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miércoles, 28 de abril de 2021

Las propuestas económicas del anarquismo clásico: el mutualismo

Uno de los pilares del anarquismo de Proudhon se asienta en el mutualismo, basado en sus experiencias directas con la clase trabajadora con el objetivo de adelantar un futuro de bienestar y justicia social; puede considerarse como la primera escuela económica anarquista, y así se reflejará en los seguidores de Proudhon en la Primera Internacional; según esta teoría, el Estado será sustituido por la organización de individuos según acuerdos voluntarios sobre una base de igualdad y reciprocidad.

Un factor primordial en el mutualismo es la solidaridad, algo que le separa del individualismo meramente egoísta, que busca la satisfacción personal; el federalismo, de aspiraciones universales, es otro de los pilares sobre los que se asienta el pensamiento proudhoniano. Según el mutualismo, la sociedad sería un sistema de equilibrio entre fuerzas libres, garantizado por la obtención de derechos y el cumplimiento de deberes (servicio por servicio, producto por producto, préstamo por préstamo…); el socialismo de Proudhon, en lugar de basarse en la unidad y en la síntesis (algo que él identificaba con el centralismo comunista), lo hace en una pluralidad basada en el equilibrio, la cooperación, el intercambio y la independencia de las partes.
 

martes, 2 de junio de 2009

El mutualismo de Proudhon

A propósito de la entrada anterior, sobre la paupérrima y distorsionada definición de anarquismo en Wikipedia, con el encuadre que se hace del mutualismo en un supuesto "anarquismo de mercado", apetece revisar el pensamiento económico de Proudhon. Puedo asegurar, casi sin temor, que la primera escuela anarquista fue mutalista y así se consideraban los proudhonianos de la I Internacional. Habitualmente, se suele hablar de tres grandes tendencias en el anarquismo moderno, la mutualista, la colectivista y la comunista. Del mismo modo, con la confianza en el progreso que han tenido los anarquistas, así como en la negación de todo posible estancamiento de las ideas, se ha visto siempre una superación de la concepción mutualista en la colectivista de Bakunin y, de ésta, en el comunismo libertario de Kropotkin. La confianza que tenía Bakunin, para asegurar la libertad y la motivación personal, de un tipo de retribución ("a cada cual según su esfuerzo") se quiso ver como una visión aún demasiado egoísta y tendría que venir Kropotkin, y su idea muy optimista de una economía comunista de la abundancia, para abrazar el "cada uno según su capacidad, a cada uno según su esfuerzo". Del mismo modo, el mutualismo proudhoniano se quiso ver rebasado por la consolidación de la Revolución Industrial, la definitiva desaparición del taller, el progresivo aumento de poder de las multinacionales, la propia evolución científica y técnica, y mucho otros factores que no existían en la época del pensador francés. No obstante, con la idea de progreso tan cuestionada en la posmodernidad (con bastante razón, en gran medida), con la propia idea anarquista de evolución a la que habría que situar sin dogmatismo en su justa medida y el aprendizaje que siempre puede tener la historia y sociedades del pasado (lo cual no es, de ninguna manera, ningún retorno idílico), puede que sea interesante buscar alternativa al capitalismo en lugares que no tienen que verse necesariamente como superados. El pensamiento de Proudhon reposaba en conceptos plenamente reivindicables: su planteamiento económico en la solidaridad y en la equidad, y su federalismo en una visión plural y universalista. Su idea mutualista, como la de toda corriente verdaderamente anarquista, se basaba en que el Estado debía verse substituido por un organización de individuos libres y libremente asociados, que concluirían entre ellos acuerdos voluntarios sobre una base de igualdad y reciprocidad. No todo mutualismo es estrictamente anarquista, pero no puede negarse su importancia en el desarrollo de las ideas anarquistas y se manifiesta de algún modo en la mayor parte de las propuestas libertarias. El sistema de Proudhon se proponía que el hombre no se subordinara al Estado, pero tampoco a la sociedad, y apostaba por un equilibrio de fuerzas libres con iguales derechos y obligaciones en el intercambio de servicios y productos, de ahí que tantas veces trate de etiquetarse al francés como liberal sin mencionarse que siempre quiso acabar con las clases y los privilegios. La idea del mutualismo, básandose en la pluralidad, debería garantizar la unidad social organizándose de abajo arriba. La mutualidad debe ser garante de la división de las propiedades, la participación de la tierra, independencia del trabajo, separación de industrias, especialidad de funciones, responsabilidad individual y colectiva, según se trabaje individualmente o en grupo, de la reducción en lo posible de los gastos generales, y de la eliminación del parasitismo y de la miseria; la aversión de Proudhon al comunismo, en cambio, le hacía verlo como jerarquía, indivisión, centralización, subordinación de voluntades, pérdida de fuerzas, burocracia, falta de productividad, aumento de los gastos y, por lo tanto, aumento del parasitismo y de la miseria. Frente a la unidad comunista tomada como dogma, pluralidad y autonomía de las diversas agrupaciones; su mutualismo puede decirse que es una búsqueda de equilibrio, concepto tan presente en todo su pensamientno, y una negación de una síntesis superadora que puede conducir a la dominación política o económica. El socialismo de Proudhon no se basa en la uniformización social, sino en una búsqueda de la unidad en la diversidad respetando la independencia en la cooperación de individualidades o grupos productores, y el único garante es el mutualismo. Por concretar algunas de las visiones prácticas de Proudhon, hay que decir que deseaba que los beneficios del capital, la plusvalía, fuera aminorada progresivamente en beneficio del precio real del trabajo. Era una visión reformista a la que habría que contextualizar en el tiempo y en la circunstancias vividos por el francés, pero a las que no habría que desdeñar fácilmente en favor de una revolución, colectivista o comunista o como se quiera denominar, utilizada tal vez como subterfugio, y como obstáculo incluso para realizar cosas, en tiempos poco o nada heroicos para el cambio social. En esta gran empresa que es la revisión de conceptos, ya de manera práctica o meramente lingüística, yo propondría dejar de adorar a términos "miticos" como revolución, opuestos a "reformismo" o "posibilismo", y empezar a levantar proyectos que supongan un ejemplo de cómo nos gustaría que fuera la sociedad en su conjunto.

martes, 17 de marzo de 2009

La visión de Proudhon en el ideal libertario

No olvidemos que hablamos de un pensador anarquista, que el proceso dialéctico de Proudhon, llevado al terreno sociopolítico, quiso conducir a la negación del Estado, por lo que dedicaré unas breves líneas a su teoría al respecto. Para el de Besançon, las injusticias políticas y sociales serán consecuencia de la falta de equilibrio entre las fuerzas opuestas. Dos de ellas, antagónicas e irreductibles, son la autoridad y la libertad, la predominancia de cualquiera de ellas producirá el mayor de los males. El Estado, al concentrar la autoridad y subordinar la libertad, es un evidente generador de desequilibrio. La alternativa es, pues, un equilibrio organizativo producto de la puesta en práctica de intercambios y de mutuos compromisos, algo que puede llamarse justicia recíproca. Tanto el federalismo, a nivel político, como el mutualismo, en lo económico, constituyen propuestas proudhonianas que niegan la resolución de los conflictos en una instancia superior (una síntesis, un absoluto), pero garantizan una unidad social organizada de abajo arriba en la que la libertad es producto también de la asociación. Es el camino que conduce a la autogestión social, política y económica. Dentro de la asociación, también se produce una tensión entre opuestos, entre el individuo y la colectividad, sin que ninguno de ellos pueda verse anulado ni como un absoluto. Mella reconoció esta antinomia como punto de partida y parte primordial del ideal libertario, consideró el individualismo como "una fuerza disolvente y dispersa" y el socialismo o societarismo, su opuesto, como "una fuerza conglomerada y conservadora". Ante los dos extremos, la imposibilidad de la vida fuera de la sociedad y la anulación de la individualidad en el seno del grupo, la única respuesta es el pacto libre entre iguales que Mella diría que resuelve la antinomia; puede decirse, al menos, que mantiene la tensión y el equilibrio.
En este año 2009, en que se cumple el segundo centenario del nacimiento de Proudhon, es de esperar que otros aspectos de su pensamiento se recojan en diferentes reconocimientos, el objeto de las últimas entradas de este blog era tratar de indagar en su visión dialéctica. Las ideas libertarias tienen, afortunadamente, un nuevo auge y se pone el foco continuamente en sus apasionantes pensadores, tan apartados de mesianismos y de dogmatismos, y tan preocupados al mismo tiempo por cuestiones primordiales para la humanidad.

lunes, 26 de mayo de 2008

Proudhon, un pensador a reivindicar (en casi todo)

Proudhon (1809-1865) fue un hombre que se educó a sí mismo con lecturas abundantes y desordenadas. Bebió del pensamiento de Hegel, Comte y Kant, así como de los socialistas utópicos franceses, entre otros. Marx alabaría primero su obra sobre la propiedad, pero atacaría posteriormente su Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria; se considera éste el punto de partida de la larga disputa entra las tradiciones anarquista (socialismo libertario) y comunista (socialismo autoritario). Proudhon es conocido sobre todo por la frase de su primera obra: "La propiedad es el robo"; pero matizaría después que se refería a la propiedad que no deriva del trabajo propio, es decir de los medios de producción que deberían ser comunes. Resulta legítimo poseer los bienes producto del trabajo, ya que en caso contrario peligraría la independencia del trabajador. La eliminación de la autoridad, de la tutela del Estado, es la condición necesaria para la independencia. La organización comunitaria de Proudhon es el mutualismo, que substituye al orden autoritario y al individualismo caótico. Consistiría la asociación mutualista en un sistema de fuerzas libres donde hay derechos iguales, obligaciones iguales, ventajas iguales y servicios iguales, es decir donde todos ellos se compensan unas a otros libremente. Se distingue este sistema de la competencia en que no busca la ventaja del más favorecido sino una situación de ventajas mutuas. El sistema política de Proudhon es el federalismo, donde se organizan las comunidades mutualistas. Tanto en el sistema económico (mutualismo) como en el político (federalismo) no existe transferencia de derechos a representantes (como en los sistemas democráticos de tipo liberal), ya que transferir o ceder derechos equivale a perderlos. El mutualismo es el sistema donde se respetan las libertades recíprocas, donde la asociación se da libremente y los compromisos resultan rescindibles; el federalismo tiene una función más reguladora de las relaciones socioeconómicas, asegura el pluralismo y la armonía entre los diferentes grupos con los acuerdos correspondientes (una suerte de contratos bilaterales y conmutativos). Éste es el camino para la autogestión social de Proudhon. En su Sistema de las contradicciones económicas el francés trazó incluso el proceso histórico que conduce a la sociedad libre (anarquista), explicando la función que van ocupando los procesos de división de trabajo, introducción de técnicas o máquinas, sistema de competencia, sistema de monopolios, créditos, propiedad, comunidad. En el pensamiento proudhoniano se dan dos ideas fundamentales: la de una justicia universal según la cual es inadmisible el dominio de ningún hombre sobre otro ni de ninguna sociedad sobre otra (el anarquismo nace como un iusnaturalismo) y la idea de un sistema de fuerzas en permanente tensión y contradicción en búsqueda de equilibrio. En su investigación sobre el origen de las desigualdades, Proudhon consideró que las injusticias políticas y sociales eran el resultado del desequilibrio que reina entre fuerzas opuestas. Era una negación de la dialéctica hegeliana (de la búsqueda de la síntesis), Proudhon busca la armonía entre opuestos (lo que le emparenta nada menos que con Heráclito, en los orígenes presocráticos de la filosofía). La práctica espontánea de intercambios e interrrelaciones neutralizarán los efectos desproporcionadores de los elementos opuestos. Existen dos principios irreductibles que se dan en todas la relaciones humanas: la autoridad y la libertad; si predomina alguno de ellos se produce desorden, opresión y miseria. Los principios organizadores del federalismo y del mutualismo son consecuencia en Proudhon de su negativa a resolver las contradicciones en una síntesis superadora; buscan la unidad, pero de abajo hacia arriba, estableciendo un vínculo sutil y necesario que suma libertad, organiza y ordena. Especialmente controvertidas (y sorprendentes, dado lo revolucionario que resulta el conjunto de su pensamiento) son sus ideas sobre la familia y la mujer, ampliamente superadas por el anarquismo posterior. Al negar la posibilidad de eliminar ninguna fuerza social (debido a la peculiaridad de su dialéctica), Proudhon reducía al mínimo el ámbito de la jerarquía, lo que suponía mantenerla en el contexto familiar. Es de suponer que cada pensador, por muy avanzadas que sean sus ideas, es de algún modo "hijo de su tiempo" y pretendemos ser muy consciente de ello aquellos que negamos cualquier suerte de dogma y de culto a la personalidad. Hay que insistir en muchos otros aspectos del pensamiento de Proudhon, rival coetáneo de un gigante como Marx y de su rigidez ideológica, y existen muchas cosas recuperables en el anarquista francés para la renovación del pensamiento libertario. Resulta de una valía enorme su negación de la utopía al considerar que jamás se llegará a un estado perfecto; sería la muerte de la sociedad, que necesita un constante movimiento y una continua negación de toda fórmula, por lo que Proudhon valora el riesgo y la capacidad creadora infinita. La palabra clave en Proudhon es "cambio": un cambio constante, una apertura constante a nuevos desarrollos, pero siempre con la protección de la independencia y de la libertad. La antropología de Proudhon cuenta con un hombre situado en la historia, cuya naturaleza se va transformando con ella; otra herencia proudhoniana, que influirá posteriormente en Bakunin y forma parte del bagaje libertario (y de, para mí, cualquier pensamiento libre, exento del dogma religioso), es la negación de una supuesta naturaleza humana. Todo está, pues, por hacer; el hombre no es bueno o inicuo por naturaleza sino que es libre para conformar fuerzas colectivas con sus propias reglas.

sábado, 19 de abril de 2008

El contrato anarquista

El anarquismo también propone cierto contractualismo, pero como un pacto real y efectivo que niega el Estado y supone su desaparición. Proudhon afirmó que el origen de las desigualdades sociales y políticas se encuentra en el desequilibrio entre fuerzas opuestas. Sin embargo, no se trata aquí de una dialéctica hegeliana con una síntesis superadora, sino de una realidad contradictoria en lucha constante permanente en la que se debe buscar la armonía (se encuentran ecos en el filósofo presocrático Heráclito en esta visión). Existen dos principios irreductibles presentes en todas las relaciones humanas: autoridad y libertad, y ninguno debe prevalecer bajo riesgo de desorden, opresión o miseria. La preocupación de Proudhon, oponiéndose a Hobbes, será cómo puede ser el hombre más libre; la libertad será el fin y no un punto de partida ni algo innato. Se confía en la perfectabilidad del hombre, lo que supone que no existe naturaleza previa a la condición humana y se da la posibilidad de un "contrato libre" en el que los hombres establezcan sus propias reglas en la fuerza colectiva (lo social es previo a lo político). En Hobbes y en Rousseau el contrato funda lo social y lo político, y para Proudhon ese es el origen de la explotación económica y de la subordinación política (el Estado). Se niega así la instancia conciliadora y superadora de los elementos contrapuestos (el absoluto hegeliano) y se apuesta por el equilibrio, que supone una tensión sin predominancia por ninguna de las partes. La justicia no sera una síntesis, sino la armonía entre los contrarios, cuyos efectos desproporcionados son neutralizados a través de la praxis de intercambios e interrelaciones. La justicia será para Proudhon algo inmanente al hombre, basada en la reciprocidad y relación entre los individuos. Los contratos anarquistas en una sociedad libre tendrán las siguientes características: sinalagmáticos (es decir, reciprocidad y falta de unilateralidad), conmutativos (obligaciones iguales), rescindibles (falta de permanencia y ausencia de sanciones punitivas) y parciales (no pueden haber obligaciones generales no específicas). Como resultado de estos contratos, la justicia se expresará en dos planos: en lo político, a través del federalismo; y en lo económico, a través del mutualismo. Negando Proudhon cualquier síntesis superadora, mediante esos dos principios organizadores se llega a la unidad de abajo a arriba, con un vínculo ordenador (se fijan metas y objetivos) y aportando libertad. Por lo tanto, el mutualismo se basa en un contrato libre, con las obligaciones en él establecidas, donde todos tienen las mismas condiciones de cumplimiento y obtienen de él los mismos beneficios; al ser rescindible, no hay pérdida de libertad, sino al contrario, ya que los contrayentes pertenecen a una fuerza colectiva dinámica que se autorregula. El federalismo, como la otra instancia contractual, se encargará más bien de regular la relaciones socioeconómicas, asegurando el pluralismo y la armonía de la diferencias culturales, y sin que exista autoridad encargada alguna ni prevalencia entre los constituyentes. Se rechaza la norma jurídica (expresión de un Estado que legisla para sus propios intereses), pero la justicia requerirá el cumplimiento de la norma principal: el cumplimento de los contratos (donde la única norma reguladora será la fuerza de las promesas de los hombres). Hay que dejar claro que Proudhon apuesta por la historia que no ha sido escrita, por la búsqueda del equilibrio, pero rechaza de pleno la utopía (la perfección metafísica o la tierra prometida, basadas en una convivencia perfecta). La anarquía no es, tal como la entiende Proudhon, ausencia total de todo principio, sino que es donde la libertad no será "hija del orden" y sí "madre del orden". El contrato anarquista ser entiende así como un pacto ético basado en la reciprocidad (en lo que se cede y en lo que se reserva) y se da el equilibrio entre los opuestos y un orden justo.