lunes, 10 de agosto de 2009

Anarquista en cualquier mundo

Tras unos días vacacionales en la maltratada ciudad de Dubrovnik (ahora convertida en un cuestionable foco turístico del que viven, obviamente, las personas), voy a tratar de elaborar una entrada más o menos decente. Uno de los libros que tengo oportunidad de leer en estos días trata de la figura de Emma Goldman, con el bello título de Anarquista de ambos mundos y escrito por el también libertario José Peirats (autor de los imprescindibles tres tomos La CNT en la revolución española). La vida de la muy íntegra Goldman es toda una novela de aventuras, con múltiples hazañas en Europa y América, tratando personalmente a numerosos personajes, protagonistas para bien o para mal de la agitada historia contemporánea de Occidente, y, según mi opinión, un ejemplo nítido de lo que es una mentalidad y una ética libertarias. Nacida en 1868 en la Lituania ocupada por los rusos, en el seno de una comunidad judía con un severo patriarca, la cual emigraría al seudoparaíso estadounidense cuando Emma tenía 17 años. El despertar definitivo de la rebeldía de esta mujer llegaría con la ejecución de los anarquistas de Chicago, producida por la revuelta de Haymarket y origen de la conmemoración de 1 de mayo. Declararía la guerra a una sociedad, en la que la justicia era una pantomima, que había permitido sacrificar a unos inocentes. No voy a entrar en detalles de su vida personal, pero hay que hablar de su temprano despertar sexual, con agitada vida sentimental incluida, porque este terreno le producía una comprensible preocupación de cara a la definitiva emancipación de la humanidad. Años después, le hablaría al mismísimo Kropotkin de esta inquietud suya sobre la liberación sexual y, ante el desdén del anciano ante el asunto (ya que él primaba antes la emancipación económica, como se refleja en su obra La conquista del pan), la temperamental Emma le espetaría algo así como que tal vez cuando ella tuviera su edad opinara lo mismo. El anarquista ruso no puedo evitar soltar una carcajada. Insisto muy a menudo en la preocupación del anarquismo acerca de la emancipación en todos los ámbitos de la vida y, si es necesario como demuestra Goldman, se enfrenta uno a lo más sagrado de la tradición libertaria. Pluralidad, amplitud de miras, debate constante, rechazo del dogmatismo... son necesarios para oxigenar la vida y crear lo necesario para la evolución y la mejora constante. Emma Goldman era una acérrima defensora de la libertad de expresión, enemiga tanto de la hipocresía democrática de las sociedades capitalistas como de los totalitarismos y dio turno de palabra siempre a sus detractores en todas sus intervenciones. Consiguió que el mayor Estado del mundo la convirtiera en su enemiga solo por su furibunda actitud defensora de unas ideas y hay que reconocer que arrastró con ello a la mayor parte de la tradición liberal norteamericana. Solo se le puede acusar a Goldman de haber promovido un acto violento, y es el famoso attentat de Homestead, tras la gran huelga de la Acerería Carnegie & C, en el que Alexander Berkman fue incapaz de asesinar al gerente Frick, al que se le consideraba responsable de haber provocado varias muertes, y que le llevaría a padecer muchos años de cárcel (producto de los cuales escribió su excelente Memoria de un anarquista en prisión, recientemente editado por Melusina, en el que se aprecia la evolución aperturista de su estrechez doctrinaria inicial). La opinión de Emma sobre la violencia revolucionaria se matizaría con el paso de los años, comprendería tal vez que la llamada propaganda por el hecho (que no se reduce, obviamente solo al hecho violento) es producto muchas veces del simple desahogo personal y va paralela a un descenso del anarquismo como movimiento organizado. No creo que esta mujer justificara ni considerara imprescindible el atentado en ningún caso, pero sí vivió unos tiempos en los que la mayor violencia se producía por parte de los gobiernos o del capitalismo y trato siempre de contextualizar y comprender las acciones de determinadas personalidades. Otra propaganda frecuente era el antimilitarismo, lo que supuso para Goldman y Berkman más años de encierro y su exilio final a la Unión Soviética, el seudoparaíso proletario. Una luchadora irreductible frente al totalitarismo, ya fuese fascista o comunista, apátrida, enemiga de todo nacionalismo, pero no por ello menos comprensora del sufrimiento de su pueblo de origen, el judío (una lucidez que, desgraciadamente, resulta incomprensiblemente infrecuente en los análisis sociopolíticos al respecto). La revolución libertaria, iniciada en España tras el alzamiento militar del 18 de julio de 1936, fue una gran esperanza para Goldman y en ella volcó su esfuerzo. No había tardado demasiado en desengañarse del bolchevismo, una vez que pusiera el pie en Rusia y pasara cerca de dos años en aquellas tierras, y la enorme maquinaria represiva y centralista que habían iniciado Lenin y Trotski sería perfeccionada años más tarde por Stalin con funestas consecuencias también para el proletariado español. Fueron tres los viajes que Emma realizó a Barcelona, y la CNT-FAI le encargaría poner en marcha en Londres una oficina de propaganda de los hechos acaecidos en España. Si su primer viaje fue en plena efervescencia revolucionaria, con toda la ilusión confirmada con los hechos, el último lo realizó cuando ya lo estalinistas habían traicionado la revolución y las tropas fascistas avanzaban inexorablemente. Me ha gustado mucho la forma de narrar de Peirats, su amplitud de miras, así como la postura de Goldman frente a hechos como la intervención de la CNT-FAI en el gobierno republicano. Si el dogmatismo sustentado en principios inamovibles pudo llevar a muchos a una postura contraria a esta situación, también resulta rechazable para Emma la acatación de ciertas posturas de manera acrítica (que se produjo incluso en figuras anarquistas prestigiosas). Por otra parte, como ya me ha ocurrido en varias ocasiones con el juicio implacable que ciertos puristas hacen a la toma de postura de Kropotkin a favor de los aliados en la I Guerra Mundial, me chirría la visión facilona que nos da la perspectiva histórica ante una situación que hay que contextualizar de manera sesuda, pero que tampoco me parece que forme parte de ninguna épica de la historia del anarquismo ni todo lo contrario. La épica se encuentra, si acaso, en los hechos revolucionarios, de carácter libertario en su mayor parte, que se llevaron a la práctica en una situación tremendamente difícil, no en una intervención gubernamental que forma parte simplemente de la historia (por muy analizable que ésta sea). Emma Goldman lo expresa, tal vez de manera inmejorable en mi opinión, cuando alude a que el movimiento libertario español se encontró en la encrucijada de afrontar dos caminos que transgredían sus principios: imponer sus ideas como organización mayoritaria e instaurar algo parecido a una dictadura, o la intervención gubernamental. No hay que olvidar que la intervención libertaria en el gobierno y la posterior militarización de las milicias, tal vez fuera un fenómeno casi inevitable, pero que acabó con la defenestración de los logros revolucionarios y con el triunfo de Franco. En fin, no soy ningún experto en historia y no me gusta lanzar juicios severos (lo que crítico es precisamente eso), máxime cuando estamos hablando de un momento histórico sobre el que hay tanta literatura y tantas visiones diferentes (tal vez, por interesadas). Por eso, precisamente, un libro como éste, con el testimonio de primera mano de una persona que vivió hechos increíbles en una vida aventurera y entregada a unas nobles ideas, resulta tan valioso.

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