sábado, 12 de septiembre de 2015

Reflexiones sobre el proyecto antiautoritario

Lanzamos algunas reflexiones sobre las propuestas anarquistas en el siglo XXI, huyendo de tópicos y distorsiones, recordamos la visión libertaria sobre una autogestión social en la que, como no podría ser de otra manera, la solidaridad es un valor innegociable.

Nunca esta de más, visto lo visto, aclarar muchísimas cosas acerca del anarquismo, por supuesto sin que mis palabras se tomen de modo definitivo (simples reflexiones basadas en un conocimiento, por supuesto limitado, pero siempre realizadas ante un horizonte libertario). Hay que aceptar que, si somos estrictos con la etimología de la palabra anarquismo ("ausencia de principio"), el tema parece invitar de entrada a la polémica. Como es lógico, el anarquismo no niega en ningún caso el poder, sino la concentración del mismo; ni siquiera puede decirse que se esté en contra del poder político, sino del Estado, es decir, de aquella concentración de poder que supone una división tajante entre el que manda y el que obedece. Lo mismo ocurre con la idea de autoridad, que no es negada por el anarquismo, ya que reconoce una autoridad natural basada en el saber y en la capacidad de los individuos.


Por lo tanto, desmontamos esos tópicos (pobres o dirigidos a desprestigiar las ideas libertarias), en ningún caso se niega la autoridad y el poder porque sí. Recordaremos en primer lugar que en aquellas sociedades llamadas "primitivas", en las que no existía el Estado, existía el poder político y la autoridad, entendida ésta como simple competencia; el que más sabe sobre un tema, ejerce su autoridad, pero siempre de modo parcial, temporal y sin que exista derivación alguna sobre lo que significa la ejecución misma de la tarea social (es decir, la autoridad empieza y acaba en la propia tarea, como puede ser la caza o la construcción de una casa).

Dicho esto, viene al caso recordar que no existe ningún afán primitivista ni reaccionario en el anarquismo (a pesar de ciertas corrientes bizarras y sin auténtico calado social). Si el anarquismo observa las sociedades del pasado, es precisamente por su confianza en modos de vida y organización mejores, más humanos. Existe la confianza, el optimismo si se quiere definir así, de que las relaciones humanas pueden y deben mejorarse. Por lo tanto, existe un proyecto radical de cara a transformar la sociedad que nada tiene que ver, obviamente, con el autoritarismo. De hecho, es lógico pensar que muchos pensadores contemporáneos, a pesar de encontrarse cercanos al anarquismo, se han mostrado cautos a la hora de proclamarlo debido a la perniciosa influencia del socialismo autoritario. Éste, ha contribuido enormemente a que gran número de personas observen cualquier idea radical y utópica como un peligro para la humanidad; los reaccionarios y conservadores se han visto favorecidos por ello.

No debe existir temor a que se nos tilde de ingenuos, o incluso de crédulos, a los anarquistas; lo auténticamente crédulo y penoso, amén de conformista y papanatas, es pensar que el mundo tiene que seguir estando en su estado actual. Los anarquistas han sido y son los grandes enemigos de todo autoritarismo, por lo que no hay que permitir que sea el liberalismo el que invoque ese peligro para justificar el statu quo. El anarquismo, a pesar de tener unas convicciones evidentes en relación a la humanidad, rechaza cualquier forma de dogmatismo, algo que se resume muy bien en esta frase de Malatesta: "Yo creo en la infabilidad de la ciencia, tanto como en la infabilidad del Papa". Es por eso que la vigencia del anarquismo es, podemos decirlo, intemporal; sus propuestas, entendidas como una elevada aspiración moral de las sociedades humanas, nunca pueden considerarse caducas. El anarquismo se basa, en gran medida, en la afirmación de valores éticos que son suprahistóricos.

El proyecto radical del anarquismo puede resumirse en el siguiente cambio de paradigma: la vinculación entre la ética y la política. En las sociedades contemporáneas, y desde los últimos siglos, existe una clara separación entre ambos campos. Es un proyecto difícil, muy difícil, nunca se ha negado, pero su construcción empieza aquí y ahora, en la sociedad en la que estemos, y no existen negociaciones de clase alguna que transgredan esos valores. Entiéndase, no estoy hablando de incoherencias, seguramente inherentes al ser humano e incluso muy saludables que se produzcan (dejemos la perfección y el fundamentalismo para otras ideas), sino de un proyecto ético y político con propuestas y convicciones muy nítidas.

Aprovecho para señalar lo que considero una falacia idealista, y es la necesidad del "cambio interior" del ser humano para transformar la sociedad; el anarquismo no cae en ese idealismo y se esfuerza por el cambio en todos los ámbitos, ya que entiende un proceso de interacción (una vida ampliamente moral del invididuo solo es posible si se da la moralización de la sociedad). Rasgos anarquistas existen en muchos movimientos sociales y la ausencia de sectarismo ha hecho que no se haya limitado al mundo obrero (aunque, por supuesto, la autogestión económica sea un objetivo principal); si logramos conectar todos esos movimientos antiautoritarios, en los que la solidaridad puede convertirse en el valor principal, cualquier forma de autoritarismo puede encontrar verdaderos obstáculos para desarrollarse. A pesar del desprestigio de la palabra democracia, por motivos obvios, el anarquismo está dentro de una tradición democrática en un sentido muy profundo. La gran alternativa actual a lo hoy que se denomina democracia, que no es sino sumisión a las grandes oligarquías liberales, está en el anarquismo: si queremos, podemos llamarlo en lo económico socialismo autogestionario o libertario, pero sin perder de vista en el horizonte el ideal anarquista.

1 comentario:

Loam dijo...

Estoy de acuerdo con cuanto se expone en esta clara y argumentada reflexión. No obstante, quisiera hacer una observación respecto al poder. Yo suelo escribir dicho término con mayúscula (Poder) cuando se refiere al detentado por el Estado o por cualquier otra supra-entidad, para diferenciarlo del poder como cualidad opuesta a la impotencia.

Respecto a la incoherencia y la contradicción, no me resisto a incluir esta, en mi opinión acertada, cita de Saramago:

"Al contrario de lo que suelen preceptuar los diccionarios, incoherencia y contradicción no son sinónimos. Es en el interior de su propia coherencia donde una persona o un personaje se van contradiciendo, mientras que la incoherencia, por ser, más que la contradicción, una constante del comportamiento, repele de sí a la contradicción, la elimina, no se entiende viviendo con ella. Desde este punto de vista, aunque arriesgándonos a caer en las telas paralizadoras de la paradoja, no debería ser excluida la hipótesis de que la contradicción sea, al final, y precisamente, uno de los más coherentes contrarios de la incoherencia."
José Saramago

Como siempre, un placer leerte. Salud