribus, naciones e instituciones sociales. Más que de proyecciones "inconscientes", tal vez pueda hablarse de que los dioses y espiritus personifican y reifican las realidades sociales. Se entiende que las naciones son personas (jurídicas) que no existen en el espacio, aunque pueden encarnarse en personas naturales y en sus actos. En cualquier caso, hay que aceptar la existencia de personas o entes sobrenaturales, entendiendo ese "sobre" como superposición al mundo natural y comprendiendo que su condición de no-natural es debida a que son producto del artificio humano.

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