domingo, 17 de enero de 2010

Motores de evolución

Hace poco discutía, sanamente, con un amigo sobre la "lucha de clases" como motor histórico y social, y en mi pobres intenciones contrarias a "reducir" la cuestión me negaba a aceptarlo como factor único. No obstante, la importancia de esta lectura sociohistórica es indudable y, sin ánimo de exhaustividad alguna, vamos a comprobar la información que podemos recabar al respecto. Para ello, hay que repasar nociones como "materialismo dialéctico" o "materialismo histórico" (claves en el pensamiento moderno).

Parece ser que la expresión "materialismo dialéctico" fue acuñada por Plejanov (abreviada con el termino Diamat), tantas veces identificada con el marxismo, aunque los expertos aseguran que las diferentes variedades del marxismo hacen esa identificación poco afortunada. A pesar de ello, hay que recordar varias cosas de Marx: que fue un materialista opuesto al materialismo mecanicista; que en su pensamiento hay una fuerte impronta dialéctica, y que acabó confirmando una de las leyes dialécticas, el paso de la cantidad a la cualidad, según el modelo de la Lógica de Hegel. Según Ferrater Mora, Marx es identificable con el "materialismo histórico", noción que veremos más adelante.

La formulación del materialismo dialéctico se encuentra en Engels, siempre en la línea de Marx y tratando de aportar y completar su pensamiento, la cual se incorporó al "marxismo ortodoxo" y a la denominada "filosofía soviética". No obstante, hay que aclarar que es posible sostener el materialismo dialéctico fuera de la ortodoxía marxista, bien para apartarse del marxismo-leninismo o para hacerlo de la razón analítica y positiva (en otras palabras, dejando a un lado la causalidad y primando la dialéctica). Las intenciones de Engels fueron apoyarse en Hegel para dar lugar a una "filosofía de la naturaleza" que superara el materialismo mecanicista, tan propia de las interpretaciones filosóficas de la ciencia en el siglo XIX. El modelo mecánico sería demasiado superficial para Engels, no tiene en cuenta el nuevo desarrollo científico (como el de la evolución de las especies), y tampoco el carácter práctico del conocimiento y la cuestión de que las ciencias están vinculadas a las condiciones sociales y al hecho posible de revolucionar la sociedad. Si el materialismo mecanicista se basa en la idea de que el mundo está compuesto de cosas, de partículas materiales combinadas entre sí de un modo inerte, el materialismo dialéctico dice que los fenómenos materiales son procesos. Hegel diría que esos procesos naturales son manifestaciones del "Espíritu", pero lo que se coloca ahora en la misma base de esos procesos es la materia en cuanto que se desarrolla dialécticamente. Son tres las grandes leyes dialécticas de la naturaleza: ley del paso de la cantidad a la cualidad, ley de la interpenetración de los contrarios (u opuestos) y ley de la negación de la negación (según la cual, un germen da lugar a una flor, la cual acaba muriendo y produciendo otro germen que florecerá). Para Engels, negar que existen contradicciones en la naturaleza es caer en la "metafísica", el movimiento mismo supone estar lleno de contradicciones y los cambios no pueden explicarse sin esa lucha entre opuestos. El carácter de lucha y oposición de contrarios es universal, se manifiesta tanto en la sociedad y en la naturaleza como en la matemática.

Después de Engels, otros autores sostuvieron el materialismo dialéctico modificándolo de alguna manera. Lenin, iniciador del marxismo-leninismo, insistirá menos en el concepto de "materia" como realidad sometida a cambios según los procesos dialécticos. La posición del ruso supone huir del idealismo y del fenomenismo, defendiendo para ello un realismo materialista, aunque insistiendo en el aspecto dialéctico. Lenin equiparará la realidad material con el mundo real "externo" reflejado por la conciencia, la cual copia este mundo mediante las percepciones; éstas, serán una especie de "reflejos" de la realidad material misma, lo cual no quiere decir que las percepciones describan el mundo físico tal como es. El verdadero conocimiento es el conocimiento científico, y la percepción no es incompatible con ese conocimiento. Según el ruso, el materialismo dialéctico, así como la epistemología realista y científica propia de él, constituye la doctrina para la lucha a favor del comunismo; si se puede equiparar con una ideología el materialismo dialéctico, será la "teoría verdadera" que dará lugar a una sociedad sin clases.

En cuanto al materialismo histórico (Hismat, de nuevo según Plejanov), sí puede considerarse característico del pensamiento de Marx. Según no poco autores, es posible sostener el materialismo histórico sin apoyarse en el dialéctico. En cambio, a la inversa resulta francamente difícil. Tampoco parece fácil dejar al margen a Engels de la elaboración del materialismo histórico, aunque habitualmente se vincule con Marx y con el marxismo. Una de las ideas principales es la de transformar el mundo material por medio del trabajo. En la sociedad capitalista, el trabajador enajena su trabajo al convertirse en un producto de compra y venta. La causa de ello está en los modos y relaciones de producción, y entender éstos supone hacerlo también de la formación de las sociedades. La historia de los hombres, como historia de las sociedades, se entiende entonces tomando como base el mundo material y lo que realizan los seres humanos con él; los cambios en las condiciones materiales de existencia son, así, el fundamento de los cambios sociales e históricos. El resto de actividades humanas y sus consecuencias (Estados, leyes, cultura...) se hallan subordinados a los modos de producción. La verdadera preocupación de Marx está, no tanto en la naturaleza humana (que sería una abstracción), sino en lo que ésta hace con el mundo (realidad concreta, que cambia y evoluciona). Se trata de comprender los mecanismos de la formación de las sociedades y los cambios que se operan en ellas, los cuáles son de naturaleza dialéctica al producirse en las sociedades conflictos que se resuelven gracias a transformaciones en la estructura. Se trata de una dialéctica "real" que permite comprender que en la historia, al producirse la "lucha de clases", existen negaciones de una clase por otra. Una clase dominante, impulsora de los modos de producción, cae víctima de una serie de tensiones y contradicciones intrínsecas, cediendo su lugar a una clase desposeída que asume el mando de los modos de producción.

En cualquier caso, creo que puede decirse que esta situación no se produce de manera mecánica ni, totalmente, gracias a unas condiciones objetivas. Es necesaria la voluntad humana, la actividad revolucionaria de la clase desposeída para acabar con los privilegios de clase; en caso contrario, la historia parece estancarse. Una de las cosas rechazables en Marx, es la subordinación que realiza de la acción humana a unas determinadas condiciones objetivas, para él las relaciones de producción se definen de manera independiente a la voluntad del hombre. Para el marxismo, "el modo de producción en la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida". Ello ha supuesto que numerosos autores afirmen que, según el materialismo histórico, la economía constituya la base de la historia y de todas sus estructuras. No obstante, no hay una subordinación de todos los sectores sociales a uno solo, lo que ocurre es que en todas la actividades humanas están presentes los modos y relaciones de producción material. El materialismo histórico trata de proporcionar una explicación concreta de la formas básicas de las estructuras sociales humanas, y de las condiciones y leyes que rigen sus cambios en el curso de la historia.

A pesar de que Bakunin (padre del anarquismo moderno, con permiso de Proudhon) adoptó, en gran medida, la concepción materialista de la historia y aunque el objetivo para el anarquismo es también una sociedad sin clases (una de las características obvias de una sociedad antiautoritaria), la visión ácrata se aparta inevitablemente, casi desde su origen, de Marx y sus herederos. No hablamos esta vez de diferentes medios sociales y políticos para lograr un fin, la simple idea de una voluntad subordinada y víctima de unas leyes de la historia resulta, en mi opinión, odiosa a un espíritu libertario. La lucha de clases está en gran medida asumida, no solo por las ideas anarquistas, pero el enriquecimiento de éstas se produce con factores que corresponden al plano de la actividad humana: el apoyo mutuo como importante factor evolutivo, la solidaridad como indispensable presencia social, la libertad como muestra de dignidad humana... El deseo de acabar con toda institución coercitiva, que obstaculice el desenvolvimiento de una sociedad libre, hace que no puedan verse unas simples condiciones objetivas (aunque la idea antiautoritaria constituye, en sí misma, un atractivo motor de evolución social), se entiende que la libre experimentación en las relaciones económicas es uno de los factores importantes para los objetivos. Para el anarquismo, es mi opinión, es la acción humana frente a toda resistencia autoritaria un elemento indispensable para el cambio social.

jueves, 14 de enero de 2010

De obras literarias y cinematográficas

Me resulta curiosa la polémica entre el escritor Juan Marsé y los artífices de una película, supuestamente escandalosa (me asombra y entristece que tal etiqueta se emplee a estas alturas, con la amenazante sombra de los tan patéticos como inicuos guardianes de la "moral") sobre el poeta Jaime Gil de Biedma. No he visto, ni creo que lo haga, El consul de Sodoma, título que ya avisa sobre los propósitos de un tipo de obra que se me antoja algo anacrónica y algo oportunista. Como soy un modesto aficionado tanto a la literatura como al celuloide, al margen del interés que pueda tener en una determinada novela o película, acabo siguiendo de cerca todo este tipo de cosas, no exentas de morbo. Contrariamente a lo que opinan muchas personas, el cine me ha descubierto notables obras escritas y, viceversa, de literatura supuestamente mediocre se han logrado notables adaptaciones cinematográficas (e, incluso, teniendo simples novelas "alimenticias" en su origen, como es el caso de la gran Sed de Mal de Welles).

Recuerdo el inexplicable caso de Javier Marías, escritor del que se adaptó su novela Todas las almas con el título El último viaje de Robert Rylands, dirigida por la interesante Gracia Querejeta a mediados de los 90. Pues bien, el escritor acabó ganando un juicio a la productora, ya que le indignó tanto la adaptación cinematográfica que inició una demanda para que retiraran su nombre de los títulos de crédito. No termina de caberme en la cabeza que uno venda los derechos de una obra literaria, tomando luego la deriva que sea, para acabar exigiendo luego tal despropósito en nombre de una supuesta defensa de la autoría. En el polo opuesto existe el pragmático y crematístico caso de Arturo Pérez Reverte, el cual ha afirmado en alguna ocasión que se niega a hacer valoración alguna de la adaptación de una obra suya, de la índole que fuere, mientras dure su carrera comercial en las grandes pantallas. Juan Marsé no es un escritor que me estimule demasiado, aunque he de reconocer que sus historias "respiran" un aire muy cinematográfico, y estoy de acuerdo con él en que no ha tenido excesiva suerte en las adaptaciones que ha "sufrido". En su enésima répica hoy en El País, en la polémica a la que aludía al inicio de este texto, acababa asegurando que el mejor guión que adaptaba una obra suya nunca llegó a rodarse. El escritor no menciona el título de la novela ni el artífice, o artífices, de la adaptación, pero estoy casi seguro de cuál se trata.

Se supone que este blog está estrechamente vinculado al anarquismo y, créanme amigos lectores, algún nexo de unión acabará establecido. España es un país en el que una vez hubo un poderoso movimiento libertario y, a pesar dede la guerra, de la dictadura y de la general ignominia, una impronta ácrata aparece más tarde o más temprano por estas tierras (algunos, nos obcecamos en rastrearla). Marsé, estoy casi seguro, alude a la adaptación que de su novela El embrujo de Shangai iba a realizar el inefable Víctor Erice. Por los motivos que fueren, Erice es cualquier cosa menos un autor "fácil", el proyecto no llegó a buen puerto y la adaptación la llevó a cabo años más tarde Fernando Trueba con, en mi opinión, mediocres resultados. En el origen del primer proyecto, estuvo implicado el malogrado director Antonio Drove, con el que tuve ocasión de trabajar durante un breve tiempo en sus intentos de adaptación. Tiempo después, fue publicado el guión firmado por Erice (desconozco lo que quedó del trabajo de Drove) teniendo tal vez una curiosa entidad propia como obra literaria aparte (lejos, por lo que dicen los entendidos, de la "ligereza" de Trueba).

Antonio Drove fue un director curioso, con un talento que tal vez no pudo ser lo suficientemente desarrollado, o quizá no se lo permitieron. Sus dos mejores películas, y vuelvo así al tema inicial de esta entrada, son adaptaciones literarias que contaron con el beneplácito de los respectivos escritores. El caso de El Tunel, fue una adaptación perseguida por no pocos realizadores, siendo Sabato por lo visto un escrito nada sensible a ser "seducido", cayendo finalmente en manos de un autor que obtuvo una película más que digna. La verdad sobre el caso Savolta, buena novela de Eduardo de Mendoza desarrollada durante la Primera Guerra Mundial en la que el movimiento anarquista tiene un indudable protagonismo, tuvo un curioso salto a la pantalla. El escritor, lejos de indignarse, se entusiasmó con la película. Recuerdo a Drove asegurando que Mendoza deseaba, incluso, escribir una nueva novela basada en la obra fílmica. La fascinación que tenía Antonio Drove por Francisco Sabaté, personaje del que yo lo desconocía todo por aquel entonces, trascendía casi con seguridad la realidad para adentrarse en el terreno cinematográfico de la leyenda (algo para lo que acabo encontrando una noble legitimación, dada la naturaleza del narrador). Recuerdo las supuestas anécdotas sobre "El Quico", en las que el maquis anarquista adoptaba un cariz mítico y se transmutaba tal vez en un personaje de John Ford, con propósitos y motivaciones muy diferentes a los del imaginario fordiano, pero con una entereza y un valor equiparables.

Francisco Sabaté Llopart (1915-1960) fue uno de los últimos "guerrilleros" resistentes a la dictadura de Franco. Un hombre que luchó por unos ideales desde temprana edad, tanto enfrento al fascismo como el estalinismo, que nunca dio la batalla perdida contra la dictadura (tal vez, ya no sabía o podía hacer otra cosa) en una época en que los llamados países "democráticos" ya habían permitido a Franco mantener su régimen. Sabaté, junto a muchos otros, tomaron una vía que es siempre cuestionable, pero difícil de juzgar en un contexto de infamia y represión. Sus hazañas eludiendo y burlándose de la policía y de la Guardía Civil, sus numerosos atracos y golpes a la dictadura tienen visos casi legendarios. En cualquier caso, y como legitimo aporte a una revitalización de la pervertida memoria de este país, su biografía merece ser terreno abonado para grandes obras literarias y/o cinematográficas. La periodista Pilar Eyre escribió hace una década una especie de novelización llamada Quco Sabaté, el último guerrillero, que pretendía no dejar a un lado el rigor histórico, tan interesante como insuficiente. De mayor enjundia es la obra de Antonio Téllez, en la que se basa Eyre en gran medida, Sabaté Guerrilla urbana en España (1945-1960), en la misma línea que su libro sobre otro luchador antifranquista, Facerias Guerrilla urbana (1939-1957). La lucha antifranquista del Movimiento Libertario en España y en el exilio. Estoy seguro de que Antonio Drove hubiera convertido estas vidas en memorable material cinematográfico. Desgraciadamente, en su caso ya nunca lo sabremos, pero valgan estas palabras como recuerdo de un noble y legítimo propósito de contar historias de ficción (basadas, en este caso, en una tumultuosa realidad).

lunes, 11 de enero de 2010

No es que Almudena Grandes fuera antes una figura intelectual que me transmitiera gran cosa, al margen de su calidad literaria (que, por otra parte, y en mi modesta opinión, tampoco creo que sea nada del otro mundo), pero su columna de hoy en El País me saca de mis casillas.

Ésta es la cartita que mando al "prestigioso" diario, deseoso de que publiquen de una vez un texto de calidad (póngase aquí un emoticono alusivo a la ironía):

No es que me sorprenda la utilización a la ligera, por parte de Almudena Grandes, de la conocida frase de Proudhon, "La propiedad es un robo" (en su columna del 11/01/20109). El de Besanzón es un autor tan vilipendiado e incomprendido como fascinante (valga como ejemplo que su noción de propiedad es, coherente con un pensamiento heredado por el anarquismo moderno, un equilibrio entre lo privado y lo colectivo). Entiendo que cuando peligran las habichuelas resulta apropiado recurrir a cualquier lugar común. Lo que es verdaderamente cabreante es que Grandes ponga en boca de unos supuestos "libertarios" de 1936 unas palabras tan insultantes como "No hagamos la guerra; hagamos la revolución, que es más bonita". Si, además, hacemos un poquito de caso a su propia frase "aclaratoria" o tal vez "justificatoria" ("con resultados por otra parte bien conocidos"), las intenciones resultan bastante nítidas. Si lo que quiere decir la señora Grandes es que la guerra la perdió el bando republicano por culpa de los anarquistas, y de sus intenciones revolucionarias, hay que recordar por enésima vez que la dicotomía entre guerra o revolución solo es un pobre tópico más acerca del conflicto. Los anarquistas fueron los primeros que se enfrentaron al ejército rebelde, desde el principio anulando la insurrección en tantos lugares, y también cuando se produjo la militarización de las milicias. Porque, señora Grandes, la militarización fue un hecho, y se perdió igualmente la guerra por diversos factores que solo la honestidad puede dilucidar. La transformación social que se llevó a cabo, de manera paralela al conflicto, tuvo resultados encomiables que no han sido lo suficientemente valorados. La práctica revolucionaria fue finalmente aplastada por la izquierda autoritaria aliada de las clases privilegiadas (que sí, señora Grandes, que también existían en la República al igual que en nuestra sociedad actual). La Guerra Civil Española es uno de los hechos más estudiados del siglo XX y, paradójicamente, más pervertidos y manipulados. Y no solo por la derecha política.

domingo, 10 de enero de 2010

Antiamericanismo

El prurito "antiamericano" de cierta izquierda es ya un cliché. Como, por otra parte, el supuesto "antisemitismo", que no es tal en gran parte de los casos, sino críticas concretas al Estado de Israel. La derecha alude a estas cuestiones con el afán de alabar, ya sabemos qué (liberalismo vinculado al capitalismo, democracia vinculada al poder), y de ridiculizar a una "progresía" con supuestas intenciones maniqueas. Pero es cierto que cierta izquierda parece llevar en su código genético esa aversión a todo lo que provenga de tierras yankis, de tal manera que tantas veces me resulta estridente y simplón escuchar según qué palabras. Hay demasiadas cosas que no nos gustan de los Estados Unidos de América; es cierto, en gran medida, que aquella es, o al menos se ha convertido en, la patria conservadora por excelencia, que su concepto de libertad y de democracia esconden demasiada mierda. Parece que es, especialmente, en los campos sociopolíticos y económicos donde las críticas siguen siendo demonizadoras, pero resultan indisociables de un consumo atroz de una cultura norteamericana mayoritariamente infantil e inane. Una cultura yanki que nos impregna a todo hijo de vecino, todo hay que decirlo, y la respuesta no me parece que sea ni la evasión (y no me refiero solo a lo "físico") ni la palabra vacua. Se me antoja que los focos críticos, más profundo que una mera pose seudointelectual, pueden ir paralelos a un auténtico espíritu transformador. Estamos hablando de la nación/Estado (curiosamente, y en realidad, un federalismo de estados digno de estudio) más poderosa del planeta, un auténtico imperio sin competencia actual (la competencia en el pasado no representaba nada mejor, y no hay que olvidar la palabra "totalitarismo" que aparece todavía en ciertas corrientes ideológicas), que se expande por la fuerza de las armas ("justificada" por la falsedad de una retórica vacua) y por la fuerza económico-consumista-explotadora. Sin embargo, y al margen de esta realidad en la que yo creo firmemente (la realidad de un capitalismo depredador y de la legitimación de nuevas formas de dominación), me parece cuestionable hasta qué punto es bueno seguir insistiendo en las poses y en los estereotipos (o, al menos, no cuestionarlos con un afán superador) no obstaculiza la capacidad de buscar nuevas respuestas sociopolíticas.

Seguramente, y como acostumbro, no me explico del todo bien. Las preguntas que me hago giran en torno a si la clase política norteamericana es peor que la europea, si los intelectuales tienen un perfil más bajo que en otras culturas o si el publico yanki es verdaderamente tan estúpido y sumiso (o, al menos, si lo es más a estas alturas que cualquier otro en una sociedad de consumo). Por ejemplo, un intelectual tan valorado como Chomsky, adscrito tantas veces a un llamado "socialismo libertario", se me antoja a estas alturas como insultantemente ligero como analista político (y no me refiero a sus veleidades justificadoras del inefable Hugo Chávez, que eso es otro cantar). ¿Es eso consecuencia de una falta de "nivel político" en EEUU? Seguramente, pero el escaso nivel de cultura política es otro síntoma de la posmodernidad en las sociedades "avanzadas", junto a un relativismo, tantas veces cercano a la idiocia, y una ausencia de cultura en general (alguno me dirá que habría que definir la palabra "cultura"). Otro ejemplo bastante obvio a continuación. ¿Es el cine norteamericano, consumo cultural de masas por excelencia, tan vacío de contenido como se dice? Seguramente, en gran medida lo es, pero tampoco se pueden obviar la calidad de muchas de las obras, con no poco contenido intelecual, y el auténtico problema es por parte del "consumidor" (yanki, y no yanki) la frivolidad e inmediatez de lo que se quiere vender como "entretenimiento", la falta de rigor, la subordinación a medios ajenos a su propio criterio sin prácticamente espíritu crítico. Pensar que la ausencia de inquietudes intelectuales y morales en las personas es inherente a ellas es echar por tierra cualquier posibilidad de perfección individual y social. De la misma manera, creer que el ánimo de lucro es la auténtica fuerza motriz del ser humano es haberse vencido al capitalismo y a la competencia como único factor socioeconómico. Señalar todo eso en el público estadounidense, sin observar algo parecido en la propia casa de uno, y como peligrosa tendencia globalizadora, insisto en que me parece más una pose que otra cosa. Cierto público no es egoísta ni estúpido, es producto de un determinado contexto en el que no prima el rigor intelectual, ni político ni moral (es mi opinión, y tal vez por eso pienso como pienso).

Porque ridiculizar a los ciudadanos estadounidenses supone hacerlo en realidad a todas las sociedades que han adoptado, o se han visto obligadas a hacerlo, a la norteamericana como modelo. El análisis libertario es un balón de oxigeno impagable, la insistencia en una cultura poderosa crítica con el poder y superadora de las fronteras nacionales, "libertaria" si se quiere, es una tensión necesaria, y la palabra "superación" me parece que tiene el rigor intelectual apropiado. "Superación" es buscar nuevas formas sociopolíticas y económicas más justas y libres, más inteligentes, que unan moralmente a la humanidad respetando los diferentes contextos culturales, sin justificaciones ni maniqueísmo de índole alguna. Mi forma de entender el anarquismo no es "recuperar" ninguna idea definitiva heredada del pasado, tomar como modelo una supuesta "Edad de Oro" pérdida (o nunca conseguida) y realizable gracias a la mera eliminación de todo aquello que oprima a la humanidad (porque el poder sigue siendo palpable, pero hay formas de dominación más difusas). Crear una sociedad más justa es atisbar la posibilidad de que somos capaces de hacerlo, señalar el camino construyendo nuevas edificaciones que no tengan en cuenta los modelos erróneos y dar un sentido real a la palabra "progreso" (tan perdido su sentido en la posmodernidad). El liberalismo, desarrollado en la cultura anglosajona, fue seguramente un avance en la historia de la humanidad. No tengo la capacidad intelectual de afirmar lo contrario, como no la tengo, por ejemplo, para decir que la historia hubiera sido mejor sin la existencia del cristianismo (otra pose "progresista" bastante recurrente). A lo que sí me atrevo es a decir que el liberalismo desembocó, o de desarrolló, en una forma salvaje de explotación económica y que el cristianismo dio lugar a instituciones represivas. Por otra parte, no se puede dejar de ser crítico con las prácticas socialistas de Estado, la única alternativa que observa gran parte de las personas, de ahí la insistencia en potenciar la cultura política. Hace 20 años cayó un muro, hecho histórico innegable del que yo me alegro sin que por ello justifique otras formas de dominación, y el objetivo es seguir derribando muros que separen a la humanidad.

"Superación" es una bella palabra, del liberalismo y de un socialismo incompatible con la libertad. Rudolf Rocker, tan estudioso de la tradición liberal estadounidense, consideraba que la gran síntesis de las dos tendencias es el anarquismo, y estoy plenamente de acuerdo. Yo no me siento antiamericano, como no soy antigermano (lo del Estado alemán tiene tela también y no es para detestar al pueblo alemán) ni antihebreo. Lo que soy es crítico con el estatalismo, lógico producto de una tradición de dominación en cada contexto, y contrario a muchas tradiciones que tienen todas esas culturas y pueblos que se enfrentan a mi propia concepción de la vida, de la libertad y de la justicia (concepciones que, como las de cualquiera, son discutibles).

viernes, 8 de enero de 2010

Un centenario y algo más

Hoy se inauguran los actos del Centenario de la CNT (para los profanos, que los habrá, la Confederación Nacional del Trabajo, una vez fue la fuerza motriz de la clase trabajadora en España, de clara tendencia anarquista), con un concierto del artista flamenco El Cabrero en el Teatro Compact Gran Vía de Madrid. Aunque me la soplen bastante las conmemoraciones, y tampoco sea demasiado amigo de la épica (¡manías personales, tal vez una mal entendida modestia!), bienvenido sea este año por dar mayor visibilidad a un sindicalismo combativo (anulado en gran medida gracias a nuestra glorificada Transición española) y por la cantidad de actos interesantes y de ediciones que se van a realizar. En algunos de ellos, implicados buenos amigos míos, grandes trabajadores, por lo que doy fe de que van a ser memorables.

En no pocas ocasiones, nos encontramos afirmaciones acerca de que el movimiento libertario español fue derrotado y es historia. No es cierto. La CNT ha sido, y sigue siendo, parte de él. Estamos hablando, probablemente, de la organización social más importante del último siglo, cuya trascendencia va más allá del territorio español. La derrota de la Guerra Civil Española, la traición comunista (tal vez "traición" no es la palabra más adecuada, los medios y objetivos de las dos grandes corrientes socialistas fueron en origen muy diferentes), la dictadura franquista, el exterminio de una generación de enorme valía, la ignominia de la Transición, la reconversión industrial, el acomodo democrático..., todo ello no acabó con el anarconsindicalismo ni con el anarquismo, un soplo de aire fresco y nueva militancia aparecen una y otra vez a pesar de la dificultades. Pero, ya digo, no soy nada amante de la mitificación. No al menos a costa del sacrificio histórico de un movimiento emancipador, así me da la impresión de que lo contemplan algunos, y a favor de otras organizaciones actuales que poco o nada tienen que ver ya con una organización libertaria ni en medios ni en fines. Un movimiento liberador que hoy necesitamos tanto, o más, que hace 100 años. Porque lo que me interesa de la CNT es el hecho de ser un sindicato subsumido en un movimiento anarquista de mayor calado. El objetivo sigue siendo la liberación en todos los ámbitos de la vida, no solo en el plano económico (para el que, no obstante, urgen alternativas autogestionadoras claras y palpables). Si algo ha caracterizado al anarquismo, y a los movimientos inspirados por él, es su búsqueda incansable de respuestas emancipadoras a nivel individual y colectivo, su lucha irreductible contra el quietismo. Es por eso que las críticas, lugares comunes ya, a un movimiento libertario que bebe demasiado de la épica del pasado no tienen demasiada cabida y deben ser obviadas y superadas. El objetivo es lograr un hilo conductor, aprender de los errores históricos y encontrar nuevos campos de lucha y acción en el contexto de comienzos del siglo XXI. Hacer una mera tabla rasa, anular sin más los nobles propósitos de la modernidad (en lugar de expandir sus postulados), enriquecidos y potenciados con las ideas antiautoritarias, es simple y llanamente caer en el relativismo más acomodaticio, o tal vez en la barbarie.

El movimiento libertario, a pesar de sus errores (que existen, como es lógico y humano), no tiene motivos para negar su pasado ni para falsearlo. Es tal vez la única corriente de izquierdas (hoy, la división entre izquierdas y derechas es una caricatura) sin un pasado ominoso ni sectario, por su irreductible convicción de la justeza entre medios y fines, por su apuesta indudable por un humanismo militante. La clase trabajadora está quizá más determinada que nunca por el contexto socioeconómico, y las fronteras entre clases puede que sean algo más difusas que hace un siglo. Pero las diferencias son igual de abismales en un contexto global, el cual se pretende que contemplemos con ojos nada críticos y casi benefactores.
No queremos limitarnos a sobrevivir, queremos vivir plenamente. Y ello solo me parece posible con la búsqueda de la mayor autonomía individual posible en equilibrio con una cooperación social en la que prime el factor solidario. De la misma manera, las decisiones mayoritarias no deberían sacrificar la pluralidad ni a las minorías, algo a la que nuestra sociedad y nuestra política nos tiene tan acostumbrados en su afán totalizador y, a pesar de las apariencias, terriblemente jerárquico. Voluntarismo (frente a todo determinismo objetivo), espontaneísmo (frente a todo doctrinarismo), insistencia en los valores, moralización de lo social, trabajo compatible con la creatividad, esfuerzo, cooperación (frente a la absoluta predominancia de la competencia), solidaridad (algo inherente al ser humano que habría que potenciar frente a tanta iniquidad), respeto por la individualidad, respeto por el libre desarrollo de cada persona... Es mi manera de entender el anarquismo, es lo que yo denomino la más alta aspiración de la humanidad.
Las conmemoraciones, y aun las siglas y los colores, me importan más bien poco. Lo auténticamente importante es que organizaciones y proyectos libertarios, en los que se reproduzcan aquellas características, son bienvenidos y más necesarios que nunca.

miércoles, 6 de enero de 2010

Camus

Hace pocos días, se ha cumplido el 50 aniversario de la muerte de Albert Camus, en desgraciado accidente de coche y a temprana edad. Fue un hombre lúcido y honesto que, a diferencia de muchos otros intelectuales de su tiempo, denunció la represión en cualquier régimen y en cualquier ideología. En el campo filosófico, la figura de Camus se asoció al existencialismo cuando esta tendencia se encontraba en un periodo álgido. A ello contribuyó el hecho de que los temas que trató en sus novelas (El extranjero, La peste...) y en sus ensayos (el más conocido es El mito de Sísifo) fueron también tratados por autores existencialistas. Pero los expertos afirman que existen importantes diferencias entre los existencialistas y Camus, ya que éste no trata de hacer filosofía (o, al menos, metafísica). Camus escribió que la metafísica, o cualquier creencia, no entran en la descripción de "un mal del espíritu" en "estado puro". El problema filosófico auténticamente serio para Camus es la posibilidad del suicidio, debido al divorcio que establece el hombre con la vida producido por el absurdo de un mundo sin sentido. Pero Camus niega tal posibilidad, si el hombre desaparece el mundo permanecerá tal como está, por lo que de lo que se trata es de otorgarle sentido.

Para Camus, filósofos como Kierkegaard, los fenomenológicos y Heiddeger han atendido la "llamada" del hombre por un mundo con sentido, pero ante la sinrazón silenciosa del mundo continúa existiendo el absurdo y la tentación del suicidio. Clave resulta también para el francés el imperativo de no sucumbir ante la tentación del nihilismo. El hombre, ante su alienación, debe aceptar dicha situación para salir de ella eludiendo dos peligros: la autoeliminación y la mera creencia. Camus razonó que el suicido, la tentativa de sucumbir ante esa confrontación desesperada entre la interrogación del hombre y el silencio del mundo, y el crimen, producido también ante esa confrontación, eran la misma cosa, por lo que hay que tomarlas o dejarlas conjuntamente. No habla Camus del suicida que lleva a cabo su acción en soledad, y por tanto preservando algún valor y negando la fuerza sobre los otros, ya que no existe en tal caso una negación absoluta. Dicha negación solo acaba con la destrucción de uno mismo, pero también de los otros, una destrucción absoluta.

Pero el reconocimiento de lo imposible de esa negación absoluta parece conducir a un nuevo absurdo (una nueva contradicción, en suma), a una situación en la que el crimen ni es legitimado ni parece totalmente evitable, lo que Camus describe como una situación (y una época, la que le tocó vivir) "enardecida de nihilismo". Camus se vuelca en negar ese mantenimiento en el absurdo, en pedir que no se niegue su verdadero carácter, que es ser "un paso vivido, un punto de partida, el equivalente, en la existencia, de la duda metódica de Descartes".

Para Camus, lo que diferencia al movimiento de rebeldía de una revolución, es que ésta tiene aspiraciones políticas y económicas. En la teoría, la palabra revolución posee el mismo sentido que en astronomía: "movimiento que se cierra sobre sí mismo, que pasa de un gobierno a otro después de una traslación completa". La revolución empezaría a partir de la idea, con su inserción en la experiencia histórica, mientras que la rebeldía es el movimiento que conduce de la experiencia individual a la idea. Camus afirma que si la rebeldía mata hombres, la revolución eliminará tanto hombres como principios. Tal vez no haya habido una revolución definitiva en la historia, ya que solo podría haber una en este sentido. Con la constitución de un gobierno, el movimiento que quiere cerrar el círculo da lugar a otro nuevo en ese mismo instante. Camus menciona a los anarquistas al asegurar, en la línea antes mencionada, que gobierno y revolución son incompatibles en sentido directo. Proudhon dijo que un gobierno revolucionario supone una contradicción debido a su propia condición de gobierno. Un gobierno revolucionario es sinónimo, como la historia ha demostrado, de ambiciones imperialistas y de un estado de guerra permanente. La confianza que existía en el siglo XIX en la emancipación progresiva del género humano hace que se contemplen las revueltas sucesivas que ha dado la historia como un intento de encontrar su forma en la idea, sin que se haya llegado aún a la revolución definitiva (lo que supondría, tal vez, el fin de la historia).

En El hombre rebelde, escrito en 1951, Camus niega la posibilidad de una rebelión "metafísica" o realizada en nombre de la realización de un "ideal", ya que acaba desembocando en una nueva esclavitud. Hay que entender el pensamiento de Camus y situarlo en el contexto de una terminología filosófica. En nombre de un "absoluto" se acaban realizando las mayores injusticias, el hombre debe buscar la rebelión en su nivel, en el plano humano. Por muy nobles que sean los propósitos de una causa, por muy humanista que sea el contenido de una rebelión, el mal llegará cuando se substituye al hombre real (de carne y hueso) por el hombre abstracto. Los mayores campos de esclavos han invocado a la libertad, los más grandes genocidios se realizan en nombre del amor al "hombre" y por una inclinación a lo superhumano. Se produce así la negación de la rebelión en su intención original, la negación de la vida y la llegada al absurdo y a la destrucción. Camus escribió: "En el mediodía del pensamiento la rebelión rechaza, así, la divinidad para participar de las luchas y el destino comunes".

¡Feliz, y libertario, año a todos!

Bueno, pues este diseño, de intenciones por supuesto nada "milenaristas" ni aun idealistas, es la portada del periódico anarquista Tierra y Libertad correspondiente a este primer mes de 2010.