viernes, 25 de noviembre de 2011

Determinismo social

En la entrada anterior, Bakunin habla de cierto "determinismo social" (aunque hay que matizar que no de forma absoluta, ciertas personas poseen la fuerza e independencia de escapar al pensamiento establecido). Mario Bunge, en el artículo "Los determinantes de la moral humana", se expresaba del siguiente modo:
La idea de que la sociedad es la que determina las pautas de valoración y conducta puede llamarse deteminismo social. Su tesis central es que toda tabla de valores y todo código de conducta emerge, se desarrolla y, eventualmente, desaparece junto con la sociedad en que se da. A este respecto, el código moral no se distinguiría del civil o del comercial: en todos los casos se trataría de normas de convivencia social, ajustadas al tipo de sociedad de que se trata. Así como el determinismo biológico y el psicológico son absolutistas, el determinismo social es relativista: cada sociedad adopta los valores y las normas que necesita.
Tal vez haya personas que rechacen la idea de estar socialmente determinado en aras de la libertad humana, y sin embargo resulta aún más odiosa la de un "determinismo biológico", algo que es mucho más antiguo (y anticuado, si atendemos a ciertas disciplinas). Si substituimos a Dios por la biología, entenderemos que nuestro destino esté igualmente escrito gracias a los genes, por lo que poco podemos ganar a favor de la libertad. Por lo tanto, hay que estar con Bunge, a pesar de que poseemos ciertas condiciones y necesidades biológicas (como el alimento o el cobijo, algo que da la razón a pensadores materialistas como Bakunin, y solo las podemos satisfacer en sociedad), es indiscutible que somos animales sociales y tenemos también la necesidad de comunicarnos y cooperar (o de competir, como en la sociedad capitalista, algo que solo resulta otra posibilidad social, no algo determinado). En cierto modo, puede verse como una paradoja: si hay una obligación biológica es la de vivir en sociedad (el aislamiento no es posible, lo que impide un verdadero desarrollo humano), y ésta puede poseer las características más variadas, las cuales conforman a su vez el carácter individual. El determinismo biológico tiene solo una pequeña parte de verdad, y es por eso que el determinismo social hay que verlo como relativista según las normas y circunstancias de la sociedad en que vivimos.

Hay otro determinismo parecido al biológico que es el sicológico, según el cual el individuo tendría gobernados sus actos por valores subjetivos (como es la búsqueda de placer). Como dice el propio Bunge, una cosa son los deseos y otra la realidad, y solo en raras ocasiones podemos verdaderamente llevar a cabo de manera plena nuestros deseos o necesidades. Otra teoría que puede parecer cierta a priori, pero que no ha sido confirmada por la sicología y que se ha visto refutada por las ciencias sociales. No obstante, al igual que ocurre con el biológico, el determinismo sicológico puede contener un ápice de verdad. No hay nada más favorable a la indagación y a la pensamiento crítico que movernos en un terreno permanentemente contrario al absolutismo. Como animales que somos, con una psique más o menos desarrollada, no podemos huir de ciertas leyes naturales y las normas sociales tienen que tener eso en cuenta. Esto quiere decir que no existe arbitrariedad en nuestros actos, la biología y la sicología pueden decir mucho sobre nuestro comportamiento. Es un argumento, además, a favor de una sociedad plural en la que existan todo tipo de caracteres y tendencias, no solo integrada por tipos egoístas o altruistas.

El argumento relativista, que ya hemos dicho que cree en cierto determinismo social, supone que puedan realizarse potencialidades que no imaginan los partidarios de una visión absolutista. Es la sociedad la que puede propiciar que el individuo desarrolle o no esas potencialidades, no necesariamente los genes. Aunque la mayor de las veces este razonamiento se realiza a favor de un conocimiento mayor en el individuo, cosa muy positiva, hay que llevarlo también al campo de las normas y los valores sociales. Podemos, también, aprender a ser mejores, siempre y cuando tengamos un contexto social que contenga y favorezca esos comportamientos. Esta visión sobre lo que es por naturaleza o por convención es muy antigua, se remonta a la Antigua Grecia (al menos, en Occidente) con la aparición de los sofistas (con los que se podría, o no, estar de acuerdo en ciertos temas, pero que son los verdaderos propiciadores del librepensamiento). A priori, resulta muy atractivo pensar que existe algo llamado, por ejemplo, derechos naturales o universales, y es seguramente muy adecuado que se teorice al respecto. Sin embargo, ello nada significa si no existe una sociedad donde el "derecho" sea un "hecho", donde no exista esa división entre la teoría y la práctica.

No obstante, por si no ha quedado claro, insistiremos en que el determinismo social no puede verse nunca de forma absoluta. La existencia de personas que desean reformar o transformar la sociedad lo evidencia, ya que el deseo de unos valores más elevados y de desarrollar ciertas potencialidades explican que hay formas de escapar a las restricciones sociales, aunque solo podamos hacerlo viviendo en sociedad (por lo tanto, tratando de cambiar la sociedad, no huyendo de ella). Bunge propone, ante la imposibilidad de adoptar una doctrina que satisfaga por completo, integrar todo aquello válido que contengan. Es una propuesta que amplia notablemente el horizonte para los valores y la moral al reconocer sus raíces sicológicas, biológicas y morales, sin dogmatismos de ningún tipo, e incluso abre la puerta a una invención constante de nuevas normas y valoraciones.

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