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sábado, 16 de noviembre de 2019

El ateísmo en el pensamiento antiautoritario

Realizamos un somero repaso al ateísmo moderno, vinculado inevitablemente con la tradición antiautoritaria. Desde las sorprendentes memorias del párroco Meslier hasta la apuesta radical por el conocimiento de un Bertrand Russell, pasando por los anarquistas, incapaces de compatibilizar a Dios con la emancipación humana, o por un Stirner, que no concibe a ninguna abstracción que doblegue al individuo, tenga el nombre que tenga

jueves, 27 de junio de 2013

La Ruche. Una experiencia pedagógica

La experiencia de La Ruche (1904-1917) hay que considerarla un hito en la historia de la pedagogía moderna. En 1904, el anarquista Sébastien Faure (1848-1952) emprende esta aventura educativa a pocos kilómetros de Rambouillet y a unos 40 de París. Faure fue un incansable y notable militante libertario, autor de innumerables escritos, gran conferenciante, creo en 1895 junto a Louise Michel el periódico Le libertaire y fue un abanderado de la defensa de Dreyfus, entre muchas otras actividades; no hace falta decir que sufrió por todo ello persecución y prisión, víctima de numerosas injurias. Destacan títulos, entre su obra, como Mi comunismo, Doce pruebas de la inexistencia de Dios, la Enciclopedia Anarquista o Palabras de un educador. Faure, como los anarquistas en general, se mostraba convencido de que una verdadera revolución se preparaba antes que nada en las ideas, costumbres y sentimientos, en suma, en la conciencia más íntima. Antes de llevar a cabo su experiencia educativa, teorizó sobre la posibilidad de formar individuos completos con todas sus facultades desarrolladas armónicamente; todo ello en un ambiente fraternal donde se suscitara la cooperación y se procurara un ambiente racional en base a los métodos científicos más actuales del momento.
Tal y como escribe Faure en Il Pensiero, en 1903:
Todo esto con vistas a fines totalmente distintos de los del estado burgués, cuyas instituciones, empezando por la familia, corrompen al individuo desde la más tierna edad haciéndole egoísta, hipócrita y conformista y haciendo de él un instrumento pasivo; cosa que se verifica tanto en el régimen llamado "libertad de enseñanza" que considera al niño propiedad de los padres como en el de monopolio, donde se transforma en cosa del estado; la neutralidad escolar es solamente una hábil mentira.
La Ruche (la colmena) se inspiró en el ejemplo innovador del orfanato de Cempuis (1880-1894), la llamada "educación integral", y aprovechó el material didáctico heredado por su promotor Paul Robin, otro gran referente en la pedagogía libertaria. No hay que calificar de escuela a La Ruche, ya que tampoco puede hablarse de alumnos y profesores, se trataba de un planteamiento de verdadera igualdad en la que se ponían en práctica los métodos pedagógicos más innovadores. A pesar de las numerosas peticiones de ingreso, la colonia de La Ruche no tuvo nunca a más de 50 huéspedes, los cuales eran acogidos de forma gratuita; Faure ejerció tareas fundamentalmente administrativas, a pesar de figurar como director, y sus colaboradores recibían alojo y comida. Las actividades, entre las que se encontraban estudio, trabajo y ocupaciones sociales, recreativas y deportivas, eran decididas periódicamente por una asamblea en la que todas participaban; no existían programas rígidos ni normas disciplinarias impuestas, ni premios ni castigos. Los temarios científicos que se impartían no tenían el simple objetivo de aportar una notable cantidad de conocimiento, sino primordialmente de estimular la facultad de observación y el razonamiento. Existía, en definitiva, un gran respeto por la autonomía del niño y por su desarrollo integral. Desgraciadamente, la censura y la precariedad económica obligaría al cierre final del proyecto en 1917.

LaMalatesta Editorial y Tierra de Fuego nos presentan su edición de la obra de Faure La Ruche. Una experiencia pedagógica, donde se relata aquel impresionante proyecto convertido en una realidad tangible. Así, se rescata del olvido, en la historia oficial de la pedagogía, una experiencia llevada a cabo por un grupo de personas cuyo gran motor era la fuerza de sus ideas.

jueves, 18 de agosto de 2011

Contra Dios (segunda parte de los argumentos de Faure)

Contra el Dios Gobernador o Providencia
Lo que Faure sostiene con su primer argumento de esta serie es que no puede creerse al mismo tiempo en un creador perfecto y en un gobernador de las mismas características, ya que ambos seres se excluyen categóricamente. El universo, la obra de ese presunto creador, no es digna de alguien genial; en caso contrario, si la obra fuera perfecta, no sería necesaria la mano de un Gobernador. Si éste es necesario, no es más que un insulto lanzado al Creador, ya que su intervención significa el desconocimiento, la incapacidad y la impotencia del Creador. El Gobernador niega al Creador.

Faure dice, en su segundo argumento, que la multiplicidad de los dioses atestigua que no existe ninguno. Los cientos de religiones existentes reclaman para sí la Verdad, un Dios auténtico, único e indiscutible, bien diferenciado del resto, que serían dioses de pacotilla; cada religión, de esa manera, combate a las demás por falsas. Si existiera un Dios omnipotente, hubiera podido revelarse a todos por igual, mientras que la existencia de múltiples deidades demuestra que no existe ninguna. Los representantes del Dios verdadero aseguran que es el padre de todos y que todos somos igualmente amados, y sin embargo parece dirigirse solo a unos pocos privilegiados. La existencia de múltiples religiones revela que el Dios verdadero carece, bien de omnipotencia, bien de bondad para todos, o de ambas. El Dios de la tradición judeocristiana debería ser infinitamente poderoso e infinitamente justo, pero si le falta cualquiera de estos dos atributos, entonces no es perfecto. No siendo perfecto, no tiene razón de ser, por lo que no existe.

El tercer argumento señala que la existencia del infierno prueba que el Dios Gobernador o Providencia no es infinitamente misericordioso. Se razona que Dios podía, al ser libre, no crearnos, pero lo ha hecho; al ser todopoderoso, podía crearnos buenos, pero nos hizo buenos y malos; puesto que Dios es bueno, podía admitirnos a todos en su Paraíso después de nuestra muerte, limitándose el castigo a la existencia terrenal, en lugar de condenar eternamente. Obviamente, Dios no es infinitamente justo ni misericordioso, cuando no evita el más mínimo sufrimiento a sus creaciones. Lo demuestra la existencia del infierno, el padecimiento eterno, el cual no sabemos tampoco a quién beneficia. Si el beneficiado es Dios, artífice de esos sufrimientos de los malvados, entonces nos hallamos ante el más feroz e implacable inquisidor. La existencia de algo tan espantoso como el infierno es incompatible con un Dios bondadoso. O bien, el infierno no existe, o bien Dios no es infinitamente bueno. A propósito de este argumento de Faure, en el que también insistiría Bertrand Russell en Porque no soy cristiano, hay que recordar las palabras del Papa Juan Pablo II en las que aludía al infierno como un lugar más espiritual que material. Los juegos de palabras a los que nos tiene acostumbrados la Iglesia no quitan menos razón a considerar el infantil concepto del infierno, en la forma que fuere, una demostración, no solo de la falta de bondad del presunto Dios, sino también de la crueldad de la imaginación humana.

El problema del mal es el protagonista del cuarto argumento de Faure. Lo que se sostiene es que la existencia del mal es incompatible con la existencia de una Dios infinitamente poderoso e infinitamente justo. O bien, Dios es bueno y no puede suprimir el mal, por lo que no sería omnipotente, o bien Dios tiene la potestad de suprimir el mal, y no lo desea, por lo que no es infinitamente bueno. Naturalmente, se insiste en que los rasgos de omnipotencia y omnibenevolencia son necesarios para la existencia de Dios, por lo que se concluye que no existe al no cumplir los dos requisitos. Frente a las razones de los religiosos, sobre que el mal es obra del hombre y no de Dios, se recuerda que existen numerosas calamidades en las que el ser humano no interviene (lo que Faure denomina "mal físico", frente al "mal moral" producto del hombre). Sin embargo, a un Dios creador y gobernador, como responsable de la organización del mundo, se le pueden imputar todos los tipos de males.

Contra el Dios Justiciero
Según la hipótesis de Dios, el hombre es lo que Él ha querido que fuéramos, según su gusto y capricho. La vida del hombre está determinada por sus condiciones de vida, las cuales han sido establecidas por Dios. El hombre es, en definitiva, un esclavo de la divinidad y dependiente de ella, por lo que difícilmente se le puede achacar ninguna responsabilidad. Por lo tanto, no puede existir juicio, castigo ni recompensa, para alguien que no es verdadero responsable. Al erigirse en justiciero, Dios no es más que un usurpador que se apropia de un derecho arbitrario y lo emplea contra toda justicia. Hilvanando con el último argumento de la serie anterior, Faure considera que Dios es responsable de los dos tipos de males, el moral y el físico, y además es un juez indigno al culpar al hombre siendo irresponsable. Recordemos que estamos repasando los argumentos que contradicen la existencia de un Dios omnipotente, omnisciente y omnibenevolente.

El segundo argumento de esta serie, y último de los doce, considera que Dios viola las reglas fundamentales de la equidad. Para concluir tal cosa, se admite por un instante que el hombre es responsable, pero situando esa responsabilidad dentro de los evidentes límites humanos. El mérito o la culpa que pueda tener el hombre, siempre limitada y contingente, no resulta acorde con la sanción y la recompensa, ya que ambas son eternas (cielo e infierno).

Faure, en su conclusión, invita a todo ser humano a que declare la guerra a esa idea de Dios que le mantiene sumiso. Esta tarea, solo puede realizarse a medias si no se combate igualmente a los que se han erigido dioses en el mundo terrenal, los que han doblegado y convertido en víctimas a su semejantes. El infierno, desgraciadamente, existe en vida para un gran número de seres humanos, por lo que urge desembararse de todo tirano, allá en el cielo y aquí en la tierra.

lunes, 15 de agosto de 2011

Las doces pruebas de Faure

Para quien no tenga bastante, en cuestiones ateas, con el pensamiento de Bakunin y con otros autores coetáneos, existe un texto primordial del anarquista francés Sébastien Faure (publicado la primera vez, creo, en 1926). Para un ácrata, la idea de Dios representa a la autoridad suprema y es su deber, creo que ineludible, combatir su implantanción en las mentes para así socavar las bases de una sociedad conservadora. Recordaremos la frase de Antonio López Campillo, en el prólogo de este texto llamado Doce pruebas que demuestra la no existencia de Dios (Editorial La Máscara, 1999, Colección Malditos heterodoxos!): "La ciencia moderna no puede probar la existencia ni la existencia de Dios. Lo que sí demuestra, de un modo fehaciente, es que Dios es un concepto inútil como justificación de las cosas del Cosmos".

Faure ordena sus razones en tres grupos: se ocupa, en primer lugar, del Dios creador, dando seis argumentos en contra; en segundo lugar, toma protagonismo el Dios-Gobernador o Providencia, aportando cuatro argumentos, y en último lugar, el objeto de su repulsa es el Dios-Justiciero o Magistrado, con los argumentos resultantes. Todos ellos forman el título del texto: Doce pruebas de la inexistencia de Dios. Voy a ocuparme en la entrada de hoy, de los seis primeros argumentos. En un futuro, hablaré del resto de la obra y de algunos análisis más modernos.

Contra el Dios creador
La acción "crear" es imposible. Hay que recordar que "crear", a diferencia de "construir", "elaborar", "fabricar" o "componer", es obtener algo de la nada: formar lo inexistente de lo inexistente. Para Faure, no hay una persona dotada con un mínimo de razón que conciba cómo de la nada puede hacerse alguna cosa. Se recuerda el conocido aforismo, ex nihilo nihil fit (de la nada, nada adviene), perteneciente al pensamiento griego, en contraste con la posterior teología cristiana. Por lo tanto, crear es un absurdo, imposible de admitir para una mente que renuncie a lo místico-religioso, que trate de seguir haciéndose preguntas y que no substituya su ignorancia con el misterio. La razón rechaza la hipótesis de un Ser verdaderamente creador.

El Espíritu puro no puede determinar el universo. Lo que Faure quiere decir es que, aunque un creyente admita la posibilidad de la creación anteriormente negada, es imposible que lo inmaterial (el espíritu puro) haya creado lo material. Las razones de esa imposibilidad son que el Espíritu puro se diferencia del universo cualitativamente, por su diferente naturaleza, un abismo infranqueable existe entre ellos. La pregunta es dónde estaba la materia en el origen, con dos posibles respuestas que niegan la creación. Si estaba fuera de Dios, no hubo entonces acto creador, ya que ambos coexistían. Si formaba parte de Dios, es que éste llevaba ya en sí una partícula de materia, por lo que no es el Espíritu puro, ni existió tampoco acto de creación.

Lo perfecto no puede producir lo imperfecto. De nuevo nos encontramos con un gran abismo entre dos conceptos, lo perfecto y lo imperfecto, con una diferencia de calidad y de naturaleza, y con una evidente oposición. No se puede establecer una relación causal entre lo perfecto (lo absoluto) y lo imperfecto (lo relativo, lo contingente), por lo que es imposible una determinación entre ambos. Por mucha belleza que haya en el universo, nadie dirá que es perfecto, por lo que el Dios de los creyentes (presunto creador) tampoco será perfecto. La conclusión es que, o bien Dios no existe, o bien no es el creador, o bien no es perfecto.

El ser eterno, activo y necesario, no pudo estar inactivo o ser innecesario. Faure niega que un ser con esas características pueda haber creado, ya que la idea de creación implica la idea de principio y de origen. Por lo tanto, o bien Dios no fue eternamente activo ni necesario, llegando a serlo solo por la creación, siendo entonces un Dios incompleto, o bien Dios es eternamente activo y necesario, siendo la creación eterna y confundiéndose con el mismo Dios. En esté último caso, el universo no ha tenido principio alguno, ni habría sido creado. En este galimatías, solo hay dos posibilidades: Dios no era antes de la creación ni activo ni necesario, o Dios, siendo eternamente activo y necesario, en realidad no pudo haber creado.

El ser inmutable no pudo haber creado. A diferencia de la naturaleza, el Dios de los creyentes no se modifica ni se transforma ni se metamorfosea. Faure sostiene que un Dios creador no es inmutable, ya que ha cambiado dos veces. Determinarse a querer es cambiar, existe un cambio evidente entre el ser que desea una cosa y el que posteriormente la pone en ejecución (el deseo de querer es ya una modificación, como lo es la acción o determinación). Si Dios ha cambiado dos veces, no es inmutable; si no es inmutable, no existe tal Dios.

Dios no puedo haber creado sin motivos: mas es imposible encontrar uno. De cualquier modo que se observe, la Creación es inexplicable, enigmática, falta de sentido. Lo que es evidente es que si hay un Dios creador, es imposible que realizara tan grandioso acto sin estar determinado por una razón de primer orden. No hay respuesta plausible ni sensata a la pregunta sobre los motivos de ese Dios creador. La respuesta que darán teólogos y pensadores religiosos solo puede ser: "Los misterios de Dios son impenetrables". En caso contrario, supone la ruina de la religión y el derrumbamiento de Dios, el aceptar que no hay un propósito en la creación. Faure recuerda que un hombre sano conoce siempre los móviles que le han impulsado, como sabe que las consecuencias de sus actos afectan gravemente a su responsabilidad. Aunque no siempre el ser humano puede enorgullecerse de las causas que le han motivado, aunque esas mismas causas a menudo le avergüencen, llega un momento en que es capaz de descubrirlas. Alguien demente, que ha perdido la razón, no puede indagar en el porqué de sus actos, la explicación es vaga e incoherente. Si no podemos indagar en los propósitos de un Dios que ha creado el universo, tal vez sea obra de un loco. O tal vez, Dios no exista.

Faure no se conforma con estos argumentos, y propone dos objeciones contra los teístas y espiritualistas (previendo las respuestas de éstos, al afirmar lo incognoscible de su concepto divino o su insistencia en la llamada Primera Causa) dentro de este apartado contra un Dios creador. La primera objeción es obvia: tan limitados y mortales somos los ateos, como lo son los creyentes; de esa manera, unos niegan ante lo incomprensible, y otros denominan Dios a su ignorancia. En conocida frase del propio Faure: "Cesad de afirmar y yo cesaré de negar". La segunda objeción se basa en la siguiente afirmación: "No hay efecto sin causa: el universo es un efecto, y como no hay efecto sin causa, esta causa es Dios". Faure recuerda que estamos ante un silogismo, un argumento compuesto de tres proposiciones: la mayor, la menor y la consecuencia. Naturalmente, para que un silogismo sea intachable necesita que la mayor y la menor sea exactas, y que la tercera proposición, la consecuencia, proceda de las dos primeras. La primera proposición mayor es "No hay efecto sin causa", la cual es verdadera, ya que el efecto es una prolongación de la causa, el fin de la misma. La segunda proposición menor es "El universo es un efecto", para lo cual Faure solicita explicaciones sobre afirmación tan categórica (de qué fenómenos hablamos, cuáles son las constataciones...), además de señalar nuestra profunda ignorancia sobre el propio universo. El universo es un conjunto de una complejidad increíble, en el que solo pueden intuirse una concatenación colosal de causas y de efectos que se determinan, se encadenan, se suceden y se repiten. Ante esa cadena de incontables eslabones, los cuales cada uno suponen una causa y un efecto por sí mismos, nadie puede hablar de un solo efecto. La segunda proposición, por lo tanto, adolece de falta de exactitud y el silogismo no vale nada.

A pesar de ello, aunque aceptáramos que esa proposición segunda fuera verdadera, habría que establecer todavía que la conclusión fuera aceptable. Esto es, aceptar que el universo es el efecto de una causa única, de la causa primera, de una causa sin causa, de una causa eterna, algo que no por deseado es posible demostrar de manera seria. Incluso, aceptando que el silogismo fuera correcto, y dirigida esta vez la crítica contra los deístas, se niega tal posibilidad volviendo a un argumento anterior. Se acepta que todo efecto tiene una causa, como al contrario, por lo que la causa no es nada sin el efecto. Se deduce que la causa (Dios), siendo eterna, ha dado lugar a un efecto también eterno, ya que en caso contrario hubiera habido una etapa en la que la causa no tiene efecto (por lo que la causa, Dios, no sería nada). Si concluimos que el universo es también eterno, entendemos que no ha tenido nunca principio, por lo que resulta que no ha habido creación alguna. Uf, no sé si está la cosa clara, es lo que tienen los misterios de la religión.