jueves, 11 de julio de 2013

El pensar ateo

A vueltas con las creencias religiosas y el ateísmo. No es un tema fácil de resolver, no hemos negado nunca que tiene demasiadas aristas como para usar argumentos manidos y querer dar respuestas sencillas; por ello, precisamente, queremos invitar de nuevo a la reflexión. Esta vez, recuperamos un texto, inédito en este blog, escrito para para el periódico anarquista Tierra y libertad y publicado en octubre de 2006

No se trata de incitar a creer o no creer, ni siquiera de afirmar o no la existencia de una voluntad divina, o de toda una legión de dioses -naturalmente, y "créanme" ustedes, lo más probable es que no exista tal cosa-, se trata de invitar a la reflexión crítica de las creencias religiosas, de sus doctrinas asfixiantes y de sus verdades reveladas. Para empezar, pediría por favor, para enfrentarnos a un debate serio, que dejemos a un lado el tan manido y reduccionista "el ser humano necesita creer en algo" o el lamentable a estas alturas "la religión nos otorga los valores, la separación entre el bien y el mal". Efectivamente, todos los seres humanos, como seres conscientes y racionales, necesitamos y debemos creer en multitud de cosas; pero ninguna creencia resulta más bella que todo lo que atañe a este mundo, a su mejora y armonía, a todo lo que resulta terrenal -sí, por supuesto, la creencia de formas de organizaciones sociales más libres y justas-, pero también a todo lo que afecta a los sentimientos, al cultivo de los valores, del alma si se quiere -concepto al que permito arrebatar toda connotación mística y que me atrevo a definir como nuestra fuerza vital, nuestro desarrollo sensitivo e intelectual-.

Muchos afirmarán que todo esto está muy bien pero que sus creencias son una cuestión de fe, un terreno personal donde nadie puede inmiscuirse, y nada más lejos de mi intención -pretendiendo ser consecuente con un comportamiento libertario- que hacerlo. Sin embargo, es necesario aclarar que la religión es algo más que una cuestión de fe, es un asunto también de verdades reveladas -existen tantas como religiones- donde el hombre es incapaz de llegar por sí solo a esclarecer la supuesta existencia de la divinidad y debe acatar, sin capacidad crítica, ciertos textos elaborados por personas "escogidas" en "comunicación" con la voluntad divina y su verdad reveladora. Aquí es donde existe pleno derecho para toda objeción libertaria y donde el ateísmo cobra su fuerza, cuando tratan de desprender al hombre de su capacidad racional, de su pensamiento o crítica, y es algo que las religiones, en mayor o menor medida, han tratado siempre de realizar. La fe por lo tanto no es válida por sí misma para conformar toda una creencia religiosa. A la creencia en un dios -sea cual fuere el origen de tal cosa- siguió la creación de instituciones religiosas de naturaleza, obviamente, dogmática y autoritaria y de todo un cuerpo clerical al servicio de una determinada teología y cosmogonía sujeta a verdades inamovibles -y que solo será cuestión de tiempo revelar su falsedad, no vale adaptarse a los tiempos venideros-. Ninguna religión, construida en base a verdades irrefutables, puede resistir el paso del tiempo y a los avances en el pensamiento y en el conocimiento científico; honesto sería por parte de esos miembros eclesiásticos, en lugar de pedir perdón tarde, mal y nunca por haber perseguido a la gente que dijo la verdad o que miraba hacia adelante, el reconocer su efímera existencia y su pertenencia a un determinado tiempo histórico. Mucho pedir es esto, y si algunas religiones se refugian en el inmovilismo integrista, otras tratan de adaptarse a una civilización occidental "laica" -o aconfesional, como se define el Estado español- y "democrática", revelando la debilidad de tales términos en nuestra sociedad, donde los diversos poderes, estatales o religiosos -dejemos lo económico para otro momento-, continuan reclamando miserablemente su parte del pastel.


Se creerá, si ello tranquiliza o si resulta atractivo para el usuario, en el paraíso cristiano, en el nirvana budista, en las altas aspiraciones totalizadoras musulmanas -no voy a entrar en qué creencia genera más alto grado de fanatismo, aunque el islamismo no parece admitir heterodoxias-, en todo el rico panteón hinduista o en cualquier creencia neo-pagana... pero todo ello parece obedecer a una necesidad del ser humano por tratar de dar una explicación a las fuerzas del universo, una explicación que se vuelve más compleja a medida que avanza la civilización pero en cuya base se sigue encontrando esa asunción por parte del hombre de su pequeñez e ignorancia -cosa que no me parece mal si se utiliza como punto de partida y no para colocarle en una posición de sumisión como pretende la teología-; a pesar del gran terreno que ha ganado el pensamiento crítico y racional, continúa subyaciendo lo que ha constituido la esencia del poder religioso: la fabricación de mentes sumisas -para evitar esto es imprescindible obviar en la educación y formación de un niño la idea de toda especulación religiosa-, la resignación ante un mundo terrible e incognoscible, con sus numerosas injusticias perpetuadas; finalmente, la única esperanza resulta un más allá fabulado en origen por no se sabe muy bien quién. Desde el pensar ateo, podemos estudiar y analizar toda esa historia de las religiones -incluidas todas las imposiciones y derramamiento de sangre que han llevado, y que siguen llevando a cabo- para desprendernos de todos nuestros temores y llegar lo más lejos posible en una explicación racional del universo.
Resulta curioso que Mariano Rajoy -cabeza mayor del partido político que mejor defiende los intereses de la Iglesia católica, y de cuya mano camina en manifestaciones en los últimos tiempos- se permita continuamente llamar "antiguos" a personas que están a su izquierda y que encuentran motivos sólidos para la protesta en las calles. La derecha de este país, abandonado -y negado en varias ocasiones- su glorioso pasado, abraza la "modernidad" económica pero se mantiene en un reaccionarismo moral que debemos empujar hacia el abismo de una vez por todas. La desacralización de la sociedad en base a la razón crítica -incluso en muchos que insisten en manifestarse fieles a una determinada tradición religiosa- es un hecho y no debemos permitir que los verdaderos "antiguos" lo impidan.

La tradición atea

La historia de la humanidad en este conflicto entre razón y fe no es lineal. Dentro de los sofistas griegos, hubo ya pensadores que o bien negaron la existencia de dioses o, al menos, consideraban que la actividad humana quedaba libre de su intervención. Este libre pensar que se dio en diversas etapas del mundo griego antiguo fue finalmente aplastado por el cristianismo. La Edad Media, época negativa también en lo que atañe a la libertad de pensamiento, no recoge testimonios de una concepción realmente atea; cualquier crítica a la religión dominante era duramente castigada. Siglos más tarde, llegaría el comienzo de la modernidad y la revolución científica con el Renacimiento; no es esta una época que pueda decirse exenta de la idea de una voluntad divina -en ese aspecto, hubo una continuidad con el medievo, siendo el ateísmo considerado inmoral y criminal- pero sí resulta magnífica en cuanto al abono para un pensamiento independiente, racionalista y científico. Finalmente, con la llegada de la Ilustración, las fuerzas religiosas no pueden ya negar el poder de la razón y de la sociedad civil. El siglo XIX, con sus grandes avances en antropología y biología -especialmente, con la teoría de la evolución de Darwin- es ya muy proclive a la posición atea. Poco después, el ateísmo será ya habitual en científicos, racionalistas y humanistas. La expansión y solidez de la nueva visión atea durante el siglo XX tuvo su expresión en la cuestión política; desgraciadamente, es erróneo el ejemplo que se suele dar de ello -muy bien aprovechado por la Iglesia católica, convertida por obra y gracia de vaya usted a saber qué, o quién, en defensora de las libertades- que son los grandes Estados totalitarios comunistas, tremendamente represivos y anuladores del libre pensamiento; en ellos se generó otro tipo de religión -una visión doctrinaria de la historia y de la cuestión social- y trató de interiorizarse la adoración a la inequívoca voluntad del jefe o líder "benefactor".
Algunas religiones, con gran influencia en algunos países y confundidas con el poder estatal, ante este empuje histórico se repliegan en un odioso integrismo; ante ello, es necesario demostrar la superioridad de una sociedad y moral auténticamente láicas, con mayor libertad e igualdad, con una defensa feroz de los derechos humanos y que despierte en todas las personas del planeta, sea cual fuere la tradición de la que vengan, una conciencia y rebeldía libertaria.

Puntos de vista anarquistas

Ya Daniel Guérin escribió que los anarquistas tuvieron que entregarse, para liberar al hombre y dotarle de la capacidad de entender y dominar el mundo, a una gran tarea de "desacralización"; en tamaña empresa entraba la eliminación de todo dogma heredado por generaciones precedentes. Bakunin, en su obra Dios y el Estado, asentaría los objetivos principales de los anarquistas: acabar con la autoritaria idea de una voluntad divina por encima del hombre, confundida con la idea de la autoridad civil. El gigante ruso estuvo muy influido en su pensamiento por el filósofo Feuerbach: la idea de los dioses es ficticia, creada por el hombre a su imagen y semejanza, de acuerdo con sus necesidades, deseos y angustias; por lo tanto, las religiones debían ser comprendidas, además de criticadas, y era necesaria la reducción de la teología a la antropología. Se puede decir que el anarquismo, en el siglo en que vio la luz, adoptó un materialismo que conectaba con el pensamiento de la antigua Grecia -Demócrito, Epicuro- en su búsqueda de una explicación del universo al margen de toda fuerza espiritual o sobrenatural; la humanidad debe contener en sí misma toda fuerza regeneradora y debía depositar en su propio esfuerzo social toda esperanza. Los anarquistas herederaron el espíritu anticlerical de la Revolución francesa pero fueron mucho más allá al tratar de eliminar todo deísmo; sin embargo, trataron de ocupar el lugar autoritario de una divinidad suprema con nociones idealizadas como la de la justicia, la razón, la ciencia, la naturaleza o el mismo hombre. Son bellos conceptos, no cabe duda, pero sometidos, por supuesto, a un análisis constante y a un espíritu crítico para no caer en nuevas formas de dogmatismo.
Hay que mencionar opiniones diferentes dentro de la heterodoxia ácrata, como es la de ese gran libertario, y mejor persona, que fue Errico Malatesta. Ateo convencido, poco amigo de especulaciones filosóficas y consecuente con el tiempo que le tocó vivir, no trataba de extrapolar su propia visión al conjunto de la humanidad, ni de hacer depender el ideal ácrata de una determinada concepción materialista del origen del universo; es decir, apartaba la idea de Dios de la de la revolución libertaria y su profundo humanismo le hacía considerar que una persona creyente no tendería necesariamente hacia la obediencia y la resignación, al mismo tiempo que podía amar el ideal fraterno y libertario. Naturalmente, Malatesta sí se planteaba la presencia de una voluntad divina como un límite a la libertad del hombre, aunque de manera más flexible que otros anarquistas y concretada en ese clero que había impuesto a lo largo de la Historia unas determinadas creencias -más crítico con el autoritarismo eclesiástico que con lo absurdo de sus creencias-.

3 comentarios:

janusz dijo...

¿Las estrellas iluminan el cielo para unos pocos seres animados que viven y mueren, que sienten y dejan de sentir algún día para siempre? ¿Somos polvo, un puñado de átomos, seres orgánicos que se descomponen igual que lo hace un edificio viejo después de unos años? Cuando algo profundo me desgarra por dentro al sentir el sufrimiento de otro ser vivo, o cuando me conmuevo al percibir en la naturaleza la belleza del mundo, ¿acaso me estoy engañando a mi mismo, pobre e insignificante ser aleatorio de impulsos bioquímicos? ¿Realmente nuestro instinto de supervivencia se reduce a un mero instinto fisiológico? Si lo que llamamos ser humano no es mas que fruto de la acción espontánea de un mundo material "racionalmente" increado, porque la ciencia sólo explica lo que observa, y el reino de lo observable es el exclusivo reino de lo material, ¿en qué lugar queda entonces ese componente "humano" que llamamos "libertad" que dirige todas nuestras acciones y pensamientos? Si en verdad no existe ninguna interconexión esencial entre todos los seres vivos más allá de esa visión "lógica de la vida" que sentencia la biología; la vida -esta que percibo con mis ojos, solo con mis ojos y no con mi corazón- no tiene ningún tipo de sentido para mí. Porque el sentido que determina la ciencia entierra en el cementerio todos los sentimientos sublimes que albergo.

Reniego de todas las religiones doctrinales y sus instituciones, así como toda concepción de dios como representante de una justicia divina en la tierra y en el cielo. Pero abomino igualmente a todo aquel que osa a insultarme diciendo que no soy mas que un puñado de átomos, un cuerpo sin alma que vive menos tiempo que las estrellas del firmamento sagrado. Adoro y reverencio cada mañana al sol, a la tierra y el fuego sagrados, y percibo un propósito cósmico que dota de sentido a mi existencia.

Como anarquista, no tolero que nadie en la tierra ni en el cielo ejerza ningún poder sobre mí, pero al sentirme conectado espiritualmente con todos los seres vivos de la tierra, me rebelo también contra todo poder ejercido hacia los demás, cosa que no puede decir con plenos sentimientos el ateo, tan ubicado con los pies en la tierra y tan ensimismado con sus pensamientos en su estómago. El ateo pudiera albergar de vez en cuando livianos sentimientos de compasión y de grandeza heróica, pero éstos quedan sublimados a fuerza de recordarse a si mismo su ideológica o "racional" certeza de que el ser humano no es mas que un puñado de polvo con derecho a vivir unos pocos años. "Después de la muerte, no hay nada," se convence a si mismo el ateo. Al menos el agnóstico tiene el consuelo -¡sí, necesario consuelo! de reconocer que no sabe nada. Y por lo tanto mantiene un predisposición especial a aceptar que la vida no se acaba definitivamente con la muerte. No todos los ateos que se dicen ateos lo son verdaderamente (yo lo fui durante unos años), pero bien pudiera decirse que el perfil del perfecto ateo es el de un ser débil e insignificante, poca cosa, que se contenta fácilmente con respuestas simples. Se dice a si mismo por ejemplo que no existe dios y se queda tan tranquilo. ¡Viva su ciencia sin conciencia!

janusz dijo...

No todos los ateos son insolidarios, pero se podría demostrar la existencia de un componente de su carácter que les inclina peligrosamente hacia la insolidaridad. El mejor revolucionario no es necesariamente el ateo, hay pues otra clase de ser humano de una condición digamos más idealista, más espiritual, y en consecuencia más conectado a valores superiores como son la libertad, la voluntad de justicia y el heroísmo. Por supuesto que debemos acoger a todas y todos las ateos en el seno del anarquismo, pero no caigamos en el error de sobrestimar sus sentimientos a menudo más mundanos y superficiales.

Hay buenos ateos (en el sentido moral kantiano) como hay buenos cristianos, y como hay también malos idealistas, pero está claro que el mejor anarquista es aquella o aquel que está dotado de una naturaleza esencialmente idealista o espiritual. En este sentido habría que hacer un esfuerzo por desenmascarar de una vez ya cierto aspecto inhumano que anida en el ateo que tiende a alejarle del sentido eminentemente trascendente de la revolución.

janusz dijo...

Es curioso que muchos de los y las que se consideran anarquistas tiendan a adscribirse a la epistemología perspectivista y a la filosofía amoral propia del señor Nietzsche, pero luego por otro lado, y de manera del todo incoherente, traten por ejemplo de refutar la existencia de Dios o defender su cosmovisión del anarquismo invocando a Kant y al racionalismo científico. Yo recuerdo de mi viejas lecturas de Nietzsche que éste rechazaba rotundamente tanto al positivismo como a la religión. Así que parece ser, pienso yo ahora, que muchos de los y las anarquistas de hoy son selectivamente irracionales (egoistas e inmorales) para algunas cosas, y racionales para otras cosas que convienen a su punto de vista. ¿Algún día supererán su profunda inconsecuencia filosófica? El agnóstico al menos no se posiciona y tiene la decencia de reconocer que no tiene ninguna respuesta para las cuestiones de la metafísica.

Como anécdota por cierto, según afirmaba Jung "Nietzsche no era ateo [...] La tragedia de Zaratustra se produce porque el propio Nietzsche se convierte en divinidad, pues su dios ha muerto. Y es así porque no era ateo. Poseía una naturaleza demasiado positiva como para tolerar la neurosis urbana del ateísmo." En su ultima obra ”Mi hermana y yo“, escrita en los escasos momentos de lucidez que le dejaba la locura, puede leerse: “Mi fe en el superhombre solo fue una romántica ilusión, mientras que su fe en Dios fue sacudida, pero nunca destruida”.