Repasamos la visión de Bookchin sobre el municipalismo libertario, que tiene como objetivo la autogestión de la comunidad social; para ello, aprendemos una serie de conceptos clave para educarnos en el terreno político y no seguir perseverando en los errores de un sistema de representación incompatible con formas de democracia directa en las que las asambleas de ciudadanos tomen un pleno protagonismo.
Tal y como lo define Murray Bookchin, el municipalismo libertario es
el nombre del proceso que pretende volver a crear y expandir el ámbito
político democrático como el lugar del autogobierno de la comunidad.
Este proceso, por lo tanto, tiene que tener como lugar de partida la
comunidad. La comunidad está comprendida por individuos cuyas viviendas
están agrupadas en un lugar público diferenciado, formando una entidad
comunitaria perceptible. Ese espacio público es el lugar donde lo
privado se convierte en comunal. Los vínculos dentro de esa esfera
pública están marcados por la proximidad residencial, así como por los
problemas e intereses compartidas surgidos de esa comunidad
(ambientales, educativos, económicos...). Esos asuntos que los miembros
de la comunidad tienen en común, opuestos a los propios de la vida
privada, son los temas de interés en el ámbito político. Existen otros
ámbitos de la sociedad, como el trabajo o la universidad, donde también
se establecen asuntos de interés público, y esos lugares también pueden y
deben ser democratizados (ya iremos viendo el concepto que Bookchin
tiene de la democracia directa, plenamente compatible en nuestra opinión con el
anarquismo).
Desde ese primer nivel político de la
comunidad es desde donde el municipalismo libertario se esfuerza por
crear y renovar el ámbito político, para expandirlo posteriormente. A partir de ese nivel, las personas pueden pasar de estar atomizadas a
reconocer a sus vecinos, crear una interdependencia, llegar a acuerdos
en aras del bienestar común. Es ahí donde se pueden construir las
instituciones libertarias (y Bookchin no considera tal concepto una
contradicción), que lleven a una amplia participación comunitaria y la
mantengan de forma permanente. Se trata de que los ciudadanos recuperen
el poder que el Estado les ha arrebatado. El municipalismo libertario
llama "municipalidades" a este tipo de comunidades políticas
potenciales. A pesar de que las municipalidades varían en tamaños y en
estatus legal, puede decirse que todas tienen en común las
características y tradiciones suficientes como para que reciban esa
denominación. Son lugares que tienen un potencial político, en los que la tradición de democracia directa (aquí Bookchin recoge toda una
tradición histórica) puede ser revitalizada. Podemos denominar a este
espacio público como potenciamente autogestionable (si no queremos
hablar de un gobierno o de democracia, para no caer en términos que
resultan confusos en las ideas libertarias).
Naturalmente,
ese deseable ámbito político libertario, entendido desde la perspectiva
del municipalismo, solo puede realizarse si la vida comunitaria se
reduce a determinada escala. Las grandes ciudades actuales se
descentralizarían en municipalidades más pequeñas susceptibles de ser
autogobernadas. El poder pasaría del Estado y los ayuntamientos a esas
pequeñas municipalidades, nacerían nuevos espacios públicos, una nueva
infraestructura y producciones económicas locales. Es posible que las
personas pasaran de la actual vida estresante, en la que se ven
obligados a desplazarse continuamente, a una mayor implicación en lo
local, si así pueden realizarse personalmente. Esta descentralización no
tiene por qué afectar a todas las instituciones, ya que en el caso de,
por ejemplo, las universidades y los grandes hospitales sería más efectivo
mantenerlos. En cualquier caso, se espera que la implicación de los
ciudadanos en los asuntos públicos condujera a un nuevo florecimiento
cultural, de tal manera que se decidiera crear escuelas, teatros o
recintos sanitarios sin necesidad de cerrar los grandes centralizados.
Del mismo modo que puede producirse la descentralización institucional,
también puede darse una física. Esa descentralización geográfica alude al
entorno construido de una gran ciudad en referencia a su terreno e
infraestructura. Gracias a ello, es posible recuperar un equilibrio entre
la ciudad y el campo, entre la vida social y la bioesfera. Es sabido
que Bookchin tenía una gran preocupación por edificar una comunidad
ecológicamente sólida.

Después de los dos tipos de
descentralización, debe haber un proceso democratizador directamente
vinculado. Las instituciones creadas, de democracia directa, estarían
formadas por asambleas de ciudadanos (reuniones generales en las que
todos los ciudadanos de un área determinada se reúnen, deliberan y toman
decisiones sobre los asuntos comunitarios). De nuevo se apela la la
historia para llegan a normas y prácticas racionales. Por supuesto, la
intención transformadora es contraria a toda jerarquización, por lo que
en ese sentido las praxis anteriores pueden ser rechazables. En
cualquier caso, no se habla en ningún caso de instituciones inmutables,
todas son susceptibles de mejora. Los lugares de reunión, así como la
periodicidad y duración de las asambleas, serán cosa de los ciudadanos,
siempre tratando de fomentar la participación pública. Las normas
establecidas se decidirán en las primeras acciones de la asamblea,
teniendo en cuenta que no se habla de un poder separado de la sociedad,
ya que se encuentra bajo el control de los ciudadanos gracias a la
municipalidad. Pueden establecerse comités de barrio, consejos y juntas
consultivas y administrativas, siempre dirigidas a influir sobre los
temas que interesen y siempre respetando la política que decida la
asamblea. Los temas deberían ser expuestos de la forma más amplia
posible, fomentando siempre el debate, algo propio de una democracia
directa, y respetando la pluralidad de puntos de vista. Toda persona
tiene el derecho a hablar en la asamblea, aunque el carácter de cada uno
puede dificultar este hecho, siempre se pueden buscar formas de dar a
conocer una forma de pensar (a través de las personas más capacitadas) y
aprender con el tiempo a expresarse mejor y adquirir confianza.
Las
personas que tienen una tendencia libertaria rechazan que sea una
mayoría la que tome las decisiones, ya que eso supone obligar a la
totalidad de la comunidad. Puede decirse que el gobierno de la mayoría
es siempre coercitivo y contrario a la libertad individual. La propuesta
que se suele dar es el consenso, en el cual no se toma ninguna decisión
final hasta que todos los miembros de la comunidad están de acuerdo.
Esta búsqueda de consenso es apropiada, y puede funcionar en grupos
pequeños. Sin embargo, en grupos mayores y heterogéneos la cosa se
complica, hasta el punto de que incluso la voluntad de uno o de un grupo
pequeño puede dificultar la toma de decisiones. Es prácticamente
imposible que todos los miembros de la comunidad estén de acuerdo en
todas las decisiones. El conflicto forma parte de la política, y la
disidencia es buena, ya que hay individuos que pueden considerar que una
decisión no es adecuada para ellos mismos o, incluso, para la
comunidad. No obstante, la búsqueda de consenso puede tener también sus
trampas y sus coacciones diversas (la sicología social puede decir mucho
sobre cómo la gente toma sus decisiones), incluso personas que
disienten pueden ser empujadas a votar finalmente con la mayoría sin que
esa sea su auténtica voluntad. De la misma manera, provocando que el
disidente se excluya del voto supone eliminarle sin más de la esfera
política y hacerlo también con su punto de vista. Es por eso que
Bookchin critica el consenso, ya que, o bien intensifica el conflicto
hasta fracturar la comunidad, o bien acaba con el silencio de los
disidentes. Una alternativa es que los disidentes voten abierta y
libremente, manifestando su oposición a la mayoría, con la esperanza de
que su decisión influya sobre el cambio. De esta forma, aunque sea una
mayoría la que toma las decisiones que afectan a la vida social, la
minoría se reserva la libertad de intentan derrocar lo decidido. Siempre
existirá la libertad de expresar las discrepancias, ordenada y
razonadamente, intentar convencer a los otros de que el punto de vista
propio es mejor, y la asamblea puede documentar al respecto. De esta
manera, las minorías preparan el terreno para demostrar que una decisión
puede haber sido equivocada y, al mismo tiempo, provocan el desarrollo
de la conciencia política de la comunidad.
La aparición del ámbito político
Vamos a tratar de realizar una distinción histórica, atendiendo a
ciertos pensadores, sobre la distinción entre el ámbito político y otras
esferas de la intervención humana. Murray Bookchin, sin dudarlo,
establece tres ámbitos: el político, el social y el Estado. En la
Antigua Grecia, Aristóteles solo reconocía una dualidad: la esfera
social y la política. Muchos pensadores han continuado pensando como el
estagirita, como es el caso de Hannah Arendt, aunque esta autora parece
ser que lo que llamaba ámbito político es lo que ahora podemos
considerar el Estado (una confusión, por otra parte, habitual).
El
ámbito social podemos considerarlo el ámbito privado, y no podemos
confundirlo con la sociedad en su conjunto. La esfera privada es la más
antigua de los tres ámbitos mencionados por Bookchin, de tal forma que
en la prehistoria, en forma de grupos y tribus, las comunidades humanas
se estructuraban alrededor de él. Al no existir el Estado, lo que
podemos llamar vida grupal coexistía en las primeras sociedades con el
ámbito social. Todas aquellas comunidades se mantenían cohesionadas y
organizadas por el parentesco, pero también por otros factores que se
consideraban hechos biológicos inalterables (como los roles atribuidos
al sexo o la cuestión de la edad). Es posible que tardara en aparecer la
diferencia de clases y la dominación en la misma sociedad, dándose tal
vez una solidaridad gracias a esos factores de cohesión, aunque lo que
parece seguro es que la aparición del chovinismo y el racismo
(hostilidad hacia otras tribus, al considerarlos una amenaza, y
consideración de una taxonomía diferente hacia sus miembros) fue algo
consustancial al nacimiento de las primeras sociedades. Ello no implica
que no existieran también muestras de benevolencia hacia los
extranjeros, aunque hay que tener en cuenta siempre los factores
supersticiosos que empujaban a considerarlos algo peligroso.
Las
sociedades tribales eran nómadas, cazaban y recolectaban, y en algunas
ocasiones recurrían a formas básicas de horticultura. Con el neolítico,
se da un cambio de paradigma económico, la agricultura y cría de
animales conducen a que las tribus se establezcan en aldeas estables.
Con ello, llegó el hecho del almacenamiento de víveres, con lo que
algunos miembros se convirtieron en los distribuidores y,
consecuentemente, en poseedores de bienes y riqueza. Se dio lugar así a
la división de clases, lo que acentuó la jerarquización ya existente (se
dio la supremacía al género masculino, creándose la cultura del
patriarcado). El concepto del chamán dejo paso a lo que se pueden
considerar ya sacerdotes, fortaleciéndose también la institución
religiosa con sus demandas ya claramente materiales. Sin embargo, tal
vez la consecuencia más importante en este cambio de paradigma económico
es el nacimiento de las ciudades: grandes asentamientos permanentes sin
producción propia, dependiendo del grano importado del campo. Los
componentes de estas ciudades tenían su vida estructurada, no ya
alrededor del parentesco, sino por la proximidad de residencia y por los
intereses compartidos. Poco a poco, la ciudad se convirtió en una forma
de vida en la que el principio de organización social no eran ya los
lazos de parentesco; la gente no se consideraba ya miembro de una tribu,
sino que se veía a través del prisma de un estatus social o de la
pertenencia de bienes, o de una determinada residencia o profesión.
Aunque seguirían existiendo prejuicios étnicos, la nueva situación
produjo que se diluyeran en cierta medida, un nuevo orden social
transformó a la gente de una condición tribal en componentes de grupos
heterogéneos y potencialmente cosmopolitas. Era el germen de lo que
podemos llamar la universalidad humana.
Insistiremos en
que estas ciudades, por muy heterogéneas que fueran, no eran paraísos
de igualdad. Existían jerarquías militares y religiosas, así como
división de clases y de género. Las élites que gobernaban dominaban a
los ciudadanos comunes, los cuales trabajaban para proporcionar bienes o
se convertían en soldados forzosos para brutales periodos de guerra.
Por otra parte, la ignorancia sobre los fenómenos naturales hizo más
poderosa a la clase sacerdotal. Incluso, estas primeras ciudades se
podían ver como vastos templos. Sin embargo, y a pesar de todas estas
tiranías, podemos considerar que la revolución urbana abrió la
posibilidad de que pudieran existir también comunidades libres e
igualitarias. El hecho de que las personas tuvieran conciencia de una
humanidad universal, también dio lugar a la posibilidad de una
organización ética y racional. Es por eso que la aparición de la ciudad
inauguro el desarrollo de lo que podemos llamar "ámbito político". Esta
esfera se caracteriza por la existencia en una misma ciudad de intereses
compartidos y de espacios públicos mantenidos en común por comunidades
interétnicas. El ámbito social queda físicamente delimitado por las
paredes del hogar, más allá está el ámbito público (calles, plazas y
lugares de reunión). En ese espacio público, los ciudadanos podían
comerciar, encontrarse, relacionarse, influenciarse mutuamente,
intercambiar noticias y hablar de asuntos comunes. Eran espacios que,
potencialmente, podían ser usados para fines cívicos y actividades
políticas. Es la polis griega, a pesar de las desigualdades ya
mencionadas, la que define y concreta el ámbito político como el campo
de la autogestión por democracia directa: la libertad positiva de una
comunidad como conjunto, con la cual las libertades individuales están
estrechamente entretejidas. Ahí se puede situar la tradición de
democracia directa, que es ahogada por los grandes imperios que llegan
después, pero que reaparece a lo largo de la historia (como es el caso
de algunas comunas medievales). En pleno feudalismo autoritario, algunos
ciudadanos reclamaban un espacio para autogestionar sus asuntos sin
élites gobernantes.
La aparición del ámbito político
abre la posibilidad de una comunidad libre y autogestionada, pero las
élites políticas siguen ejerciendo su autoridad sobre la vida política
(apelando incluso a derechos tribales ancestrales supuestamente
superados). Por otra parte, los ejemplos históricos de lo que podemos
llamar "democracias directas" conservan numerosos rasgos oligárquicos,
xenófobos y discriminatorios de diversa índole. Sin embargo, todos esos
defectos son contextualizables, propios de un determinado momento en la
totalidad de una época. Era seguramente muy complicado que no se diera
la esclavitud en la Antigua Grecia, al igual que en otras sociedades del
momento, pero sí se mostraron superiores a las monarquías represivas de
esas regiones y generaron el concepto del ámbito político. El Estado,
al igual que los ámbitos social y político, también tiene un desarrollo
histórico del que nos ocuparemos en otro textos.
Formación ciudadana
El liberalismo es, al menos al día de hoy, una teoría política
primordial para la democracia representativa. Según esta idea, el
individuo es libre y soberano para elegir entre una serie de opciones en
unas elecciones democráticas. También, entre las libertades que
preconiza el liberalismo, está la presunta libertad para buscar su
beneficio personal. La cultura norteamericana, puede decirse, es la
exacerbación de esta visión heroica y abnegada del individuo en buscar
de una determinada meta. Sin embargo, no es demasiado complicado
desmontar esta visión de un individuo autónomo, que no depende de un
vínculo social, ni a nivel privado ni a nivel comunitario. No está nunca
demás insistir en esta visión falaz del liberalismo, cuyos postulados
son meramente negativos; es decir, autonomía e independencia son
conceptos que no adquieren un sentido pleno ni positivo si no los
vinculamos a lo social. El individuo solo puede realizarse aceptando su
condición de "animal social", no independizándose de la sociedad, ya que
necesita el apoyo y la solidaridad de la comunidad. Las más nobles
aspiraciones son, tanto individuales, como sociales, y solo el individuo
plenamente desarrollado puede comprender esto. Incluso, a pesar de lo
que sostenga el liberalismo, las etapas de mayor atomización pueden
coincidir con un mayor poder del Estado y de otras instancias a las que
el individuo se subordina. En las sociedad contemporánea,
desgraciadamente, el ciudadano se ve reducido a su condición de votante y
de contribuyente; tanto el Estado, como el sistema capitalista,
promueve la infantilización, perpetúan la dependencia y la
subordinación (aunque esa intención adopte la forma de tutela en tantas
ocasiones). En este contexto, potenciado por una sociedad de consumo que
nos empuja a acumular bienes de manera irracional, nos convertimos en
extremadamente vulnerables a la manipulación por parte de personas y de
instituciones. Elegir a un candidato a un puesto, tal y como elegimos un
producto en el mercado, debe ser substituido por una vida política
activa con un compromiso claro con los asuntos que nos afectan. Por lo
tanto, hay que trabajar para desmontar esa mistificación de un individuo
autónomo y autodeterminado desprendido de todo nexo social.

Nuestra
capacidad de razonar, la dependencia mutua que tenemos con otras
personas y la necesidad de la solidaridad deberían ayudar a una
existencia más activa y a la creación de un nuevo ámbito político
libertario. El Estado, el capitalismo y la jerarquía social pueden ser
substituidos por las instituciones cooperativas adecuadas. Esta
perspectiva, por ejemplo para Murray Bookchin y su idea del
municipalismo libertario, pero también en nuestra opinión desde cualquier
perspectiva ácrata (un socialismo descentralizado, una autogestión de lo
social), se realiza desde el ámbito de lo local. Una nueva sociedad
requiere de un nuevo carácter social e individual, nada de votantes y
contribuyentes pasivos. Nuevas potencias del carácter, virtudes cívicas y
compromisos pueden desarrollarse en un nuevo contexto. Entre todo ello,
otorgar un campo más extenso para la razón y para la solidaridad
(compromiso con el bien público) es primordial. El esfuerzo y la
responsabilidad compartidos de todos los miembros de la comunidad es lo
que hace a ésta posible. Tantas veces, se ha cuestionado la capacidad de
los ciudadanos para gestionar con sentido común de manera directa, pero
precisamente en potenciar la razón, algo tan cuestionado en la
posmodernidad, estriba la cuestión. Para un debate constructivo, es
necesaria la razón, precisamente para superar todo partidismo y
prejuicio, para demostrar la superioridad de una sociedad cooperativa
frente a otra competitiva en la que las personas están atomizadas. Esta
visión socialista no elimina la posibilidad de una vida personal
enriquecedora, todo lo contrario, promueve un mayor sentido en las
relaciones humanas. De hecho, debemos analizar siempre qué relación
tenemos con las personas de nuestro entorno, y acabaremos descubriendo
el miedo y la desconfianza que prevalecen sobre cualquier otro factor.
Al compartir proyectos, las personas desarrollamos nuevos vínculos
solidarios y responsabilidades conjuntas, podemos ganarnos la confianza
de los demás y dar lugar a nuevas situaciones. En definitiva,
individualidad y comunidad pueden reforzarse y alimentarse mutuamente
desde una perspectiva libertaria. Observar el compromiso y la vida
activa, no como una pesada carga, sino como una forma de realización es
la base para este nuevo contexto social.
La mentalidad
estatal, es decir conservadora, considerará siempre al ciudadano como un
crío incompetente y escasamente razonable. Con las adecuadas
experiencias y preparación, los ciudadanos pueden adoptar posiciones
razonables y constructivas. Solo hace falta desprenderse de prejuicios y
tener la paciencia necesaria y fortaleza de carácter. La política puede
pasar de la clase dirigente, de la profesionalización, a la gente de la
calle. Precisamente, el grado de maduración de los ciudadanos es lo que
puede alcanzar un compromiso político no profesional, sin
subordinaciones a jerarquía alguna. Esa actitud de las personas para
autogestionar la sociedad no brota de la noche a la mañana, puede ser
resultado de una preparación cuidadosa, un formación cultural y personal
propia de una nueva situación. Los antiguos atenienses, denominaban a
esta educación
paideia, el cultivo apropiado de las cualidades
cívicas y éticas necesarias para la ciudadanía. Esa educación puede
estar dirigida también a una identificación con la comunidad y hacia una
responsabilidad con ella, hacia la participación asamblearia de manera
racional, tolerante y creativa. Esta formación de ciudadanos se produce
también en la participación política, la mejor escuela es sin duda una
nueva sociedad cooperativa y participativa, integrada por individuos
responsables. Es una tarea inmensa, que no pasa por un mero compromiso
político, ya que el ser humano necesita tantas veces respuestas vitales
inmediatas. Es necesario, como hemos dicho antes, mucha paciencia y
carácter para lograr resultados y transformar la sociedad.
Desgraciadamente, muchas personas reducen su conceptos de la política al
arte de gobernar, al Estado, y no son capaces de encontrar una
alternativa clara al sistema económico. Sin embargo, a medida que
vayamos encontrando nuestras propias respuestas, gracias a tratar de
escapar de toda subordinación y a construir más ámbitos de debate, junto a más
vías solidarias y participativas, es posible que se vayan cimentando las
bases de un nuevo contexto libertario.
La descentralización institucional
Lo deseable es que las personas recuperen el ámbito político de lo
local (podemos llamarlo municipalidad, en consonancia con el pensamiento
de Murray Bookchin, ya que la terminología es menos importante que los
hechos). Tal y como hemos comprobado en los últimos años, con movimientos sociales como el 15-M, se forman asambleas y el poder pasa a los ciudadanos,
lo que requiere un esfuerzo consciente por parte de cada persona. Los
anarquistas, como movimiento social, tal vez sean los que más experiencia
tengan en este sentido, por lo que pueden ayudar a formar y a movilizar a
los ciudadanos y a establecer las asambleas. Aunque, en gran medida,
pueda haber mucho de espontaneidad en el movimiento, solo la
organización libertaria establecerá bases sólidas para la transformación
social. Resulta esencial que se creen también grupos de estudio, que
debatan y busquen respuestas ante todas las necesidades locales. Solo a
través de la autoeducación, tratando de vencer todos los obstáculos que
se puedan presentar, puede luego ayudarse a los demás y propiciar que se
eduquen a sí mismos. Todo ello contribuirá a hacer avanzar un
movimiento libertario desde lo local, sin que existan tendencias
centralistas y autoritarias. En cualquier caso, es imprescindible el
florecimiento cultural, tal y como propicia el anarquismo, solo posible
donde se dé la máxima libertad con la máxima igualdad.
Insistir
en el esfuerzo consciente y en la educación social es algo importante,
con toda la dificultad que ello conlleva en nuestra sociedad, tan dada
al aislamiento y a la enajenación. Bookchin apostaba por la creación de
una fuerza identificable dentro de la comunidad, la cual debería darse
un nombre previo, claro y reconocible, para desarrollar una
inconfundible identidad política. Es esta fuerza, o movimiento, la que
puede ayudar a la educación pública, captando los temas que sean de
mayor interés. La implicación en lo local supone poner en marcha
análisis, estudios, medios, expresiones artísticas..., todo aquello que
ayude al conocimiento de un determinado tema y lo ponga al alcance
general. Pueden publicarse y distribuirse todos las expresiones a través
de los lugares más frecuentados. A modo de la antigua tradición del
ágora, pueden hacerse lecturas, conferencias y debates en espacios
públicos o en cierto centros, todo ello propiciando la continua
educación sobre los más variados temas, incluyendo la formación
política. Aunque en la sociedad capitalista pueda haber rasgos
cooperativos, que fortalecen la solidaridad en comunidad, solo la
creación de asambleas de ciudadanos y el florecimiento de una nueva vida
cultural y política puede crear una sociedad libertaria, junto a las
instituciones que le dan sentido, de forma permanente. Verdaderamente,
se necesita una gran preparación, ética y política, junto a una voluntad
y una paciencia férreas, para explicar a los demás lo importante de la
sociedad libertaria.

Un problema que planteaba
Bookchin, que no se produce en pueblos y ciudades, era el de los
suburbios. Los grupos que se hallen en un área suburbana pueden
desplazarse durante largo tiempo sin que den con un espacio público,
pisando solo propiedad privada y apenas relacionándose con otros seres
humanos. El anarquismo se basa en la existencia de la comunidad, por lo
que tiene más sentido en aquellos lugares donde la gente se encuentra
con los demás con cierta frecuencia. En los suburbios, el sentimiento
comunitario es más débil que en pueblos y ciudades, aunque también
existen intereses comunes sobre educación, medio ambiente, transporte o
economía local. El ser humano necesita vivir en sociedad para poder
desarrollarse, resulta impensable que haya nadie que lo dude a estas alturas
(incluso aquellos críticos con la vida en sociedad, tienen que pensar
que son igualmente determinados por ella, aunque sea por su propio y
deseado aislamiento), por lo que las necesidades prácticas de nuestra
existencia, individual y social, hacen que sea necesario que nos
entendamos con los demás. No de forma casual, sino de una forma
deliberada y consciente, ya que solo ello puede tender a la liberación.
Para ello, sea donde sea el contexto urbano en el que vivamos, hay que
buscar espacios públicos donde se delibere y se conduzcan adecuadamente
las reuniones.
En el caso de las grandes ciudades, con
la concentración a veces de millones de personas, se presentan otro tipo
de problemas. Tantas veces, las personas somos extrañas unas a otras, a
pesar de vivir en el mismo vecindario. Esta densidad de población
parece excesiva para la creación de asambleas populares, ya en la
Antigua Grecia se consideraba que la polis debía ser lo suficientemente
pequeña para que los ciudadanos se conocieran entre sí. En estas
ciudades enormes, se produce el mismo poder político que en un Estado,
por lo que la democracia directa plantea verdaderas dificultades. No
obstante, tal como dice Bookchin, la administración del municipio tiene
diferencias con la del Estado-nación, ya que la implicación del
ciudadano es más accesible y los centros vecinales no son tan difíciles
de crear. Las juntas escolares y la reuniones de distrito permiten a los
ciudadanos de un mismo vecindario reunirse y hablar de problemas
comunes. Es posible que una descentralización física fuera complicado, y
extendida en el tiempo, pero una descentralización institucional puede
iniciarse en cualquier momento, como podemos ver en ciertos movimientos sociales, de ámbito general, con la creación
de asambleas populares. Los rasgos libertarios se encuentran en esta
creación de asambleas populares por barrios, y también en su posterior
confederación, que puede tratar de coordinar cuestiones como el
transporte, la sanidad y otros servicios. Es un inicio de
descentralización institucional, a nivel de barrios, que puede conducir a
transformaciones generales también en aspectos logísticos y
estructurales.
Siendo, como somos, los anarquistas
siempre críticos con eso llamado "identidad colectiva", creyendo siempre
en una liberación individual íntimamente ligada a la cuestión social,
hay que aceptar las diferentes culturas y sensibilidades que albergan
las grandes ciudades. Una descentralización institucional, que asegure
la potestad de los ciudadanos para gestionar los asuntos que les atañen,
donde las personas de sensibilidad libertaria posibiliten que se asegure la pluralidad, la
dignidad y el respeto, solo conseguible gracias a la máxima libertad
junto a la máxima igualdad, y donde se produzca un ilimitado
florecimiento cultural y político, es un camino en el que la utopía
puede ir haciéndose realidad y alejándose cada vez un poco más hacia
adelante.
Enlaces relacionados:
-"Historia, civilización y progreso".
-"El progreso y los anarquistas".
-"Murray Bookchin y la ecología social".
-"Anarquismo social o anarquismo como estilo de vida".