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domingo, 3 de agosto de 2025

Bertrand Russell y el marxismo

Bertrand Russell, seguramente ya en oposición al marxismo, consideraba que el socialismo no era una doctrina estricta y definible. Así, una aproximación al mismo consiste en el derecho a la propiedad colectiva de la tierra y del capital; naturalmente, esa propiedad puede aludir a un Estado o, en el caso de los anarquistas, a la propiedad en común por la libre asociación de hombre y mujeres sin la intervención de gobierno alguno. Como es sabido, y tal como Russell indica, existe gran diversidad de escuelas dentro del socialismo.

Para Russell, las aportaciones esenciales de Marx pueden reducirse a tres: la interpretación materialista de la historia, la ley de concentración del capital y la lucha de clases.
Según la interpretación materialista de la historia, los fenómenos de la sociedad tienen su origen en las condiciones materiales; éstas, según esta visión, están incorporadas a los sistemas económicos. En términos generales, para Marx la política, las leyes, la religión o la filosofía son expresiones del régimen económico de la sociedad en que se han producido. No hay que hablar de que el motivo económico sea consciente, sino de que las condiciones económicas forman el carácter y la opinión, constituyen la fuente principal de multitud de hechos aparentemente inconexos. El materialismo histórico observa dos revoluciones: la de la burguesía contra el feudalismo, del pasado, y la que vendrá, el proletariado contra la burguesía, que dará lugar al sistema socialista. Se trata de una interpretación inevitable de la historia que conducirá finalmente hacia lo bueno, el socialismo; los capitalistas son también víctimas, en la sociedad burguesa, de esa necesidad histórica hasta que la posesión privada de los medios de producción pasen a ser comunales. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Historia del movimiento obrero revolucionario




Reproducimos a continuación el prefacio de Eduardo Colombo, compilador de los textos que integran este libro (Buenos Aires, Libros de Anarres 2013):
Las nuevas generaciones que en el imperturbable correr de los días emprenden la lucha por un mundo mejor deben hacerlo sobre una tierra trabajada por otros luchadores que se fueron perdiendo en la oscuridad del pasado. Los descendientes de aquellos que tanto sembraron y nada recogieron, salvo su pesada carga de sacrificios, pobreza, cárcel y metralla, tienen que enfrentarse con los nuevos amos, dueños no solo del botín sino también del pasado porque son ellos los que escriben la Historia oficial.
Así, la gente del pueblo se encuentra empobrecida y desposeída también de su propia historia que fue escamoteada por las ideologías un momento triunfantes –ayer el marxismo, hoy el neoliberalismo, cubiertos en la Argentina bajo el manto del peronismo– que lograron hacer caer en el olvido la experiencia revolucionaria de toda esa parte del movimiento obrero de acción directa que tiene su origen en la rama antiautoritaria de la Primera Internacional.
Sin embargo, como decíamos en la presentación de la edición brasileña de este libro, esa historia es próxima y la tradición oral todavía viviente. Pese a ello existen rupturas en la memoria de los pueblos y uno tiene la dolorosa impresión de un eterno recomenzar. Pero no es cierto, el pasado nos propulsa ahí donde estamos y no podemos dejar de aferrarnos a ese hilo tenue que une la imagen de aquellos que nos precedieron, explotados y maltratados, a la visión de una humanidad liberada. Entre ambas representaciones se encuentra el presente, el momento de la acción. Y el interés por el pasado es un signo seguro de la pasión que nos lleva a querer cambiar este presente por otro futuro.
Consciente de la importancia que adquiere en nuestra época la recuperación de las experiencias y del sentido de los combates de ayer la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que es la organización anarcosindicalista y sindicalista revolucionaria de Francia, decidió organizar en vísperas del Primero de Mayo del año 2000, un Coloquio Internacional sobre la historia del movimiento obrero revolucionario. Este encuentro formaba parte de una semana de actividades culturales y artísticas diversas que culminaron en un meeting internacional y en la manifestación del Primero de Mayo por las calles de París. Un lema reunía todas esas actividades: Por otro futuro, de la resistencia a la alternativa social.
El Coloquio reunió a una decena de historiadores, investigadores y militantes del movimiento obrero, durante dos días, en el anfiteatro de la Bolsa de Trabajo de Saint-Denis situada en el conurbano de París. Los debates contaron con la participación de un público interesado y entusiasta en la defensa de posiciones muchas veces controvertidas. Esos trabajos fueron publicados el año siguiente por la misma CNT en colaboración con la editorial Nautilus, en un volumen que lleva el título De l’Histoire du mouvement ouvrier révolutionnaire. Esta edición castellana cuenta con el agregado de un texto sobre el Brasil que fue escrito en ocasión de un nuevo Coloquio que tuvo lugar en São Paulo y Río de Janeiro en 2004, acompañando la publicación de esos estudios traducidos en lengua portuguesa.
 En la Argentina el movimiento obrero nació con la impronta del anarquismo, lo que lo llevó durante un largo período a mantener celosamente su independencia de todo partido político y a defender con uñas y dientes la acción directa, a oponerse al arbitraje del Estado y a la colaboración de clases. El golpe de Estado de 1930, ejemplo de la reacción conservadora y antiobrera, fue dirigido en gran parte contra ese movimiento. La FORA fue condenada por un cuarto de siglo a la clandestinidad. Y los capitanes del 6 de septiembre fueron los coroneles del ’43, manteniendo así la práctica de los sucesivos golpes de Estado militares que se fueron escalonando cada diez o doce años hasta llegar a la violencia genocida, que tuvo sus prolegómenos ya antes del ‘76. La Argentina fue sangrada como tantos otros pueblos.
El combate por la libertad y la igualdad no tiene fin. Un nuevo movimiento revolucionario debe surgir de abajo, del pueblo trabajador. Conocer la historia del movimiento obrero que, durante gran parte del siglo pasado y en casi todas las regiones del mundo, fue la punta de lanza de la emancipación humana forma parte de las herramientas necesarias para continuar la marcha.

El movimiento obrero nace en Europa al final del primer tercio del siglo XIX, cuando la clase explotada toma conciencia de su condición común por encima de fronteras y regímenes. Antiguas herencias ideológicas se unirán a nuevas formulaciones en la organización del emergente proletariado urbano frente a la reacción violenta y represora de una burguesía que observaba con pavor el nuevo escenario; todo contribuirá fuertemente a que la clase trabajadora tome conciencia de la lucha de clases. Todavía existirá otro factor que contribuya a esta toma de conciencia y es el exilio; las insurrecciones, y la represión consecuente, conducirá a la diseminación internacional de numerosos rebeldes, personas afirmadas en la lucha, que observarán el sufrimiento por igual en los diferentes países, por parte de los oprimidos, y adquirirán una visión internacionalista y una comprensión de la unión de todos los explotados como clase. Tal y como dijo Proudhon, será la revolución de 1848 la fecha en la que las clases obreras tomen definitivamente conciencia de sí mismas y se separen radicalmente de la burguesía. Por lo tanto, los rasgos que definirán al movimiento obrero revolucionario serán una irreductible oposición de clases, una conciencia de la unidad económica resultado de la condición de explotados y el internacionalismo.

La primera organización internacional de carácter proletario se producirá entre 1855 y 1859, fundada en Londres por refugiados franceses, polacos, alemanes y los cartistas ingleses; será el último y más importante eslabón en los precedentes de la Primera Internacional. Ésta, nacerá en 1864 como Asociación Internacional de Trabajadores; de ahí nacerá el proletariado militante, pero de forma paralela también la pretensión por parte de una élite política de dirigirla. Bakunin insistirá en que el objetivo es la emancipación completa de los trabajadores, mientras que Marx y Engels se obstinarán en ejercer su control desde su cuartel general en Londres. Como es sabido, en el congreso de La Haya, de septiembre de 1872, se producirá la ruptura radical entre socialistas autoritarios y antiautoritarios, marxistas y anarquistas. La rama antiautoritaria de la Primera Internacional, después de esa ruptura, vivirá un periodo arriesgado, de vitalidad desigual según los países, pero confiando siempre en un anclaje indispensable en la clase obrera; un Congreso en Londres en 1881, de inesperada articulación, mantuvo los ideales de la AIT antiautoritaria. En los Estados Unidos se funda en 1883 la International Working People´s Association, que es considerada la rama americana de la Internacional antiautoritaria; la orientación anarquista se irá consolidando hasta los trágicos sucesos de los Mártires de Chicago por la jornada de ocho horas de trabajo, donde nace la dimensión internacional del Primero de Mayo y también la conciencia de la huelga general como arma revolucionaria.

En Europa, la rama antiautoritaria, a pesar de su exclusión en diversos congresos por parte de los partidarios de la acción legislativa y parlamentaria, tomará un nuevo desarrollo a nivel internacional. La CGT francesa estará impregnada, con su sindicalismo revolucionario de las ideas anarquistas en su Carta de Amiens de 1906; en 1905, nace la FORA argentina y ese mismo año nace la IWW (Industrial Workers of the World); en España, en 1907, se funda Solidaridad Obrera, inmediato precedente de la poderosa Confederación Nacional del Trabajo. En Alemania, la FVDG (Asociación Libre de Sindicatos Alemanes) será el germen del sindicalismo revolucionario antes de la Primera Guerra Mundial y en Italia, en 1907, el Comitato de Azione Directa será el antecedente de la USI; en muchos otros lugares del planeta, se crearán infinidad de federaciones antiautoritarias. Todas esas organizaciones serán la base para el resurgimiento de la AIT en 1922; desgraciadamente, la derrota en la Guerra Civil Española supondrá un dramático punto de inflexión para el anarquismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, del fin del comunismo y con la globalización capitalista y el triunfo de la ideología liberal, será necesario labrar un futuro por parte del anarquismo hilvanando con la tradición federalista y antiautoritaria.

Los textos de este libro, compilados por Eduardo Colombo, se ocupan de la rama antiautoritaria de la Primera Internacional para recuperar la historia de un movimiento obrero que resistió, tanto al reformismo socialdemócrata como a la dictadura de los que se decían revolucionarios. Un trabajo indispensable en un mundo intelectual en el que la clase dirigente, de una pelaje o de otro, oculta a aquellos que cuestionan su derecho a mandar.

 PDF del libro.

sábado, 4 de agosto de 2018

El anarquismo después de la Primera Internacional

Después de la división en el seno de la Primera Internacional, llegarán unos años en los que el anarquismo, como movimiento de masas, sufrirá un retroceso. A pesar de ello, continúan multitud de notables publicaciones y actividades libertarias, pero el anarquismo debía comprender que no puede replegarse en ningún purismo doctrinario, por lo que debe tratar de ejercer su influencia en los movimientos sociales propiciando la autogestión en todos los ámbitos de la vida.

Como hemos visto, el anarquismo bakuninista tuvo su importancia en la Primera Internacional, aunque la fractura entre autoritarios y antiautoritarios sería inevitable. Habrá un país donde el espíritu libertario de la Primera Internacional cobró vida en la llamada Federación de Trabajadores de la República Española; miles de trabajadores organizados adoptaron la doctrina colectivista de Bakunin. Por otra parte, el comunismo anarquista de Kropotkin iba convirtiéndose en una tendencia apreciable, difundida en otros países de Europa como Francia, Italia, Suiza, Bélgica o Inglaterra1.
No obstante, en el resto de Europa en torno a 1880, el anarquismo parecía retroceder y prevalecer la socialdemocracia, amparada en el desarrollo industrial y en la conquista de ciertos derechos políticos. El reformismo parlamentario, como es obvio, renunciaba así a la revolución social y aspiraba meramente a apoderarse del Estado burgués y propiciar ciertas reivindicaciones de carácter inmediato. Por su parte, el anarquismo se replegaba en la justeza de sus ideas organizándose en pequeños grupos de acción clandestina, no necesariamente violentas, aunque sí se alentaba en ocasiones. Si bien hay quien considera que esas acciones de revuelta despertaron al proletariado, por ejemplo en Francia, de su estado de aletargamiento, otros vieron que la violencia alejaba del anarquismo a aquellos trabajadores decepcionados con el socialismo parlamentario2. El anarquismo era una parte sustancial del socialismo verdaderamente revolucionario, por lo que su repliegue hacia hechos aislados, unas veces apreciables y otras vulgares, tal vez se deba en esos años a observar cómo las masas adoptaban el camino fácil, aceptando la jefatura en las organizaciones y anulando ya todo impulso revolucionario.

sábado, 28 de julio de 2018

La Primera Internacional y el socialismo anarquista

Continuamos analizando el sustrato inequívocamente socialista del anarquismo; en esta ocasión vemos su papel, cuando aún estaba conformándose como movimiento, en la Primera Internacional y la fractura final irreconciliable con las corrientes autoritarias en el seno de la misma.


El nacimiento de la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1864, supuso la revitalización de un socialismo militante y constructivo. Creada por obreros ingleses y franceses, fue la primera gran tentativa de unir a la clase trabajadora en una gran alianza internacional con el objetivo de su emancipación social y económica. Si ese era su fin supremo fue porque entendieron que los trabajadores se mostraban subordinados a la clase propietaria de los medios de producción, lo que desembocaba en la miseria social, la opresión política y el deterioro intelectual. Su estructura, para mantener la autonomía de cada grupo, era federalista y no defendía necesariamente ningún sistema social predefinido, muy al contrario, sus principios políticos evolucionaban con las luchas diarias y tomaban forma a medida que crecía la organización. La afiliación a la Internacional crecía constantemente en aquellos primeros años y se desarrolló una enorme conciencia proletaria internacional convirtiéndose la alianza en una poderosa guía del movimiento socialista obrero. El análisis de Bakunin sobre la Internacional, que puede verse como parte de su concepción filosófica sobre la vida, es que había que apelar a los sufrimientos concretos de los trabajadores para ganarles para la causa, dejando para más tarde las reivindicaciones revolucionarias más generales; partir de los hechos para alcanzar los grandes ideales, no a la inversa. Así, habría que analizar las condiciones de cada industria y las circunstancias concretas de explotación que se producen, buscando de esa manera la solidaridad de los trabajadores en función de los hechos y como base de su organización1. La solidaridad entre los explotados, elevada a categoría universal, se perfila como uno de los principios primordiales del anarquismo.

domingo, 10 de enero de 2016

Juan Peiró, anarquista y sindicalista revolucionario

Juan Peiró nació en 1887, en la popular barriada barcelonesa de Hostafrancs, y fue fusilado por el régimen franquista en 1942 al ser extraditado desde Francia cuando los alemanes la invadieron. El mérito de figuras como ésta, siendo innumerables nombres en el movimiento sindical y libertario de la historia de España, es enorme.

A los ocho años, Peiró comenzará a trabajar de vidriero y no aprenderá a leer y escribir hasta la edad de veintidós. Su gran capacidad de trabajo y su talento de organizador quedaron de manifiesto en la Confederación Nacional del Trabajo, ocupando importantes cargos como secretario general del Comité Nacional y secretario de la Federación Nacional de Obreros Vidrieros. También mostró sus dotes intelectuales en la dirección de los diarios Solidaridad Obrera y Catalunya, órgano de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña; igualmente, fue un asiduo articulista en diversas publicaciones libertarias españolas. Como es sabido, durante la Guerra Civil ocupó el cargo de ministro de Industria en el gobierno republicano; al final del conflicto, pasó a Francia insistiendo en permanecer al lado de sus compañeros encerrados en campos de concentración. Su final es legendario cuando, en un gesto más de dignidad y rebeldía, se negó tajantemente a recibir un cargo en el sindicalismo fascista y fue finalmente ejecutado por un nuevo régimen criminal. Como fuente de memoria viva, José Peirats escribía, en el apartado correspondiente a Peiró en Figuras del movimiento libertario español (Ediciones Picazo, Barcelona 1977), que se trataba de un escritor formidable, sin ningún asomo de demagogia, y un orador, tal vez no brillante, pero sí conciso y sincero; su profunda humanidad, en cualquier caso, resultaba incuestionable.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Organización obrera en España, principios del siglo XX

La obra de Juan Gómez Casas resulta fundamental para conocer y comprender la historia del anarquismo en España. En libros como Historia de la FAI se recuerda la evolución de lo organización obrera a principios del siglo XX, cuando por influencia del sindicalismo revolucionario francés la palabra societarismo es substituida por la idea nueva del sindicalismo y la sociedad obrera pasa a ser el sindicato.

El anarquismo realizaba una crítica al sindicalismo, primero por no dirigirse al ser humano en general, sino al trabajador, limitando así los horizontes intelectuales y filosóficos de las ideas; en segundo lugar, consideraba que el sindicalismo no era autosuficiente para resolver todos los problemas sociales. Así, el sindicalismo era solo un medio entre otros para lograr una sociedad nueva, ya que eran necesarias otras organizaciones libres de las actividades económicas, como las políticas o toda formulación libre en general. No obstante, a pesar de esta crítica, en aquellos tiempos se confunden el movimiento obrero libertario con las palabras sindicato y sindicalismo. En 1907, nace Solidaridad Obrera, federación local de las sociedades obreras de Barcelona, con la aspiración de emancipar a la clase trabajadora del sistema capitalista. Sus formulaciones son muy genéricas, pero recogen en gran medida el espíritu de la Primera Internacional. En el periódico homónimo de aquella organización participarán grandes personalidades del anarquismo español como Anselmo Lorenzo, Ricardo Mella, José Prat o Antonio Loredo. No tardaría en extenderse el ejemplo de Solidaridad Obrera por toda Cataluña y Andalucía, que en líneas generales tiene un espíritu anarquista, a pesar de estar abierta al conjunto de la clase obrera: antiautoritarismo e independencia de los partidos políticos.

miércoles, 30 de abril de 2014

La Internacional, el sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo



La Asociación Internacional de Trabajadores, al filo del tercer tercio del siglo XIX, supuso una reactivación de un socialismo constructivo y militante. La Internacional fue un intento, en los países latinos, junto a la colaboración de obreros franceses e ingleses, de unir a los trabajadores para buscar su definitiva emancipación; la esclavitud de la clase obrera se fundamentaba en la dependencia económica de los dueños de los medios de producción.

La estructura organizativa de esa gran alianza obrera se asentaba en los principios del federalismo, lo que garantizaba a cada grupo particular trabajar según sus propias convicciones y las circunstancias concretas de cada país. El objetivo primero era acercar a los obreros de todos los lugares del mundo, haciéndoles comprender que las causas de su esclavitud eran las mismas en todas partes del mundo, buscando la solidaridad por encima de las fronteras y sin que hubiera un sistema social definido; los principios del movimiento iban surgiendo de su propio seno en base a su lenta evolución y a sus luchas cotidianas.
La Internacional llegó a convertirse en la gran maestra del movimiento obrero llegando a poner en jaque al mundo capitalista. A pesar de ello, los dos primeros congresos, en 1866 en Ginebra y en Lausana al año siguiente, se caracterizaron más bien por la moderación; no obstante, las huelgas constantes en países como Francia Bélgica o Suiza contribuyeron al impulso de la Internacional y a intensificar el pensamiento de los trabajadores. Así, en 1868, el congreso de Bruselas estuvo marcado por un espíritu fortalecido de carácter innovador con unos obreros con cada vez mayor consciencia y seguridad respecto a sus objetivos; la tendencia anarquista, predominante en los países latinos, iba tomando cada vez mayor protagonismo. El congreso de Basilea de 1869 supuso ya el cenit de la evolución ideológica de la Internacional; en él, se ratificaron resoluciones previas sobre la propiedad de los medios de producción y se vislumbró ya la importancia que tenía para la clase trabajadores la organización en sindicatos. Hay que recordar que en las escuelas estatales del socialismo no se concedía gran importancia a los sindicatos primando, como es obvio, la conquista del poder político. Se trataba, la libertaria que apostaba por el sindicalismo, de una nueva idea según la cual el futuro sistema socialista debería ir acompañado de una nueva forma política de organización social; en el congreso de Basilea empezó ya a germinar esta nueva visión anarquista, según la cual no había que imitar los modos de la sociedad burguesa, organizando un partido político para gobernar, sino que había que combatir el monopolio del poder junto al monopolio de la propiedad.

Esta visión socialista y libertaria de la Internacional negaba cualquier forma de Estado, y mucho menos una dictadura, y buscaba un socialismo constructivo en base a un sistema de consejos de obreros; este nuevo sistema debía llevarse a la práctica por medio de diversas ramas industriales y de la zonas agrarias de producción. Era el comienzo de una escisión radical en la Internacional, ya que las secciones libertarias no concebían la igualdad económica sin la igualdad política y social. De esta manera de ver las cosas surgió también la Cámara del trabajo, sugerencia de los internacionalistas belgas, opuesta al Parlamento burgués; sería una manera de representar al proletariado organizado de cada actividad económica o industrial ocupándose de todos los problemas económicos y sociales, y buscando la preparación intelectual de la clase obrera para ocuparse de los medios de producción. Estas ideas fueron difundidas en las secciones de la Internacional de diversos países, siendo en España donde mejor fueron asentadas; con el desarrollo de los partidos políticos, en el futuro serán notablemente ignoradas.
En la Conferencia de Londres de 1871, Marx y Engels hicieron valer su influencia para provocar que las diversas federaciones nacionales participaran en la acción parlamentaria. Como es lógico, eso supuso la oposición de los elementos libertarios de la Internacional; a pesar de la circular de Sonvillier, que hizo pública la Federación jurasiana, en protesta por los manejos iniciados en Londres, el congreso de La Haya de 1872 supuso la culminación de la política parlamentaria y provocó la escisión en la Internacional, dramática para el movimiento obrero. Después del Congreso de La Haya, los delegados de las federaciones más importantes y enérgicas de la Internacional se reunieron en el Congreso Antiautoritario de Saint-Imier donde negaron las resoluciones del congreso anterior; era una división irreconciliable para la corriente socialista entre los partidarios de la acción directa y los que abogaban por la política parlamentaria. Otros factores, como la guerra francoprusiana y la derrota de la Comuna de París, contribuyeron también a echar tierra sobre la idea de un sistema de consejos obreros; las secciones de la Internacional en Francia, España o Italia, mientras que en Alemania no existía una tradición revolucionaria en el movimiento obrero, llevaron una vida subterránea frente al fortalecimiento de la reacción. No fue hasta que despertó el socialismo revolucionario en Francia que fueron rescatadas del olvido las ideas constructivas de la Primera Internacional para revitalizar el movimiento obrero y socialista.

El sindicalismo revolucionario
El sindicalismo revolucionario en Francia, con el campo de influencia de la CGT, tendrá una gran incidencia en el movimiento obrero europeo; fue una revitalizadora reacción contra el socialismo político objeto de diversas escisiones. Los anarquistas, desde 1883, habían ejercido una gran influencia entre los obreros de ciudades como París y Lyon, lo que contribuirá notablemente a conformar un sindicalismo revolucionario opuesto a la acción parlamentaria. En el Congreso de Limoges de 1894, la CGT renunció al socialismo político, lo que supuso un gran esfuerzo organizativo y de unificación de los trabajadores. No obstante, hay que señalar que una gran parte de la CGT estaba compuesta por sindicatos reformistas, que sí habían sido conscientes de la desdicha que suponía la dependencia de los partidos políticos; a pesar de ello, la parte más enérgica y activo del movimiento contribuyó al desarrollo de las ideas del sindicalismo revolucionario hilvanando con el ala libertaria de la vieja Internacional. El sindicalismo revolucionario se extendió por Europa fortalecido por el ocaso de los partidos socialistas, divididos entre revisionistas y marxistas ortodoxos, y empujados a la fuerza al reformismo parlamentario. En el continente americano, se fundó en 1905 en un congreso de Chicago la Industrial Workers of the World, que recogía del sindicalismo los métodos de la acción directa y la idea de una reorganización socialista en base a las organizaciones agrícolas e industriales de los propios trabajadores. No obstante, frente a la neta tradición libertaria del sindicalismo revolucionario europeo, en la IWW existía una fuerte influencia marxista; a pesar de ello, son notables sus esfuerzos combativos frente a la represión capitalista. No podemos dejar de mencionar, como uno de los precedentes de la creación de la IWW, los trágicos sucesos de los Mártires de Chicago por la jornada de ocho horas de trabajo, donde nace la dimensión internacional del Primero de Mayo y también la conciencia de la huelga general como arma revolucionaria.
En Europa, después de la Primera Guerra Mundial y de los sucesos de la Revolución rusa, hubo un llamamiento por parte del partido bolchevique a los sindicatos revolucionarios para celebrar un congreso en Rusia; era un intento, que supuso la fundación de la Tercera Internacional, para instrumentalizar el movimiento obrero en Europa con un mecanismo dictatorial en su organización. Para 1921, se convocó en Moscú un nuevo congreso internacional de sindicales como intento de confirmar el dominio comunista sobre los sindicalistas de todos los países; a pesar de que una conferencia en Berlin, en diciembre de 1920, intentó asegurar la independencia del movimiento obrero frente a los partidos políticos, esas organizaciones sindicalistas estuvieron en minoría en Moscú y se aprobaron todas las resoluciones por parte de la Alianza Central de las Uniones Rusas del Trabajo.
Conjuntamente con la FAUD (Unión de los Trabajadores Libres de Alemania), reunido en Dusseldorf en octubre de 1921, se produjo una conferencia internacional de organizaciones sindicales con delegados de Alemania, Suecia, Holanda, Checoslovaquia y de Estados Unidos (de la IWW); se redactó en ella una declaración de los principios del sindicalismo revolucionario. Del Congreso Internacional de Sindicales, que tuvo lugar del 25 de diciembre de 1922 al 2 de enero de 1923, en Berlín, con numerosas organizaciones presentes, pero sin la presencia de la CNT española, en lucha con la Dictadura de Primo de Rivera, y con una escisión ya minoritaria de la CGT francesa tras el drama del conflicto mundial, reproducimos la siguiente declaración:
El Sindicalismo Revolucionario es enemigo declarado de toda forma de monopolio económico y social, y se propone su abolición por medio de comunidades económicas y de órganos administrativos de los trabajadores del campo y de las fábricas, a base de un sistema de consejos libres, completamente emancipados de toda subordinación a ningún gobierno ni poder político. Contra la política del Estado y de los partidos, levanta la organización económica del trabajo; contra el gobierno de los hombres, proclama la administración de las cosas. Por consiguiente, su objetivo no es la conquista del poder político, sino la abolición de toda función del Estado en la vida social. Estima que, juntamente con el monopolio de la propiedad, debe desaparecer el monopolio del dominio, y que toda forma de Estado, incluso la dictadura proletaria, sería siempre engendradora de nuevos monopolios y de nuevos privilegios: nunca podrá ser instrumento de liberación.
Se trata de una evidente profesión anarcosindicalista, y de una crítica y definitivo distanciamiento frente al bolchevismo y sus adictos. A partir de aquel Congreso, nacerá la Asociación Internacional de Trabajadores, y puede decirse que el sindicalismo revolucionario pasa a denominarse definitivamente anarcosindicalismo. La española Confederación Nacional del Trabajo no tardará en adherirse a los principios de la AIT, y será la organización más influyente y poderosa en esa organización internacional. La CNT demuestra que el sindicalismo de carácter libertario tenía un fuerte carácter revolucionario, tal y como se demostrará con la creación de la colectividades agrarias e industriales durante la Guerra Civil; se trataba de una idea muy clara de la sociedad que se deseaba para el futuro.
Para terminar, por ahora, este texto recordaremos la visión escéptica de un lúcido y pragmático anarquista como Errico Malatesta sobre el sindicalismo. Consideraba que la organización obrera, aunque era un medio idóneo para que los anarquistas ejercieran su influencia, no podía valerse por sí sola para lograr la emancipación de los trabajadores a estar sujeta también a intereses de clase: "En el seno de la clase obrera existen, como entre los burgueses, la competencia y la lucha. Los intereses económicos de tal categoría obrera están en oposición irreductible con los de otra categoría. Y se ve que económica y moralmente ciertos obreros están más cerca de la burguesía que del proletariado". Los intereses de clase solo pueden desaparecer con una sociedad sin clases y hay que preguntarse, ya en el siglo XXI, sobre formas innovadoras de lograrlo.

Fuentes:
-Abel Paz, Los internacionales en la región española. 1868-1872 (EA, Barcelona 1992).
-Heleno Saña, Sindicalismo y autogestión (G. del Toro, Madrid 1977).
-Juan Gómez Casas, Nacionalimperialismo y movimiento obrero en Europa (CNT-AIT, Madrid 1955).
-Max Nettlau, La anarquía a través de los tiempos (Júcar, Madrid 1977).
-Max Nettlau, Miguel Bakunin, la Internacional y la Alianza en España. 1868-1873 (La Piqueta, Madrid 1977).
-Miklós Molnár, El declive de la Primera Internacional (Edicusa, Madrid 1974).
-Rudolf Rocker, Anarcosindicalismo (Teoría y práctica) (Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid 2009).

viernes, 1 de marzo de 2013

Sindicalismo revolucionario, anarcosindicalismo y anarquismo

El pasado lunes, Antonio Elorza en el diario El País, en un pequeño texto de opinión sobre el Movimiento 5 Estrellas italiano llamado "Anarcofascismo de una antisistema", vuelve a arremeter de manera ridícula, sin venir a cuento y sin explicación alguna, contra el anarquismo.
Decido mandar un carta al periódico:
En su texto de Análisis, del 25 de febrero, Antonio Elorza entra una vez en una serie de despropósitos en el uso del lenguaje y en, al parecer, conocimientos políticos. Nos avisa de lo peor en su título, con el empleo de un malintencionado oxímoron en un solo término, "anarcofascismo", y con el reaccionario y muy recurrente empleo del apelativo "antisistema"; ya en su interior, Elorza insiste en la misma forma retórica con la ignota expresión "formas de poder anarcosindicalistas" refiriéndose a una guerra civil que debe tener poco estudiada. No es la primera vez que este articulista de El País usa además la muy boba expresión "Disneylandia de Ken Loach", y esta vez ni se molesta en explicar que alude a la película Tierra y libertad. Ignoro el origen de la, por lo que se deduce, inquina de este historiador hacia el anarquismo, pero su profesionalidad debería obligarle a cierta cultura histórica y política; asumiendo que la tenga, deberíamos pensar entonces en falta de honestidad. ¿Sabe este señor lo que es el jacobinismo?; nada puede haber más contrario a la praxis anarquista, la cual no hace sino profundizar en el verdadero significado de la palabra democracia como estamos comprobando en el movimiento 15-M. ¿Conoce acaso Elorza la relación entre sindicalismo revolucionario, anarcosindicalismo y el propio anarquismo?. Mejor no preguntar. Lo que sí me gustaría es que en un diario del alcance y el prestigio de El País no se publicaran tantos despropósitos en tan poco espacio, aunque pasen por artículos de opinión.

La demagogia de este señor llega al extremo de insinuar la culpa que tuvieron los "sindicalistas revolucionarios", por su antipoliticismo (sic), en el ascenso del fascismo italiano; no creo que haga falta aclarar que a lo que se refiere en realidad es a la negación de la participación en el Estado, lo que sí demuestra la influencia ácrata en el movimiento. Según la misma lógica empleada por Elorza, habría que culpar a los "demócratas" de la llega al poder del nacional-socialismo alemán. Lo que este historiador, con una irracional inquina al movimiento anarquista, niega es el constante compromiso libertario en la lucha contra el fascismo, y contra toda forma totalitaria, lo que le condujo precisamente en la Guerra Civil a hacer frente común, y no pocas concesiones en sus principios, con algunos enemigos de la libertad, que sí participaban en esa democracia parlamentaria que tanto elogia el señor Elorza. En definitiva, que términos como "democracia" o "antisistema" muy poco significan en boca de según qué autores. Por supuesto que criticamos a la democracia, pero porque confiamos en un proceso mucho más profundo de democratización que haga innecesario el poder político, y por supuesto que somos "antisistema", ya que creemos que son necesarias reformas radicales dada la intolerable corrupción imperante (también, moral y intelectual).

Hablando de sindicalismo revolucionario, me gustaría recordar la declaración de principios que se hizo en el Congreso Internacional de Sindicales (25 de diciembre de 1922 - 2 de enero de 1923):
El Sindicalismo Revolucionario es enemigo declarado de toda forma de monopolio económico y social, y se propone su abolición por medio de comunidades económicas y de órganos administrativos de los trabajadores del campo y de las fábricas, a base de un sistema de consejos libres, completamente emancipados de toda subordinación a ningún gobierno ni poder político. Contra la política del Estado y de los partidos, levanta la organización económica del trabajo; contra el gobierno de los hombres, proclama la administración de las cosas. Por consiguiente, su objetivo no es la conquista del poder político, sino la abolición de toda función del Estado en la vida social. Estima que, juntamente con el monopolio de la propiedad, debe desaparecer el monopolio del dominio, y que toda forma de Estado, incluso la dictadura proletaria, sería siempre engendradora de nuevos monopolios y de nuevos privilegios: nunca podrá ser instrumento de liberación.
Se trata de una evidente profesión anarconsindicalista, y de una crítica y definitivo distanciamiento frente al bolchevismo y sus adictos.

A partir de aquel Congreso, nacerá la Asociación Internacional de Trabajadores, y puede decirse que el sindicalismo revolucionario pasa a denominarse definitivamente anarcosindicalismo. Por cierto, la española Confederación Nacional del Trabajo no tardará en adherirse a los principios de la AIT y muy pronto será hostigada por otro régimen cercano al fascismo, la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), mientras que otros "demócratas" no dudarán en participar en el mismo. Todo esto, que pasa casi por ser parte de una historia marginal frente al oficialismo de unos y otros, todos amantes del poder, es necesario que sea explicado antes de emplear gratuitamente y de manera interesada algunos conceptos. Sería importante, hoy que el sindicalismo se ha convertido en una caricatura de lo que fue en sus orígenes, precisamente por su subordinación al Estado, recuperar la conciencia sobre la emancipación social, política y económica. El anarquismo, en un sentido mucho más amplio que el anarcosindicalismo, supone una visión sobre la libertad (y, por lo tanto, también sobre la democracia) muy compleja, la más completa que pueda aportar cualquier otra corriente política. Negar su esencia democrática, como hace Elorza, y a pesar de la perversión que ha sufrido la palabreja en boca de tantos enemigos de la libertad (insistiremos más en la condición antiautoritaria), es otro pobre intento de desprestigiar al anarquismo.