Herbert Read habla de sistema equitativo, más que de un sistema legal, y al igual que éste demanda un arbitrio que no implique dominación. La administración en una sociedad anarquista dejará a un lado todo prejuicio legal y económico y recurrirá a los principios universales de la razón, determinados por la filosofía o el sentido común. Read apela a cierto idealismo en la gestión de la sociedad, rechaza un materialismo enconsertado en el que los hechos deban ajustarse a una teoría preconcebida. Ese idealismo demanda algo parecido a una religión, sin la cual considera Read que una sociedad no se mantiene demasiado tiempo. Las connotaciones negativas que implica el término "religión", con su demanda de subordinación al ser humano y su dogmatismo, no deben hacernos desestimar lo que este autor quiere decirnos. Por supuesto, el fenómeno de las religiones es analizable científicamente, es posible conocer su evolución y otorgarla una explicación, pero es importante igualmente darla a conocer como "actividad humana sensible". Read considera que si no se otorga una nueva "religión" a la sociedad revertirá inevitablemente hacia creencias antiguas, tal y como ocurrió en el socialismo implantado en Rusia. Además de la readmisión de la Iglesia Ortodoxa, el comunismo dio lugar también a cierta salida para las emociones religiosas: deificación del líder político, con su tumba sagrada, sus estatuas y sus leyendas. El nazismo introdujo un nuevo credo basado en el sincretismo y el fascismo italiano nunca se desvinculó de la Iglesia Católica. Read considera que es posible que de las ruinas del capitalismo pueda aparecer una religión nueva, tal y como el cristianismo surgió de las ruinas de la civilización romana, sin que vaya a ser el socialismo tal y como lo entendieron los materialistas seudohistoricistas.
Jung habló de "arquetipos del inconsciente colectivo", consistentes en complejos factores sicológicos que dan cohesión a una sociedad, y Read apela en esa linea a una religión que implique una "autoridad natural" de gran vitalidad que actúe como árbitro, sin que acabe conviertiéndose en etapas posteriores en un nuevo "opio del pueblo". Hay que entender bien a Read, desprovistos de prejuicios ideológicos, ya que no pide la restauración de ninguna religión ni cree en ninguna en concreto, simplemente piensa que la religión es un componente necesario en cualquier sociedad orgánica. Por otra parte, demanda un mayor desenvolvimiento espiritual que puede aportar el anarquismo, el cual no se muestra exento de cierta "tensión mística" y puede ocupar el lugar de una nueva religión. Si observamos la religión únicamente como un fenómeno histórico a "abolir", si tenemos en cuenta todos los factores que mantienen al ser humano arrodillado y sujeto a cierta voluntad trascendente, se nos hace obviamente rechazable desde nuestra perspectiva libertaria; pero no hay que olvidar que el anarquismo, no solo pretende la transformación de la sociedad en un sistema más equitativo, demanda una moral y un espíritu infinitamente más poderosos que todas las creencias basadas en un plano trascendente y en una voluntad superior. Hay radica tal vez lo que Read pide con un "mayor desenvolvimiento espiritual", al igual que pedimos una mayor horizonte para la razón lo demandamos también para la moral y la acción humanas.
Lo que desea Read es asentar una comunidad socialista que respete las leyes de progresión orgánica, y por lo tanto capaz de perdurar en el tiempo. Para ello, dentro de la visión anarquista, solo es posible que la industria, en manos de los trabajadores y lejos de cualquier centralización que la mantenga estática, se constituya en el seno de una federación de organizaciones colectivas que se gobiernen a sí mismas. Read hablaba de la posibilidad de una parlamento industrial, una especie de cuerpo diplomático regulador de las relaciones entre las diversas colectividades y organo decisor sobre cuestiones generales, pero sin llegar a ser un cuerpo legislativo o ejecutivo ni tener situaciones privilegiadas. La meta sería la desaparición entre el antagonismo entre productor y consumidor, propio del sistema capitalista, y la expansión del principio de solidaridad y de la ayuda mutua para crear estructuras en consonancia con ellas, en detrimento de las basadas estrictamente en la competencia. En estas ideas radica la simplicidad que pide Read, opuesta al monstruo estatal centralizado con sus numerosos conflictos producidos por el abismo abierto entre el productor y el administrador. Dentro de una economía descentralizada, a nivel local o regional, puede darse de manera más eficaz el bienestar de la comunidad basándose en la asociación y en la ayuda mutua. Read quería asegurar el espíritu emprendedor, fundado en esa búsqueda de máximo beneficio para la sociedad.
El problema de la interpretación de la equidad, recordaremos que Read prefería esta denominación a "administración de la justicia", quedará en manos de las organizaciones colectivas. Las tendencias peligrosas de ciertos individuos bien pueden ser sublimadas gracias a determinadas vías de escape inofensivas para las energías emocionales; Read habla del deporte en el que se pueden insertar esos instintos agresivos y tendencias competitivas de algunas personas para ser liberados de manera no dañina. El observar la sociedad como un ser orgánico, como una estructura viva con sus apetitos, instintos, pasión, inteligencia y razón, hace que el crimen sea un mal extirpable. Indagando en la génesis del crimen, como enfermedad social que nace en la pobreza, la desigualdad y las limitaciones emocionales de todo tipo, puede creerse verdaderamente que una sociedad puede ser liberada de esa enfermedad. Toda alternativa a esta visión, netamente anarquista, resulta en adaptar el mundo y la sociedad a alguna suerte de orden artificial producto de una voluntad autoritaria.
Pero, al margen de las exposiciones de Kropotkin, o de autores posteriores, que podrían actuar de guía, Read no desea enconsertar la organización de la sociedad. Sí cree que hay que volcar los esfuerzos en establecer los principios de equidad, de libertad individual y de autogestión, por parte de los productores, a partir de las necesidades y circunstancias locales. Para ello, puede hablarse de acción revolucionaria, aunque se recuerda a Stirner y a Albert Camus en la distinción entre revolución y rebeldía; es la diferencia entre un movimiento que apunta a un mero cambio de instituciones políticas y aquel dirigido contra el Estado que pretende acabar por completo con toda institución jerárquica. El gran arma de la clase trabajadora es la huelga, algo que Read consideraba que no se había empleado estratégicamente a fondo ni con la suficiente valentía, era necesario emplearla contra el Estado (fuerza antagónica de la sociedad). Para Read, pasaba por esta vía acabar con toda tiranía. El sentido de la justicia reclamado era incompatible con el sistema que imperaba ya en Europa y Estados Unidos a mediados del siglo XX y que había hecho ya que la iniquidad se instalara en el mismo desarrollo del capitalismo, por lo que Read deseaba una rebeldía espontánea y universal capaz de atraer lo mejor del hombre, de expandir la razón y la ayuda mutua. Décadas después, y lejos de cualquier tentación visionaria, es incluso más importante insistir en estos valores imperecederos del anarquismo.
Blog integrado por reflexiones sobre el anarquismo, o mejor dicho, los anarquismos y sobre toda forma de emancipación individual y colectiva
domingo, 18 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
La medida del progreso
A mediados del siglo pasado, Herbert Read decía ya "la actitud política característica de nuestros días no es de fe positiva, sino de desesperanza". En ese momento, ya pocos confiaban en el marxismo como una alternativa al capitalismo y toda filosofía social del pasado era vista con recelo. La única práctica del socialismo que parecía haber triunfado no había liberado al hombre de la explotación, las desigualdades sociales continuaban teniendo una causa económica en todas las naciones, sea cual fuera el régimen estatista que imperase. Un mundo nuevo solo puede tener cabida si se da predominancia a los valores de libertad e igualdad frente al lucro, la competencia, el poder técnico o el nacionalismo. El anarquismo es la única filosofía social y política que, en ese aspecto, se mantiene firme a través de los tiempos. Lo que Herbert Read sostenía, en la línea de lo que diría tiempo después Colin Ward, es que multitud de personas en todo el mundo practicaban ya, consciente o inconscientemente, esos valores y solo era necesaria cierta sistematización del ideal ácrata de cara a ser comprendido por el hombre común.
La gran pregunta sigue siendo cuál es la medida del progreso humano, sin que tenga que cuestionarse necesariamente de raíz si estamos o no, al día de hoy, en ese línea de perfeccionamiento. Read destaca que en las formas sociales más primitivas el individuo es solo una unidad, el grupo actúa como un cuerpo único, mientras que en las más perfeccionadas es una personalidad independiente dispuesta a unirse a los demás cuando fuere necesario defender intereses comunes. Así, se establece una medida del progreso por el grado de diferenciación dentro de una sociedad: si el individuo no es más que una unidad en un cuerpo colectivo, se verá limitado y su vida será gris y mecánica; si, por el contrario, es en sí mismo una unidad y posee cierto margen para desarrollarse y expresarse podrá potenciar su conciencia y vitalidad. Es una distinción, si se quiere, muy elemental, pero está demasiado presente, todavía al día de hoy, en la división de los seres humanos. Existen ciertas predisposiciones para que muchosl individuos se refugien y busquen seguridad en el anonimato del rebaño y en la rutina, sin que parezcan tener ambiciones más allá de obedecer y subordinarse ante alguna autoridad; mientras que los hombres que sí poseen la capacidad para desarrollarse acaban siendo los mandatarios de esos hombres incapaces. Herbert Read coloca su medida del verdadero progreso, e incluso puede decirse que un nivel de existencia superior, en la emancipación del esclavo y en la diferenciación de la personalidad. Así lo expresó: "El progreso se mide por la riqueza e intensidad de la experiencia, por una más amplia y profunda comprensión del significado y perspectiva de la existencia humana". Dejemos a un lado la riqueza militar o los éxitos militares de una civilización o de una cultura, su progreso se medirá por los valores y por la creatividad de sus individuos representativos (filósofos, poetas, artistas...).
Por lo tanto, se puede considerar al grupo como un instrumento auxilar en la evolución, un medio para la seguridad y el bienestar económico, incluso puede considerársele esencial para una civilización. Pero el paso siguiente en la evolución sería esa diferenciación del individuo, de tal manera que va alcanzando su auténtica emancipación y no resulta ya la antítesis de la colectividad. Estamos ante una visión anarquista que considera que el desarrollo de la personalidad solo se inserta en las adecuadas condiciones sociales y económicas. A pesar de sus defectos, la antigua civilización griega o el Renacimiento europeo constituyen ejemplos históricos de ese despertar de la conciencia sobre los valores de la libertad y la pluralidad. En una civilización en la que se asegure el progreso y se cultiven los valores no hay diferenciación ya entre sus conquistas y las de los individuos que la componen. Son malos tiempos para hablar de la noción de "progreso", pero leyendo a autores como Herbert Read, que sostiene que los credos y las castas deben formar ya parte del pasado, nos damos cuenta de los errores de la modernidad y de las falacias de la posmodernidad.
Precisamente, Read recuerda a Nietzsche, autor tan mencionado por los filósofos posmodernos, como el primero que llamó la atención sobre el significado del individuo como una medida dentro del proceso evolutivo. La relación entre individuo y grupo es el origen de todas las complejidades de la existencia, por lo que Read reclama indagar y simplificar para desenredar la madeja a la que se ha dado lugar. Incluso, esa correspondencia entre la persona y la colectividad son el origen de la conciencia y de la moral, visión a la que ayudan las diferentes disciplinas científicas y que solo encuentra oposición en la religión. Si la religión y la política fueron intentos históricos originarios de determinar la conducta del grupo, sabemos que el proceso siguiente supone que un individuo o una clase se hagan con el poder de las instituciones políticas y religiosas para volverlas contra la sociedad (aunque, en origen los propósitos fueran otros). En este proceso, el individuo acaba viendo primero deformados sus instintos y luego finalmente inhibidos gracias a un rígido código social, la vida se convierte en convención, conformismo y disciplina. Pero Read hace una importante distinción entre esa disciplina impuesta y una actitud vital que tenga su origen en la libre iniciativa y en la libre asociación; son dos cualidades que solo pueden verdaderamente desarrollarse a nivel individual y sin instancia coercitiva que imponga un comportamiento mecánico.
De esa manera, se reclama una "ley inherente a la vida", que no sería arbitraria tal y como sostuvo Nietzsche, y sí garante de la equidad, de la armonía estructural y de la funcionalidad. Read criticaba como paradójica la definición del diccionario inglés sobre la bella palabra "equidad": "recurso a principios de justicia para corregir o completar la ley". Dicho uso del término no distingue entre el derecho consuetudinario o jurídico, los cuales no coinciden necesariamente con una ley natural o justa. En cambio, si acudimos al diccionario de la lengua española (y que me perdonen los amigos que me critican por esto, solo lo hago como un punto de partida regulador, con todos los ánimos críticos), encontramos varias acepciones entre las que se encuentran las siguientes: "Bondadosa templanza habitual (continúa, hablando de oposición a la Ley)", "Justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva". En la jurisprudencia romana, se puso por primera vez de manifiesto el principio de equidad; se derivó, por analogía, del significado físico de la palabra y se basaba en la estricta observación de las instituciones existentes con el fin de que se asemejaran a ese estado hipotético de la naturaleza basado en el orden simétrico tanto físico como moral. Read distingue entre la leyes naturales, que bien pueden recibir también el nombre de leyes del universo físico, y el "estado prístino de la naturaleza" de la teoría rousseauniana, más sentimental que otra cosa al añorar un pasado ideal y desdeñar el mundo real (algo opuesto a la visión romana).
Read, sin defender obviamente relación alguna con el derecho romano, sí afirma que el anarquismo tiene su origen en la ley natural (y no en el estado natural). No se trata de sostener la bonhomía de la naturaleza humana, sino de tomar como modelo la simplicidad y armonía de las leyes físicas universales. Se remite a Rudolf Rocker, y a su obra Nacionalismo y cultura, para confirmar la divergencia, también en este aspecto, del anarquismo con el socialismo estatista: "El socialismo moderno tiende a establecer un vasto sistema de derecho positivo contra el cual ya no exista una instancia de equidad. El objeto del anarquismo, por otro lado, es extender el principio de equidad hasta que reemplace totalmente el derecho positivo". En la misma línea, Bakunin ya rechazaba todo sentido de la justicia basado en la jurisprudencia romana, en gran medida fundada en actos de violencia y bendecida por algún tipo de Iglesia para transformarse en principio absoluto; reivindicaba, por el contrario, una justicia fundada en la conciencia de la humanidad, en la conciencia de cada uno de sus miembros. Es una justicia universal para el anarquista ruso, pero que no se ha impuesto en el mundo político, jurídico o económico debido al abuso de la fuerza y a las influencias religiosas.
La gran pregunta sigue siendo cuál es la medida del progreso humano, sin que tenga que cuestionarse necesariamente de raíz si estamos o no, al día de hoy, en ese línea de perfeccionamiento. Read destaca que en las formas sociales más primitivas el individuo es solo una unidad, el grupo actúa como un cuerpo único, mientras que en las más perfeccionadas es una personalidad independiente dispuesta a unirse a los demás cuando fuere necesario defender intereses comunes. Así, se establece una medida del progreso por el grado de diferenciación dentro de una sociedad: si el individuo no es más que una unidad en un cuerpo colectivo, se verá limitado y su vida será gris y mecánica; si, por el contrario, es en sí mismo una unidad y posee cierto margen para desarrollarse y expresarse podrá potenciar su conciencia y vitalidad. Es una distinción, si se quiere, muy elemental, pero está demasiado presente, todavía al día de hoy, en la división de los seres humanos. Existen ciertas predisposiciones para que muchosl individuos se refugien y busquen seguridad en el anonimato del rebaño y en la rutina, sin que parezcan tener ambiciones más allá de obedecer y subordinarse ante alguna autoridad; mientras que los hombres que sí poseen la capacidad para desarrollarse acaban siendo los mandatarios de esos hombres incapaces. Herbert Read coloca su medida del verdadero progreso, e incluso puede decirse que un nivel de existencia superior, en la emancipación del esclavo y en la diferenciación de la personalidad. Así lo expresó: "El progreso se mide por la riqueza e intensidad de la experiencia, por una más amplia y profunda comprensión del significado y perspectiva de la existencia humana". Dejemos a un lado la riqueza militar o los éxitos militares de una civilización o de una cultura, su progreso se medirá por los valores y por la creatividad de sus individuos representativos (filósofos, poetas, artistas...).
Por lo tanto, se puede considerar al grupo como un instrumento auxilar en la evolución, un medio para la seguridad y el bienestar económico, incluso puede considerársele esencial para una civilización. Pero el paso siguiente en la evolución sería esa diferenciación del individuo, de tal manera que va alcanzando su auténtica emancipación y no resulta ya la antítesis de la colectividad. Estamos ante una visión anarquista que considera que el desarrollo de la personalidad solo se inserta en las adecuadas condiciones sociales y económicas. A pesar de sus defectos, la antigua civilización griega o el Renacimiento europeo constituyen ejemplos históricos de ese despertar de la conciencia sobre los valores de la libertad y la pluralidad. En una civilización en la que se asegure el progreso y se cultiven los valores no hay diferenciación ya entre sus conquistas y las de los individuos que la componen. Son malos tiempos para hablar de la noción de "progreso", pero leyendo a autores como Herbert Read, que sostiene que los credos y las castas deben formar ya parte del pasado, nos damos cuenta de los errores de la modernidad y de las falacias de la posmodernidad.
Precisamente, Read recuerda a Nietzsche, autor tan mencionado por los filósofos posmodernos, como el primero que llamó la atención sobre el significado del individuo como una medida dentro del proceso evolutivo. La relación entre individuo y grupo es el origen de todas las complejidades de la existencia, por lo que Read reclama indagar y simplificar para desenredar la madeja a la que se ha dado lugar. Incluso, esa correspondencia entre la persona y la colectividad son el origen de la conciencia y de la moral, visión a la que ayudan las diferentes disciplinas científicas y que solo encuentra oposición en la religión. Si la religión y la política fueron intentos históricos originarios de determinar la conducta del grupo, sabemos que el proceso siguiente supone que un individuo o una clase se hagan con el poder de las instituciones políticas y religiosas para volverlas contra la sociedad (aunque, en origen los propósitos fueran otros). En este proceso, el individuo acaba viendo primero deformados sus instintos y luego finalmente inhibidos gracias a un rígido código social, la vida se convierte en convención, conformismo y disciplina. Pero Read hace una importante distinción entre esa disciplina impuesta y una actitud vital que tenga su origen en la libre iniciativa y en la libre asociación; son dos cualidades que solo pueden verdaderamente desarrollarse a nivel individual y sin instancia coercitiva que imponga un comportamiento mecánico.
De esa manera, se reclama una "ley inherente a la vida", que no sería arbitraria tal y como sostuvo Nietzsche, y sí garante de la equidad, de la armonía estructural y de la funcionalidad. Read criticaba como paradójica la definición del diccionario inglés sobre la bella palabra "equidad": "recurso a principios de justicia para corregir o completar la ley". Dicho uso del término no distingue entre el derecho consuetudinario o jurídico, los cuales no coinciden necesariamente con una ley natural o justa. En cambio, si acudimos al diccionario de la lengua española (y que me perdonen los amigos que me critican por esto, solo lo hago como un punto de partida regulador, con todos los ánimos críticos), encontramos varias acepciones entre las que se encuentran las siguientes: "Bondadosa templanza habitual (continúa, hablando de oposición a la Ley)", "Justicia natural, por oposición a la letra de la ley positiva". En la jurisprudencia romana, se puso por primera vez de manifiesto el principio de equidad; se derivó, por analogía, del significado físico de la palabra y se basaba en la estricta observación de las instituciones existentes con el fin de que se asemejaran a ese estado hipotético de la naturaleza basado en el orden simétrico tanto físico como moral. Read distingue entre la leyes naturales, que bien pueden recibir también el nombre de leyes del universo físico, y el "estado prístino de la naturaleza" de la teoría rousseauniana, más sentimental que otra cosa al añorar un pasado ideal y desdeñar el mundo real (algo opuesto a la visión romana).
Read, sin defender obviamente relación alguna con el derecho romano, sí afirma que el anarquismo tiene su origen en la ley natural (y no en el estado natural). No se trata de sostener la bonhomía de la naturaleza humana, sino de tomar como modelo la simplicidad y armonía de las leyes físicas universales. Se remite a Rudolf Rocker, y a su obra Nacionalismo y cultura, para confirmar la divergencia, también en este aspecto, del anarquismo con el socialismo estatista: "El socialismo moderno tiende a establecer un vasto sistema de derecho positivo contra el cual ya no exista una instancia de equidad. El objeto del anarquismo, por otro lado, es extender el principio de equidad hasta que reemplace totalmente el derecho positivo". En la misma línea, Bakunin ya rechazaba todo sentido de la justicia basado en la jurisprudencia romana, en gran medida fundada en actos de violencia y bendecida por algún tipo de Iglesia para transformarse en principio absoluto; reivindicaba, por el contrario, una justicia fundada en la conciencia de la humanidad, en la conciencia de cada uno de sus miembros. Es una justicia universal para el anarquista ruso, pero que no se ha impuesto en el mundo político, jurídico o económico debido al abuso de la fuerza y a las influencias religiosas.
martes, 13 de abril de 2010
Saint-Simon y las ciencias sociales
Saint-Simon (1760-1825) fue uno de los pensadores políticos franceses que, gracias al progreso de la ciencia y de la industria, se esforzaron en comprender el desarrollo de la sociedad y de la historia, y también en establecer programas para una reorganización social. No obstante, el pensamiento y las convicciones sansimonianas no aparecen de forma sistemática, sino formando una especie de hervidero de ideas recogidas por sus discípulos en la llamada "Escuela de Saint-Simon" (algunas de cuyas variantes, parece ser, incurrieron en el auténtico delirio "religioso"). Básicamente, este autor considera que existen dos tipos de épocas en la historia: las épocas críticas, necesarias para eliminar las "fosilizaciones" sociales, y las épocas orgánicas. El hombre no es un mero actor pasivo en el acontecer de la historia, tiene siempre la posibilidad de descubrir los medios de alterar el medio social en el que se inserta; estas alteraciones resultan indispensables para la evolución de la sociedad cuando esta funciona con normas que no le corresponden. No existen normas sociales convenientes para todo agrupación humana, lo adecuado para una época puede no serlo para otra (algo habitual). La moderna sociedad industrial, de esa manera, necesita modificar la estructura del ancien régime, todavía subsistente en ella, si de verdad quiere desarrollarse
Un libro atractivo y esclarecedor es Sociología de Saint-Simon, escrito por el especialista en ciencias sociales Pierre Ansart. Lo que se defiende en esta obra, algo tal vez no estudiado con anterioridad, es que Saint-Simon fue uno de los precursores más interesantes de la sociología contemporánea. Recurrente es incluir a este autor, junto a Fourier y Owen, y creo que debido en origen a Marx, en el llamado "socialismo utópico", pero fue Durkheim el primero en aportar una nueva interpretación de la obra de Saint-Simon y en señalar su importancia en la creación de las ciencias sociales. La obra de Saint-Simon se sitúa en el primer cuarto del siglo XIX, momento crucial para la intelectualidad europea, en el que se abandonó el pensamiento del siglo de las luces y se convirtió al hombre en objeto del conocimiento científico, lo que hará posible la aparición de las ciencias sociales; por otra parte, destaca en el pensamiento sansimoniano su presciencia sobre lo que él llamaba el "sistema industrial". Por lo tanto, Saint-Simon no es, ni de lejos, un autor que se deje llevar meramente por su imaginación, sino que se inserta significativamente en un periodo intelectual crucial para la historia, lo que él mismo definía como una auténtica revolución científica que alcanzaba a todas las ramas del saber y que anunciaba una nueva ciencia que tendrá como objeto el hombre y la sociedad.
Saint-Simon volcará sus críticas en la religión y en la metafísica, denunciará toda rastro de las viejas costumbres, la subordinación a los dogmas establecidos, así como la incapacidad de pensar positivamente las relaciones sociales y su evolución. Todo este esfuerzo crítico no será sino la preparación para el estudio de la nueva disciplina, los preámbulos para una nueva fase de creación y de organización. El entusiasmo de la obra sansimoniana pone todo su empeño en el progreso, gracias a que las ciencias físicas y humanas puedan hacerse acumulativas; el francés cree vislumbrar una nueva humanidad con nuevas organizaciones sociales e intelectuales. Pero el camino a recorrer era largo, ya que el vasto campo de los hechos sociales se encontraba aún en manos de las creencias teológicas y de la abstración filosófica. El libro de Pierre Ansart tiene como objeto el estudio detallado de este intento de Saint-Simon de crear una "ciencia del hombre" o "ciencia de las sociedades", algo que puede ser considerado como el primer intento sistemático de creación de las ciencias sociales. Saint-Simon apuesta porque el observador social se proponga el estudio de las "organizaciones sociales", con el objeto de mostrar la especificidad de los distintos sistemas sociales y la composición de las instituciones, su funcionamiento, coherencia o situación conflictiva. Gracias a la observación y a la investigación, es posible descubrir las condiciones del proceso social, explicar la evolución en el pasado y prever las grandes líneas de las ulteriores transformaciones. Por lo tanto, una de las grandes aportaciones de Saint-Simon es el otorgar a la ciencias sociales un objeto definido, y el descubrimiento de la especificidad de ese objeto con respeto a las ciencias físicias y ciencias biológicas.
Todo este esfuerzo de la obra sansimoniana de creación de una ciencia social estaba dirigido a derribar un sistema político establecido, el anunciamiento de una evolución social futura va parejo a la instauración de una práctica política que conduce a una nueva organización de la sociedad. No existe, de este modo, una mera reflexión científica y filosófica, se pretende que la política se vuelva "positiva": que descubra las características de la nueva organización social y que indique los medios para alcanzarla. El pensamiento de Saint-Simon paso de condenar el ancien régime, como tantos otros liberales de su tiempo, a ser auténticamente revolucionario, ya que concluyó que el desarrollo de la la sociedad industrial sería determinante para la nueva sociedad, se transformaría la naturaleza de las realaciones sociales y se impugnaría el principio de la propiedad privada. Es por eso que a Saint-Simon se le considera una de los primeros teóricos del socialismo moderno. Pero el optimismo sobre el fin de los conflictos militares gracias a la extensión de la industria no tuvo un reflejo en los siglos posteriores; no obstante, Ansart defiende la presencia de Saint-Simon en el pensamiento contemporáneo gracias a una serie de valores que permanecen actuales (a pesar de las apariencias del "sistema triunfante"): la urgencia del desarrollo industrial, el progreso científico y técnico, la necesidad de una planificación racional o la necesaria participación de los productores en la empresa colectiva. No obstante, hay que señalar también las paradojas y "fracasos": las afirmaciones de Saint-Simon sobre el carácter pacífico de la industria, así como la transparencia inherente a una sociedad avanzada en ese sentido, o sobre lo imposible de que se produjera una tecnocracia opresiva. Es el fracaso de una evolución industrial en la que se confió de manera excesiva, tal vez porque Saint-Simon se situó en la génesis y en un plano excesivamente general y sintético. Ansart cree que la lectura de la obra sansimoniana obliga a replantear todos estos problemas y a indagar en por qué no se han cumplido las expectativas.
Un libro atractivo y esclarecedor es Sociología de Saint-Simon, escrito por el especialista en ciencias sociales Pierre Ansart. Lo que se defiende en esta obra, algo tal vez no estudiado con anterioridad, es que Saint-Simon fue uno de los precursores más interesantes de la sociología contemporánea. Recurrente es incluir a este autor, junto a Fourier y Owen, y creo que debido en origen a Marx, en el llamado "socialismo utópico", pero fue Durkheim el primero en aportar una nueva interpretación de la obra de Saint-Simon y en señalar su importancia en la creación de las ciencias sociales. La obra de Saint-Simon se sitúa en el primer cuarto del siglo XIX, momento crucial para la intelectualidad europea, en el que se abandonó el pensamiento del siglo de las luces y se convirtió al hombre en objeto del conocimiento científico, lo que hará posible la aparición de las ciencias sociales; por otra parte, destaca en el pensamiento sansimoniano su presciencia sobre lo que él llamaba el "sistema industrial". Por lo tanto, Saint-Simon no es, ni de lejos, un autor que se deje llevar meramente por su imaginación, sino que se inserta significativamente en un periodo intelectual crucial para la historia, lo que él mismo definía como una auténtica revolución científica que alcanzaba a todas las ramas del saber y que anunciaba una nueva ciencia que tendrá como objeto el hombre y la sociedad.
Saint-Simon volcará sus críticas en la religión y en la metafísica, denunciará toda rastro de las viejas costumbres, la subordinación a los dogmas establecidos, así como la incapacidad de pensar positivamente las relaciones sociales y su evolución. Todo este esfuerzo crítico no será sino la preparación para el estudio de la nueva disciplina, los preámbulos para una nueva fase de creación y de organización. El entusiasmo de la obra sansimoniana pone todo su empeño en el progreso, gracias a que las ciencias físicas y humanas puedan hacerse acumulativas; el francés cree vislumbrar una nueva humanidad con nuevas organizaciones sociales e intelectuales. Pero el camino a recorrer era largo, ya que el vasto campo de los hechos sociales se encontraba aún en manos de las creencias teológicas y de la abstración filosófica. El libro de Pierre Ansart tiene como objeto el estudio detallado de este intento de Saint-Simon de crear una "ciencia del hombre" o "ciencia de las sociedades", algo que puede ser considerado como el primer intento sistemático de creación de las ciencias sociales. Saint-Simon apuesta porque el observador social se proponga el estudio de las "organizaciones sociales", con el objeto de mostrar la especificidad de los distintos sistemas sociales y la composición de las instituciones, su funcionamiento, coherencia o situación conflictiva. Gracias a la observación y a la investigación, es posible descubrir las condiciones del proceso social, explicar la evolución en el pasado y prever las grandes líneas de las ulteriores transformaciones. Por lo tanto, una de las grandes aportaciones de Saint-Simon es el otorgar a la ciencias sociales un objeto definido, y el descubrimiento de la especificidad de ese objeto con respeto a las ciencias físicias y ciencias biológicas.
Todo este esfuerzo de la obra sansimoniana de creación de una ciencia social estaba dirigido a derribar un sistema político establecido, el anunciamiento de una evolución social futura va parejo a la instauración de una práctica política que conduce a una nueva organización de la sociedad. No existe, de este modo, una mera reflexión científica y filosófica, se pretende que la política se vuelva "positiva": que descubra las características de la nueva organización social y que indique los medios para alcanzarla. El pensamiento de Saint-Simon paso de condenar el ancien régime, como tantos otros liberales de su tiempo, a ser auténticamente revolucionario, ya que concluyó que el desarrollo de la la sociedad industrial sería determinante para la nueva sociedad, se transformaría la naturaleza de las realaciones sociales y se impugnaría el principio de la propiedad privada. Es por eso que a Saint-Simon se le considera una de los primeros teóricos del socialismo moderno. Pero el optimismo sobre el fin de los conflictos militares gracias a la extensión de la industria no tuvo un reflejo en los siglos posteriores; no obstante, Ansart defiende la presencia de Saint-Simon en el pensamiento contemporáneo gracias a una serie de valores que permanecen actuales (a pesar de las apariencias del "sistema triunfante"): la urgencia del desarrollo industrial, el progreso científico y técnico, la necesidad de una planificación racional o la necesaria participación de los productores en la empresa colectiva. No obstante, hay que señalar también las paradojas y "fracasos": las afirmaciones de Saint-Simon sobre el carácter pacífico de la industria, así como la transparencia inherente a una sociedad avanzada en ese sentido, o sobre lo imposible de que se produjera una tecnocracia opresiva. Es el fracaso de una evolución industrial en la que se confió de manera excesiva, tal vez porque Saint-Simon se situó en la génesis y en un plano excesivamente general y sintético. Ansart cree que la lectura de la obra sansimoniana obliga a replantear todos estos problemas y a indagar en por qué no se han cumplido las expectativas.
domingo, 11 de abril de 2010
En defensa del ateísmo
Existirán muchas motivaciones para el ateísmo. Afortunadamente, hoy en día, proliferan los grupos y federaciones que se declaran ateos, pero no está de más examinar con atención las premisas morales e ideológicas que pueden compartir los integrantes de estos grupos. No voy a hablar en nombre de nadie, pero expresaré aquí un pensamiento y una conducta con la me identifico plenamente al hablar de ateísmo y con la que creo que se puede enarbolar una bandera (simbólica, por favor) en los grupos ateos. Habrá que aclarar, antes de caer en una conversación pueril o baladí, que el ateísmo demandado está lleno de contenido humano, moral y filosófico. La "no creencia", en una divinidad o en alguna suerte de trascendencia o plano sobrenatural, resulta un punto de partida nada más. Al igual que la anarquía puede tener una acepción negativa, y debe ser respondida con los más poderosos valores humanos en una adecuada praxis, el ateísmo no es, a mi modo de ver, una simple ausencia de fe ultraterrena (algo que tiene muchas aristas, por supuesto, y no es únicamente el monoteísmo su único sendero).
Naturalmente, atravesaremos nociones casi polisémicas, que tienen muchas lecturas, pero precisamente por ello es necesario esclarecer y profundizar en todo ello. Las recientes campañas "ateas", con sus eslóganes que aluden a la tranquilidad existencial, sin necesidad de respuestas metafísicas, y a potenciar la vida de cada uno, por muy atractivas que aparezcan, resultan insuficientes. Como toda campaña de publicidad, es una mera superficie de un objeto de consumo a "vender", y requiere de mucho más trayecto. Es posible que el desarrollo de la humanidad juegue a favor del ateísmo, así lo creo yo, pero para no caer en un simple monarca derrocado (póngase aquí el nombre que se quiera, religioso o político) con un trono vacío dispuesto a ser ocupado por cualquier ente o concepto que mantenga a los individuos arrodillados. Porque diré que para mí la religión, junto sus trasuntos políticos y terrenales, supone subordinación, acatamiento a una autoridad divina o trascendente. No temo caer en la simplificación, así me parece y así quiero expresarlo. Toda religión requiere la subordinación de los individuos; al igual que la dominación política, se presentará de manera más o menos sutil, pero la acatación de una autoridad superior es lo que se manifiesta en todas las creencias.
Son recurrentes también las discusiones acerca de la libertad de los individuos para manifestar su creencia como consideren adecuado, la separación entre la fe individual y la institución inicua construida en torno a una creencia (solo supuestamente, a mi modo de ver, ya que existen muchos factores analizables para averiguar por qué se mantiene una institución autoritaria). El lenguaje es primordial para asentar conceptos y, si nos fiamos de la RAE, no caben muchas dudas acerca de lo que es religión en su acepción más completa: "Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto". Subordinación, dogmas, miedo, ritos, cultos, normalización de la conducta (moral restrictiva), abnegación, obediencia, sacrificio... Todo ello forma parte de la religión, en el momento en que hablemos de superación de todo esa subordinación, solo ampliamos los márgenes de libertad de los individuos. (¿concesiones o una religión liberadora?). Bien es cierto que, junto a la obediencia a la doctrina (que es mantenida por la institución, ya que la creencia se extiende hacia lo social) y el culto a la divinidad, se habla de obligación de conciencia y de cumplimiento de un deber. En este sentido, la noción de religión es asumible por cualquier conducta humana, incluso por la más noble y solidaria. Si obedezco a mi conciencia en el deseo de ayudar a mis semejantes, nadie puede convencerme de que ello es trascendente a mí, y sí inmanente. Esta dicotomía entre "inmanencia" e "inherencia" es interesante, aunque tal vez entremos de nuevo en una simplificación excesiva.
No confiamos ciegamente en la bondad rousseauniana de los individuos, ni creo siquiera que nadie sostenga a estas alturas que el individuo es esencialmente bueno o malo (nadie, excepto los religiosos, seguramente, otro motivo más para apostar por el ateísmo). Abogamos por una potenciación de lo terrenal, un hedonismo completado (nunca opuesto) con los más nobles valores solidarios comprobables en la acción social; ya que la satisfacción de ayudar a desarrollarnos a nosotros mismos, en armonía con los demás, no es quizá comparable a nada en la vida. Algunos de los mejores valores mostrados por la humanidad, tal vez sean en parte heredados de las religiones (yo creo que, simplemente, nos los han legado nuestros ancestros) y nuestra gran empresa es potenciarlos hasta edificar el mejor de los mundos. Repasando importantes conceptos, "individualismo" es una palabra también polisémica, que rara vez es reivindicada por una religión; "solidaridad", en cambio, (junto con algunas palabras similares que aluden a valores humanos) sí aparece recurrentemente en el discurso religioso. Pero todo ello aparece subordinado a todas las nociones autoritarias mencionadas con anterioridad, y que hay que recordarlo continuamente, ya que actúan como obstáculo para la evolución y el desarrollo de esos mismos valores.
Cualquier religión se enmarca, en mayor o en menor medida, dentro de una cultura autoritaria, y el ateísmo es, a mi modo de ver las cosas, la respuesta para buscar la autonomía. Si ya no deseamos hacernos preguntas, nos mantendremos arrodillados, pero si deseamos seguir indagando, continuar evolucionando y potenciando la vida, solo podemos recurrir a un horizonte más amplio (y este horizonte, únicamente solo lo observo en el plano terrenal, con todas las preguntas que ello suscita acerca de los que es "real"). Uno de los factores que más hablan a favor del anarquismo es el del autoritarismo como obstáculo para el desarrollo de la civilización (y utilizo esta palabra con la intención más amplia); no todas las personas lo verán así, y aquí entra el continuo debate enriquecedor, pero pienso que hay que mostrarse filosófica y vitalmente combativos con la religión (con sus instituciones y con su pensamiento, me refiero), como sinónimo de subordinación y conservadurismo no puede tener cabida en ese deseo de cambiar a mejor y de transformar la sociedad. He confundido, de manera más o menos consciente, las ideas "ateísmo" y "anarquismo"; obviamente, no estarán de acuerdo conmigo los numerosos ateos que no se consideran ácratas, pero resulta más interesante observar el ateísmo desde un punto de vista crítico con una cultura autoritaria y ello me acaba llevando a un terreno político y filosófico más amplio.
Naturalmente, atravesaremos nociones casi polisémicas, que tienen muchas lecturas, pero precisamente por ello es necesario esclarecer y profundizar en todo ello. Las recientes campañas "ateas", con sus eslóganes que aluden a la tranquilidad existencial, sin necesidad de respuestas metafísicas, y a potenciar la vida de cada uno, por muy atractivas que aparezcan, resultan insuficientes. Como toda campaña de publicidad, es una mera superficie de un objeto de consumo a "vender", y requiere de mucho más trayecto. Es posible que el desarrollo de la humanidad juegue a favor del ateísmo, así lo creo yo, pero para no caer en un simple monarca derrocado (póngase aquí el nombre que se quiera, religioso o político) con un trono vacío dispuesto a ser ocupado por cualquier ente o concepto que mantenga a los individuos arrodillados. Porque diré que para mí la religión, junto sus trasuntos políticos y terrenales, supone subordinación, acatamiento a una autoridad divina o trascendente. No temo caer en la simplificación, así me parece y así quiero expresarlo. Toda religión requiere la subordinación de los individuos; al igual que la dominación política, se presentará de manera más o menos sutil, pero la acatación de una autoridad superior es lo que se manifiesta en todas las creencias.
Son recurrentes también las discusiones acerca de la libertad de los individuos para manifestar su creencia como consideren adecuado, la separación entre la fe individual y la institución inicua construida en torno a una creencia (solo supuestamente, a mi modo de ver, ya que existen muchos factores analizables para averiguar por qué se mantiene una institución autoritaria). El lenguaje es primordial para asentar conceptos y, si nos fiamos de la RAE, no caben muchas dudas acerca de lo que es religión en su acepción más completa: "Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto". Subordinación, dogmas, miedo, ritos, cultos, normalización de la conducta (moral restrictiva), abnegación, obediencia, sacrificio... Todo ello forma parte de la religión, en el momento en que hablemos de superación de todo esa subordinación, solo ampliamos los márgenes de libertad de los individuos. (¿concesiones o una religión liberadora?). Bien es cierto que, junto a la obediencia a la doctrina (que es mantenida por la institución, ya que la creencia se extiende hacia lo social) y el culto a la divinidad, se habla de obligación de conciencia y de cumplimiento de un deber. En este sentido, la noción de religión es asumible por cualquier conducta humana, incluso por la más noble y solidaria. Si obedezco a mi conciencia en el deseo de ayudar a mis semejantes, nadie puede convencerme de que ello es trascendente a mí, y sí inmanente. Esta dicotomía entre "inmanencia" e "inherencia" es interesante, aunque tal vez entremos de nuevo en una simplificación excesiva.
No confiamos ciegamente en la bondad rousseauniana de los individuos, ni creo siquiera que nadie sostenga a estas alturas que el individuo es esencialmente bueno o malo (nadie, excepto los religiosos, seguramente, otro motivo más para apostar por el ateísmo). Abogamos por una potenciación de lo terrenal, un hedonismo completado (nunca opuesto) con los más nobles valores solidarios comprobables en la acción social; ya que la satisfacción de ayudar a desarrollarnos a nosotros mismos, en armonía con los demás, no es quizá comparable a nada en la vida. Algunos de los mejores valores mostrados por la humanidad, tal vez sean en parte heredados de las religiones (yo creo que, simplemente, nos los han legado nuestros ancestros) y nuestra gran empresa es potenciarlos hasta edificar el mejor de los mundos. Repasando importantes conceptos, "individualismo" es una palabra también polisémica, que rara vez es reivindicada por una religión; "solidaridad", en cambio, (junto con algunas palabras similares que aluden a valores humanos) sí aparece recurrentemente en el discurso religioso. Pero todo ello aparece subordinado a todas las nociones autoritarias mencionadas con anterioridad, y que hay que recordarlo continuamente, ya que actúan como obstáculo para la evolución y el desarrollo de esos mismos valores.
Cualquier religión se enmarca, en mayor o en menor medida, dentro de una cultura autoritaria, y el ateísmo es, a mi modo de ver las cosas, la respuesta para buscar la autonomía. Si ya no deseamos hacernos preguntas, nos mantendremos arrodillados, pero si deseamos seguir indagando, continuar evolucionando y potenciando la vida, solo podemos recurrir a un horizonte más amplio (y este horizonte, únicamente solo lo observo en el plano terrenal, con todas las preguntas que ello suscita acerca de los que es "real"). Uno de los factores que más hablan a favor del anarquismo es el del autoritarismo como obstáculo para el desarrollo de la civilización (y utilizo esta palabra con la intención más amplia); no todas las personas lo verán así, y aquí entra el continuo debate enriquecedor, pero pienso que hay que mostrarse filosófica y vitalmente combativos con la religión (con sus instituciones y con su pensamiento, me refiero), como sinónimo de subordinación y conservadurismo no puede tener cabida en ese deseo de cambiar a mejor y de transformar la sociedad. He confundido, de manera más o menos consciente, las ideas "ateísmo" y "anarquismo"; obviamente, no estarán de acuerdo conmigo los numerosos ateos que no se consideran ácratas, pero resulta más interesante observar el ateísmo desde un punto de vista crítico con una cultura autoritaria y ello me acaba llevando a un terreno político y filosófico más amplio.
jueves, 8 de abril de 2010
Sobre la fe, la creencia y el ideal
Hace unos días, reenvié el enlace a una entrevista a Karlheinz Deschner, autor alemán licenciado en filosofía y teología. A pesar de que el entrevistador se muestra algo tendencioso y recurrente a los habituales lugares comunes que defienden la tradición religiosa, tal vez por los argumentos tan beligerantes del entrevistado sobre el cristianismo y la Iglesia Católica, el entrevistado no se anda con tapujos y deja clara su opinión sobre las mentiras e injusticias que se han producido durante milenios, ya expresada en su obra Historia criminal del cristianismo. Incluso, cuando se le recuerda el germen terrorista que supuestamente anida en otra creencia religiosa, el Islam, Deschner manifiesta que hay estudios que muestran que las causas de la violencia política se encuentran, en realidad, en la pobreza, la mala administración y en la represión. No hay que desdeñar el peligro del fanatismo religioso y/o nacionalista, pero tampoco dejar a un lado las situaciones que lo alimentan. Curiosamente, Deschner asegura que es agnóstico, que deja abierta la pregunta sobre la divinidad, pero cree que una sociedad exenta de "Dios", sin mitos y sin mentiras religiosas, supone un punto de partida para un cambio a mejor.
El caso es que la recepción de mi correo y la lectura de la entrevista da lugar a un interesante intercambio de correos con diversas posturas sobre la religión. Hay quien opina que las cuestiones religiosas solo pueden abordarse desde la fe, y que el agnóstico y el ateo únicamente pueden hablar de las obras de los hombres. Así de claro. Mi opinión es que la cosa tiene trampa y mucha por parte de los "religiosos". Decir que el agnóstico o el ateo solo pueden hablar de "las obras de los hombres" es una perogrullada (no sé si ponerle el calificativo de autoritaria) e, incluso, una mezquindad, si hablamos de las barbaridades que se han hecho y se siguen haciendo en nombre de "dios" (como es lógico, esas barbaridades son "cosas de los hombres", y de ello hablamos). Por otra parte, no sé yo si la fe personal de cada uno es indisociable de las instituciones religiosas; claro está, allá cada uno con sus creencias, pero sin instituciones difícilmente va a tener la cosa una base sólida (es más, ¿tiene sentido la religión sin institución?; los religiosos que, supuestamente, se muestran críticos con la Iglesia Católica, más tarde o más temprano terminan apuntalándola, no conozco ningún ejemplo contrario). A mí, más que hablar en contra de la religión, me gusta hablar en contra de todo tipo de trascendencia, de absolutismo (que es inherente a toda doctrina religiosa, por mucho que lo adorne como quieran o que se adapten a tiempos nuevos), de subordinación (que se da en la religión y en otros ámbitos humanos), y trabajar potenciando los valores humanos y la vida terrenal (pero, claro está, el religioso saldrá con lo de la fe, con la imposibilidad del hombre para ciertas cosas y con su lenguaje místico y abstracto, y así seguimos). Hay quien dice que lo valioso es el mensaje o la enseñanza religiosa, incluso este amigo se manifiesta a favor del anarquismo y considera este pensamiento profundamente religioso al poseer unas grandes fe y fuerza en la búsqueda de justicia, igualdad y bienestar. Vienes al caso estas bellas palabras de Malatesta: "La fe, en nuestro caso, no es una creencia ciega; es el resultado de una firme voluntad unida a una fuerte esperanza".
Al margen de considerarnos ateos o no, es posible que hablemos de lo mismo en cuestión de determinados valores humanos. En cualquer caso, y para dejar clara mi postura sobre algunos argumentos, considero que adjudicar las "malas obras" a los hombres y los buenos valores a la divinidad (a su supuesto mensaje), me parece un subterfugio y no me aporta nada. No soy yo nadie para repartir etiquetas de "anarquista", pero para mí resulta lógico que alguien que se considera ácrata sea ateo (y cuando empleo este término, me refiero a cualquier creencia más allá del plano humano, ni mas ni menos, no solo al moneteísmo). Parece obvia la relación entre autoridad y teísmo (o deísmo, o cualquiera que sea la evolución siguiente de la creencia religiosa, porque al fin y al cabo lo que subyace es lo mismo). Mi ignorancia es abismal (y lo digo sin ironía), pero cada que aprendo un poquito más, se me confirma la falsedad del cristianismo (no hay nada original en él, y sí apropiación de todo lo anterior) y de cualquier religión. Otra cosa es lo que los creyentes denominan "mensaje o enseñanza religiosa", pero yo lo considero un legado de la humanidad, de la civilización o como se quiera denominar. Los religiosos hablarán de "revelación" o algo similar, pero entramos en el terreno del dogmatismo (e, insisto, considero que las mayores barbaridades se han hecho en nombre de una Verdad con mayúsculas, de lo que pueden parecen nobles ideales a priori). Un profesor de filosofía (creyente) dijo una vez que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad tenían un origen cristiano; yo no lo creo, y aceptar tal cosa me parece caer en el reduccionismo, es un legado de la historia, una noble aspiración a la que hay que tender (y en la que el anarquismo tiene mucho que decir, el pensamiento antiautoritario, antiabsolutista, incompatible con cualquier dogma). Otra cosa es que estemos inmersos en una cultura cristiana, que todos seamos consecuencia de ello, pero considero una obligación superarla en aras de algo mejor. Hay mucho que hablar, no obstante, ya que el anarquismo original sí parece defender valores universales que parecen cercanos a una religión "revolucionaria"; pero la importante tensión con el antiabsolutismo, la confianza en la razón (en ampliar su horizonte, tan importante en estos tiempos en que se quieren abandonar los ideales de la modernidad), en el plano humano, en potenciar lo terrenal, en no tener asideros dogmáticos a ninguna teoría (que, al fin y al cabo, aunque no hablemos de religión, es otra suerte de revelación), hacen que el anarquismo tenga muchísimo que decir en el futuro de la humanidad.
No obvio la importancia histórica de la religión (la parte buena, claro), su peso como cohesión social y sus valores, y tal vez ahí debemos demostrar siempre una alternativa más poderosa y humana (lo que alguien llama "aspiraciones", que me parece muy bien; tantas veces nos perdemos en una simple cuestión de términos, y hablamos de los mismos valores). Yo defiendo el ateísmo, puedo pensar como Feurbach que la religión se acaba transformando en antropología, o como Bakunin en que hay un principio autoritario detrás. Puedo pensar que le religión juega con los miedos y aporta simplemente "tranquilidad existencial"; puedo ser algo existencialista o, mejor, sartriano y ante la supuesta angustia o nada existencial, pensar que lo que hay que hacer es otorgar sentido a la vida (potenciar lo terrenal, luchar por los más altos valores humanos sin ninguna necesidad trascendente). Pero ésta es mi postura, ya sé que muchas personas lo verán muy diferente, y por supuesto hay que aceptar los diversos puntos de vista y a no imponer ninguno. La crítica se dirige hacia "lo instituido" y en toda religión está el peligro de ello, y sí creo que tiene mucho que ver la creencia religiosa con la Institución. No hace falta decir que me he encontrado con ateos con los que no me identifico nada, y con "creyentes" con los que puedo compartir muchos valores, por lo que de alguna manera se confirma mi "creencia": todo queda en un plano humano (los únicos ideales que me interesan son los perseguibles en esta realidad que conozco).
El caso es que la recepción de mi correo y la lectura de la entrevista da lugar a un interesante intercambio de correos con diversas posturas sobre la religión. Hay quien opina que las cuestiones religiosas solo pueden abordarse desde la fe, y que el agnóstico y el ateo únicamente pueden hablar de las obras de los hombres. Así de claro. Mi opinión es que la cosa tiene trampa y mucha por parte de los "religiosos". Decir que el agnóstico o el ateo solo pueden hablar de "las obras de los hombres" es una perogrullada (no sé si ponerle el calificativo de autoritaria) e, incluso, una mezquindad, si hablamos de las barbaridades que se han hecho y se siguen haciendo en nombre de "dios" (como es lógico, esas barbaridades son "cosas de los hombres", y de ello hablamos). Por otra parte, no sé yo si la fe personal de cada uno es indisociable de las instituciones religiosas; claro está, allá cada uno con sus creencias, pero sin instituciones difícilmente va a tener la cosa una base sólida (es más, ¿tiene sentido la religión sin institución?; los religiosos que, supuestamente, se muestran críticos con la Iglesia Católica, más tarde o más temprano terminan apuntalándola, no conozco ningún ejemplo contrario). A mí, más que hablar en contra de la religión, me gusta hablar en contra de todo tipo de trascendencia, de absolutismo (que es inherente a toda doctrina religiosa, por mucho que lo adorne como quieran o que se adapten a tiempos nuevos), de subordinación (que se da en la religión y en otros ámbitos humanos), y trabajar potenciando los valores humanos y la vida terrenal (pero, claro está, el religioso saldrá con lo de la fe, con la imposibilidad del hombre para ciertas cosas y con su lenguaje místico y abstracto, y así seguimos). Hay quien dice que lo valioso es el mensaje o la enseñanza religiosa, incluso este amigo se manifiesta a favor del anarquismo y considera este pensamiento profundamente religioso al poseer unas grandes fe y fuerza en la búsqueda de justicia, igualdad y bienestar. Vienes al caso estas bellas palabras de Malatesta: "La fe, en nuestro caso, no es una creencia ciega; es el resultado de una firme voluntad unida a una fuerte esperanza".
Al margen de considerarnos ateos o no, es posible que hablemos de lo mismo en cuestión de determinados valores humanos. En cualquer caso, y para dejar clara mi postura sobre algunos argumentos, considero que adjudicar las "malas obras" a los hombres y los buenos valores a la divinidad (a su supuesto mensaje), me parece un subterfugio y no me aporta nada. No soy yo nadie para repartir etiquetas de "anarquista", pero para mí resulta lógico que alguien que se considera ácrata sea ateo (y cuando empleo este término, me refiero a cualquier creencia más allá del plano humano, ni mas ni menos, no solo al moneteísmo). Parece obvia la relación entre autoridad y teísmo (o deísmo, o cualquiera que sea la evolución siguiente de la creencia religiosa, porque al fin y al cabo lo que subyace es lo mismo). Mi ignorancia es abismal (y lo digo sin ironía), pero cada que aprendo un poquito más, se me confirma la falsedad del cristianismo (no hay nada original en él, y sí apropiación de todo lo anterior) y de cualquier religión. Otra cosa es lo que los creyentes denominan "mensaje o enseñanza religiosa", pero yo lo considero un legado de la humanidad, de la civilización o como se quiera denominar. Los religiosos hablarán de "revelación" o algo similar, pero entramos en el terreno del dogmatismo (e, insisto, considero que las mayores barbaridades se han hecho en nombre de una Verdad con mayúsculas, de lo que pueden parecen nobles ideales a priori). Un profesor de filosofía (creyente) dijo una vez que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad tenían un origen cristiano; yo no lo creo, y aceptar tal cosa me parece caer en el reduccionismo, es un legado de la historia, una noble aspiración a la que hay que tender (y en la que el anarquismo tiene mucho que decir, el pensamiento antiautoritario, antiabsolutista, incompatible con cualquier dogma). Otra cosa es que estemos inmersos en una cultura cristiana, que todos seamos consecuencia de ello, pero considero una obligación superarla en aras de algo mejor. Hay mucho que hablar, no obstante, ya que el anarquismo original sí parece defender valores universales que parecen cercanos a una religión "revolucionaria"; pero la importante tensión con el antiabsolutismo, la confianza en la razón (en ampliar su horizonte, tan importante en estos tiempos en que se quieren abandonar los ideales de la modernidad), en el plano humano, en potenciar lo terrenal, en no tener asideros dogmáticos a ninguna teoría (que, al fin y al cabo, aunque no hablemos de religión, es otra suerte de revelación), hacen que el anarquismo tenga muchísimo que decir en el futuro de la humanidad.
No obvio la importancia histórica de la religión (la parte buena, claro), su peso como cohesión social y sus valores, y tal vez ahí debemos demostrar siempre una alternativa más poderosa y humana (lo que alguien llama "aspiraciones", que me parece muy bien; tantas veces nos perdemos en una simple cuestión de términos, y hablamos de los mismos valores). Yo defiendo el ateísmo, puedo pensar como Feurbach que la religión se acaba transformando en antropología, o como Bakunin en que hay un principio autoritario detrás. Puedo pensar que le religión juega con los miedos y aporta simplemente "tranquilidad existencial"; puedo ser algo existencialista o, mejor, sartriano y ante la supuesta angustia o nada existencial, pensar que lo que hay que hacer es otorgar sentido a la vida (potenciar lo terrenal, luchar por los más altos valores humanos sin ninguna necesidad trascendente). Pero ésta es mi postura, ya sé que muchas personas lo verán muy diferente, y por supuesto hay que aceptar los diversos puntos de vista y a no imponer ninguno. La crítica se dirige hacia "lo instituido" y en toda religión está el peligro de ello, y sí creo que tiene mucho que ver la creencia religiosa con la Institución. No hace falta decir que me he encontrado con ateos con los que no me identifico nada, y con "creyentes" con los que puedo compartir muchos valores, por lo que de alguna manera se confirma mi "creencia": todo queda en un plano humano (los únicos ideales que me interesan son los perseguibles en esta realidad que conozco).
martes, 6 de abril de 2010
Comunicación racional
Es un hecho indudable que vivimos en la era de la comunicación de masas, incluso puede decirse que lo que define a nuestro tiempo es el continuo intento de "persuadir" a las masas. Lo que define a la sociedad de consumo y a la democracia representativa es tratar de convencer a las personas de que tal producto es el mejor, de que un determinado candidato va a ser el mejor dirigente (parece que la condición de "electo" lo acaba justificando casi todo) o, incluso, de otorgarnos una visión de la vida o de la verdad. Los informativos, en mi opinión cada vez más detestables por su eterna arrogación de la pretensión de "informar" a las personas, ejercen una tremenda influencia en las personas a la hora de contemplar el mundo y opinar sobre un asunto. De poco sirve que se señale la condición limitada o selectiva de los medios a la hora de dar una noticia, la visión del mundo parece en gran parte determinada por esta sociedad de la comunicación. Los noticiarios de televisión, de manera más obvia, seleccionan sus noticias con el peso principal del factor del entretenimiento, por encima del cualquier otro. De esta manera, lo que vemos en la "caja tonta" con la presunta intención de informarnos se centra en catástrofes y en actitudes violentas de las personas, ya que el componente de la acción será un espectáculo más sugerente que el de los comportamientos pacíficos o constructivos. No es raro que gran parte de la población considere que la mayoría de sus semejantes resulta peligrosa (incluso, puede extenderse la creencia de que las personas son más violentas ahora que en otras épocas), que se reclame una continua protección (por parte del Estado, ya que no existe otra alternativa) e, incluso, hay estudios que aseguran que la continua repetición de comportamientos violentos induce a la emulación (teoría que yo he oído en repetidas ocasiones, y que la gente suele desdeñar, ya que "los malos son siempre los otros").
Elliot Aronson, en su obra El animal social, ilustra el poder de los medios de comunicación con el llamado "contagio emocional". Numerosos ejemplos de excesiva publicidad a accidentes o catástrofes provocadas han acabado por provocar su repetición en otros lugares del mundo. De manera intencionada, o no, los medios ayudan a difundir la idea de que la mayor parte de la gente es cruel, el reforzamiento que hayan en las nuevas tecnologías debería llevarnos a estar alerta ante esta constante manipulación. La intencionalidad no es fácil de demostrar, y no habría que mostrarse demasiado paranoico ante la presencia de un Gran Hermano, aunque la manipulación política sí se produce tantas veces de forma menos sutil con los medios a su servicio. Si no es posible dar una distinción definitiva entre información y conocimiento, tampoco lo es realizarlo entre educación y propaganda. Este último término parece más peyorativo, a priori, y no es facil discernir entre dar a conocer algo al público y simplemente hacer proselitismo de una doctrina en la que el posible adepto se ve "contaminado" por una información. Decidir qué información resulta más pura y objetiva no es tarea fácil, aunque puede ayudar la presencia de un respeto por la inteligencia del receptor, de ponerle sobre la mesa todos los factores para que piense por sí mismo y de no utilizarlo como un medio para algo (imperativo ético ya antiguo, difícil de cumplir en un contexto autoritario). Parece que en la práctica son los valores de cada persona las que consideran un tipo concreto de información como educativa o propagandística. Es por eso que habrá que insistir en los valores sólidos y en la amplitud de miras; si una persona posee unos principios rígidos, restrictivos y autoritarios, difícilmente se le va a sacar de una dogmática concepción del mundo y convencer de la riqueza y pluralidad de la existencia. La realidad supone diferencia de opiniones, muchas con una fuerte carga emocional, pero por eso se hace más necesaria la comunicación racional y el respeto mutuo, sin instancias ajenas a los propios actores que se encarguen de la tutela. La sicología social nos dice que la persuasión (reciba el nombre de propaganda o de educación) es inherente a la realidad, por lo que con mayor motivo se necesitan individuos conscientes de principios sólidos, movidos por la confianza en su individualidad y por la solidaridad con sus semejantes (llamemosle "tensión", como se dijo al principio de este texto).
Hay teorías que sostienen que solo reflexionamos en profundidad y examinamos el argumento con detenimiento si la cuestión resulta relevante para nosotros. Incluso en estas ocasiones, hay circunstancias en que nos podemos mostrar distraidos u ocupados, o en que la comunicación se muestra fluida, por lo que parece difícil que nos detengamos en un examen riguroso. En esta línea, pueden darse dos vías para la persuasión: la vía central, con argumentos sólidos edificados en base a datos y cifras importantes, o la vía periférica, que anula la capacidad de pensar de las personas y demanda que acepten el argumento sin reflexión. Lo que sostienen los sicólogos sociales es que el modo en que se presente una cuestión puede inducir a la reflexión o dar lugar a un acuerdo inmediato, dependiendo de la vía que adopte la persona emisora de la comunicación. El incremento de la eficacia de una comunicación se ve afectado por tres variables importantes: quién manifiesta la comunicación (la fuente), personas que podemos considerar expertas o fiables (la sicología social habla también de factores como el hecho de que nos guste una persona o de que defienda tesis opuestas a sus intereses); cómo se dice (la naturaleza), y a quién se dice (las características del público). Todos estos factores presentes en la comunicación y en la recepción de información, y que aparentemente conducen a la persuasión o a la manipulación, no deberían llevarnos al abatimiento o ninguna suerte de determinismo. Tampoco es cuestión de buscar la constante racionalidad ni la profundidad intelectual, aunque vivamos tiempos en que no parece haber mucho hueco para ello y no esté de más el insistir, ya que el espontaneísmo puede resultan otro factor equilibrante. No obstante, buscar la perfección, la pureza en definitiva, en la comunicación y en la educación, no representa un ideal irrealizable y sí perseguible (al igual que en cualquier otro ámbito humano). En cualquier caso, las ciencias sociales pueden ayudarnos a conocer el comportamiento, a reafirmarnos en la idea de una sociedad antiautoritaria como el mejor de los contextos. Cuanto más aprendemos, más amplio resulta el horizonte vital y menos posibilidades existen para encorsetar la existencia.
Elliot Aronson, en su obra El animal social, ilustra el poder de los medios de comunicación con el llamado "contagio emocional". Numerosos ejemplos de excesiva publicidad a accidentes o catástrofes provocadas han acabado por provocar su repetición en otros lugares del mundo. De manera intencionada, o no, los medios ayudan a difundir la idea de que la mayor parte de la gente es cruel, el reforzamiento que hayan en las nuevas tecnologías debería llevarnos a estar alerta ante esta constante manipulación. La intencionalidad no es fácil de demostrar, y no habría que mostrarse demasiado paranoico ante la presencia de un Gran Hermano, aunque la manipulación política sí se produce tantas veces de forma menos sutil con los medios a su servicio. Si no es posible dar una distinción definitiva entre información y conocimiento, tampoco lo es realizarlo entre educación y propaganda. Este último término parece más peyorativo, a priori, y no es facil discernir entre dar a conocer algo al público y simplemente hacer proselitismo de una doctrina en la que el posible adepto se ve "contaminado" por una información. Decidir qué información resulta más pura y objetiva no es tarea fácil, aunque puede ayudar la presencia de un respeto por la inteligencia del receptor, de ponerle sobre la mesa todos los factores para que piense por sí mismo y de no utilizarlo como un medio para algo (imperativo ético ya antiguo, difícil de cumplir en un contexto autoritario). Parece que en la práctica son los valores de cada persona las que consideran un tipo concreto de información como educativa o propagandística. Es por eso que habrá que insistir en los valores sólidos y en la amplitud de miras; si una persona posee unos principios rígidos, restrictivos y autoritarios, difícilmente se le va a sacar de una dogmática concepción del mundo y convencer de la riqueza y pluralidad de la existencia. La realidad supone diferencia de opiniones, muchas con una fuerte carga emocional, pero por eso se hace más necesaria la comunicación racional y el respeto mutuo, sin instancias ajenas a los propios actores que se encarguen de la tutela. La sicología social nos dice que la persuasión (reciba el nombre de propaganda o de educación) es inherente a la realidad, por lo que con mayor motivo se necesitan individuos conscientes de principios sólidos, movidos por la confianza en su individualidad y por la solidaridad con sus semejantes (llamemosle "tensión", como se dijo al principio de este texto).
Hay teorías que sostienen que solo reflexionamos en profundidad y examinamos el argumento con detenimiento si la cuestión resulta relevante para nosotros. Incluso en estas ocasiones, hay circunstancias en que nos podemos mostrar distraidos u ocupados, o en que la comunicación se muestra fluida, por lo que parece difícil que nos detengamos en un examen riguroso. En esta línea, pueden darse dos vías para la persuasión: la vía central, con argumentos sólidos edificados en base a datos y cifras importantes, o la vía periférica, que anula la capacidad de pensar de las personas y demanda que acepten el argumento sin reflexión. Lo que sostienen los sicólogos sociales es que el modo en que se presente una cuestión puede inducir a la reflexión o dar lugar a un acuerdo inmediato, dependiendo de la vía que adopte la persona emisora de la comunicación. El incremento de la eficacia de una comunicación se ve afectado por tres variables importantes: quién manifiesta la comunicación (la fuente), personas que podemos considerar expertas o fiables (la sicología social habla también de factores como el hecho de que nos guste una persona o de que defienda tesis opuestas a sus intereses); cómo se dice (la naturaleza), y a quién se dice (las características del público). Todos estos factores presentes en la comunicación y en la recepción de información, y que aparentemente conducen a la persuasión o a la manipulación, no deberían llevarnos al abatimiento o ninguna suerte de determinismo. Tampoco es cuestión de buscar la constante racionalidad ni la profundidad intelectual, aunque vivamos tiempos en que no parece haber mucho hueco para ello y no esté de más el insistir, ya que el espontaneísmo puede resultan otro factor equilibrante. No obstante, buscar la perfección, la pureza en definitiva, en la comunicación y en la educación, no representa un ideal irrealizable y sí perseguible (al igual que en cualquier otro ámbito humano). En cualquier caso, las ciencias sociales pueden ayudarnos a conocer el comportamiento, a reafirmarnos en la idea de una sociedad antiautoritaria como el mejor de los contextos. Cuanto más aprendemos, más amplio resulta el horizonte vital y menos posibilidades existen para encorsetar la existencia.
domingo, 4 de abril de 2010
Como colofón, algo tardío, a la serie de entradas dedicadas al recientemente fallecido Colin Ward y a su obra Esa anarquía nuestra de cada día, ahí está esa nueva alegoría sobre la anarquía y el anarquismo, portada de este mes de abril del periódico Tierra y libertad. El trabajo gráfico está inspirado en el título original de dicho libro, Anarchy in action.
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