La creencia nacionalista, que no deja de ser una forma de religión secularizada, en la que el Estado parece ocupar, como instancia trascendente, el lugar que antes era propio de Dios, se nutre de un lenguaje patriótico, grandilocuente y redentor, que alimenta los deseos, ilusiones y temores de las personas, para encubrir intereses muy terrenales por parte de una minoría de dirigentes y privilegiados.
Blog integrado por reflexiones sobre el anarquismo, o mejor dicho, los anarquismos y sobre toda forma de emancipación individual y colectiva
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sábado, 1 de noviembre de 2025
domingo, 12 de octubre de 2025
En la fiesta nacional…
El autor de la genial canción “La mala reputación” fue Georges Brassens (1921-1981), muy reconocido en su país de origen Francia, a pesar de ser un ácrata declarado e irreductible tal vez el mayor representante de lo que algunos han denominado la trova anarquista; la letra es uno de los mayores alegatos contra el conformismo y, de forma más concreta, contra los que consideramos los males que enfrentan a la humanidad: el nacionalismo, la religión y la división de clases. La canción, aunque algunos la identificarán con el rockero Loquillo, fue traducida por Paco Ibáñez e interpretada por él primera vez en esa primera versión; existe también otra traducción de Agustín García Calvo. Si hay algún cantautor español que podamos comparar con Brassens ese es Javier Krahe, que también adaptó algunos temas del francés como “Marieta” o “La tormenta”, letras donde podemos comprobar la semejanza entre ambos.
domingo, 12 de enero de 2025
El anarquismo y el nacionalismo como religión de Estado
Puede decirse sin ambages que la visión anarquista del nacionalismo -concepto político para nada unidimensional, ni por su propia amplitud y ambigüedad, ni por los numerosos rechazos que recibe- es negativa, las más de las veces, por unos nítidos principios ideológicos que pretenden superar la parcelación patriótica, étnica o identitataria, y establecer estrechos lazos de colaboración entre los pueblos con el fin de expandir la libertad y la cultura, conviene analizar con detalle un fenómeno complejo, enmarañado con el tiempo, que es utilizado por todas las opciones políticas estatalistas y jerarquizantes. Conviene dejar claro, a priori, la asociación política que conlleva el nacionalismo político al llamado "derecho de autodeterminación", que aspira inevitablemente a la creación de un Estado para administrar sus intereses, por lo que las ideas libertarias se muestran, obviamente, opuestas a semejante objetivo.
jueves, 22 de diciembre de 2022
Fascismo y derivados
No es fácil dar una definición de fascismo, al menos como fenómeno
general, y sin embargo es una palabra de uso común en los movimientos
sociales (no tanto en el mundo político, seguramente por la herencia que
sigue existiendo en España). Como a mí me gusta mucho concretar, sin
ánimo de ser demasiado riguroso y aceptando la dificultad de hilar muy
fino al respecto, veamos si podemos lanzar unas cuantas reflexiones.Con la palabra en cuestión, se alude a los fascismos europeos de la primera mitad del siglo XX, pero también a todo movimiento de ultraderecha y, tantas veces, descubrimos el fascismo en otros movimientos. A nivel personal, la indudable predisposición sicológica de algunos individuos al autoritarismo hace que le cataloguemos rápidamente con la palabreja. Determinados intereses políticos llevan a que se reduzca el fenómeno a otra manifestación totalitaria, cosa que conduce a equipararlo con cualquier otro régimen de esas características, como es el caso de los países llamados socialistas (pueden encontrarse puntos en común en un primer vistazo, pero no es posible meterlo todo en el mismo saco de manera simplista). Los fascismos supusieron un retorno a la tiranía en Europa después de los movimientos democráticos del siglo XIX, y de alguna manera beben en parte de esa misma democracia al igual que de los movimientos obreros de izquierda (recordemos que, a pesar de que se reduce el nombre a nazismo, en Alemania adoptó el nombre de nacional-socialismo).
domingo, 3 de julio de 2022
Nacionalismo y cultura
miércoles, 25 de diciembre de 2019
El viejo y nuevo internacionalismo
Las ideas anarquistas, a diferencia de otras corrientes socialistas, que en origen también fueron internacionalistas, nunca abandonaron esa aspiración moral y política; la vía y el trabajo de los libertarios han estado siempre en la construcción de una libertad e igualdad, estrechamente vinculadas, junto a una hoy más necesaria que nunca fraternidad universal.
Como es sabido, en el siglo XIX el nacionalismo se identificaba con la emergente clase burguesa, mientras que el internacionalismo era propio de la clase trabajadora. Las cosas han cambiado, al menos en cómo se quieren ver las cosas, hasta el punto de que algunos han identificado el nacionalismo con la legítima aspiración de ciertos pueblos a liberarse de alguna opresión. Así, se ha querido vincular en algunos casos el patriotismo con una actitud más conservadora, en el sentido de querer conservar cierta tradición e incluso herencia familiar, mientras que el nacionalismo sí podría tener esa connotación emancipadora. Desde mi punto de vista, se trata de una falacia, ya que es una mera cuestión de matices lo de patriotismo o nacionalismo, ya que ambos, aunque pudieran tener una primera fase de legítima aspiración liberadora, no tardan en consolidar e instituir una nueva dominación política. Las ideas anarquistas, como parte de sus convicciones y de su filosofía social, y a pesar de nacer en la modernidad, es posible que hundan sus raíces en la Antigüedad con el cosmopolitismo de cínicos y estoicos, para a través de la herencia ilustrada aspirar a esas visión de la humanidad como un todo moral. El patriotismo, desde nuestro punto de vista, no deja de ser la consecuencia de un nacionalismo instituido, que a la fuerza supone la construcción de un Estado. Si la visión de la humanidad, se quiere ver tantas veces como el progreso hacia el moderno concepto de Estado-nación, el anarquismo aporta una alternativa histórica y social: la federación de pueblos libres, donde se respetan por supuesto costumbres y lenguas diversas, pero se trabaja por afinidades y aspiraciones comunes. La antigua, y esperemos que nueva, fraternidad universal, basada en la solidaridad y la libre asociación, así como en la expansión de la cultura, desde lo local a lo global.
domingo, 3 de febrero de 2019
La verdad revelada y la auténtica herejía
Los anarquistas sueñan con un mundo libre, solidario y sin fronteras. Por supuesto, detrás de tan simple exposición hay toda una filosofía de vida, incluso también política si se quiere ver así. A propósito de la, detestable, guerra de banderas que sufrimos en España en los últimos tiempos, surge una reflexión sobre lo que yo considero la actitud vital anarquista.
Esa actitud libertaria se basa en un rechazo abierto a todo dogmatismo, a una permanente evolución de la vida, personal y social, en aras de una mejora constante. No existen convicciones inamovibles, más allá de ese deseo de libertad personal, de desarrollo de nuestras mejores potencialidades, y de reconocimiento del mismo derecho en el otro. No es casualidad, que el anarquismo desde sus orígenes haya insistido en que la libertad de uno no se limita con la del otro, como se repite hasta la saciedad de un modo grotescamente vulgar en la sociedad actual, sino que la individual se completa cuando todos somos verdaderamente libres. El anarquismo, o los diferentes anarquismos, corren por supuesto el riesgo de esclerotizarse y convertirse en meras ideologías e incluso creencias dogmáticas, cuando olvidan esa inequívoca actitud ética libertaria: queremos la libertad, para todos, no solo para nosotros. No quiero, al menos en esta ocasión, entrar en sesudas disquisiciones filosóficas, por lo que tratemos resolver la cuestión del dogmatismo, o fundamentalismo (y es cierto, que todos tenemos "fundamentos" a los que agarrarnos) de esa manera ética de 'reconocimiento del otro'. Lo que sí me gustaría es señalar cómo la humanidad nos reiteramos consciente o inconscientemente en la creencia dogmática. Y lo hacemos, a un nivel vulgar o más o menos profundo, en diferentes ámbitos de la vida.
Esa actitud libertaria se basa en un rechazo abierto a todo dogmatismo, a una permanente evolución de la vida, personal y social, en aras de una mejora constante. No existen convicciones inamovibles, más allá de ese deseo de libertad personal, de desarrollo de nuestras mejores potencialidades, y de reconocimiento del mismo derecho en el otro. No es casualidad, que el anarquismo desde sus orígenes haya insistido en que la libertad de uno no se limita con la del otro, como se repite hasta la saciedad de un modo grotescamente vulgar en la sociedad actual, sino que la individual se completa cuando todos somos verdaderamente libres. El anarquismo, o los diferentes anarquismos, corren por supuesto el riesgo de esclerotizarse y convertirse en meras ideologías e incluso creencias dogmáticas, cuando olvidan esa inequívoca actitud ética libertaria: queremos la libertad, para todos, no solo para nosotros. No quiero, al menos en esta ocasión, entrar en sesudas disquisiciones filosóficas, por lo que tratemos resolver la cuestión del dogmatismo, o fundamentalismo (y es cierto, que todos tenemos "fundamentos" a los que agarrarnos) de esa manera ética de 'reconocimiento del otro'. Lo que sí me gustaría es señalar cómo la humanidad nos reiteramos consciente o inconscientemente en la creencia dogmática. Y lo hacemos, a un nivel vulgar o más o menos profundo, en diferentes ámbitos de la vida.
sábado, 14 de octubre de 2017
Tierra de nadie o tierra de todos
Una vez más, tenemos que hablar del proceso independentista en Cataluña, que además de encubrir problemas sociales y económicos, tan graves hoy como ayer, y para gusto de las clases dominantes, supone una mistificación política fundada en universos míticos patrioteros de uno u otro pelaje.
El título de esta entrada alude a un texto de Laura Vicente, aparentemente desesperanzador, con el que no podemos más que empatizar y suscribir al máximo. El proceso de independencia en Cataluña ha seducido a movimientos que se dicen revolucionarios, incluida una parte del anarquismo. Acudimos también, honestidad obliga, a la primera de las perplejidades de Tomás Ibáñez sobre los cambios ocurridos en tierras catalanas: si en el año que se originó en 15-M, un movimiento transformador cuestionaba las instituciones, no mucho tiempo después gran parte de él parece apuntalarlas, directa o indirectamente, incluidas sus fuerzas de seguridad (los temibles mossos). Por supuesto, podemos entender perfectamente el hartazgo de muchos sobre el Estado español, que además de adoptar la forma de una anacrónica monarquía, es tan represor como cualquier otro, monopoliza la violencia (uno de los padres de la sociología, Max Weber, nada sospechoso de ácrata, dixit), recorta derechos sociales y, para postre, es eminentemente corrupto. Por supuesto, rasgos que caracterizan también al Guvern catalán. A pesar de ello, insistimos, podemos entender que haya personas que preferirían vivir en una república catalana, pensando tal vez que suponga cierta transformación social, en lugar de en un aparentemente vetusto reino español. Recordaremos, por supuesto, que ambas son formas de un Estado, sin un contenido ideológico social determinado alguno, y que se encuentran obligadas a adoptar la lógica del mundo en que vivimos, dividido en fronteras, basado en la organización política del Estado-nación. Estas formas políticas están muy subordinadas, o más bien fusionadas en muchos aspectos, al sistema económico globalizado: el capitalismo. No hay que aclarar que, como antiautoritarios, solo podemos oponernos a toda forma de autoridad coercitiva, política o económica.
El título de esta entrada alude a un texto de Laura Vicente, aparentemente desesperanzador, con el que no podemos más que empatizar y suscribir al máximo. El proceso de independencia en Cataluña ha seducido a movimientos que se dicen revolucionarios, incluida una parte del anarquismo. Acudimos también, honestidad obliga, a la primera de las perplejidades de Tomás Ibáñez sobre los cambios ocurridos en tierras catalanas: si en el año que se originó en 15-M, un movimiento transformador cuestionaba las instituciones, no mucho tiempo después gran parte de él parece apuntalarlas, directa o indirectamente, incluidas sus fuerzas de seguridad (los temibles mossos). Por supuesto, podemos entender perfectamente el hartazgo de muchos sobre el Estado español, que además de adoptar la forma de una anacrónica monarquía, es tan represor como cualquier otro, monopoliza la violencia (uno de los padres de la sociología, Max Weber, nada sospechoso de ácrata, dixit), recorta derechos sociales y, para postre, es eminentemente corrupto. Por supuesto, rasgos que caracterizan también al Guvern catalán. A pesar de ello, insistimos, podemos entender que haya personas que preferirían vivir en una república catalana, pensando tal vez que suponga cierta transformación social, en lugar de en un aparentemente vetusto reino español. Recordaremos, por supuesto, que ambas son formas de un Estado, sin un contenido ideológico social determinado alguno, y que se encuentran obligadas a adoptar la lógica del mundo en que vivimos, dividido en fronteras, basado en la organización política del Estado-nación. Estas formas políticas están muy subordinadas, o más bien fusionadas en muchos aspectos, al sistema económico globalizado: el capitalismo. No hay que aclarar que, como antiautoritarios, solo podemos oponernos a toda forma de autoridad coercitiva, política o económica.
martes, 12 de septiembre de 2017
Ni Estado, ni nación
La realidad en España se alimenta de una mera confrontación entre dos realidades nacionalistas: la una, con una estructura de dominación consolidada, que apela a la ley para mantener su unidad e imaginario; la otra, se llena la boca de democracia y "derecho a decidir" para encubrir, de una forma u otra, el deseo de construir su propia estructura autoritaria y valores simbólicos e identitatarios: el Estado-nación.
Los que, supuestamente, quieren profundizar en la democracia se llenan la boca de “independencia”, algo que indiscutiblemente vinculan con la idea de una nación “libre”, que a su vez asocian con un pueblo que se autodetermina, y a la vez con un Estado “independiente”. Esto último, que tal vez no asuma todo el mundo a favor de la “independencia”, parece sin embargo un hecho. Nación y nacionalismo están vinculados, de forma necesaria en mi opinión, a la formación de un Estado. Ya hace tiempo que el bueno de Rudolf Rocker nos dijo que todo nacionalismo, no olvidemos que originado en una idea romántica, la de la exaltación de los valores e intereses de la nación por encima de los individuos, es reaccionario. Dicho esto, con lo que yo estoy totalmente de acuerdo, sería bueno reflexionar sobre el asunto, sobre la complejidad del término y la concepción diferente que se le pueda dar, en aras precisamente de ideas auténticamente emancipadoras. Toda idea de nación, la que tiene un Estado o la que aspira a tenerlo, como instancia transcendente e ideal casi mítico, tiene a sus espaldas toda una historia de un modo más o menos teleológico. Es decir, el proceso histórico se
Los que, supuestamente, quieren profundizar en la democracia se llenan la boca de “independencia”, algo que indiscutiblemente vinculan con la idea de una nación “libre”, que a su vez asocian con un pueblo que se autodetermina, y a la vez con un Estado “independiente”. Esto último, que tal vez no asuma todo el mundo a favor de la “independencia”, parece sin embargo un hecho. Nación y nacionalismo están vinculados, de forma necesaria en mi opinión, a la formación de un Estado. Ya hace tiempo que el bueno de Rudolf Rocker nos dijo que todo nacionalismo, no olvidemos que originado en una idea romántica, la de la exaltación de los valores e intereses de la nación por encima de los individuos, es reaccionario. Dicho esto, con lo que yo estoy totalmente de acuerdo, sería bueno reflexionar sobre el asunto, sobre la complejidad del término y la concepción diferente que se le pueda dar, en aras precisamente de ideas auténticamente emancipadoras. Toda idea de nación, la que tiene un Estado o la que aspira a tenerlo, como instancia transcendente e ideal casi mítico, tiene a sus espaldas toda una historia de un modo más o menos teleológico. Es decir, el proceso histórico se
domingo, 9 de abril de 2017
Anarquismo, nacionalismo y cuestión social
La Modernidad pudo haber sido un mero enfrentamiento, tensión, entre dos formas de dominación: nacionalismo e imperialismo. Pudo no haber existido ningún sistema y pensamiento que cuestionara, verdaderamente, la dominación, pero no fue así. Existe el anarquismo.El nacionalismo se llena la boca de libertad e independencia, pero sabemos que detrás de él no se encuentra la verdadera emancipación, acaba minimizando o anulando la cuestión social al poner por delante la identidad nacional. Por supuesto, no hay que confundir nacionalismo con un vínculo comunitario, basado en ciertos factores comunes, aunque sin llegar a crear una identidad colectiva de lo más cuestionable. Sabemos que ese lazo social es importante, ya que genera importantes dosis de solidaridad y de pertenencia. No obstante, nada que ver dicho sentimiento, que tiene un desarrollo más bien natural, con el apego dogmático a una instancia que podemos considerar abstracta como es la nación, que genera enfrentamiento entre los seres humanos. Por mucho que compartamos ese amor a la tierra, y unas características comunes como puede ser la lengua, desde el anarquismo se nos antoja más bien minúscula, o directamente ninguna, la importancia que se le pueda dar al sustrato del nacionalismo: la identidad colectiva. Una cosa es que haya podido simpatizarse, e incluso compartir su lucha, con ciertos pueblos oprimidos por algún tipo de imperialismo. Otra, muy diferente, y aquí la distancia es ya insalvable para cualquier anarquista, es que esa lucha acabe teniendo aspiraciones de convertirse en una nueva forma de dominación: la nación-Estado.
domingo, 12 de octubre de 2014
La mala reputación
El autor de la genial canción “La mala reputación” fue Georges Brassens (1921-1981), muy reconocido en su país de origen Francia, a pesar de ser un ácrata declarado e irreductible tal vez el mayor representante de lo que algunos han denominado la trova anarquista; la letra es uno de los mayores alegatos contra el conformismo y, de forma más concreta (en homenaje, en el caso que nos ocupa hoy, a la festividad del 12 de octubre), contra los que consideramos los males que enfrentan a la humanidad: el nacionalismo, la religión y la división de clases. La canción, aunque algunos la identificarán con el rockero Loquillo, fue traducida por Paco Ibáñez e interpretada por él primera vez en esa primera versión; existe también otra traducción de Agustín García Calvo. Si hay algún cantautor español que podamos comparar con Brassens ese es Javier Krahe, que también adaptó algunos temas del francés como “Marieta” o “La tormenta”, letras donde podemos comprobar la semejanza entre ambos.
lunes, 16 de junio de 2014
Subordinaciones de diversa índole
Para estos días que nos esperan, en el que los que dirigen el cotarro han prometido de manera indignante una prima estratosférica a esa banda de multimillonarios abanderados, habilidosos en dar patadas a un balón (la clase dirigente sabe dónde se encuentra el moderno pan y circo, aunque tantas veces falte el primero para tantos), viene al caso recuperar un par de reflexiones sobre la enajenación, esta vez protagonizada por el deporte.
En estos días de (irritante) sumisión al desenvolvimiento deportivo de un grupo de multimillonarios abanderados representantes de la nación/Estado, me vienen a la cabeza una serie de reflexiones sobre diversas aspiraciones libertarias, entre ellas la deseada (y olvidada por tantos, los intereses son muchos) fraternidad universal. Porque si Patria o Dios son abstracciones especulativas que tienen detrás diversas formas de dominación, la noción de fraternidad universal solo adquiere sentido para el anarquismo, al igual que cualquier otra teoría, en la práctica. Ya se ha debatido en no pocas ocasiones, y sin llegar la mayor parte de las veces a ningún lugar, sobre el concepto de nación, el cual tal vez tenga muchas interpretaciones, pero que se indigesta en cualquier caso para el que subscribe. Tal vez puedo ser reduccionista, pero para mí resulte plenamente identificable con un gobierno, con la independencia de un territorio e, incluso y con toda la flexibilidad que se quiera, con una identidad. Es por eso que los términos "nación" y "nacionalismo" son claramente vinculables, y solo la estrategia política de la clase política, de diversos pelaje e intereses, pretende diferenciarlos para desprestigiar a sus rivales (los otros nacionalistas).
Al anarquismo le repele todo forma de patriotismo (solo en el ámbito afectivo podría ser salvable el asunto, pero resulta indisociable de los aspectos jurídicos, clasistas e históricos). Creo que fue Rilke el que dijo que la verdadera patria es la infancia, algo bello y literario que podemos subscribir en nuestro pretendido equilibrio entre la libertad más íntima y el afán de hermanamiento entre todos los seres humanos (un ideal que seguro que no pertenece exclusivamente al anarquismo, ya que se manifiesta a lo largo de toda la historia, pero solo él se muestra intransigente con todo lo que lo bloquea). Pero no hay que olvidar la permanente crítica a toda abstracción, incluso la que se llama Humanidad o Pueblo, no hay culto posible porque no sería más que caer en una nueva religión (llámese quizá populismo). Mantener la lucidez es denunciar todo aquellos que impide el progreso, acercarse a las más nobles aspiraciones de los seres humanos, y estaremos de acuerdo en que existe una estrecha relación entre los diversos ámbitos de desenvolvimiento humano; si se apela a la "nación", de la manera que fuere, es por cuestiones sociales y políticas. A estas alturas, hablar de "opio del pueblo" es otra cosa que parece añeja, aunque hay que preguntar si ese afán de otorgar a las personas "tranquilidad existencial" (y creo que era esto lo que Marx quería decir con su famosa frase) no adquiere hoy en día una realidad con múltiples caras.
Son dos cosas diferenciadas, el deseo vulgar de que la adoración a un equipo deportivo, representativo de la nación, actúe como cohesión social (se apela, de esa manera, también a la religión) y el esparcimiento que suponen esos eventos para que las personas olviden sus problemas y manifiesten alguna que otra "alegría". Pablo Carbonell, en su debut como director de cine en Atún y chocolate, expresaba de esta hilarante manera aquellos que mantiene dividida a la humanidad: "los partidos políticos, las religiones y los equipos de fútbol". El gran Javier Krahe, en uno de sus impagables temas denominado "En las Antípodas" (que es, en realidad, el mundo en que vivimos), nos relata los grandes males que sufre la humanidad, la mayoría con evidentes causas políticas y económicas, para acabar su canción del siguiente modo: "Pero es fantástico, martes y miércoles, jueves y sábados, lunes y vísperas, dan espectáculo con el esférico, y allí, al unísono, arman escándalo y es como un bálsamo para sus ánimas". Diré, para los que vayan a quedarse solo con la superficie de las cosas, que puedo disfrutar perfectamente de un evento deportivo (fútbol incluido). Dejando el humor, que es tan necesario también para denunciar y para dilucidar, quiero subrayar mi deseo de no caer en la simpleza ni en un análisis pobre e injusto. Solo deseo mostrar el fanatismo inhibidor que está detrás de determinadas aficiones, que vivimos en un país en el que la gente sale a la calle para celebrar los éxitos de su equipo, mientras gran parte es incapaz de movilizarse para defender sus más elementales derechos. Por otra parte, es evidente la vinculación de la nación (llámese también "dominación política") y de sus símbolos coloristas con pretendidos factores emocionales de cohesión. Lo siento, pero no conozco mayor elemento de cohesión que la solidaridad con todos los seres humanos (sea cual fuere el lugar donde han nacido), esa idea de fraternidad universal que permanece obstaculizada por fronteras políticas, económicas y religiosas.
Se me dirá que todo esto es otra forma de abstracción, un ideal muy bello inalcanzable (o, para ponernos filosóficos, situado en una realidad superior), pero mi forma de entender el anarquismo y el internacionalismo solo adquiere sentido en el análisis de las condiciones materiales actuales. Tal vez es lo que quería decir Herbert Read cuando aludía a "tensión mística" dentro del anarquismo, sus ideales espirituales tan elevados (que parten, según Bakunin, de la realidad material), los cuales pueden ocupar el lugar de cualquier otra creencia, pero sin olvidar que la idea solo adquiere sentido y desarrollo en la práctica. El anarquismo es sinónimo de ética comunitaria, de reconocimiento permanente en el otro y de predominancia del factor solidario (apoyo mutuo), y obviamente la comunidad no queda delimitada de manera artificial ni interesada, ni es símbolo tampoco de una mundo dividido en clases; por otra parte, si gran parte del anarquismo histórico considera que la libertad se conquista, y se completa, en la cooperación social y en ese reconocimiento de la libertad del otro, es muy bella también la consideración de que cada ser humano es "único" y de que el desarrollo de cada persona es algo inalienable para tener una vida plena. Es una confianza en nuestra propia individualidad, un rechazo del colectivismo más vulgar que nos convierte en miembros de un rebaño (metáfora religiosa que puede extender también a cuestiones "nacionales").
Factores de enajenación y control social
No creo que haya muchas personas que puedan discutir, a poco que reflexionen un poquito, que son muchos los que trabajan en el mundo para provecho solo de unos pocos. Es el sistema económico en que nos encontramos, el cual parece encontrar su base más sólida en el conformismo, la resignación o incluso la aprobación de gran parte de las personas. Podemos hablar también de enajenación, concepto que creo que se ha agravado y sofisticado con el paso de las décadas y el desarrollo de la tecnología y la información, o lo que es lo mismo, nos encontramos frente a un mundo ilusorio ajeno a nosotros (a nuestra condición social y humana). Puede que muchos discutan esto, y cuestionen qué es eso de nuestra condición o incluso consideren que es más bien la misma la que nos ha llevado a la situación actual. Frente a esto, que en mi opinión es producto de no desear reflexionar y profundizar demasiado en ninguna cuestión (algo que nos caracteriza en la sociedad actual), hay que volver a recordar que el mundo continúa estando ferozmente jerarquizado y siendo terriblemente injusto y desigualitario: una minoría es la que toma las decisiones y la que se aprovecha económicamente a costa de la mayoría. Los medios de comunicación se ocupan apenas de los síntomas de un sistema enfermo, cada vez más a modo de espectáculo que contemplar a través de un velo irreal, confirmando por lo demás el mundo en que vivimos. Muchos pensadores materialistas del pasado, con tanta razón en considerar las relaciones productivas tan importantes, serían incapaces de concebir el grado de sofisticación que tendría un sistema económico, basado en la explotación masiva, estrechamente vinculado a una tecnología y otros mecanismos sociales alienantes. Entre esos fenómenos de masas, se encuentra el deporte y, más concretamente en ciertas sociedades "desarrolladas", el fútbol. Es tal vez una de los ejemplos mejores del mundo en que vivimos: las personas sustentando a las empresas económicas más poderosas (los clubes de fútbol) con toda suerte de acciones y con todo tipo de excusas "patrióticas", que a su vez sirven muy bien como respiro o alivio ante la aflicción de los males personales y como apaciguamiento ante una posible rebelión social. No se trata de culpabilizar, ni de ofender sin más, porque además la enajenación es algo de lo que todos participamos, se trata de profundizar y dilucidar por qué pensamos y actuamos de cierta manera, y hacerlo es liberarnos un poquito; me parece eso lo más importante, todos tenemos esas capacidades para una conducta racional, por lo que no hay tratar a unas personas diferentes de otras cual si fueren un rebaño.

El fútbol es, al menos desde un punto de vista materialista (no hace falta recordar que le doy un sentido filosófico, y no vulgar, a esta palabra), algo parecido a la religión. Se trata de una especie de alivio, como dijo el clásico acerca de la religión "el alivio de los que sufren", pero en ambos casos aludiendo a un alivio enajenante. Por supuesto, al menos en esta sociedad actual, esa enajenación tiene un lado útil, aunque sigue siendo el síntoma de una patología; lo importante es que se comprenda que si subsanamos los males del mundo, estrechamente vinculados a los males sicológicos individuales, el fenómeno de la enajenación irá disminuyendo y nuestra conciencia, moral e ideas serán muy diferentes. No es así en la concepción del progreso actual, con más problemas que soluciones. Los viejos despotismos no tienen, apenas, cabida hoy en día, pero a costa de un concepto de la libertad falso, de mera apariencia para decidir: en tener cualquier fe irracional, en ser un consumidor acrítico, en sentarse frente al televisor, en ir a despotricar a un estadio deportivo... Hay muchas más cosas en la vida de un individuo, algunas de ellas seguramente adoptarán formas menos alienantes, pero todas esas decisiones aparentemente libres antes mencionadas son producto, o están muy vinculadas, al mundo socioeconómico en el que vivimos. No desdeño otros factores en la vida social, pero sí creo que la enajenación es una de las características más evidentes de la realidad actual de las sociedades "avanzadas" y tiene una base esencialmente material. Las ideas pueden ser encomiables, transgresoras respecto a situaciones irracionales, pueden contribuir a hacernos mejores, pero también suelen ser abstractas y alienantes; es éste último caso el que más prolifera y que adopta tal vez su expresión más vulgar y sintetizadora en el fútbol (los mecanismos enajenantes de la religión y el patriotismo).
Hay quien opinará que la visión es tremendista, que incluso esos fenómenos son positivos y sirven de cohesión social, además de canalizar un papanatismo que podría adoptar peligrosos dogmas religiosos o políticos; en mi opinión, aunque algo de real puede tener ese análisis, sigue siendo una consecuencia del problema, no la solución, por lo que es una visión meramente superficial cautivada por símbolos y colores que pueden ser calificados de infantiles. Las energías de las masas, dirigidas a los grandes eventos deportivos (o de otra índole), podrían muy bien ser dirigidas a acabar con la pobreza, la guerra, la explotación y todos los males del mundo, pero para ello es importante analizar y profundizar, no seguir mirando hacia delante de forma ilusoria y acrítica. Somos un animal social, eso es ya indudable, desgraciadamente con cierta tendencia al gregarismo y al papanatismo; también seguramente, muy frágil, producto de esa dualidad de tener las capacidades de transformar nuestra realidad y, al mismo tiempo, estar muy condicionados por ella. Sin embargo, hablar de determinismo biológico o hablar de una naturaleza o esencia humana es claramente reducir las potencialidades; tenemos grandes capacidades intelectuales que, precisamente, pueden conducirnos a una mayor satisfacción y disfrute en la vida. Para ello, habría que empezar por cuestionar un mundo de apariencias, indagar en los problemas y no caer en las falsas soluciones; no se trata de hacer tabla rasa de uno mismo, ya que somos producto de muchas experiencias y resulta francamente difícil (e incluso, diría, está bien que así sea), pero sí es necesario para empezar un espíritu crítico. Es la base para desarrollar una conciencia, histórica, social y política, algo que es impensable en la sociedad actual de la enajenación.
En estos días de (irritante) sumisión al desenvolvimiento deportivo de un grupo de multimillonarios abanderados representantes de la nación/Estado, me vienen a la cabeza una serie de reflexiones sobre diversas aspiraciones libertarias, entre ellas la deseada (y olvidada por tantos, los intereses son muchos) fraternidad universal. Porque si Patria o Dios son abstracciones especulativas que tienen detrás diversas formas de dominación, la noción de fraternidad universal solo adquiere sentido para el anarquismo, al igual que cualquier otra teoría, en la práctica. Ya se ha debatido en no pocas ocasiones, y sin llegar la mayor parte de las veces a ningún lugar, sobre el concepto de nación, el cual tal vez tenga muchas interpretaciones, pero que se indigesta en cualquier caso para el que subscribe. Tal vez puedo ser reduccionista, pero para mí resulte plenamente identificable con un gobierno, con la independencia de un territorio e, incluso y con toda la flexibilidad que se quiera, con una identidad. Es por eso que los términos "nación" y "nacionalismo" son claramente vinculables, y solo la estrategia política de la clase política, de diversos pelaje e intereses, pretende diferenciarlos para desprestigiar a sus rivales (los otros nacionalistas).
Al anarquismo le repele todo forma de patriotismo (solo en el ámbito afectivo podría ser salvable el asunto, pero resulta indisociable de los aspectos jurídicos, clasistas e históricos). Creo que fue Rilke el que dijo que la verdadera patria es la infancia, algo bello y literario que podemos subscribir en nuestro pretendido equilibrio entre la libertad más íntima y el afán de hermanamiento entre todos los seres humanos (un ideal que seguro que no pertenece exclusivamente al anarquismo, ya que se manifiesta a lo largo de toda la historia, pero solo él se muestra intransigente con todo lo que lo bloquea). Pero no hay que olvidar la permanente crítica a toda abstracción, incluso la que se llama Humanidad o Pueblo, no hay culto posible porque no sería más que caer en una nueva religión (llámese quizá populismo). Mantener la lucidez es denunciar todo aquellos que impide el progreso, acercarse a las más nobles aspiraciones de los seres humanos, y estaremos de acuerdo en que existe una estrecha relación entre los diversos ámbitos de desenvolvimiento humano; si se apela a la "nación", de la manera que fuere, es por cuestiones sociales y políticas. A estas alturas, hablar de "opio del pueblo" es otra cosa que parece añeja, aunque hay que preguntar si ese afán de otorgar a las personas "tranquilidad existencial" (y creo que era esto lo que Marx quería decir con su famosa frase) no adquiere hoy en día una realidad con múltiples caras.
Son dos cosas diferenciadas, el deseo vulgar de que la adoración a un equipo deportivo, representativo de la nación, actúe como cohesión social (se apela, de esa manera, también a la religión) y el esparcimiento que suponen esos eventos para que las personas olviden sus problemas y manifiesten alguna que otra "alegría". Pablo Carbonell, en su debut como director de cine en Atún y chocolate, expresaba de esta hilarante manera aquellos que mantiene dividida a la humanidad: "los partidos políticos, las religiones y los equipos de fútbol". El gran Javier Krahe, en uno de sus impagables temas denominado "En las Antípodas" (que es, en realidad, el mundo en que vivimos), nos relata los grandes males que sufre la humanidad, la mayoría con evidentes causas políticas y económicas, para acabar su canción del siguiente modo: "Pero es fantástico, martes y miércoles, jueves y sábados, lunes y vísperas, dan espectáculo con el esférico, y allí, al unísono, arman escándalo y es como un bálsamo para sus ánimas". Diré, para los que vayan a quedarse solo con la superficie de las cosas, que puedo disfrutar perfectamente de un evento deportivo (fútbol incluido). Dejando el humor, que es tan necesario también para denunciar y para dilucidar, quiero subrayar mi deseo de no caer en la simpleza ni en un análisis pobre e injusto. Solo deseo mostrar el fanatismo inhibidor que está detrás de determinadas aficiones, que vivimos en un país en el que la gente sale a la calle para celebrar los éxitos de su equipo, mientras gran parte es incapaz de movilizarse para defender sus más elementales derechos. Por otra parte, es evidente la vinculación de la nación (llámese también "dominación política") y de sus símbolos coloristas con pretendidos factores emocionales de cohesión. Lo siento, pero no conozco mayor elemento de cohesión que la solidaridad con todos los seres humanos (sea cual fuere el lugar donde han nacido), esa idea de fraternidad universal que permanece obstaculizada por fronteras políticas, económicas y religiosas.
Se me dirá que todo esto es otra forma de abstracción, un ideal muy bello inalcanzable (o, para ponernos filosóficos, situado en una realidad superior), pero mi forma de entender el anarquismo y el internacionalismo solo adquiere sentido en el análisis de las condiciones materiales actuales. Tal vez es lo que quería decir Herbert Read cuando aludía a "tensión mística" dentro del anarquismo, sus ideales espirituales tan elevados (que parten, según Bakunin, de la realidad material), los cuales pueden ocupar el lugar de cualquier otra creencia, pero sin olvidar que la idea solo adquiere sentido y desarrollo en la práctica. El anarquismo es sinónimo de ética comunitaria, de reconocimiento permanente en el otro y de predominancia del factor solidario (apoyo mutuo), y obviamente la comunidad no queda delimitada de manera artificial ni interesada, ni es símbolo tampoco de una mundo dividido en clases; por otra parte, si gran parte del anarquismo histórico considera que la libertad se conquista, y se completa, en la cooperación social y en ese reconocimiento de la libertad del otro, es muy bella también la consideración de que cada ser humano es "único" y de que el desarrollo de cada persona es algo inalienable para tener una vida plena. Es una confianza en nuestra propia individualidad, un rechazo del colectivismo más vulgar que nos convierte en miembros de un rebaño (metáfora religiosa que puede extender también a cuestiones "nacionales").
Factores de enajenación y control social
No creo que haya muchas personas que puedan discutir, a poco que reflexionen un poquito, que son muchos los que trabajan en el mundo para provecho solo de unos pocos. Es el sistema económico en que nos encontramos, el cual parece encontrar su base más sólida en el conformismo, la resignación o incluso la aprobación de gran parte de las personas. Podemos hablar también de enajenación, concepto que creo que se ha agravado y sofisticado con el paso de las décadas y el desarrollo de la tecnología y la información, o lo que es lo mismo, nos encontramos frente a un mundo ilusorio ajeno a nosotros (a nuestra condición social y humana). Puede que muchos discutan esto, y cuestionen qué es eso de nuestra condición o incluso consideren que es más bien la misma la que nos ha llevado a la situación actual. Frente a esto, que en mi opinión es producto de no desear reflexionar y profundizar demasiado en ninguna cuestión (algo que nos caracteriza en la sociedad actual), hay que volver a recordar que el mundo continúa estando ferozmente jerarquizado y siendo terriblemente injusto y desigualitario: una minoría es la que toma las decisiones y la que se aprovecha económicamente a costa de la mayoría. Los medios de comunicación se ocupan apenas de los síntomas de un sistema enfermo, cada vez más a modo de espectáculo que contemplar a través de un velo irreal, confirmando por lo demás el mundo en que vivimos. Muchos pensadores materialistas del pasado, con tanta razón en considerar las relaciones productivas tan importantes, serían incapaces de concebir el grado de sofisticación que tendría un sistema económico, basado en la explotación masiva, estrechamente vinculado a una tecnología y otros mecanismos sociales alienantes. Entre esos fenómenos de masas, se encuentra el deporte y, más concretamente en ciertas sociedades "desarrolladas", el fútbol. Es tal vez una de los ejemplos mejores del mundo en que vivimos: las personas sustentando a las empresas económicas más poderosas (los clubes de fútbol) con toda suerte de acciones y con todo tipo de excusas "patrióticas", que a su vez sirven muy bien como respiro o alivio ante la aflicción de los males personales y como apaciguamiento ante una posible rebelión social. No se trata de culpabilizar, ni de ofender sin más, porque además la enajenación es algo de lo que todos participamos, se trata de profundizar y dilucidar por qué pensamos y actuamos de cierta manera, y hacerlo es liberarnos un poquito; me parece eso lo más importante, todos tenemos esas capacidades para una conducta racional, por lo que no hay tratar a unas personas diferentes de otras cual si fueren un rebaño.

El fútbol es, al menos desde un punto de vista materialista (no hace falta recordar que le doy un sentido filosófico, y no vulgar, a esta palabra), algo parecido a la religión. Se trata de una especie de alivio, como dijo el clásico acerca de la religión "el alivio de los que sufren", pero en ambos casos aludiendo a un alivio enajenante. Por supuesto, al menos en esta sociedad actual, esa enajenación tiene un lado útil, aunque sigue siendo el síntoma de una patología; lo importante es que se comprenda que si subsanamos los males del mundo, estrechamente vinculados a los males sicológicos individuales, el fenómeno de la enajenación irá disminuyendo y nuestra conciencia, moral e ideas serán muy diferentes. No es así en la concepción del progreso actual, con más problemas que soluciones. Los viejos despotismos no tienen, apenas, cabida hoy en día, pero a costa de un concepto de la libertad falso, de mera apariencia para decidir: en tener cualquier fe irracional, en ser un consumidor acrítico, en sentarse frente al televisor, en ir a despotricar a un estadio deportivo... Hay muchas más cosas en la vida de un individuo, algunas de ellas seguramente adoptarán formas menos alienantes, pero todas esas decisiones aparentemente libres antes mencionadas son producto, o están muy vinculadas, al mundo socioeconómico en el que vivimos. No desdeño otros factores en la vida social, pero sí creo que la enajenación es una de las características más evidentes de la realidad actual de las sociedades "avanzadas" y tiene una base esencialmente material. Las ideas pueden ser encomiables, transgresoras respecto a situaciones irracionales, pueden contribuir a hacernos mejores, pero también suelen ser abstractas y alienantes; es éste último caso el que más prolifera y que adopta tal vez su expresión más vulgar y sintetizadora en el fútbol (los mecanismos enajenantes de la religión y el patriotismo).
Hay quien opinará que la visión es tremendista, que incluso esos fenómenos son positivos y sirven de cohesión social, además de canalizar un papanatismo que podría adoptar peligrosos dogmas religiosos o políticos; en mi opinión, aunque algo de real puede tener ese análisis, sigue siendo una consecuencia del problema, no la solución, por lo que es una visión meramente superficial cautivada por símbolos y colores que pueden ser calificados de infantiles. Las energías de las masas, dirigidas a los grandes eventos deportivos (o de otra índole), podrían muy bien ser dirigidas a acabar con la pobreza, la guerra, la explotación y todos los males del mundo, pero para ello es importante analizar y profundizar, no seguir mirando hacia delante de forma ilusoria y acrítica. Somos un animal social, eso es ya indudable, desgraciadamente con cierta tendencia al gregarismo y al papanatismo; también seguramente, muy frágil, producto de esa dualidad de tener las capacidades de transformar nuestra realidad y, al mismo tiempo, estar muy condicionados por ella. Sin embargo, hablar de determinismo biológico o hablar de una naturaleza o esencia humana es claramente reducir las potencialidades; tenemos grandes capacidades intelectuales que, precisamente, pueden conducirnos a una mayor satisfacción y disfrute en la vida. Para ello, habría que empezar por cuestionar un mundo de apariencias, indagar en los problemas y no caer en las falsas soluciones; no se trata de hacer tabla rasa de uno mismo, ya que somos producto de muchas experiencias y resulta francamente difícil (e incluso, diría, está bien que así sea), pero sí es necesario para empezar un espíritu crítico. Es la base para desarrollar una conciencia, histórica, social y política, algo que es impensable en la sociedad actual de la enajenación.
jueves, 22 de agosto de 2013
Sobre Fernando Savater
A propósito de un artículo de opinión de Fernando Savater, y como uno es un poquito pertinaz, mando otra cartita a El País:
Soy, todavía, a pesar de los pesares, defensor de la figura intelectual de Fernando Savater, especialmente cuando veo que se le quiere reducir a una caricatura desde ciertos ámbitos debido a sus "desvaríos políticos" (la expresión es mía y la empleo polémicamente ex profeso). Creo que es un importante filósofo; lo considero, en parte, como uno de los referentes en mi propia formación intelectual. Sin embargo, cuando leo lo que escribe en ciertos artículos de opinión, me pregunto qué fue de aquel autor de intenciones libertarias y con un agradecible puntito nihilista. No voy a entrar en su defensa de la "socialdemocracia", concepto político polisémico que ha reivindicado incluso en alguna ocasión algún partido conservador con notable oportunismo. No obstante, me duelen especialmente sus pobres argumentaciones y lugares comunes en torno al 15-M: está acertado ese movimiento cuando coincide con los postulados del autor; cuando no lo está, se trata de ideas "radicales" y "caducas". El movimiento 15-M, con sus comprensibles carencias y todos los errores que se quiera, y dicho de forma elemental, quiere recuperar y renovar la participación de las personas en los asuntos públicos; ello supone, por supuesto, una crítica radical al aparato político (Estado, centralización oligárquica) y económico (capitalismo, supuesto "libre mercado"). En algunos rasgos, como es lógico, puede coincidirse con los deseos teóricos de la socialdemocracia; en la práctica, esta vieja fórmula política se presenta como verdaderamente "caduca". Para terminar, las inevitables menciones de Savater al nacionalismo, que ya aclaro que detesto, terminan con la también habitual denuncia de una lengua políticamente correcta que, supuestamente, acepta términos como "catalanizar" o "euskaldunizar", pero censura el de "españolizar". ¿Acaso no son detestables y reaccionarios todos estos conceptos?; acaso, no encubre cada uno de ellos diferentes formas de uniformización estatal-nacionalista. Particularmente, me gusta el verbo "descentralizar"; no para crear nuevos Estados, tanto o más perniciosos, sino para profundizar en la democracia y para confiar en una pluralidad de individuos verdaderamente cosmopolitas.Aprovecho para recuperar otro texto sobre Savater, que escribí hace tiempo:
Por qué, señor Savater. Por qué un tipo que todavía reivindica "lo libertario" (la autogestión social, así le oí decirlo en un reciente programa televisivo) es capaz de involucrarse en un partido político encabezado por una señora que se llena la boca de nación española (sí, ustedes dicen que eso no es nacionalismo, pero...). Por qué alguien que escribió un bello libro como Invitación a la ética, preñado también de convicción libertaria, revolucionaria y humanista, o como Ética como amor propio, que reivindicaba el impulso moral de cada individuo (recordándonos al bueno de Stirner, filósofo reivindicable donde los haya), por qué ese mismo hombre (capaz, estoy seguro, de no renegar de ninguna de sus líneas) escribe ahora una y otra vez tópicos sobre la intelectualidad progre. Acusaciones de no movilizarse contra ETA, acusaciones de manifestarse contra la guerra de Irak (¿usted no lo hizo?), acusaciones de solo movilizarse cuando el culpable es estadounidense (tópico, tópico una y otra vez, el muro cayó hace tiempo, sr. Savater, los anarquistas han denunciado la opresión venga de donde venga, no repita usted el miserable e interesado tópico de la derecha mediática). Por qué alguien que escribió un Panfleto contra el Todo, donde se denuncian supuestos ideales que justifican la burocracia (el Todo, el Poder, el Estado, la Justicia...) se mete ahora en una lucha por el miserable y triste poder (creo que usted lo achacará a una suerte de circunstancialismo, y no me gusta mencionar demasiado la palabra coherencia, pero...). Por qué, sr. Savater, por qué actúa así el mismo fulano que ayudó (y sigue ayudando, estoy seguro) a que el más común de los mortales utilice la reflexión filosófica para que conceptos como Ética y Ciudanía tengan un sentido pleno. Por qué aquel tipo que defendía un antimilitarismo consciente y revolucionario, propio de un pensamiento renovador y emancipatorio, justifica y se integra hoy en día en el Estado (la lucha contra unos miserables asesinos, que desean su propio Estado totalitario, no justifica esto, sr. Savater). Cualquier perseguido merece mi simpatía, soy enemigo de todo nacionalismo y combatiré con fuerza a aquel que mata y extorsiona (mi creencia en la autogestión social, en una sociedad más libre y consciente, no me hace perder el norte ni volver la espalda), pero su elección por el Estado y la Constitución (elección mejor, para usted, parece ser, que lo que pretenden sus enemigos) creo que es parte de un juego político en el que muchos no queremos entrar (muchos a los que también nos repugna el terrorismo, y sé que mis circunstancias nunca serán las suyas). A pesar de sus artículos de opinión, no termino de creerme que haya evolucionado de ideas libertarias al liberalismo o a la socialdemocracia (soy así de ingenuo). Tal vez debiera volver a leer la gran obra de Max Stirner El único y su propiedad y escribir un nuevo Panfleto contra el Todo. Yo, tal como usted en su juventud, también me considero un "revolucionario sin ira". Espero no ser nunca un conservador de ningún tipo.
domingo, 21 de julio de 2013
domingo, 15 de julio de 2012
lunes, 12 de diciembre de 2011
Unidad política y desarrollo cultural
Tal y como considera Rudolf Rocker, la palabra cultura no puede suponer una noción circunscrita o reducida, aunque se aluda con ella frecuentemente a múltiples cosas incluyendo, históricamente, la cuestión moral. Efectivamente, no pocos autores identificaron la cultura de un pueblo como más elevada si se identificada con "el espíritu de la humanidad". Incluso, hay quién consideró el progreso de la cultura como inhibición de lo animal y elevación de lo espiritual. Entramos así en otro problema terminológico, ese que alude a lo "espiritual" con excesiva facilidad, aunque vamos a verlo como sinónimo de lo "moral" para no entrar en controversia. Kant, por ejemplo, identificaba también la moral con el carácter esencial de la cultura, entendida ésta como la progresiva sociabilidad del ser humano. Para el filósofo alemán, la cultura sería el objetivo final de la naturaleza, la cual halla en el ser humano conciencia de sí misma. Aunque se reconocen la trabas que pueden producirse, toda expresión cultural sería para Kant una señal que indica el gran objetivo al que la humanidad aspira. Más adelante en la historia, se hizo una diferenciación entre civilización, que sería el dominio de la naturaleza externa por los hombres, y la cultura, que tendría que ver con lo "espiritual" (o con los valores morales). En ese sentido, la política, la economía y la técnica estarían bajo el domino de la civilización, mientras que el arte, la literatura, la música, la religión, la filosofía y la ciencia serían propios de la cultura. Podría ser discutible la ubicación de la ciencia, ya que afecta más obviamente sobre la vida material de los hombres, aunque no hay que desdeñar su influencia en otros aspectos. En cualquier caso, creo que es importante no ser categórico ni ofrecer límites a una u otra conceptualización, aunque aceptemos alguna clasificación de manera coyuntural para facilitar alguna investigación.
Según indica Rocker, la palabra cultura se aplicaba en origen casi exclusivamente al cultivo de la tierra, a la cría de animales y a otros trabajos similares que suponían una intervención del hombre en los procesos naturales. Se aludía entonces con cultura a "cuidar" o "cultivar" y se señala como probable que fuera el pensamiento teológico-cristiano el responsable de que se estableciera un contraste artificial entre naturaleza y cultura, ya que se puso al hombre por encima de lo natural como si todo hubiese sido creado por él y para él. Es por eso que puede insistirse, para que no haya malas interpretaciones, en que puede calificarse como cultura esa intervención consciente del hombre en la marcha arbitraria de los fenómenos naturales. De alguna manera, el hombre se rebela conscientemente contra el curso natural de las cosas, busca medios y vías para escapar a todo lo destructivo presente en el ambiente. Hay que aclarar que esta definición de cultura establece su relación con la naturaleza, pero no se opone a ella, ya que el hombre puede observarse como una especie más. Sin embargo, es su aparición la que da lugar a la cultura, que también puede verse como una expresión, especial eso sí, de la naturaleza. Cuando hablamos de combatir o de superar la naturaleza (ambiental), nos referimos a una dominio relativo, y no absoluto, ya que el ser humano sigue formando parte de ella. Así, también se cuestiona esa barrera artificial establecido entre pueblos supuestamente primitivos y pueblos civilizados, ya que todos ellos ofrecen expresiones culturales.
También hay que aclarar que, al igual que no todas las fuerzas naturales son provechosas para el hombre, tampoco lo son para el desarrollo todos los productos del ambiente social por él creados. Podemos decir que algunos son incluso nocivos, por lo que entendemos así que no todo desarrollo histórico es lineal. Existen innumerables expresiones culturales de lo más cuestionables, como demuestran las rebeliones que se producen una y otra vez contra ellas, y también el progresivo perfeccionamiento (o estimulación) de la conciencia humana. Rocker habla de "perfeccionamiento espiritual" o incluso de una "esencia" humana que se muestre en consonancia con el ambiente social creado, y que solo la ignorancia y la superstición habrían enturbiado en la historia. Bien, a pesar del excesivo optimismo sobre el progreso histórico, estamos de acuerdo en que las sociedad humanas pueden perfeccionarse gracias a las más elevadas expresiones culturales. Aunque tengamos serios motivos para dudar de una "esencia" humana, sí somos conscientes de nuestras capacidades (lenguaje, pensamiento, razón...) que, junto a la influencia de las condiciones sociales, nos pueden empujar hacia una cultura social que no conozca la explotación. Rocker considera que esa posibilidad existe gracias a los rasgos libertarios: libertad personal del individuo, de manera práctica y no abstracta, y cohesión social por la solidaridad, desarrollada gracias a los sentimientos sociales inherentes al ser humano. La libertad, libre de toda opresión autoritaria, como es lógico, solo puede completarse con la igualdad económica y social. Estas condiciones no son solo deseables, sino más adecuadas para un desarrollo social y sicológico, ya que las instituciones autoritarias bloquean toda formación cultural superior.
Otro factor que limita el desarrollo cultural es intentar mantener una "pureza", evitar que se produzcan injerencias externas, ya que solo bajo esas influencias nacen nuevas necesidades y nuevos conocimientos que impulsan nuevas formas de expresión. Las sociedades, al igual que los seres humanos, crecen culturalmente si se ven impregnadas de los logros de otros pueblos y la unidad político-nacional solo puede ofrecer limitación, mientras que la cultura es en sí misma revolucionaria. Es algo que demuestra el hecho de que todo sistema de dominación desaparece sin dejar huella alguna una vez se ha superado por formas culturales, que son la que perviven. No se pueden imponer los más altos valores ni los más nobles hábitos, ya que solo pueden germinar y fortalecerse sin coacción externa, gracias al reconocimiento y el anhelo de las personas. Violencia y autoridad no pueden dar lugar a lazos culturales sólidos, solo posibles mediante el apoyo mutuo y el libre acuerdo entre todos, los cuales se asientan por el bienestar material y moral del conjunto de la sociedad.
Según indica Rocker, la palabra cultura se aplicaba en origen casi exclusivamente al cultivo de la tierra, a la cría de animales y a otros trabajos similares que suponían una intervención del hombre en los procesos naturales. Se aludía entonces con cultura a "cuidar" o "cultivar" y se señala como probable que fuera el pensamiento teológico-cristiano el responsable de que se estableciera un contraste artificial entre naturaleza y cultura, ya que se puso al hombre por encima de lo natural como si todo hubiese sido creado por él y para él. Es por eso que puede insistirse, para que no haya malas interpretaciones, en que puede calificarse como cultura esa intervención consciente del hombre en la marcha arbitraria de los fenómenos naturales. De alguna manera, el hombre se rebela conscientemente contra el curso natural de las cosas, busca medios y vías para escapar a todo lo destructivo presente en el ambiente. Hay que aclarar que esta definición de cultura establece su relación con la naturaleza, pero no se opone a ella, ya que el hombre puede observarse como una especie más. Sin embargo, es su aparición la que da lugar a la cultura, que también puede verse como una expresión, especial eso sí, de la naturaleza. Cuando hablamos de combatir o de superar la naturaleza (ambiental), nos referimos a una dominio relativo, y no absoluto, ya que el ser humano sigue formando parte de ella. Así, también se cuestiona esa barrera artificial establecido entre pueblos supuestamente primitivos y pueblos civilizados, ya que todos ellos ofrecen expresiones culturales.También hay que aclarar que, al igual que no todas las fuerzas naturales son provechosas para el hombre, tampoco lo son para el desarrollo todos los productos del ambiente social por él creados. Podemos decir que algunos son incluso nocivos, por lo que entendemos así que no todo desarrollo histórico es lineal. Existen innumerables expresiones culturales de lo más cuestionables, como demuestran las rebeliones que se producen una y otra vez contra ellas, y también el progresivo perfeccionamiento (o estimulación) de la conciencia humana. Rocker habla de "perfeccionamiento espiritual" o incluso de una "esencia" humana que se muestre en consonancia con el ambiente social creado, y que solo la ignorancia y la superstición habrían enturbiado en la historia. Bien, a pesar del excesivo optimismo sobre el progreso histórico, estamos de acuerdo en que las sociedad humanas pueden perfeccionarse gracias a las más elevadas expresiones culturales. Aunque tengamos serios motivos para dudar de una "esencia" humana, sí somos conscientes de nuestras capacidades (lenguaje, pensamiento, razón...) que, junto a la influencia de las condiciones sociales, nos pueden empujar hacia una cultura social que no conozca la explotación. Rocker considera que esa posibilidad existe gracias a los rasgos libertarios: libertad personal del individuo, de manera práctica y no abstracta, y cohesión social por la solidaridad, desarrollada gracias a los sentimientos sociales inherentes al ser humano. La libertad, libre de toda opresión autoritaria, como es lógico, solo puede completarse con la igualdad económica y social. Estas condiciones no son solo deseables, sino más adecuadas para un desarrollo social y sicológico, ya que las instituciones autoritarias bloquean toda formación cultural superior.
Otro factor que limita el desarrollo cultural es intentar mantener una "pureza", evitar que se produzcan injerencias externas, ya que solo bajo esas influencias nacen nuevas necesidades y nuevos conocimientos que impulsan nuevas formas de expresión. Las sociedades, al igual que los seres humanos, crecen culturalmente si se ven impregnadas de los logros de otros pueblos y la unidad político-nacional solo puede ofrecer limitación, mientras que la cultura es en sí misma revolucionaria. Es algo que demuestra el hecho de que todo sistema de dominación desaparece sin dejar huella alguna una vez se ha superado por formas culturales, que son la que perviven. No se pueden imponer los más altos valores ni los más nobles hábitos, ya que solo pueden germinar y fortalecerse sin coacción externa, gracias al reconocimiento y el anhelo de las personas. Violencia y autoridad no pueden dar lugar a lazos culturales sólidos, solo posibles mediante el apoyo mutuo y el libre acuerdo entre todos, los cuales se asientan por el bienestar material y moral del conjunto de la sociedad.
domingo, 24 de abril de 2011
El persistente atractivo del nacionalismo
Tal y como se afirma en el folleto de Perlman, de igual titulo que la entrada de este blog, el nacionalismo es un concepto que ha sido revitalizado con el tiempo, no solo por parte de los conservadores, también por la de muchos que se consideran revolucionarios. En éste último caso, se asegura que el nacionalismo es sinónimo de liberación de los oprimidos, tanto a nivel personal, como cultural. El nacionalismo, según esta visión presuntamente emancipadora, vendría a ser "una estrategia, ciencia o teología de la liberación, como la culminación del dictado de la ilustración, afirmando que el conocimiento es poder". En cualquier caso, el nacionalismo no posee una definición definitiva, ya que se han producido diversas experiencias históricas en las que el término va adaptándose. Resulta muy interesante la visión de Perlman al respecto, desmontando una serie de tópicos "revolucionarios". El primero de ellos es considerar el imperialismo un fenómeno relativamente reciente, como la última fase de un capitalismo que pretende conquistar el mundo entero, y ver el nacionalismo (las luchas de liberación nacional) como un eficaz remedio contra ello. En cualquier caso, volviendo a los inicios históricos, hay que decir que el concepto de nación-Estado surge de las revoluciones del siglo XVIII y, anteriormente, únicamente puede hablarse de imperios. Tal y como afirma Perlman, el nacionalismo se convirtió en la metodología que condujo al imperio del capital. Otra de los factores responsables del mundo contemporáneo es el matrimonio entre capital y ciencia, debido al cual el medio natural se convirtió en un mundo procesado, en artificio, y se redujo a gran parte de la humanidad a meros servidores de ese artificio.
Durante el siglo XIX, los detentadores del capital explotaron la mistificación de la "identidad colectiva", la busqueda de factores de cohesión con aquellos que explotaban. Si era complicado movilizar a las personas como sirvientes o clientes leales, sí podía hacerse como fieles compañeros de una misma nación. Esos factores de cohesión nacional, como la lengua, las costumbres o la religión, se convirtieron en materiales para la construcción de las naciones-Estado. Pero esos factores eran medios, y no fines, ya que lo que se pretendía desarrollar en realidad eran las economías nacionales. La primera fase del proceso nacionalizador abarca el periodo que se inicia con las revoluciones del siglo XVIII (americana y francesa) hasta el final del la Primera Guerra Mundial. En ese colofón, los estados dinásticos se convirtieron en naciones en las que la burguesía pasa a ser la clase dominante. Sí hay que aclarar que la burguesía de otras culturas más débiles, como es el caso de turcos y armenios, las cuales aspiraban a la misma dominación territorial, fue exterminada (y establecemos aquí una lógica entre evolución del concepto nacionalista con el genocinio de otros pueblos). Perlman insiste en la mistificación de la llamada identidad colectiva, como el mismo lenguaje o la misma religión, ya que solo era usada como material de unificación como una razón pragmática. Esos rasgos compartidos solo eran importantes porque resultaban útiles para dar lugar a una fuerza policial que protegiera la propiedad nacional y una armada que despojara a los extranjeros.
La Primera Internacional nace en gran medida por la consideración de que la llamada liberación nacional solo era sinónimo de explotación nacional, la proclamada nación solo tenía cadena para los trabajadores. Puede expresarse como que los obreros no tenían país y se organizaron en la Internacional. Conocida es la divergencia entre seguidores de Marx y de Bakunin, sospechosos los anarquistas de que el autor de El capital quería convertir la organización en un estado tan represivo como los feudales o los nacionales. Las versiones posteriores de la Internacional no tuvieron ya en su seno a los anarquistas, hasta tener el colofón de una organización amoldada a la Unión Soviética, al partido dirigente de la misma y a su fundador Lenin. Aunque el propósito de la Tercera Internacional pretendía ser el derrocamiento del capitalismo, el proceso desarrollado en el Estado ruso no dejaba de ser similar a los de las naciones capitalistas. La explotación y el saqueamiento de recursos se hizo igualmente, con una fuerza policial cada vez más poderosa que dirigía su represión contra el interior de la nación, y así el comunismo se convirtió en equiparable a una organización totalitaria de perfecto control. Así, en los países totalitarios, en los que burguesía no llegó a crear una nación poderosa, el papel lo cumplió otra clase con un discurso diferente seudorevolucionario, aunque no dejaba de producirse la explotación capitalista y, especialmente, la opresión nacional. Incluso, los herederos de Lenin y Stalin, ante el obvio fracaso en acabar con la explotación del hombre por el hombre y con el trabajo asalariado, empezaron a hablar de "liberación nacional". Este concepto presuponía, como es obvio, un Estado, una organización social jerarquizada con sus fuerzas policiales, y hacía hincapié en una supuesta liberación económica (sin que haya nada ya del componente romántico que tenía el nacionalismo en sus orígenes). Perlman llega a considerar que sin capital, sin un proceso de producción capitalista (el cual se produjo igualmente en los llamados países socialistas y en los fascistas), no habría poder ni nación. Los líderes, así como toda clase de directivos generales, son parte nacional y parte del proceso de producción capitalista.
La visión de Perlman es, tan lúcida, como pesimista, ya que considera que el nacionalismo continúa resultando atractivo a los oprimidos ante la ausencia de otros proyectos. Insistiré en su visión: el nacionalismo es un producto del proceso de producción capitalista (dentro de este proceso, Perlman critica también a la ciencia aplicada y a sus especialistas, los cuales se colocan al servicio de la opresión). Desgraciadamente, dentro de esa liberación nacional no existe ya lucha de clases ni afán antiautoritario, ya que el proletariado aspira simplemente a dejar de serlo y ocupar los más elevados puestos. El pragmatismo más mezquino que ofrece la nación-Estado en connivencia con el capital ha triunfado, solo en principio, y ante un horizonte de nuevas luchas, sobre los más nobles valores y las más altas aspiraciones de la humanidad. El anarquismo se observa como la gran esperanza para una sociedad de clases en la que conceptos como libertad, solidaridad y fraternidad universal adquieran un verdadero sentido que haga difícil reproducir modelos autoritarios
Durante el siglo XIX, los detentadores del capital explotaron la mistificación de la "identidad colectiva", la busqueda de factores de cohesión con aquellos que explotaban. Si era complicado movilizar a las personas como sirvientes o clientes leales, sí podía hacerse como fieles compañeros de una misma nación. Esos factores de cohesión nacional, como la lengua, las costumbres o la religión, se convirtieron en materiales para la construcción de las naciones-Estado. Pero esos factores eran medios, y no fines, ya que lo que se pretendía desarrollar en realidad eran las economías nacionales. La primera fase del proceso nacionalizador abarca el periodo que se inicia con las revoluciones del siglo XVIII (americana y francesa) hasta el final del la Primera Guerra Mundial. En ese colofón, los estados dinásticos se convirtieron en naciones en las que la burguesía pasa a ser la clase dominante. Sí hay que aclarar que la burguesía de otras culturas más débiles, como es el caso de turcos y armenios, las cuales aspiraban a la misma dominación territorial, fue exterminada (y establecemos aquí una lógica entre evolución del concepto nacionalista con el genocinio de otros pueblos). Perlman insiste en la mistificación de la llamada identidad colectiva, como el mismo lenguaje o la misma religión, ya que solo era usada como material de unificación como una razón pragmática. Esos rasgos compartidos solo eran importantes porque resultaban útiles para dar lugar a una fuerza policial que protegiera la propiedad nacional y una armada que despojara a los extranjeros.
La Primera Internacional nace en gran medida por la consideración de que la llamada liberación nacional solo era sinónimo de explotación nacional, la proclamada nación solo tenía cadena para los trabajadores. Puede expresarse como que los obreros no tenían país y se organizaron en la Internacional. Conocida es la divergencia entre seguidores de Marx y de Bakunin, sospechosos los anarquistas de que el autor de El capital quería convertir la organización en un estado tan represivo como los feudales o los nacionales. Las versiones posteriores de la Internacional no tuvieron ya en su seno a los anarquistas, hasta tener el colofón de una organización amoldada a la Unión Soviética, al partido dirigente de la misma y a su fundador Lenin. Aunque el propósito de la Tercera Internacional pretendía ser el derrocamiento del capitalismo, el proceso desarrollado en el Estado ruso no dejaba de ser similar a los de las naciones capitalistas. La explotación y el saqueamiento de recursos se hizo igualmente, con una fuerza policial cada vez más poderosa que dirigía su represión contra el interior de la nación, y así el comunismo se convirtió en equiparable a una organización totalitaria de perfecto control. Así, en los países totalitarios, en los que burguesía no llegó a crear una nación poderosa, el papel lo cumplió otra clase con un discurso diferente seudorevolucionario, aunque no dejaba de producirse la explotación capitalista y, especialmente, la opresión nacional. Incluso, los herederos de Lenin y Stalin, ante el obvio fracaso en acabar con la explotación del hombre por el hombre y con el trabajo asalariado, empezaron a hablar de "liberación nacional". Este concepto presuponía, como es obvio, un Estado, una organización social jerarquizada con sus fuerzas policiales, y hacía hincapié en una supuesta liberación económica (sin que haya nada ya del componente romántico que tenía el nacionalismo en sus orígenes). Perlman llega a considerar que sin capital, sin un proceso de producción capitalista (el cual se produjo igualmente en los llamados países socialistas y en los fascistas), no habría poder ni nación. Los líderes, así como toda clase de directivos generales, son parte nacional y parte del proceso de producción capitalista.
La visión de Perlman es, tan lúcida, como pesimista, ya que considera que el nacionalismo continúa resultando atractivo a los oprimidos ante la ausencia de otros proyectos. Insistiré en su visión: el nacionalismo es un producto del proceso de producción capitalista (dentro de este proceso, Perlman critica también a la ciencia aplicada y a sus especialistas, los cuales se colocan al servicio de la opresión). Desgraciadamente, dentro de esa liberación nacional no existe ya lucha de clases ni afán antiautoritario, ya que el proletariado aspira simplemente a dejar de serlo y ocupar los más elevados puestos. El pragmatismo más mezquino que ofrece la nación-Estado en connivencia con el capital ha triunfado, solo en principio, y ante un horizonte de nuevas luchas, sobre los más nobles valores y las más altas aspiraciones de la humanidad. El anarquismo se observa como la gran esperanza para una sociedad de clases en la que conceptos como libertad, solidaridad y fraternidad universal adquieran un verdadero sentido que haga difícil reproducir modelos autoritarios
martes, 15 de marzo de 2011
La nación y la humanidad
Si hay una idea que rivalice con la religión (institucionalizada, para no entrar en controversias) en ser la causa de muchos de las males de la humanidad, esa es el nacionalismo. El anarquismo es, desde sus orígenes, internacionalista. Habría que poner la sospecha en todos los que usen el término nación o conceptos como "liberación nacional" y traten de apropiarse de las ideas libertarias (sí, aquí si busco la controversia). Espero que se me entienda, y ocurre algo parecido con la cuestión de las "creencias", no estamos juzgando el pedigrí de las personas ni repartiendo carnés de "auténticos anarquistas", ni siquiera es mi deseo asentar ningún purismo en el anarquismo. Existe una vida real, una sociedad que no es la que nos gustaría y con la que hay que lidiar a diario sin fanatismo, pero tratando de ser coherente con unos valores. Luego, hay una sociedad anarquista en potencia, cuyos objetivos son hoy difíciles de conseguir en su forma más pura (tal vez más difíciles que en otras épocas), pero cuya fuerza antiautoritaria (y liberadora) es tremendamente necesaria. Por eso, al margen de la vida cotidiana en la que se ponen a prueba nuestras convicciones y en las que cada personas tomará las decisiones que le dicte su conciencia, no creo que sea posible acercar al movimiento libertario conceptos que contradicen sus propuestas. Un anarquista es, de manera evidente, internacionalista, como dice Ángel Cappelletti en La ideología anarquista, se entiende "que las fronteras políticas son obvia consecuencia de la existencia de los Estados, no pueden menos que considerarse también fruto de una degeneración autoritaria y violenta de la sociedad".
Se recoge en el anarquismo una herencia cosmopolita, una cambio de paradigma producido en la Antigua Grecia por parte de escuelas de pensamiento como la cínica y la estoica, basándose en observar a la humanidad como un todo natural y moral. Esa visión se filtrará siglos después a través de la Ilustración, y podemos hablar de unos de los componentes primordiales de la filosofía social anarquista. Creo que solo el anarquismo, y por supuesto los anarquistas, han sido fieles a esta idea ética de la fraternidad universal. Se establece, así, un vínculo entre los conceptos de nación, patria y Estado, algo en lo que no todo el mundo estará de acuerdo, pero seguiré insistiendo en la transparencia de ideas y en la honestidad. Si hablamos de nación de manera simplista, como una "comunidad de intereses comunes", está claro que todos formamos parte de ella (estamos además determinados, en mayor o en menor medida, por ella). El anarquista no es alguien que desee automarginarse de esa comunidad, sino que realiza unas propuestas éticas y sociales muy diferentes, y desea extenderlas al conjunto de la humanidad sin establecer fronteras políticas (dicho sea esto, también de manera simple). Sin embargo, si profundizamos un poquito en el concepto de nación, vemos que se vincula claramente a un territorio gobernado, a un Estado. Del mismo modo, la patria tiene claras connotaciones estatales (jurídicas) e históricas (eso llamado "identidad"), aunque también hay que aclarar que igualmente posée rasgos afectivos (algo con lo que los anarquistas pueden coincidir si hablamos de cuestiones humanas, y hacer compatible el amor a la tierra de uno con el internacionalismo). En cualquier caso, podemos decir "mi patria es el mundo", de manera algo romántica, pero siempre dejando claro el análisis de las fronteras políticas establecidas por las naciones/Estado, defendidas por ejércitos (de ahí se deriva también el antimilitarismo, además de por considerar esta institución como la máxima expresión autoritaria), que bloquean el sentimiento de fraternidad universal (una tendencia, un sentimiento y una convicción ética, no una utopía en el sentido quimérico).
Recientemente, escuché a cierto intelectual afirmar que el nacionalismo es una idea romántica. Es posible que así sea, pero no por ello es menos digna de crítica e incluso pueda ser menos feroz en sus consecuencias. Yo diría que el anarquismo es la evidente antítesis del nacionalismo, no parece concebible ninguna compatibilidad más allá de los rasgos libertarios (siempre enfrentados a otros autoritarios e inhibidores) que pueda presentar cualquier idea o creación humanas. Carlos Malato, en La filosofía del anarquismo, utiliza el término "patria" (si bien, como claro sinónimo de nación) y la acusa de no se más que una religión vulgar, una nueva fe que substituye a la antigua. Incluso, se apela a lo que es "natural", y no lo es rechazar a una persona que ha nacido al otro lado de una frontera. El deseo histórico es que la idea de la patria se acabe fundiendo en la idea de la humanidad, lo cual constituye otra manera de entender el progreso. Tal y como lo expresa Malato, de manera muy bella y nítida, hay dos manera de negar la patria: uno bárbaro e inconcebible, que es desear la ruptura de un país unificado por el idioma y por una serie de costumbres, lo cual supondría el regreso al provincialismo de épocas anteriores; otra manera de negar la patria, tal y como se vincula a una nación y a un Estado, es preconizando la federación de pueblos libres, "una patria única y sin rival". Naturalmente, esta convicción no es simplemente un programa político que podamos aplicar en un futuro próximo, es un deseo consustancial al anarquismo, un ideal a perseguir que comienza considerando a todos los seres humanos nuestros hermanos, observándoles como individuos autónomos que forman parte de pueblos libres. Los ideales inconclusos de libertad, igualdad y fraternidad solo adquieren sentido en el anarquismo, no aplicados con una mirada estrecha ni mediatizados por algún nuevo poder político.
Se recoge en el anarquismo una herencia cosmopolita, una cambio de paradigma producido en la Antigua Grecia por parte de escuelas de pensamiento como la cínica y la estoica, basándose en observar a la humanidad como un todo natural y moral. Esa visión se filtrará siglos después a través de la Ilustración, y podemos hablar de unos de los componentes primordiales de la filosofía social anarquista. Creo que solo el anarquismo, y por supuesto los anarquistas, han sido fieles a esta idea ética de la fraternidad universal. Se establece, así, un vínculo entre los conceptos de nación, patria y Estado, algo en lo que no todo el mundo estará de acuerdo, pero seguiré insistiendo en la transparencia de ideas y en la honestidad. Si hablamos de nación de manera simplista, como una "comunidad de intereses comunes", está claro que todos formamos parte de ella (estamos además determinados, en mayor o en menor medida, por ella). El anarquista no es alguien que desee automarginarse de esa comunidad, sino que realiza unas propuestas éticas y sociales muy diferentes, y desea extenderlas al conjunto de la humanidad sin establecer fronteras políticas (dicho sea esto, también de manera simple). Sin embargo, si profundizamos un poquito en el concepto de nación, vemos que se vincula claramente a un territorio gobernado, a un Estado. Del mismo modo, la patria tiene claras connotaciones estatales (jurídicas) e históricas (eso llamado "identidad"), aunque también hay que aclarar que igualmente posée rasgos afectivos (algo con lo que los anarquistas pueden coincidir si hablamos de cuestiones humanas, y hacer compatible el amor a la tierra de uno con el internacionalismo). En cualquier caso, podemos decir "mi patria es el mundo", de manera algo romántica, pero siempre dejando claro el análisis de las fronteras políticas establecidas por las naciones/Estado, defendidas por ejércitos (de ahí se deriva también el antimilitarismo, además de por considerar esta institución como la máxima expresión autoritaria), que bloquean el sentimiento de fraternidad universal (una tendencia, un sentimiento y una convicción ética, no una utopía en el sentido quimérico).
Recientemente, escuché a cierto intelectual afirmar que el nacionalismo es una idea romántica. Es posible que así sea, pero no por ello es menos digna de crítica e incluso pueda ser menos feroz en sus consecuencias. Yo diría que el anarquismo es la evidente antítesis del nacionalismo, no parece concebible ninguna compatibilidad más allá de los rasgos libertarios (siempre enfrentados a otros autoritarios e inhibidores) que pueda presentar cualquier idea o creación humanas. Carlos Malato, en La filosofía del anarquismo, utiliza el término "patria" (si bien, como claro sinónimo de nación) y la acusa de no se más que una religión vulgar, una nueva fe que substituye a la antigua. Incluso, se apela a lo que es "natural", y no lo es rechazar a una persona que ha nacido al otro lado de una frontera. El deseo histórico es que la idea de la patria se acabe fundiendo en la idea de la humanidad, lo cual constituye otra manera de entender el progreso. Tal y como lo expresa Malato, de manera muy bella y nítida, hay dos manera de negar la patria: uno bárbaro e inconcebible, que es desear la ruptura de un país unificado por el idioma y por una serie de costumbres, lo cual supondría el regreso al provincialismo de épocas anteriores; otra manera de negar la patria, tal y como se vincula a una nación y a un Estado, es preconizando la federación de pueblos libres, "una patria única y sin rival". Naturalmente, esta convicción no es simplemente un programa político que podamos aplicar en un futuro próximo, es un deseo consustancial al anarquismo, un ideal a perseguir que comienza considerando a todos los seres humanos nuestros hermanos, observándoles como individuos autónomos que forman parte de pueblos libres. Los ideales inconclusos de libertad, igualdad y fraternidad solo adquieren sentido en el anarquismo, no aplicados con una mirada estrecha ni mediatizados por algún nuevo poder político.
miércoles, 14 de julio de 2010
Cartas contra el nacionalismo
Me agrada mucho leer esta carta, hoy en El País, cuyo autor es José María Acosta Vera:
Es hermoso querer a la tierra que te vio nacer, pero eso no es excluyente con las demás. Los nacionalismos solo han traído conflictos. Junto con las religiones, han sido las causas de todas las guerras desde hace 20 siglos. No te hace mejor haber nacido más allá o más acá de una frontera inventada por los hombres. Qué diferencia a un serbio de un bosnio; qué a un ucraniano de un checheno. Qué soberanía reclaman. Ya no la tiene ni siquiera EE UU, que depende de los mercados y de las grandes multinacionales. Todo es un invento de los políticos, que defienden sus intereses, tantas veces corruptos, movilizando las emociones de gente normal que lo único que quiere es llegar a fin de mes.
Por otra parte, ¿qué es una nación?, ¿qué es una cultura? Cada ciudadano es diferente, y más en un mundo cambiante, lleno de migraciones, con gente de razas distintas, venida de distintos países. Lo único seguro es que quieren vivir en paz y tener trabajo.
Ser nacionalista en el siglo XXI es un contrasentido. Es ir contra los tiempos.
No deja de tener algún punto en común con esta otra, firmada curiosamente por otro José María que es el que suscribe, mandada hace unos días, y me temo que nunca verá la luz en el muy generalista diario:
Hasta el, otrora, feroz y nihilista Carlos Boyero es capaz de insinuar, en estos días de visible exaltación "patriótica", que solo alguien "normal" puede sentirse feliz con los éxitos de la selección nacional. Bien, y dejando la cuestión deportiva a un lado (algo que, por otra parte, resulta francamente difícil, hay que insistir siempre en que "todo es política"), diré que me siento muy orgulloso de no ser nada "normal" en un país que se motiva y se "cohesiona" gracias a cuestiones tan futiles. Una de las definiciones más lúcidas que se me ocurren la escribió la poetisa chilena Gabriela Mistral: "La patria es el paisaje de la infancia y quédese lo demás como mistificación política". Al margen de ello, la palabra "patria", no digamos "nación" (es decir, Estado), es una abstracción que solo me produce aversión, así como sus símbolos (trapitos con los que más de uno debe estar haciendo caja en estos días). No concibo más futuro para la humanidad (esa gran comunidad) que un progresivo hermanamiento de todos sus miembros (eso sí que es un vinculo de cohesión sólido, esa cosita tan interesadamente olvidada que se llama "fraternidad universal", tan opuesta a cualquier nacionalismo). Cosmopolitismo solidario y reafirmación individual, bellas nociones con escaso sentido en un mundo político y económico, que convierte a las personas en meras piezas de un engranaje, apuntalado gracias al "pan y circo" de toda la vida (aunque el pan sea, todavía y desgraciadamente, un elemento a "conquistar" por tantas personas).
Es hermoso querer a la tierra que te vio nacer, pero eso no es excluyente con las demás. Los nacionalismos solo han traído conflictos. Junto con las religiones, han sido las causas de todas las guerras desde hace 20 siglos. No te hace mejor haber nacido más allá o más acá de una frontera inventada por los hombres. Qué diferencia a un serbio de un bosnio; qué a un ucraniano de un checheno. Qué soberanía reclaman. Ya no la tiene ni siquiera EE UU, que depende de los mercados y de las grandes multinacionales. Todo es un invento de los políticos, que defienden sus intereses, tantas veces corruptos, movilizando las emociones de gente normal que lo único que quiere es llegar a fin de mes.
Por otra parte, ¿qué es una nación?, ¿qué es una cultura? Cada ciudadano es diferente, y más en un mundo cambiante, lleno de migraciones, con gente de razas distintas, venida de distintos países. Lo único seguro es que quieren vivir en paz y tener trabajo.
Ser nacionalista en el siglo XXI es un contrasentido. Es ir contra los tiempos.
No deja de tener algún punto en común con esta otra, firmada curiosamente por otro José María que es el que suscribe, mandada hace unos días, y me temo que nunca verá la luz en el muy generalista diario:
Hasta el, otrora, feroz y nihilista Carlos Boyero es capaz de insinuar, en estos días de visible exaltación "patriótica", que solo alguien "normal" puede sentirse feliz con los éxitos de la selección nacional. Bien, y dejando la cuestión deportiva a un lado (algo que, por otra parte, resulta francamente difícil, hay que insistir siempre en que "todo es política"), diré que me siento muy orgulloso de no ser nada "normal" en un país que se motiva y se "cohesiona" gracias a cuestiones tan futiles. Una de las definiciones más lúcidas que se me ocurren la escribió la poetisa chilena Gabriela Mistral: "La patria es el paisaje de la infancia y quédese lo demás como mistificación política". Al margen de ello, la palabra "patria", no digamos "nación" (es decir, Estado), es una abstracción que solo me produce aversión, así como sus símbolos (trapitos con los que más de uno debe estar haciendo caja en estos días). No concibo más futuro para la humanidad (esa gran comunidad) que un progresivo hermanamiento de todos sus miembros (eso sí que es un vinculo de cohesión sólido, esa cosita tan interesadamente olvidada que se llama "fraternidad universal", tan opuesta a cualquier nacionalismo). Cosmopolitismo solidario y reafirmación individual, bellas nociones con escaso sentido en un mundo político y económico, que convierte a las personas en meras piezas de un engranaje, apuntalado gracias al "pan y circo" de toda la vida (aunque el pan sea, todavía y desgraciadamente, un elemento a "conquistar" por tantas personas).
sábado, 19 de junio de 2010
Subordinaciones diversas
En estos días de (irritante) sumisión al desenvolvimiento deportivo de un grupo de multimillonarios abanderados representantes de la nación/Estado, me vienen a la cabeza una serie de reflexiones sobre diversas aspiraciones libertarias, entre ellas la deseada (y olvidada por tantos, los intereses son muchos) fraternidad universal. Porque si Patria o Dios son abstracciones especulativas que tienen detrás diversas formas de dominación, la noción de fraternidad universal solo adquiere sentido para el anarquismo, al igual que cualquier otra teoría, en la práctica. Ya se ha debatido en no pocas ocasiones, y sin llegar la mayor parte de las veces a ningún lugar, sobre el concepto de nación, el cual tal vez tenga muchas interpretaciones, pero que se indigesta en cualquier caso para el que subscribe. Tal vez puedo ser reduccionista, pero para mí resulte plenamente identificable con un gobierno, con la independencia de un territorio e, incluso y con toda la flexibilidad que se quiera, con una identidad. Es por eso que los términos "nación" y "nacionalismo" son claramente vinculables, y solo la estrategia política de la clase política, de diversos pelaje e intereses, pretende diferenciarlos para desprestigiar a sus rivales (los otros nacionalistas).
Al anarquismo le repele todo forma de patriotismo (solo en el ámbito afectivo podría ser salvable el asunto, pero resulta indisociable de los aspectos jurídicos, clasistas e históricos). Creo que fue Rilke el que dijo que la verdadera patria es la infancia, algo bello y literario que podemos subscribir en nuestro pretendido equilibrio entre la libertad más íntima y el afán de hermanamiento entre todos los seres humanos (un ideal que seguro que no pertenece exclusivamente al anarquismo, ya que se manifiesta a lo largo de toda la historia, pero solo él se muestra intransigente con todo lo que lo bloquea). Pero no hay que olvidar la permanente crítica a toda abstracción, incluso la que se llama Humanidad o Pueblo, no hay culto posible porque no sería más que caer en una nueva religión (llámese quizá populismo). Mantener la lucidez es denunciar todo aquellos que impide el progreso, acercarse a las más nobles aspiraciones de los seres humanos, y estaremos de acuerdo en que existe una estrecha relación entre los diversos ámbitos de desenvolvimiento humano; si se apela a la "nación", de la manera que fuere, es por cuestiones sociales y políticas. A estas alturas, hablar de "opio del pueblo" es otra cosa que parece añeja, aunque hay que preguntar si ese afán de otorgar a las personas "tranquilidad existencial" (y creo que era esto lo que Marx quería decir con su famosa frase) no adquiere hoy en día una realidad con múltiples caras.
Son dos cosas diferenciadas, el deseo vulgar de que la adoración a un equipo deportivo, representativo de la nación, actúe como cohesión social (se apela, de esa manera, también a la religión) y el esparcimiento que suponen esos eventos para que las personas olviden sus problemas y manifiesten alguna que otra "alegría". Pablo Carbonell, en su debut como director de cine en Atún y chocolate, expresaba de esta hilarante manera aquellos que mantiene dividida a la humanidad: "los partidos políticos, las religiones y los equipos de fútbol". El gran Javier Krahe, en uno de sus impagables temas denominado "En las Antípodas" (que es, en realidad, el mundo en que vivimos), nos relata los grandes males que sufre la humanidad, la mayoría con evidentes causas políticas y económicas, para acabar su canción del siguiente modo: "Pero es fantástico, martes y miércoles, jueves y sábados, lunes y vísperas, dan espectáculo con el esférico, y allí, al unísono, arman escándalo y es como un bálsamo para sus ánimas". Diré, para los que vayan a quedarse solo con la superficie de las cosas, que puedo disfrutar perfectamente de un evento deportivo (fútbol incluido). Dejando el humor, que es tan necesario también para denunciar y para dilucidar, quiero subraya mi deseo de no caer en la simpleza ni en un análisis pobre e injusto. Solo deseo mostrar el fanatismo inhibidor que está detrás de determinadas aficiones, que vivimos en un país en el que la gente sale a la calle para celebrar los éxitos de su equipo y es incapaz de movilizarse para defender sus más elementales derechos. Por otra parte, es evidente la vinculación de la nación (llámese también "dominación política") y de sus símbolos coloristas con pretendidos factores emocionales de cohesión. Lo siento, pero no conozco mayor elemento de cohesión que la solidaridad con todos los seres humanos (sea cual fuere el lugar donde han nacido), esa idea de fraternidad universal que permanece obstaculizada por fronteras políticas, económicas y religiosas.
Se me dirá que todo esto es otra forma de abstracción, un ideal muy bello inalcanzable (o, para ponernos filosóficos, situado en una realidad superior), pero mi forma de entender el anarquismo y el internacionalismo solo adquiere sentido en el análisis de las condiciones materiales actuales. Tal vez es lo que quería decir Herbert Read cuando aludía a "tensión mística" dentro del anarquismo, sus ideales espirituales tan elevados (que parten, según Bakunin, de la realidad material), los cuales pueden ocupar el lugar de cualquier otra creencia, pero sin olvidar que la idea solo adquiere sentido y desarrollo en la práctica. El anarquismo es sinónimo de ética comunitaria, de reconocimiento permanente en el otro y de predominancia del factor solidario (apoyo mutuo), y obviamente la comunidad no queda delimitada de manera artificial ni interesada, ni es símbolo tampoco de una mundo dividido en clases; por otra parte, si gran parte del anarquismo histórico considera que la libertad se conquista, y se completa, en la cooperación social y en ese reconocimiento de la libertad del otro, es muy bella también la consideración de que cada ser humano es "único" y de que el desarrollo de cada persona es algo inalienable para tener una vida plena. Es una confianza en nuestra propia individualidad, un rechazo del colectivismo más vulgar que nos convierte en miembros de un rebaño (metáfora religiosa que puede extender también a cuestiones "nacionales").
Al anarquismo le repele todo forma de patriotismo (solo en el ámbito afectivo podría ser salvable el asunto, pero resulta indisociable de los aspectos jurídicos, clasistas e históricos). Creo que fue Rilke el que dijo que la verdadera patria es la infancia, algo bello y literario que podemos subscribir en nuestro pretendido equilibrio entre la libertad más íntima y el afán de hermanamiento entre todos los seres humanos (un ideal que seguro que no pertenece exclusivamente al anarquismo, ya que se manifiesta a lo largo de toda la historia, pero solo él se muestra intransigente con todo lo que lo bloquea). Pero no hay que olvidar la permanente crítica a toda abstracción, incluso la que se llama Humanidad o Pueblo, no hay culto posible porque no sería más que caer en una nueva religión (llámese quizá populismo). Mantener la lucidez es denunciar todo aquellos que impide el progreso, acercarse a las más nobles aspiraciones de los seres humanos, y estaremos de acuerdo en que existe una estrecha relación entre los diversos ámbitos de desenvolvimiento humano; si se apela a la "nación", de la manera que fuere, es por cuestiones sociales y políticas. A estas alturas, hablar de "opio del pueblo" es otra cosa que parece añeja, aunque hay que preguntar si ese afán de otorgar a las personas "tranquilidad existencial" (y creo que era esto lo que Marx quería decir con su famosa frase) no adquiere hoy en día una realidad con múltiples caras.
Son dos cosas diferenciadas, el deseo vulgar de que la adoración a un equipo deportivo, representativo de la nación, actúe como cohesión social (se apela, de esa manera, también a la religión) y el esparcimiento que suponen esos eventos para que las personas olviden sus problemas y manifiesten alguna que otra "alegría". Pablo Carbonell, en su debut como director de cine en Atún y chocolate, expresaba de esta hilarante manera aquellos que mantiene dividida a la humanidad: "los partidos políticos, las religiones y los equipos de fútbol". El gran Javier Krahe, en uno de sus impagables temas denominado "En las Antípodas" (que es, en realidad, el mundo en que vivimos), nos relata los grandes males que sufre la humanidad, la mayoría con evidentes causas políticas y económicas, para acabar su canción del siguiente modo: "Pero es fantástico, martes y miércoles, jueves y sábados, lunes y vísperas, dan espectáculo con el esférico, y allí, al unísono, arman escándalo y es como un bálsamo para sus ánimas". Diré, para los que vayan a quedarse solo con la superficie de las cosas, que puedo disfrutar perfectamente de un evento deportivo (fútbol incluido). Dejando el humor, que es tan necesario también para denunciar y para dilucidar, quiero subraya mi deseo de no caer en la simpleza ni en un análisis pobre e injusto. Solo deseo mostrar el fanatismo inhibidor que está detrás de determinadas aficiones, que vivimos en un país en el que la gente sale a la calle para celebrar los éxitos de su equipo y es incapaz de movilizarse para defender sus más elementales derechos. Por otra parte, es evidente la vinculación de la nación (llámese también "dominación política") y de sus símbolos coloristas con pretendidos factores emocionales de cohesión. Lo siento, pero no conozco mayor elemento de cohesión que la solidaridad con todos los seres humanos (sea cual fuere el lugar donde han nacido), esa idea de fraternidad universal que permanece obstaculizada por fronteras políticas, económicas y religiosas.
Se me dirá que todo esto es otra forma de abstracción, un ideal muy bello inalcanzable (o, para ponernos filosóficos, situado en una realidad superior), pero mi forma de entender el anarquismo y el internacionalismo solo adquiere sentido en el análisis de las condiciones materiales actuales. Tal vez es lo que quería decir Herbert Read cuando aludía a "tensión mística" dentro del anarquismo, sus ideales espirituales tan elevados (que parten, según Bakunin, de la realidad material), los cuales pueden ocupar el lugar de cualquier otra creencia, pero sin olvidar que la idea solo adquiere sentido y desarrollo en la práctica. El anarquismo es sinónimo de ética comunitaria, de reconocimiento permanente en el otro y de predominancia del factor solidario (apoyo mutuo), y obviamente la comunidad no queda delimitada de manera artificial ni interesada, ni es símbolo tampoco de una mundo dividido en clases; por otra parte, si gran parte del anarquismo histórico considera que la libertad se conquista, y se completa, en la cooperación social y en ese reconocimiento de la libertad del otro, es muy bella también la consideración de que cada ser humano es "único" y de que el desarrollo de cada persona es algo inalienable para tener una vida plena. Es una confianza en nuestra propia individualidad, un rechazo del colectivismo más vulgar que nos convierte en miembros de un rebaño (metáfora religiosa que puede extender también a cuestiones "nacionales").
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