domingo, 4 de mayo de 2008

Luto nacional

Tras el fallecimiento del que fue presidente del Gobierno durante el intento de golpe de estado de 1981, todo son loas a su figura y a la "modélica" Transición de este país. La pérdida humana siempre es lamentable, y nada tiene que ver la desaparición de este hombre con la mirada crítica hacia alguien que tuvo una tremenda relevancia política y hacia un periodo que constituyó un nuevo fraude en la historia de España. Si alguien de "a pie" palma y se empeñan en repetir una y otra vez lo buena persona que era (siendo muy cuestionable la mayor parte de las cosas que hizo en vida), allá ellos. Pero hay que tratar de poner al mismo nivel el tono crítico de nuestra historia reciente con el pelotilleo mediático, cuando estamos hablando de una figura política (cuestionable per se), que encima se utiliza para legitimar un sistema político, constituido por una seudodemocracia (así hay que decirlo, una democracia electiva, que ni siquiera cumple con lo que pretende formalmente), una monarquía anacrónica (parece que, según declaró recientemente el fallecido ex-presidente, los trasnochados eramos los críticos con la figura de un rey) y una Constitución votada hace treinta años (entonces, ni siquiera eran una mayoría de españoles, ahora, ni te cuento). Calvo Sotelo fue otro residuo del franquismo (sí, repito, así hay que decir las cosas, de forma clara y radical, basta de tapujos) y es característica su figura en un país que ha pretendido pasar "modélicamente" y sin traumas del oscurantismo dictatorial a la tecnocracia "democrática". Leopoldo Calvo Sotelo fue un hombre que pasó por altos cargos, en la empresa privada y en la política, y presumió de no haberse contagiado de poder; cualquier analista, con una mínima visión libertaria, sabe que eso es una simple falacia encubierta de retórica. El que presume de no haberse "emborrachado" de poder encubre una aceptación apriorística de cualquier sistema de dominación (que será más o menos evidente, dictatorial o presuntamente democrático). Calvo Sotelo, insisto, era un ejemplo perfecto de la deriva política de este país; capaz de recordar sin vergüenza su admiración por el fascista Jose Antonio o abrazar a partes iguales, según convenga, el intervencionismo estatalista o el liberalismo capitalista. Que las personas cercanas a Leopoldo Calvo Sotelo lloren su pérdida, y valga mi más sentido respeto. Pero, por favor, basta de utilizar su recuerdo para idealizar una Transición en la que pocas cosas cambiaron para que siguieran los de siempre, basta de fraudes históricos y un poquito más de memoria. Es la única forma de no seguir ocultando nuestras excesivas miserias y construir un futuro mejor.

1 comentario:

César Galiano dijo...

En treinta años no he oído ni una sola palabra en su favor. Calvo Sotelo fue un presidente más que mediocre, gris, puesto a dedo y cuyo corto gobierno no tuvo la menor trascendencia en la historia de nuestro país. Ahora que ha muerto, sin embargo, se habla de él como si hubiese inventado la mayonesa.