Mostrando entradas con la etiqueta Democracia directa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Democracia directa. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de octubre de 2024

La acracia como profundización democrática

No hay forma de vida más democrática, de acuerdo con los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad, que la anarquista. La anarquía es una profundización en la democracia, por lo que el movimiento libertario debe insistir en la penetración en el imaginario social para otorgar un verdadero contenido a ambos términos. Si la palabra democracia ha sufrido el añadido de diversos apelativos perversos para encubrir su naturaleza autoritaria (popular, orgánica..), ahora es importante aprovechar el paulatino descrédito de la llamada democracia parlamentaria para que la idea no acabe sucumbiendo a los intereses del poder.

Quiere verse el origen de la democracia en la Antigua Grecia, sin olvidar el carácter exclusivista de aquel sistema, a lo largo de la historia puede verse como un intento de ampliar el número de participantes en el gobierno; desde ese punto de vista, la autogestión social y política que supone el sistema de la anarquía sería la forma más perfecta de autogobierno (si no se quiere renunciar definitivamente al término 'gobierno', asociado a un minoría que toma las decisiones). El término democracia, con el que se llenan la boca las políticos profesionales, ha pasado a tener un carácter abstracto y a encubrir sutiles formas de dominación, por lo que es el turno para que los anarquistas aporten mucho a la ampliación y perfección de su significado.
Antes de nada, y como forma también de ampliar el concepto y nuestro propio horizonte vital y político, tal y como sostiene el antropólogo David Graeber, hay que profundizar en el debate sobre si la democracia nace exclusivamente en Occidente y sobre si tiene algo que ver en realidad con la elección de representantes. Graeber defiende, y no podemos más que estar de acuerdo con él, que la democracia y el anarquismo (cuando hablamos de autorganización, asociación voluntaria, apoyo mutuo, negación del Estado…) deberían ser idénticos; por supuesto, no existe consenso en los movimientos sociales al respecto, aunque es un problema más terminológico que real. Sea como fuere, la palabra democracia sigue teniendo un poderoso reclamo y podemos dar una definición amplia, con la que la mayoría de la gente puede estar de acuerdo, según la cual se trata de la gestión colectiva por parte de la gente corriente de sus propios asuntos; Graeber afirma que dicha concepción ya existía en el siglo XIX y es por eso que los políticos del momento rechazaron el concepto para luego apropiárselo adaptando la historia para presentarse como los legítimos herederos de una tradición que se remontaba a la Antigua Grecia.

domingo, 21 de enero de 2024

El federalismo y las propuestas libertarias

Con intención de seguir indagando en las propuestas políticas del anarquismo, vamos profundizar en los conceptos claves al respecto. En el caso del federalismo, Haro Tecglen en su Diccionario Político, le atribuye, junto a la idea de la confederación (con mayores connotaciones descentralizadas al hablar de una federación de federaciones), un origen moderno en el socialismo utópico y, posteriormente, en el anarquismo. Sea como fuere, en el caso libertario, la intención fue en origen la sustitución del Estado por la mencionada federación de federaciones. La denominación de las organizaciones ácratas ha respondido a esta aspiración, como es el caso de la Federación Anarquista Ibérica o de la Confederación Nacional del Trabajo (de forma curiosa, ante la posible polémica sobre la palabra nacional en las siglas, existe la anécdota de que fue forzada por la Administración al no admitir el nombre de Confederación General del Trabajo).

Remontándonos en la historia y profundizando en el concepto, atendiendo a la obra Historia del pensamiento social, de Salvador Giner, la idea federal nacería en el siglo IV a.n.e., cuando se quiso superar en la Antigua Grecia el provincialismo y el fraccionamiento para apostar por la creación de ligas defensivas estables de los gobiernos democráticos contra los tiránicos. Por supuesto, esta visión supondría un cambio de paradigma, no solo en aspectos políticos o económicos, también respecto a una nueva concepción del ser humano; era el inicio de una cultura cosmopolita que trasciende a nivel moral y vital al mero ciudadano de un estado. El propio Proudhon, en El principio Federativo, considera que la idea de federación es tan antigua como lo puede ser la monarquía y la democracia; incluso, quiere ver un origen natural en ella, como la propia sociedad, al igual que los conceptos de autoridad y de libertad. En la actualidad, de manera políticamente muy concreta, el federalismo es el sistema por el cual se rigen determinados países, como es el caso de los Estados Unidos de América; a pesar de conservar ciertas particularidades los diferentes estados federados, están finalmente subordinados en ciertos aspectos de la vida pública a un Estado central (con mayor o menor fuerza, según el contexto).

jueves, 26 de marzo de 2020

Anarquía, acracia o ideas libertarias

Insistimos mucho en ello, y si ningún ánimo de ser victimistas; la profunda desvirtuación y gran ignorancia sobre las ideas anarquistas. Es así hasta el punto que la difusión cultural, junto a prácticas en proyectos de todo tipo, son muy necesarias en el movimiento anarquista.

Todavía hoy, insistimos, tal vez demasiado, en depurar los nombres de la "anarquía" y del "anarquismo", que para muchos siguen invocando el peor de los males (desorden, caos…). Las explicaciones, muy sintetizadas, no tardan en llegar para aclarar lo que ha sido y es el anarquismo. De hecho, ante el grado de error que supone el etiquetarse como "anarquista", preferimos no pocas veces otros vocablos, sinónimos, pero de acogida más "amables", como "libertario" o "ácrata". "Libertario", por ser de la familia de la libertad, aunque su significado está siendo también algo pervertido por aquellos liberales radicales que no parecen renunciar a la explotación del trabajo ajeno (una concepción de la libertad, por supuesto, ajena al anarquismo). En  cuanto a "ácrata", que particularmente es muy del gusto del que suscribe, resulta que causa no poca empatía en nuestro interlocutor hasta el punto de afirmar no pocas veces que él también se lo considera; sin embargo, algunas piezas no encajan al comprobar que su concepción política (tan importante o más que de otro tipo) nada tiene que ver con el anarquismo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Los anarquistas y el juego parlamentario

Cuando afirmamos que los anarquistas "no votamos", como tantas veces ocurre a los que tienen ideas radicales (sí, en este caso significa profundizar en la democracia directa y en la justicia social), ajenas a los discursos oficiales, parece obligado incurrir en una serie de explicaciones y aclarar el amplio sentido de la palabra "votar".

Así, cuando hablamos de votar, puede decirse que nos referimos a dar o expresar una opinión sobre una cuestión, o sobre una persona. No obstante, es cierto que suele vincularse habitualmente el hecho de votar a la constitución de un mayoría. La elección por parte de una mayoría no significa tener razón, creo que casi todo el mundo estará de acuerdo (al margen de la hipocresía y oportunismo de los políticos cuando aseguran que "el pueblo siempre tiene razón). La decisión por parte de una mayoría, no seamos tampoco tozudos, puede ser útil en circunstancias concretas donde resulta imposible ponerse todos de acuerdo. Los anarquistas, en cualquier caso, siempre se muestran críticos con esta decisión de la mayoría, que no tiene por qué expresar una verdad, ni tener razón; ni más ni menos que como lo expresaría o tendría una sola persona. No obstante, como hemos dicho, reservándonos siempre el derecho a la crítica y la protección de nuestros valores personales, puede asumirse como un método útil la decisión de la mayoría en ciertas actividades colectivas. Podemos expresarlo como, si de forma voluntaria, uno acepta participar en un grupo asambleario donde se decide tomar una decisión por mayoría, deberíamos tener cierto compromiso y responsabilidad ética al respecto.

martes, 17 de marzo de 2015

El proyecto de la Democracia Inclusiva

Uno de los esfuerzos libertarios contemporáneos lo constituye la llamada Democracia Inclusiva, que parte de que la gran crisis que sufre el mundo en los últimos años tiene su origen en la alta concentración de poder. Así, en un análisis obviamente libertario, esta propuesta denuncia la distorsión que ha sufrido el concepto de la democracia, identificado únicamente con su vertiente representativa, de tal manera que viene a significar simplemente la existencia de un sistema oligárquico con la ilusión de estar elegido por los ciudadanos.

La Democracia Inclusiva reivindica, por lo tanto, el ejercicio directo de la soberanía por parte de los ciudadanos, de tal manera que tengan la posibilidad de decidir directamente sobre los asuntos que les afectan. Este proyecto parte de la concepción clásica de la democracia, aunque con un tinte libertario al incluir al conjunto de la población y al tener en cuenta, a diferencia de las concepciones previas, las cuatro dimensiones fundamentales de las sociedad: política, económica, social y ecológica; se trata de llevar la democracia a cada uno de estos ámbitos. Llama la atención que, en sus propuestas, no siempre se menciona al anarquismo, aunque recupera de forma evidente muchos de sus rasgos, autonomía, democracia directa o socialismo, para tratar de ofrecer una síntesis moderna de la visión libertaria y llevarla a los movimientos sociales. Otra manera de observarlo es considerar a la Democracia Inclusiva un añadido contemporáneo a la rica tradición anarquista. De esta manera hay que verlo cuando se esfuerza en acabar con la desigualdad en la distribución del poder político (Estado) y económico (Capital) y con las instituciones que los representan; además, al igual que el anarquismo, quiere acabar con las relaciones de dominio a nivel cultural, en cualquier ámbito humano, ya sea el hogar, la escuela o cualquier otro campo social. Todo ello pasa, de forma obvia, por un proceso de responsabilidad personal y colectiva de autogestión social. Es una concepción de la autonomía y de la libertad claramente ácrata, ya que se encuentra estrechamente vinculada a lo social, por lo que implica un alto nivel de consciencia y responsabilidad; la palabra solidaridad, tan distorsionada en un mundo jerarquizado profundamente desigualitario, resulta también clave.


La Democracia Inclusiva, a nivel político, apuesta por asambleas municipales para tomar las decisiones, muy en la línea de la visión de Bookchin y su municipalismo libertario, organizadas federativamente desde lo local hasta lo global; los delegados de las asambleas locales, obviamente, se coordinarán para trasladar las decisiones a una escala mayor y podrán ser revocados en cualquier momento. A nivel económico, se apuesta por la socialización de la riqueza social y por la autogestión por parte de las asambleas de ciudadanos; así, la economía irá dirigida a satisfacer las necesidades de la población y se sustituirá la sociedad de mercado por un sistema democrático planificado en el que se asegurará la libre elección de las personas en lo que atañe al trabajo y al consumo. La propuesta de la Democracia Inclusiva en el ámbito social pasa por la creación de instituciones autogestionadas en cualquier campo educativo y cultural; de nuevo debe ser la asamblea local de ciudadanos la que decida los objetivos a establecer. Finalmente, la cuarta dimensión democrática es la ecológica, que implica que las instituciones creadas aseguren la reintegración de la sociedad con la naturaleza; será una relación armoniosa en la que se buscará la satisfacción adecuada de las necesidades sociales y no, como en el capitalismo, un crecimiento económico descontrolado de consecuencias nefastas.

La Democracia Inclusiva ofrece sus propuestas de una manera alternativa, pero también de forma realista y deseable; sus objetivos a largo plazo son una nueva organización social, aunque también tiene un programa a corto plazo para ir avanzando hacia ese tipo de sociedad. Apuesta por lleva este proyecto a un movimiento social de masas para transformar la sociedad con una profundización democrática aquí y ahora. Insistiremos en que estas propuestas pasan por una nueva concepción de la política identificada con la autogestión y la democracia directa; además, la alternativa a la economía de mercado es una socialización de los recursos productivos, que conecta de forma obvia con las propuestas libertarias habituales. Resulta curiosa la jerga empleada en las propuestas de la Democracia Inclusiva, cuando apela a todos los grupos sociales y apuesta por un nuevo sujeto revolucionario que denomina "emancipador"; se trata, tal vez, de huir las concepciones socialistas demasiado rígidas, que continúan apelando al proletariado como el protagonista de la revolución social, por no hablar de su obcecación en la conquista del poder político. No podemos más que simpatizar con la apelación a cualquier persona que sufra las penurias de un sistema de economía de mercado, con el paradigma de la explotación, y de Estado, con el de la dominación política; el anarquismo suele apelar a ambos, aunque considera el paradigma de la dominación (a la fuerza, clasista y discriminatorio) como el que engloba de forma más amplia a los que sufren el sistema estatal y capitalista.
El punto de partida de la Democracia Inclusiva pasa por la acción de grupos locales autónomos, que lleven a cabo intervenciones políticas y actividades culturales atractivas para la gente, con el fin de trabajar en esta conciencia alternativa (que podemos llamar democrática o libertaria, la terminología importa menos que los hechos).

Enlace a sitio web de la Democracia Inclusiva.





martes, 27 de mayo de 2014

El municipalismo libertario, según Murray Bookchin

Repasamos la visión de Bookchin sobre el municipalismo libertario, que tiene como objetivo la autogestión de la comunidad social; para ello, aprendemos una serie de conceptos clave para educarnos en el terreno político y no seguir perseverando en los errores de un sistema de representación incompatible con formas de democracia directa en las que las asambleas de ciudadanos tomen un pleno protagonismo.

Tal y como lo define Murray Bookchin, el municipalismo libertario es el nombre del proceso que pretende volver a crear y expandir el ámbito político democrático como el lugar del autogobierno de la comunidad. Este proceso, por lo tanto, tiene que tener como lugar de partida la comunidad. La comunidad está comprendida por individuos cuyas viviendas están agrupadas en un lugar público diferenciado, formando una entidad comunitaria perceptible. Ese espacio público es el lugar donde lo privado se convierte en comunal. Los vínculos dentro de esa esfera pública están marcados por la proximidad residencial, así como por los problemas e intereses compartidas surgidos de esa comunidad (ambientales, educativos, económicos...). Esos asuntos que los miembros de la comunidad tienen en común, opuestos a los propios de la vida privada, son los temas de interés en el ámbito político. Existen otros ámbitos de la sociedad, como el trabajo o la universidad, donde también se establecen asuntos de interés público, y esos lugares también pueden y deben ser democratizados (ya iremos viendo el concepto que Bookchin tiene de la democracia directa, plenamente compatible en nuestra opinión con el anarquismo).
Desde ese primer nivel político de la comunidad es desde donde el municipalismo libertario se esfuerza por crear y renovar el ámbito político, para expandirlo posteriormente. A partir de ese nivel, las personas pueden pasar de estar atomizadas a reconocer a sus vecinos, crear una interdependencia, llegar a acuerdos en aras del bienestar común. Es ahí donde se pueden construir las instituciones libertarias (y Bookchin no considera tal concepto una contradicción), que lleven a una amplia participación comunitaria y la mantengan de forma permanente. Se trata de que los ciudadanos recuperen el poder que el Estado les ha arrebatado. El municipalismo libertario llama "municipalidades" a este tipo de comunidades políticas potenciales. A pesar de que las municipalidades varían en tamaños y en estatus legal, puede decirse que todas tienen en común las características y tradiciones suficientes como para que reciban esa denominación. Son lugares que tienen un potencial político, en los que la  tradición de democracia directa (aquí Bookchin recoge toda una tradición histórica) puede ser revitalizada. Podemos denominar a este espacio público como potenciamente autogestionable (si no queremos hablar de un gobierno o de democracia, para no caer en términos que resultan confusos en las ideas libertarias).

Naturalmente, ese deseable ámbito político libertario, entendido desde la perspectiva del municipalismo, solo puede realizarse si la vida comunitaria se reduce a determinada escala. Las grandes ciudades actuales se descentralizarían en municipalidades más pequeñas susceptibles de ser autogobernadas. El poder pasaría del Estado y los ayuntamientos a esas pequeñas municipalidades, nacerían nuevos espacios públicos, una nueva infraestructura y producciones económicas locales. Es posible que las personas pasaran de la actual vida estresante, en la que se ven obligados a desplazarse continuamente, a una mayor implicación en lo local, si así pueden realizarse personalmente. Esta descentralización no tiene por qué afectar a todas las instituciones, ya que en el caso de, por ejemplo, las universidades y los grandes hospitales sería más efectivo mantenerlos. En cualquier caso, se espera que la implicación de los ciudadanos en los asuntos públicos condujera a un nuevo florecimiento cultural, de tal manera que se decidiera crear escuelas, teatros o recintos sanitarios sin necesidad de cerrar los grandes centralizados. Del mismo modo que puede producirse la descentralización institucional, también puede darse una física. Esa descentralización geográfica alude al entorno construido de una gran ciudad en referencia a su terreno e infraestructura. Gracias a ello, es posible recuperar un equilibrio entre la ciudad y el campo, entre la vida social y la bioesfera. Es sabido que Bookchin tenía una gran preocupación por edificar una comunidad ecológicamente sólida.
Después de los dos tipos de descentralización, debe haber un proceso democratizador directamente vinculado. Las instituciones creadas, de democracia directa, estarían formadas por asambleas de ciudadanos (reuniones generales en las que todos los ciudadanos de un área determinada se reúnen, deliberan y toman decisiones sobre los asuntos comunitarios). De nuevo se apela la la historia para llegan a normas y prácticas racionales. Por supuesto, la intención transformadora es contraria a toda jerarquización, por lo que en ese sentido las praxis anteriores pueden ser rechazables. En cualquier caso, no se habla en ningún caso de instituciones inmutables, todas son susceptibles de mejora. Los lugares de reunión, así como la periodicidad y duración de las asambleas, serán cosa de los ciudadanos, siempre tratando de fomentar la participación pública. Las normas establecidas se decidirán en las primeras acciones de la asamblea, teniendo en cuenta que no se habla de un poder separado de la sociedad, ya que se encuentra bajo el control de los ciudadanos gracias a la municipalidad. Pueden establecerse comités de barrio, consejos y juntas consultivas y administrativas, siempre dirigidas a influir sobre los temas que interesen y siempre respetando la política que decida la asamblea. Los temas deberían ser expuestos de la forma más amplia posible, fomentando siempre el debate, algo propio de una democracia directa, y respetando la pluralidad de puntos de vista. Toda persona tiene el derecho a hablar en la asamblea, aunque el carácter de cada uno puede dificultar este hecho, siempre se pueden buscar formas de dar a conocer una forma de pensar (a través de las personas más capacitadas) y aprender con el tiempo a expresarse mejor y adquirir confianza.

Las personas que tienen una tendencia libertaria rechazan que sea una mayoría la que tome las decisiones, ya que eso supone obligar a la totalidad de la comunidad. Puede decirse que el gobierno de la mayoría es siempre coercitivo y contrario a la libertad individual. La propuesta que se suele dar es el consenso, en el cual no se toma ninguna decisión final hasta que todos los miembros de la comunidad están de acuerdo. Esta búsqueda de consenso es apropiada, y puede funcionar en grupos pequeños. Sin embargo, en grupos mayores y heterogéneos la cosa se complica, hasta el punto de que incluso la voluntad de uno o de un grupo pequeño puede dificultar la toma de decisiones. Es prácticamente imposible que todos los miembros de la comunidad estén de acuerdo en todas las decisiones. El conflicto forma parte de la política, y la disidencia es buena, ya que hay individuos que pueden considerar que una decisión no es adecuada para ellos mismos o, incluso, para la comunidad. No obstante, la búsqueda de consenso puede tener también sus trampas y sus coacciones diversas (la sicología social puede decir mucho sobre cómo la gente toma sus decisiones), incluso personas que disienten pueden ser empujadas a votar finalmente con la mayoría sin que esa sea su auténtica voluntad. De la misma manera, provocando que el disidente se excluya del voto supone eliminarle sin más de la esfera política y hacerlo también con su punto de vista. Es por eso que Bookchin critica el consenso, ya que, o bien intensifica el conflicto hasta fracturar la comunidad, o bien acaba con el silencio de los disidentes. Una alternativa es que los disidentes voten abierta y libremente, manifestando su oposición a la mayoría, con la esperanza de que su decisión influya sobre el cambio. De esta forma, aunque sea una mayoría la que toma las decisiones que afectan a la vida social, la minoría se reserva la libertad de intentan derrocar lo decidido. Siempre existirá la libertad de expresar las discrepancias, ordenada y razonadamente, intentar convencer a los otros de que el punto de vista propio es mejor, y la asamblea puede documentar al respecto. De esta manera, las minorías preparan el terreno para demostrar que una decisión puede haber sido equivocada y, al mismo tiempo, provocan el desarrollo de la conciencia política de la comunidad.


La aparición del ámbito político

Vamos a tratar de realizar una distinción histórica, atendiendo a ciertos pensadores, sobre la distinción entre el ámbito político y otras esferas de la intervención humana. Murray Bookchin, sin dudarlo, establece tres ámbitos: el político, el social y el Estado. En la Antigua Grecia, Aristóteles solo reconocía una dualidad: la esfera social y la política. Muchos pensadores han continuado pensando como el estagirita, como es el caso de Hannah Arendt, aunque esta autora parece ser que lo que llamaba ámbito político es lo que ahora podemos considerar el Estado (una confusión, por otra parte, habitual).
El ámbito social podemos considerarlo el ámbito privado, y no podemos confundirlo con la sociedad en su conjunto. La esfera privada es la más antigua de los tres ámbitos mencionados por Bookchin, de tal forma que en la prehistoria, en forma de grupos y tribus, las comunidades humanas se estructuraban alrededor de él. Al no existir el Estado, lo que podemos llamar vida grupal coexistía en las primeras sociedades con el ámbito social. Todas aquellas comunidades se mantenían cohesionadas y organizadas por el parentesco, pero también por otros factores que se consideraban hechos biológicos inalterables (como los roles atribuidos al sexo o la cuestión de la edad). Es posible que tardara en aparecer la diferencia de clases y la dominación en la misma sociedad, dándose tal vez una solidaridad gracias a esos factores de cohesión, aunque lo que parece seguro es que la aparición del chovinismo y el racismo (hostilidad hacia otras tribus, al considerarlos una amenaza, y consideración de una taxonomía diferente hacia sus miembros) fue algo consustancial al nacimiento de las primeras sociedades. Ello no implica que no existieran también muestras de benevolencia hacia los extranjeros, aunque hay que tener en cuenta siempre los factores supersticiosos que empujaban a considerarlos algo peligroso.

Las sociedades tribales eran nómadas, cazaban y recolectaban, y en algunas ocasiones recurrían a formas básicas de horticultura. Con el neolítico, se da un cambio de paradigma económico, la agricultura y cría de animales conducen a que las tribus se establezcan en aldeas estables. Con ello, llegó el hecho del almacenamiento de víveres, con lo que algunos miembros se convirtieron en los distribuidores y, consecuentemente, en poseedores de bienes y riqueza. Se dio lugar así a la división de clases, lo que acentuó la jerarquización ya existente (se dio la supremacía al género masculino, creándose la cultura del patriarcado). El concepto del chamán dejo paso a lo que se pueden considerar ya sacerdotes, fortaleciéndose también la institución religiosa con sus demandas ya claramente materiales. Sin embargo, tal vez la consecuencia más importante en este cambio de paradigma económico es el nacimiento de las ciudades: grandes asentamientos permanentes sin producción propia, dependiendo del grano importado del campo. Los componentes de estas ciudades tenían su vida estructurada, no ya alrededor del parentesco, sino por la proximidad de residencia y por los intereses compartidos. Poco a poco, la ciudad se convirtió en una forma de vida en la que el principio de organización social no eran ya los lazos de parentesco; la gente no se consideraba ya miembro de una tribu, sino que se veía a través del prisma de un estatus social o de la pertenencia de bienes, o de una determinada residencia o profesión. Aunque seguirían existiendo prejuicios étnicos, la nueva situación produjo que se diluyeran en cierta medida, un nuevo orden social transformó a la gente de una condición tribal en componentes de grupos heterogéneos y potencialmente cosmopolitas. Era el germen de lo que podemos llamar la universalidad humana.

Insistiremos en que estas ciudades, por muy heterogéneas que fueran, no eran paraísos de igualdad. Existían jerarquías militares y religiosas, así como división de clases y de género. Las élites que gobernaban dominaban a los ciudadanos comunes, los cuales trabajaban para proporcionar bienes o se convertían en soldados forzosos para brutales periodos de guerra. Por otra parte, la ignorancia sobre los fenómenos naturales hizo más poderosa a la clase sacerdotal. Incluso, estas primeras ciudades se podían ver como vastos templos. Sin embargo, y a pesar de todas estas tiranías, podemos considerar que la revolución urbana abrió la posibilidad de que pudieran existir también comunidades libres e igualitarias. El hecho de que las personas tuvieran conciencia de una humanidad universal, también dio lugar a la posibilidad de una organización ética y racional. Es por eso que la aparición de la ciudad inauguro el desarrollo de lo que podemos llamar "ámbito político". Esta esfera se caracteriza por la existencia en una misma ciudad de intereses compartidos y de espacios públicos mantenidos en común por comunidades interétnicas. El ámbito social queda físicamente delimitado por las paredes del hogar, más allá está el ámbito público (calles, plazas y lugares de reunión). En ese espacio público, los ciudadanos podían comerciar, encontrarse, relacionarse, influenciarse mutuamente, intercambiar noticias y hablar de asuntos comunes. Eran espacios que, potencialmente, podían ser usados para fines cívicos y actividades políticas. Es la polis griega, a pesar de las desigualdades ya mencionadas, la que define y concreta el ámbito político como el campo de la autogestión por democracia directa: la libertad positiva de una comunidad como conjunto, con la cual las libertades individuales están estrechamente entretejidas. Ahí se puede situar la tradición de democracia directa, que es ahogada por los grandes imperios que llegan después, pero que reaparece a lo largo de la historia (como es el caso de algunas comunas medievales). En pleno feudalismo autoritario, algunos ciudadanos reclamaban un espacio para autogestionar sus asuntos sin élites gobernantes.
La aparición del ámbito político abre la posibilidad de una comunidad libre y autogestionada, pero las élites políticas siguen ejerciendo su autoridad sobre la vida política (apelando incluso a derechos tribales ancestrales supuestamente superados). Por otra parte, los ejemplos históricos de lo que podemos llamar "democracias directas" conservan numerosos rasgos oligárquicos, xenófobos y discriminatorios de diversa índole. Sin embargo, todos esos defectos son contextualizables, propios de un determinado momento en la totalidad de una época. Era seguramente muy complicado que no se diera la esclavitud en la Antigua Grecia, al igual que en otras sociedades del momento, pero sí se mostraron superiores a las monarquías represivas de esas regiones y generaron el concepto del ámbito político. El Estado, al igual que los ámbitos social y político, también tiene un desarrollo histórico del que nos ocuparemos en otro textos.


Formación ciudadana

El liberalismo es, al menos al día de hoy, una teoría política primordial para la democracia representativa. Según esta idea, el individuo es libre y soberano para elegir entre una serie de opciones en unas elecciones democráticas. También, entre las libertades que preconiza el liberalismo, está la presunta libertad para buscar su beneficio personal. La cultura norteamericana, puede decirse, es la exacerbación de esta visión heroica y abnegada del individuo en buscar de una determinada meta. Sin embargo, no es demasiado complicado desmontar esta visión de un individuo autónomo, que no depende de un vínculo social, ni a nivel privado ni a nivel comunitario. No está nunca demás insistir en esta visión falaz del liberalismo, cuyos postulados son meramente negativos; es decir, autonomía e independencia son conceptos que no adquieren un sentido pleno ni positivo si no los vinculamos a lo social. El individuo solo puede realizarse aceptando su condición de "animal social", no independizándose de la sociedad, ya que necesita el apoyo y la solidaridad de la comunidad. Las más nobles aspiraciones son, tanto individuales, como sociales, y solo el individuo plenamente desarrollado puede comprender esto. Incluso, a pesar de lo que sostenga el liberalismo, las etapas de mayor atomización pueden coincidir con un mayor poder del Estado y de otras instancias a las que el individuo se subordina. En las sociedad contemporánea, desgraciadamente, el ciudadano se ve reducido a su condición de votante y de contribuyente; tanto el Estado, como el sistema capitalista, promueve la infantilización, perpetúan la dependencia y la subordinación (aunque esa intención adopte la forma de tutela en tantas ocasiones). En este contexto, potenciado por una sociedad de consumo que nos empuja a acumular bienes de manera irracional, nos convertimos en extremadamente vulnerables a la manipulación por parte de personas y de instituciones. Elegir a un candidato a un puesto, tal y como elegimos un producto en el mercado, debe ser substituido por una vida política activa con un compromiso claro con los asuntos que nos afectan. Por lo tanto, hay que trabajar para desmontar esa mistificación de un individuo autónomo y autodeterminado desprendido de todo nexo social.

Nuestra capacidad de razonar, la dependencia mutua que tenemos con otras personas y la necesidad de la solidaridad deberían ayudar a una existencia más activa y a la creación de un nuevo ámbito político libertario. El Estado, el capitalismo y la jerarquía social pueden ser substituidos por las instituciones cooperativas adecuadas. Esta perspectiva, por ejemplo para Murray Bookchin y su idea del municipalismo libertario, pero también en nuestra opinión desde cualquier perspectiva ácrata (un socialismo descentralizado, una autogestión de lo social), se realiza desde el ámbito de lo local. Una nueva sociedad requiere de un nuevo carácter social e individual, nada de votantes y contribuyentes pasivos. Nuevas potencias del carácter, virtudes cívicas y compromisos pueden desarrollarse en un nuevo contexto. Entre todo ello, otorgar un campo más extenso para la razón y para la solidaridad (compromiso con el bien público) es primordial. El esfuerzo y la responsabilidad compartidos de todos los miembros de la comunidad es lo que hace a ésta posible. Tantas veces, se ha cuestionado la capacidad de los ciudadanos para gestionar con sentido común de manera directa, pero precisamente en potenciar la razón, algo tan cuestionado en la posmodernidad, estriba la cuestión. Para un debate constructivo, es necesaria la razón, precisamente para superar todo partidismo y prejuicio, para demostrar la superioridad de una sociedad cooperativa frente a otra competitiva en la que las personas están atomizadas. Esta visión socialista no elimina la posibilidad de una vida personal enriquecedora, todo lo contrario, promueve un mayor sentido en las relaciones humanas. De hecho, debemos analizar siempre qué relación tenemos con las personas de nuestro entorno, y acabaremos descubriendo el miedo y la desconfianza que prevalecen sobre cualquier otro factor. Al compartir proyectos, las personas desarrollamos nuevos vínculos solidarios y responsabilidades conjuntas, podemos ganarnos la confianza de los demás y dar lugar a nuevas situaciones. En definitiva, individualidad y comunidad pueden reforzarse y alimentarse mutuamente desde una perspectiva libertaria. Observar el compromiso y la vida activa, no como una pesada carga, sino como una forma de realización es la base para este nuevo contexto social.

La mentalidad estatal, es decir conservadora, considerará siempre al ciudadano como un crío incompetente y escasamente razonable. Con las adecuadas experiencias y preparación, los ciudadanos pueden adoptar posiciones razonables y constructivas. Solo hace falta desprenderse de prejuicios y tener la paciencia necesaria y fortaleza de carácter. La política puede pasar de la clase dirigente, de la profesionalización, a la gente de la calle. Precisamente, el grado de maduración de los ciudadanos es lo que puede alcanzar un compromiso político no profesional, sin subordinaciones a jerarquía alguna. Esa actitud de las personas para autogestionar la sociedad no brota de la noche a la mañana, puede ser resultado de una preparación cuidadosa, un formación cultural y personal propia de una nueva situación. Los antiguos atenienses, denominaban a esta educación paideia, el cultivo apropiado de las cualidades cívicas y éticas necesarias para la ciudadanía. Esa educación puede estar dirigida también a una identificación con la comunidad y hacia una responsabilidad con ella, hacia la participación asamblearia de manera racional, tolerante y creativa. Esta formación de ciudadanos se produce también en la participación política, la mejor escuela es sin duda una nueva sociedad cooperativa y participativa, integrada por individuos responsables. Es una tarea inmensa, que no pasa por un mero compromiso político, ya que el ser humano necesita tantas veces respuestas vitales inmediatas. Es necesario, como hemos dicho antes, mucha paciencia y carácter para lograr resultados y transformar la sociedad. Desgraciadamente, muchas personas reducen su conceptos de la política al arte de gobernar, al Estado, y no son capaces de encontrar una alternativa clara al sistema económico. Sin embargo, a medida que vayamos encontrando nuestras propias respuestas, gracias a tratar de escapar de toda subordinación y a construir más ámbitos de debate, junto a más vías solidarias y participativas, es posible que se vayan cimentando las bases de un nuevo contexto libertario.


 La descentralización institucional

Lo deseable es que las personas recuperen el ámbito político de lo local (podemos llamarlo municipalidad, en consonancia con el pensamiento de Murray Bookchin, ya que la terminología es menos importante que los hechos). Tal y como hemos comprobado en los últimos años, con movimientos sociales como el 15-M, se forman asambleas y el poder pasa a los ciudadanos, lo que requiere un esfuerzo consciente por parte de cada persona. Los anarquistas, como movimiento social, tal vez sean los que más experiencia tengan en este sentido, por lo que pueden ayudar a formar y a movilizar a los ciudadanos y a establecer las asambleas. Aunque, en gran medida, pueda haber mucho de espontaneidad en el movimiento, solo la organización libertaria establecerá bases sólidas para la transformación social. Resulta esencial que se creen también grupos de estudio, que debatan y busquen respuestas ante todas las necesidades locales. Solo a través de la autoeducación, tratando de vencer todos los obstáculos que se puedan presentar, puede luego ayudarse a los demás y propiciar que se eduquen a sí mismos. Todo ello contribuirá a hacer avanzar un movimiento libertario desde lo local, sin que existan tendencias centralistas y autoritarias. En cualquier caso, es imprescindible el florecimiento cultural, tal y como propicia el anarquismo, solo posible donde se dé la máxima libertad con la máxima igualdad.
Insistir en el esfuerzo consciente y en la educación social es algo importante, con toda la dificultad que ello conlleva en nuestra sociedad, tan dada al aislamiento y a la enajenación. Bookchin apostaba por la creación de una fuerza identificable dentro de la comunidad, la cual debería darse un nombre previo, claro y reconocible, para desarrollar una inconfundible identidad política. Es esta fuerza, o movimiento, la que puede ayudar a la educación pública, captando los temas que sean de mayor interés. La implicación en lo local supone poner en marcha análisis, estudios, medios, expresiones artísticas..., todo aquello que ayude al conocimiento de un determinado tema y lo ponga al alcance general. Pueden publicarse y distribuirse todos las expresiones a través de los lugares más frecuentados. A modo de la antigua tradición del ágora, pueden hacerse lecturas, conferencias y debates en espacios públicos o en cierto centros, todo ello propiciando la continua educación sobre los más variados temas, incluyendo la formación política. Aunque en la sociedad capitalista pueda haber rasgos cooperativos, que fortalecen la solidaridad en comunidad, solo la creación de asambleas de ciudadanos y el florecimiento de una nueva vida cultural y política puede crear una sociedad libertaria, junto a las instituciones que le dan sentido, de forma permanente. Verdaderamente, se necesita una gran preparación, ética y política, junto a una voluntad y una paciencia férreas, para explicar a los demás lo importante de la sociedad libertaria.

Un problema que planteaba Bookchin, que no se produce en pueblos y ciudades, era el de los suburbios. Los grupos que se hallen en un área suburbana pueden desplazarse durante largo tiempo sin que den con un espacio público, pisando solo propiedad privada y apenas relacionándose con otros seres humanos. El anarquismo se basa en la existencia de la comunidad, por lo que tiene más sentido en aquellos lugares donde la gente se encuentra con los demás con cierta frecuencia. En los suburbios, el sentimiento comunitario es más débil que en pueblos y ciudades, aunque también existen intereses comunes sobre educación, medio ambiente, transporte o economía local. El ser humano necesita vivir en sociedad para poder desarrollarse, resulta impensable que haya nadie que lo dude a estas alturas (incluso aquellos críticos con la vida en sociedad, tienen que pensar que son igualmente determinados por ella, aunque sea por su propio y deseado aislamiento), por lo que las necesidades prácticas de nuestra existencia, individual y social, hacen que sea necesario que nos entendamos con los demás. No de forma casual, sino de una forma deliberada y consciente, ya que solo ello puede tender a la liberación. Para ello, sea donde sea el contexto urbano en el que vivamos, hay que buscar espacios públicos donde se delibere y se conduzcan adecuadamente las reuniones.

En el caso de las grandes ciudades, con la concentración a veces de millones de personas, se presentan otro tipo de problemas. Tantas veces, las personas somos extrañas unas a otras, a pesar de vivir en el mismo vecindario. Esta densidad de población parece excesiva para la creación de asambleas populares, ya en la Antigua Grecia se consideraba que la polis debía ser lo suficientemente pequeña para que los ciudadanos se conocieran entre sí. En estas ciudades enormes, se produce el mismo poder político que en un Estado, por lo que la democracia directa plantea verdaderas dificultades. No obstante, tal como dice Bookchin, la administración del municipio tiene diferencias con la del Estado-nación, ya que la implicación del ciudadano es más accesible y los centros vecinales no son tan difíciles de crear. Las juntas escolares y la reuniones de distrito permiten a los ciudadanos de un mismo vecindario reunirse y hablar de problemas comunes. Es posible que una descentralización física fuera complicado, y extendida en el tiempo, pero una descentralización institucional puede iniciarse en cualquier momento, como podemos ver en ciertos movimientos sociales, de ámbito general, con la creación de asambleas populares. Los rasgos libertarios se encuentran en esta creación de asambleas populares por barrios, y también en su posterior confederación, que puede tratar de coordinar cuestiones como el transporte, la sanidad y otros servicios. Es un inicio de descentralización institucional, a nivel de barrios, que puede conducir a transformaciones generales también en aspectos logísticos y estructurales.
Siendo, como somos, los anarquistas siempre críticos con eso llamado "identidad colectiva", creyendo siempre en una liberación individual íntimamente ligada a la cuestión social, hay que aceptar las diferentes culturas y sensibilidades que albergan las grandes ciudades. Una descentralización institucional, que asegure la potestad de los ciudadanos para gestionar los asuntos que les atañen, donde las personas de sensibilidad libertaria posibiliten que se asegure la pluralidad, la dignidad y el respeto, solo conseguible gracias a la máxima libertad junto a la máxima igualdad, y donde se produzca un ilimitado florecimiento cultural y político, es un camino en el que la utopía puede ir haciéndose realidad y alejándose cada vez un poco más hacia adelante.

Enlaces relacionados:
-"Historia, civilización y progreso".
-"El progreso y los anarquistas".
-"Murray Bookchin y la ecología social".
-"Anarquismo social o anarquismo como estilo de vida".

viernes, 20 de diciembre de 2013

El proyecto de la Democracia Inclusiva

Uno de los esfuerzos libertarios contemporáneos lo constituye la llamada Democracia Inclusiva, que parte de que la gran crisis que sufre el mundo en los últimos años tiene su origen en la alta concentración de poder. Así, en un análisis obviamente libertario, esta propuesta denuncia la distorsión que ha sufrido el concepto de la democracia, identificado únicamente con su vertiente representativa, de tal manera que viene a significar simplemente la existencia de un sistema oligárquico con la ilusión de estar elegido por los ciudadanos.

La Democracia Inclusiva reivindica, por lo tanto, el ejercicio directo de la soberanía por parte de los ciudadanos, de tal manera que tengan la posibilidad de decidir directamente sobre los asuntos que les afectan. Este proyecto parte de la concepción clásica de la democracia, aunque con un tinte libertario al incluir al conjunto de la población y al tener en cuenta, a diferencia de las concepciones previas, las cuatro dimensiones fundamentales de las sociedad: política, económica, social y ecológica; se trata de llevar la democracia a cada uno de estos ámbitos. Llama la atención que, en sus propuestas, no siempre se menciona al anarquismo, aunque recupera de forma evidente muchos de sus rasgos, autonomía, democracia directa o socialismo, para tratar de ofrecer una síntesis moderna de la visión libertaria y llevarla a los movimientos sociales. Otra manera de observarlo es considerar a la Democracia Inclusiva un añadido contemporáneo a la rica tradición anarquista. De esta manera hay que verlo cuando se esfuerza en acabar con la desigualdad en la distribución del poder político (Estado) y económico (Capital) y con las instituciones que los representan; además, al igual que el anarquismo, quiere acabar con las relaciones de dominio a nivel cultural, en cualquier ámbito humano, ya sea el hogar, la escuela o cualquier otro campo social. Todo ello pasa, de forma obvia, por un proceso de responsabilidad personal y colectiva de autogestión social. Es una concepción de la autonomía y de la libertad claramente ácrata, ya que se encuentra estrechamente vinculada a lo social, por lo que implica un alto nivel de consciencia y responsabilidad; la palabra solidaridad, tan distorsionada en un mundo jerarquizado profundamente desigualitario, resulta también clave.


La Democracia Inclusiva, a nivel político, apuesta por asambleas municipales para tomar las decisiones, muy en la línea de la visión de Bookchin y su municipalismo libertario, organizadas federativamente desde lo local hasta lo global; los delegados de las asambleas locales, obviamente, se coordinarán para trasladar las decisiones a una escala mayor y podrán ser revocados en cualquier momento. A nivel económico, se apuesta por la socialización de la riqueza social y por la autogestión por parte de las asambleas de ciudadanos; así, la economía irá dirigida a satisfacer las necesidades de la población y se sustituirá la sociedad de mercado por un sistema democrático planificado en el que se asegurará la libre elección de las personas en lo que atañe al trabajo y al consumo. La propuesta de la Democracia Inclusiva en el ámbito social pasa por la creación de instituciones autogestionadas en cualquier campo educativo y cultural; de nuevo debe ser la asamblea local de ciudadanos la que decida los objetivos a establecer. Finalmente, la cuarta dimensión democrática es la ecológica, que implica que las instituciones creadas aseguren la reintegración de la sociedad con la naturaleza; será una relación armoniosa en la que se buscará la satisfacción adecuada de las necesidades sociales y no, como en el capitalismo, un crecimiento económico descontrolado de consecuencias nefastas.

La Democracia Inclusiva ofrece sus propuestas de una manera alternativa, pero también de forma realista y deseable; sus objetivos a largo plazo son una nueva organización social, aunque también tiene un programa a corto plazo para ir avanzando hacia ese tipo de sociedad. Apuesta por lleva este proyecto a un movimiento social de masas para transformar la sociedad con una profundización democrática aquí y ahora. Insistiremos en que estas propuestas pasan por una nueva concepción de la política identificada con la autogestión y la democracia directa; además, la alternativa a la economía de mercado es una socialización de los recursos productivos, que conecta de forma obvia con las propuestas libertarias habituales. Resulta curiosa la jerga empleada en las propuestas de la Democracia Inclusiva, cuando apela a todos los grupos sociales y apuesta por un nuevo sujeto revolucionario que denomina "emancipador"; se trata, tal vez, de huir las concepciones socialistas demasiado rígidas, que continúan apelando al proletariado como el protagonista de la revolución social, por no hablar de su obcecación en la conquista del poder político. No podemos más que simpatizar con la apelación a cualquier persona que sufra las penurias de un sistema de economía de mercado, con el paradigma de la explotación, y de Estado, con el de la dominación política; el anarquismo suele apelar a ambos, aunque considera el paradigma de la dominación (a la fuerza, clasista y discriminatorio) como el que engloba de forma más amplia a los que sufren el sistema estatal y capitalista.
El punto de partida de la Democracia Inclusiva pasa por la acción de grupos locales autónomos, que lleven a cabo intervenciones políticas y actividades culturales atractivas para la gente, con el fin de trabajar en esta conciencia alternativa (que podemos llamar democrática o libertaria, la terminología importa menos que los hechos).

Enlace a sitio web de la Democracia Inclusiva.


domingo, 12 de mayo de 2013

La acracia como profundización democrática

Tal y como se sostiene en el artículo "La anarquía como sublimidad democrática", publicado en el periódico Tierra y libertad de este mes, no hay forma de vida más democrática, de acuerdo con los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad, que la anarquista. Hay que estar muy de acuerdo con lo que se defiende en dicho texto, la anarquía es una profundización en la democracia, por lo que el movimiento libertario debe insistir en la penetración en el imaginario social para otorgar un verdadero contenido a ambos términos. Si la palabra democracia ha sufrido el añadido de diversos apelativos perversos para encubrir su naturaleza autoritaria (popular, orgánica..), ahora es importante aprovechar el paulatino descrédito de la llamada democracia parlamentaria para que la idea no acabe sucumbiendo a los intereses del poder. Quiere verse el origen de la democracia en la Antigua Grecia, sin olvidar el carácter exclusivista de aquel sistema, a lo largo de la historia puede verse como un intento de ampliar el número de participantes en el gobierno; desde ese punto de vista, la autogestión social y política que supone el sistema de la anarquía sería la forma más perfecta de autogobierno (si no se quiere renunciar definitivamente al término gobierno, asociado a un minoría que toma las decisiones). El término democracia, con el que se llenan la boca las políticos profesionales, ha pasado a tener un carácter abstracto y a encubrir sutiles formas de dominación, por lo que es el turno para que los anarquistas aporten mucho a la ampliación y perfección de su significado.

Antes de nada, y como forma también de ampliar el concepto y nuestro propio horizonte vital y político, tal y como sostiene el antropólogo David Graeber, hay que profundizar en el debate sobre si la democracia nace exclusivamente en Occidente y sobre si tiene algo que ver en realidad con la elección de representantes. Graeber defiende, y no podemos más que estar de acuerdo con él, que la democracia y el anarquismo (cuando hablamos de autorganización, asociación voluntaria, apoyo mutuo, negación del Estado…) deberían ser idénticos; por supuesto, no existe consenso en los movimientos sociales al respecto, aunque es un problema más terminológico que real. Sea como fuere, la palabra democracia sigue teniendo un poderoso reclamo y podemos dar una definición amplia, con la que la mayoría de la gente puede estar de acuerdo, según la cual se trata de la gestión colectiva por parte de la gente corriente de sus propios asuntos; Graeber afirma que dicha concepción ya existía en el siglo XIX y es por eso que los políticos del momento rechazaron el concepto para luego apropiárselo adaptando la historia para presentarse como los legítimos herederos de una tradición que se remontaba a la Antigua Grecia.

Lo que Graeber considera es que en la tradición democrática hay que incluir a cualquier tipo de comunidad, en cualquier lugar del mundo, que tienda a gestionar sus propia asuntos mediante un proceso abierto e igualitario de discusión pública; sus argumentos al respecto son: la democracia no se circunscribe a la llamada civilización occidental y hay que admitir a otro tipo de culturas en las que se dan esos procesos de toma de decisión igualitarios, estas prácticas se dan en sociedad donde no existen estructuras coercitivas; las formas democráticas perfeccionadas nacen cuando se cuestiona las tradiciones propias, en permanente debate con otras, y esto ocurre en los dos últimos siglos en diversos lugares del mundo (no solo en Europa); el intento moderno de vincular el ideal democrático a estructuras estatales coercitivas ha dado lugar a Repúblicas en las que los principios democráticos son muy limitados; la crisis, también política, de los últimos años tiene su origen en el cuestionamiento del Estado, no de la democracia, ya que en los movimientos sociales globales se produce un nuevo interés en las prácticas y procedimientos democráticos.

Por lo tanto, la vinculación de Estado con democracia ha supuesto, no solo una gran limitación de los procesos igualitarios en las tomas de decisión colectivas, también una nueva forma de dominación; más difícil de combatir, si se quiere, por ser más sutil y blanda que otras. Otro problema resulta de la muy obvia incompatibilidad entre los principios fundamentales de la democracia y el sistema capitalista, algo que dejaremos para más adelante. Frente a todo tipo de conservadurismo, y los que defienden una mera democracia representativa constituye uno de ellos, hay que insistir en la critica radical que abra el horizonte para nuevas prácticas igualitarias; que se llamen democráticas o libertarias es tal vez lo de menos, lo importante es la permanente subversión en aras de la conquista de la utopía. No obstante, continuemos con la labor de vincular anarquismo, o el ideal de la anarquía, a una perfeccionada forma de democracia; asumiendo, claro está como buena labor autocrítica, que el propio anarquismo debe aceptar que no es ningún sistema acabado y que debe dejarse también perfeccionar por nuevas invenciones y prácticas humanas.

De momento, es la tradición anarquista la que más ha tratado de perfeccionar el proceso democrático, vinculándolo a la libertad y la igualdad, y teniendo como paradigma y nexo la solidaridad. El motivo por el que los anarquistas siempre se han opuesto a la democracia representativa y al parlamentarismo es de peso, consideran que toda delegación del poder por parte de las personas supone necesariamente la constitución de un poder separado y dirigido contra ellas y la sociedad que forman. Puede decirse que la propuesta anarquista, frente a otras corrientes revolucionarias, siempre fue la democracia directa; Cappelletti, en La ideología anarquista, menciona el nombre de algunas formas de democracia directa como los consejos, las asambleas comunales o los soviets (en origen en la Revolución rusa, y antes de sucumbir a la centralización estatal, verdaderos órganos obreros de democracia autogestionaria). El anarquismo considera que no es posible la democracia sin extenderla a todos los ámbitos de la vida, incluido el económico y laboral. De hecho, Malatesta, en su conocida polémica con Saverio Merlino sobre la participación en elecciones democráticas, identifica éstas con la burguesía y considera que el parlamentarismo habitúa al pueblo a delegar en otros la conquista y defensa de su derechos; el socialismo solo es posible mediante las federaciones de asociaciones de producción y consumo en los que se produzca la democracia o acción directa. Se explica así muy bien la postura ácrata, los anarquistas no pueden comenzar a votar en la democracia burguesa, ya que eso les llevaría a entrar en la lógica del poder y podrían acabar considerando que ellos mismos pueden ser la mejor opción representativa.

La vida social y política, verdaderamente democrática, solo puede asentarse sobre grupos autónomos en los que se practique la horizontalidad y la gestión directa de los asuntos que les afectan. La critica anarquista se produce contra la democracia representativa, pero también contra toda "ley de la mayoría", ya que el pueblo no es una unidad, sino un colectivo múltiple y conflictivo; es por eso que las asambleas comunales no deben tener el poder de imponer su decisión a aquellos que no han participado en ellas. Tal y como dice Eduardo Colombo, en La voluntad del pueblo, el anarquismo mantiene desde sus orígenes el principio democrático fundamental de la autonomía, individual y colectiva; este principio, no es delegable ni representable. Insistiremos en que las élites político-financieras occidentales, en la modernidad, han logrado arrebatar en el imaginario social al anarquismo esa profundización en la democracia que es el principio de la voluntad del pueblo (Colombo, La voluntad del pueblo). Los anarquistas no pueden participar en un sistema de democracia indirecta, basada en la ficción participativa y en la delegación de la potestad del elector, donde la soberanía popular es escamoteada.

domingo, 31 de marzo de 2013

Propuestas federalistas libertarias

Dejamos dicho anteriormente que el federalismo es el principio organizativo que los anarquistas consideran para que los grupos locales se asocien sin autoridad central alguna. Se solían citar los ejemplos del servicio postal y ferroviario como ejemplos de funciones complejas descentralizadas, y los anarquistas confían en que otras federaciones puedan funcionar sobre la base de la asociación voluntaria. Por su importancia, recordaremos una vez más a Proudhon, esta vez a través de las palabras de George Woodcock:
Desde su punto de vista, el principio federal debería funcionar a partir del nivel más bajo de la sociedad. La organización de la administración debería empezar localmente y tan próxima como sea posible del control directo del pueblo; los individuos deberían iniciar el proceso, federándose en comunas y asociaciones. Por encima del nivel primario, la organización confederal se convertirá más en una coordinación entre grupos locales que en un órgano de administración. De ese modo, la nación quedaría sustituida por una confederación geográfica de regiones, y Europa se transformaría en una confederación de confederaciones, en la que el interés de la menor provincia tendría tanta importancia como el da la mayor, y en la que todos los asuntos serían arreglados por medio de acuerdos mutuos, compromisos y arbitrajes. Dentro de la evolución de las ideas anarquistas, El principio federativo (1863) es uno de los libros más importantes de Proudhon, ya que representa el primer estudio exhaustivo y liberarador de las ideas acerca de la organización federal como una alternativa práctica al nacionalismo político.
El principio federal se sigue aplicando en el mundo moderno, lo podemos ver asiduamente en aquellas asociaciones que propicien la democracia de base y el hecho de que las personas estén en contacto con su mundo real y bien comunicadas a nivel general. En el mundo de la asociaciones voluntarias, se suele aplicar este principio y es obvio que los más enérgicos y activos son aquellos que inician su actividad y la toma de decisiones a un nivel local; muy al contrario, los que están controlados desde el centro se paralizan y no hay un contacto auténtico entre sus miembros.

A pesar del aparente triunfo de la centralización política en forma del Estado, existen numerosos ejemplos de organizaciones federales creadas ad hoc para un fin determinado y que, después de realizar su labor anónima e ilegal, dejan atrás numerosos centros de actividad. Como ejemplos más generales, la lucha contra una nueva guerra en Irak hace una década, que dejo numerosos focos de resistencia que se mantienen al día de hoy, o el más reciente movimiento 15M, con su proceso de descentralización en las asambleas de barrio y sus múltiples iniciativas. Por lo tanto, la revolución propuesta por los anarquistas no necesita, tal como lo expresó Colin Ward en Anarquía en acción, de una dínamo central hacia fuera, sino de una multitud de personas conscientes que se reúnan en grupos con contactos informales entre sí; es el modo de enfrentarse al Estado y denunciar sus numerosas contradicciones, mediante prácticas descentralizadas y sin jerarquía alguna. El origen de gran número de asociaciones está en esa práctica local descentralizada, pero por algún motivo acaban sucumbiendo al centralismo; la conclusión anarquista pasa por confiar en que todas los ámbitos de actividad humana se inicien en lo local e inmediato, se vinculen entre sí en una trama sin centro y sin órgano ejecutivo, dando lugar a nuevas células a medida que crecen las originales. Frente a los que dudan de la eficacia de este modelo organizativo en algún campo, la primera pregunta ácrata sería ¿por qué no?, mientras que la segunda aludiría a cómo es posible fomentar en él la autonomía, la responsabilidad y las necesidades locales.

Como es sabido, Murray Bookchin apostaba como alternativa al Estado por el municipio libertario. La federación y confederación es clave para esta propuesta de organización política y social que institucionalice la interdependencia y asegure la potestad, libertad y soberanía de las asambleas locales. Así, en lugar de un gobierno central con una asamblea legislativa que vota para dar lugar a las leyes, la confederación puede concretarse en un congreso de delegados que coordina las políticas y prácticas de las comunidades miembros. Huelga decir que los delegados no serían representantes, ya que no tendrían como objetivo establecer políticas o leyes en nombre de unos miembros de la comunidad incapaces de decidir por sí mismos. Los miembros de la asamblea municipal (sinónimo en este caso de local, para evitar controversias) elegirían por democracia directa a los delegados, que se limitarían a llevar a cabo sus deseos en un consejo confederal (formado por delegados de las diferentes asambleas locales). Los delegados tendrían órdenes estrictas de votar de acuerdo con los deseos de los grupos locales de origen, y no tendrían capacidad para tomar decisiones políticas obviando las instrucciones concretas de su municipalidad; las responsabilidad de los delegados descansaría en las asambleas de ciudadanos, y éstas podrían revocar el cargo en caso de violar las normas. Por lo tanto, el consejo confederal no sería en realidad un órgano para tomar decisiones políticas, su propósito sería más bien administrativo: coordinar y ejecutar las políticas formulados por las asambleas locales.

Sería a nivel local donde los ciudadanos harían política, mediante asambleas verdaderamente democráticas; por supuesto, las dificultades técnicas para llevar a caba determinado proyecto político no suponen necesariamente que los miembros de base tengan los conocimientos al respecto (como tampoco los tienen los políticos estatales), sino presentar de manera clara y concisa todos los factores influyentes para que el común de los ciudadanos tenga una razonada comprensión y pueda tomar finalmente una decisión política para su posible ejecución. Aquí estriba la diferencia entre simplemente administrar y el hecho de tomar decisiones políticas; si los mismo administradores tienen además la capacidad de ejecutar, se colocan los cimientos para que finalmente exista un Estado (donde una élite acaba usurpando la potestad de los ciudadanos para tomar decisiones). En la propuesta de Bookchin, que hay que considerar una seria alternativa anarquista, existiría una ciudad nueva donde hacer política sería el privilegio exclusivo de las asambleas municipales de ciudadanos libres eligiendo en democracia directa. Por supuesto, en este tipo de contexto social y político seguirían existiendo los conflictos, pero se aseguraría un mayor control por parte del ciudadano gracias al consejo confederal formado por delegados de las asambleas locales y existiría además una mayor pluralidad, aunque se den proyectos que no sean aprobados finalmente por el conjunto.

viernes, 27 de mayo de 2011

La descentralización institucional

Lo deseable es que las personas recuperen el ámbito político de lo local (podemos llamarlo municipalidad, en consonancia con el pensamiento de Murray Bookchin, ya que la terminologíaa es menos importante que los hechos). Tal y como se está viendo en estos días, en el llamado movimiento 15-M, se forman asambleas y el poder pasa a los ciudadanos, lo que requiere un esfuerzo consciente por parte de cada persona. Los anarquistas, como movimiento social, pueden ser los que más experiencia tengan en este sentido, por lo que pueden ayudar a formar y a movilizar a los ciudadanos y a establecer las asambleas. Aunque, en gran medida, pueda haber mucho de espontaneidad en el movimiento, solo la organización libertaria establecerá bases sólidas para la transformación social. Resulta esencial que se creen también grupos de estudio, que debatan y busquen respuestas ante todas las necesidades locales. Solo a través de la autoeducación, tratando de vencer todos los obstáculos que se puedan presentar, puede luego ayudarse a los demás y propiciar que se eduquen a sí mismos. Todo ello contribuirá a hacer avanzar un movimiento libertario desde lo local, sin que existan tendencias centralistas y autoritarias. En cualquier caso, es imprescindible el florecimiento cultural, tal y como propicia el anarquismo, solo posible donde se dé la máxima libertad con la máxima igualdad.

Insistir en el esfuerzo consciente y en la educación social es algo importante, con toda la dificultad que ello conlleva en nuestra sociedad, tan dada al aislamiento y a la enajenación. Bookchin apostaba por la creación de una fuerza identificable dentro de la comunidad, la cual debería darse un nombre previo, claro y reconocible, para desarrollar una inconfundible identidad política. Es esta fuerza, o movimiento, la que puede ayudar a la educación pública, captando los temas que sean de mayor interés. La implicación en lo local supone poner en marcha análisis, estudios, medios, expresiones artísticas..., todo aquello que ayude al conocimiento de un determinado tema y lo ponga al alcance general. Pueden publicarse y distribuirse todos las expresiones a través de los lugares más frecuentados. A modo de la antigua tradición del ágora, pueden hacerse lecturas, conferencias y debates en espacios públicos o en cierto centros, todo ello propiciando la continua educación sobre los más variados temas, incluyendo la formación política. Aunque en la sociedad capitalista pueda haber rasgos cooperativos, que fortalecen la solidaridad en comunidad, solo la creación de asambleas de ciudadanos y el florecimiento de una nueva vida cultural y política puede crear una sociedad libertaria, junto a las instituciones que la dan sentido, de forma permanente. Verdaderamente, se necesita una gran preparación, ética y política, junto a una voluntad y una paciencia férreas, para explicar a los demás lo importante de la sociedad libertaria.

Un problema que planteaba Bookchin, que no se produce en pueblos y ciudades, era el de los suburbios. Los grupos que se hallen en un área suburbana pueden desplazarse durante largo tiempo sin que den con un espacio público, pisando solo propiedad privada y apenas relacionándose con otros seres humanos. El anarquismo se basa en la existencia de la comunidad, por lo que tiene más sentido en aquellos lugares donde la gente se encuentra con los demás con cierta frecuencia. En los suburbios, el sentimiento comunitario es más débil que en pueblos y ciudades, aunque también existen intereses comunes sobre educación, medio ambiente, transporte o economía local. El ser humano necesita vivir en sociedad para poder desarrollarse, no creo que haya nadie que lo dude a estas alturas (incluso aquellos críticos con la vida en sociedad, tienen que pensar que son igualmente determinados por ella, aunque sea por su propia y deseado aislamiento), por lo que las necesidades prácticas de nuestras existencia, individual y social, hacen que sea necesario que nos entendamos con los demás. No de forma casual, sino de una forma deliberada y consciente, ya que solo ello puede tender a la liberación. Para ello, sea donde sea el contexto urbano en el que vivamos, hay que buscar espacios públicos donde se delibere y se conduzca adecuadamente las reuniones.

En el caso de las grandes ciudades, con la concentración a veces de millones de personas, se presentan otro tipo de problemas. Tantas veces, las personas somos extrañas unas a otras, a pesar de vivir en el mismo vecindario. Esta densidad de población parece excesiva para la creación de asambleas populares, ya en la Antigua Grecia se consideraba que la polis debía ser lo suficientemente pequeña para que los ciudadanos se conocieran entre sí. En estas ciudades enormes, se produce el mismo poder político que en un Estado, por lo que la democracia directa plantea verdaderas dificultades. No obstante, tal como dice Bookchin, la administración del municipio tiene diferencias con la del Estado-nación, ya que la implicación del ciudadano es más accesible y los centros vecinales no son tan difíciles de crear. Las juntas escolares y la reuniones de distrito permiten a los ciudadanos de un mismo vecindario reunirse y hablar de problemas comunes. Es posible que una descentralización física fuera complicado, y extendida en el tiempo, pero una descentralización institucional puede iniciarse en cualquier momento, como podemos ver en la inminente intención de extender el movimiento 15-M a los barrios con la creación de asambleas populares. Los rasgos libertarios se encuentran en esta creación de asambleas populares por barrios, y también en su posterior confederación, que puede tratar de coordinar cuestiones como el transporte, la sanidad y otros servicios. Es un inicio de descentralización institucional, a nivel de barrios, que puede conducir a transformaciones generales también en aspectos logísticos y estructurales.

Siendo, como somos, los anarquistas siempre críticos con eso llamado "identidad colectiva", creyendo siempre en una liberación individual íntimamente ligada a la cuestión social, hay que aceptar las diferentes culturas y sensibilidades que albergan las grandes ciudades. Una descentralización institucional, que asegure la potestad de los ciudadanos para gestionar los asuntos que les atañen, donde los anarquistas posibiliten que se asegure la pluralidad, la dignidad y el respeto, solo conseguible gracias a la máxima libertad junto a la máxima igualdad, y donde se produzcan un ilimitado florecimiento cultural y político, es un camino en el que la utopía puede ir haciéndose realidad y alejándose cada vez un poco más hacia adelante.

sábado, 21 de mayo de 2011

Abstención y toma de decisiones

 Hoy, la llamada jornada de reflexión en la, llamada, democracia española, reflexionamos que queremos una sociedad mejor. El ambiente en la Puerta del Sol de Madrid es magnífico, por mucho que quieran reducir los actos de protesta a un vulgar acto de campaña, con las prohibiciones de rigor de los órganos correspondientes, las personas están diciendo basta ante la situación política y económica del país. Lo que ya llaman algunos "revolución española", haciendo un paralelismo con lo vivido en Túnez y Egipto a principios de año, puede ser al menos un magnífico revulsivo para sacar a la gente de la apatía y el conformismo, y para generar un nueva conciencia de clase. Parece ser que se esta difundiendo una papeleta para el voto nulo en la jornada electoral de mañana, día 22 de mayo, el cual se quiera hacer pasar por una especie de abstención consciente, a diferencia del voto en blanco que acaba computando en los porcentajes de reparto de escaños. Bien, la postura ácrata de toda la vida es la abstención consciente (la de verdad, que es la de no participar en el sistema), ya que obviamente se apuesta por una crítica radical al sistema representativo. Naturalmente, que cada persona haga lo que le venga en gana, pero sí hay que decir que esta crítica al sistema solo es un pequeño punto de partida para la transformación social (y política), por lo que si la cosa se queda en una llamada de la atención a la clase política, poco vamos a adelantar. Parte de las protestas, parece ser solo un deseo de una mayor pluralidad de partidos en el juego democrático, olvidando que el poder político y el económico resultan indisociables (¡ah, las alternativos económicas, siempre tan necesarias, y habitualmente tan ausentes!), que los programas de los partidos, por muy atractivos que se presenten, deben adaptarse a unas reglas del juego inamovibles.

A propósito de la polisemia de la palabra "revolución", sí existe un paralelismo con lo vivido en ciertos países árabes, y es el deseo de las personas de una vida mejor. Y no se trata del mezquino "sálvese el que pueda" que propone el liberalismo, los cambios son para el conjunto de la sociedad. Nada está escrito, no existe una concepción determinista (y falaz) del progreso que obligue a tantos seres humanos a pemanecer en la indigencia. Existen experiencias históricas, y ahora se están produciendo otras nuevas, en las que el pueblo toma la iniciativa, se organiza y construye alternativas a los múltiples problemas presentes en la sociedad. Se demuestra factible la toma de decisiones de manera asamblearia, de manera que se canalicen las diversas aspiraciones y reivindicaciones, y se supere así un individualismo insolidario. Se trata de reivindicar la individualidad (frente a un individualismo disociado del conjunto de la sociedad) y la pluralidad, de encontrar un nexo social en la solidaridad, y de construir el socialismo libertario (la riqueza va dirigida a todos los miembros de la sociedad, se apuesta por la máxima libertad y la máxima igualdad, recogiendo la tradición de lo mejor de las teorías políticas). Ayer, en la Puerta del Sol pude leer una pancarta que pedía la superación de las diferencias ideológicas en aras de la unión. Bien, está claro que serán muchas las sensibilidades presentes en estas protestas, aunque la aspiración común es la de construir otra realidad (esa palabra de etimología tan odiosa), por lo que los libertarios pueden trabajar por lo que consideramos los mejores valores humanos (siempre habrán personas que se negarán a ser solidarias o a cooperar, pero es éste un valor al que tenemos que dar peso en toda organización social, frente a la atomización y la competitividad), y tratar de convencer sin coacción alguna.

La campaña electoral y el sistema representativo han perdido protagonismo gracias a este movimiento social que adopta el nombre de "democracia real", a su capacidad para organizarse sin injerencias externas, crear órganos asamblearios, dar voz a todo el mundo, tomar decisiones... El sistema políticio y mediático está perplejo, la simple apariencia de libertad y pluralidad que preconizan se muestra incapaz de asimilar la construcción de otra realidad. Naturalmente, no podemos ser ilusos, sabemos que muy posiblemente la situación sea finalmente mediatizada, que se reduzcan las exigencias más radicales y que la cosa quede en una simple crítica al bipartidismo y al sistema financiero, sin moverse apenas los cimientos del Estado y el capital (ni de los actores que les hacen el juego, sean de "izquierdas" o de derechas). No nos equivoquemos, esta situación no le hace el juego a la derecha; la derecha, en mayor o en menor grado, lleva toda la vida instalada en el poder. El daño social y sicológico, a mi modo de ver en constante aumento, que se produce en las sociedades contemporáneas solo pasa por una cambio radical a todos los niveles, por una progresiva descentralización de la política y de la economía, por una acción directa que tome el lugar de la democracia representativa. Eso es lo que se está viviendo estos días en tantos lugares de España. No nos olvidemos mañana, un día más, de abstenernos de participar en lo que consideramos injusto y de seguir tomando las riendas de nuestras vidas.

jueves, 5 de mayo de 2011

La aparición del ámbito político

Vamos a tratar de realizar una distinción histórica, atendiendo a ciertos pensadores, sobre la distinción entre el ámbito político y otras esferas de la intervención humana. Murray Bookchin, sin dudarlo, establece tres ámbitos: el político, el social y el Estado. En la Antigua Grecia, Aristóteles solo reconocía una dualidad: la esfera social y la política. Muchos pensadores han continuado pensando como el estagirita, como es el caso de Hannah Arendt, aunque esta autora parece ser que lo que llamaba ámbito político es lo que ahora podemos considerar el Estado (una confusión, por otra parte, habitual).

El ámbito social podemos considerarlo el ámbito privado, y no podemos confundirlo con la sociedad en su conjunto. La esfera privada es la más antigua de los tres ámbitos mencionados por Bookchin, de tal forma que en la prehistoria, en forma de grupos y tribus, las comunidades humanas se estructuraban alrededor de él. Al no existir el Estado, lo que podemos llamar vida grupal coexistía en las primeras sociedades con el ámbito social. Todas aquellas comunidades se mantenían cohesionadas y organizadas por el parentesco, pero también por otros factores que se consideraban hechos biológicos inalterables (como los roles atribuidos al sexo o la cuestión de la edad). Es posible que tardara en aparecer la diferencia de clases y la dominación en la misma sociedad, dándose tal vez una solidaridad gracias a esos factores de cohesión, aunque lo que parece seguro es que la aparición del chovinismo y el racismo (hostilidad hacia otras tribus, al considerarlos una amenaza, y consideración de una taxonomía diferente hacia sus miembros) fue algo consustancial al nacimiento de las primeras sociedades. Ello no implica que no existieran también muestras de benevolencia hacia los extranjeros, aunque hay que tener en cuenta siempre los factores supersticiosos que empujaban a considerarlos algo peligroso.

Las sociedades tribales eran nómadas, cazaban y recolectaban, y en algunas ocasiones recurrían a formas básicas de horticultura. Con el neolítico, se da un cambio de paradigma económico, la agricultura y cría de animales conducen a que las tribus se establezcan en aldeas estables. Con ello, llegó el hecho del almacenamiento de víveres, con lo que algunos miembros se convirtieron en los distribuidores y, consecuentemente, en poseedores de bienes y riqueza. Se dio lugar así a la división de clases, lo que acentuó la jerarquización ya existente (se dio la supremacía al género masculino, creándose la cultura del patriarcado). El concepto del chamán dejo paso a lo que se pueden considerar ya sacerdotes, fortaleciéndose también la institución religiosa con sus demandas ya claramente materiales. Sin embargo, tal vez la consecuencia más importante en este cambio de paradigma económico es el nacimiento de las ciudades: grandes asentamientos permanentes sin producción propia, dependiendo del grano importado del campo. Los componentes de estas ciudades tenían su vida estructurada, no ya alrededor del parentesco, sino por la proximidad de residencia y por los intereses compartidos. Poco a poco, la ciudad se convirtió en una forma de vida en la que el principio de organización social no eran ya los lazos de parentesco; la gente no se consideraba ya miembro de una tribu, sino que se veía a través del prisma de un estatus social o de la pertenencia de bienes,  o de una determinada residencia o profesión. Aunque seguirían existiendo prejuicios étnicos, la nueva situación produjo que se diluyeran en cierta medida, un nuevo orden social transformó a la gente de una condición tribal en componentes de grupos heterogéneos y potencialmente cosmopolitas. Era el germen de lo que podemos llamar la universalidad humana.

Insistiremos en que estas ciudades, por muy heterogéneas que fueran, no eran paraísos de igualdad. Existían jerarquías militares y religiosas, así como división de clases y de género. Las élites que gobernaban dominaban a los ciudadanos comunes, los cuales trabajaban para proporcionar bienes o se convertían en soldados forzosos para brutales periodos de guerra. Por otra parte, la ignorancia sobre los fenómenos naturales hizo más poderosa a la clase sacerdotal. Incluso, estas primeras ciudades se podían ver como vastos templos. Sin embargo, y a pesar de todas estas tiranías, podemos considerar que la revolución urbana abrió la posibilidad de que pudieran existir también comunidades libres e igualitarias. El hecho de que las personas tuvieran conciencia de una humanidad universal, también dio lugar a la posibilidad de una organización ética y racional. Es por eso que la aparición de la ciudad inauguro el desarrollo de lo que podemos llamar "ámbito político". Esta esfera se caracteriza por la existencia en una misma ciudad de intereses compartidos y de espacios públicos mantenidos en común por comunidades interétnicas. El ámbito social queda físicamente delimitado por las paredes del hogar,  más allá está el ámbito público (calles, plazas y lugares de reunión). En ese espacio público, los ciudadanos podían comerciar, encontrarse, relacionarse, influenciarse mutuamente, intercambiar noticias y hablar de asuntos comunes. Eran espacios que, potencialmente, podían ser usados para fines cívicos y actividades políticas. Es la polis griega, a pesar de las desigualdades ya mencionadas, la que define y concreta el ámbito político como el campo de la autogestión por democracia directa: la libertad positiva de una comunidad como conjunto, con la cual las libertades individuales están estrechamente entretejidas. Ahí se puede situar la tradición de democracia directa, que es ahogada por los grandes imperios que llegan después, pero que reaparece a lo largo de la historia (como es el caso de algunas comunas medievales). En pleno feudalismo autoritario, algunos ciudadanos reclamaban un espacio para autogestionar sus asuntos sin élites gobernantes.

La aparición del ámbito político abre la posibilidad de una comunidad libre y autogestionada, pero las élites políticas siguen ejerciendo su autoridad sobre la vida política (apelando incluso a derechos tribales ancestrales supuestamente superados). Por otra parte, los ejemplos históricos de lo que podemos llamar "democracias directas" conservan numerosos rasgos oligárquicos, xenófobos y discriminatorios de diversa índole. Sin embargo, todos esos defectos son contextualizables, propios de un determinado momento en la totalidad de una época. Era seguramente muy complicado que no se diera la esclavitud en la Antigua Grecia, al igual que en otras sociedades del momento, pero sí se mostraron superiores a las monarquías represivas de esas regiones y generaron el concepto del ámbito político. El Estado, al igual que los ámbitos social y político, también tiene un desarrollo histórico del que nos ocuparemos en otro textos.