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lunes, 17 de junio de 2019

Mayo del 68: la revolución de la revolución

Tal y como dice Tomás Ibáñez en el prólogo de este libro, Mayo del 68: la revolución de la revolución, aquello fue un acontecimiento irrepetible, aunque sus ecos llegan hasta nuestra época y cobra vida en cada gesto de rebeldía.

Aunque también asegura que Mayo del 68 fue un hecho inesperado, otros afirman que el carácter libertario y antiautoritario del evento no pudo surgir de la nada y ya se anunciaba meses antes algunas acciones anarquistas. No entraremos aquí en ese análisis. Jacques Baynac, en su magnífico libro, nos relata con sumo detalle y habiéndolo vivido en primera persona, todo lo acontecido en aquellas semanas. Como es sabido, antes del estallido de París, el año 1968 ya había vivido importantes acontecimientos que sacudieron el mundo (manifestaciones y ocupaciones estudiantiles en diversos países, asesinato de Martin Luther King, radicalización de los movimientos sociales en EE UU, protestas contra la guerra de Vietnam…).  Eran protestas por causas muy concretas, al igual que se iniciaron así los hechos de Mayo del 68; la diferencia es que las exigencias, que se extendieron por Francia, acabaron siendo mucho más generales y profundas. Bayniac lo define como "una sed de libertad en todos los planos", se pretendía acabar fundamentalmente con un estilo de vida vacuo y gris ofrecido por la sociedad estatista y capitalista.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La necesaria concepción autogestionaria

Parece ser que el término autogestión es de uso, relativamente, reciente. A pesar de ello, y como han manifestado ya muchos autores, el fenómeno autogestionario se ha dado, aunque solo fuera de forma embrionaria, en lejanos estadios históricos. Puede decirse que la autogestión es una toma de conciencia del ser humano, a nivel individual y colectivo, a través del espacio y del tiempo. Como afirma Heleno Saña, no es posible reducir el fenómeno autogestionario al doctrinarismo del siglo XIX (socialista y comunista), ya que con ello se le reduce a un epifenómeno y se le desprende de sus raíces históricas y teóricas, más profundas y permanentes.

No es posible negar el carácter social del hombre, lo mismo que hay que aceptar su individualidad, la voluntad y conciencia propias de cada ser humano. En una fase inicial, el hombre se ve condicionado por la necesidad de la comunidad, es posible que predomine en un primer instante la conciencia colectiva sobre la subjetiva. Hasta determinado momento histórico, como se esforzó en demostrar Erich Fromm, el hombre no posee el afán de autonomía individual, su felicidad dependía de su lugar en la familia y en la sociedad. Si Rudolf Rocker consideraba el anarquismo como la gran síntesis entre socialismo y liberalismo, Saña considera algo similar, la autogestión sería algo consustancial a las ideas libertarias, en cualquier campo de la actividad humana (Sindicalismo y autogestión, 1977). Tal y como lo expresa este autor, la concepción autogestionaria es la síntesis de dos grandes principios, históricos y antropológicos: el comunitario-socialista y el liberal-democrático.

domingo, 28 de febrero de 2016

Proyectos locales autogestionados con aspiraciones globales

A pesar de que los gobiernos cambian una y otra vez, ninguno de ellos aporta soluciones económicas novedosas. Recordemos que el anarquismo siempre ha sostenido que los poderes económico y político están vinculados; aunque no necesariamente el primero sea consecuencia del segundo, ya que cada uno tiene su propia dinámica. En cualquier caso, los modernos gobiernos democráticos, de uno u otro pelaje, parecen subordinados a las grandes corporaciones multinacionales.

Si alguna vez gobernara Podemos en España, cuyo ímpetu transformador ya se ha rebajado bastante, en cualquier caso, es dudoso que actúe de una manera muy diferente a cualquier otra fuerza socialdemócrata. Es decir, tal vez aprobando alguna que otra ley social para tranquilidad de su electorado, pero sin ningún cambio real de fondo. La realidad es que existe una economía globalizada, donde impera la ley del más fuerte, aceptada cada vez más por regímenes poco o nada democráticos. Los gobiernos apuntalan de una u otra manera, con represión más o menos explícita, esa "ley del más fuerte". Los anarquistas, por supuesto, no queremos que haya división de clases, por supuesto, pero tampoco represión política. No está de más insistir en ello constantemente, ya que la propaganda igualitaria de ciertos gobiernos, además de ser engañosa, asegura la represión y la dominación.

miércoles, 6 de enero de 2016

Industrial Workers of the Word - Trabajadores Industriales del Mundo

La Industrial Workers of the World (IWW) fue fundada en Chicago en 1905, y desde los orígenes hizo especial hincapié en su carácter industrial. Se distinguía de la American Federation Labor (AFL), organización predominante en la época, que no tenía en cuenta las industrias con mano de obra no cualificada, privilegiando así una élite de trabajadores del país. En cambio, la IWW tuvo en cuenta a todo tipo de obreros, no importaba su origen social, formación, sexo, ni raza, y estamos hablando de una época en la que los Estados Unidos recibió, entre 1880 y 1910, a unos 30 millones de inmigrantes europeos.

La IWW fue una organización auténticamente democrática que combatió todo tipo de jerarquización y no tuvo en cuenta la distinción entre trabajo manual e intelectual, que consideró otro peligro para crear privilegios. La creación y desarrollo de esta organización hay que insertarla en los del propio capitalismo, ya que junto a mano de obra procedente de Europa hubo una transferencia masiva de capitales; un escenario privilegiado para el desarrollo capitalista, no exento por supuesto de crisis cíclicas, que como siempre pagaban los trabajadores. Desde los años 90 el siglo XIX, puede hablarse ya de una fase del capitalismo que podemos denominar "imperialismo", con la búsqueda de nuevos mercados y materias primas a bajo precio. Se trata de una ofensiva expansionista desarrollada durante todo el siglo XX y que llega hasta nuestros días con una incierta nueva etapa globalizadora.

martes, 17 de marzo de 2015

El proyecto de la Democracia Inclusiva

Uno de los esfuerzos libertarios contemporáneos lo constituye la llamada Democracia Inclusiva, que parte de que la gran crisis que sufre el mundo en los últimos años tiene su origen en la alta concentración de poder. Así, en un análisis obviamente libertario, esta propuesta denuncia la distorsión que ha sufrido el concepto de la democracia, identificado únicamente con su vertiente representativa, de tal manera que viene a significar simplemente la existencia de un sistema oligárquico con la ilusión de estar elegido por los ciudadanos.

La Democracia Inclusiva reivindica, por lo tanto, el ejercicio directo de la soberanía por parte de los ciudadanos, de tal manera que tengan la posibilidad de decidir directamente sobre los asuntos que les afectan. Este proyecto parte de la concepción clásica de la democracia, aunque con un tinte libertario al incluir al conjunto de la población y al tener en cuenta, a diferencia de las concepciones previas, las cuatro dimensiones fundamentales de las sociedad: política, económica, social y ecológica; se trata de llevar la democracia a cada uno de estos ámbitos. Llama la atención que, en sus propuestas, no siempre se menciona al anarquismo, aunque recupera de forma evidente muchos de sus rasgos, autonomía, democracia directa o socialismo, para tratar de ofrecer una síntesis moderna de la visión libertaria y llevarla a los movimientos sociales. Otra manera de observarlo es considerar a la Democracia Inclusiva un añadido contemporáneo a la rica tradición anarquista. De esta manera hay que verlo cuando se esfuerza en acabar con la desigualdad en la distribución del poder político (Estado) y económico (Capital) y con las instituciones que los representan; además, al igual que el anarquismo, quiere acabar con las relaciones de dominio a nivel cultural, en cualquier ámbito humano, ya sea el hogar, la escuela o cualquier otro campo social. Todo ello pasa, de forma obvia, por un proceso de responsabilidad personal y colectiva de autogestión social. Es una concepción de la autonomía y de la libertad claramente ácrata, ya que se encuentra estrechamente vinculada a lo social, por lo que implica un alto nivel de consciencia y responsabilidad; la palabra solidaridad, tan distorsionada en un mundo jerarquizado profundamente desigualitario, resulta también clave.


La Democracia Inclusiva, a nivel político, apuesta por asambleas municipales para tomar las decisiones, muy en la línea de la visión de Bookchin y su municipalismo libertario, organizadas federativamente desde lo local hasta lo global; los delegados de las asambleas locales, obviamente, se coordinarán para trasladar las decisiones a una escala mayor y podrán ser revocados en cualquier momento. A nivel económico, se apuesta por la socialización de la riqueza social y por la autogestión por parte de las asambleas de ciudadanos; así, la economía irá dirigida a satisfacer las necesidades de la población y se sustituirá la sociedad de mercado por un sistema democrático planificado en el que se asegurará la libre elección de las personas en lo que atañe al trabajo y al consumo. La propuesta de la Democracia Inclusiva en el ámbito social pasa por la creación de instituciones autogestionadas en cualquier campo educativo y cultural; de nuevo debe ser la asamblea local de ciudadanos la que decida los objetivos a establecer. Finalmente, la cuarta dimensión democrática es la ecológica, que implica que las instituciones creadas aseguren la reintegración de la sociedad con la naturaleza; será una relación armoniosa en la que se buscará la satisfacción adecuada de las necesidades sociales y no, como en el capitalismo, un crecimiento económico descontrolado de consecuencias nefastas.

La Democracia Inclusiva ofrece sus propuestas de una manera alternativa, pero también de forma realista y deseable; sus objetivos a largo plazo son una nueva organización social, aunque también tiene un programa a corto plazo para ir avanzando hacia ese tipo de sociedad. Apuesta por lleva este proyecto a un movimiento social de masas para transformar la sociedad con una profundización democrática aquí y ahora. Insistiremos en que estas propuestas pasan por una nueva concepción de la política identificada con la autogestión y la democracia directa; además, la alternativa a la economía de mercado es una socialización de los recursos productivos, que conecta de forma obvia con las propuestas libertarias habituales. Resulta curiosa la jerga empleada en las propuestas de la Democracia Inclusiva, cuando apela a todos los grupos sociales y apuesta por un nuevo sujeto revolucionario que denomina "emancipador"; se trata, tal vez, de huir las concepciones socialistas demasiado rígidas, que continúan apelando al proletariado como el protagonista de la revolución social, por no hablar de su obcecación en la conquista del poder político. No podemos más que simpatizar con la apelación a cualquier persona que sufra las penurias de un sistema de economía de mercado, con el paradigma de la explotación, y de Estado, con el de la dominación política; el anarquismo suele apelar a ambos, aunque considera el paradigma de la dominación (a la fuerza, clasista y discriminatorio) como el que engloba de forma más amplia a los que sufren el sistema estatal y capitalista.
El punto de partida de la Democracia Inclusiva pasa por la acción de grupos locales autónomos, que lleven a cabo intervenciones políticas y actividades culturales atractivas para la gente, con el fin de trabajar en esta conciencia alternativa (que podemos llamar democrática o libertaria, la terminología importa menos que los hechos).

Enlace a sitio web de la Democracia Inclusiva.





martes, 17 de febrero de 2015

Autonomía y autogestión

Para el anarquismo, la autogestión sería un proyecto o movimiento social que tiene como medio y finalidad que la empresa y el conjunto de la economía sean administradas por aquellos que se encuentran directamente vinculados a la producción, distribución y uso de bienes y servicios; este concepto, de nivel colectivo, tiene también como ideal la autonomía del individuo. Aunque se ha apuntado lo económico como objetivo de la autogestión, puede extenderse a toda la práctica social propugnando la democracia directa como el tipo de funcionamiento en las instituciones.

La autogestión tiene como contrapartida la heterogestión, según la cual se dirige la economía, la política, o cualquier otra práctica social, desde el exterior del conjunto de los directamente afectados, normalmente por un grupo minoritario que es el que toma las decisiones (así ocurre en el sistema capitalista y estatal); así, de modo similar, la autonomía se opone a la heteronomía, donde las normas se dictarían desde fuera de la comunidad sin que el conjunto de sus miembros puedan decidir sobre ellas. El anarquismo, lejos de ser un sistema social y político acabado, apostaría por la autogestión como un proyecto y un método elegido por los miembros del grupo afectado (a pequeña escala, puede ser una factoría o una escuela, hasta alcanzar el conjunto de la sociedad).
Por supuesto, aunque se insiste en la autonomía individual, el anarquismo observa al ser humano como un ente social, codependiente del resto de miembros de la sociedad; la manera de entender la libertad individual tendría una condición fundamental en la participación de la autogestión colectiva, sin coacción exterior alguna, por lo que aquella no se compromete. La práctica habitual en la historia de la humanidad han sido la heterogestión y heteronomía, lo cual no supone que para el futuro no exista un cambio de paradigma y se vayan consolidando prácticas de autogestión. El ideal ácrata aspira a una autogestión del conjunto de la sociedad, por lo que implica la desaparición de todos los centros de poder donde ahora se gestiona por parte de una minoría (partidos políticos, burocracias sindicales, el conjunto del Estado…) y la participación de todos los miembros de la comunidad gracias a la descentralización y sin que existan intermediarios ni dirigentes. Por lo tanto, la autogestión anarquista supone una transformación radical de la sociedad.

jueves, 13 de marzo de 2014

Apuntes históricos sobre la autogestión


Recuperamos un artículo que repasa algunas de las comunidades autogestionadas a lo largo de la historia; por supuesto, aunque no todas las experiencias al respecto se consideran anarquistas, sí han sido los movimientos libertarios los que con más energía han dado sentido al concepto autogestionario.

Hay en la historia numerosos ejemplos de tendencias autogestionarias siendo las más mencionadas, por aquellos que aman la autentica emancipación, la Comuna de París, influenciada en gran medida por el pensamiento de Proudhon, y las colectividades libertarias de la revolución española. Si nos remontamos a la antigüedad, el pueblo chino solucionó sus conflictos sociales o personales sin intervención de autoridad alguna; la cultura taoísta, propiciadora de cierta armonía natural y sobriedad, rechazaba el poder, los cargos públicos y la legitimidad de un hombre para juzgar a otro. Pero la auténtica cuna del pensamiento autogestionario hay que buscarla en el mundo griego. Max Nettlau consideró que, mientras los grandes despotismos orientales no llevaron progreso intelectual alguno, el ambiente del mundo griego, compuesto de autonomías más locales, permitió el florecer del pensamiento libre; siempre en tensión con los despotismos vecinos, el territorio griego fundó una vida cívica, autonomías, federaciones, centros de cultura y numerosos pensadores se elevaron, con ciertos límites, sobre el pasado. Heleno Saña considera el humanismo griego el punto de partida de un socialismo virtuoso, democrático y antiautoritario. La democracia ateniense, con todos sus defectos, pudo ser el primer modelo de praxis política basado en la gestión directa del pueblo. Hay que destacar a Zenón (342-270 a.c.), fundador de la escuela estóica y creador de una gran obra que resulta un precedente del pensamiento libertario al rechazar la coacción externa y valorar el impulso moral del individuo. El cristianismo, influenciado por la filosofía griega -y en especial, el estoicismo-, se organizó en origen en pequeñas comunidades autónomas que rechazaban la propiedad privada y la esclavitud y practicaban el pacifismo y el reparto equitativo; con el tiempo, las comunidades cristianas pactaron con el Estado traicionando su origen autónomo y libre.
Algunos movimientos religiosos durante la Edad Media, como los anabaptistas, postulaban ya ciertos principios autogestionarios, antiautoritarios y de igualdad de clases. Las ciudades libres del Medievo, tan mencionadas por Kropotkin, no estaban sometidas a ninguno de los grandes poderes -el feudal, el real y el eclesiástico- y defendían el derecho a vivir de su trabajo al margen de la rapiña de los señores feudales; aunque su estructura y funcionamiento eran jerárquicos, se regían por ciertos principios democráticos con asambleas públicas y gozaban de una amplio margen de autonomía para sus asuntos internos, independientemente de los poderes públicos.

Con el Renacimiento llegó una potenciación de la creatividad humana y una mayor concienciación sobre la libertad; de esta manera, el principio autogestionario encontró una base para su crecimiento. Se revalorizó la cultura greco-latina y se combatió el dogmatismo religioso asentándose las bases para el humanismo. Entre los siglos XVI y XVII, pensadores como Tomás Moro, Tomaso Campanella y Francis Bacon indagaron en la sociedad autónoma ideal, de espíritu emancipador aunque con algunos elementos represivos e irracionales. Moro se anticipó a Proudhon en señalar la propiedad privada como un robo, un acto de expropiación por parte de los nobles o ricos a los pobres. Desgraciadamente, estas utopías, al igual que la de Platón en el mundo griego, no primaban la libertad y el valor del individuo sino que contemplaban el todo sacrificado a las partes; era el germen del socialismo autoritario, aunque como elementos positivos hay que señalar el intento de dar una visión racional y la confianza en la ciencia. Pensadores como Grotinzs y Spinoza, en la primera mitad del siglo XVII, superaron la visión feudal y la monarquía absoluta y asentaron la idea de la soberanía del pueblo, del pacto social basado en el derecho y la razón. Serán los ingleses los que darán forma al liberalismo y a la democracia moderna, especialmente John Locke a quién corresponde la siguiente frase: “Todos los hombres son por naturaleza libres, iguales e independientes”. Esta visión de Locke, la que considera el gobierno como un producto del contrato o pacto voluntario suscrito por una comunidad de hombres libres y considerando la vida, la libertad y la propiedad como inalienables, dominará el siglo XVII. Pensadores como Montesquieu, Rousseau o David Hume y revoluciones como la americana (1776) o la francesa (1789) pueden considerarse resultantes del pensamiento liberal-democrático. La ilustración francesa prestará más atención a la igualdad y a lo social que la tradición inglesa, más atenta a la libertad individual del hombre. Rousseau describió una sociedad política basada en la igualdad y libertad de los ciudadanos y asentó los principios de una pedagogía racional basada en la potenciación y desarrollo de los buenos instintos inherentes al ser humano. El viejo mundo encontró una fuerte proyección en norteamérica, que fue fecunda durante los siglos XVIII y XIX en espíritus inconformistas como Jefferson, Thoreau y otros muchos. Sería injusto criticar a todos estos autores mencionados como lacayos de la burguesía, que se convertiría muy pronto en clase dominante, y hay que situar su pensamiento en el momento como representante del progreso y la libertad. Es inevitable mencionar también a Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los grandes filósofos de la historia, pensador influenciado por la Ilustración y que tanto legado dejó en aras de una libertad integral del hombre, una libertad que supone la emancipación definitiva basada en la igualdad y la autonomía.

Nace el anarquismo
La autogestión y el socialismo libertario son de total asimilación por el anarquismo y pueden considerarse complementarios, o resultados, el uno del otro. La tradición del socialismo antiestatista podemos iniciarla con William Godwin (1756-1836), autor del primer gran libro libertario, así considerado por Nettlau: An Enquiry Concerning Political Justice, en 1793. En él está presente el espíritu de autogestión al considerar que todo miembro de la comunidad deberá participar en su administración y decidir sobre las cuestiones que les afectan. El también inglés Robert Owen (1771-1858) fue continuador en este afán autogestionador y consagró su vida a la proyección de formas de organización social que respondieran a las necesidades racionales del hombre y fomentaran sus instintos comunitarios y cooperativos. Otro gran precursor es Charles Fourier (1772-1837), el cual poseía una gran confianza en la fuerza de las ideas y en la racionalización de la pasión humana. La asociación ideal concebida por Fourier es el falansterio, formado por 1.500 personas, con características eclécticas, pero esencialmente cooperativas, socialistas y antiautoritarias, y apoyada en la gestión voluntaria y autónoma de los grupos de bases; la producción es, a la vez, industrial y agraria con predominio de ésta última. Confiaba Fourier en que el espíritu societario se elevaría por encima del individualista y se reprimirían, de esta manera, los instintos egoístas.
Proudhon (1809-1865) es el gran teórico, y puede ser considerado el verdadero creador, del principio autogestionario. Sus principales características serán el federalismo, el anticentralismo, el mutualismo y el cooperativismo; postulaba por talleres autogestores a nivel productivo y por el federalismo a nivel político. Consideraba la sociedad como un equilibrio entre fuerzas libres con iguales derechos y deberes y en donde la iniciativa y responsabilidad individual será primordial. La concepción autogestionaria de Proudhon está apoyada, como lo está en la visión anarquista general, en su amor por la libertad y pasión por la justicia social y sentido de la igualdad. La apropiación de los instrumentos de producción industrial debían ser realizadas por cooperativas obreras que tomarían decisiones democráticamente y asegurarían a sus miembros una participación de beneficios proporcional a la contribución que hiciesen por medio de vales de trabajo; las cooperativas estarían relacionadas entre sí en base al intercambio y a la libre concurrencia y se regularían mediante pactos que darían lugar a una gran federación. Las asociaciones obreras de producción, brotadas espontáneamente en Francia a lo largo de 1848, eran para Proudhon el auténtico “hecho revolucionario”. La inspiración cooperativa, tan del gusto de Proudhon, se remonta a Owen y su más entusiasta seguidor en España fue Fernando Garrido; en los años de la llamada Gloriosa Revolución -que derrocó a la monarquía de Isabel II dando lugar a la efímera I República- se fundaron varios centenares de cooperativas que funcionaron con éxito. En la I Internacional, a pesar de la desconfianza marxista y gracias a la influencia de los seguidores de Proudhon, se acepto la cooperativa no como medio revolucionario sino como ensayos obreros para aprender a dirigir sus asuntos y conveniente para la preparación de la clase trabajadora así cómo refuerzo de sus lazos de solidaridad.


Discípulo de Proudhon, en gran medida, es el gran pensador anarquista y hombre de acción Mijail Bakunin (1814-1876). Consideraba el Estado como la objetivación del principio de mando, fuente de la injusticia y la deformación moral. Apostaba por la organización de abajo arriba por medio de la libre federación de individuos, asociaciones, comunas, distritos, provincias y naciones de la humanidad. Continuador de Proudhon y Bakunin y gran exponente del socialismo antiautoritario es Piotr Kropotkin (1842-1921), partidario de la abolición de la propiedad y el salario que darían lugar al comunismo libertario, reino de la abundancia en manos de toda la sociedad, donde se dará satisfacción a las necesidades subjetivas de todos los individuos. La base ética de esta sociedad está expuesta en su obra El apoyo mutuo donde trató de demostrar científicamente que el instinto de solidaridad está, entre todas las especies incluida la humana, tan desarrollado como el instinto de competencia o destrucción. Creía Kropotkin en la capacidad del hombre para organizar racionalmente su vida en unión de otros hombres sin intervención externa alguna; atribuía a prejuicios, producto de la educación e instrucción, la necesidad de gobierno, legislación y magistratura por doquier.
Al inglés Willliam Morris (1834-1896) se le pueden encontrar algunos puntos de unión con el anarquismo. Polifacético artista de gran influencia en la sociedad victoriana, ensayista y activista político, rechazaba la acción parlamentaria y abogaba por un sindicalismo de base libertaria, mezclado con elementos medievalistas -consideraba que los artesanos medievales debían ser elevados a la categoría de artistas-. Odiaba el capitalismo como sinónimo de explotación y consideraba -al igual que el crítico John Ruskin- que la felicidad solo puede partir del trabajo no alienado; combatiría la especialización y la división entre trabajo manual e intelectual, actitud suscrita también por los anarquistas.
En la Asociación Internacional de Trabajadores -creada en 1864-, el espíritu autogestionario estuvo representado por los seguidores de Proudhon y Bakunin. Los españoles acogieron este espíritu plenamente, aunque empleando el nombre de federalismo, con la socialización de todo medio de producción y plena autonomía de los productores; una enseñanza integral para ambos sexos era fundamental para terminar con los desigualdades intelectuales así como acabar con la división del trabajo.
La tradición autogestionaria de Proudhon y los internacionalistas libertarios hizo nacer el movimiento sindical denominado anarcosindicalismo, con gran repercusión en Francia (CGT) y España (CNT). Fernand Pelloutier (1867-1901) fue un gran teórico del anarconsindicalismo al que veía como laboratorio de las luchas económicas, alejado de las competiciones electorales y partidario de la huelga sin límites; una organización libertaria y revolucionaria alternativa a los partidos colectivistas, destructora de su influencia, propiciadora de la adecuada formación moral, administrativa y técnica de los trabajadores y dispuesta, al fin, para asumir los instrumentos de producción y de crear la sociedad de hombres libres. La concepción autogestionaria es, así, parte de la dimensión anarcosindicalista. En el congreso fundacional de CNT, en 1910, ya se admite el sindicalismo como organización capaz de contrarrestar la potencia de las diversas clases poseedoras asociadas pero no como finalidad social ni ideal sino como medio de lucha en el presente para continuar hasta la emancipación de toda la clase obrera cuando su fuerza numérica fuese suficiente y existiese la adecuada preparación intelectual. Estas premisas del anarconsindicalismo, autogestionarias y emancipatorias, no han perdido su validez en absoluto; desgraciadamente, las circunstancias actuales son muy diferentes a aquellas en que la clase obrera engrosaba las filas anarcosindicalistas de manera masiva y es perentorio analizar al máximo la sociedad actual para buscar nuevas vías y respuestas.

El primer tercio del agitado siglo XX
En 1910, un grupo de intelectuales situados en torno a la revista New Age, de 1907, empezaron a exponer un nuevo tipo de socialismo antiautoritario llamado Guild Socialism o socialismo gremial, versión sajona del sindicalismo latino con algunos elementos medievales -idealización del artesanado y de los gremios- y pacifistas Gracias a su tradición liberal, la desconfianza inglesa de toda dirección gubernamental dio lugar a esta forma de socialismo donde la producción debía estar controlada por los trabajadores en sus diferentes ramas organizadas en gremios. Rechazaban toda burocratización de los servicios sociales, apostando por la descentralización, el pluralismo así como la alegría del trabajo y la participación. Sin embargo, la emancipación total del Estado no se daba ya que éste, en última instancia, cuidaba las funciones de interés general; aunque se ha definido como un federalismo económico, el socialismo gremial no parecía apostar, hasta sus últimas consecuencias, por la plena autonomía de las cooperativas de producción.
En la revolución rusa, los soviets o consejos de fábrica tuvieron en origen un fin autogestionario que podía responder, en gran medida, a la tradición comunitaria del mir -comunidad rural-. Ya en 1918, los bolcheviques habían convertido los soviets en instrumentos de partido en su proceso de centralización y burocratización. El movimiento insurreccional de Ucrania -1918-1921-, inspirado por libertarios, creó comunidades agrarias libres, basadas en la autogestión, la solidaridad mutua y el espíritu igualitario; cada miembro de la comunidad trabajaba según sus fuerzas y las funciones de organización eran confiadas a quien tuviera capacidad para ello y, una vez cumplida esta tarea, estos camaradas se reincorporaban al trabajo común. Kronstadt -1 al 18 de marzo de 1921- fue dirigido por anarquistas y comunistas de izquierda desengañados por el nuevo régimen bolchevique que había supuesto una nueva forma de despotismo; en su primera asamblea, se exigió libertad de prensa, de reunión, amnistía para los presos políticos, abolición de la policía política, supresión de los privilegios bolcheviques y una práctica democrática a todos los niveles; en una asamblea posterior, se eligió un Comité Revolucionario Provisional, con 15 miembros, cada uno de los cuáles se hizo cargo de la dirección de una de las ramas de actividades de forma parecida a la Comuna de París. Otro foco antiautoritario en la revolución rusa fue el llamado “oposición obrera” -con Alejandra Kollontai como una de sus figuras-, corriente democrática opuesta al centralismo y partidaria de la autonomía sindical; se exigió que la economía rusa pasara a ser dirigida por los propios trabajadores a través de los sindicatos. Huelga decir que todos estos movimientos fueron aplastados por la apisonadora bolchevique.
En los años 20 y 30, se asiste a cierto eclipse del pensamiento autogestionario debido al auge del fascismo y a la estalinización del comunismo internacional.

Las colectividades libertarias españolas
Durante la Guerra Civil, tuvo lugar en la zona republicana -especialmente, en Cataluña, Levante y Aragón- un magno ensayo autogestionario que demostró que la vida económica y social puede desarrollarse sin las instituciones gubernamentales.. Abad de Santillán afirmó que, al principio, fue un acto espontáneo por parte de obreros y campesinos sin que ninguna organización libertaria marcara las directrices. En cada lugar de trabajo se constituyó un comité administrativo y directivo, integrado por los hombres más capaces y de mayor confianza: obreros, expertos, ingenieros, etc. A las pocas semanas, existía en pleno funcionamiento una economía vigorosa, social y comunitaria, una primera regulación del trabajo y de la producción auténticamente obrera y campesina. Gaston Leval atribuye la experiencia autogestionaria a la fuerza del movimiento libertario y, en especial a la CNT, que supieron crear, junto a las masas, las nuevas formas de organización económica; otras experiencias, con presencia mayoritaria de otras tendencias, al comprobar que los locos sueños anarquistas se hacían realidad, no hicieron más que copiar el modelo libertario. Daniel Guerín negó cualquier represión o adhesión forzosa a las colectividades; la preocupación anarquista por la libertad individual así lo demandaba. En general, los campesinos reticentes a la revolución iban uniéndose a ella al comprobar los beneficios de la economía autogestionaria. No existió uniformización general en la forma de organización, algunas colectividades practicaban el comunismo integral y otras el colectivismo. Gracias a una Caja de Compensación regional o comarcal, donde se contabilizaba los respectivos ingresos de las colectividades, las comunidades ricas ayudaban a las más pobres; los administradores de la Caja eran nombrados por la asamblea general de delegados de las colectividades. Los equipos de utensilios, maquinaria, así como los técnicos, eran usados en común y prestados por las diferentes colectividades; grupos de expertos técnicos -contables, agricultores, veterinarios, ingenieros, arquitectos, peritos comerciales para las exportaciones...- estaban al servicio de todos los pueblos.

Santillán insistió en la diferencia con otras experiencias autogestionarias en la historia ya que las colectividades españolas entrelazaban su existencia, sus intereses, sus aspiraciones, con los de la masa campesina entera y con la industria en las ciudades, resultando el vehículo idóneo de cohesión entre campo y ciudad. En el ámbito de la cultura y la instrucción, se fundaron miles de escuelas e, incluso, en Moncada (Valencia) se creó una Universidad para la formación de técnicos agrícolas. Muchas zonas quedaron al margen de la autogestión pero, al menos, existió control obrero en bancos y empresas extranjeras o con fuerte capital foráneo. Los días 14 y 15 de febrero de 1937 se creó la Federación de Colectividades de Aragón con cientos de pueblos colectivizados; el auge aragonés de la revolución pudo producirse gracias a la presencia de milicianos catalanes de CNT-FAI que acudieron a defender la zona. En la zona de Levante, gracias a los recursos naturales y al gran espíritu creador, la obra autogestionaria fue sólida y perpetuada en el tiempo. Hay que resaltar el carácter integral de la colectivización agraria comparada con las urbanas e industriales llevada a cabo por los sindicatos; en las zonas agrícolas, el sindicato pierde su razón de ser al no existir el patrono. La colectivización industrial tuvo su foco en Cataluña donde fueron socializadas las fábricas de más de 100 obreros; las de más de 50 podían socializarse si así lo pedían las 3/4 partes de la plantilla. Los ingenieros y el personal técnico administrativo colaboraron por lo general. En cada fábrica, taller o lugar de trabajo se crearon organismos administrativos elegidos por el personal obrero, administrativo y técnico. Las fábricas de la misma industria se asociaban en el orden local y formaban la federación local de industria; la vinculación de éstas formaban la federación regional y éstas pasaban a la nacional. La vinculación de las federaciones daba creación a un consejo nacional de economía. A pesar de su éxito, la desconfianza y final boicot se produjo en gran parte del bando republicano. La hostilidad más encarnizada vino por parte de los comunistas y el ministro de Agricultura, Uribe, boicoteó la obra autogestionaria desde el gobierno; la legalización de las colectividades no persiguió otra cosa que arrebatar a la autonomía obrera el control de las mismas.

Otras experiencias afines
Kibbutz significa en hebreo “reunión” o “unión”; se designaba así a las colectividades agrarias de cierta envergadura. Este ensayo comunitario se desarrolló parejo al movimiento sionista al estar extendida la idea del colectivismo agrario en cuya tradición de influencia cabe citar al mismo Tolstoi e incluso, hay quien sostiene, que el pensamiento de Kropotkin pudo tener influencia en la construcción del primer Kibbutz siendo, incluso, intensificada durante los años 20; a partir de la década siguiente, con la integración de los Kibbutz en la construcción y asentamiento de la comunidad judía en la tierra de Israel, influyó mayormente el marxismo y la socialdemocracia. En el Kibbutz, la propiedad y los medios de producción son comunes, a excepción de los objetos de consumo; aunque la base es agrícola también se produce la producción artesana y fabril. No existe el salario -aunque se acabaron aceptando voluntarios del exterior con retribución- recibiendo cada miembro lo que necesite del fondo común; la instrucción es, a la vez, intelectual y manual procurando que haya una potenciación de la vocación y actitudes profesionales de cada persona. La organización se basa en la asamblea general, el órgano ejecutivo nombrado por ella y las comisiones encargadas de atender cada respectiva rama de actividades. Hay que mencionar su trabazón, en origen, con la construcción del Estado de Israel por lo que la identificación con los valores anarquistas fue debilitándose con el tiempo. Hoy en día es un tanto por ciento muy pequeño de la población israelí la que vive en los Kibbutz aunque su aportación económica es proporcionalmente mayor; su influencia política es prácticamente nula y poco queda, con algunas pocas excepciones, de los principios autogestionarios que los originaron.

En Yugoslavia, y como parte de la lucha de Tito contra Stalin, se introdujo en los años 50 un modelo que solo se puede considerar como cogestión entre el Estado y la clase trabajadora; aunque las empresas y la organización económica eran, a priori, jurídica, económica y productivamente independientes, estaban, en última instancia, subordinadas a las directrices de la Liga de los Comunistas y del Estado.
En 1951, Acharya Vinoba Bhave -amigo y discípulo de Gandhi- crea en la India el movimiento Gramdan, antiautoritario y no violento, basado en comunidades autónomas agrarias al margen del Estado, regidas por asambleas generales que solventaban los conflictos sin autoridad gubernamental alguna. Otras experiencias autogestionarias limitadas, y finalmente anuladas, que a menudo se mencionan, son las de Argelia, decretada por ley después de la descolonización francesa y muy pronto controlada por el Estado, la de Checoslovaquia, en los primeros meses de 1968, que sería aplastada por los tanques del Pacto de Varsovia, o el desarrollo que tuvo la revolución cultural china, muy diferente a la rusa, pero en la que, a pesar de cierta tradición comunal y antiautoritaria, hubo numerosos atropellos y coacciones y la consiguiente sumisión a los intereses del Estado y del partido.
Para finalizar este recorrido por un tema que abarcaría demasiadas páginas, decir que no es la autogestión un concepto exclusivo del anarquismo pero sí ha sido el movimiento libertario el que con más fuerza ha dado sentido al principio autogestionario de manera integral, en el campo político, económico o social. Para que términos como libertad y democracia no se conviertan en conceptos y hechos relativizados -no puede haber definición más completa para ambos términos que la gestión directa de las personas en los asuntos que les atañen-, como se esfuerzan en que asimilemos las estructuras jerarquizadas, resulta urgente la renovación del principio autogestionario en estos tiempos de progresiva globalización.


Bibliografía
Colectividades libertarias en España, Gaston Leval (Editorial Aguilera, Madrid 1977).
Del socialismo utópico al anarquismo, Felix García Moriyón (Editorial Cincel, Madrid 1985).
El anarquismo, Daniel Guerín (Altamira / Nordan-Comunidad, Buenos Aires 1975).
El anarquismo y la revolución en España, Diego Abad de Santillán (Editorial Ayuso, Madrid 1977).
Enseñanzas de la revolución española, Vernon Richards (Campo Abierto, Madrid 1977).
La anarquía a través de los tiempos, Max Nettlau (Ediciones Júcar, Gijón 1977).
La ideología política del anarquismo español (1868-1910), José Álvarez Junco (Siglo Veintiuno Editores, Madrid 1991).
Sindicalismo y autogestión, Heleno Saña (G. Del Toro Editor, Madrid 1977).

viernes, 20 de diciembre de 2013

El proyecto de la Democracia Inclusiva

Uno de los esfuerzos libertarios contemporáneos lo constituye la llamada Democracia Inclusiva, que parte de que la gran crisis que sufre el mundo en los últimos años tiene su origen en la alta concentración de poder. Así, en un análisis obviamente libertario, esta propuesta denuncia la distorsión que ha sufrido el concepto de la democracia, identificado únicamente con su vertiente representativa, de tal manera que viene a significar simplemente la existencia de un sistema oligárquico con la ilusión de estar elegido por los ciudadanos.

La Democracia Inclusiva reivindica, por lo tanto, el ejercicio directo de la soberanía por parte de los ciudadanos, de tal manera que tengan la posibilidad de decidir directamente sobre los asuntos que les afectan. Este proyecto parte de la concepción clásica de la democracia, aunque con un tinte libertario al incluir al conjunto de la población y al tener en cuenta, a diferencia de las concepciones previas, las cuatro dimensiones fundamentales de las sociedad: política, económica, social y ecológica; se trata de llevar la democracia a cada uno de estos ámbitos. Llama la atención que, en sus propuestas, no siempre se menciona al anarquismo, aunque recupera de forma evidente muchos de sus rasgos, autonomía, democracia directa o socialismo, para tratar de ofrecer una síntesis moderna de la visión libertaria y llevarla a los movimientos sociales. Otra manera de observarlo es considerar a la Democracia Inclusiva un añadido contemporáneo a la rica tradición anarquista. De esta manera hay que verlo cuando se esfuerza en acabar con la desigualdad en la distribución del poder político (Estado) y económico (Capital) y con las instituciones que los representan; además, al igual que el anarquismo, quiere acabar con las relaciones de dominio a nivel cultural, en cualquier ámbito humano, ya sea el hogar, la escuela o cualquier otro campo social. Todo ello pasa, de forma obvia, por un proceso de responsabilidad personal y colectiva de autogestión social. Es una concepción de la autonomía y de la libertad claramente ácrata, ya que se encuentra estrechamente vinculada a lo social, por lo que implica un alto nivel de consciencia y responsabilidad; la palabra solidaridad, tan distorsionada en un mundo jerarquizado profundamente desigualitario, resulta también clave.


La Democracia Inclusiva, a nivel político, apuesta por asambleas municipales para tomar las decisiones, muy en la línea de la visión de Bookchin y su municipalismo libertario, organizadas federativamente desde lo local hasta lo global; los delegados de las asambleas locales, obviamente, se coordinarán para trasladar las decisiones a una escala mayor y podrán ser revocados en cualquier momento. A nivel económico, se apuesta por la socialización de la riqueza social y por la autogestión por parte de las asambleas de ciudadanos; así, la economía irá dirigida a satisfacer las necesidades de la población y se sustituirá la sociedad de mercado por un sistema democrático planificado en el que se asegurará la libre elección de las personas en lo que atañe al trabajo y al consumo. La propuesta de la Democracia Inclusiva en el ámbito social pasa por la creación de instituciones autogestionadas en cualquier campo educativo y cultural; de nuevo debe ser la asamblea local de ciudadanos la que decida los objetivos a establecer. Finalmente, la cuarta dimensión democrática es la ecológica, que implica que las instituciones creadas aseguren la reintegración de la sociedad con la naturaleza; será una relación armoniosa en la que se buscará la satisfacción adecuada de las necesidades sociales y no, como en el capitalismo, un crecimiento económico descontrolado de consecuencias nefastas.

La Democracia Inclusiva ofrece sus propuestas de una manera alternativa, pero también de forma realista y deseable; sus objetivos a largo plazo son una nueva organización social, aunque también tiene un programa a corto plazo para ir avanzando hacia ese tipo de sociedad. Apuesta por lleva este proyecto a un movimiento social de masas para transformar la sociedad con una profundización democrática aquí y ahora. Insistiremos en que estas propuestas pasan por una nueva concepción de la política identificada con la autogestión y la democracia directa; además, la alternativa a la economía de mercado es una socialización de los recursos productivos, que conecta de forma obvia con las propuestas libertarias habituales. Resulta curiosa la jerga empleada en las propuestas de la Democracia Inclusiva, cuando apela a todos los grupos sociales y apuesta por un nuevo sujeto revolucionario que denomina "emancipador"; se trata, tal vez, de huir las concepciones socialistas demasiado rígidas, que continúan apelando al proletariado como el protagonista de la revolución social, por no hablar de su obcecación en la conquista del poder político. No podemos más que simpatizar con la apelación a cualquier persona que sufra las penurias de un sistema de economía de mercado, con el paradigma de la explotación, y de Estado, con el de la dominación política; el anarquismo suele apelar a ambos, aunque considera el paradigma de la dominación (a la fuerza, clasista y discriminatorio) como el que engloba de forma más amplia a los que sufren el sistema estatal y capitalista.
El punto de partida de la Democracia Inclusiva pasa por la acción de grupos locales autónomos, que lleven a cabo intervenciones políticas y actividades culturales atractivas para la gente, con el fin de trabajar en esta conciencia alternativa (que podemos llamar democrática o libertaria, la terminología importa menos que los hechos).

Enlace a sitio web de la Democracia Inclusiva.


martes, 5 de noviembre de 2013

Economía participativa


Introducimos con este texto a una de las alternativas económicas que propicia el anarquismo, o que al menos recoge algunos de sus rasgos principales; se trata de la economía participativa, desarrollada por Michael Albert y Robin Hahnel, que trata de superar los desequilibrios del mercado competitivo capitalista, así como la rigidez y pérdida de libertad de la planificación centralizada.

Como hemos dicho, economía participativa, que también se conoce como parecon, es una de las alternativas libertarias a la economía capitalista de mercado y, obviamente, a la planificación centralizada propia del socialismo de Estado. Esta propuesta económica recoge los rasgos positivos del anarquismo como son la autogestión y el federalismo; se rechaza toda jerarquización permanente y no existe estructura de clases; los valores que se intentan conseguir son equidad, solidaridad, diversidad  y autogestión participativa. La solidaridad es lo que debe hacer que las personas se preocupen también por el bienestar de los demás. Diversidad alude a que la economía aporte múltiples opciones, no soluciones únicas. Equidad se refiere a que debe darse a los trabajadores un salario en proporción a su esfuerzo y sacrificio, realizando una labor socialmente útil, en lugar de depender de las propiedades que se posean, de la negociación con los patronos o de la productividad. Autogestión significa que trabajadores y consumidores deben tener influencias en las decisiones sobre la producción, la asignación de recursos y el consumo con un nivel de influencia proporcional al impacto relativo de esas decisiones sobre sus vidas; es una manera de superar la existencia de gobernantes y gobernados también en lo económico.

Uno de los aspectos clave de las propuestas de la economía participativa estriba en cómo lleva a cabo una remuneración justa. Eliminadas, obviamente, las diferencias salariales por cuestiones de raza, sexo o condición social, se trata de correlacionar la remuneración de las personas con el nivel de entrega y esfuerzo que realicen. Se rechaza el salario en base a la productividad, que no es lo mismo que el mencionado esfuerzo, ya que las personas difieren en capacidades y habilidades. Esta búsqueda del equilibro en el trabajo llevará a que una persona que trabaje más tiempo o de manera más dura obtenga proporcionalmente un mejor salario.
La autogestión es uno de los objetivos primordiales a conseguir y se tratará de lleva a cabo de la forma más óptima posible mediante consejos de consumidores y  productores, basados en métodos de toma de decisión que otorgan influencia de modo proporcional al grado en que cada persona se ve afectada por esas decisiones.

En cuanto al reparto del trabajo, se trata de conseguir también un equilibrio para que no se produzca la división entre aquellos que toman las decisiones y los que se limitan a seguirlos. Por supuesto, se busca que cada trabajador tenga un nivel de vida adecuado y un poder de decisión similar al de los demás; es por eso que hay que compensar siempre a los que tengan los trabajos más desfavorecidos, tal vez con más tiempo libre para que puedan formarse y llevar a cabo otras tareas. De manera inversa, aquello que tengan los trabajos más agradecidos tendrán que compensarlo de alguna manera. En cualquier caso, se cuida de que nadie tenga un trabajo repetitivo y aburrido, ni tampoco de que esa labor desarrolle una habilidad o confianza para obtener poder; se busca que cada persona tenga un conjunto de tareas adecuadas a su capacidad e inclinación, cuyo poder de influencia sea similar al de los demás. Por ejemplo, en una economía participativa existirán por supuesto tareas de administración, dirección o planificación, pero nadie se dedicará solo a eso; del mismo modo, hablando de tareas más ingratas, como la limpieza o cualquier tipo de servicio, tampoco nadie se dedicar en exclusiva a eso. Estos cambios y alternancias en el rendimiento laboral tienen que ir paralelos a una pérdida de miedo a que no se produzca lo suficiente por haber reducido la especialización.

La economía participativa busca también no enfrentar al productor y al consumidor, tal y como ocurre en la competencia propia del capitalismo. De manera consciente, productores y consumidores pueden planificar cómo coordinar su relación de manera democrática, equitativa y eficiente. La asignación de recursos propugna en primer lugar una planificación social descentralizada y participativa, mediante la cual los trabajadores y las asociaciones de consumidores pueden proponer y revisar sus actividades de forma negociada y socialmente responsable. Esta planificación participativa, superadora de los desequilibrios del mercado y de la rigidez del centralismo, es explicada de tal manera que se confía en su eficacia y se comprende que su existencia no es ningún peligro para la pérdida de libertades básicas. Existen otras propuestas dentro la economía participativa, de carácter más técnico y conscientes de las limitaciones del sistema capitalista. Sin embargo, los objetivos a largo plazo no se pierden en ningún momento y, muy al contrario, sirven para reconocer y superar las injusticias actuales; también, son eficaces para despertar la motivación de las personas y seguir avanzado hacia objetivos socialmente más ambiciosos.

Enlace al Portal de la economía participativa



martes, 9 de abril de 2013

Autonomía y autogestión

Para el anarquismo, la autogestión sería un proyecto o movimiento social que tiene como medio y finalidad que la empresa y el conjunto de la economía sean administradas por aquellos que se encuentran directamente vinculados a la producción, distribución y uso de bienes y servicios; este concepto, de nivel colectivo, tiene también como ideal la autonomía del individuo. Aunque se ha apuntado lo económico como objetivo de la autogestión, puede extenderse a toda la práctica social propugnando la democracia directa como el tipo de funcionamiento en las instituciones. La autogestión tiene como contrapartida la heterogestión, según la cual se dirige la economía, la política, o cualquier otra práctica social, desde el exterior del conjunto de los directamente afectados, normalmente por un grupo minoritario que es el que toma las decisiones (así ocurre en el sistema capitalista y estatal); así, de modo similar, la autonomía se opone a la heteronomía, donde las normas se dictarían desde fuera de la comunidad sin que el conjunto de sus miembros puedan decidir sobre ellas. El anarquismo, lejos de ser un sistema social y político acabado, apostaría por la autogestión como un proyecto y un método elegido por los miembros del grupo afectado (a pequeña escala, puede ser una factoría o una escuela, hasta el conjunto de la sociedad).

Por supuesto, aunque se insiste en la autonomía individual, el anarquismo observa al ser humano como un ente social, codependiente del resto de miembros de la sociedad; la manera de entender la libertad individual tendría una condición fundamental en la participación de la autogestión colectiva, sin coacción exterior alguna, por lo que aquella no se compromete. La práctica habitual en la historia de la humanidad han sido la heterogestión y heteronomía, lo cual no supone que para el futuro no exista un cambio de paradigma y se vayan consolidando prácticas de autogestión. El ideal ácrata aspira a una autogestión del conjunto de la sociedad, por lo que implica la desaparición de todos los centros de poder donde ahora se gestiona por parte de una minoría (partidos políticos, burocracias sindicales, el conjunto del Estado…) y la participación de todos los miembros de la comunidad gracias a la descentralización y sin que existan intermediarios ni dirigentes. Por lo tanto, la autogestión anarquista supone una transformación radical de la sociedad.


Recordaremos el decálogo de autogestión, citado en el texto "Utopía colectiva y autonomía individual", de Nelson Méndez y Alfredo Vallota, publicado en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.2:
1. Autogestión: No delegar el poder popular.
2. Armonía de las iniciativas. Unir el todo y las partes en un socialismo federativo.
3. Federación de los organismos autogestionarios. El socialismo no debe ser caótico, sino unidad coherente del todo y sus partes, de la región y la nación.
4. Acción directa: Anti-capitalismo, anti-burocratismo, para que el pueblo sea el sujeto activo de la historia, mediante la democracia directa.
5. Autodefensa coordinada: Frente a la burocracia totalitaria y a la burguesía imperialista, defensa de la libertad y el socialismo autogestionario, difundido mediante la propaganda por los hechos, no con actitudes retóricas.
6. Cooperación en el campo y autogestión en la ciudad: La agricultura se presta a una empresa autogestionaria, cuyo modelo puede ser el complejo agro-industrial cooperativo. En la ciudad, las industrias y los servicios deben ser autogestionados; pero sus consejos de administración han de estar constituidos por productores directos, sin ninguna mediación de clases dirigentes.
7. Sindicalización de la producción: El trabajo sindicado debe convertirse en trabajo asociado con sus medios de producción, sin burocracia ni burguesía dirigiendo patronalmente las empresas.
8. Todo el poder a las asambleas: Nadie debe dirigir en lugar del pueblo ni usurpar sus funciones con el profesionalismo de la política; la delegación de poderes no deberá ser permanente, sino en personas delegadas, no burocratizadas, elegibles y revocables por las asambleas.
9. No delegar la política: Nada de partidos, vanguardias, élites dirigentes, conductores, pues el burocratismo ha matado la espontaneidad de las masas, su capacidad creativa, su acción revolucionaria, hasta convertirlo en un pueblo pasivo, dócil instrumento de las élites del Poder.
10. Socialización y no racionalización de las riquezas: Pasar el papel protagónico de la historia a los sindicatos, las cooperativas, las sociedades locales autogestoras, los organismos populares, las mutualistas, las asociaciones de todo tipo, las auto-administraciones o autogobiernos, locales, comarcales, regionales y al co-gobierno federal, nacional, continental o mundial.
Por lo tanto, tal y como señala Cappeletti en La ideología anarquista, la autogestión es uno de los conceptos que sintetizan la filosofía social que propone el ideal ácrata. La palabra anarquismo, utilizado por primera vez por Proudhon con un sentido negativo, muy pronto será sustituida de una manera constructiva; así, autogestión es prácticamente un sinónimo positivo de anarquismo. Fueron los anarquistas en el seno de la Primera Internacional los que dieron auténtico sentido a este concepto, aunque con el paso del tiempo otras corrientes e ideologías se han apropiado del término restándole intensidad. Insistiremos, por tanto, que los anarquistas pretenden la autogestión integral, la cual supone por supuesto la toma de posesión de la tierra y del conjunto de los medios de producción, así como la dirección y administración de la empresa por parte de la asamblea de trabajadores; pero también la coordinación a través de la federación de empresas de todo tipo (desde lo local, pasando por lo regional y nacional, llegando incluso al nivel mundial). Por lo tanto, la autogestión integral que propugnan los anarquistas es un concepto estrechamente vinculado a otras propuestas políticas como son la descentralización y federación.

Si hablamos de economía autogestionaria solo podemos estar hablando de socialismo, por concretar más los conceptos políticos y huir de corrientes (supuestamente) anarquistas muy rechazables desde un punto de vista verdaderamente social y emancipador. Puede decirse más, y es que los anarquistas no conciben otra forma de socialismo que no pase por la autogestión, por lo que llegamos a una idea de la libertad estrechamente vinculada a la igualdad social; la economía libertaria es autogestionaria, los medios de producción están en manos de los propios trabajadores, y socialista, el objetivo es cubrir las necesidad de la comunidad. La autogestión, tal como la propone el anarquismo, y por muy radical que se presente, resulta una propuesta sociopolítica muy sólida; un método efectivo de combatir la miseria y alienación inherentes a la dominación política y a la explotación económica.

viernes, 4 de marzo de 2011

La necesaria concepción autogestionaria

Parece ser que el término autogestión es de uso, relativamente, reciente. A pesar de ello, y como han manifestado ya muchos autores, el fenómeno autogestionario se ha dado, aunque solo fuera de forma embrionaria, en lejanos estadios históricos. Puede decirse que la autogestión es una toma de conciencia del ser humano, a nivel individual y colectivo, a través del espacio y del tiempo. Heleno Saña señala que no es posible reducir el fenómeno autogestionario al doctrinarismo del siglo XIX (socialista y comunista), ya que con ello se le reduce a un epifenómeno y se le desprende de sus raíces históricas y teóricas, más profundas y permanentes.

No es posible negar el carácter social del hombre, lo mismo que hay que aceptar su individualidad, la voluntad y conciencia propias de cada ser humano. En una fase inicial, el hombre se ve condicionado por la necesidad de la comunidad, es posible que predomine en un primer instante la conciencia colectiva sobre la subjetiva. Hasta determinado momento histórico, como se esforzó en demostrar Erich Fromm, el hombre no posee el afán de autonomía individual, su felicidad dependía de su lugar en la familia y en la sociedad. Si Rudolf Rocker consideraba el anarquismo como la gran síntesis entre socialismo y liberalismo, Saña considera algo similar de la autogestión (consustancial a las ideas libertarias, en cualquier campo de la actividad humana). Tal y como lo expresa este autor, la concepción autogestionaria es la síntesis de dos grandes principios, históricos y antropológicos: el comunitario-socialista y el liberal-democrático.

Las tendencias socialistas y comunistas se habrían dado a lo largo de la historia, no es posible poner su punto de partida en el siglo XIX. El mismo Platón, en La República, muestra una sociedad organizado según los principios comunistas. Sin embargo, es conocida la concepción elitista y jerárquica que hay presente en esa visión, en la que se sacrifica la subjetividad y la libertad del individuo. Aunque el germen del totalitarismo, en el que el Estado es todo y el individuo es nada, se ha atribuido a muchos autores, puede decirse que el sistema platónico tiene mucho de ello. Lo importante es comprender que en un sistema autogestionario (anarquista, socialista libertario, o reciba el nombre que queramos) las exigencias objetivas de la sociedad estarían siempre equilibradas por las necesidades subjetivas de cada individuo.

Recordaremos que la sociedad de la antigua Grecia se caracterizaba por la pluralidad, y que la concepción de Platón era solo una de tantas. En la filosofía griega podemos encontrar una enorme sensibilidad comunitaria, e importante resulta esta tradición para una concepción autogestionaria del hombre y de la sociedad. No obstante, es posible que los antiguos griegos se preocuparan más del individualismo, que de los principios socialistas tal y como los entendemos ahora, pero su afán de perfeccionamiento y su constante búsqueda de la virtud son rasgos que deben forma parte de nuestro patrimonio y que es necesario elevar también a la comunidad. En ese sentido, Heleno Saña (haciendo honor a su propio nombre) coloca el punto de partida del socialismo en el humanismo griego, si entendemos aquel como búsqueda de la igualdad, la justicia y la libertad (y no como lo que se ha sufrido en los regímenes socialistas autoritarios). Al igual que Nettlau, en La anarquía a través de los tiempos, Saña considera que Zenón, fundado de la escuela estoica, como el precursor del comunismo libertario y del ideal autogestionario. Esto es debido al cosmopolitismo del estoicismo (aunque tenga otros rasgos más cuestionables, en mi opinión) y su superación de las barreras sociales y políticas, junto con la búsqueda de la virtud al margen de cualquier institución.

El otro gran principio pilar de la concepción autogestionaria es el liberal-democrático (tal y como lo denomina Saña, aunque al igual que ocurre con el socialismo y el comunismo, sea una terminología cuestionable al deformarse y haber creado nuevas sistemas de dominación), un despliegue de la conciencia del hombre sobre la libertad. Es posible que Aristóteles, haciendo contrapeso con Platón, sea el representante de esta tradición basada en el individuo, la familia, los vínculos afectivos y los grupos autónomos. Dentro de esta concepción también griega, el hombre virtuoso es el "autarkes", el que se basta a sí mismo y mantiene su independencia moral y material. La polis griega es el primer modelo histórico de una comunidad formada por hombres libres (aunque es sabido que eso no es así de forma absoluta, ya que hay prácticas esclavistas y represivas; tampoco podemos saber qué hubiera pasado sin la llegada del cristianismo, si esas sociedades griegas hubieran evolucionado sin desaparecer). Dando un gran salto histórico, y aceptando los rasgos presentes en cada época, hay que hablar de que el liberalismo moderno degenera pronto en insolidaridad y atomismo social.

Lo que sigue siendo reclamable, a pesar de los tiempos que corren en los que quiere verse que la lucha social ha sido también fagocitada por el Estado y el capital, son los valores y prácticas autogestionarias basados en la libertad, la dignidad y la solidaridad. Modelos existen en la sociedad contemporánea, dentro de la tradición de resistencia proletaria al capitalismo, en los que se entendía la vida del ser humano como síntesis o armonía entre el sujeto y el objetivo (individuo y sociedad). El lema de la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, "la emancipación de los trabajadores tiene que ser obra de los mismos trabajadores", ya anuncia la concepción autogestionaria. Conocido es que la corriente anarquista, fraccionada de la AIT, era más afín a esta visión que cualquier partido socialista o comunista, lo que conduce posteiormente a una CNT española dirigida auténticamente por los trabajadores. Una concepción jerárquica y autoritario del socialismo, deformación del principio de justicia social, ha fracasado y el sistema triunfante de momento es el capitalismo, deformación del principio de libertad. Las crisis, económicas y de valores, se suceden (o tal vez permanecemos constantemente en ellas), por lo que una gestión humana y racional es prioritaria. Es necesario poner el punto de partida para una concepción autogestionaria de la vida y de la sociedad, una transformación profunda e integral (que no supone un mero programa político), el nacimiento de una nueva sensibilidad, conciencia y ética, de una nueva humanidad. Tal vez que es algo que solo exista en potencia, o de forma muy minoritaria, pero así se empieza forjando un mejor horizonte.

viernes, 19 de marzo de 2010

El control obrero de la industria

El escritor y periodista Gordon Rattray Taylor, en Are Workers Human?, consideró la división entre la vida y el trabajo como uno de los problemas contemporáneos de mayor calado. Resulta impensable pedir responsabilidad e iniciativa a los hombres en su vida particular, si se les impide tenerlas en su experiencia laboral. La personalidad no es divisible en compartimentos estancos, y si se enseña a una persona a ser tutelada por una autoridad en el trabajo, seguramente reproducirá lo mismo en otros ámbitos de su vida. El novelista Nigel Balchin afirmó en cierta conferencia que los sicólogos industriales deberían, en lugar de esforzarse en averiguar toda suerte de bonificaciones para el trabajado, indagar en por qué éste, después de un penoso día laboral, llega a su casa y disfruta trabajando en su jardín (tal vez, por estar ahí libre de jefes o administradores, de la monotonía y por ser capaz de dirigir él mismo su trabajo). El deseo de independencia, y de tener la sensación de que puede controlarse su propio destino, parece inherente al ser humano, rara es la persona que no le gustaría ser su propio jefe y dirigir su propio negocio.

La autogestión por parte de los propios obreros se ha asomado en la historia una y otra vez. Hace cosa de un siglo, la cuestión tal vez daba motivos para ser más optimista a la clase trabajadora, con mayores concesiones por parte de las autoridades a los gremios obreros o a los movimientos cooperativistas. En la actualidad, esa demanda de control obrero ha desaparecido, prácticamente, de los organizaciones sindicales mayoritarias, más esforzadas en adquirir poder para negociar mejores condiciones laborales. Hay quien señalaba ya hace décadas la incompatibilidad entre el control de la industria y los sindicatos, entendidos como protección y defensa de los obreros, ya que se opondrían a la creación en la industria de una estructura representativa paralela. Lo que se quiere decir es que en los casos históricos conocidos, de control total o parcial por parte de la clases trabajadora, la estructura del sindicato es ajena a la Administración.

Frente a los que acusan a la autogestión obrera de ser una idea irrealizable debido a la magnitud y complejidad de la industria moderna, Colin Ward señalaba lo obsoleto de la concentración geográfica de la industria y cómo los modernos métodos de producción hacían también innecesaria una gran concentración de personas. En este sentido, la descentralización resulta factible y económicamente viable en la industria moderna, aunque las tendencias al respecto resulten prácticamente inexistentes. El anarquista contemporáneo Geoffrey Ostergaard se mostraba bastante pesimista respecto a las organizaciones sindicales y las aspiraciones del control de la industria, cuanto mayores son aquéllas más se diluyen sus objetivos revolucionarios; en la práctica, los sindicalistas tuvieron que elegir entre organizaciones que fueran reformistas, y puramente defensivas, o revolucionarias, y notablemente ineficaces. Colin Ward quería ver una solución que solucionara el dilema entre la mera lucha cotidiana de los obreros para mejorar sus condiciones laborales y una intención más radical; para ello, se inspiraba en lo que los sindicalistas y socialistas gremiales describían como "la usurpación del control" por medio de un "contrato colectivo": "un sistema por el cual los obreros realizarían una cantidad de trabajo específica a cambio de una cantidad de dinero que sería distribuida por el grupo de trabajo como lo creyese conveniente, con la condición de que los patronos renunciasen al control de proceso productivo en sí". Este llamado "sistema de grupos" puede ser alabado como más humano, capaz de liberar a los hombres de muchas preocupaciones y permitirles concentrarse en su trabajo, distribuyendo las responsabilidades de la manera que deseen (con diversos cargos al respecto, como jefes supervisores del trabajo o delegados de grupos proveedores de material); del mismo modo, se les deja desarrollar sus habilidades, permite otorgar las tareas a los más idóneos, proporciona una marco de seguridad y se busca, naturalmente, la equidad salarial. El hecho de asumir cargos de responsabilidad resulta educativo en todos los sentidos, al contrario que en una organización del trabajo tutelada en la que el obrero es reducido a "una condición inhumana de irresponsabilidad intelectual".

Ejemplos de control del trabajo por los trabajadores existen, a pesar de todo, y demuestran que la sumisión a una gestión paternalista no es necesaria, ni incluso más eficaz. Pero más importante resulta, como puede ocurrir también en el conjunto de la sociedad, es que promueven la solidaridad entre las personas en lugar de su división (a causa de las diferencias salariales o en las funciones). Colin Ward respondía afirmativamente, incluso, a la pregunta de si pueden los obreros dirigir la industria, ya que ya lo estaban haciendo en determinadas situaciones. Si el conjunto de la industria estuviera controlada por los obreros, la sociedad anarquista demandaría objetos cuyo funcionamiento fuera "transparente" y cuya reparación pudiera hacerse de manera fácil y rápida, incluso por el propio usuario. La sociedad capitalista ha conducido a trabajos absurdos que pueden ser evitables en lo que Ward denomina Taller Comunitario, concebido como un imaginativo servicio social para el "ocio creativo"; estos talleres, podrían convertirse en una fábrica mayor que se adelantase, como prerrequisito, a una futura economía controlada por los productores. Se trata de una petición a las personas de que se esfuercen en fortalecer una comunidad autogestionada, en lugar de dedicarse a los trabajos banales de la sociedad consumista, de crear la oportunidad de que todo el mundo se sienta verdaderamente útil.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Los males de la jerarquización

John Comerford, al que mencioné en la entrada anterior a propósito del experimento de Peckham, afirmó que existía una costumbre por el liderazgo artificial, por lo que resultaba difícil que se descubriese que los dirigentes no necesitan entrenamiento ni nombramiento. Cuando las circunstancias lo requieren, de manera espontánea surgen los hombres más capacitados. En el experimento, los observadores científicos observaron a miembros libres convertidos de manera instintiva, no oficialmente, en un dirigente que afrontaba las necesidades de una ocasión determinada. Estos líderes aparecían y desaparecían según lo requería el flujo del Centro. Ni eran nombrados, ni eran derrocados de manera consciente. El resto de la comunidad seguía al dirigente mientras su gestión fuera beneficiosa, de manera voluntaria y sin que se consideraran en deuda con él, no existía ningún trauma en ninguna fase del proceso.

Esta cita de Bakunin es mencionada por Colin Ward en Esa anarquía nuestra de cada día: "Recibo y doy; así es la vida humana. Cada uno dirige y es dirigido a su vez. Por lo tanto, no existe autoridad fija y constante, sino un continuo intercambio de autoridad y subordinación mutuas, temporales y, por encima de todo, voluntarias". Cuánto hay que aprender de estas palabras todavía, acerca del concepto de autoridad que propone el anarquismo, que nunca niega la gestión y el liderazgo, siempre que todos los miembros sean conscientes y se sientan partícipes del proceso. Se niega el mando jerárquico, autoritario, privilegiado y permanente, y se opone un concepto de autoridad revolucionario, si se quiere, con consecuencias no del todo estudiadas en la organización del trabajo. En esta línea, el siguiente planteamiento corresponde a Wilhelm Reich: "¿En qué principio se basaría nuestra organización, si no hubiesen votos, ni directivos, ni subjefes, ni secretarios, ni presidentes, ni vicepresidentes...". El mismo Reich responde: "Lo que nos mantenía undios era nuestro trabajo, nuestras mutuas interdependencias en este trabajo, nuestros intereses objetivos en un problema gigantesco, con muchas ramificaciones especializadas. No había solicitado colaboradores. Venían por sí solos. Se quedaban, o se iban, cuando el trabajo ya no les sostenía. No formábamos un grupo político ni preparábamos un grupo de acción... Cada uno contribuía de acuerdo con su interés en el trabajo […] Existían, por lo tanto, intereses objetivos de trabajo biológico y funciones de trabajo capaces de regular la colaboración humana. El trabajo ejemplar organiza sus sistemas de funcionamiento orgánica y espontáneamente, aunque sólo sea gradualmente, a tientas y equivocándose a menudo. En cambio, las organizaciones políticas, con sus "campañas" y "plataformas", actúan sin ningún tipo de conexión con los deberes y problemas de la vida cotidiana".

En otra parte de su estudio sobre la "democracia en el trabajo", Wilhelm Reich dice: "Si en una organización aparecen las enemistades personales, las intrigas y las maniobras políticas, puede uno estar seguro de que sus miembros ya no tienen puntos objetivos en común y que ya no les une un interés común de trabajo. Así como de los intereses mutuos surgen vínculos organizativos de trabajo, también se disuelven cuanto estos intereses se desvanecen, o empiezan a entrar en conflicto entre sí". La autoridad tiene su origen en la actividad, elegida de manera voluntaria con un determinado fin, y de esa autoridad deriva un cambiante y fluido cambio de liderazgo. Si un miembro está en la autoridad, será debido a un rango en alguno cadena de mando; si se es una autoridad, ello procederá de conocimientos especiales, y si se tiene autoridad, será como consecuencia de una sabiduría especial. Los conocimientos y la sabiduría, por supuesto, no están distribuidos de acuerdo con el rango, ni serán monopolio de alguna persona en cualquier empresa. Una organización jerárquica, del tipo que fuere, no dejará tomar decisiones a las personas que se encuentran en la base a pesar de los conocimientos y sabiduría que posean (siendo esas mismas personas las que hacen funcionar la empresa); otro handicap de las jerarquizaciones organizativas es que esas personas de los estratos más bajos no tengan más motivación que la necesidad económica, sin que exista identificación alguna con la empresa para dar lugar a un mando y a una tarea común.

Ya Kropotkin señaló los males de la división del trabajo, que impedía la educación e inventiva de los trabajadores. Se pide una integración de los conocimientos, una combinación de la educación científica y de la destreza manual. No se puede decir que a comienzos del siglo XXI la situación haya mejorado, el sistema condena a gran parte de las personas a un trabajo embrutecedor, al margen de la formación que posean, y se niega su capacidad para inventar e innovar. Habría que analizar las múltiples formas existentes que impiden el desarrollo de la individualidad en los seres humanos y observar el potencial incumplido de cada uno de ellos. A la mayor parte de las personas se les empuja, y se acaban conformando en mayor o en menor medida, a una vida que no puede calificarse más que como "sobrevivir", van dando tumbos sin percibir su potencial. Ello se debe a que se reserva a un minoría la capacidad de iniciativa, de tomar decisiones y juicios. Nadie puede negar que vivimos en un sistema de privilegios en el que solo algunos pueden acabar "comprando" un tiempo de desarrollo de su individualidad, y aun así solo de manera parcial en mi opinión. Vivimos sometidos a las decisiones de otros, de manera constante, nuestro espacio privado constituye una falacia, la mayor parte del tiempo, o un escape. No son desdeñables los análisis realizados por los anarquistas hace décadas, más bien siguen siendo válidos en la más compleja sociedad actual. Los males señalados, correspondientes a las jerarquizaciones sociopolítica y laboral, siguen generando una población mayoritaria a la que se pide que no piense ni cree, máxime en esta sociedad del espectáculo y la banalidad.

sábado, 28 de noviembre de 2009

La práctica autogestionadora

Las alternativas económicas a las diferentes formas de desarrollo del capitalismo, alternativas que supongan una práctica auténticamente libertaria (incremento de la cooperación y del compromiso colectivos, autonomía individual en consonancia con una libertad responsable), parecen remitirnos una vez más a eso que los tecnócratas consideran tan anacrónico, la autogestión. Es un concepto que, aunque presente en toda la historia de la humanidad de una forma o de otra, se haya estrechamente vinculado a la práctica libertaria desde sus inicios, tanto en medios como en fines.

Es una idea que se extiende a todos los ámbitos de la vida si hablamos de auténtica libertad y autonomía del individuo. En lo "político", se concreta en la idea de poder prescindir de la burocracia estatal, y se propone una colectivización de los medios de producción en manos de los trabajadores. Ha habido situaciones en la historia, y parece que es el caso de la Venezuela de hoy día, en la que el Estado propone una "cogestión", según el cual habrá una composición paritaria de las instituciones, en la que la coerción es evidente y la autonomía de los trabajadores presenta serios obstáculos a la hora de tomar decisiones o de manejar la propiedad. Tantas veces se ha utlizado este modelo cogestionador para tratar de conciliar a los trabajadores, haciéndoles partícipes de unos medios, que siguen sin ser suyos, y manteniéndoles en una estructura jerárquica que anula cualquier cambio radical. (y, por lo tanto, verdaderamente transformador, que es lo propuesto por el anarquismo). El concepto de autogestión sigue siendo inherente al anarquismo, aunque al igual que con cualquier otra idea es necesario extender su campo y adaptarla a los nuevos tiempos.

La autogestión, tal y como la entiende el ideal libertario, es un proyecto social que tiene como medio y fin que la empresa y la economía estén dirigidas por aquéllos que intervienen directamente en la producción, distribución y en el uso de bienes y servicios; la aspiración sería la autonomía del individuo, no solo en el ámbito económico, sino en la misma sociedad al considerar también una autogestión social que implique una toma de decisiones directa y una participación colectiva. Los miembros de un colectivo son los que decidirán la estructura y organización del modelo autogestionador, no es un proyecto que pueda definirse sobre el papel de forma acabada. Recordaré que el anarquismo propugna la autonomía individual, pero no concibe la libertad del ser humano aislada, sino desarrollada en lo social y necesitada de otros iguales con los que se consensuarán ciertas decisiones que no pertenezcan al terreno de lo privado. La participación de varias personas en un proyecto común, sin ningún tipo de coacción externa, no tiene porque afectar a la autonomía individual (la cual, tal y como yo la entiendo, se encontrará a veces gobernada por una libertad responsable y solidaria). Tal y como se ha señalado en numerosas ocasiones, la idea de la autogestión no es ninguna quimera, aceptando siempre que no existe un patrón único sobre el que se puede desarrollar, únicamente la praxis puede alcanzar el modelo más adecuado para un determinado grupo social. Para aprender a caminar (y luego correr, e incluso tratar de ir más allá), solo es posible lanzarse a hacerlo.

Siglos de práctica heterogestionadora (y heterónoma, si hablamos de la justicia), no significa necesariamente que dichos modelos sean más justos (ni siquiera más eficaces, aunque el anarquismo primará siempre la cuestión ética). Se habla de autogestión, a un nivel pequeño, si una empresa productora de bienes o servicios está controlada por los propios trabajadores que intervienen en ella (y no por sus dueños, privados o estatales). Si extendemos esa práctica a un nivel mayor, a la macroeconomía, serán necesarias casi con total seguridad nuevas estructuras organizativas que respondan a esa nueva situación en la que el empeño de cada uno de los miembros se recoja de alguna manera. Esta implicación de la totalidad de la sociedad no está exenta de grandes dificultades, hay quien señala incluso el peligro de coerción que se deriva de cualquier proyecto totalizador, pero se trata de una visión anarquista que no debería encerrar ningún programa previo que anule la entrada de un dinamismo enriquecedor, de constantes intentos armonizadores y de metas variables sujetas a las decisiones de los intervinientes.

Naturalmente, sin ánimo de concretar ningún "programa" libertario a seguir, pero sí con el deseo de mostrar lo que ha sido y sigue siendo el pensamiento libertario y su propuesta de la revolución social, reproduzco a continuación una especie de decálogo escrito por Abraham Guillem en su obra Economía libertaria. Alternativas para un mundo en crisis (FAL, 1988):
1. Autogestión: No delegar el poder popular.
2. Armonía de las iniciativas. Unir el todo y las partes en un socialismo federativo.
3. Federación de los organismos autogestionarios. El socialismo no debe ser caótico, sino unidad coherente del todo y sus partes, de la región y la nación.
4. Acción directa: Anti-capitalismo, anti-burocratismo, para que el pueblo sea el sujeto activo de la historia, mediante la democracia directa.
5. Autodefensa coordinada: Frente a la burocracia totalitaria y a la burguesía imperialista, defensa de la libertad y el socialismo autogestionario, difundido mediante la propaganda por los hechos, no con actitudes retóricas.
6. Cooperación en el campo y autogestión en la ciudad: La agricultura se presta a una empresa autogestionaria, cuyo modelo puede ser el complejo agro-industrial cooperativo. En la ciudad, las industrias y los servicios deben ser autogestionados; pero sus consejos de administración han de estar constituidos por productores directos, sin ninguna mediación de clases dirigentes.
7. Sindicalización de la producción: El trabajo sindicado debe convertirse en trabajo asociado con sus medios de producción, sin burocracia ni burguesía dirigiendo patronalmente las empresas.
8. Todo el poder a las asambleas: Nadie debe dirigir en lugar del pueblo ni usurpar sus funciones con el profesionalismo de la política; la delegación de poderes no deberá ser permanente, sino en personas delegadas, no burocratizadas, elegibles y revocables por las asambleas.
9. No delegar la política: Nada de partidos, vanguardias, élites dirigentes, conductores, pues el burocratismo ha matado la espontaneidad de las masas, su capacidad creativa, su acción revolucionaria, hasta convertirlo en un pueblo pasivo, dócil instrumento de las élites del Poder.
10. Socialización y no racionalización de las riquezas: Pasar el papel protagónico de la historia a los sindicatos, las cooperativas, las sociedades locales autogestoras, los organismos populares, las mutualistas, las asociaciones de todo tipo, las auto-administraciones o autogobiernos, locales, comarcales, regionales y al co-gobierno federal, nacional, continental o mundial.

lunes, 22 de junio de 2009

La base autogestionadora del federalismo ácrata

El hombre es sociable, no cabe duda, necesita relacionarse con los demás y necesita al menos el aprecio de un parte de la sociedad. Pero, siendo esto así, por qué no ha bastado hasta el día de hoy esta tendencia para moralizar y para humanizar a cada individuo (o, al menos, para que el conjunto influya positivamente sobre cada miembro). Creo que a eso se refería Bakunin cuando venía a decir que el problema era que la misma sociedad no había sufrido esa moralización, incluso los hombres más fuertes e inteligentes reciben su influencia. El anarquismo apuesta por la asociación, por la buena asociación, en la que la moral del apoyo mutuo sea un hecho y ello impregne al conjunto de los miembros. La asociación del anarquismo es el federalismo, alternativa a todo centralización estatal, la cual asegura la libertad de los grupos y de los individuos como última célula asociada. La administración de los asuntos socioeconómicos bien podrían llevarla a cabo grupos reducidos y funcionales, evitándose así el centralismo burocrático y anulándose todo autoritarismo (de grupos o de individuos). Los secretariados, como bien se ha demostrado de manera práctica en el movimiento libertario español, se instaurarían de forma coordinada. En la base del federalismo está la autogestión, palabra clave para el anarquismo. Una alternativa al nacionalismo político la tiene el anarquismo en la confederación geográfica de regiones. Proudhon quiso ver el siglo XX como la llegada definitiva de la era de las federaciones, sin que la cuestión se haya resuelto claramente a comienzos del siglo XXI (el federalismo tiene tantas connotaciones diversas, que difícil es decidir lo más exitoso en él, en lo que sí habría que insistir es en la base autogestionadora, que es lo que le da sentido a la sociedad libertaria). Para Proudhon el federalismo es sinónimo de pacto, según el cual los grupos tienen obligaciones recíprocas respecto a determinados asuntos, cuya gestión la llevarían a cabo los delegados de la federación. Pero las atribuciones de estos delegados (de la federación) jamás superarían en número a las de los grupos municipales o provinciales, y la de éstas a su vez tampoco excederan a las de los individuos. Si no fuera así, la federación se convertiría en centralización. Los contratantes se reservarían siempre una parte mayor de soberanía de la que ceden. Pero no todos los federalismos son iguales dentro de la tradición ácrata. El optimismo comunista de Kropotkin le llevó a considerar que toda suerte de retribución moriría con la sociedad capitalista, la posesión común de los medios de producción llevaría necesariamente al goce en común de la labor común. Kropotkin consideró que Proudhon había mantenido la propiedad individual como garantía del individuo frente al Estado, pero la propiedad común y la abundancia productiva haría innecesaria tanto aquella como alguna forma de salario (propia de toda organización estatal resultante del comunismo centralista). Kropotkin consideraba que no puede hacerse ninguna distinción entre las obras de cada persona, fraccionarlas y medirlas lleva al absurdo. Su propuesta es poner las necesidades por encima de las obras y reconocer el derecho a la vida en primer término. La primacía de lo humanista sobre lo legal llevaría a una sociedad y a un hombre nuevos. La visión federalista de Bakunin parece tener su punto de partida en el voluntarismo. La organización se haría de abajo arriba, de la comuna en su base, absolutamente autónoma, a la unidad central del país gracias a la federación. El requisito indispensable es que existan entre ellas un intermediario autónomo (departamente, región, provincia...). Las provincias estarían formadas por una federación de comunas autónomas (con libertad absoluta de organizarse y de elegir a sus representantes). Jean Grave dijo: "la federación busca reducir el tiempo necesario para la producción de objetos indispensables a la satisfacción de nuestras necesidades materiales; aumentar el consagrado al estudio, la observación o al goce, hacer que el trabajo necesario no sea más que una necesidad higiénica y no una dolorosa fatalidad". El federalismo y la descentralización son parte incuestionable de las propuestas ácratas, lo cual no significa necesariamente que se enfrente a las grandes aglomeraciones urbanas (en las que incluso la producción puede estar perfectamente descentralizada). No creo que puede afirmarse tajantemene que, ya no apelando a una cuestión ética y humana (primordial en el anarquismo), sino al mero utilitarismo técnico, la centralización estatal o capitalista sean más eficaces en lo productivo. La producción anarquista, y tenemos el mejor ejemplo en la revolución iniciada al comienzo de la Guerra Civil Española, puede tener un perfecto control y rigor. El federalismo autogestionador, enemigo de todo aparato de poder y de toda centralización, lo que sí supone es un transformación radical de nuestra concepción vital. Llámese "revolución" si se quiere, pero no es una visión en absoluto anacrónica (palabra tan utilizada por una falsa concepción de progreso).