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martes, 16 de febrero de 2021

Recordando a Albert Camus

Albert Camus fue un hombre lúcido y honesto al que ya hemos dedicado espacio en este blog; a diferencia de muchos otros intelectuales de su tiempo, denunció la represión en cualquier régimen y en cualquier ideología. Es posible afirmar sin reservas que la evolución política de Camus le acercó a los anarquistas, entre los cuales era muy respetado.

Camus siempre denunció los desmanes del socialismo autoritario, algo que le supuso una gran disputa con otro gran autor, Jean-Paul Sartre. Esta controversia, que tuvo su momento álgido con la publicación de una devastadora crítica de El hombre rebelde en Les Temps modernes, realizada por Francis Jeanson (discípulo de Sartre), supuso una división en la intelectualidad durante mucho tiempo. Sartre no parecía creer en una tercera vía, a pesar de que sí reconoció las atrocidades del estalinismo, o se estaba con la URSS o con el capitalismo, el cual sumía a la mayor parte de la humanidad en la pobreza, la ignorancia y la explotación. Camus, que era igualmente socialista, se mantuvo siempre fiel a un humanismo y nunca justificó medios inicuos ni dictadura alguna. El autor de El hombre rebelde consideraba que el régimen soviético no era mejor que el capitalismo, y ni siquiera que los sistemas fascistas. Frente al "realismo" de los seguidores de Sartre, Camus insistía en un acercamiento entre ética y política y en la denuncia de toda dominación. Tal y como hizo Camus, denunciando todo sistema de dominación y toda tropelía cometida sobre nuestros semejantes es como se buscan modos políticos alternativos que no abandonen jamás la ética y que otorguen un mayor horizonte a la razón. Es una lección para no olvidar.


 

domingo, 26 de junio de 2016

Los actos liberadores, expresión de la sociedad libertaria

Puede decirse que la filosofía del anarquismo, bien llamada "libertaria", recoge una larga evolución cultural y combativa, y continúa hasta sus últimas consecuencias la lógica de la libertad. Se considera que la libertad forma parte esencial del ser humano, por lo que la liberación no solo es posible, también lógica.

Pero razonando así da la impresión de incurrir en una especie de fatalismo positivo, en un determinismo para el ser humano de índole natural. La cosa no es tan sencilla. Lo que nos distingue de otras especies es, precisamente, nuestras capacidad para moldear el medio ambiente, para trascender la "animalidad" (si puede llamarse así), para escapar de ese determinismo natural. La conciencia (frente al instinto), la posibilidad de sistematizar la experiencia de cara al futuro, la posibilidad de organizar nuestras conducta en el espacio y en el tiempo, son algunas características que nos definen como seres humanos. No sé si es totalmente posible escapar a cualquier determinismo (sí una posibilidad deseable, que empiece por anular los condicionantes naturales y sobrenaturales), pero la facultad de llenar cierto vacío gracias a la conciencia y a la consciencia, a la elección constante, nos define.

domingo, 19 de junio de 2016

El deseo de rebelión

Puede decirse que la rebelión anárquica rechaza una concepción de la vida basada en el conservadurismo, el miedo, la estrechez, la mera supervivencia, los caminos ya transitados, y sí apuesta por un desarrollo de las fuerzas y por crearse su propio camino. La voluntad de vivir no puede verse bloqueada por determinadas condiciones materiales o espirituales, ello da lugar a esa rebelión, a una lucha que bien provoca la transformación o bien ve aplastada la propia vida.

Hay quien dijo que la primera expresión de la anarquía es este choque de un impulso vital contra las estructuras que se oponen a su despliegue, contra toda autoridad o poder constituidos contrarios al desarrollo que llegará tras aquel impulso. La rebelión puede tener un sentido de desesperación, el cual desemboca a veces en una explosión de violencia (la cual nunca es buena ni soluciona nada por sí sola, en mi opinión, aunque hay que considerar la concentración de fuerzas que siempre realiza el poder político y los males de la jerarquización social), aunque no hay que negar que algunos anarquistas la han considerado frente a un orden inadmisible. Solo así puede entendersela frase de Bakunin "La alegría de destruir es una alegría creadora", pero recomiendo enérgicamente, para la salud mental y para la preservación de la inteligencia, no tomar al pie de la letra lo que pudiera decir cualquier autor y sí tratar de profundizar en los motivos que llevaron a afirmar tal cosa. No creo en la trascendencia de ningún concepto, ni siquiera, o menos aún, hablando de la revolución o de la anarquía, por lo que apostar ciegamente por ello puede ser contrario a la rebelión libertaria. Frente a un poder aplastante y totalizador, puede ser una opción la búsqueda de un desorden que haga surgir de nuevo el deseo de libertad, pero solo como un desesperado recurso que impulse la vida popular y posibilite su desarrollo.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Reflexiones sobre el nihilismo

En cierto libro reciente, que insiste en esa descabellada teoría de las oleadas terroristas, contiene una serie de despropósitos añadidos que hay que leer para creer; uno de ellos asegura que los nihilistas del siglo XIX eran, sencilla y llanamente, "personas sin moral ni ética". Como necesitamos, urgentemente, profundizar en ciertos términos en beneficio de un sólido conocimiento que ayude a la emancipación humana, nos lanzamos a indagar en qué es eso del nihilismo.


Es cierto que, habitualmente, se usa coloquialmente la palabra "nihilismo" aludiendo a la absoluta falta de principio moral o político. En un sentido más profundo, tal vez el primer filósofo que utilizó el término fuera William Hamilton, el cual consideró que el nihilismo es la negación de la realidad sustancial. Hamilton consideró que Hume era un nihilista, al negar que exista una realidad sustancial -o que, en realidad, existan sustancias- y solo cabe sostener que se conocen fenómenos. Desde este punto de vista, el nihilismo sería idéntico al fenomenismo -el cual tiene, a su vez, diversas vertientes-. Este nihilismo de Hamilton sería llamado posteriormente "nihilismo epistemológico". Se diferencia del nihilismo moral -negación de que haya principios morales básicos-, pero está tal vez muy emparentado con el nihilismo metafísico -pura y simple negación de "la realidad"-. El propio Hamilton aludió con frecuencia al sofista Gorgias de la Antigüedad, según el cual no hay nada -y si hubiera algo, sería incognoscible; y si fuera cognoscible, seria inexpresable, inefable o incomunicable-. También se ha mencionado al escéptico Pirrón a propósito del nihilismo; aquí nos detenemos con atención, cuando se equipara muy a menudo nihilismo y escepticismo radical y se considera que ambos apuestan por una especie de universal "negacionismo". El escepticismo se ha manifestado muchas veces como duda de que haya nada permanente en el movimiento y en el cambio, mientras que el nihilismo se ha entendido como la afirmación de que todo cambia continuamente y de que todo varía en función del sujeto.

A veces, se expresa el nihilismo en forma de una concepción del mundo, que puede adoptar un pesimismo radical o bien conduce a un punto de vista totalmente "aniquilacionista". Así, en este último sentido, en el Fausto de Goethe Mefistófeles considera que sería mejor que nada surgiera ya que todo perece; en La vida es sueño, Segismundo parece seguir esa línea al decir que "el delito mayor del hombre es haber nacido". Schopenhauer, en El mundo como voluntad y representación, cita esas dos obras, así como versos de Teognis. Este filósofo consideró que toda existencia "refleja" el impulso irracional e incesante de la voluntad; la vida es lucha, y la vida humana está llena de sufrimientos y oscila entre el dolor del deseo (basado en la necesidad o en la carencia) y el dolor no menos intenso del aburrimiento o la inanidad (experimentado cuando todas las necesidades han sido satisfechas). Para Schopenhauer, la voluntad es la causa, no solo del egoísmo y la agresión, sino la raíz de todo mal en general. Ante la objeción de que la negación del sufrimiento implica la eliminación de la voluntad y, por lo tanto, "el deslizamiento hacia una nada vacía", el filósofo afirmará que, para quienes se hallen llenos de Voluntad, lo que permanece después de la completa abolición de la voluntad -o después de su negación- es una nada.
Para Nietzsche, la noción de nihilismo es muy importante. Por un lado, considera al nihilismo como una amenaza, como el término final de un desarrollo histórico sin salida. En otro sentido, considera como nihilista la interpretación de la existencia humana y del mundo proporcionada por la Europa cristiana y por la Europa moderna; esa interpretación niega los valores superiores de la fuerza, la espontaneidad, el concepto de superhombre, a beneficio de los supuestos valores de la equidad y la humildad, entre otros. Se puede hablar así, según el filósofo alemán, de un nihilismo "malo", que será aquel pasivo perteneciente a la tradición moral y metafísica. Pero se puede hablar también de un nihilismo "bueno" -o "auténtico"-, que sería activo y consistiría en destruir el sistema de valores de aquel nihilismo pasivo tradicional. El nihilismo de los "espíritus fuertes" pone punto final al nihilismo débil del pesimismo, del historicismo, del afán de comprenderlo todo, de la idea de que todo es vano. Este tema nietzscheano del nihilismo ha sido recogido por Heidegger al tratar de la destrucción de la metafísica occidental e, incluso, de toda metafísica como un "acontecimiento".

Capítulo aparte merece la historia del nihilismo ruso, con fuertes raíces sociales. Recordaremos que Bakunin llegará a afirmar que sólo la destrucción es creadora; recordamos aquí, por supuesto, que el gigante ruso se refería a la instituciones, y tenía en mente la injusticia social, por supuesto. Mencionamos a Bakunin, uno de los padres del anarquismo, pero al que tantas veces se ha calificado de nihilista, precisamente como un ejemplo de las muchas lecturas simplistas del término. En cualquier caso, el anarquismo posee un mayor conexión con los problemas sociales y, por supuesto, ninguna lectura elitista. Un verdadero representante del nihilismo será Dimitri Ivanovitch Pisarév, el cual escribió que "todo lo que puede romperse, hay que romperlo; lo que aguante el golpe, será bueno; lo que estalle, será bueno para la basura. En todo caso, hay que dar golpes a derecha y a izquierda: de ello no puede resultar nada malo". Hay que entender este violento párrafo como que sólo lo que resiste la critica implacable es digno de ser conservado. Insistiremos en que confundir nihilismo con terrorismo es una reiterada falsedad histórica.
Albert Camus, en El hombre rebelde, relaciona el nihilismo con la rebeldía, con el decir no, y se pregunta si esa negación de Dios, y de todas idea trascendente, no supone cuestionar el mismo concepto de moral y justicia. El nihilismo de Stirner, a diferencia del de Nietzsche, es vitalista y satisfactorio; hablamos de la destrucción de cualquier idea trascendente que anule al ser humano, entendido como un individuo concreto con una personalidad digna de ser potenciada. No obstante, para Camus es Nietzsche quien representa la conciencia más aguda del nihilismo. Gracias a él, el espíritu de rebeldía salta de la simple negación del ideal a la secularización del ideal, la salvación pasa de un terreno sobrenatural a la realidad del mundo. Esta transformación del mundo implica una dirección que tiene que ser ahora humana, Nietzsche confiaba plenamente en la evolución y en el devenir. Camus es un autor muy influenciado por Nietzsche y, para el caso que nos ocupa, un estupendo ejemplo de la concepción positiva que puede tener también el nihilismo entendido como rebeldía hacia lo establecido; así entendido, se trata de una apuesta por una nueva acción moral y una apertura a un mayor horizonte para la existencia humana.

miércoles, 17 de julio de 2013

El hombre rebelde

El concepto de "rebeldía metafísica" en Albert Camus, sacado de su imprescindible obra El hombre rebelde, haciendo un paralelismo con la rebeldía que efectúa el esclavo contra su amo, puede describirse como el  movimiento por el que el hombre se alza contra la condición en que le ha situado la creación. Contra el principio de injusticia que observa en el mundo, el hombre rebelde reclama el principio de justicia que lleva consigo y niega el poder que lo hace vivir en su condición actual. Tal y como lo expresa Camus, la rebeldía metafísica no se identifica totalmente con el ateísmo, ya que aquella desafía más que niega. No pretende suprimir la divinidad, sino hablarle de igual a igual. Una vez destronado Dios, se instaura el imperio de los hombres, aunque las consecuencias pueden ser terribles si se olvida los principios que habían inspirado la insurrección.

Al igual que ocurre con el ateísmo, no puede decirse que los antiguos ignoraran la rebeldía metafísica (ahí está el importante mito de Prometeo), aunque puede afirmarse que no aparece de forma estricta hasta finales del siglo XVIII. No obstante, recordemos que la visión religiosa de la antigua Grecia no suponía dos mundos separados, el de los hombres y el de los dioses, sino que ambos formaban parte de un todo separado solo por grados; era, pues, imposible la rebeldía contra el todo (contra la misma naturaleza). La rebeldía solo es imaginable contra la idea de un dios personal, creador y responsable de todas las cosas. Puede decirse que la historia de la rebeldía, así como la del ateísmo, resulta casi inseparable de la del cristianismo. No obstante, es en el Antiguo Testamento, con ese Dios cruel y vengativo, donde se gestarán las energías rebeldes. El Nuevo Testamento suavizará la figura de la divinidad y creará un intercesor entre ella y el hombre, Cristo, para responder a los herederos de Caín (tal vez, el primer rebelde, que actúa de forma criminal). Otras tradiciones, como el gnosticismo, han tratado de crear instancias intermedias para atenuar lo absurdo de un hombre miserable y un dios implacable. Son intentos para negar la tradición judaica y prevenir argumentos a favor de la rebelión, concediendo al hombre algo parecido a la idea griega de la iniciación, la cual deja al ser humano todas sus oportunidades. Se trataba de hacer más asequible el mundo cristiano, algo que la Iglesia condenó abonando el terreno para los rebeldes.

La rebeldía se enfrenta en primer lugar a una figura divina implacable, la cual supone la génesis del primer crimen de la historia de la humanidad. Posteriormente, autores como Dostoievski, Nietzsche y Stirner pedirán también cuentas a una divinidad (supuestamente) benévola. Se atacará entonces esa ilusión de un Dios bajo las apariencias de la moral. No obstante, antes de estos autores hay que hablar de otras ofensivas, como la de Sade, el cual recoge los argumentos de Meslier o de Voltaire. En el caso de Sade, podemos hablar de una rebeldía fundada en el no absoluto. Puede hablarse de ateísmo en Sade, como aparece en Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, aunque principalmente hace gala de un furor sacrílego. El autor de Justine posee una idea de dios como una figura criminal que aplasta al hombre y lo niega. Aunque puede intuirse en el pensamiento de Sade el deseo de una especie de república universal fundada en la libertad (identificada con el instinto sexual), las propias contradicciones de este autor libertino hacen que se traduzca de su obra no pocas veces una negación del hombre y de su moral (al igual que hace Dios). En cuestiones políticas, solo puede identificarse a Sade con el cinismo, ya que si bien se declaró en alguna obra favorable al gobierno y a sus leyes, se dispone tantas veces a violar tal adhesión. Aunque este autor detestaba el crimen legal, su propia filosofía es una reivindicación del crimen consecuencia del vicio desenfrenado. La libertad absoluta que pide Sade supone también un envilecimiento y una deshumanización llevados a cabo por la inteligencia; al margen de la calidad literaria de sus obras, el éxito de semejante filosofía solo es explicable en ciertos ámbitos diletantes y acomodados.

El romanticismo, al igual que la filosofía de Sade, es otra rebeldía nacida del mundo literario y producto de la imaginación. De nuevo hablamos de una rebeldía que olvida su contenido positivo, y pone el acento en su fuerza de desafío y de rechazo. Los románticos identifican a Dios, y su violencia, con el bien, por lo que el hombre solo puede abrazar el mal, al igual que hizo Satán. La violencia divina está en la raíz de la creación, por lo que solo es posible responder con una violencia consciente. Tal y como lo expresa Camus, el romanticismo desafía a la ley moral y divina, pero la imagen resultante no es la de un revolucionario, sino la del "dandi". Es una rebeldía que toma la dirección de la apariencia, de la creación solitaria que rivaliza con la divina. El romántico identifica su arte con una actitud, con un intento de creación moral. Afortunadamente, en épocas posteriores la rebeldía abandonará el reino de la apariencia y se dedicará al mundo de la acción revolucionaria. Desgraciadamente, ese mismo mundo se inclinará tantas veces hacia el crimen y el apocalipsis en la forma de los procesos policiales y judiciales.

Camus se preguntaba en El hombre rebelde si negar a Dios no suponía cuestionar la misma idea de la moral y la justicia. Llegamos, así, con Stirner y con Nietzsche al nihilismo, a la destrucción de la moral como última faz de Dios. No obstante, el nihilismo de Stirner se diferencia del de Nietzsche por su vitalidad y satisfacción. El autor de El único y su propiedad no se conforma con acabar con Dios, también con toda "idea eterna", estemos hablando del Hombre de Feuerbach, del Espíritu de Hegel o de su concreción histórica y política en el Estado. Dios es una enajenación del yo, y todas sus formas y todos sus profetas no son más que distintas formas para negar al "único" que "yo soy". El yo de Stirner nada tiene que ver con ningún Absoluto, se esfuerza el alemán en particularizarlo y darle forma real. La historia vendría a ser un esfuerzo para "idealizar" lo real y, a partir de Jesucristo, esa meta está lograda, por lo que empieza otra tarea, que es "realizar" lo ideal. Todo ello es para Stirner un intento de doblegar al principio único, vivo y concreto, en nombre de una serie de abstracciones (Dios, Estado, sociedad, humanidad...). Incluso, Stirner identifica el ateísmo con otra forma de devoción eterna, ya que substituye a la deidad por el culto al Estado o al hombre.

Nietzsche, al contrario que Stirner, acepta el ateísmo como "constructivo y radical", lo mismo que acepta con todas sus consecuencias el nihilismo y la rebeldía. Su rebeldía parte del "Dios ha muerto", para revolverse contra todo aquello que tiende a substituir falsamente a la divinidad fenecida y acabar construyendo una filosofía del renacimiento. Se suprime a Dios, desde luego, pero para fundar una nueva ética y valores inéditos. Camus, en El hombre rebelde, denuncia la injusticia realizada con Nietzsche por su supuesta interpretación por el nacionalsocialismo. Lo que considera que es un pensamiento "enteramente iluminado por la nobleza" ha sido pervertido hasta la extenuación gracias a un desfile de mentiras. Si el predicamento del superhombre dio lugar a la fabricación metódica de infrahombre, lo que Camus reclamaba era recuperar el grito desesperado de Nietzsche a su época: "Mi conciencia y la vuestra no son ya una misma conciencia" (algo que podemos trasladar a nuestra propia época). No obstante, es posible explicar el crimen resultante del espíritu de rebeldía, si no existe un proceso de purificación posterior. Ese proceso estaba presente en el pensamiento nietzscheano de una forma metódica; si ello se olvida, la lógica de la rebeldía acaba exaltando el mal. Dicha exaltación no estriba en derribar ídolos, sino en el "todo está permitido" (decir que sí a todo), que puede acabar consintiendo el crimen. Este consentimiento adopta también otra forma, y es cuando el esclavo acepta la existencia del amo, en lugar de resistirse al mal.

Para Camus, Nietzsche representa la conciencia más aguda del nihilismo. Gracias a él, el espíritu de rebeldía salta de la simple negación del ideal a la secularización del ideal, la salvación pasa de un terreno sobrenatural a la realidad del mundo. Esta transformación implica una dirección que tiene que ser ahora humana, Nietzsche confiaba plenamente en la evolución y en el devenir. El autor de Así habló Zaratustra no es, obviamente, un pensador libertario, aunque hay que aceptar la gran importancia de este hombre en la historia de la inteligencia y de la libertad. Dentro del proceso positivo (constructivo) de su pensamiento puede haber una lectura libertaria, que a todas luces puede hacerle más justicia que muchas otras que han acabado justificando el crimen y el totalitarismo. Nietzsche, al igual que Stirner, era tremendamente crítico con el socialismo (y la historia le dio la razón, entendiendo socialismo solo en sentido autoritario), al considerarlo una especie de visión religiosa que continuaba confiando en la finalidad de la historia. Recordaremos que el anarquismo es mucho más que una corriente socialista, y entre las autocríticas históricas que podemos realizar está este hecho reduccionista, además de la constante asunción de otras teorías emancipatorias. No podemos ni debemos arrodillarnos ante ninguna abstracción, sobrenatural o terrenal, pero tampoco ante la historia.

Albert Camus afirmó que un hombre rebelde es aquel que dice no (a alguna intrusión considerada intolerable), pero también sí (a un derecho que considera justo). En todo movimiento de rebeldía se da, de manera tácita, un juicio de valor a preservar en medio del peligro. El hombre rebelde adquiere, con su acción, conciencia de un bien (por ejemplo, la libertad) y admitirá el mayor de los sacrificios si ha de ser privado de esa consagración. Es un valor que considerará común a todos los hombres, incluido aquel que lo transgrede oprimiendo a sus semejantes: "la comunidad de las víctimas es la misma que la que une a la victima con el verdugo, pero el verdugo no lo sabe". La rebeldía nace, pues, en el oprimido, pero también puede producirse al observar el perjuicio en el otro; se trataría de una "identificación con el otro" o "reconocimiento en el otro", incluso en hombres que el rebelde puede considerar adversarios, por lo que la rebeldía va mucho más alla que la mera comunidad de intereses.

Camus consideró que el problema de la rebeldía solo cobraba sentido en el pensamiento occidental, ya que su espíritu surge solo donde igualdades teóricas encubren desigualdades de hecho. En las sociedades modernas, gracias a la teoría de la libertad política, se ha producido un incremento de la noción de hombre (debido a la práctica de aquella libertad, y de su insatisfacción correspondiente). De este modo, la conciencia acerca de sus derechos será propia del hombre informado; la conciencia del ser humano va aumentando a medida que crece su experiencia, pero la práctica de la libertad no tiene un crecimiento proporcional al de su conciencia.
En las sociedades sujetas a una tradición, en las que lo sagrado es algo fundamental, no existe problemática real con la rebeldía. Todas las respuestas están ya dadas por esa tradición y el mito ocupa el lugar de la metafísica. El hombre en rebeldía se da antes o después de lo sagrado y volcará su dedicación en una sociedad humana en la que todas las respuestas sean humanas (razonables). Toda interrogación y toda palabra son, pues, rebeldía en la sociedad humana enfrentada a la sociedad sacralizada. La rebeldía constituye, de este modo, una de las dimensiones fundamentales del hombre y una realidad histórica.
La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebeldía (la cual, a su vez, se justifica por aquella), por lo que, si se destruye o niega aquella, la acción rebelde se convertirá en criminal. Lo mismo que no puede prescindir de su valor, el cual busca para todos los individuos, permaneciendo siempre fiel a su nobleza, la rebeldía tampoco puede deshacerse de la memoria: "Para ser, el hombre debe rebelarse, pero su rebeldía ha de respetar el límite que descubre en sí misma y en el que los hombres, al unirse, empiezan a ser".

sábado, 9 de julio de 2011

El espíritu de rebeldía

Camus se preguntaba en El hombre rebelde si negar a Dios no suponía cuestionar la misma idea de la moral y la justicia. Llegamos, así, con Stirner y con Nietzsche al nihilismo, a la destrucción de la moral como última faz de Dios. No obstante, el nihilismo de Stirner se diferencia del de Nietzsche por su vitalidad y satisfacción. El autor de El único y su propiedad no se conforma con acabar con Dios, también con toda "idea eterna", estemos hablando del Hombre de Feuerbach, del Espíritu de Hegel o de su concreción histórica y política en el Estado. Dios es una enajenación del yo, y todas sus formas y todos sus profetas no son más que distintas formas para negar al "único" que "yo soy". El yo de Stirner nada tiene que ver con ningún Absoluto, se esfuerza el alemán en particularizarlo y darle forma real. La historia vendría a ser un esfuerzo para "idealizar" lo real y, a partir de Jesucristo, esa meta está lograda, por lo que empieza otra tarea, que es "realizar" lo ideal. Todo ello es para Stirner un intento de doblegar al principio único, vivo y concreto, en nombre de una serie de abstracciones (Dios, Estado, sociedad, humanidad...). Incluso, Stirner identifica el ateísmo con otra forma de devoción eterna, ya que substituyen a la deidad por el culto al Estado o al hombre. Naturalmente, y como creo que he insisto demasiadas veces, esta visión de Stirner es objeto de muchas críticas, también dentro del mundo libertario. A pesar de ello, su obra se reedita una y otra vez, reconociendo el valor de su pensamiento, no de forma absoluta, sino como continuo contrapeso a una filosofía social nada abstracta y todo lo justa posible. Tomado de forma tajante, el pensamiento estirneriano es posible que esté más cerca de un liberalismo extremo, cuya noción de la libertad niega los vínculos sociales, y de su visión del individuo aislado y motivado estrictamente por la utilidad, que del anarquismo. Por otra parte, las abstracciones y el sometimiento humano a ellas es algo objeto de plena crítica en las ideas libertarias, de ahí el interés de este autor. El egoísmo puede adoptar muchas formas, pero en continua tensión con los valores sociales y solidarios del ser humano; nociones como "fraternidad", al igual que el mismo concepto de "amor", solo cobra sentido "real" en un ámbito de acción humana y en una praxis desarrollada por individuos particulares. La pasión destructora de Stirner, a diferencia de Bakunin, no produce un nuevo horizonte en el que todo esté por construir.

Nietzsche, al contrario que Stirner, acepta el ateísmo como "constructivo y radical", lo mismo que acepta con todas sus consecuencias el nihilismo y la rebeldía. Su rebeldía parte del "Dios ha muerto", para revolverse contra todo aquello que tiende a substituir falsamente a la divinidad fenecida, y acabar construyendo una filosofía del renacimiento. Se suprime a Dios, desde luego, pero para fundar una nueva ética y valores inéditos. Tal y como dice Onfray, en su Tratado de ateología, "sólo el ateísmo hace posible la salida del nihilismo". Camus considera que el pensamiento de Nietzsche, como un espíritu libre, pretende destruir todos los valores fundados en ilusiones (siendo culpables de ellos, tanto la religión, como el socialismo), una inteligencia lúcida debe superar el nihilismo activo gracias a un nihilismo activo. El hombre se libera de Dios, y de las ideas morales que han conducido a la resignación y al conformismo, no tiene ya dueño y lo que se encuentra es la soledad en un primer estadio, pero asume ahora todas sus responsabilidades para construir un mundo nuevo. La verdadera emancipación supone aceptar nuevos deberes en un contexto de nuevos valores que representarán a su vez al nuevo hombre. La esperanza no está ya en un terreno sobrenatural, el pensamiento de Nietzsche lleva a la divinización del hombre y del mundo, pero nada que ver ya con lo religioso y sí con un mundo real y tangible. Huelga decir que el concepto del superhombre de Nietzsche parece más que inspirado en la obra de Stirner.

Camus, en El hombre rebelde, considera la injusticia realizada con Nietzsche por su supuesta interpretación por el nacionalsocialismo. Lo que considera que es un pensamiento "enteramente iluminado por la nobleza" ha sido pervertido hasta la extenuación gracias a un desfile de mentiras. Si el predicamento del superhombre dio lugar a la fabricación metódica de infrahombre, lo que Camus reclamaba era recuperar el grito desesperado de Nietzsche a su época: "Mi conciencia y la vuestra no son ya una misma conciencia" (algo que podemos trasladar a nuestra propia época). No obstante, es posible explicar el crimen resultante del espíritu de rebeldía, si no existe un proceso de purificación posterior. Ese proceso estaba presente en el pensamiento nietzscheano de una forma metódica; si ello se olvida, la lógica de la rebeldía acaba exaltando el mal. Dicha exaltación no estriba en derribar ídolos, sino en el "todo está permitido" (decir que sí a todo), que puede acabar consintiendo el crimen. Este consentimiento adopta también otra forma, y es cuando el esclavo acepta la existencia del amo, en lugar de resistirse al mal. Recapitulando, Nietzsche representa la conciencia más aguda del nihilismo. Gracias a él, el espíritu de rebeldía salta de la simple negación del ideal a la secularización del ideal, la salvación pasa de un terreno sobrenatural a la realidad del mundo. Esta transformación del mundo implica una dirección que tiene que ser ahora humana, Nietzsche confiaba plenamente en la evolución y en el devenir. El autor de Así habló Zaratustra no es, obviamente, un pensador libertario, aunque hay que aceptar la gran importancia de este hombre en la historia de la inteligencia y de la libertad. Dentro del proceso positivo (constructivo) de su pensamiento puede haber una lectura libertaria, que a todas luces puede hacerle más justicia que muchas otras que han acabado justificando el crimen y el el totalitarismo. Nietzsche, al igual que Stirner, era tremendamente crítico con el socialismo (y la historia le dio la razón, entendiendo socialismo solo en sentido autoritario), al considerarlo una especie de visión religiosa que continuaba confiando en la finalidad de la historia. Recordaremos que el anarquismo es mucho más que una corriente socialista, y entre las autocríticas históricas que podemos realizar está este hecho reduccionista, además de la constante asunción de otras teorías emancipatorias. No podemos ni debemos arrodillarnos ante ninguna abstracción, sobrenatural o terrenal, pero tampoco ante la historia.

jueves, 7 de julio de 2011

La rebeldía metafísica

El concepto de "rebeldía metafísica" en Albert Camus, sacado de su imprescindible obra El hombre rebelde, haciendo un paralelismo con la rebeldía que efectúa el esclavo contra su amo, puede describirse como el  movimiento por el que el hombre se alza contra la condición en que le ha situado la creación. Contra el principio de injusticia que observa en el mundo, el hombre rebelde reclama el principio de justicia que lleva consigo y niega el poder que lo hace vivir en su condición actual. Tal y como lo expresa Camus, la rebeldía metafísica no se identifica totalmente con el ateísmo, ya que aquella desafía más que niega. No pretende suprimir la divinidad, sino hablarle de igual a igual. Una vez destronado Dios, se instaura el imperio de los hombres, aunque las consecuencias pueden ser terribles si se olvida los principios que habían inspirado la insurrección.

Al igual que ocurre con el ateísmo, no puede decirse que los antiguos ignoraran la rebeldía metafísica (recordemos el importante mito de Prometeo), aunque puede afirmarse que no aparece de forma estricta hasta finales del siglo XVIII. No obstante, recordemos que la visión religiosa de la antigua Grecia no suponía dos mundos separados, el de los hombres y el de los dioses, sino que ambos formaban parte de un todo separado solo por grados; era, pues, imposible la rebeldía contra el todo (contra la misma naturaleza). La rebeldía solo es imaginable contra la idea de un dios personal, creador y responsable de todas las cosas. Puede decirse que la historia de la rebeldía, así como la del ateísmo, resulta casi inseparable de la del cristianismo. No obstante, es en el Antiguo Testamento, con ese Dios cruel y vengativo, donde se gestarán las energías rebeldes. El Nuevo Testamento suavizará la figura de la divinidad y creará un intercesor entre ella y el hombre, Cristo, para responder a los herederos de Caín (tal vez, el primer rebelde, que actúa de forma criminal). Otras tradiciones, como el gnosticismo, han tratado de crear instancias intermedias para atenuar lo absurdo de un hombre miserable y un dios implacable. Son intentos para negar la tradición judaica y prevenir argumentos a favor de la rebelión, concediendo al hombre algo parecido a la idea griega de la iniciación, la cual deja al hombre todas sus oportunidades. Se trataba de hacer más asequible el mundo cristiano, algo que la Iglesia condenó abonando el terreno para los rebeldes.

La rebeldía se enfrenta en primer lugar a una figura divina implacable, la cual supone la génesis del primer crimen de la historia de la humanidad. Posteriormente, autores como Dostoievski, Nietzsche y Stirner pedirán también cuentas a una divinidad (supuestamente) benévola. Se atacará entonces esa ilusión de un Dios bajo las apariencias de la moral. No obstante, antes de estos autores hay que hablar de otras ofensivas, como la de Sade, el cual recoge los argumentos de Meslier o de Voltaire. En el caso de Sade, podemos hablar de una rebeldía fundada en el no absoluto. Puede hablarse de ateísmo en Sade, como aparece en Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, aunque principalmente hace gala de un furor sacrílego. El autor de Justine posee una idea de dios como una figura criminal que aplasta al hombre y lo niega. Aunque puede intuirse en el pensamiento de Sade el deseo de una especie de república universal fundada en la libertad (identificada con el instinto sexual), las propias contradicciones de este autor libertino hacen que se traduzca de su obra no pocas veces una negación del hombre y de su moral (al igual que hace Dios). En cuestiones políticas, solo puede identificarse a Sade con el cinismo, ya que si bien se declaró en alguna obra favorable al gobierno y a sus leyes, se dispone tantas veces a violar tal adhesión. Aunque este autor detestaba el crimen legal, su propia filosofía es una reivindicación del crimen consecuencia del vicio desenfrenado. La libertad absoluta que pide Sade supone también un envilecimiento y una deshumanización llevados a cabo por la inteligencia; al margen de la calidad literaria de sus obras, el éxito de semejante filosofía solo es explicable en ciertos ámbitos diletantes y acomodados.

El romanticismo, al igual que la filosofía de Sade, es otra rebeldía nacida del mundo literario y producto de la imaginación. De nuevo hablamos de una rebeldía que olvida su contenido positivo, y pone el acento en su fuerza de desafío y de rechazo. Los románticos identifican a Dios, y su violencia, con el bien, por lo que el hombre solo puede abrazar el mal, al igual que hizo Satán. La violencia divina está en la raíz de la creación, por lo que solo es posible responder con una violencia consciente. Tal y como lo expresa Camus, el romanticismo desafía a la ley moral y divina, pero la imagen resultante no es la de un revolucionario, sino la del "dandi". Es una rebeldía que toma la dirección de la apariencia, de la creación solitaria que rivaliza con la divina. El romántico identifica su arte con una actitud, con un intento de creación moral. Afortunadamente, en épocas posteriores la rebeldía abandonará el reino de la apariencia y se dedicará al mundo de la acción revolucionaria. Desgraciadamente, ese mismo mundo se inclinará tantas veces hacia el crimen y el apocalipsis en la forma de los procesos policiales y judiciales.

jueves, 21 de abril de 2011

El hombre (y la mujer) rebelde

"¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. (...) El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo) da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es." Albert Camus, El hombre rebelde


viernes, 15 de abril de 2011

El mito de Sísifo

Albert Camus, en El mito de Sísifo, realizó un ensayo filosófico inspirado en el conocido personaje de la mitología griega condenado a empujar una piedra enorme cuesta arriba, que una vez subida a la cima volvía a rodar cuesta abajo. Camus, preocupado por lo absurdo de la existencia, utiliza la metáfora del mito para cuestionar la utilidad de la vida, a la cual solo puede dar sentido el hombre rebelde. Éste, se rebela contra Dios o el amo, es el hombre que dice no. Decir no, no supone renunciar, sino generar una nueva conciencia y luchar por lo que es preferible frente a lo que no lo es. Se apuesta por ser consciente de la finitud de la vida, sin falsas trascendencias, por otorgar dignidad y sentido a la existencia.



miércoles, 6 de enero de 2010

Camus

Hace pocos días, se ha cumplido el 50 aniversario de la muerte de Albert Camus, en desgraciado accidente de coche y a temprana edad. Fue un hombre lúcido y honesto que, a diferencia de muchos otros intelectuales de su tiempo, denunció la represión en cualquier régimen y en cualquier ideología. En el campo filosófico, la figura de Camus se asoció al existencialismo cuando esta tendencia se encontraba en un periodo álgido. A ello contribuyó el hecho de que los temas que trató en sus novelas (El extranjero, La peste...) y en sus ensayos (el más conocido es El mito de Sísifo) fueron también tratados por autores existencialistas. Pero los expertos afirman que existen importantes diferencias entre los existencialistas y Camus, ya que éste no trata de hacer filosofía (o, al menos, metafísica). Camus escribió que la metafísica, o cualquier creencia, no entran en la descripción de "un mal del espíritu" en "estado puro". El problema filosófico auténticamente serio para Camus es la posibilidad del suicidio, debido al divorcio que establece el hombre con la vida producido por el absurdo de un mundo sin sentido. Pero Camus niega tal posibilidad, si el hombre desaparece el mundo permanecerá tal como está, por lo que de lo que se trata es de otorgarle sentido.

Para Camus, filósofos como Kierkegaard, los fenomenológicos y Heiddeger han atendido la "llamada" del hombre por un mundo con sentido, pero ante la sinrazón silenciosa del mundo continúa existiendo el absurdo y la tentación del suicidio. Clave resulta también para el francés el imperativo de no sucumbir ante la tentación del nihilismo. El hombre, ante su alienación, debe aceptar dicha situación para salir de ella eludiendo dos peligros: la autoeliminación y la mera creencia. Camus razonó que el suicido, la tentativa de sucumbir ante esa confrontación desesperada entre la interrogación del hombre y el silencio del mundo, y el crimen, producido también ante esa confrontación, eran la misma cosa, por lo que hay que tomarlas o dejarlas conjuntamente. No habla Camus del suicida que lleva a cabo su acción en soledad, y por tanto preservando algún valor y negando la fuerza sobre los otros, ya que no existe en tal caso una negación absoluta. Dicha negación solo acaba con la destrucción de uno mismo, pero también de los otros, una destrucción absoluta.

Pero el reconocimiento de lo imposible de esa negación absoluta parece conducir a un nuevo absurdo (una nueva contradicción, en suma), a una situación en la que el crimen ni es legitimado ni parece totalmente evitable, lo que Camus describe como una situación (y una época, la que le tocó vivir) "enardecida de nihilismo". Camus se vuelca en negar ese mantenimiento en el absurdo, en pedir que no se niegue su verdadero carácter, que es ser "un paso vivido, un punto de partida, el equivalente, en la existencia, de la duda metódica de Descartes".

Para Camus, lo que diferencia al movimiento de rebeldía de una revolución, es que ésta tiene aspiraciones políticas y económicas. En la teoría, la palabra revolución posee el mismo sentido que en astronomía: "movimiento que se cierra sobre sí mismo, que pasa de un gobierno a otro después de una traslación completa". La revolución empezaría a partir de la idea, con su inserción en la experiencia histórica, mientras que la rebeldía es el movimiento que conduce de la experiencia individual a la idea. Camus afirma que si la rebeldía mata hombres, la revolución eliminará tanto hombres como principios. Tal vez no haya habido una revolución definitiva en la historia, ya que solo podría haber una en este sentido. Con la constitución de un gobierno, el movimiento que quiere cerrar el círculo da lugar a otro nuevo en ese mismo instante. Camus menciona a los anarquistas al asegurar, en la línea antes mencionada, que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. Proudhon dijo que un gobierno revolucionario supone una contradicción debido a su propia condición de gobierno. Un gobierno revolucionario es sinónimo, como la historia ha demostrado, de ambiciones imperialistas y de un estado de guerra permanente. La confianza que existía en el siglo XIX en la emancipación progresiva del género humano hace que se contemplen las revueltas sucesivas que ha dado la historia como un intento de encontrar su forma en la idea, sin que se haya llegado aún a la revolución definitiva (lo que supondría, tal vez, el fin de la historia).

En El hombre rebelde, escrito en 1951, Camus niega la posibilidad de una rebelión "metafísica" o realizada en nombre de la realización de un "ideal", ya que acaba desembocando en una nueva esclavitud. Hay que entender el pensamiento de Camus y situarlo en el contexto de una terminología filosófica. En nombre de un "absoluto" se acaban realizando las mayores injusticias, el hombre debe buscar la rebelión en su nivel, en el plano humano. Por muy nobles que sean los propósitos de una causa, por muy humanista que sea el contenido de una rebelión, el mal llegará cuando se substituye al hombre real (de carne y hueso) por el hombre abstracto. Los mayores campos de esclavos han invocado a la libertad, los más grandes genocidios se realizan en nombre del amor al "hombre" y por una inclinación a lo superhumano. Se produce así la negación de la rebelión en su intención original, la negación de la vida y la llegada al absurdo y a la destrucción. Camus escribió: "En el mediodía del pensamiento la rebelión rechaza, así, la divinidad para participar de las luchas y el destino comunes".

domingo, 12 de julio de 2009

El deseo de rebelión

Puede decirse que la rebelión anárquica rechaza una concepción de la vida basada en el conservadurismo, el miedo, la estrechez, la mera supervivencia, los caminos ya transitados, y sí apuesta por un desarrollo de las fuerzas y por crearse su propio camino. La voluntad de vivir no puede verse bloqueada por determinadas condiciones materiales o espirituales, ello da lugar a esa rebelión, a una lucha que bien provoca la transformación o bien ve aplastada la propia vida. Hay quien dijo que la primera expresión de la anarquía es este choque de un impulso vital contra las estructuras que se oponen a su despliegue, contra toda autoridad o poder constituidos contrarios al desarrollo que llegará tras aquel impulso. La rebelión puede tener un sentido de desesperación, el cual desemboca a veces en una explosión de violencia (la cual nunca es buena ni soluciona nada por sí sola, en mi opinión, aunque hay que considerar la concentración de fuerzas que siempre realiza el poder político y los males de la jerarquización social), aunque no hay que negar que algunos anarquistas la han considerado frente a un orden inadmisible. Solo así puede entenderse la frase de Bakunin "La alegría de destruir es una alegría creadora", pero recomiendo enérgicamente, para la salud mental y para la preservación de la inteligencia, no tomar al pie de la letra lo que pudiera decir cualquier autor y sí tratar de profundizar en los motivos que llevaron a afirmar tal cosa. No creo en la trascendencia de ningún concepto, ni siquiera, o menos aún, hablando de la revolución o de la anarquía, por lo que apostar ciegamente por ello puede ser contrario a la rebelión libertaria. Frente a un poder aplastante y totalizador, puede ser una opción la búsqueda de un desorden que haga surgir de nuevo el deseo de libertad, pero solo como un desesperado recurso que impulse la vida popular y posibilite su desarrollo. No es necesario aclarar que el ideal anárquico nada tiene que ver con el desorden y el caos, y sí con la aspiración a un orden nuevo en el que la igualdad social sea un hecho y la libertad individual constituya un valor supremo que no se vea enfrentado con la organización colectiva. El poder político tiende a ser más sutil en los regímenes democratico-liberales, sin menospreciar otros modos de dominación que obstaculizan el desarrollo del pensamiento y de la conciencia, por lo que los motivos de la falta de proliferación de una rebelión anárquica son dignos de estudio (no vale ya el victimismo plañidero por una sociedad que no es la que nos gustaría, las quejas constantes que buscan motivos externos, la legitimación de medios ajenos al anarquismo). Creo, una creencia que pretende no ser ciega, en que en todo ser humano hay un deseo legítimo de rebelión y de deseo de una vida mejor para sí mismo y para los demás, pero despertar los mecanismos que despierten esa conciencia no parece tarea fácil (la propaganda honesta resulta una gota en el oceáno ante el maremágnum de información inconsistente). Esa ansiada rebelión sería la explosión de una energía vital comprimida, un primer movimiento que afirmará determinados valores. Albert Camus dijo que la conciencia nace con la rebelión, en la que el ser humano se da cuenta de que no puede ser cosificado, de que lo inhumano no es tolerable. Así, el rebelde no admite ya que sus posibilidades de desarrollo, de elección o de rechazo, su propia autodeterminación, se vea ya mermada o negada. Sería ya el inicio de una lucha en nombre de la integridad; una exigencia de libertad, la cual sería la tensión esencial de su ser. Camus consideró que esa rebelión puede ser en un principio confusa, pero acaba despertando un sentimiento común en todos los hombres, una razón de obrar sustentada en la solidaridad de los oprimidos. Es por eso que la rebelión, despertando a la conciencia de sí mismo y de los demás, afirmando la ruptura con lo instituido en nombre de valores humanos superiores, hace surgir una comunidad nueva en la que el opresor no tiene ya cabida por su falta de humanidad. Esta nueva sociedad puede y debe ser libertaria (aunque, obviamente, toda rebelión no desemboca en el anarquismo), ya que sería la única que no traiciona sus fuentes originarias y que no niega la posibilidad de un horizonte mejor. El anarquismo confía en esa rebelión que concluye que la existencia humana no tiene sentido sin la libertad, pero debe seguir contribuyendo a afirmar la realidad (social e individual, alimentadas mutuamente) en base a esa libertad. Es toda una filosofía práctica de vida: la libertad no es real si no está sustentada en el comportamiento y la acción cotidianos. Es la gran pregunta a hacer a las personas, si nuestra conciencia, la ausencia o no de rebelión, la imposibilidad de detectar los obstáculos que imposibilitan nuestro desarrollo, están condicionados o no por motivos externos, por nuevas formas de determinación sin mucho que ver con nuestro verdadero ser.

jueves, 5 de febrero de 2009

Rebeldías posibles, realidades probables

¿Hay suficientes motivos para rebelarse contra el orden social y político? ¿Por qué seguimos "actuando" a diario como si viviéramos en el mejor de los mundos posibles? Miento. Creo que la mayor parte de la gente tiene cierta consciencia de que vive en el sistema menos malo, un sistema plagado de injusticias, pero sin alternativas posibles. La praxis de otros regímenes, que han tratado de implantar una estructura racional desde la planificación y desde la voluntad de dominación de una élite, ha desembocado en una realidad totalitaria, gris y tristemente represiva. El estancamiento y fracaso de dichos regímenes se ha debido a que la libertad, o cierta apariencia de libertad, demuestra ser esencial para la dinamización de la estructura social. La gestión sociopolítica no es cosa del hombre de la calle y, de ese modo, tal vez piense y actúe como si las atrocidades que se asoman a nuestro mundo le fueran ajenas. La política es un ámbito de la realidad que le trasciende (de ahí, tal vez, que gran parte del vulgo abomine de la política). Al contrario, el sistema económico se llama liberal, pero ejerce un poder también totalitario, otorga la ilusión de cierta gestión privada del pastel a cambio de que aceptes sus presupuestos autoritarios y socialmente desigualitarios; asimismo, fagocita cualquier propuesta que sobre el papel se presente como alternativa (la rebeldía, si negocia, ya no merece ese nombre; la posibilidad de revolución solo admite la fuerza como motor y, al menos en nuestra era, ello desemboca en un orden igualmente violento y autoritario). No obstante, esa posibilidad de gestión "privada", al contrario que en el ámbito sociopolítico, unido a cierto determinismo científico y técnico que marca también el ocio del ciudadano, hace que tampoco el capitalismo tenga un rival de altura. Existen motivos para rebelarse contra un orden injusto (y, tal vez, con mayor motivo que en el pasado), pero se nos quiere negar el campo donde abonar esa rebelión. Nuestras capacidades son, casi con total seguridad, las mismas que hace siglos, por lo que la posibilidad en potencia existe; desgraciadamente, nuestras debilidades también son las mismas, por lo que pensamos y actuamos determinados por una sociedad de la información (que no del conocimiento) y del espectáculo, así como por un poder político de apariencia liberal que nos trasciende, No resulta fácil establecer el grado de lucidez y de sacrificio que requiere elaborar un discurso moral y político y, consecuentemente, llevar a cabo una acción. Yo, a pesar del enorme monstruo que nos rodea y nos permite sobrevivir, soy optimista. Pienso que cualquier pensamiento, cualquier acto, puede impregnar el espíritu de cualquier persona, rebelde en potencia. Combatir la banalidad, el placer inmediato y la evasión fácil que se asoman constantemente a nuestros momentos vitales no es sencillo. Indagar en el pensamiento lúcido, perseguir la medida de lo razonable o ir abriendo camino para el acto moral es una tarea de proporciones solo comparables a la satisfacción que puede proporcionar.

sábado, 13 de diciembre de 2008

La radicalización, o no, de la juventud

No soy nada dado a las justificaciones apriorísticas que tanto gustan a los que se llenan la boca de democracia, defensores de nuestro sistema socio-político. Es más, cuando tantas veces se me exige que condene ciertos hechos violentos, con un claro deseo de ponerlos al mismo nivel de las desmesuras policiales, pues sencillamente no me da la gana de realizar la susodicha condena, que no es más que un análisis superficial de un determinado conflicto social. Y que conste que, aunque pueda parecerlo, no estoy hablando del grupo terrorista ETA -la ausencia de condena a las odiosas acciones de esta banda armada, por parte de la mal llamada izquierda abertzale, no es más que un subterfugio y un acto de cobardía más-. Dicho esto, que detesto las justificaciones -los que las piden siempre ponen la sospecha en determinadas ideas-, afirmaré con rotundidad que detesto profundamente la violencia y también el terrorismo, aunque hay que recordar que éste tiene como fin sembrar el terror con fines políticos -por lo que no se puede calificar como tal cualquier conato de violencia social-.
Los disturbios que se están produciendo en Grecia no pueden tener una lectura unidimensional, tal y como aparece en la mayoría de los titulares mediáticos. Aunque el detonante haya sido una nueva desmesura policial -concretada en la muerte de un chaval a manos de una policía griega que, por los visto, es de lo peor-, la situación social, política y económica de Grecia -¿acaso estos tres términos no van finalmente unidos y merecen una lectura profunda?- era caldo de cultivo para el conflicto y la insurrección. Condeno la violencia, desde un punto de vista moral y también utilitarista, pero resulta comprensible e inevitable cuando nace de la injusticia social, de la desesperación y de la hartura de la clase política (dirigente). Las acciones violentas son un peligro -inmediato, y también de instituir formas más graves de dominación-, sí, un camino equivocado que no conduce a ninguna parte y hay que tener la cabeza muy bien amueblada en según qué cirscunstancias para comprenderlo. Atribuir la violencia únicamente a la estupidez o maldad de las personas es, tal vez, una lectura simplista sin mucha cabida en este caso.
Desgraciadamente, a la sociedad española la caracteriza la apatía y la desmovilización política -aunque yo todavía me muestro esperanzado y hay algunos motivos de vez en cuando para estarlo-. La esperanza que supuso la etapa de la Transición, con la posibilidad de abrir nuevos caminos políticos, plurales y libertarios, se fue al traste en un proceso que muy bien pudo estar estudiado -y que tuvo su colofón quizá en los primeros gobiernos socialistas, y en una reforma laboral que supuso la consolidación del capitalismo-. El resultado es una juventud desactivada -excepto para cuestiones opiáceas como el fútbol o el botellón-, que sufre de problemas tan vitales como el trabajo basura, la imposibilidad de una vivienda digna y una calidad de enseñanza patética. Los jovenes, como la propia sociedad en su conjunto, se embriagan con la banalidad más absoluta y son incapaces de buscar nuevas formas de motivación y de lucha.
La radicalización de la juventud -y empleo aquí la acepción positiva del término, la que alude a la profundización- debe ser un fuerza dinámica que conduzca hacia una situación más justa y libre, menos autoritaria -que se traduce en una reducción considerable de la violencia social, tal vez su erradicación total sea una utopía perseguible-; la constante demonización de "lo radical", por parte del sistema, observa solo la parte extremista e intransigente de algunas de esas actitudes y eluden la necesidad constante de profundizar en los problemas sociales. Conciliar esa profundización con la pluralidad, con la no imposición al otro -y el reconocimiento en el otro- es el gran camino que considero que debe adoptar la humanidad. La acción rebelde, tal y como comentaba en la entrada anterior, me parece encomiable y bien diferenciada de la acción criminal. Estoy seguro que la inmensa mayoría de la juventud griega tiene una motivación de este tipo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La acción rebelde enfrentada a lo sagrado

Albert Camus afirmó que un hombre rebelde es aquel que dice no -a alguna intrusión considerada intolerable-, pero también sí -a un derecho que considera justo-. En todo movimiento de rebeldía se da, de manera tácita, un juicio de valor a preservar en medio del peligro. El hombre rebelde adquiere, con su acción, conciencia de un bien -por ejemplo, la libertad- y admitirá el mayor de los sacrificios si ha de ser privado de esa consagración. Es un valor que considerará común a todos los hombres, incluido aquel que lo transgrede oprimiendo a sus semejantes: "la comunidad de las víctimas es la misma que la que une a la victima con el verdugo, pero el verdugo no lo sabe". La rebeldía nace, pues, en el oprimido, pero también puede producirse al observar el perjuicio en el otro; se trataría de una "identificación con el otro" o "reconocimiento en el otro", incluso en hombres que el rebelde puede considerar adversarios, por lo que la rebeldía va mucho más alla que la mera comunidad de intereses.
Camus consideró, en su imprescindible obra El hombre rebelde, que el problema de la rebeldía solo cobraba sentido en el pensamiento occidental, ya que su espíritu surge solo donde igualdades teóricas encubren desigualdades de hecho. En las sociedades modernas, gracias a la teoría de la libertad política, se ha producido un incremento de la noción de hombre -debido a la práctica de aquella libertad, y de su insatisfacción correspondiente-. De este modo, la conciencia acerca de sus derechos será propia del hombre informado; la conciencia del ser humano va aumentando a medida que crece su experiencia, pero la práctica de la libertad no tiene un crecimiento proporcional al de su conciencia.
En las sociedades sujetas a una tradición, en las que lo sagrado es algo fundamental, no existe problemática real con la rebeldía. Todas las respuestas están ya dadas por esa tradición y el mito ocupa el lugar de la metafísica. El hombre en rebeldía se da antes o después de lo sagrado y volcará su dedicación en una sociedad humana en la que todas las respuestas sean humanas -razonables-. Toda interrogación y toda palabra son, pues, rebeldía en la sociedad humana enfrentada a la sociedad sacralizada. La rebeldía constituye, de este modo, una de las dimensiones fundamentales del hombre y una realidad histórica.
La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebeldía -la cual, a su vez, se justifica por aquella-, por lo que, si se destruye o niega aquella, la acción rebelde se convertirá en criminal. Lo mismo que no puede prescindir de su valor, el cual busca para todos los individuos, permaneciendo siempre fiel a su nobleza, la rebeldía tampoco puede deshacerse de la memoria: "Para ser, el hombre debe rebelarse, pero su rebeldía ha de respetar el límite que descubre en sí misma y en que los hombres, al unirse, empiezan a ser".