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martes, 28 de noviembre de 2023

Pensamientos y prácticas radicalmente emancipadoras

Si las personas, como vemos actualmente en la realidad española, buscan constantemente refugio en viejas o nuevas formas de alienación, con servidumbres voluntarias y banderas de distinto pelaje, hay que insistir en un pensamiento antiautoritario, radicalmente emancipador, propiciador de lo mejor de lo que es capaz el ser humano en aras de una comunidad libre y solidaria.

Es muy posible que el poder, como sostenía Foucault, sea poliédrico, que se produzca, no solo en el Estado o en las empresas capitalistas, también en cualquier otro ámbito humano, incluso en lo que vemos a diario en el mismo entorno urbano. Desde que nació como una de las corrientes modernas más radicalmente emancipadoras, el anarquismo y los anarquistas se han esforzado por combatir ese poder entendido como cualquier forma de dominación. No es necesario, por supuesto, conocer los grandes libros anarquistas, o de teoría política en general, ya que ese rebelarse contra la autoridad coercitiva se produce, tantas veces, de forma instintiva. Desgraciadamente, de forma paralela a esa condición rebelde y libertaria, en el ser humano se da todo contrario y acaba sucumbiendo a la tentación alienadora de la servidumbre voluntaria. Por supuesto, como no creemos que existe ninguna naturaleza o esencia humana, no pensamos que una condición u otra sean totalmente deterministas, las personas son más bien producto de cierto ambiente cultural, de unas determinadas prácticas sociales, por lo que los anarquistas han hecho bien en instalar y renovar en todo lo posible ese pensamiento radicalmente emancipador de rebelión contra todo tipo de dominación.

viernes, 2 de junio de 2023

Reflexiones sobre la ideología

¿Qué queremos decir exactamente cuando hablamos de tener una "ideología"? Huyendo de la utilización de la filosofía como herramienta elitista, y como separación del mundo de las ideas con la realidad cotidiana (algo que puede observarse como muy habitual), parece importante reflexionar sobre este aspecto, y por varios motivos. Por un lado, vivimos en una sociedad básicamente conservadora, en la que tener una ideología parece una cosa arcaica propia de personas dogmáticas que desean, inútilmente, cambiar el mundo conforme a un modelo establecido y, desgraciadamente, incluso a un nivel vulgar, es el pensamiento que ha triunfado: las grandes ideologías murieron y todo intento de resucitarlas supone el peligro de una nueva tentación totalitaria.

Si nos situamos en una posición muy diferente, personas que aseguran tener una ideología se parapetan en ello como si ya todo estuviera dado de antemano y no fuera necesario un mayor esfuerzo humano. Digamos que de la palabra "ideología" puede hacerse una lectura polisémica, en alguna de las cuales debería haber cierto nivel de profundidad, o simplemente podemos definirla como un "conjunto de ideas" (de una persona o de una colectividad). En cualquiera de los casos, reducir la ideología a algo dogmático o relegarla a algo ya superado o considerarla una actitud inmadura son visiones pobres y, diríamos, resultado de un nefasto momento que vivimos para el pensamiento. Toda persona tiene (o se ve influida) por un conjunto de ideas, por una ideología, y otra cosa muy diferente es mantenerse bien alejado, tanto de actitudes dogmáticas (adaptación de las ideas a la realidad sin verificación alguna), como del papanatismo (dejar que otros piensen por nosotros y no realizar esfuerzo crítico alguno para cuestionar la realidad que ponen delante de nuestros ojos). Desgraciadamente, nuestra sociedad es más proclive al papanatismo, es decir, a dejarse seducir por el pensamiento ajeno; además, como las personas con cierta influencia y alcance mediático no se caracterizan, en su mayoría, por un gran nivel intelectual, ni ético, el siempre reprobable papanatismo campa a sus anchas amparado en ese paupérrimo nivel.
 

domingo, 6 de marzo de 2016

El anarquismo, social y libertario, por supuesto

No pocas veces, se suele poner en la actualidad un apelativo a las ideas anarquistas, y no solo por parte de los que dudosamente lo son, sino por parte de los que, creyendo verdaderamente en ese viejo y siempre nuevo concepto de "emancipación social", luchan porque se convierta en realidad.

Así, puede verse en algunas ocasiones términos como "anarquismo social" o "anarquismo libertario". En mi opinión, no emplearía esos apelativos ya que es plenamente reivindicable un anarquismo que transforme la realidad "social" desde abajo y, por supuesto, no hace falta adjetivarlo con lo que es un sinónimo: lo libertario (un concepto de la libertad amplio, no absoluto como aseguran algunos, vinculado a la igualdad y la solidaridad). Diremos que, en cuanto a ideas y pensadores anarquistas, los hay ajustados a una vertiente muy concreta del anarquismo e incluso algunos que difícilmente pueden considerarse libertarios, pero que sin embargo han sido asumidos, en algunos aspectos, por una visión amplia de anarquismo. En cuanto a prácticas libertarias, por supuesto, han tratado siempre de resolver la "cuestión social", de una manera u otra según las ideas anarquistas, pero como norma general sin reducirlas de ningún modo. Un ejemplo son las organizaciones llamadas específicas, que tratan de aglutinar todas las tendencias. En cualquier caso, quedémonos con un término ya antiguo en la historia, pero plenamente reivindicable: anarquismo sin adjetivos. Otra cuestión es el porqué se suele tildar el anarquismo, algo que veremos en otra ocasión.

jueves, 24 de septiembre de 2015

La amplitud libertaria del campo ideológico

En otras ocasiones, hemos insistido en el desprestigio de la palabra "ideología", esto es así hasta tal punto que la confusión al respecto es enorme y parece calar ese discurso en gran parte de la gente, lo que empuja al conformismo, a la falta de reflexión y a la dificultad para generar una nueva conciencia. Lo que es cierto, poniéndonos ya en un tono más intelectual, es que la noción de ideología ha llevado en las ciencias sociales a mayores dificultades analíticas y conceptuales que cualquier otra noción.

Determinados autores son partidarios, en la actualidad, de no abordar una idea demasiado confusa, por no hablar de los que insisten en que estamos en la época del "fin de las ideologías" y dicho concepto solo sirve para entender el pasado. Tomás Ibáñez, en su libro Municiones para disidentes, nos propone un interesante análisis de un concepto que nacería hace unos dos siglos, difundiéndose después con lentitud en los usos sociales y tomándose su tiempo para penetrar, tanto en el uso cotidiano como especializado. Ibáñez recuerda que, en las conversaciones cotidianas, al menos en las ajenas a los movimientos sociales, el término ideología no es frecuente y se prefiere acudir a la palabra "ideas" con frases como "no comparto las ideas de fulano"; en el caso de afrontar un discurso de tipo normativo, programático y repleto de fundamentos o convicciones, rara vez la gente se da cuenta de que está frente a un discurso ideológico y se prefiere expresar cosas como "eso son solo palabras" o "palabrería". Hay que aceptar que la ideología remite a convicciones, incluso creencias (que no tienen por qué ser "ciegas" ni dogmáticas), a una determinada forma de ver las cosas, pero también puede tener implicaciones con claras dificultades para afrontar la realidad.

jueves, 27 de febrero de 2014

Imaginario revisionista versus revolucionario

Ya hemos dedicado espacio en este blog al concepto de "imaginario social", atribuido a Cornelius Castoriadis; se trata de un término creado para designar las representaciones sociales en sus instituciones. Puede decirse que el concepto de imaginario social contradice el marxismo clásico, o al menos la tendencia excesivamente determinista de algunos de sus herederos, ya que el origen de las instituciones sociales no pueden ser explicadas solo por necesidades materiales.

Eduardo Colombo, desde una perspectiva ya netamente anarquista, opina que las ideas y los valores dan lugar a una especie de "campo de fuerza", el cual atrae y orienta los contenidos de todo un universo de representaciones que se expresa en instituciones, ideologías, mitos o formas sociales. Este autor considera que el anarquismo, fiel a sus orígenes, debe promover un imaginario crítico con toda dominación y explotación, así como reflexionar sobre el tipo de instituciones que se darán en una sociedad libertaria.
El bloque imaginario triunfante desde el fracaso del socialismo de Estado ha sido el que presupone que las únicas posibilidades reales eran la democracia representativa, el liberalismo y la economía de libre mercado; la confusión de toda perspectiva revolucionaria con el totalitarismo ha sido una de las bazas con las que ha jugado este bloque revisionista. Sin embargo, aunque existen imaginarios conservadores, reformistas y cuestionablemente revolucionarios (por autoritarios), conviven con uno auténticamente transformador y progresista, aunque al contrario de aquellos no de una manera unívoca. El bloque imaginario verdaderamente revolucionario, desde nuestra perspectiva, solo puede tener una orientación anarquista: libre examen, crítica radical del poder político (junto al imaginario que lo sustenta) y traslación al colectivo social de la capacidad simbólico-instituyente.




sábado, 8 de septiembre de 2012

A vueltas con la ideología

El debate sobre las ideologías se ha visto peligrosamente contaminado por la naturaleza autoritaria de algunas de ellas. En realidad, la diferencia entre los gobiernos de los países capitalistas, se denominen socialdemócratas o liberales, son mínimas. Se nos quiso vender hace ya décadas el fin de las ideologías y el triunfo del capitalismo, aunque más de dos terceras partes de la población mundial pasen necesidades de primer orden por causas, tanto políticas como económicas, producto de un sistema globalizado que traspasa las estructuras nacionales. El socialismo, que no se reduce obviamente al marxismo, acabó demonizado después del fracaso de los regímenes del siglo XX supuestamente inspirados por él (que no dejaban de adoptar, paradójicamente, la lógica capitalista desde el Estado). El capitalismo fue asumido por gran parte de la población, como si fuera algo así como parte de la naturaleza humana, a pesar de los desmanes que produce; tal vez, si se colocaran esos desastres frente a los ojos de cada ser humano, si se indagaran en las causas reales de los problemas del mundo, el panorama podría ser muy distinto y la gente no adoptaría el "sálvese quien pueda" refugiado detrás de sus propiedades materiales y de sus (algunas, al menos) distorsionadas necesidades "espirituales". Hay quien considera que los desastres sociales son producto de la maldad del ser humano (mencionado, así, en general y sin que el que afirma tal cosa se incluya, supongo); yo diría que el resultado de que el mundo esté como esté es de, en primer lugar, de los que toman las decisiones, una ínfima minoría (legitimados o no por una supuesta voluntad popular, ¿es el horror más tolerable si lo elige una mayoría en las urnas?). Sin embargo, otra cosa a tener en cuenta, una faceta también propia de la condición humana, y también despreciable, aunque mucho más comprensible si indagamos en sus causas: el papanatismo fundado en la subordinación, en la enajenación y en una conciencia bien poco estimulada.

Está ya muy usado el cuento de que si un extraterrestre, dueño de una impagable lógica, visitara nuestro planeta, alucinaría de lo lindo. No tardaría en darse cuenta de que los gobiernos de los países industrializados, a pesar de los esfuerzos que harían en mostrarle lo contrario, apenas poseen diferencias, simplemente los vería ajustados a una economía de mercado con demasiada gente fuera de juego; a pesar del desastre político y económico, observaría que no habría un gran cuestionamiento de la palabra "democracia" que legitima el poder, y que gran parte de los movimientos de resistencia al statu quo lo haría desde dos perspectivas igualmente alienantes: con una lógica nacionalista de autodeterminación o con intención de crear estructuras supranacionales de cohesión, fórmulas constitutivas tal vez peores que las actuales. El extraterreste, no obstante, observaría al menos que el ser humano ha creado teorías y prácticas de fraternidad y solidaridad, y ha combatido todo instrumento de enajenación para enfrentarse a una realidad concreta y estimular su conciencia; y así siguen alimentándose los movimientos sociales, que suponen una gran esperanza para el mundo. Es falso lo que se dice que el movimiento 15M no tiene ideología alguna (lo que no tiene es partidismo alguno ni le gustan las etiquetas, en mi opinión); lo que no posee es ninguna naturaleza autoritaria, se mueve por la horizontalidad y el principio de solidaridad. Esos rasgos no dejan de ser ideas-fuerza que pueden cambiar el mundo; si hoy existe un poderoso paradigma de competencia en la actuación social, mañana puede primar el de la cooperación y el apoyo mutuo. Es más, yo diría que las ideologías son (en parte, al menos), para bien y para mal, un poderoso motor de evolución humana; no se trata de caer en un idealismo ingenuo, sino precisamente de escapar a tanto determinismo económico que jamás va a traer la emancipación social por sí solo y tratar de desarrollar nuestras potencialidades.

Las ideologías pueden estar dirigidas hacia un lugar o hacia otro, su condición puede ser reformista, revolucionaria o incluso reaccionaria; así, pueden ser elementos de control social (todo sistema político tiene unos presupuestos que acepta de una manera u otro el ciudadano, por lo que existe alguna ideología imperante) o poderosos instrumentos de emancipación, precisamente, si se reconoce lo que pueden tener de pernicioso y distorsionador. En cualquier caso, las ideas y las convicciones son parte de la condición humana, en un terreno que hay que arrebatar a las fantasías propias de la religión, por lo que pueden funcionar como instrumento de transformación del mundo, si encontramos a los suficientes compañeros de viaje, con la aspiración de una fraternidad universal (concepto más necesario que nunca, despojado de la perversidad globalizadora capitalista). Si la ideología pretende representar a la sociedad con perfiles diferentes a lo conocido, con la intención de substituir los modelos imperantes, para huir de toda tentación autoritaria solo puede ser enriquecido con praxis de horizontalidad y pluralidad (que tantas veces cuestionarán una teoría que constriña la acción, por lo que los críticos de las ideologías se quedarán sin argumentos). Han existido grandes críticos de los grandes ideales, entendidos como promesas que dan sentido a nuestra vida junto a armonía, paz y justicia social, ya que consideran que ello conduce a rechazar a los escépticos y perseguir a los descreídos; considero que esa visión, autoritaria y totalitaria, es propia de aquellas ideologías fundadas en dos de los elementos que han hecho enfrentarse a los hombres: la religión y el nacionalismo. No es fácil establecer una definición de lo que es una ideología, lo mismo que no creo que nadie sepa establecer cómo la filosofía da el paso a ella; del mismo modo, mucha gente rechaza la filosofía por abstrusa, cuando puede y debe acercarse a cualquier persona para ayudar a transformar su vida. Es por eso que hay, en primer lugar, que escapar de toda visión vulgar, reduccionista y manipuladora de según que términos, que contribuyen al inmovilismo más alienante y empujan a dejar las decisiones sobre nuestra vida en manos ajenas.

viernes, 25 de mayo de 2012

La amplitud del campo ideológico

En otras ocasiones, he insistido en el desprestigio de la palabra "ideología", esto es así hasta tal punto que la confusión al respecto es enorme y parece calar ese discurso en gran parte de la gente, lo que empuja al conformismo, a la falta de reflexión y a la dificultad para generar una nueva conciencia. Lo que es cierto, poniéndonos ya en un tono más intelectual, es que la noción de ideología ha llevado en las ciencias sociales a mayores dificultades analíticas y conceptuales que cualquier otra noción. Determinados autores son partidarios, en la actualidad, de no abordar una idea demasiado confusa, por no hablar de los que insisten en que estamos en la época del "fin de las ideologías" y dicho concepto solo sirve para entender el pasado. Tomás Ibáñez, en su libro Municiones para disidentes, nos propone un interesante análisis de un concepto que nacería hace unos dos siglos, difundiéndose después con lentitud en los usos sociales y tomándose su tiempo para penetrar, tanto en el uso cotidiano como especializado. Ibáñez recuerda que, en las conversaciones cotidianas, al menos en las ajenas a los movimientos sociales, el término ideología no es frecuente y se prefiere acudir a la palabra "ideas" con frases como "no comparto las ideas de fulano"; en el caso de afrontar un discurso de tipo normativo, programático y repleto de fundamentos o convicciones, rara vez la gente se da cuenta de que está frente a un discurso ideológico y se prefiere expresar cosas como "eso son solo palabras" o "palabrería". Hay que aceptar que la ideología remite a convicciones, incluso creencias (que no tienen por qué ser "ciegas" ni dogmáticas), a una determinada forma de ver las cosas, pero también puede tener implicaciones con claras dificultades para afrontar la realidad.

Sin embargo, sí existen tres dominios discursivos en los que aparece con mayor frecuencia la palabra ideología. Uno son los discursos políticos, tanto de la clase política como de la prensa especializada, por lo que el término parece remitir en este ámbito a ciertos sistemas de valores que subyacen a la condición política, lo mismo que a un sistema más o menos coherente de pensamiento político y de convicciones generales. Otro dominio discursivo con cierta frecuencia del término ideología es el que podemos denominar "instruido", aquellos con formación universitaria: aquí, Ibáñez considera que la ideología aparece como un elemento que marca el discurso y que oculta, en ciertas ocasiones, lo que llamamos realidad. Podemos explicarlo como algo que sobredetermina los discursos y las conductas, de tal manera que se producen conversaciones como "lo que dices está impregnado de ideología" o "es demasiado contradictorio en el plano ideológico para que su discurso tenga una mínima coherencia". Puede también explicarse el uso en este ámbito como algo relacionado con dar sentido a una interpretación de la realidad. El tercer dominio discursivo en el que se emplea con bastante frecuencia la palabra ideología es en el discurso especializado correspondiente a las ciencias sociales y humanas; aquí, aparece una tensión entre ciencia e ideología aumentando el sentido distorsionador del uso del término con expresiones como "esta teoría, encierra un conjunto de presupuestos ideológicos que merman considerablemente su rigor" o "esto se presenta baja las apariencias de la ciencia, pero en realidad es solo ideología"; aparece con cierta claridad en este ámbito que la ideología se contrapone al conocimiento válido y remite al enfrentamiento entre "lo verdadero" y "lo erróneo".

Parece claro que el uso del término ideología, de carácter polisémico y condicionado en gran parte por el sector social donde se emplee, se ubica sobre todo en los dominios discursivos de lo político, por una parte, y del conocimiento, por otra. En este último caso, el término se limita a oponer los conocimientos, verificados como válidos por los especialistas, con lo que se considera que son meras "creencias", propias de personas "inexpertas". Resulta curioso que en el origen del término, poco después de la Revolución francesa, esté un intento de apartarse radicalmente de la metafísica y substituirla por una auténtica ciencia capaz de tratar con rigor el mundo de las ideas. En los años posteriores, se empezará a dar un vuelco a esa intención y con Marx, como es sabido, se producirá un alejamiento casi definitivo de las intenciones originales. Hoy, se entiende como ideología la antítesis de la ciencia y de lo científico. Recordemos la concepción de Marx sobre ideología, sustentada en tres aspectos fundamentales: en primer lugar, la idea de que la conciencia es una producción social, es decir, nuestra pensamiento encuentra sus contenidos en el entorno social; en segundo lugar, son los modos de producción y las relaciones sociales que se derivan de ellos los que configuran los contenidos de la conciencia; en tercer lugar, la idea de que la clase dominante en las relaciones de producción tiene la capacidad de hacer compartir con los otros sectores sociales los contenidos de conciencia que corresponden a su posición de privilegio, lo que explicaría que los humildes compartan su visión del mundo con una posición social que no es la suya. Desde la visión de Marx, la ideología es un fenómeno esencialmente distorsionante, hasta tal punto que consigue enmascararse a sí misma en su propia condición de ideología; la ideología remite a las posiciones sociales, a las relaciones sociales y a la diversas prácticas sociales de los diversos grupos que forman una sociedad, y solo parece posible denunciarla en su condición de ideología, precisamente, a partir de otra ideología.

La influencia de Marx creará una corriente de pensamiento que enfatiza la naturaleza distorsionante de la ideología, ya sea mediante las determinaciones sociales e históricas del pensamiento, ya sea oponiendo ideología y ciencia. Sin embargo, Tomás Ibáñez recuerda otra corriente paralela a la anterior que se opone a la identificación entre ideología y error. Esta segunda corriente, subraya la función práctico-social de la ideología, hasta tal punto que resulta primordial para dar sentido a la realidad y desenvolverse en ella. Se alude al carácter sistematizado y a la coherencia interna de ese conjunto de ideas que denominamos ideología, mediante el que damos sentido a la realidad; se trata de una utilización del término ideología en un sentido muy amplio, como "visión del mundo", "sistema de ideas" o "conjunto de prejuicios" (entendemos aquí "prejuicio" en un sentido positivo muy diferente al peyorativo propio del habla vulgar, como aquello sin lo cual es imposible llegar a un juicio). Hasta aquí, un interesante análisis de lo que se entiende por ideología, realizado seguramente desde una concepción ideológica ligada a esa visión amplia y alejada, en la medida de lo posible, de todo reduccionismo y condicionantes. Sin embargo, queda otro análisis igualmente importante y es tratar de desentrañar cómo penetra la ideología en la mente de las personas. Ibáñez recuerda dos metáforas, la de la esponja y la del laberinto, diferenciadas en cuanto al grado de pasividad o actividad que se atribuye al individuo, aunque ambas implican un fuerte grado de determinismo y refutan toda concepción de una voluntad libre, ya que el sujeto acaba siendo movido por ciertos hilos que lo conducen allá donde él cree ir voluntariamente.

La metáfora de la esponja alude a la absorción, cotidianamente, de los presupuestos y contenidos ideológicos del medio social en el que nos movemos, ya sea a través de los aparatos del Estado o a través de familiares, amigos o medios de comunicación. De un modo algo elemental, la mente de los individuos se impregna de la ideología dominante que circula en la sociedad (como la esponja de la metáfora); el propio sujeto acaba convirtiéndose en difusor de esa ideología mediante sus prácticas cotidianas, mediante los relatos que confecciona sobre su forma de ver el mundo (que es la forma que se le ha enseñado, claro), y se comportará de forma "libre" según la ideología dominante (es decir, tal y como la sociedad espera que se comporte). Esta metáfora de la esponja presupone un sujeto pasivo, simple receptor de una ideología fabricada, y solo se convierte en sujeto activo precisamente para reproducir de modo inconsciente la ideología que lo habita y lo conforma. Son las evidentes limitaciones de esta metáfora, que convierte al sujeto en una marioneta, las que condujeron a la elaboración de otra más compleja. La metáfora del laberinto alude a que las diferentes inserciones sociales del sujeto conllevan de forma necesaria una serie de micro-obligaciones, de micro-sanciones, de micro-imposiciones, que le empujan a desarrollar las prácticas requeridas por esas inserciones. Las sanciones por no desarrollar las practicas exigidas por la posición social suelen ser de "baja intensidad", por lo que el sujeto posee el sentimiento de que es libre para desarrollarlas en ausencia de una coerción perceptible. Esa situación lleva al individuo a elaborar las consecuentes justificaciones y defensas argumentales de unas prácticas que, al ser aceptadas sin una coerción clara, coinciden aparentemente con lo que él llevaría a cabo considerándolas las más adecuadas. Así, de esta forma el sujeto elabora por sí mismo, esta vez de forma activa, la ideología socialmente adecuada y requerida por la posición social que ocupa.

No obstante, si examinamos detenidamente, ambas metáforas implican un sujeto inmerso en la ideología dominante en su entorno, por lo que no hay una diferencia radical entre ambas. La condición de sujeto activo, en la metáfora del laberinto, no es sino la formulación en positivo de que el sujeto es el producto necesario de sus circunstancias sociales (por lo tanto, y en realidad, un sujeto pasivo). Da igual que el sujeto adopte o "construya", en ambos casos realiza lo que la ideología requiere de él en función de su ubicación social. Lo que Tomás Ibáñez propone es repensar el fenómeno ideológico en base a una serie de aspectos. En primer lugar, considerar que una ideología no tiene por qué ser un sistema infalible con interpretaciones unívocas, por lo que es aceptable la contradicción y un margen de interpretación amplio, tanto para definir los presupuestos de la propia ideología, como para elaborar interpretaciones de la realidad a partir de ella. Las ideologías no aparecen ya completamente construidas y formadas, muy al contrario, se fraguan en un proceso histórico compuesto de tradiciones diversas y de prácticas múltiples. Un individuo en una determinada posición social que conlleva ciertas prácticas, por muy conformado que esté ideológicamente, no tiene más remedio que acudir a sus propios recursos para usar su ideología según uno u otro de los usos que ella le permite; tal cosa explica que los individuos, con la misma ideología, construyan no obstante diferentes significados en situaciones similares, y también explica que un mismo individuo elabore, según el momento y las circunstancias, posturas contradictorias acerca de las diversas cuestiones. Otro importante aspecto a tener en cuenta es la diversidad de las ideologías. Incluso, en la sociedad más cerrada estamos expuestos a una pluralidad de ideologías, que coexisten y no pueden evitar referencias mutuas. Por supuesto, las hay más dominantes que otras, pero incluso en el sistema más totalitario la ideología se nutre e impregna de aquellas frente a las que se define. Esta situación es una de las razones por las que el individuo no actúa como un mero autómata, siguiendo las pautas intepretativas marcadas por una ideología, y tiene que acudir a sí mismo para encontrar en sus propios recursos los elementos que le permitan dar sentido a la realidad y a los eventos producidos en ella.

Un tercer aspecto alude al carácter dilemático de la ideología. Lo que quiere decirse es que el pensamiento juega permanentemente con la variedad de perspectivas posibles sobre cualquier cuestión. Sobre una misma cuestión, el individuo puede mantener posturas distintas, incluso contrapuestas, según la circunstancias; de una u otra manera, todo el mundo puede adecuar su postura al contexto, ya que podemos conocer argumentaciones a favor y en contra de cualquier cuestión sobre la que haya que posicionarse. Tomás Ibáñez se esfuerza por demostrar que el individuo no es un mera esponja ni un simple autómata, ya que acaba no teniendo más remedio que construir su postura mediante los variados materiales y herramientas a su alcance. No existe un determinismo absoluto en el dominio ideológico, debido a su propia naturaleza incierta, y el individuo acaba construyendo sus propias interpretaciones acudiendo a las producciones creadas por sus grupos de pertenencia (conversaciones en su seno, tomas de postura entre sus miembros, narraciones construidas...). Son esas producciones colectivas las que permiten al individuo validar su propia interpretación de la realidad, proporcionándole el marco a partir del cual se asegura que su definición e interpretación de lo que acontece está suficientemente compartida como para ser considerada útil y válida. Se entiende que esa seguridad solo se alcanza en el seno del grupo, ya que no puede darse a partir de las referencias directamente proporcionadas por la ideología (ya que la misma no tiene suficiente precisión interpretativa). Tomás Ibáñez, que apuesta obviamente por el anarquismo, considera que la ideología solo encuentra su realidad en el valor de uso que le otorga su situación en el grupo, en el intercambio, en la argumentación y la contra-argumentación. En definitiva, la ideología es una práctica, no es ninguna esencia.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Ideologías

¿Qué queremos decir exactamente cuando hablamos de tener una "ideología"? Huyendo de la utilización de la filosofía como herramienta elitista, y como separación del mundo de las ideas con la realidad cotidiana (algo que observo como muy habitual), me parece importante reflexionar sobre este aspecto, y por varios motivos. Por un lado, vivimos en una sociedad básicamente conservadora, en la que tener una ideología parece una cosa arcaica propia de personas dogmáticas que desean, inútilmente, cambiar el mundo conforme a un modelo establecido. Desgraciadamente, incluso a un nivel vulgar, es el pensamiento que ha triunfado: las grandes ideologías murieron y todo intento de resucitarlas supone el peligro de una nueva tentación totalitaria. Si nos situamos en una posición muy diferente, personas que aseguran tener una ideología se parapetan en ello como si ya todo estuviera dado de antemano y no fuera necesario un mayor esfuerzo humano. Digamos que de la palabra "ideología" puede hacerse una lectura polisémica, en alguna de las cuales debería haber cierto nivel de profundidad, o simplemente podemos definirla como un "conjunto de ideas" (de una persona o de una colectividad). En cualquiera de los casos, reducir la ideología a algo dogmático o relegarla a algo ya superado o considerarla una actitud inmadura son visiones pobres y, diría, resultado de un nefasto momento que vivimos para el pensamiento. Toda persona tiene (o se ve influida) por un conjunto de ideas, por una ideología, y otra cosa muy diferente es mantenerse bien alejado, tanto de actitudes dogmáticas, como del papanatismo. Creo que nuestra sociedad es más proclive al papanatismo, es decir, a dejarse seducir por el pensamiento ajeno; además, como las personas con cierta influencia y alcance mediático no se caracterizan, en su mayoría, por un gran nivel intelectual, ni ético, el siempre reprobable papanatismo campa a sus anchas amparado en ese paupérrimo nivel.

Marx, tan brillante como excesivo, consideraba que la ideología era una ilusión de la conciencia resultado de las bases materiales y de la condición de clase, y también un retraso de la conciencia social respecto de la evolución de las necesidades materiales de la sociedad. Esta visión, tan rígida como considerar todas las formas de la superestructura cultural (filosofía, ciencia, derecho, religión...) producto de la infraestructura económica, es digna en mi opinió de ser tenida, al menos, en cuenta. Marx realiza su crítica ideológica y considera que la alienación de la conciencia es el reflejo intelectual de la alienación del hombre bajo ciertas condiciones económicas (agudizada en el sistema capitalista). Bajo este prisma, el carácter ideológico del pensamiento no sería una propiedad esencial invariable de la razón humana, sino un resultado de falsas relaciones sociales. Todavía puede encontrarse otro significado de ideología en Marx, emparentado con la consideración de "teoría falsa", que vendría a oponerse al conocimiento verdadero o ciencia real y positiva. No obstante, quedémonos con la importancia de esa concepción de la ideología como "falsa conciencia" (e insisto, todos tenemos o nos vemos influenciados por un conjunto de ideas), desde el momento en que la clase social dominante proyecta sus intereses a través de esas expresiones culturales y morales. Algunos marxistas, no obstante, han aceptado este consideración de la ideología como falsa conciencia, pero han distinguido otra interpretación de ideología precisamente como lo contrario, como modo de luchar contra esa falsa conciencia.

Aun teniendo en cuenta esta concepción marxista de la ideología, es necesario ampliar el horizonte y huir de tanta alienación y determinismo. La ideología tiene muchas, demasiadas, caras, y solo pueden ponerse a prueba las ideas a través de la praxis ética y social. Es decir, para mí hablar de ideología es hacerlo, necesariamente, de ética, aunque tantas veces ambos términos sean divergentes. ¿Qué hay del anarquismo? Aunque es seguro que no todos estarán de acuerdo conmigo, yo matizaría el carácter meramente "ideológico" de las ideas libertarias. Es más, el anarquismo se vincula con muchas ideas (materialismo, cientifismo, ateísmo...), pero estaremos de acuerdo en que su horizonte es (siempre) más amplio. De hecho, es posible distinguir muchas posturas en la evolución de las ideas ácratas, de tal manera que resulte prácticamente imposible asociar "ideología" anarquista con dogmatismo. Volviendo al terreno marxista, y sus obsesiones de clase, tantas veces se vinculó el anarquismo con una ideología propia del pequeño burgués, de tal cosa se acusó a Proudhon, o de un "desclasado" tipo como Bakunin. Si hay que asociar anarquismo con una clase social, sería la de los más oprimidos; precisamente en España triunfó, tanto en el proletariado urbano como en el terreno rural con los campesinos, lo que dificulta enormemente reducir el análisis a una condición de clase. Podemos aceptar, aunque sea para no estar constantemente matizando y acabar obstaculizando la comunicación, que existe una ideología anarquista formada por una tradición histórica y por un conjunto de pensadores y tendencias. Sin embargo, hay que recordar lo vinculable del anarquismo siempre a una poderosa ética que actúa como auténtico motor social. Por poner un ejemplo, el materialismo puede abrazarse rápidamente, entendido como deseo de mejorar las condiciones materiales de la sociedad, pero solo puede desarrollarse gracias a la idea de la solidaridad, cuya práctica influye sobre la conciencia y los actos humanos. ¿Es la solidaridad, o cualquier forma ética, parte de una ideología?, ¿es parte de una (supuesta) esencia humana?, ¿tal vez, como consideraría Marx, una falsa conciencia solo soluble en la sociedad sin clases? Tal vez hay que aceptar, en aras de la libertad, que una u otra idea es parte de una posibilidad de la existencia humana. Muchos trabajamos en gran medida en ese terreno de las ideas o de las ideologías, y no hay que desdeñar para nada la posibilidad de su influencia, aunque las relaciones sociales dificulten enormemente la posibilidad de un cambio de conciencia. En cualquier caso, quedémonos con dos ideas importantes: que todos, absolutamente, todos nos vemos influidos por una serie de ideologías (por mucho botarate, tan conservador como papanatas, que asegure lo contrario) y que el compromiso ético debería tener mucho que ver con tener unas ideas.

martes, 7 de octubre de 2008

La necesidad de la ideología y del debate ideológico

Un director de un periódico de tendencia derechista y amarillista, no sé si tiene más de lo segundo que de lo primero -por otra parte, ambos conceptos tal vez se alimenten en interés mutuo-, ha dicho recientemente "La ideología es siempre enemiga de cualquier necesidad humana porque aleja del realismo". Los lectores de este hombre, que parecen ser para mi desgracia unos cuantos, tal vez asientan entusiastas ante una aseveración, repetida una y otra vez por la derecha más recalcitrante y/o interesada -interesada, obviamente, en mantener un status-. Pero los aplausos endogámicos o la repetición sistemática, tácticas tan propias de la derecha española, no convierten una falacia en verdad. Falacia, porque lo que se quiere significar con "ideología" es socialismo. Cualquier socialismo, desde la "tremenda" política social de Zapatero hasta el gulag estalinista son producto de lo mismo, la falaz y fallida ideología sin ninguna conexión con la realidad. Sin ninguna conexión con el pragmatismo político, en definitiva, que ya sabemos lo que significa: la condena a la miseria a gran parte del planeta.
Esta afirmación machacona, más maquiavélica que ignorante, sobre "el fin de las ideologías" no es nueva, se remonta a una obra de Daniel Bell publicada a comienzos de los años 60, en la que se quería dar a entender que todas las ideologías políticas y político-sociales se habían convertido en innecesarias antiguallas, que se mantenían por pura inercia en una sociedad en la que los problemas eran técnicos y no ideológicos ni políticos. Tal y como se repite hoy en día, este análisis mezquino y simplista, más propio del deseo que de la realidad -tal vez, por eso, también es "ideológico"- se aplica no solo a las sociedades más desarrolladas, sino también a las que están en proceso de desarrollo o por debajo del mismo, ya que sus problemas son técnicos. Es demasiado fácil desenmascarar esta tesis del "fin de la ideología" como claros intereses que, con esa pretendida ausencia, no encubren más que una ideología de clase.
El debate ideológico es hoy tan necesario como en cualquier otro momento de la historia. Como afortunadamente todavía señalan mentes lúcidas, no tantas como gustaría, la auténtica polémica -uso aquí esta palabra recordando su raíz filosóficamente más combativa- está en el terreno del pensamiento. Y no en el militar como lleva a cabo la derecha en su inicuo "pragmatismo" político y económico.
La ideología puede concebirse de múltiples maneras, no puede hacerse una utilización simplista rayana en el insulto a la inteligencia. Una acepción histórica y "clásica" aludía a una disciplina filosófica básica cuyo objeto es el análisis de las ideas y de las sensaciones, una especie de ciencia del conocimiento en la que también entraba la aplicación del pensamiento a la realidad -algo perfectamente disociable, en mi opinión, de cualquier "idealismo"-. Hubo varias generaciones de filósofos franceses, con opiniones muy distintas, que se suelen encuadrar en esta noción de ideología; los más conocidos guardan cierta relación con pensadores sociales como Fourier, Saint-Simon o Comte. Un primer uso peyorativo del término "ideología" se debe a Bonaparte -muy significativa esta instrumentalización del lenguaje y de las ideas por parte de un tirano-, al referirse como "doctrinarios" a pensadores que le negaron finalmente su apoyo. Importante, y también muy significativa, es que sea Maquiavelo el primero que pusiera en claro un posible desvío entre la realidad y las ideas políticas. Naturalmente, la realidad a la que se refería el filósofo y diplomático florentino era también política.
Marx, cuyo pensamiento tiene la raíz en Hegel, concibe la ideología como una teoría falsa, como la racionalización o enmascaramiento de algún sistema económico-social. Eugenio Trías ha hablado de dos tendencias en la noción de ideología de Marx, no necesariamente incompatibles: por un lado, pone de relieve el carácter de sublimación de ciertas condiciones sociales o materiales de vida; por otro lado, la ideología se opone al conocimiento verdadero o a la ciencia real y positiva. Se puede hablar de que la realidad social determina la conciencia, por lo que ésta puede ser "falsa conciencia" de una determinada clase social -el reflejo de sus intereses de clase-. Marx habla, sobre todo, de las ideas y normas morales y de las creencias religiosas como los cimientos más fuertes para la creación de ideologías. Lenin, en su dogmatismo negador del pluralismo y de la libertad, identificaba el llamado "espíritu de partido" con la teoría correcta, por lo que no existía diferencia alguna entre ideología y "ciencia real". Para Lukács, la burguesía y el proletariado están igualmente alienados, pero la primera niega esa condición por interés de clase y solo el segundo la conoce y posee la ideología fundada en el conocimiento de superar esa alienación. Para Habermas, la ideología se expresa allí donde, en virtud de la violencia y de la dominación, se produce una distorsión de la comunicación y propone una crítica de las ideologías para conducir a la liberación y la emancipación. Lewis S. Feuer abogaba por un "uso científico" del término "ideología" -en el que encuadraba el uso marxista-, que señalara la veracidad o no de unas ideas frente a otras, y lo distinguía de un "uso ideológico", que sostiene que todas las ideas se originan en intereses y no existe, por lo tanto, verdad objetiva. Max Scheler consideró que el problema de la ideología está tratado dentro del marco de la sociología del saber, por lo que resulta un factor importante el contexto social e histórico para estudiar el conocimiento. Karl Mannhelm está en esa línea, con particular interés por las cuestiones de índole política y social, y trató sistemáticamente el problema de las ideologías como "reflejos" de una situación social que a la vez ocultan y revelan -como la de un grupo dominante, imposibilitado para ver una situación en que sus intereses se menoscaban-. Sartre distinguía entre filósofos e ideólogos, siendo aquéllos los auténticos creadores, ya que han producido un pensamiento que ha hecho viviente la praxis; los ideólogos, en su inventario o en la construcción incluso de algún edificio intelectual, actúan nutriéndose del pensamiento de los filósofos.
Un rápido vistazo en la historia del pensamiento del término "ideología" convierte en ridícula la tesis del "fin de…". Trata de sustentar un sistema económico y político, de tendencia global, que se nutre del "clásico" liberalismo económico y de la noción de Estado moderna. Todo ello, perteneció, claro está, al terreno de las ideas, y es hoy una realidad que puede perfectamente ser cambiada por manifestaciones políticas y sociales -producto del intelecto y de la acción del ser humano- más inteligentes, libres y equitativas.
Al fin y al cabo, el anarquismo insistió siempre en no distinguir entre teoría y praxis, en dar validez a la ideología con la práctica.