Mostrando entradas con la etiqueta Foucault. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Foucault. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de abril de 2020

La filosofía al servicio de la libertad

Foucault es un filósofo al que no mueve únicamente la curiosidad intelectual, puede decirse que el conjunto de su trabajo tiene todo que ver con una finalidad política. La especulación por sí sola no parece agradar a según qué pensadores, y es la utilidad de su trabajo lo que les motiva, el esperar que un trabajo intelectual resulte útil y funcione en la práctica.

Los propósitos de Foucault pueden definirse como la posibilidad de desarrollar "prácticas de libertad". Tomás Ibáñez, en su libro Contra la dominación, recuerda una conocida expresión de Wittgenstein, somos "prisioneros de una imagen" y no podemos darnos cuenta de ello porque "formamos parte de esa imagen". Foucault pretende que el hecho de que pertenezcamos a esa imagen no suponga que no podamos ser conscientes de aquello que nos oprime ni imposibilite la voluntad de salir de esa imagen e incluso de "pintar una imagen distinta, adueñándonos de los pinceles".

martes, 27 de febrero de 2018

Hacerse preguntas, cuestionar, repensar las cosas

Foucault, a la hora de analizar los métodos que utilizaba, tenía muchas facetas y consecuentemente, puede tener diferentes lecturas, aunque con cierto hilo conductor, a lo largo de su vida y obras, repasaremos algunos conceptos, que luego podrán ser posteriormente criticados.

La arqueología es uno de esos métodos, entendida como la búsqueda de las reglas que gobiernan y posibilitan la construcción de un determinado discurso como discurso de conocimiento válido. Los criterios para aceptar ese discurso como verdadero, como conocimiento, varían a lo largo de la historia, no se mantienen fijos. Estamos entonces ante una visión contraria a cualquier esencialismo, los regímenes de la verdad que gobiernan la legitimidad de un discurso, son históricos y cambian a lo largo del tiempo. Siendo así, Foucault entiende que no hay que detenerse en los contenidos de los discursos, no hay que intentar dilucidar su significado (como pretendería la hermenéutica), sino centrarse en el dispositivo que ha posibilitado la constitución de esos discursos, en los mecanismos o reglas que han dado lugar a una legitimidad para producir efectos de verdad.
La genealogía es otro método, que algunos autores atribuyen a un periodo nietzscheano de Foucault, que consiste en una clase de historia crítica, gracias a la cual se sabe que lo considerado hoy verdadero, necesario e irrefutable es en realidad temporal e histórico y, por lo tanto, redefinible. Ello posibilita un horizonte muy amplio para la libertad y para poder modificar las cosas, ya que siendo el presente contingente, no hay ninguna necesidad para que lo que hoy es continúe siendo como es. La genealogía es firme opositora a una concepción de la historia lineal, concebida desde un origen hasta un final. Se dice que esta visión teleológica de la historia, contra la cual se opone la genealogía, ha marcado toda la modernidad, desde Hegel hasta hoy en día.

viernes, 16 de febrero de 2018

La historia crítica del pensamiento, la genealogía de “lo que somos”

Un filósofo como Foucault, durante el periodo en que se está formando intelectualmente, se rebela contra las posiciones filosóficas que dominaban en aquel tiempo; unas posiciones de las que también se alimentará su propio pensamiento y que tienen el postulado esencialista como base, según el cual existiría una determinada forma del ser, fija e inmutable, por debajo de las diversas y circunstanciales formas que puede adoptar el ser en un tiempo o a lo largo de la historia.

Según esta visión, existiría un sujeto esencial tras las diversas modalidades históricas que adopta el sujeto. De la misma manera, existiría a su vez un deseo constitutivo por debajo de lo que le reprime, una verdad y una razón inalterables debajo de los diversos regímenes que ha habido en la historia, una naturaleza humana tras la diversidad cultural, social e histórica, y así sucesivamente.

domingo, 19 de febrero de 2017

La filosofía como arma contra la dominación

La obra Foucault es una lectura necesaria para cuestionar todo lo heredado, para esclarecer el hecho de que no existe necesidad o determinismo en lo que somos y abre la posibilidad de pensar, sentir y actuar de forma diferente.

Tomás Ibáñez considera que la aportación más valiosa de Foucault es habernos enseñado que es posible subvertir el a priori histórico de la experiencia posible, subvertir lo que somos y lo que nos ha hecho ser como somos, una enseñanza que tiene indiscutibles resonancias políticas. La obra de Foucault puede ser vista como una respuesta al incumplimiento de los postulados de la Ilustración, ni existe verdadera democracia, ni igualdad y el concepto de progreso ha demostrado ser una falacia. No obstante, es también muy interesante esa otra visión de la Ilustración, que no es sino la otra cara de la misma, como la coartada legitimadora de la Revolución Industrial y el capitalismo, y la obra de Foucault ha de ser vista también como un desenmascaramiento del proceso de la modernidad y un intento de alcanzar los verdaderos objetivos de la famosa triada de igualdad, libertad y fraternidad.

lunes, 4 de mayo de 2015

La posibilidad de ser diferente

Hay quien interpreta que la obra y el pensamiento de Foucault tienen muchas bifurcaciones e incluso que se puede decir que existen "varios" Foucault; también se puede decir que el propio autor incitó a esta lectura de sí mismo negando ninguna clase de "identidad de autor" (por lo visto, llegó a decir que su pensamiento se transformaba con cada nueva investigación).

Para Foucault, pensar detenidadamente suponía necesariamente cambiar de pensamiento, no se puede seguir pensando lo mismo después de haber ejercitado el pensamiento. Sin embargo, a pesar de esta provocación que realiza el propio Foucault, otros autores consideran que es la continuidad, y el compromiso con un único y gran proyecto, lo que caracteriza el pensamiento del francés.

Lo que sí existe es una complejidad, diversidad y continuo enriquecimiento de los plantemientos de Foucault. Tomás Ibáñez considera todo esto, en Contra la dominación, pero también opina que no dejó de hacer el francés lo mismo, a traves de diversos campos y mediante distintas temáticas. Incluso puede decirse que esta unicidad, que subyace bajo la aparente diversidad, caracteriza a todos los grandes pensadores. Cuando se ha dado con una ruptura en una forma de pensar o de entender las cosas, cuando se consigue una aportación innovadora, puede entenderse que el resto de la obra de un pensador consiste en ampliar esa visión y en profundizar en ella. Por lo tanto, según Ibáñez, "las supuestas mil caras de Foucault se funden, finalmente, en un único rostro".

martes, 7 de septiembre de 2010

Las premisas de la posmodernidad, según Foucault

Tomás Ibáñez, en Municiones para disidentes, considera a Foucault un autor fundamental para elaborar en el futuro una especie de genealogía del pensamiento posmoderno, cuando éste haya alcanzado un nivel suficiente de cristalización. Si deseamos entender la transición desde la modernidad a la posmodernidad, hay que prestar una detenida atención al fenómeno del poder y sus transformaciones. Uno de las atenciones de estudio de Foucault, y una de sus numerosas aportaciones, ha sido la importancia de la discontinuidad. Su forma de entender la discontinuidad no suponía una ruptura ni un salto radicales, sino la de una progresiva constitución de un nuevo estado de cosas. No había, según esta visión, una "tabla rasa", un "nuevo origen" o punto de partida, ya que, al parecer, ese era una de los conceptos que el propio Foucault cuestionó a lo largo de su obra. Jonathan Arac, en After Foucault, dijo algo muy bello sobre este pensador; siempre obligaba a sus detractores, a los que estaban en profundo desacuerdo con él, a repensar la cuestión a debatir para poder desarrollar la argumentación y, por lo tanto, se producía inevitablemente una alteración de su pensamiento respecto a lo que pensaban antes de la controversia con Foucault. Incluso en el desacuerdo, Foucault marcaba un antes y un después. El filósofo francés consideraba que nunca había que dar nada por definitivo, nada por sentado, y si empezábamos a acomodarnos en alguna seguridad, era síntoma de que nuestra capacidad de pensar corría algún peligro.

De tal manera era coherente Foucault con esta propuesta, que cuando alguien deseaba ponerle alguna etiqueta, clasificar su pensamiento, se esforzaba en desmarcarse de tal intención, lo cual obligaba a los demás a cuestionar lo que habían considerado una evidencia y a tener que repensar el asunto. Tomás Ibáñez considera que esta actitud de Foucault conduce a considerarlo una ilustración de lo que los posmodernos llaman fragmentación. Es un pensador antiesencialista, esforzado siempre por argumentar con claridad. En cualquier caso, lo que parece claro es que Foucault es un filósofo polimorfo, con la nula intención de construir un sistema filosófico; más bien al contrario, siempre tuvo el propósito de elaborar herrarmientas para criticar cualquier cosa considerada como "sistema". Muchas son las facetas de este autor: pensador, sicólogo, activista político, historiador...; un hombre que acudía siempre a las fuentes originales y no se satisfacía nunca con las lecturas de terceros, que acudió siempre a todos los movimientos contestatarios. Curiosamente, y a pesar de las simpatías que tuvo Foucault hacia las revueltas de Mayo del 68, parece ser que se posicionó en contra de algunas proclamas de aquel momento. Frases como "toma tus deseos por realidades" o "por debajo de los adoquines está la playa" (debajo de lo que nos oprime está la libertad) fueron negadas por Foucault al considerar que debajo de los adoquines no está la antítesis de los adoquines, aquello que oprimen, sino lo que ha sido constituido por los propios adoquines. Entramos aquí en sus teorías sobre el poder como algo no unitario, algo complejo y diverso, y constitutivo también del deseo (nosotros, somos resultado también del poder).

Por supuesto, esta visión de Foucault, con la que se podrá estar o no de acuerdo, pero siempre es un factor a tener en cuenta, no le llevó en absoluto a la inacción política. Todo lo contrario, fue un activo opositor a todo despotismo y se esforzó por dar voz a las personas encarceladas. Durante su trabajo continuado en las prisiones, acuñó una importante expresión; "la indignidad de hablar en nombre de los demás". Frente a otros intelectuales, Foucault dejó a un lado los principios generales y absolutos de la humanidad, y se ocupó de cuestiones muy concretas dirigidas a grupos particulares. Ibáñez niega una imagen de Foucault pesimista hacia la acción social, simplemente cuestionó el movilizar a la gente con grandes discursos y se dirigió hacia situaciones políticas concretas. La consideración de Foucault como un pensador polimorfo, fragmentando, múltiple, con numerosas facetas y lecturas, hace que algunas de sus obras reflejen una preocupación sobre cómo se producen los saberes de tipo siquiátrico o sicológico a partir de las instituciones de encierro, de dispositivos de vigilancia y de registros documentales; este mismo autor, este "Foucault" que Ibáñez quiere observar a través de algunas de sus obras, es el que desea también saber cómo determinados dispositivos han llevado a legitimar la razón, marcando e interrogando al "otro" de la razón, lo cual llevará a las ciencias sicológicas a crear la figura del enfermo mental. Otro Foucault, diferenciado, aunque unido de alguna manera al anterior y a los posteriores, será el que se esfuerza en indagar sobre la problemática del conocimiento y en la posibilidad de los diversos saberes. Tal vez el más conocido sea un tercero; es el Foucault de obras como Vigilar y castigar, en la que el método pasa de la arqueología a la genealogía, y el interés se desplaza del saber a la cuestión del poder.

Pero todavía observa Ibáñez un cuarto y tardío Foucault, que es el de la subjetivación. Es decir, el autor preocupado por la constitución del sujeto, por la cuestión ética, que el propio pensador define como la relación que uno tiene consigo mismo, y que tiene mucho que ver con la libertad. Uno de los posibles nexos de unión entre los diversos Foucault, a los cuales en ningún caso habría que ver aislados, puede ser el bucle repetitivo que supone el poder que engendra saberes y los saberes, a su vez, que dan lugar a efectos de poder en un movimiento circular, o en espiral, infinito. Otros vínculos entre las diversas preocupaciones del filósofo francés son los intereses por las condiciones de posibilidad de la constitución de saberes y por las "tecnologías del yo" y la subjetivación. En este último terreno está presente también el bucle poder/saber, ya que los saberes y mecanismos con los que se dota a los sujetos para conocerse a sí mismos, dan lugar a una serie de categorías y de formas de subjetivarse y objetivarse, lo cual supone una facilidad para que el poder constituya la subjetividad. Resumiendo todo aquello contra lo que se opone Foucaullt: los universales; cualquier discurso con pretensiones totalizantes (negativa a proporcionar alguna teoría); rechazo de todo esencialismo y de todo planteamiento teleológico, así como del sujeto moderno y de la filosofía de la conciencia. Entramos de lleno, con este autor y sus preocupaciones, en los postulados de la modernidad. Trataré de acercar, si me es posible, el pensamiento de Foucault a un anarquismo renovado, enemigo siempre de toda concepción totalitaria (y no solo en lo político), que apuesta por la solidaridad (noción no abstracta ni metafísica, concretada en situaciones vivas y particulares). Naturalmente, no estoy apostando por un anarquismo posmoderno, para lo que habría que claudicar en considerar la modernidad finiquitada, pero sí aprendiendo a ver nuevas posibilidades libertarias.

sábado, 10 de octubre de 2009

La historia crítica del pensamiento

Puede decirse que Foucault, durante el periodo en que se está formando intelectualmente, se rebela contra las posiciones filosóficas que dominaban en aquel tiempo. Unas posiciones de las que también se alimentará su propio pensamiento y que tienen el postulado esencialista como base. Este postulado esencialista sostiene que existe una determinado forma del ser, fija e inmutable, por debajo de las diversas y circunstanciales formas que puede adoptar el ser en un tiempo o a lo largo de la historia. Según esta visión, existiría un sujeto esencial tras las diversas modalidades históricas que adopta el sujeto. De la misma manera, existiría a su vez un deseo constitutivo por debajo de lo que le reprime, una verdad y una razón inalterables debajo de los diversos regímenes que ha habido en la historia, una naturaleza humana tras la diversidad cultural, social e histórica, y así sucesivamente.

Adoptar el postulado esencialista supone entrar en el "juego de Platón", desvelar lo que se encuentra detrás de las meras apariencias y acceder a ello para rescatar su pureza constitutiva. La apariencia no sería más que una expresión deformada por las circunstancias, es necesario acudir a la "esencia" para entender la existencia. Rebelarse contra Platón, declararse contrario al esencialismo o al idealismo, supone hacerlo contra gran parte de la tradición filosófica de Occidente. Por otra parte, el esencialismo obliga a una especie de quehacer en la vida, acercar todo lo que sea posible la existencia a la esencia que la funda ("lo que somos" ya está inscrito en "nuestra esencia") para acercarnos a ella y realizarnos plenamente. En esa distancia entre nuestra existencia alterada y nuestra verdadero "yo" (razón auténtica, naturaleza constitutiva del hombre) se encuentran nuestra infelicidad y nuestra alienación. El resumen del esencialismo puede expresarse en "ser fieles a nuestra propia esencia". Es primordial aclarar que este postulado niega la posibilidad misma de la libertad y de crear algo sin existencia previa, ya que nuestra existencia no es sino una manifestación coyuntural de la esencia que la sustenta (una esencia que es previa a cualquier existencia y que trasciende cualquier práctica que pretendamos hacer). Según el esencialismo, nuestra libertad se limita a transformar algo ya precontenido, pero nunca innovar radicalmente.

Foucault negará el postulado esencialista, neutralizará sus propuestas y demostrará la falacia intelectual que constituye. En todo su obra se esforzará por mostrar que la existencia (del sujeto, de la locura, de la sexualidad, de la razón, de la verdad...), lejos de ser una mera manifestación particular de una supuesta esencia, es en realidad producción, es creación a partir del mundo y de la experiencia. Para ello, para demostrar que lo que hoy entendemos como "natural" no obedece a ninguna esencia, Foucault indagará en la historia, rompiendo radicalmente con la tradición de Hegel y con la influencia marxista: la historia no está dirigida hacia ningún fin ni tiene una continuidad en su desarrollo, nada de lo existente en la actualidad se encuentra precontenido en un origen que lleva de forma necesaria hacia su naturaleza constitutiva. Puede decirse, que el afán de Foucault por contradecir el postulado esencialista le lleva a recalcar la importancia de la historia y a privilegiar la historicidad.

Foucault dijo de sí mismo que era un pensador que se sitúa en "tradición crítica de Kant" y que llevaría a cabo en su obra "una historia crítica del pensamiento". Esta historia crítica del pensamiento no se limita a estudiar la evolución de las ideas, indaga en lo que hace posible la construcción de las propias ideas. Hay dos puntos que aparecen cuando se emprende esta labor: el hecho de que la historia del pensamiento no puede entenderse sin una referencia directa a la sociedad, a la política, a la economía, a las practicas, a las relaciones de poder o a las instituciones (por lo que es necesario estudiar todo esto para poder dar cuenta del tipo de pensamiento que da lugar un concreto campo de saber); en segundo lugar, hay que entender que el pensamiento está marcado por la historicidad y por la contingencia (el pensamiento nace en una determinada historia social, por lo que al estudiarlo acabaremos reencontrando la propia contingencia de dicha historia y la propia historicidad de lo social).

Para comprender el pensamiento que produce un ámbito de conocimiento determinado en una época concreta, es preciso establecer con precisión el "modo de subjetivación" (a qué condiciones se somete el sujeto para dar lugar a un tipo de conocimiento), el "modo de objetivación" (cómo se ha constituido algo como objeto de pensamiento y cómo ha entrado finalmente en el campo del pensamiento) y el tipo de relación que se establece entre esos dos elementos. "Subjetivación" y "objetivación" no son independientes, se constituyen mutuamente y lo hacen tanto en un marco de ciertas prácticas y relaciones de poder, como en el marco de determinados "juegos de verdad" (las reglas que determinan si lo que dice un sujeto acerca de un objeto puede ser enjuiciado como verdadero o falso). Foucault afirma: "La historia crítica del pensamiento en las historia de la emergencia de los 'juegos de la verdad'", la historia de las formas según las cuales "ciertos discursos susceptibles de ser considerados como verdaderos o falsos se articulan sobre un campo de objetos. Los "juegos de la verdad" vinculan entre sí ciertas modalidades del sujeto a ciertos tipos de objetos, lo que constituye en gran medida, durante un tiempo y en ciertos ámbito para determinados sujetos, el "a priori histórico" de su experiencia posible.

A Foucault no le motiva simplemente la voluntad de saber, ni saber un poco más sobre la historia del pensamiento, lo que desea es acudir a la genealogía de los sistemas de pensamiento para ponerlos de manifiesto en su poder constrictivo y en la contigencia de su formación histórica. En otras palabras, se esfuerza Foucault en el presente, en el hoy, y para ello emprende una labor de deconstrucción de nuestra propia experiencia para poner de manifiesto tanto su radical contingencia como el modo de construcción del "a priori" que la hace posible. Foucault se inscribe en la línea de pensamiento crítico iniciada por Kant, el cual se preguntó acerca de su propia época: ¿cuál es nuestra actualidad?, ¿cuál es el campo actual de las experiencias posibles y por qué?, ¿quiénes somos nosotros hoy, y por qué somos hoy como somos?. Se abrió así una línea de reflexión orientada sobre la ontología del presente y de nosotros mismos.

Por lo tanto, los dos puntos sobre los que se centra la obra de Foucault son la voluntad de contradecir el esencialismo y la voluntad de contribuir a una historia crítica del pensamiento (con la labor de deconstruir el campo actual de la experiencia posible). El francés abordará diversas problemáticas como las relaciones de poder, la sexualidad o la ética, y aportará innovaciones sobre todas ellas de gran valor.

sábado, 3 de octubre de 2009

La posibilidad de ser diferente

Hay quien interpreta que la obra y el pensamiento de Foucault tienen muchas bifurcaciones e incluso que se puede decir que existen "varios" Foucault; también se puede decir que el propio autor incitó a esta lectura de sí mismo negando ninguna clase de "identidad de autor" (por lo visto, llegó a decir que su pensamiento se transformaba con cada nueva investigación). Para Foucault, pensar detenidadamente suponía necesariamente cambiar de pensamiento, no se puede seguir pensando lo mismo después de haber ejercitado el pensamiento. Sin embargo, a pesar de esta provocación que realiza el propio Foucault, otros autores consideran que es la continuidad, y el compromiso con un único y gran proyecto, lo que caracteriza el pensamiento del francés.

Lo que sí existe es una complejidad, diversidad y continuo enriquecimiento de los plantemientos de Foucault. Tomás Ibáñez considera todo esto, pero también opina que no dejó de hacer el francés lo mismo, a traves de diversos campos y mediante distintas temáticas. Incluso puede decirse que esta unicidad, que subyace bajo la aparente diversidad, caracteriza a todos los grandes pensadores. Cuando se ha dado con una ruptura en una forma de pensar o de entender las cosas, cuando se consigue una aportación innovadora, puede entenderse que el resto de la obra de un pensador consiste en ampliar esa visión y en profundizar en ella. Por lo tanto, según Ibáñez, "las supuestas mil caras de Foucault se funden, finalmente, en un único rostro".

A principios los 60, cuando Foucault tiene ya más de 30 años, ha elaborado una tesis que acabará convirtiéndose en un importante libro y puede decirse que su formación intelectual ha terminado. No obstante, a finales de esa década, una serie de acontencimientos expandirá su campo de experiencia y de reflexión en lo político. En ese tiempo, ocupaba una cátedra de filosofía en Túnez y pudo observar nuevos mecanismos represivos en lo político sobre unos estudiantes opositores, hecho que aumentó su compromiso político. Después de Mayo del 68, regresará a Francia y ocupará una cátedra en la Universidad de Vincennes, lugar que será un foco impresionante de actividades izquierdistas, contestatarias y subversivas, con la participación activa de Foucault. Es en los años posteriores, sin cesar su intenso activismo político, cuando Foucault centró su interés en los presos, los inmigrantes y en la violencia policial. En 1975, se publica la obra, de lectura obligada, Vigilar y castigar, y comienza explícitamente su reflexión sobre la problemática del poder. Ejemplos del interés por este tema, serán sus obras posteriores, Historia de la sexualidad y La voluntad de saber.

En el primer periodo de formación intelectual de Foucault, el clima intelectual estaba marcado por el interés en el marxismo y en la fenomenología, y en conciliar o en enfrentar ambas corrientes. Además, existía una impregnación de humanismo tanto en el marxismo como en la fenomenología, lo que acabará sintetizándose en el existencialismo sartreano. El propio Foucault dijo "pertenezco a esa generación que ha estado marcada por el marxismo, por la fenomenología y por el existencialismo". Practicamente, los autores no tenían alternativa en aquella época, de un ambiente intelectual enrarecido y con bastante presión, y aquel que no se adscribiese al marxismo pasaba directamente a ser un reaccionario. Parece ser que todo oscilaba a favor de una interpretación constante de las obras de Marx, todo debate y discrepancia se enmarcaba en unos análisis acordes o no con el discurso del "maestro". Era un ambiente represivo, contrario a cualquier pensamiento libre y creativo, y los acontecimientos de Mayo del 68 contribuyeron a acabar con todo esto. Hay que aclarar que la anterior, y esclarecedora, cita de Foucault continua de la siguiente manera "pertenezco a esa generación que ha estado marcada por el marxismo, por la fenomenología y por el existencialismo... y que ha querido romper con todo esto". Foucault, a diferencia de Castoriadis, no emprendió ninguna batalla contra el marxismo, lo que hizo es, simplemente, "no ser marxista". Esta actitud, como ya he dicho, suponía convertirte automáticamente en reaccionario, y el propio Sartre le acusó de manera indigna de ser un "baluarte de la burguesía".

La ruptura de Foucault estuvo dirigida frontalmente a la teoría del sujeto y la concepción de la racionalidad, que articulaban tanto la fenomenología y el humanismo, como algunos planteamientos marxistas. Esta actitud de Foucault tuvo su origen en la lectura de dos autores malditos para la hegemonía de la época, Heidegger y Nietzsche. Fue la obra del primero la que le introduciría definitivamente en la del segundo, lo que le condujo a la ruptura intelectual antes mencionada e incluso a otra en su propia forma de vida. El proyecto intelectual de Foucault encontrará en Heidegger y, sobre todo, en Nietzsche la materia prima con la que empezará a edificar su propio proyecto intelectual, comenzando por demoler tanto la teoría del sujeto como la concepción esencialista de la racionalidad.

Si la fenomenología dice que el sujeto es la entidad última sobre la cual se fundamenta la experiencia, siendo el propio sujeto el que proporciona su sentido a dicha experiencia, el desmantelamiento de la teoría del sujeto supone cuestionar radicalmente las bases mismas de la fenomenología. También asume la fenomenología que uno de los grandes objetivos de la filosofía consiste en proporcionar el acceso a un conocimiento adecuado de las condiciones esenciales del sujeto; no obstante, como todo intento de acceder a ese conocimiento ha sido un fracaso, la fenomenología propone ensayar otra vía de manera indirecta, focalizar la mirada sobre la experiencia. De esta manera, analizando objetivamente la experiencia, prescindiendo de sus expresiones circunstanciales y distorsionantes, se podrá acceder a aquello que constituye su propia condición de posibilidad y la fuente de su sentido (el sujeto). Así, el sujeto, en su función de donación y de institucionalización del propio sentido de la experiencia, resulta ser el sujeto fundacional, universal y transhistórico, captado al fin en su esencia y en sus propiedades constitutivas.

Nietzsche consideró la experiencia como algo que arranca al sujeto de sí mismo, lo disuelve y lo transforma en un ser distinto; Foucault, puede decirse que terminó esta tarea del sujeto como transhistórico, creador de la experiencia, e invirtió los términos de la fenomenología. Se trata de que es la experiencia la que constituye al sujeto, o siendo más concreto a la pluralidad de sujetos que habitan la forma sujeto. Según Foucault, el sujeto no es universal, transhistórico y fundador, sino un producto históricamente variable, tanto como la propia experiencia. El sujeto es siempre el resultado de determinadas prácticas de subjetivación, históricamente situadas.

También apoyado en Nietzsche, Foucalt tratará de desmontar de la misma manera la concepción esencialista de la razón. La razón es una entelequia para el francés, lo único que se puede hacer es contemplar "formas, históricas y situadas, de racionalidad", poner de manifiesto e interrogar las distintas formas que adopta la razón. Al igual que el sujeto, también la razón tiene determinada historia, ambas están intrínsecamente relacionadas y es necesario indagar en las diversas formas históricas de racionalidad para saber como se constituye el sujeto, y viceversa. Ni la verdad, ni la razón, trascienden las prácticas concretas que dan lugar al sujeto y a su discurso. Foucault considera que existe una autocreación de la razón y es por eso que hay que analizar las diversas formas de racionalidad, sin que se considere que hay una forma auténtica ni una verdadera naturaleza de la razón. Es debido a esto, que Foucault se aleja de los planteamientos de la fenomenología (al afirmar ésta que hay que resituar a la razón en su momento fundacional y captar su verdadera esencia) y de algunos planteamientos marxistas, según los cuales la razón ha sido distorsionada y pervertida por ciertas condiciones históricas (en especial, algunas formas del capitalismo).

Es por esto que Foucault se previene contra todo planteamiento que busque reencontrar una supuesta "autenticidad", acabando con lo que distorsiona y constriñe. La libertad no está, según el francés, debajo de lo que oprime (la famosa frase de Mayo del 68: "por debajo de los adoquines está la playa"). Afortunadamente, podemos ser diferentes a pesar de lo que las circunstancias nos han impuesto, no porque combatiendo esas circunstancias nos reencontremos con nuestro "auténtico ser" (llámese como se quiera, "verdad", "razón", "deseo"...), sino porque es posible que nos creemos a nosotros mismos de otra forma.

domingo, 20 de julio de 2008

Control policial

Tropa de élite es una película brasileña que, siguiendo la línea de otra obra magnífica como Ciudad de Dios, recrea con una tremenda, y difícil de digerir, verosimilitud la cruda realidad de las favelas brasileñas. La narración se realiza, con el uso constante de la voz en off, desde el punto de vista policial; no una policía convencional (retratado como corrupta y sin actuación en los barrios marginales), sino un grupo de élite de formación militar (una instrucción, que riámonos de La chaqueta metálica), al que alude el título, que actúa usando métodos salvajes (torturas y asesinatos sistemáticos) al considerar la situación un "estado de guerra". En la película no hay una mirada amable para nadie (traficantes [aunque no hay personajes protagonistas ni mínimamente trazados], policías de diverso pelaje, ONGs, niños bien con seudoconciencia social y análisis superfluo de la realidad), no hay un punto de vista cómodo ni soluciones fáciles (quizá la principal virtud del film es que expone con inteligencia una realidad terrible en la que grupos armados se alimentan mutuamente con sus acciones), que puedan adoptar espectadores bienintencionados, en una situación social terrible en la que las fuerzas represivas del Estado actúan sin ningún respeto por los derechos humanos. Un viaje a Brasil de ese Papa reciente, al que tanto le gustaba moverse de sitio, en el que se empeña en dormir cerca de las favelas (cosas de los que aman tanto a los pobres, que desean su perpetua existencia para justificarse ante su Dios), lleva a que esa élite policial tenga que "limpiar" la zona para la protección del líder católico (no sé si la gente se parará a analizar esto, pero es de una valentía argumental tal, que ya justifica esta obra). Una ONG que opera en las favelas (haciendo no se sabe muy bien qué), con el consentimiento del que está al mando de los criminales (el director ha comentado que es una realidad que para ayudar a los chavales de la favela tienes que hacerte amigo de las traficantes), está integrada por niños bien que juegan a concienciados y se dedican más bien a consumir droga (quizá el retrato de estos personajes es la parte más floja de la película, pero insisto en que los personajes más destacados son policías). El principal protagonista, dueño de la voz en off y comandante del grupo de élite (para que nos hagamos una idea, van de negro y su símbolo es una calavera atravesada por un puñal), es uno de los personajes más siniestros que he visto recientemente en una pantalla; desequilibrado emocionalmente (va a ser padre y eso le hace cuestionarse su puesto, no es que se cuestione lo que hace), tremendamente eficaz en su profesión (los asesinatos y tortura de delincuentes, y cercanos a ellos, no le suponen un problema), humano a ratos (le obsesiona la muerte de un "cohetero", un chaval que ayuda a los traficantes avisando de la presencia policial), es un personaje muy, muy bien construido, lo que facilita que la película funcione extraordinariamente bien. Otro madero, inteligente y supuestamente idealista (aunque esto apenas se sostiene a lo largo del metraje, y su final no resulta tan sorprendente), se dedica a estudiar derecho (se debate entre la labor policial o jurídica) y tiene que hacer un trabajo con esos niños pijos sobre el análisis social de Foucault. Otro elemento valioso en el guión es la presencia de la imprescindible obra del filósofo francés Vigilar y castigar, en la que se concluye que no existen ningún contrato en la sociedad, que el Estado genera instituciones represivas para controlar y establecer una constante justicia punitiva (el madero entiende muy bien a Foucault y quizá esté de acuerdo con él, pero considerando necesaria esa situación [y, tal vez, parte de los espectadores, pero espero que invite al menos a la reflexión esta película sobre un barrio marginal de uno de los países más desigualitarios del planeta]).
El análisis de Foucault, tal y como apunta un profesor universitario en la película, va más allá del control estatal. Sugiere que existen en la sociedad moderna todo una serie de microcosmos (diferentes niveles sociales donde se ejecuta lo que él llama "prisión continua"), donde se llevan a cabo los sistemas de control de poder y conocimiento (dos términos interrelacionados). Desde las cárceles de máxima seguridad hasta nuestra vida cotidiana está presente esa "normalización" por parte de unos seres humanos sobre otros (de manera consciente o no).