Entre los factores de enajenación más obvios, dentro de los medios de comunicación de masas, está la televisión. La cosa es tan elemental que uno se pregunta cómo podemos dejar que un medio, que además alcanza cotas tan bajas de nivel cultural, puede ser tan importante en nuestras vidas. Recordaremos, brevemente y de modo elemental, lo que entendemos por enajenación o alienación: se trata de una pérdida de la personalidad debido a la dependencia del ser humano de fuerzas externas, de tal manera que se muestra incapaz de realizar lo que se espera mínimamente de su capacidad.
Blog integrado por reflexiones sobre el anarquismo, o mejor dicho, los anarquismos y sobre toda forma de emancipación individual y colectiva
Mostrando entradas con la etiqueta Alienación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alienación. Mostrar todas las entradas
viernes, 2 de enero de 2026
miércoles, 27 de noviembre de 2019
El arte de amar
Erich Fromm, en su influyente obra El arte de amar, considera
que el amor no es un objeto (que debe "encontrarse"), sino una facultad
(la cual debe crearse y ser desarrollada). En una sociedad moderna y
capitalista, en la que el individuo está subordinado a fuerzas externas,
el individuo suele mostrar un temor consciente a no ser amado cuando el
miedo auténtico, puede que a veces inconsciente, es a amar de forma
real.
domingo, 6 de mayo de 2018
La ausencia de sentido en la vida
En la sociedad capitalista, las relaciones personales están marcadas por el interés, por considerar al otro una mercancia. Eric Fromm analizaba que no se producen una gran cantidad de amor ni de odio, más bien las relaciones se quedan en la superficie, aunque detrás esté el distanciamiento y la indiferencia.
En las diferentes fases del capitalismo se ha producido una pérdida progresiva de los vínculos sociales del hombre, el motor de las relaciones humanos no es ya el deseo de cooperación, no hay solidaridad hacia el prójimo y sí un evidente egoísmo que busca solo el interés personal (un egoísmo que no duda en usar a otros seres humanos para sus intereses, sin ninguna lectura de desarrollo individual). Los reductos sociables que le quedan al ser humano están encarnados en el Estado, y de ahí que se nos obligue (o se sienta la obligación) de pagar impuestos, votar o respetar las leyes. Hay una rígida separación entre la sociedad y el Estado (identificado exclusivamente con el quehacer político), por lo que éste se convierte en un ídolo en el que se proyectan todos los sentimientos sociales. Fromm considera que esa idolatría hacia el Estado solo desaparecerá cuando el hombre vuelva a incorporar a sí mismo los poderes sociales y no se produzca una división entre su existancia privada y su existencia social.
En las diferentes fases del capitalismo se ha producido una pérdida progresiva de los vínculos sociales del hombre, el motor de las relaciones humanos no es ya el deseo de cooperación, no hay solidaridad hacia el prójimo y sí un evidente egoísmo que busca solo el interés personal (un egoísmo que no duda en usar a otros seres humanos para sus intereses, sin ninguna lectura de desarrollo individual). Los reductos sociables que le quedan al ser humano están encarnados en el Estado, y de ahí que se nos obligue (o se sienta la obligación) de pagar impuestos, votar o respetar las leyes. Hay una rígida separación entre la sociedad y el Estado (identificado exclusivamente con el quehacer político), por lo que éste se convierte en un ídolo en el que se proyectan todos los sentimientos sociales. Fromm considera que esa idolatría hacia el Estado solo desaparecerá cuando el hombre vuelva a incorporar a sí mismo los poderes sociales y no se produzca una división entre su existancia privada y su existencia social.
domingo, 22 de abril de 2018
La cultura de la enajenación
La enajenación se produce cuando la persona se siente respecto a sí misma como un extraño, sus actos ya no le pertenecen y las consecuencias de los mismos pasan a convertirse en dueños suyos, se subordina a ellos e incluso los idolatra; grandes pensadores contemporáneos, como Erich Fromm, consideran que se trata de uno de los efectos perniciosos del capitalismo.
Con la enajenación, puede decirse que hablamos de un proceso de cosificación, en el que la persona no se relaciona productivamente consigo misma ni con el mundo exterior. Antiguamente, las palabras "enajenación" o "alienación" se referían a la locura, a la persona desequilibrada por completo. En el siglo XIX, Marx y Engels utilizaron esas palabras, no ya como una forma de locura, sino como un estado en el que la persona actúa razonablemente en asuntos prácticos, pero constituye una desviación socialmente moldeada en la que los propios actos se han convertido en "una fuerza extraña situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él". Pero Fromm nos recuerda una acepción mucho más antigua, referida en el Antiguo Testamento con el nombre de "idolatría". La idolatría, tal y como sostiene la tradición, sería la situación en que el hombre invierte sus energías y creatividad en fabricar un ídolo, para después adorarlo y verter sus fuerzas vitales en esa "cosa". El ídolo no es ya el resultado de un esfuerzo productivo, sino algo exterior al hombre y por encima de él, al que acaba sometiéndose. La enajenación es el ídolo como representación de las fuerzas vitales del hombre.
Con la enajenación, puede decirse que hablamos de un proceso de cosificación, en el que la persona no se relaciona productivamente consigo misma ni con el mundo exterior. Antiguamente, las palabras "enajenación" o "alienación" se referían a la locura, a la persona desequilibrada por completo. En el siglo XIX, Marx y Engels utilizaron esas palabras, no ya como una forma de locura, sino como un estado en el que la persona actúa razonablemente en asuntos prácticos, pero constituye una desviación socialmente moldeada en la que los propios actos se han convertido en "una fuerza extraña situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él". Pero Fromm nos recuerda una acepción mucho más antigua, referida en el Antiguo Testamento con el nombre de "idolatría". La idolatría, tal y como sostiene la tradición, sería la situación en que el hombre invierte sus energías y creatividad en fabricar un ídolo, para después adorarlo y verter sus fuerzas vitales en esa "cosa". El ídolo no es ya el resultado de un esfuerzo productivo, sino algo exterior al hombre y por encima de él, al que acaba sometiéndose. La enajenación es el ídolo como representación de las fuerzas vitales del hombre.
jueves, 22 de octubre de 2015
Las posibilidades de la liberación
Herbert Marcuse (1898-1979), al que ya hemos mencionado como perteneciente a la primera generación de la Escuela de Fráncfort, fue un autor con un temprano interés por el socialismo y, por ello, conducido a profundizar en el marxismo. No obstante, y como también se ha dicho, no es posible unificar el pensamiento de todos los francfortianos y Marcuse elaboró su propia y original teoría crítica.
A partir del 1967, y especialmente después de los hechos de Mayo del 68, colocaron el nombre de Marcuse en primer plano y en los años siguientes abundaron los estudios sobre su obra y los debates en torno a ella. Uno de los aspecto a destacar del pensamiento de Marcuse es el vínculo que estableció entre Marx y Freud; los elementos que podían faltar en Marx de psicología social quiso encontrarlos en Freud. El objetivo es la liberación de las represiones de cualquier tipo, ya que la represión sexual es concomitante con la social; el dominio social, algo que no supo ver Freud, supone una serie de represiones suplementarias a tener en cuenta en la sociedad burguesa.
A partir del 1967, y especialmente después de los hechos de Mayo del 68, colocaron el nombre de Marcuse en primer plano y en los años siguientes abundaron los estudios sobre su obra y los debates en torno a ella. Uno de los aspecto a destacar del pensamiento de Marcuse es el vínculo que estableció entre Marx y Freud; los elementos que podían faltar en Marx de psicología social quiso encontrarlos en Freud. El objetivo es la liberación de las represiones de cualquier tipo, ya que la represión sexual es concomitante con la social; el dominio social, algo que no supo ver Freud, supone una serie de represiones suplementarias a tener en cuenta en la sociedad burguesa.
domingo, 15 de julio de 2012
domingo, 15 de abril de 2012
Factores de enajenación y control social
No creo que haya muchas personas que puedan discutir, a poco que reflexionen un poquito, que son muchos los que trabajan en el mundo para provecho solo de unos pocos. Es el sistema económico en que nos encontramos, el cual parece encontrar su base más sólida en el conformismo, la resignación o incluso la aprobación de gran parte de las personas. Podemos hablar también de enajenación, concepto que creo que se ha agravado y sofisticado con el paso de las décadas y el desarrollo de la tecnología y la información, o lo que es lo mismo, nos encontramos frente a un mundo ilusorio ajeno a nosotros (a nuestra condición social y humana). Puede que muchos discutan esto, y cuestionen qué es eso de nuestra condición o incluso consideren que es más bien la misma la que nos ha llevado a la situación actual. Frente a esto, que en mi opinión es producto de no desear reflexionar y profundizar demasiado en ninguna cuestión (algo que nos caracteriza en la sociedad actual), hay que volver a recordar que el mundo continúa estando ferozmente jerarquizado y siendo terriblemente injusto y desigualitario: una minoría es la que toma las decisiones y la que se aprovecha económicamente a costa de la mayoría. Los medios de comunicación se ocupan apenas de los síntomas de un sistema enfermo, cada vez más a modo de espectáculo que contemplar a través de un velo irreal, confirmando por lo demás el mundo en que vivimos. Muchos pensadores materialistas del pasado, con tanta razón en considerar las relaciones productivas tan importantes, serían incapaces de concebir el grado de sofisticación que tendría un sistema económico, basado en la explotación masiva, estrechamente vinculado a una tecnología y otros mecanismos sociales alienantes. Entre esos fenómenos de masas, se encuentra el deporte y, más concretamente en ciertas sociedades "desarrolladas", el fútbol. Es tal vez una de los ejemplos mejores del mundo en que vivimos: las personas sustentando a las empresas económicas más poderosas (los clubes de fútbol) con toda suerte de acciones y con todo tipo de excusas "patrióticas", que a su vez sirven muy bien como respiro o alivio ante la aflicción de los males personales y como apaciguamiento ante una posible rebelión social. No se trata de culpabilizar, ni de ofender sin más, porque además la enajenación es algo de lo que todos participamos, se trata de profundizar y dilucidar por qué pensamos y actuamos de cierta manera, y hacerlo es liberarnos un poquito; me parece eso lo más importante, todos tenemos esas capacidades para una conducta racional, por lo que no hay tratar a unas personas diferentes de otras cual si fueren un rebaño.

El fútbol es, al menos desde un punto de vista materialista (no hace falta recordar que le doy un sentido filosófico, y no vulgar, a esta palabra), algo parecido a la religión. Se trata de una especie de alivio, como dijo el clásico acerca de la religión "el alivio de los que sufren", pero en ambos casos aludiendo a un alivio enajenante. Por supuesto, al menos en esta sociedad actual, esa enajenación tiene un lado útil, aunque sigue siendo el síntoma de una patología; lo importante es que se comprenda que si subsanamos los males del mundo, estrechamente vinculados a los males sicológicos individuales, el fenómeno de la enajenación irá disminuyendo y nuestra conciencia, moral e ideas serán muy diferentes. No es así en la concepción del progreso actual, con más problemas que soluciones. Los viejos despotismos no tienen, apenas, cabida hoy en día, pero a costa de un concepto de la libertad falso, de mera apariencia para decidir: en tener cualquier fe irracional, en ser un consumidor acrítico, en sentarse frente al televisor, en ir a despotricar a un estadio deportivo... Hay muchas más cosas en la vida de un individuo, algunas de ellas seguramente adoptarán formas menos alienantes, pero todas esas decisiones aparentemente libres antes mencionadas son producto, o están muy vinculadas, al mundo socioeconómico en el que vivimos. No desdeño otros factores en la vida social, pero sí creo que la enajenación es una de las características más evidentes de la realidad actual de las sociedades "avanzadas" y tiene una base esencialmente material. Las ideas pueden ser encomiables, transgresoras respecto a situaciones irracionales, pueden contribuir a hacernos mejores, pero también suelen ser abstractas y alienantes; es éste último caso el que más prolifera y que adopta tal vez su expresión más vulgar y sintetizadora en el fútbol (los mecanismos enajenantes de la religión y el patriotismo).
Se me dirá que la visión es tremendista, que incluso esos fenómenos son positivos y sirven de cohesión social, además de canalizar un papanatismo que podría adoptar peligrosos dogmas religiosos o políticos; en mi opinión, aunque algo de real puede tener ese análisis, sigue siendo una consecuencia del problema, no la solución, por lo que es una visión meramente superficial cautivada por símbolos y colores que pueden ser calificados de infantiles. Las energías de las masas, dirigidas a los grandes eventos deportivos (o de otra índole), podrían muy bien ser dirigidas a acabar con la pobreza, la guerra, la explotación y todos los males del mundo, pero para ello es importante analizar y profundizar, no seguir mirando hacia delante de forma ilusoria y acrítica. Somos un animal social, eso es ya indudable, desgraciadamente con cierta tendencia al gregarismo y al papanatismo; también seguramente, muy frágil, producto de esa dualidad de tener las capacidades de transformar nuestra realidad y, al mismo tiempo, estar muy condicionados por ella. Sin embargo, hablar de determinismo biológico o hablar de una naturaleza o esencia humana es claramente reducir las potencialidades; tenemos grandes capacidades intelectuales que, precisamente, pueden conducirnos a una mayor satisfacción y disfrute en la vida. Para ello, habría que empezar por cuestionar un mundo de apariencias, indagar en los problemas y no caer en las falsas soluciones; no se trata de hacer tabla rasa de uno mismo, ya que somos producto de muchas experiencias y resulta francamente difícil (e incluso, diría, está bien que así sea), pero sí es necesario para empezar un espíritu crítico. Es la base para desarrollar una conciencia, histórica, social y política, algo que es impensable en la sociedad actual de la enajenación.

El fútbol es, al menos desde un punto de vista materialista (no hace falta recordar que le doy un sentido filosófico, y no vulgar, a esta palabra), algo parecido a la religión. Se trata de una especie de alivio, como dijo el clásico acerca de la religión "el alivio de los que sufren", pero en ambos casos aludiendo a un alivio enajenante. Por supuesto, al menos en esta sociedad actual, esa enajenación tiene un lado útil, aunque sigue siendo el síntoma de una patología; lo importante es que se comprenda que si subsanamos los males del mundo, estrechamente vinculados a los males sicológicos individuales, el fenómeno de la enajenación irá disminuyendo y nuestra conciencia, moral e ideas serán muy diferentes. No es así en la concepción del progreso actual, con más problemas que soluciones. Los viejos despotismos no tienen, apenas, cabida hoy en día, pero a costa de un concepto de la libertad falso, de mera apariencia para decidir: en tener cualquier fe irracional, en ser un consumidor acrítico, en sentarse frente al televisor, en ir a despotricar a un estadio deportivo... Hay muchas más cosas en la vida de un individuo, algunas de ellas seguramente adoptarán formas menos alienantes, pero todas esas decisiones aparentemente libres antes mencionadas son producto, o están muy vinculadas, al mundo socioeconómico en el que vivimos. No desdeño otros factores en la vida social, pero sí creo que la enajenación es una de las características más evidentes de la realidad actual de las sociedades "avanzadas" y tiene una base esencialmente material. Las ideas pueden ser encomiables, transgresoras respecto a situaciones irracionales, pueden contribuir a hacernos mejores, pero también suelen ser abstractas y alienantes; es éste último caso el que más prolifera y que adopta tal vez su expresión más vulgar y sintetizadora en el fútbol (los mecanismos enajenantes de la religión y el patriotismo).
Se me dirá que la visión es tremendista, que incluso esos fenómenos son positivos y sirven de cohesión social, además de canalizar un papanatismo que podría adoptar peligrosos dogmas religiosos o políticos; en mi opinión, aunque algo de real puede tener ese análisis, sigue siendo una consecuencia del problema, no la solución, por lo que es una visión meramente superficial cautivada por símbolos y colores que pueden ser calificados de infantiles. Las energías de las masas, dirigidas a los grandes eventos deportivos (o de otra índole), podrían muy bien ser dirigidas a acabar con la pobreza, la guerra, la explotación y todos los males del mundo, pero para ello es importante analizar y profundizar, no seguir mirando hacia delante de forma ilusoria y acrítica. Somos un animal social, eso es ya indudable, desgraciadamente con cierta tendencia al gregarismo y al papanatismo; también seguramente, muy frágil, producto de esa dualidad de tener las capacidades de transformar nuestra realidad y, al mismo tiempo, estar muy condicionados por ella. Sin embargo, hablar de determinismo biológico o hablar de una naturaleza o esencia humana es claramente reducir las potencialidades; tenemos grandes capacidades intelectuales que, precisamente, pueden conducirnos a una mayor satisfacción y disfrute en la vida. Para ello, habría que empezar por cuestionar un mundo de apariencias, indagar en los problemas y no caer en las falsas soluciones; no se trata de hacer tabla rasa de uno mismo, ya que somos producto de muchas experiencias y resulta francamente difícil (e incluso, diría, está bien que así sea), pero sí es necesario para empezar un espíritu crítico. Es la base para desarrollar una conciencia, histórica, social y política, algo que es impensable en la sociedad actual de la enajenación.
martes, 14 de febrero de 2012
Órtega y el hombre masa
No pocas veces se escucha etiquetar a Órtega y Gasset de poco menos que "facha" o a su concepto de "masa" (siendo más concreto, de "hombre masa") señalarlo como muy peyorativo al dirigirse (supuestamente) al vulgo o pueblo. Uno de los grandes males de esta supuesta sociedad de la información (o del espectáculo) que padecemos son los lugares comunes con los que creemos formarnos una opinión. Esto es lo que siento, desde mi ignorancia, en numerosas situaciones en las que todos participamos de ese despropósito, en mayor o en menor medida. Es importante conocer y empaparse bien de un asunto, contrastar información y ser crítico, con el fin de profundizar, para formarse una opinión sólida. Como en este caso hablamos del que es uno de los grandes filósofos de este país, he querido escribir unas palabra sobre su pensamiento. No se trata de aceptarlo acríticamente, cosa que no hay que realizar nunca, sino de complementarlo con lo visión y los valores de uno mismo, los cuales se enriquecen a la vez con un mayor horizonte cognitivo y moral. Por lo tanto, dejemos a un lado cualquier prejuicio sobre la vida del filósofo que nos ocupa, ya fuera conservador o con la actitud vital que sea (y su actividad es cierto que la desarrolló en parte en un ámbito elitista). Hace poco hablaba de Sartre, otro gigante del pensamiento, cuya actitud resulta inadmisible en tantas ocasiones (en este caso, siendo supuestamente progresista), pero lo cual no invalida su obra en conjunto.
Parece que se distingue varias etapas en el pensamiento orteguiano, de las cuales vamos a referirnos a las dos más importantes. En la primera, de 1910 a 1923, se ha definido como perspectivista, según la cual la sustancia última del mundo es una perspectiva. Órtega se opone, tanto al idealismo, ya que considera que el sujeto no es el eje en torno al cual gira la realidad, como al realismo, ya que tampoco es un mero trozo de esa realidad. Puede decirse que el sujeto es una pantalla que selecciona las impresiones de lo dado; es una realidad concreta, y no abstracta, una vida en el sentido más amplio del concepto. Los valores culturales serían una consecuencia de esa vida, incluso puede hablarse de que son propiamente funciones vitales, como también lo es la razón. El desarrollo del llamado perspectivismo lleva a Órtega a un nuevo periodo, a partir de 1923, que se ha llamado raciovitalismo, al que pertenece la famosa frase (aunque sea anterior, de 1914): "Yo soy: yo y mi circunstancia". El pensamiento de este autor va a girar en torno al concepto de razón vital, opuesta tanto a la abstracción del racionalismo como a cualquier posición pragmatista; si se quiere denominar vitalista al conocimiento, aunque sea racional, es porque está arraigado en la propia vida. El hombre para Órtega no es un ser dotado de razón (física o abstracta), sino una realidad que tiene que usar de la razón para vivir. Para vivir, hay que tratar con el mundo y dar cuenta de él, no de un modo intelectual abstracto, sino de un modo concreto y pleno. Para esa vida plena, no hay que buscar el análisis, y sí la narración; así, el hombre acaba entendiendo que la vida en sí misma es un fin y no hay que buscar trascendencia alguna. Lo verdaderamente trascendente es la existencia para cada uno.
Desde un punto de vista sociológico, Órtega niega que la sociedad exista como tal. Si el hombre no tiene naturaleza alguna, y sí una historia, lo mismo ocurre con la sociedad. El ser de ésta no puede entonces captar una razón pura (racionalista o naturalista) y sí la razón vital. De esta visión se desprende que la sociedad es un elemento en el cual el hombre vive en ese sentido pleno y hace uso de él por medio de usos, costumbres, normas, etc.; Órtega llama a esto "presión social", la cual puede dirigirse hacia la construcción de la libertad o puede actuar como una axfisia que conduce al hombre a intentar evadirse (aunque le resulte imposible y deba siempre adaptarse). Para compensar esos problemas que plantea a veces la doctrina de lo social, Órtega distingue otro tipo de relaciones llamadas interindividuales (amor, amistad...). Así, la relación entre persona y sociedad no es unívoca, sino regida por una compleja red de relaciones e interdependencias en las que ciertas asociaciones pueden encontrar el equilibrio entre la vida personal y la social.
Tal vez la gran aportación de Órtega a la cuestión de la decadencia de Occidente sea su concepción del "hombre masa", la cual no hay que interpretar a mi modo de ver las cosas de modo clasista. Esta idea surge de la progresiva deshumanización de la persona en la moderna sociedad técnica. Puede encontrarse visiones parecidas en los grandes autores, y no es difícil observar que esta convicción orteguiana halla ecos en la alienación desarrollada por Marx en el campo del trabajo y en la que insistirán posteriormente, desde posiciones también humanistas y socialistas, otros autores como es el caso de Erich Fromm. El hombre masa orteguiano se muestra vacío de su propia historia, sin reminiscencias de su pasado, y susceptible de caer en tentaciones totalitarias. Hay quien ha hecho una interpretación del hombre masa de Órtega vinculándolo con un concepto jerarquizante como el que en otras épocas el aristócrata tenía hacia el plebeyo o siervo. Bien, insisto en que la lectura de Órtega no tiene por qué hacerse desde posiciones reaccionarias, como no creo que lo fuera él en realidad; algo parecido ocurre con otro gran filósofo que pareció justificar, desde otra perspectiva y en ocasiones, una sociedad aristrocratizante, es el caso de Nietzsche (al menos, si nuestra posición es sólidamente progresista y humanista, no hay tal peligro).
La antítesis del hombre masa descrito por Órtega, el cual se caracteriza porque no se valora a sí mismo y y busca confundirse con el grupo en aras de anular su ansiedad, puede recordar también al Único de Stirner, un ser de personalidad perfectamente distinguible. El ser humano que vive de verdad plenamente estará en permanente tensión, buscará constantemente la mejora y tendrá un auténtico proyecto vital. Tenemos que hablar entonces de que el hombre masa busca la conformidad social, la aceptación de normas, costumbres y disciplinas. Aunque podamos hablar de un ignorante, según esta concepción orteguiana, puede serlo también un técnico de la sociedad moderna, cuya actividad especializada se reduce a una parcela de la realidad. Una línea muy interesante para completar el pensamiento orteguiano es la de indagar en la enajenación, tal y como he apuntado antes, ya que creo que es la principal característica, incrementada con el tiempo, de la sociedad moderna (o posmoderna).
Parece que se distingue varias etapas en el pensamiento orteguiano, de las cuales vamos a referirnos a las dos más importantes. En la primera, de 1910 a 1923, se ha definido como perspectivista, según la cual la sustancia última del mundo es una perspectiva. Órtega se opone, tanto al idealismo, ya que considera que el sujeto no es el eje en torno al cual gira la realidad, como al realismo, ya que tampoco es un mero trozo de esa realidad. Puede decirse que el sujeto es una pantalla que selecciona las impresiones de lo dado; es una realidad concreta, y no abstracta, una vida en el sentido más amplio del concepto. Los valores culturales serían una consecuencia de esa vida, incluso puede hablarse de que son propiamente funciones vitales, como también lo es la razón. El desarrollo del llamado perspectivismo lleva a Órtega a un nuevo periodo, a partir de 1923, que se ha llamado raciovitalismo, al que pertenece la famosa frase (aunque sea anterior, de 1914): "Yo soy: yo y mi circunstancia". El pensamiento de este autor va a girar en torno al concepto de razón vital, opuesta tanto a la abstracción del racionalismo como a cualquier posición pragmatista; si se quiere denominar vitalista al conocimiento, aunque sea racional, es porque está arraigado en la propia vida. El hombre para Órtega no es un ser dotado de razón (física o abstracta), sino una realidad que tiene que usar de la razón para vivir. Para vivir, hay que tratar con el mundo y dar cuenta de él, no de un modo intelectual abstracto, sino de un modo concreto y pleno. Para esa vida plena, no hay que buscar el análisis, y sí la narración; así, el hombre acaba entendiendo que la vida en sí misma es un fin y no hay que buscar trascendencia alguna. Lo verdaderamente trascendente es la existencia para cada uno.
Desde un punto de vista sociológico, Órtega niega que la sociedad exista como tal. Si el hombre no tiene naturaleza alguna, y sí una historia, lo mismo ocurre con la sociedad. El ser de ésta no puede entonces captar una razón pura (racionalista o naturalista) y sí la razón vital. De esta visión se desprende que la sociedad es un elemento en el cual el hombre vive en ese sentido pleno y hace uso de él por medio de usos, costumbres, normas, etc.; Órtega llama a esto "presión social", la cual puede dirigirse hacia la construcción de la libertad o puede actuar como una axfisia que conduce al hombre a intentar evadirse (aunque le resulte imposible y deba siempre adaptarse). Para compensar esos problemas que plantea a veces la doctrina de lo social, Órtega distingue otro tipo de relaciones llamadas interindividuales (amor, amistad...). Así, la relación entre persona y sociedad no es unívoca, sino regida por una compleja red de relaciones e interdependencias en las que ciertas asociaciones pueden encontrar el equilibrio entre la vida personal y la social.
Tal vez la gran aportación de Órtega a la cuestión de la decadencia de Occidente sea su concepción del "hombre masa", la cual no hay que interpretar a mi modo de ver las cosas de modo clasista. Esta idea surge de la progresiva deshumanización de la persona en la moderna sociedad técnica. Puede encontrarse visiones parecidas en los grandes autores, y no es difícil observar que esta convicción orteguiana halla ecos en la alienación desarrollada por Marx en el campo del trabajo y en la que insistirán posteriormente, desde posiciones también humanistas y socialistas, otros autores como es el caso de Erich Fromm. El hombre masa orteguiano se muestra vacío de su propia historia, sin reminiscencias de su pasado, y susceptible de caer en tentaciones totalitarias. Hay quien ha hecho una interpretación del hombre masa de Órtega vinculándolo con un concepto jerarquizante como el que en otras épocas el aristócrata tenía hacia el plebeyo o siervo. Bien, insisto en que la lectura de Órtega no tiene por qué hacerse desde posiciones reaccionarias, como no creo que lo fuera él en realidad; algo parecido ocurre con otro gran filósofo que pareció justificar, desde otra perspectiva y en ocasiones, una sociedad aristrocratizante, es el caso de Nietzsche (al menos, si nuestra posición es sólidamente progresista y humanista, no hay tal peligro).
La antítesis del hombre masa descrito por Órtega, el cual se caracteriza porque no se valora a sí mismo y y busca confundirse con el grupo en aras de anular su ansiedad, puede recordar también al Único de Stirner, un ser de personalidad perfectamente distinguible. El ser humano que vive de verdad plenamente estará en permanente tensión, buscará constantemente la mejora y tendrá un auténtico proyecto vital. Tenemos que hablar entonces de que el hombre masa busca la conformidad social, la aceptación de normas, costumbres y disciplinas. Aunque podamos hablar de un ignorante, según esta concepción orteguiana, puede serlo también un técnico de la sociedad moderna, cuya actividad especializada se reduce a una parcela de la realidad. Una línea muy interesante para completar el pensamiento orteguiano es la de indagar en la enajenación, tal y como he apuntado antes, ya que creo que es la principal característica, incrementada con el tiempo, de la sociedad moderna (o posmoderna).
jueves, 24 de febrero de 2011
El concepto de alienación o enajenación
El término "enajenación" expresa el hecho, o supuesto hecho, de que alguien pueda estar, en lugar de "en sí mismo", en alguna realidad ajena a él. De esa manera, se entiende que la persona esté "enajenada". Se trata de una traducción literal de varios términos de otros idiomas que expresan el concepto de hallarse en una realidad ajena. Hay que decir que, en el campo filosófico, se ha utilizado con frecuencia otros términos, como es el caso de "alienación" o de la expresión "estar alienado". Tiene su lógica, si tenemos en cuenta la etimología de la palabra: el vocabo alius, que significa "otro", "diferente". Por lo tanto, en origen estar o hallarse alienado es estar o hallarse en "otro", entendiendo por este "otro" algo ajeno. El Diccionario de Filosofía, de Ferrater Mora, prefiere el término alienación en sentido técnico, dando la razón de que así se distingue del uso de "enajenación" como locura. Me referiré al término "alienación", aunque luego con Fromm recuperaré el uso de "enajenación", según las traducciones de sus textos que tengo.
Hegel, en Fenomenología del Espíritu, se refiere a "la conciencia de sí como naturaleza dividida", aludiendo a un "alma alienada" que es la conciencia infeliz. Para Hegel, la conciencia puede experimentarse como separada de la realidad a la cual pertenece, por lo que se produce un sentimiento de desgarramiento y desunión, un sentimiento de alejamiento, alienación, enajenamiento y desposesión. El término alienación alude a la mencionada "des-unión", "separación (de sí)" y "alejamiento (de sí)". Hegel pensaba que la conciencia no puede persistir de manera indefinida en el estado de desunión y desgarramiento, por lo que procedía finalmente a una reunión y una (re)apropiación. En sentido hegeliano, la alienación es una forma de alteración.
Sin embargo, en un sentido muy general, la alienación o enajenación puede entenderse como un estado en el cual una realidad se halla fuera de sí, en contraposición al ser en sí. El ser en sí tendría que ver con un estado de la libertad en sentido positivo, no como liberación de algo, sino como liberación para sí mismo, como autorrealización. El concepto hegeliano de la alienación influyó, como es evidente, en Marx. Sin embargo, el sentido que Hegel le daba era excesivamente metafísico, espiritual y abstracto para el autor de El Capital. Marx se interesó por el aspecto concreto y humano de la alienación, y trató en primer lugar el problema insertado en la cultura. Influido por Feurbach, lo trató luego en un sentido natural-social, pero particularmente importante resulta la alienación del hombre en el trabajo para Marx. Según el alemán, la separación entre el productor y la propiedad de sus condiciones de trabajo constituye un proceso que transforma en capital los medios de producción y a la vez transforma a los productores en asalariados. Según esta visión, es necesario liberar al hombre de la esclavitud originada por el trabajo que no le pertenece (sería el "plus" del trabajo) gracias a una apropiación del trabajo, y así el hombre cesará en su estado de alienación y alcanzará la libertad (que coincide con esa apropiación).
Se han dado varias interpretaciones de la idea de alienación en Marx, destacando sobre todo dos: la subjetiva y la objetiva. La primera interpreta la alienación desde un punto de vista individual, potenciada por una visión de Marx más "humanista" o "existencial", pero la más extendida ha sido la segunda aludiendo al ser humano en general (o al trabajador), que se hallaría alienado respecto a sus productos debido a los mecanismos que gobiernan la sociedad (producidos y desarrollados, bien de manera autónomo, bien para beneficio de una clase, o de ambas maneras a la vez). Fromm, y otros autores, insisten en los aspectos más humanistas de la visión de Marx, interpretando la liberación en sentido amplio (incluso en esta visión más objetiva). En cualquier caso, puede decirse que en el sistema de Marx, en sentido general, se llama enajenación al estado del hombre en que sus "propios actos se convierten para él en una fuerza extraña, situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él".
La alienación puede interpretarse también desde otros puntos de vista, como son el sicológico, el existencial o incluso uno de carácter más general. Incluso en el aspecto sicológico, la alienación aparece como una separación, o sentimiento de separación, del hombre respecto a su trabajo. En cualquier caso, estamos hablando de un concepto amplio que tiene mucho que ver con lo económico y lo sicológico, aunque resulte difícil reducirlo a uno de estos factores. En estudios sociológicos del comportamiento de grupos, se emplea el concepto de alienación para designar el grado de desarraigo de un grupo respecto a otro. Por ejemplo, la alineación de los jóvenes respeto a los adultos, o la de un grupo oprimido respecto a un grupo opresor. En esos estudios, son un factor importante las instituciones sociales, tanto las reconocidos legalmente, como las manifestadas a través de costumbres, usos, formas lingüisticas, etc.
Fromm, en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, elige el concepto de enajenación (insistiré en la sinonimia con "alienación") como punto central desde el que analiza el carácter social contemporáneo. Como ya he insistido en otros textos, el gran efecto del capitalismo sobre la personalidad sería el fenómeno de la enajenación. Tal y como la define Fromm, la enajenación es un modo de experiencia en que la persona se siente a sí misma como un extraño. No se siente a sí misma como centro de su mundo, la persona enajenada no es creadora de sus propios actos; muy al contrario, sus actos y las consecuencias de los mismos se han convertido en amos suyos e incluso es posible que los idolatre. Es más, Fromm quiere observar un sentido mucho más antiguo al aquí expuesto sobre enajenación o alienación, y lo hace coincidir con lo que los antiguos denominaban "idolatría". Las religiones acaban convirtiéndose en idolatría, al igual que el culto sumiso a un jefe político o al Estado. Los jefes y los Estados son lo que son, en gran medida, por el consentimiento de los gobernados; acaban convirtiéndose en ídolos, si el individuo proyecta en ellos todas sus potencialidades y los adora, esperando inconscientemente recuperar parte de esas potencias mediante la sumisión y la adoración.
Del mismo modo, la idolatría o enajenación puede producirse, no solo en relación con otro persona, también en relación con uno mismo. La persona que se somete a sus pasiones irracionales, como es el ansia de poder o de riqueza, se convierte en esclava de un impulso parcial que actúa en ella, que se proyecta en objetivos externos y por el cual está "poseída". En todos estos casos, las acciones de la persona no son suyas, aunque exista la ilusión de hacer lo que quiere, se ve arrastrada por fuerzas independientes de ella que actúan contra su voluntad. Tal y como define Fromm el proceso de enajenación, "el hombre no se siente a sí mismo como portador activo de sus propias capacidades y riquezas, sino como una 'cosa' empobrecida que depende de poderes exteriores a él y en los que ha proyectado sus sustancia vital". La enajenación es un fenómeno que varia de una cultura a otra a lo largo de la historia, tanto en aspecto específicos, como en la amplitud e integridad del fenómeno. Fromm considera que el proceso se ha intensificado en la sociedad contemporánea, paralelo al desarrollo tecnológico y a la evolución del capitalismo, el hombre ha creado un mundo de cosas producidas por él como no se ha dado nunca antes, y ha construido un mecanismo social complicado para administrar el mecanismo técnico por él realizado. El hombre, enajenado de sí mismo, se enfrenta a sus propias fuerzas encarnadas e cosas que él mismo ha creado.
Hegel, en Fenomenología del Espíritu, se refiere a "la conciencia de sí como naturaleza dividida", aludiendo a un "alma alienada" que es la conciencia infeliz. Para Hegel, la conciencia puede experimentarse como separada de la realidad a la cual pertenece, por lo que se produce un sentimiento de desgarramiento y desunión, un sentimiento de alejamiento, alienación, enajenamiento y desposesión. El término alienación alude a la mencionada "des-unión", "separación (de sí)" y "alejamiento (de sí)". Hegel pensaba que la conciencia no puede persistir de manera indefinida en el estado de desunión y desgarramiento, por lo que procedía finalmente a una reunión y una (re)apropiación. En sentido hegeliano, la alienación es una forma de alteración.
Sin embargo, en un sentido muy general, la alienación o enajenación puede entenderse como un estado en el cual una realidad se halla fuera de sí, en contraposición al ser en sí. El ser en sí tendría que ver con un estado de la libertad en sentido positivo, no como liberación de algo, sino como liberación para sí mismo, como autorrealización. El concepto hegeliano de la alienación influyó, como es evidente, en Marx. Sin embargo, el sentido que Hegel le daba era excesivamente metafísico, espiritual y abstracto para el autor de El Capital. Marx se interesó por el aspecto concreto y humano de la alienación, y trató en primer lugar el problema insertado en la cultura. Influido por Feurbach, lo trató luego en un sentido natural-social, pero particularmente importante resulta la alienación del hombre en el trabajo para Marx. Según el alemán, la separación entre el productor y la propiedad de sus condiciones de trabajo constituye un proceso que transforma en capital los medios de producción y a la vez transforma a los productores en asalariados. Según esta visión, es necesario liberar al hombre de la esclavitud originada por el trabajo que no le pertenece (sería el "plus" del trabajo) gracias a una apropiación del trabajo, y así el hombre cesará en su estado de alienación y alcanzará la libertad (que coincide con esa apropiación).
Se han dado varias interpretaciones de la idea de alienación en Marx, destacando sobre todo dos: la subjetiva y la objetiva. La primera interpreta la alienación desde un punto de vista individual, potenciada por una visión de Marx más "humanista" o "existencial", pero la más extendida ha sido la segunda aludiendo al ser humano en general (o al trabajador), que se hallaría alienado respecto a sus productos debido a los mecanismos que gobiernan la sociedad (producidos y desarrollados, bien de manera autónomo, bien para beneficio de una clase, o de ambas maneras a la vez). Fromm, y otros autores, insisten en los aspectos más humanistas de la visión de Marx, interpretando la liberación en sentido amplio (incluso en esta visión más objetiva). En cualquier caso, puede decirse que en el sistema de Marx, en sentido general, se llama enajenación al estado del hombre en que sus "propios actos se convierten para él en una fuerza extraña, situada sobre él y contra él, en vez de ser gobernada por él".
La alienación puede interpretarse también desde otros puntos de vista, como son el sicológico, el existencial o incluso uno de carácter más general. Incluso en el aspecto sicológico, la alienación aparece como una separación, o sentimiento de separación, del hombre respecto a su trabajo. En cualquier caso, estamos hablando de un concepto amplio que tiene mucho que ver con lo económico y lo sicológico, aunque resulte difícil reducirlo a uno de estos factores. En estudios sociológicos del comportamiento de grupos, se emplea el concepto de alienación para designar el grado de desarraigo de un grupo respecto a otro. Por ejemplo, la alineación de los jóvenes respeto a los adultos, o la de un grupo oprimido respecto a un grupo opresor. En esos estudios, son un factor importante las instituciones sociales, tanto las reconocidos legalmente, como las manifestadas a través de costumbres, usos, formas lingüisticas, etc.
Fromm, en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, elige el concepto de enajenación (insistiré en la sinonimia con "alienación") como punto central desde el que analiza el carácter social contemporáneo. Como ya he insistido en otros textos, el gran efecto del capitalismo sobre la personalidad sería el fenómeno de la enajenación. Tal y como la define Fromm, la enajenación es un modo de experiencia en que la persona se siente a sí misma como un extraño. No se siente a sí misma como centro de su mundo, la persona enajenada no es creadora de sus propios actos; muy al contrario, sus actos y las consecuencias de los mismos se han convertido en amos suyos e incluso es posible que los idolatre. Es más, Fromm quiere observar un sentido mucho más antiguo al aquí expuesto sobre enajenación o alienación, y lo hace coincidir con lo que los antiguos denominaban "idolatría". Las religiones acaban convirtiéndose en idolatría, al igual que el culto sumiso a un jefe político o al Estado. Los jefes y los Estados son lo que son, en gran medida, por el consentimiento de los gobernados; acaban convirtiéndose en ídolos, si el individuo proyecta en ellos todas sus potencialidades y los adora, esperando inconscientemente recuperar parte de esas potencias mediante la sumisión y la adoración.
Del mismo modo, la idolatría o enajenación puede producirse, no solo en relación con otro persona, también en relación con uno mismo. La persona que se somete a sus pasiones irracionales, como es el ansia de poder o de riqueza, se convierte en esclava de un impulso parcial que actúa en ella, que se proyecta en objetivos externos y por el cual está "poseída". En todos estos casos, las acciones de la persona no son suyas, aunque exista la ilusión de hacer lo que quiere, se ve arrastrada por fuerzas independientes de ella que actúan contra su voluntad. Tal y como define Fromm el proceso de enajenación, "el hombre no se siente a sí mismo como portador activo de sus propias capacidades y riquezas, sino como una 'cosa' empobrecida que depende de poderes exteriores a él y en los que ha proyectado sus sustancia vital". La enajenación es un fenómeno que varia de una cultura a otra a lo largo de la historia, tanto en aspecto específicos, como en la amplitud e integridad del fenómeno. Fromm considera que el proceso se ha intensificado en la sociedad contemporánea, paralelo al desarrollo tecnológico y a la evolución del capitalismo, el hombre ha creado un mundo de cosas producidas por él como no se ha dado nunca antes, y ha construido un mecanismo social complicado para administrar el mecanismo técnico por él realizado. El hombre, enajenado de sí mismo, se enfrenta a sus propias fuerzas encarnadas e cosas que él mismo ha creado.
viernes, 1 de octubre de 2010
Las fuerzas que escapan al control humano
El proceso de enajenación, afirma Erich Fromm, es tan firme en el consumo como en la producción. Aceptamos como algo natural adquirir objetos por dinero, cuando la realidad es que resulta una manera sumamente peculiar de obtener cosas. Que el dinero sea una forma abstracta que representa trabajo y esfuerzo es una gran falacia, ya que se puede adquirir de múltiples formas. Dejando, de momento, la cuestión de la explotación del trabajo ajeno, clave para conseguir dinero en la sociedad capitalista, veamos lo que supone transformar (supuestamente) el trabajo y el esfuerzo en una abstracción llamada dinero. Después de haber obtenido dinero gracias a un esfuerzo, la forma de gastarlo es independiente de ese esfuerzo empleado en el trabajo. Fromm considera que el modo auténticamente humano de adquirir seria realizar un esfuerzo cualitativamente proporcionado con lo que se adquiere. Obtener alimento y ropa dependería únicamente de la premisa de estar vivo; adquirir libros y arte, de la capacidad para comprenderlos y usarlos. La manera de adquirir cosas, en la sociedad de consuma, resulta independiente del modo como se usen (ostentación, estupidez, destrucción...).
Los objetos se adquieren para "tenerlos", nos contentamos solamente con una posesión inútil, no buscamos el placer del uso. Incluso, cuando sí se da un placer en el uso de cosas, no deja de ser un factor importante el deseo de notoriedad. La publicidad nos ha hecho perder el contacto con la cosa real y consumimos una fantasía de riqueza y distinción, en muchos casos incluso hay una ausencia completa de realidad y solo la ficción creada por la propaganda. De nuevo se apela a la concreción, esta vez al acto de consumir como un acto verdaderamente humano en el que intervengan los sentidos, las necesidades orgánicas y el gusto estético; en suma, en el que intervengamos los seres humanos con nuestra sensibilidad, sentimiento e inteligencia, y no se sacrifique la experiencia significativa ni el acto productor. Desgraciadamente, en la sociedad capitalista consumir supone una satisfacción de fantasías artificialmente estimuladas y creadas por factores externos a nuestro propio ser. Otro aspecto de la enajenación a destacar, dentro del acto de consumir, es la cuestión de estar rodeados de objetos cuya naturaleza y origen se nos escapan. Empleamos unos vagos términos adquiridos, sabemos cómo hacer funcionar las máquinas, pero desconocemos los principios. Esto es válido para cosas cuya base es técnica y científicamente compleja, pero también para otros objetos más mundanos (como puede ser elaborar el pan o fabricar una mesa). Se consume como se produce, sin una relación concreta con el objeto que manejamos.
La consecuencia de esta manera de consumir es que la satisfacción nunca se completa, ya que no es la persona real y concreta la que consume algo real y concreto. Se produce la necesidad de acumular más cosas, de consumir más. Naturalmente, si el nivel de vida de las personas está por debajo de unas necesidades básicas, resulta legítima la necesidad de consumo. Del mismo modo, Fromm también considera que cuanto mayor nivel cultural existe, también es legítimo un mayor refinamiento en su consumo (calidad de los alimentos, arte, libros...). Sin embargo, el ansia de consumo referido en nuestro sociedad contemporánea ya no tiene como meta una necesidad real del hombre, resulta un fin en sí mismo. El constante aumento de las necesidades nos obliga a un esfuerzo progresivamente mayor y nos hace depender, tanto de esas necesidades, como de las personas e instituciones que las crean. Puede decirse que con el incremento de los objetos de consumo crece el campo de factores externos que esclavizan al ser humano. En definitiva, la acción de comprar y consumir es compulsiva e irracional al resultar un fin en sí mismo, con escasa relación con el uso o el placer de las cosas adquiridas.
La enajenación en el consumo no se limita al modo de adquirir y consumir mercancías, también determina el tiempo libre del ser humano y es complicado que lo emplee de un modo activo y con sentido. El consumo de películas, deporte, medios de comunicación o libros, se hace igualmente de un modo abstractificado y enajenado. La cultura, y lo que no es cultura (tal vez, la mayor parte de los casos, visto el panorama actual), está determinada por la industria, al igual que los objetos de consumo. El valor de ocio no se mide en términos humanos, está determinado por su valor en el mercado. Si una actividad creativa y espontánea transforma al usuario (el acto de leer, de observar un escenario o de conversar con amigos), en el proceso enajenado del placer no se produce nada a nivel interior, únicamente queda el recuerdo de haber realizado algo. Fromm usaba ejemplo la cámara fotográfica durante las vacaciones, la placentera experiencia de viajar es substituida por una serie de instantáneas durante un viaje. Pensemos en cómo la tecnología nos ha hecho poder capturar la "realidad" a comienzos del siglo XXI, de la forma más inane posible, y tal vez nos dará motivos de reflexión lo que Erich Fromm afirmaba ya hace décadas.
Si hablamos de enajenación en el campo productivo y en el de consumo, no podemos desvincular a las fuerzas que determinan la sociedad y las vidas de cuantos viven en ella. En el capitalismo, no hay leyes sociales explícitas, únicamente el principio de que cada individuo tiene que competir por sí mismo en el mercado, del cual surgirá el orden ("y no la anarquía", ironiza Fromm). Las supuestas leyes económicas del mercado, que existirán, son incognoscibles para el ciudadano medio. Las leyes del mercado, al igual que la providencia o la "voluntad divina", pertenecen a un ámbito fuera del alcance de la voluntad y la influencia humanas. Una de las manifestaciones más notables de enajenación es el estar gobernados por leyes que no se controlan (y que, supuestamente no necesitan control). Aunque resulte cuestionable que el poder político y el económico sean monstruos sin control (hay quien dice que el laissez faire es una falacia, ya que el Estado y el capitalismo se alimentan mutuamente), el análisis del Fromm para el hombre de la calle, y su actitud enajenada, sí parece indiscutible.
Los objetos se adquieren para "tenerlos", nos contentamos solamente con una posesión inútil, no buscamos el placer del uso. Incluso, cuando sí se da un placer en el uso de cosas, no deja de ser un factor importante el deseo de notoriedad. La publicidad nos ha hecho perder el contacto con la cosa real y consumimos una fantasía de riqueza y distinción, en muchos casos incluso hay una ausencia completa de realidad y solo la ficción creada por la propaganda. De nuevo se apela a la concreción, esta vez al acto de consumir como un acto verdaderamente humano en el que intervengan los sentidos, las necesidades orgánicas y el gusto estético; en suma, en el que intervengamos los seres humanos con nuestra sensibilidad, sentimiento e inteligencia, y no se sacrifique la experiencia significativa ni el acto productor. Desgraciadamente, en la sociedad capitalista consumir supone una satisfacción de fantasías artificialmente estimuladas y creadas por factores externos a nuestro propio ser. Otro aspecto de la enajenación a destacar, dentro del acto de consumir, es la cuestión de estar rodeados de objetos cuya naturaleza y origen se nos escapan. Empleamos unos vagos términos adquiridos, sabemos cómo hacer funcionar las máquinas, pero desconocemos los principios. Esto es válido para cosas cuya base es técnica y científicamente compleja, pero también para otros objetos más mundanos (como puede ser elaborar el pan o fabricar una mesa). Se consume como se produce, sin una relación concreta con el objeto que manejamos.
La consecuencia de esta manera de consumir es que la satisfacción nunca se completa, ya que no es la persona real y concreta la que consume algo real y concreto. Se produce la necesidad de acumular más cosas, de consumir más. Naturalmente, si el nivel de vida de las personas está por debajo de unas necesidades básicas, resulta legítima la necesidad de consumo. Del mismo modo, Fromm también considera que cuanto mayor nivel cultural existe, también es legítimo un mayor refinamiento en su consumo (calidad de los alimentos, arte, libros...). Sin embargo, el ansia de consumo referido en nuestro sociedad contemporánea ya no tiene como meta una necesidad real del hombre, resulta un fin en sí mismo. El constante aumento de las necesidades nos obliga a un esfuerzo progresivamente mayor y nos hace depender, tanto de esas necesidades, como de las personas e instituciones que las crean. Puede decirse que con el incremento de los objetos de consumo crece el campo de factores externos que esclavizan al ser humano. En definitiva, la acción de comprar y consumir es compulsiva e irracional al resultar un fin en sí mismo, con escasa relación con el uso o el placer de las cosas adquiridas.
La enajenación en el consumo no se limita al modo de adquirir y consumir mercancías, también determina el tiempo libre del ser humano y es complicado que lo emplee de un modo activo y con sentido. El consumo de películas, deporte, medios de comunicación o libros, se hace igualmente de un modo abstractificado y enajenado. La cultura, y lo que no es cultura (tal vez, la mayor parte de los casos, visto el panorama actual), está determinada por la industria, al igual que los objetos de consumo. El valor de ocio no se mide en términos humanos, está determinado por su valor en el mercado. Si una actividad creativa y espontánea transforma al usuario (el acto de leer, de observar un escenario o de conversar con amigos), en el proceso enajenado del placer no se produce nada a nivel interior, únicamente queda el recuerdo de haber realizado algo. Fromm usaba ejemplo la cámara fotográfica durante las vacaciones, la placentera experiencia de viajar es substituida por una serie de instantáneas durante un viaje. Pensemos en cómo la tecnología nos ha hecho poder capturar la "realidad" a comienzos del siglo XXI, de la forma más inane posible, y tal vez nos dará motivos de reflexión lo que Erich Fromm afirmaba ya hace décadas.
Si hablamos de enajenación en el campo productivo y en el de consumo, no podemos desvincular a las fuerzas que determinan la sociedad y las vidas de cuantos viven en ella. En el capitalismo, no hay leyes sociales explícitas, únicamente el principio de que cada individuo tiene que competir por sí mismo en el mercado, del cual surgirá el orden ("y no la anarquía", ironiza Fromm). Las supuestas leyes económicas del mercado, que existirán, son incognoscibles para el ciudadano medio. Las leyes del mercado, al igual que la providencia o la "voluntad divina", pertenecen a un ámbito fuera del alcance de la voluntad y la influencia humanas. Una de las manifestaciones más notables de enajenación es el estar gobernados por leyes que no se controlan (y que, supuestamente no necesitan control). Aunque resulte cuestionable que el poder político y el económico sean monstruos sin control (hay quien dice que el laissez faire es una falacia, ya que el Estado y el capitalismo se alimentan mutuamente), el análisis del Fromm para el hombre de la calle, y su actitud enajenada, sí parece indiscutible.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




