domingo, 17 de abril de 2016

La maleabilidad del ser humano y el statu quo

Cuando hablamos de la "condición humana", y aunque no empleemos ese término, no nos deberíamos referir nunca a unos rasgos inamovibles en el ser humano; al menos de un par de siglos a esta parte, hablar de una naturaleza en el hombre, de unos rasgos inherentes, es algo sometido a una feroz crítica.

A pesar de que obviamente poseamos unas características biológicas determinadas, es la manera de hacer frente cada persona a los acontecimientos posteriores en su vida lo que da lugar su condición específica. Desde este punto de vista, la condición humana aparece determinada por el conjunto de las experiencias del ser humano. Si a estas alturas no hay respuestas definitivas sobre la existencia o no de una "naturaleza humana", como de cualquier otro concepto metafísico, hay que volcar nuestro esfuerzo en el estudio del ser humano y de su comportamiento de un modo estrictamente científico. Desgraciadamente, la religión sobre todo, muchas corrientes filosóficas aparecen como culpables de la insistencia en una naturaleza fija e invariable en los seres humanos; las consecuencias son nefastas, ya que no hay lugar para un pensamiento amplio y para el libre examen, aparecemos una vez más
maniatados por una "idea" conservadora sobre el hombre y la sociedad. A nivel coloquial, podemos observar una y otra vez en las personas el legado de ese pensamiento conservador, inamovible, con la insistencia una y otra vez en cierto determinismo originado en la condición humana. Las personas más conservadoras insistirán en el lado más negativo del ser humano, algo que favorece siempre el statu quo y que impide una profundización en los problemas sociales de todo tipo; en el otro polo, no hay que hablar tampoco de una naturaleza benévola, ya que a poco conduce. Existen condiciones de una u otra índole en el ser humano, algunas obviamente destructivas, aunque hay muchas posibilidades de potenciar los rasgos más cooperantes y constructivos. Para ello, requerimos de una sociedad integradas por individuos conscientes de sus capacidades intelectuales, dispuestos a dar un mayor horizonte a la racionalidad.

Hay que comprender que cada ser humano aparece moldeado por la sociedad y el mundo que conoce. A nivel económico, con el capitalismo, y en el ámbito político, con el culto al Estado, solo podían generarse individuos con una fuerte tendencia a la enajenación (dominados por fuerzas externas e incapaces de enfrentarse a una realidad concreta). Los rasgos originales del sistema capitalista fueron la acumulación y la explotación, la búsqueda de rentabilidad económica como principal motor de la vida. Tal y como señaló Erich Fromm, el capitalismo contemporáneo ha generado sobre todo individuos pasivos en sus momentos de ocio, deseosos de consumir cualquier cosa de manera superficial. Ese ser humano dócil, que vuelca su capacidad cooperativa en una producción económica que le es ajena, aparece como fácilmente influenciable en lo mediático y político; a pesar de ello, es posible que se sienta libre en independiente, que crea que ninguna autoridad o fuerza moral le condicione, y sin embargo la realidad es que podrá ser guiado con suma facilidad para que acepte el mundo que le ponen ante sus ojos. Esta situación, lúcidamente analizada por Fromm hace años, aparece potenciada por una sociedad en la que la tecnología ha contribuido a la deshumanización (a separarnos de nuestra realidad concreta, a enajenarnos). La crisis periódicas del capitalismo, inherentes al sistema y debidamente manipuladas por los poderosos, solo aumentan esa situación de enajenación con el añadido de pérdida de derechos de todo tipo. Resulta alarmante observar a gran parte de la población aceptar sin la mínima protesta esa pérdida de derechos, que no se ha producido únicamente en supuestos periodos de crisis, y apuntalar además a una clase dirigente confiando en que serán capaces de dar solución a algo. Para mejorar la sociedad, que moldea al individuo, hay que profundizar en demasiados males, que no son ni mucho menos coyunturales. Son muchas las barreras que impiden que se generen individuos conscientes, con una renovada y poderosa conciencia sobre los problemas del mundo, mientras que es mucho más habitual la docilidad y pasividad frente a hechos que son moralmente reprobables.

La propia existencia del Estado, que aparece como "necesaria" para muchos, supone la obvia proyección en el individuo de sus sentimientos sociales; la política aparece meramente como la gestión de una institución estatal en que, solo de manera formal, cada ciudadano se muestra demócrata y cooperante (mientras que lo que subyace es la sumisión y aceptación de un mundo que le es ajeno). Así, las potencialidades del ser humano, la potestad de cada uno para desarrollar sus facultades (no hay que confundir con el poder sobre otras personas), su coraje o su intelecto, se proyectan a esa clase dirigente que gestiona el Estado; de nuevo la enajenación, principal rasgo de la sociedad contemporánea (que moldea al ser humano, insistiremos una y otra vez), cumple su debida función. Aunque resulte peculiar hablar de trabajo, ahora que tantas personas carecen del mínimo salario para sobrevivir, hay que insistir en ese proceso de enajenación también en la producción económica. No es que el ser humano tenga determinada naturaleza que le empuja a esa situación de enajenación, a dominar o a ser dominado (y ambas posturas, que se alimentan mutuamente, son propias de individuos patológicos), sino que es el propio mundo que habita el que le moldea. Un primer paso personal para romper esas cadenas puede ser hacerse preguntas, profundizar e indagar, reflexionar sobre esas potencialidades que proyectamos hacia otros a todos los niveles (más obvia en el caso de la religión, por hacerse hacia un plano sobrenatural, pero la idolatría es posible que sea la misma). Volviendo al tema inicial de la naturaleza humana, hay que comprender que todas esas características de la sociedad contemporánea, proclive a la enajenación, han conducido al individuo a actitudes que se han acabado aceptando como propias de su condición. Un ejemplo es lo que Fromm llamaba el anhelo de la "holganza completa"; algo tan inmoral como esto, la holgazanería absoluta en un mundo imperfecto en el que muchos sufren, cuando el trabajo debería tener un función liberadora, da idea del mundo en que vivimos.

Recordemos una y otra vez que el ser humano ha pasado por muchas etapas y por muchos tipos de sociedad; en gran medida, es producto de todos esos acontecimientos. En culturas del pasado, el hombre se mostraba impotente ante las fuerzas naturales, lo que dio lugar a evidentes funciones de idolatría en entes sobrenaturales (las religiones modernas no son más que un residuo de todo ello). En la sociedad contemporánea, de nuevo parece mostrarse inerte ante fuerzas económicas y sociales que le sobrepasan; también en este caso hay todo tipo idolatría, en el caso de figuras políticas o de cualquier otro tipo, así como en objetos materiales (que cree poseer y que es posible que se vea poseído por ellos). Solo es posible generar individuos sanos y cuerdos creando una sociedad ajustada a las necesidades del hombre, en la que las relaciones sean verdaderamente fraternales y solidarias (no falsos vínculos nacionales, que es otra muestra de enajenación), en la que las verdaderas potencialidades del ser humano hallen su máximo desarrollo, en la que se fomente la cooperación, la creatividad y el deseo de mejorar humanamente (frente al inaceptable conformismo de gran parte de la sociedad). No es una confianza en una naturaleza benévola del ser humano, ni negar que siempre existirán conflictos y contradicciones, es conocer que la sociedad no tiene necesariamente que potenciar su lado más negativo y sí potenciar lo constructivo que también posee. Tal y como escribía Erich Fromm sobre esa posible sociedad: "Una vez que haya superado el estado primitivo del sacrificio humano, sea en la forma ritualista de las inmolaciones humanas de los aztecas o mayas o en la forma secular de la guerra, cuando haya sido capaz de regular su relación con la naturaleza de manera razonable en lugar de ciegamente, cuando las cosas se hayan convertido verdaderamente en sus servidores y no en sus ídolos, entonces tendrá ante sí los conflictos y problemas verdaderamente humanos; deberá ser temerario, valiente, imaginativo, capaz de sufrir y gozar, pero sus fuerzas estarán al servicio de la vida, no de la muerte. La nueva fase de la historia humana, si es que llega a ocurrir, no será un final sino un nuevo comienzo".

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