viernes, 19 de octubre de 2012

Consecuencias morales del ateísmo

John Leslie Mackie (1917-1981) fue un brillante filósofo australiano, especializado en metaética y partidario del escepticismo moral, conocido ateo y participante en jugosas polémicas al respecto. En Dios no existe (peculiar traducción para The portable atheist, recopilación de textos realizada por Christopher Hitchens), se incluye un texto de Mackie sacado de su obra El milagro del teísmo: argumento a favor y en contra de la existencia de Dios. Entre las consideraciones a favor de la existencia de una dios personal, o casi personal, se enumeran al menos cinco: "1) los supuestos milagros; 2) las versiones inductivas del argumento del diseño y la conciencia, tomando como 'signos del diseño' tanto el hecho de que existen regularidades causales y el hecho de que las leyes naturales fundamentales y las constantes físicas son tales que hacen posible el desarrollo de la vida y la conciencia; 3) una versión inductiva del argumento cosmológico, buscando una respuesta a la pregunta '¿Por que hay algo en lugar de nada?'; 4) la idea de que hay valores morales objetivos cuya existencia demanda una explicación adicional; 5) y la idea de que algunos tipos de experiencia religiosa pueden comprenderse mejor si los entendemos como la percepción directa de algo sobrenatural". Por supuesto, Mackie hecha por tierra estos argumentos: el primero y el quinto son, de forma obvia, muy débiles, ya que pueden explicarse fácilmente en términos naturales. Por otra parte, el mundo natural explica, gracias a la evolución, la conciencia, la moralidad y el valor como actividad humana. Lo único dudoso, desde una explicación naturalista, serían las irregularidades causales,el hecho de que las leyes físicas sean las que son y de que haya algo en lugar de nada. El naturalista suspenderá siempre la cuestión de Leibniz, ¿por qué hay algo en lugar de nada?, mientras que el teísta se sentirá igualmente indefenso ante la pregunta de por qué hay un dios en lugar de nada. La hipótesis de Dios, al menos desde Laplace, resulta innecesaria desde este punto de vista sustentado en términos racionales; la reivindicación literal y fáctica de la existencia de un Dios personal no posee base racional alguna, pero los intentos posteriores de defender el pensamiento religioso, una vez liberado de sus creencias tradicionales, son señalados por Mackie como un rotundo fracaso.

Por supuesto, Mackie sitúa en primer lugar el debate desde un punto de vista estrictamente filosófico, lo cual hace que el asunto se relativice y no satisfaga a algunas personas reflexivas y ecuánimes. Más interesante y concluyente resulta el estudio que realiza de la consecuencias morales del ateísmo, ya que muchas personas insisten en la aceptación de la religión precisamente por que creen que sin ella desembocaríamos en un desastroso nihilismo. Mackie señala cuatro puntos de vista principales sobre la naturaleza y el estatus de la moralidad. El primero quiere observar reglas y principios morales desvinculados de la utilidad que puedan tener, originados en alguna suerte de divinidad y sustentados por la promesa de recompensa o la amenaza de castigo en esta vida o en la otra. La segunda, denominada kantiana, racionalista o intuicionista, ve los principios morales como una normativa objetivamente válida, formulada o descubierta por el intelecto humano y dotada de autoridad autónoma al margen de cualquier dios (si un creyente tiene este punto de vista, seguramente pensará que la bondad divina consiste en que él ejemplifique esos principios). Un tercer punto de vista sostiene también la existencia de principios objetivos válidos, pero considera que son creados y sustentados de algún modo por la existencia de dios. Una cuarta opinión, llamada humeana, sentimentalista, subjetivista o naturalista, piensa que la moralidad es fundamentalmente un producto humano y social; los conceptos, principios y prácticas morales se han desarrollado a través de un proceso de evolución biológica y social. Desde esta última perspectiva, se explica la existencia y persistencia de los principios y prácticas morales debido a que permiten de alguna manera a los seres humanos, en cuya condición natural conviven fuerzas tanto competitivas como cooperativas, sobrevivir y alimentarse mejor al limitar la competencia y facilitar la cooperación. Mackie señala que los que se adhieren a este punto de vista no lo explican necesariamente de esta forma y que sea posible que suscriban alguna de las tres opiniones anteriores; no obstante, la explicación naturalista explica muy bien su pensamiento y su conducta.

Mackie, obviamente, muestra la moralidad con su propio origen causal, como una cuestión de sentimientos y actitudes; sería parcialmente instintiva, desarrollada a través de la evolución biológica, y parcialmente adquirida, desarrollada gracia a la evolución sociohistórica y transmitida de una generación a otra, en forma de valores culturales, más de forma automática que consciente. No obstante, como librepensador que es, Mackie no se conforma con respuestas definitivas y reconoce la complejidad del asunto. Ni teístas ni ateos poseen el monopolio de la virtud, pero tampoco puede vincularse la moralidad fácilmente a ninguna ley causal establecida por algún estudio estadístico sobre creencia o no creencia. Ello es debido, precisamente, a que lo que se considera vicio o virtud es objeto de controversia y división entre creyentes y no creyentes, lo cual da la razón a un enfoque naturalista. Mackie sospecha que existe una correlación positiva entre ateísmo y virtud, pero posee la honestidad intelectual para no establecer una tendencia causal que conduzca a que la no creencia promueve la buena praxis moral. Se retoman entonces algunas consideraciones generales, ¿qué supondría para la moralidad que existiera o no existiera un dios e igualmente en el caso de que la gente asociara, o no su moralidad a las creencias religiosas? En primer lugar, las revelaciones de la religión son ya obviamente condenables al contener normas restringidas, anticuadas o bárbaras (tal y como aparecen en la Biblia o el Corán). Desde un punto de vista más general, la vinculación entre creencia religiosa y moralidad supone la devaluación de esta última por dos motivos principales: debido a que la debilitación de la moralidad decaerá cuando no exista la creencia y también porque la subordina a otras preocupaciones mientras persista la creencia (mencionaremos el absurdo de aceptar el pecado en el cristianismo para lograr la salvación).

Muchas personas quieren vincular los más nobles valores a alguna de las religiones, pero suele olvidarse que que gran parte de las acciones más terribles que se han realizado a lo largo de la historia se han hecho en nombre de la piedad. Aunque, por ejemplo en el cristianismo, hay valores éticos admirables a lo largo de la historia en las religiones (muchos, añadidos posteriormente y explicables desde puntos de vista sociohistóricos), en general se ha primado la preocupación por la salvación y la vida después de la muerte, así como la opinión de que la falta de fe, la duda y la crítica a la creencia es pecado y actitudes heréticas dignas de ser perseguidas. En general, la religión se opone a la discusión, muestra deshonestidad intelectual e incluso a veces abierta hostilidad a verdades científicas confirmadas. En este contexto, con los precedentes históricos de una claro totalitarismo religioso (precedente del político y base de él en muchos aspectos), la moralidad promovida por la religión suele ser ambigua o directamente perniciosa, lo cual no supone lógicamente que todos los creyentes y teístas sean dogmáticos o moralmente cuestionables. Frente a la religiosa, existe toda una tradición humanista, preocupada por los problemas sociales e individuales, defensora de la honestidad intelectual y la tolerancia, así como propulsora de la libre investigación. No obstante, Mackie no cae en un fácil maniqueísmo. La ausencia de vinculación religiosa no garantiza obviamente que no existan conflictos. Como creaciones humanas que son, también existen preceptos morales absolutistas y objetivistas, con vínculos religiosos o no, que suponen enfrentamientos entre distintas concepciones. Desde un enfoque naturalista, puede entenderse mejor la moralidad, con sus concesiones y con sus ajustes, o incluso llegar a un consenso universal sobre lo que es correcto. Por supuesto, nos limitaremos demasiado si simplemente derivamos la moralidad de los hechos de la situación humana y no procuramos entender cómo el hecho moral puede desarrollarse y a qué funciones sirve, así como obviamos tener en cuenta la posibilidad de que se extienda. Como valor innegable del ateísmo está su poderoso realismo ante hechos fatales de la existencia humana como es la muerte; hay quien señaló como una de las mayores irracionalidades del pensamiento religioso su elección de la comodidad frente a la verdad.

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