sábado, 8 de noviembre de 2008

La no reducción de la racionalización

Hace poco, en cierto espacio religioso, me acusaban de no tener la suficiente racionalidad para acceder a la fe religiosa (sic). En otras ocasiones, me han acusado de ser excesivamente "racional" a la hora de observar y juzgar la realidad -bueno, no expresado así, ya que hablamos de conversaciones muy coloquiales, pero entiendo que se me acusa de, más o menos, "racionalismo" -y yo no le veo el sentido peyorativo por ningún lado, siempre y cuando se separe de otros factores, tal como la ética y las pasiones-. En ambas "acusaciones", que podrían ser antagónicas -el caso es acusar-, se utiliza la "razón" con un significado amplio y a gusto del usuario. Sería meterme en un terreno delicado, y algo farragoso para mi corto entender, si hablamos de la usurpación que realizó el cristianismo del logos griego -del discurso racional, si podemos traducirlo así-, de la fusión de la noción griega con la cristiana del Verbo o Hijo de Dios. El pluralismo y eclecticismo del pensamiento griego, con ayuda del contexto cosmopolita que traerá el helenismo, se convertirán en el dogmatismo cristiano concretado en el catolicismo -de la aspiración global de "educar" y de crear una verdad única-. Tal cosa es lo que debería ser obligatorio estudiar en la escuela: de dónde procede nuestra civilización, las diversas culturas, y las diversas formas de entender la "razón". Creo que no es descabellado hablar de "apropiación" cristiana, con justificación a posteriori de toda suerte de elementos e individuos, previos en la historia a ese personaje poco histórico que es Jesús. Fundamentar la "verdad" en una determinada cultura (por no hablar de religión) y considerar a Dios la medida de todas las cosas -parafraseando y contradiciendo al sofista Protágoras, precursor de una suerte de relativismo- es la justificación para la destrucción de otras culturas -calificadas de ignorantes-. Hay que decir que el racionalismo tratará de poner las cosas en su sitio y desprender todo lo sobrenatural del pensamiento, sin conseguirlo del todo -ya que la sombra del concepto divino es alargada-. Y así estamos.
La religiosidad puede entenderse también como una racionalización -de ahí, que se apropien del término, en su deseo de reducir la creencia mística a conceptos racionales-, como una manera de tratar de proteger nuestra capacidad de una realidad inasumible: la del límite de nuestra existencia, la de que no somos el plan de ninguna voluntad superior o la no aceptación de que no existe una suerte de regulación u ordenación universal. Es, por lo tanto, un mecanismo de defensa, pero también de miedo, una resistencia a aceptar una realidad objetiva -o, al menos, la posibilidad de que se confirme esa realidad arbitraria, solo susceptible de ser modificada en el plano terrenal con los límites de nuestra capacidad- que compromete una determinada visión del mundo y pone en peligro una determinada forma de concebir el sentido de la existencia. Naturalmente, mi forma de entender el ateísmo sostiene que la racionalización no puede nacer de una reducción de lo "esotérico", sino que debe tener sus base en la aceptación de una realidad material sobre la que no caben demasiadas especulaciones -y sí infinitas investigaciones- y en la posibilidad de la potenciación de la vida -de esta vida, que es la única asumible-. La pérdida de ese miedo existencial puede radicar en la aceptación de nuestro pleno desarrollo individual y social, de nuestra capacidad de razonar y de tomar decisiones morales -algo que no digo que sea sencillo, pero nadie afirma que mejorar nuestra existencia es una empresa fácil-, pero que no debe ser obstaculizado por ningún tipo de manipulación mística -trascendente, ajena, reguladora, fundamentada en el miedo y en la subordinación-.

No hay comentarios: