sábado, 15 de noviembre de 2014

El anarquismo después de la Primera Internacional

Después de la división en el seno de la Primera Internacional, llegarán unos años en los que el anarquismo, como movimiento de masas, sufrirá un retroceso. A pesar de ello, continúan multitud de notables publicaciones y actividades libertarias, pero el anarquismo debía comprender que no puede replegarse en ningún purismo doctrinario, por lo que debe tratar de ejercer su influencia en los movimientos sociales propiciando la autogestión en todos los ámbitos de la vida.

Como hemos visto, el anarquismo bakuninista tuvo su importancia en la Primera Internacional, aunque la fractura entre autoritarios y antiautoritarios sería inevitable. Habrá un país donde el espíritu libertario de la Primera Internacional cobró vida en la llamada Federación de Trabajadores de la República Española; miles de trabajadores organizados adoptaron la doctrina colectivista de Bakunin. Por otra parte, el comunismo anarquista de Kropotkin iba convirtiéndose en una tendencia apreciable, difundida en otros países de Europa como Francia, Italia, Suiza, Bélgica o Inglaterra1.
No obstante, en el resto de Europa en torno a 1880, el anarquismo parecía retroceder y prevalecer la socialdemocracia, amparada en el desarrollo industrial y en la conquista de ciertos derechos políticos. El reformismo parlamentario, como es obvio, renunciaba así a la revolución social y aspiraba meramente a apoderarse del Estado burgués y propiciar ciertas reivindicaciones de carácter inmediato. Por su parte, el anarquismo se replegaba en la justeza de sus ideas organizándose en pequeños grupos de acción clandestina, no necesariamente violentas, aunque sí se alentaba en ocasiones. Si bien hay quien considera que esas acciones de revuelta despertaron al proletariado, por ejemplo en Francia, de su estado de aletargamiento, otros vieron que la violencia alejaba del anarquismo a aquellos trabajadores decepcionados con el socialismo parlamentario2. El anarquismo era una parte sustancia del socialismo verdaderamente revolucionario, por lo que su repliegue hacia hechos aislados, unas veces apreciables y otras vulgares, tal vez se deba en esos años a observar como las masas adoptaban el camino fácil, aceptando la jefatura en las organizaciones y anulando ya todo impulso revolucionario.

La fractura en el movimiento socialista era cada vez más irreconciliable: el anarquismo parecía caer a finales del siglo XIX en la acción violenta, mientras que los partidarios de la intervención parlamentaria perdían patéticamente su condición revolucionaria. Se piense lo que se piense sobre la violencia anarquista de aquellos años, reacciones la mayor parte de los casos contra la crueldad del sistema, hay que ser muy críticos con los que pensaban que era el único camino para iniciar la revuelta social; desgraciadamente, esos actos fueron instrumentalizados por la sociedad burguesa para hacer creer a la opinión pública que aquello era lo único que sabían hacer los anarquistas. Lo triste, como bien ha señalado el historiador del anarquismo Max Nettlau, es que se diera aquella situación de aislamiento, que no podía durar muchos años como se verá, paralelamente al florecimiento del rico corpus libertario concretado en tres concepciones económicas: colectivismo, comunismo y mutualismo. No obstante, a pesar de aquella situación general, pueden mencionarse algunos importantes movimientos que fusionan el anarquismo con las corrientes socialistas: en la región de Lyon en Francia, movimiento apoyado por Kropotkin (1881-1882); un socialismo antiparlamentario en Inglaterra, convertido luego en anarquista y aliado de las ideas de William Morris (1879-1894); en Austria, un socialismo revolucionario, en parte anarquista, que influyó incluso a los herederos del Partido Socialdemócrata (1880-1884); en los Estados Unidos de América, un colectivismo anarquista con los ejemplos de Johann Most y Albert Parsons (1881-1886), así como de los mártires de Chicago ejecutados a finales de 1887, o el movimiento de reorganización internacional iniciado por Malatesta en Italia en los años 1883 y 18843. Eran movimientos que tenían que interesar a militantes de otras corrientes socialistas y acercarles a las ideas anarquistas. Desgraciadamente, no fue así, en parte por persecuciones gubernamentales, que acabaron con los movimientos mencionados, y en parte por la propia actitud de tantos militantes anarquistas replegados en hechos aislados y en cierto rigorismo doctrinario ajeno a lo que debe ser el anarquismo.

Los fortalecidos por la situación, los socialdemócratas se reunieron en París en 1889 para reanudar los congresos y preparar el terreno para una Segunda Internacional. Si bien algunos anarquistas todavía quisieron participar, no tardaron en llegar los conflictos y dos años después, en un congreso en Bruselas, se expulsó a los libertarios sin mayores contemplaciones. En el celebrado en Zurich, en 1893, los socialdemócratas se blindaron contra la intervención anarquista al proponer que, para el futuro y al margen de los sindicatos, solo se admitiera a partidos y asociaciones partidarios de la acción parlamentaria.
El anarquismo, por su carácter eminentemente social, no podía estar permanentemente sumido en aquellos hechos aislados ni en la más mínima tentación dogmática. Kropotkin, que se convertirá a la sazón en uno de los grandes teóricos de las ideas, realizará un feroz autocrítica a la simple "propaganda por el hecho" y pedirá recuperar el espíritu asociativo de la Primera Internacional. Si se quería desvincular a la clase trabajadora de la influencia socialista parlamentaria, el anarquismo debía permanecer militante en los movimientos sociales. Empieza a germinar lo que será la vertiente sindicalista del anarquismo y un militante como Fernand Pelloutier, en un texto de 1895, vincula la organización sindical con la futura sociedad libertaria; una "escuela práctica de anarquismo" que anule todo poder político y que se rija por la autogestión. Se verá por algunos como una vuelta del anarquismo a sus orígenes obreros tratando de conducir a las masas por el camino revolucionario enseñando la primordial idea libertaria de acción directa4.

Por supuesto, no todos los anarquistas veían con tan buenos ojos esta confianza plena en la acción sindical. En el congreso anarquista internacional de 1907, Malatesta entrará en gran controversia con los partidarios del sindicalismo al alertar sobre los peligros del reformismo, de la burocracia y de la conversión de algunos militantes en "funcionarios permanentes" y "asalariados del sindicato". Unos y otros tenían sus razones, por un lado parecía fundamental que el anarquismo participara en el movimiento de los trabajadores, por otro, resultaba inconcebible que el sindicato bastara por sí solo para transformar la sociedad. Sea como fuera, el incipiente sindicalismo revolucionario que nacía en aquellos momentos se dirigía más contra la democracia burguesa, y contra todo influencia de una clase ajena al proletariado, que contra un anarquismo que debía observar con buenos ojos la autogestión económica por parte de los productores. Durante los años previos a la Primera Guerra Mundial, ese movimiento sindicalista revolucionario en Francia, traducido en la Confederación General del Trabajo, tuvo una gran potencia y puede verse como la síntesis entre anarquismo y sindicalismo (a partir de 1914, ya será otra cosa). El fruto más acabado de esa síntesis, no obstante, será la española Confederación Nacional del Trabajo, fundada en 1910.

Notas:
1.- La anarquía a través de los tiempos, Max Nettlau (Ediciones Júcar, Gijón 1977).
2- El anarquismo, Daniel Guerin (Proyección, Buenos Aires 1975).
3- La anarquía… op. cit.
4- El anarquismo… op. cit.

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