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lunes, 16 de junio de 2014

Subordinaciones de diversa índole

Para estos días que nos esperan, en el que los que dirigen el cotarro han prometido de manera indignante una prima estratosférica a esa banda de multimillonarios abanderados, habilidosos en dar patadas a un balón (la clase dirigente sabe dónde se encuentra el moderno pan y circo, aunque tantas veces falte el primero para tantos), viene al caso recuperar un par de reflexiones sobre la enajenación, esta vez protagonizada por el deporte.

En estos días de (irritante) sumisión al desenvolvimiento deportivo de un grupo de multimillonarios abanderados representantes de la nación/Estado, me vienen a la cabeza una serie de reflexiones sobre diversas aspiraciones libertarias, entre ellas la deseada (y olvidada por tantos, los intereses son muchos) fraternidad universal. Porque si Patria o Dios son abstracciones especulativas que tienen detrás diversas formas de dominación, la noción de fraternidad universal solo adquiere sentido para el anarquismo, al igual que cualquier otra teoría, en la práctica. Ya se ha debatido en no pocas ocasiones, y sin llegar la mayor parte de las veces a ningún lugar, sobre el concepto de nación, el cual tal vez tenga muchas interpretaciones, pero que se indigesta en cualquier caso para el que subscribe. Tal vez puedo ser reduccionista, pero para mí resulte plenamente identificable con un gobierno, con la independencia de un territorio e, incluso y con toda la flexibilidad que se quiera, con una identidad. Es por eso que los términos "nación" y "nacionalismo" son claramente vinculables, y solo la estrategia política de la clase política, de diversos pelaje e intereses, pretende diferenciarlos para desprestigiar a sus rivales (los otros nacionalistas).

Al anarquismo le repele todo forma de patriotismo (solo en el ámbito afectivo podría ser salvable el asunto, pero resulta indisociable de los aspectos jurídicos, clasistas e históricos). Creo que fue Rilke el que dijo que la verdadera patria es la infancia, algo bello y literario que podemos subscribir en nuestro pretendido equilibrio entre la libertad más íntima y el afán de hermanamiento entre todos los seres humanos (un ideal que seguro que no pertenece exclusivamente al anarquismo, ya que se manifiesta a lo largo de toda la historia, pero solo él se muestra intransigente con todo lo que lo bloquea). Pero no hay que olvidar la permanente crítica a toda abstracción, incluso la que se llama Humanidad o Pueblo, no hay culto posible porque no sería más que caer en una nueva religión (llámese quizá populismo). Mantener la lucidez es denunciar todo aquellos que impide el progreso, acercarse a las más nobles aspiraciones de los seres humanos, y estaremos de acuerdo en que existe una estrecha relación entre los diversos ámbitos de desenvolvimiento humano; si se apela a la "nación", de la manera que fuere, es por cuestiones sociales y políticas. A estas alturas, hablar de "opio del pueblo" es otra cosa que parece añeja, aunque hay que preguntar si ese afán de otorgar a las personas "tranquilidad existencial" (y creo que era esto lo que Marx quería decir con su famosa frase) no adquiere hoy en día una realidad con múltiples caras.

Son dos cosas diferenciadas, el deseo vulgar de que la adoración a un equipo deportivo, representativo de la nación, actúe como cohesión social (se apela, de esa manera, también a la religión) y el esparcimiento que suponen esos eventos para que las personas olviden sus problemas y manifiesten alguna que otra "alegría". Pablo Carbonell, en su debut como director de cine en Atún y chocolate, expresaba de esta hilarante manera aquellos que mantiene dividida a la humanidad: "los partidos políticos, las religiones y los equipos de fútbol". El gran Javier Krahe, en uno de sus impagables temas denominado "En las Antípodas" (que es, en realidad, el mundo en que vivimos), nos relata los grandes males que sufre la humanidad, la mayoría con evidentes causas políticas y económicas, para acabar su canción del siguiente modo: "Pero es fantástico, martes y miércoles, jueves y sábados, lunes y vísperas, dan espectáculo con el esférico, y allí, al unísono, arman escándalo y es como un bálsamo para sus ánimas". Diré, para los que vayan a quedarse solo con la superficie de las cosas, que puedo disfrutar perfectamente de un evento deportivo (fútbol incluido). Dejando el humor, que es tan necesario también para denunciar y para dilucidar, quiero subrayar mi deseo de no caer en la simpleza ni en un análisis pobre e injusto. Solo deseo mostrar el fanatismo inhibidor que está detrás de determinadas aficiones, que vivimos en un país en el que la gente sale a la calle para celebrar los éxitos de su equipo, mientras gran parte es incapaz de movilizarse para defender sus más elementales derechos. Por otra parte, es evidente la vinculación de la nación (llámese también "dominación política") y de sus símbolos coloristas con pretendidos factores emocionales de cohesión. Lo siento, pero no conozco mayor elemento de cohesión que la solidaridad con todos los seres humanos (sea cual fuere el lugar donde han nacido), esa idea de fraternidad universal que permanece obstaculizada por fronteras políticas, económicas y religiosas.

Se me dirá que todo esto es otra forma de abstracción, un ideal muy bello inalcanzable (o, para ponernos filosóficos, situado en una realidad superior), pero mi forma de entender el anarquismo y el internacionalismo solo adquiere sentido en el análisis de las condiciones materiales actuales. Tal vez es lo que quería decir Herbert Read cuando aludía a "tensión mística" dentro del anarquismo, sus ideales espirituales tan elevados (que parten, según Bakunin, de la realidad material), los cuales pueden ocupar el lugar de cualquier otra creencia, pero sin olvidar que la idea solo adquiere sentido y desarrollo en la práctica. El anarquismo es sinónimo de ética comunitaria, de reconocimiento permanente en el otro y de predominancia del factor solidario (apoyo mutuo), y obviamente la comunidad no queda delimitada de manera artificial ni interesada, ni es símbolo tampoco de una mundo dividido en clases; por otra parte, si gran parte del anarquismo histórico considera que la libertad se conquista, y se completa, en la cooperación social y en ese reconocimiento de la libertad del otro, es muy bella también la consideración de que cada ser humano es "único" y de que el desarrollo de cada persona es algo inalienable para tener una vida plena. Es una confianza en nuestra propia individualidad, un rechazo del colectivismo más vulgar que nos convierte en miembros de un rebaño (metáfora religiosa que puede extender también a cuestiones "nacionales").


Factores de enajenación y control social

No creo que haya muchas personas que puedan discutir, a poco que reflexionen un poquito, que son muchos los que trabajan en el mundo para provecho solo de unos pocos. Es el sistema económico en que nos encontramos, el cual parece encontrar su base más sólida en el conformismo, la resignación o incluso la aprobación de gran parte de las personas. Podemos hablar también de enajenación, concepto que creo que se ha agravado y sofisticado con el paso de las décadas y el desarrollo de la tecnología y la información, o lo que es lo mismo, nos encontramos frente a un mundo ilusorio ajeno a nosotros (a nuestra condición social y humana). Puede que muchos discutan esto, y cuestionen qué es eso de nuestra condición o incluso consideren que es más bien la misma la que nos ha llevado a la situación actual. Frente a esto, que en mi opinión es producto de no desear reflexionar y profundizar demasiado en ninguna cuestión (algo que nos caracteriza en la sociedad actual), hay que volver a recordar que el mundo continúa estando ferozmente jerarquizado y siendo terriblemente injusto y desigualitario: una minoría es la que toma las decisiones y la que se aprovecha económicamente a costa de la mayoría. Los medios de comunicación se ocupan apenas de los síntomas de un sistema enfermo, cada vez más a modo de espectáculo que contemplar a través de un velo irreal, confirmando por lo demás el mundo en que vivimos. Muchos pensadores materialistas del pasado, con tanta razón en considerar las relaciones productivas tan importantes, serían incapaces de concebir el grado de sofisticación que tendría un sistema económico, basado en la explotación masiva, estrechamente vinculado a una tecnología y otros mecanismos sociales alienantes. Entre esos fenómenos de masas, se encuentra el deporte y, más concretamente en ciertas sociedades "desarrolladas", el fútbol. Es tal vez una de los ejemplos mejores del mundo en que vivimos: las personas sustentando a las empresas económicas más poderosas (los clubes de fútbol) con toda suerte de acciones y con todo tipo de excusas "patrióticas", que a su vez sirven muy bien como respiro o alivio ante la aflicción de los males personales y como apaciguamiento ante una posible rebelión social. No se trata de culpabilizar, ni de ofender sin más, porque además la enajenación es algo de lo que todos participamos, se trata de profundizar y dilucidar por qué pensamos y actuamos de cierta manera, y hacerlo es liberarnos un poquito; me parece eso lo más importante, todos tenemos esas capacidades para una conducta racional, por lo que no hay tratar a unas personas diferentes de otras cual si fueren un rebaño.


El fútbol es, al menos desde un punto de vista materialista (no hace falta recordar que le doy un sentido filosófico, y no vulgar, a esta palabra), algo parecido a la religión. Se trata de una especie de alivio, como dijo el clásico acerca de la religión "el alivio de los que sufren", pero en ambos casos aludiendo a un alivio enajenante. Por supuesto, al menos en esta sociedad actual, esa enajenación tiene un lado útil, aunque sigue siendo el síntoma de una patología; lo importante es que se comprenda que si subsanamos los males del mundo, estrechamente vinculados a los males sicológicos individuales, el fenómeno de la enajenación irá disminuyendo y nuestra conciencia, moral e ideas serán muy diferentes. No es así en la concepción del progreso actual, con más problemas que soluciones. Los viejos despotismos no tienen, apenas, cabida hoy en día, pero a costa de un concepto de la libertad falso, de mera apariencia para decidir: en tener cualquier fe irracional, en ser un consumidor acrítico, en sentarse frente al televisor, en ir a despotricar a un estadio deportivo... Hay muchas más cosas en la vida de un individuo, algunas de ellas seguramente adoptarán formas menos alienantes, pero todas esas decisiones aparentemente libres antes mencionadas son producto, o están muy vinculadas, al mundo socioeconómico en el que vivimos. No desdeño otros factores en la vida social, pero sí creo que la enajenación es una de las características más evidentes de la realidad actual de las sociedades "avanzadas" y tiene una base esencialmente material. Las ideas pueden ser encomiables, transgresoras respecto a situaciones irracionales, pueden contribuir a hacernos mejores, pero también suelen ser abstractas y alienantes; es éste último caso el que más prolifera y que adopta tal vez su expresión más vulgar y sintetizadora en el fútbol (los mecanismos enajenantes de la religión y el patriotismo).

Hay quien opinará que la visión es tremendista, que incluso esos fenómenos son positivos y sirven de cohesión social, además de canalizar un papanatismo que podría adoptar peligrosos dogmas religiosos o políticos; en mi opinión, aunque algo de real puede tener ese análisis, sigue siendo una consecuencia del problema, no la solución, por lo que es una visión meramente superficial cautivada por símbolos y colores que pueden ser calificados de infantiles. Las energías de las masas, dirigidas a los grandes eventos deportivos (o de otra índole), podrían muy bien ser dirigidas a acabar con la pobreza, la guerra, la explotación y todos los males del mundo, pero para ello es importante analizar y profundizar, no seguir mirando hacia delante de forma ilusoria y acrítica. Somos un animal social, eso es ya indudable, desgraciadamente con cierta tendencia al gregarismo y al papanatismo; también seguramente, muy frágil, producto de esa dualidad de tener las capacidades de transformar nuestra realidad y, al mismo tiempo, estar muy condicionados por ella. Sin embargo, hablar de determinismo biológico o hablar de una naturaleza o esencia humana es claramente reducir las potencialidades; tenemos grandes capacidades intelectuales que, precisamente, pueden conducirnos a una mayor satisfacción y disfrute en la vida. Para ello, habría que empezar por cuestionar un mundo de apariencias, indagar en los problemas y no caer en las falsas soluciones; no se trata de hacer tabla rasa de uno mismo, ya que somos producto de muchas experiencias y resulta francamente difícil (e incluso, diría, está bien que así sea), pero sí es necesario para empezar un espíritu crítico. Es la base para desarrollar una conciencia, histórica, social y política, algo que es impensable en la sociedad actual de la enajenación.

sábado, 19 de junio de 2010

Subordinaciones diversas

En estos días de (irritante) sumisión al desenvolvimiento deportivo de un grupo de multimillonarios abanderados representantes de la nación/Estado, me vienen a la cabeza una serie de reflexiones sobre diversas aspiraciones libertarias, entre ellas la deseada (y olvidada por tantos, los intereses son muchos) fraternidad universal. Porque si Patria o Dios son abstracciones especulativas que tienen detrás diversas formas de dominación, la noción de fraternidad universal solo adquiere sentido para el anarquismo, al igual que cualquier otra teoría, en la práctica. Ya se ha debatido en no pocas ocasiones, y sin llegar la mayor parte de las veces a ningún lugar, sobre el concepto de nación, el cual tal vez tenga muchas interpretaciones, pero que se indigesta en cualquier caso para el que subscribe. Tal vez puedo ser reduccionista, pero para mí resulte plenamente identificable con un gobierno, con la independencia de un territorio e, incluso y con toda la flexibilidad que se quiera, con una identidad. Es por eso que los términos "nación" y "nacionalismo" son claramente vinculables, y solo la estrategia política de la clase política, de diversos pelaje e intereses, pretende diferenciarlos para desprestigiar a sus rivales (los otros nacionalistas).

Al anarquismo le repele todo forma de patriotismo (solo en el ámbito afectivo podría ser salvable el asunto, pero resulta indisociable de los aspectos jurídicos, clasistas e históricos). Creo que fue Rilke el que dijo que la verdadera patria es la infancia, algo bello y literario que podemos subscribir en nuestro pretendido equilibrio entre la libertad más íntima y el afán de hermanamiento entre todos los seres humanos (un ideal que seguro que no pertenece exclusivamente al anarquismo, ya que se manifiesta a lo largo de toda la historia, pero solo él se muestra intransigente con todo lo que lo bloquea). Pero no hay que olvidar la permanente crítica a toda abstracción, incluso la que se llama Humanidad o Pueblo, no hay culto posible porque no sería más que caer en una nueva religión (llámese quizá populismo). Mantener la lucidez es denunciar todo aquellos que impide el progreso, acercarse a las más nobles aspiraciones de los seres humanos, y estaremos de acuerdo en que existe una estrecha relación entre los diversos ámbitos de desenvolvimiento humano; si se apela a la "nación", de la manera que fuere, es por cuestiones sociales y políticas. A estas alturas, hablar de "opio del pueblo" es otra cosa que parece añeja, aunque hay que preguntar si ese afán de otorgar a las personas "tranquilidad existencial" (y creo que era esto lo que Marx quería decir con su famosa frase) no adquiere hoy en día una realidad con múltiples caras.

Son dos cosas diferenciadas, el deseo vulgar de que la adoración a un equipo deportivo, representativo de la nación, actúe como cohesión social (se apela, de esa manera, también a la religión) y el esparcimiento que suponen esos eventos para que las personas olviden sus problemas y manifiesten alguna que otra "alegría". Pablo Carbonell, en su debut como director de cine en Atún y chocolate, expresaba de esta hilarante manera aquellos que mantiene dividida a la humanidad: "los partidos políticos, las religiones y los equipos de fútbol". El gran Javier Krahe, en uno de sus impagables temas denominado "En las Antípodas" (que es, en realidad, el mundo en que vivimos), nos relata los grandes males que sufre la humanidad, la mayoría con evidentes causas políticas y económicas, para acabar su canción del siguiente modo: "Pero es fantástico, martes y miércoles, jueves y sábados, lunes y vísperas, dan espectáculo con el esférico, y allí, al unísono, arman escándalo y es como un bálsamo para sus ánimas". Diré, para los que vayan a quedarse solo con la superficie de las cosas, que puedo disfrutar perfectamente de un evento deportivo (fútbol incluido). Dejando el humor, que es tan necesario también para denunciar y para dilucidar, quiero subraya mi deseo de no caer en la simpleza ni en un análisis pobre e injusto. Solo deseo mostrar el fanatismo inhibidor que está detrás de determinadas aficiones, que vivimos en un país en el que la gente sale a la calle para celebrar los éxitos de su equipo y es incapaz de movilizarse para defender sus más elementales derechos. Por otra parte, es evidente la vinculación de la nación (llámese también "dominación política") y de sus símbolos coloristas con pretendidos factores emocionales de cohesión. Lo siento, pero no conozco mayor elemento de cohesión que la solidaridad con todos los seres humanos (sea cual fuere el lugar donde han nacido), esa idea de fraternidad universal que permanece obstaculizada por fronteras políticas, económicas y religiosas.

Se me dirá que todo esto es otra forma de abstracción, un ideal muy bello inalcanzable (o, para ponernos filosóficos, situado en una realidad superior), pero mi forma de entender el anarquismo y el internacionalismo solo adquiere sentido en el análisis de las condiciones materiales actuales. Tal vez es lo que quería decir Herbert Read cuando aludía a "tensión mística" dentro del anarquismo, sus ideales espirituales tan elevados (que parten, según Bakunin, de la realidad material), los cuales pueden ocupar el lugar de cualquier otra creencia, pero sin olvidar que la idea solo adquiere sentido y desarrollo en la práctica. El anarquismo es sinónimo de ética comunitaria, de reconocimiento permanente en el otro y de predominancia del factor solidario (apoyo mutuo), y obviamente la comunidad no queda delimitada de manera artificial ni interesada, ni es símbolo tampoco de una mundo dividido en clases; por otra parte, si gran parte del anarquismo histórico considera que la libertad se conquista, y se completa, en la cooperación social y en ese reconocimiento de la libertad del otro, es muy bella también la consideración de que cada ser humano es "único" y de que el desarrollo de cada persona es algo inalienable para tener una vida plena. Es una confianza en nuestra propia individualidad, un rechazo del colectivismo más vulgar que nos convierte en miembros de un rebaño (metáfora religiosa que puede extender también a cuestiones "nacionales").

lunes, 22 de septiembre de 2008

Tenistas matarifes

A la habitual cobertura de los medios, y complicidad de los poderes políticos y económicos, con una tradición cruenta como son las corridas de toros, hemos tenido que asistir este fin de semana a un espectáculo deportivo lamentable. Que el equipo nacional de tenis tenga que jugar la semifinal de la Copa Davis contra Estados Unidos en la madrileña Plaza de las Ventas, con toda la parafernalia y terminología taurina incluida -con regalo de capote por parte de la ultraconservadora ultraneoliberal presidenta de la Comunidad de Madrid-, es algo que nos resulta cuanto menos chocante a los que nos oponemos a festejos bárbaros. Pero que ciertos locutores deportivos de televisión española, de nivel dialéctico no suficientemente contrastado, use de manera irrespetuosa y patriotera una serie de símiles pertenecientes al nada noble "arte" de la tauromaquia es algo que termina de sacarme de mis casillas. Continuas expresiones como "este toro lo va a lidiar Rafa" o "Roddick va camino del descabello" puede dar una idea de lo que supuso la retransmisión de estos profesionales; a ellas se unen pobres conjeturas sobre la supuesta falta de valentía del rival tipo "está deseando salir de esta plaza" -"por la puerta de arrastre, con los cabestros", añade otro en una nueva muestra de pobre humor negro-. Desconozco la impresión que se hubieran llevado los norteamericanos, víctimas tantas veces de numerosos clichés relativos al patriotismo o a la falta de cultura, si hubieran conocido el guión completo de su periplo español. Para mí, las corridas de toros no son más tolerables que, por ejemplo, el reciente y deplorable "Toro de la Vega".

domingo, 29 de junio de 2008

¿Todos rojos?

Buenos, pues aquí nos encontramos, en el día en que parece que una selección nacional de este país, llamado España, va a conseguir que todo el mundo se olvide de la puñetera crisis. ¿Todo el mundo? Cuesta señalar, una vez más, lo obvio, pero no todo el mundo se olvida ni se quiere olvidar de los problemas (y no solo de los suyos, aunque algunos rara vez se acuerden de los de los demás), ni se emociona con el fútbol ni, para mí mucho más importante, con las malditas banderas.
Es un vergüenza que todos los medios (al menos, los generalistas) se tiñan de rojigualdo de la manera más estúpida y no den cabida a la más mínima fisura antinacionalista. Se me dirá, una vez más, que eso no es nacionalismo; claro que no, el nacionalismo siempre es el de los demás. Lo que ocurre es que cuando escuchas por la calle lindezas tales como "¡italiano hijo de puta!" o "¡ruso... idem!, pues dan ganas, una vez más, de quemar banderas. El diario Público, que presume de estar a la izquierda de El País, emplea hoy un ideológico, simplón y fraudulento titular, sin puñetera la gracia: "Hoy todos somos rojos". Menos mal que en todo este maremágnum festivo-patriotero existe alguna voz razonable, y por parte además de gente que le gusta el fútbol. Javier Ortiz señala también lo evidente: que el deporte deber ser bello y emocionante cuando se juega bien (e insinúa también que solo un fanático puede no aburrise con ciertos partidos de balompié) y habla de las pulsiones tribales y colectivistas del personal (que, desgraciadamente, son sinónimo la mayor parte de las veces de "descerebradas"). Ya hablé yo, hace unos días, del opio del pueblo que considero que es también el deporte de masas, y Ortiz nos recuerda lo bien que le sienta al poder tener a la gente adormecida con el histórico "pan y circo" (en este caso, solo "circo", ya que de la crisis parece no acordarse casi nadie, acaba de subirnos el recibo de una necesidad básica como la luz y aquí no pasa nada). Ya digo, menos mal que hay una voz que señala lo evidente (malos tiempos estos, diría Brecht). Otros dos columnistas futboleros, a los que considero entre los más interesantes de El País, hablan del asunto con inteligencia y estilo: Enric González nos recuerda lo que se avecina en este país para los próximos meses si la selección se hace con el título; Carlos Boyero, con su peculiar y atractivo estilo dinamitero, adelanta que ha disfrutado con el buen fútbol de la selección contra Rusia (honestidad ante todo), pero que lamentará en las horas siguientes el triunfo al constatar el descerebramiento alcohólico, adornado con banderas pre y post constitucionales, con sus grititos xenófobos. Menos mal que hay alguna voz o pluma lúcida en este santo país, porque resulta patético e indignante leer o escuchar a periodistas o locutores televisivos y radiofónicos (muchos, de los llamados progres) alegrarse de las lágrimas del contrario y del privilegio que es "ser español" (¡increíble!) o demonizar a los disidentes de toda esta locura primaria.
Parece que el lugar trascendente que antes ocupaba Dios o la Razón, ahora, en estos tiempos mediocres, lo ocupa el fútbol. Todo solucionado, si hay algo que está por encima del ser humano es el balompié (trasunto de esa cosita mezquina e interesada, y que tantos sacrificios pide, que es la patria).

Bueno, pues un poquito de humor inteligente, y con mucha mala leche e intención, vendrá muy bien. Si es por parte de maestros como los Monty Python o El Roto vamos sobre seguro.

miércoles, 18 de junio de 2008

Del deporte como sustancia opiácea

Que me llamen puritano o trasnochado, o cualquier otro epíteto facilón, pero yo es que me echo a temblar con esto del fútbol, con sus códigos nacionalistas, con el fervor alcoholizante y descerebrado que desata, con sus rituales gritones y tan a menudo racistas. Tal vez, ya digo, sea mi análisis simplista o ingenuo, pero en una sociedad (o, para que se me entienda, "en un mundo", yo lo siento, pero no entiendo de colores nacionales) con tantos problemas, que el personal sea capaz de permanecer embobado con la cita deportiva de rigor es para replantearse una y otra vez las muchas caras del "opio del pueblo". Porque yo, no sé otros, pero es que sigo viendo un mundo con demasiado problemas y sigo observando que si estamos entreteniditos y sin pensar demasiado resulta mucho mejor para los que manejan el cotarro. Si encima seguimos manteniendo de paso el mundo dividido en naciones (ese beligerante "¡a por ellos!" que se oye por doquier habla por sí solo), y sus inevitables ismos derivados, pues qué quieren que les diga, que yo me niego a alegrarme de los éxitos de una panda de multimillonarios que han nacido en una determinada geografía no muy distante de la mía. Y que conste que soy capaz de disfrutar de un buen partido de balompié (esa es otra, encontrar un buen espectáculo en este deporte no es fácil), y de muchos otros deportes, pero quitarme el cerebro o abrazarme a una bandera es algo que espero no conocer.
Ya digo, que me llamen cualquier cosa (es demasiado fácil, hoy en día, en un mundo "sin ideologías", ni apenas ideas, etiquetar a los que reclaman algo mejor), pero yo sí creo que hay numerosos mecanismos, explícitos o no, en el sistema (un sistema consumista, que no propicia precisamente el amor a la cultura o la transforma en mercancía), que conducen a anular la consciencia de las personas y a inhibir su deseo de rebeldía ante la injusticia social. Los socialismos del siglo XIX aludían a la taberna y a la religión como las principales responsables de la falta de conciencia. Hoy, tal vez vivamos un mundo más complejo, pero no creo que se pueda desdeñar esa visión, simplemente hay que aplicarla a la realidad actual. He hablado del fútbol, por haber tanta afición en este país, pero se puede extender a otros deportes y a muchos otros ámbitos. El furor desatado en los últimos años por los éxitos automovilísticos de un monótono tipo racialmente español también me causa estupor; el ridículo del asunto es más notorio cuando estos deportistas multimillonarios suelen buscar paraísos fiscales ajenos a su amada patria.
Recientemente, disfruté de un espectáculo humorístico-musical (de unos chavales cojonudos llamados Ron Lalá) en el que se parodiaba a un progre que protestaba, por el afán de protestar, coreando "¡No me gusta nada!". Me reí mucho y, por qué no, puede servir un poco como análisis autocrítico (dentro de lo esquemática que suele ser la parodia, claro está). Pero lo que sí pretendo es que mi "afán de protestar" tenga una base sólida. Creo que la consciencia y la conciencia no están reñidas con una buena diversión (por muy ligera que se presente) ni con las emociones.