domingo, 7 de agosto de 2016

La crítica permanente a la dominación y el dogmatismo

La crítica libertaria a cualquier estructura de dominación implica una búsqueda amplia del campo de experimentación humana, contingente y no trascendente, así como un cuestionamiento permanente de toda certeza absoluta; especialmente, si se presenta con falaces máscaras de emancipación.

Albert Camus dijo: "pese a todo, hay que imaginar a un Sísifo feliz, su recompensa no está en culminar la meta, sino en el propio esfuerzo desplegado para caminar hacia una meta que sabe inalcanzable". Todo es movimiento en la vida, flujo y reflujo, y deberíamos rechazar las tramposas falacias de los "lugares de placidez". Deberíamos tener presente, de manera constante y no necesariamente con un "programa" apriorístico, ese "proyecto revolucionario" (por llamarlo de algún modo) que implica una mejora constante en nuestras vidas y que se muestra en permanente tensión ante lo instituido del mundo sociopolítico y ante las certezas de todo pensamiento. Es el anarquismo, en su perfecta síntesis entre sus orígenes modernos y su futuro posmoderno, el movimiento que mejor asume la falta de asideros de esta época. Porque esa, en principio, falta de seguridad y estado de confusión permanente que supone la posmodernidad parece anular los postulados de la modernidad.

Sin embargo, todos somos herederos de aquella época y de sus pretensiones. Seguimos observando tremendos desastres en el mundo, debidos especialmente a la dominación política, y la falta de un terreno firme donde desenvolvernos puede ser motivo para la esperanza. Me explico, los anarquistas han sido, casi con seguridad, los que más han insistido en ese movimiento presente en todos los ámbitos de la vida, en la más bella y prágmatica concepción del progreso, por lo que la ausencia de un suelo firme (léase, dogmas de cualquier clase) es motivo para reivindicar, no la ausencia de algo sólido sobre nuestros pies, sino la posibilidad de ensanchar el camino y multiplicar su existencia. El ser humano parece tener necesidad, de algún modo, de certezas y seguridades, por lo que la posmodernidad tiene una doble cara y nos muestra un nihilismo frívolo y vacuo (y tal vez estos apelativos suponga caer en el pleonasmo). El nihilismo, tal y como yo lo observo, es una tensión permanente contra todo pretensión absolutista, la ausencia de creencias supone trasladar al plano humano toda deliberación (y toda liberación), lo que supone al mismo tiempo tender a cualquier aspiración. Esto es, potenciar lo terrenal, tal y como deseaban tantos pensadores modernos.

Rechazar a todo "profeta de la certeza" (tal y como lo expresa Tomás Ibáñez) es crear un terreno en el que nos veamos obligados a razonar, de la manera más amplia posible, y cooperar con nuestros semejantes en busca de constantes acuerdos. Obviar a toda clase mediadora en este cometido es seguir confiando de algún modo en la lucha de clases (en el socialismo, si lo queremos llamar así, conceptos tan cuestionados por la posmodernidad). El único socialismo con futuro, según estas premisas, es el anarquismo. Los mismos que nos critican por seguir confiando en ese proyecto revolucionario y libertario, con todas las herramientas con las que podemos dotarnos y con la razón y la ética como únicas banderas (por lo que jamás podrá tener cabida el autoritarismo), son los que luego acaudillan una concepción falaz del progreso y acaban justificando cualquier dominación política (sustentada, en mayor o en menor medida, en certezas).

Una de esas herramientas que siempre combatirá el autoritarismo es el conocimiento; mi actitud vital supone aceptar la constante fluctuación de ese conocimiento y no tanto fascinarme por sus resultados. Es lo que yo llamo tantes veces "expansión del conocimiento" con intenciones emancipadoras, lo que no supone caer, como está sucediendo ahora en nuestra sociedad, en alguna suerte de relativismo. Es decir, la falta de asideros a grandes verdades no debería conducirnos a agarrarnos a otras, tal vez más sugerentes por presentarse de manera atractiva o novedosa. La aceptación de la diversidad y de la particularidad debe ser garante también de lucha contra el dogmatismo. Es humano, y bueno seguramente para nuestro espíritu y salud mental, aceptar lo bueno de tantas cosas que se nos presentan en la vida. Pero también indagar en todo ello, tratar de comprender los mecanismos de producción del conocimiento. Ser crítico obliga a ello, lo que quiere significar caer en el desprecio hacia todos los logros de la civilización.

Es decir, el eclecticismo y el multiculturalismo propios de la posmodernidad, y tan apreciables como punto de partida, se mantienen a salvo de nuevos absolutismos gracias a esa constante crítica e indagación. No me gusta el desprecio, tantas veces enmascarado con actitudes contrarias al sistema establecido, de ciertas vías del conocimiento en aras de elogiar y primar otras supuestas verdades (minoritarias o aparentemente proscritas). Desechar sin más los paradigmas establecidos, sin una consistencia crítica, nos conduce a los dos polos: a un nuevo dogmatismo o a un relativismo vacío y sin pretensiones. Permitir que los programas de investigación se desarrollen adecuadamente, antes de emplear una crítica corrosiva, es también dar mayor horizonte a la razón y al conocimiento. Una de las grandes características de la modernidad fue la predominancia de la producción del ser humano, y para ello hay que ampliar el campo de investigación y utilizar adecuadamente lo establecido.

Dentro de las señas de identidad del anarquismo, tal y como yo lo observo, están esas pretensiones de crítica constante, pero también de "crítica a la misma crítica", de llamada a una reflexión continua y de rechazo a toda pretensión trascendente. Ello supone confiar en nosotros mismos, los seres humanos con sus grandezas y sus vilezas, su potestad y sus limitaciones, y dejar todas las preguntas en un plano humano y contingente. Naturalmente, también dentro de las ideas libertarias que nos ocupan, esta traslación de todo problema al ámbito de deliberación humano obliga a un mayor compromiso con los valores y con los medios; con la adecuación de una ética, definitivamente humana, a los fines propuestos. La propuesta del anarquismo, y evitaremos ya los calificativos de moderno o posmoderno, debería ser la de una filosofía con una horizonte amplio, siempre inquieta por permanecer demasiado tiempo en algún lugar. No hay respuestas definitivas, por mucho que vayamos necesitándolas en nuestro día a día. Partimos de esa gran crítica a la modernidad que supone confiar de manera ciega en el conocimiento, en la producción, como un instrumento de emancipación.

Salvaguardados de cualquier tipo de dogmatismo, insistiremos en un mayor campo para la experimentación humana con la crítica permanente a las estructuras de dominación. Es algo que pensadores anarquistas como Tomás Ibáñez no observan como una obligación moral y sí como una búsqueda de dar sentido a la vida, a nivel individual y también colectivo, de encuentro con los otros. Si la razón o la ciencia forman parte de esas estructuras de dominación, especialmente en tiempos de una revolución tecnológica que abre nuevos abismos en la humanidad, la prioridad es debilitar todo poder desarrollado en ese sentido y posibilitar nuevas prácticas libertarias para el conocimiento (sin reproducción alguna de nuevas estructuras de dominación). La gran propuesta, asumiendo la crítica al conocimiento como elemento liberador, es desarrollar esas prácticas que debiliten a la ciencia (en la que una vez se confíó excesivamente) como instancia dominadora. Por el camino, mucho más frondoso que en el pasado reciente obligándonos a una tarea mucho más ardua, seguimos creando herramientas críticas contra toda autoridad coercitiva. No obstante, debemos ser críticos también con ello y asumir sus limitaciones.

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