Mostrando entradas con la etiqueta Nihilismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nihilismo. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de julio de 2025

Una dosis de nihilismo para el anarquismo

Los motivos por los que tantas personas se entregan a causas trascendentes (póngase aquí el término que se quiera, todos trasuntos de la vieja idea de Dios), ajenas en mi opinión a todo valor libertario, se nos antojan tan abstrusos como irritantes; por ello, tal vez el anarquismo necesite siempre de cierto nihilismo, la permanente reflexión crítica con los valores instituidos con el objeto de que germine un nuevo horizonte libertario.

Empecemos, una vez más, con que consideramos que el anarquismo no se reduce a ideología o doctrina alguna, y si así lo consideramos caemos en los viejos errores dogmáticos (autoritarios), quizá incluso de forma aún peor al adornarse con una retórica libertaria. Así, cada vez estoy más convencido de que las ideas libertarias necesitan de una buena dosis de nihilismo. Aunque haya quien, seguramente dogmáticos de diverso pelaje, insista en que  los nihilistas son seres sin ningún principio moral, ni de tipo alguno, que pretenden seguramente la mera destrucción de la civilización, de nuevo nos encontramos con visiones reduccionistas, superficiales o, directamente, falaces. El nihilismo, tal y como lo veo y sin entrar en densas disquisiciones filosóficas, no es casualidad que a veces se la haya confundido con un escepticismo radical, ya que se trata en mi opinión de la negación de que haya una esencia en la realidad humana. Así, puede entenderse como el rechazo de principios absolutos, lo que consideramos uno de los grandes males que ha llevado al enfrentamiento de la humanidad, y todo se encuentra en movimiento, poco o nada permanece en ese cambio.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Reflexiones sobre el nihilismo

En cierto libro reciente, que insiste en esa descabellada teoría de las oleadas terroristas, contiene una serie de despropósitos añadidos que hay que leer para creer; uno de ellos asegura que los nihilistas del siglo XIX eran, sencilla y llanamente, "personas sin moral ni ética". Como necesitamos, urgentemente, profundizar en ciertos términos en beneficio de un sólido conocimiento que ayude a la emancipación humana, nos lanzamos a indagar en qué es eso del nihilismo.


Es cierto que, habitualmente, se usa coloquialmente la palabra "nihilismo" aludiendo a la absoluta falta de principio moral o político. En un sentido más profundo, tal vez el primer filósofo que utilizó el término fuera William Hamilton, el cual consideró que el nihilismo es la negación de la realidad sustancial. Hamilton consideró que Hume era un nihilista, al negar que exista una realidad sustancial -o que, en realidad, existan sustancias- y solo cabe sostener que se conocen fenómenos. Desde este punto de vista, el nihilismo sería idéntico al fenomenismo -el cual tiene, a su vez, diversas vertientes-. Este nihilismo de Hamilton sería llamado posteriormente "nihilismo epistemológico". Se diferencia del nihilismo moral -negación de que haya principios morales básicos-, pero está tal vez muy emparentado con el nihilismo metafísico -pura y simple negación de "la realidad"-. El propio Hamilton aludió con frecuencia al sofista Gorgias de la Antigüedad, según el cual no hay nada -y si hubiera algo, sería incognoscible; y si fuera cognoscible, seria inexpresable, inefable o incomunicable-. También se ha mencionado al escéptico Pirrón a propósito del nihilismo; aquí nos detenemos con atención, cuando se equipara muy a menudo nihilismo y escepticismo radical y se considera que ambos apuestan por una especie de universal "negacionismo". El escepticismo se ha manifestado muchas veces como duda de que haya nada permanente en el movimiento y en el cambio, mientras que el nihilismo se ha entendido como la afirmación de que todo cambia continuamente y de que todo varía en función del sujeto.

A veces, se expresa el nihilismo en forma de una concepción del mundo, que puede adoptar un pesimismo radical o bien conduce a un punto de vista totalmente "aniquilacionista". Así, en este último sentido, en el Fausto de Goethe Mefistófeles considera que sería mejor que nada surgiera ya que todo perece; en La vida es sueño, Segismundo parece seguir esa línea al decir que "el delito mayor del hombre es haber nacido". Schopenhauer, en El mundo como voluntad y representación, cita esas dos obras, así como versos de Teognis. Este filósofo consideró que toda existencia "refleja" el impulso irracional e incesante de la voluntad; la vida es lucha, y la vida humana está llena de sufrimientos y oscila entre el dolor del deseo (basado en la necesidad o en la carencia) y el dolor no menos intenso del aburrimiento o la inanidad (experimentado cuando todas las necesidades han sido satisfechas). Para Schopenhauer, la voluntad es la causa, no solo del egoísmo y la agresión, sino la raíz de todo mal en general. Ante la objeción de que la negación del sufrimiento implica la eliminación de la voluntad y, por lo tanto, "el deslizamiento hacia una nada vacía", el filósofo afirmará que, para quienes se hallen llenos de Voluntad, lo que permanece después de la completa abolición de la voluntad -o después de su negación- es una nada.
Para Nietzsche, la noción de nihilismo es muy importante. Por un lado, considera al nihilismo como una amenaza, como el término final de un desarrollo histórico sin salida. En otro sentido, considera como nihilista la interpretación de la existencia humana y del mundo proporcionada por la Europa cristiana y por la Europa moderna; esa interpretación niega los valores superiores de la fuerza, la espontaneidad, el concepto de superhombre, a beneficio de los supuestos valores de la equidad y la humildad, entre otros. Se puede hablar así, según el filósofo alemán, de un nihilismo "malo", que será aquel pasivo perteneciente a la tradición moral y metafísica. Pero se puede hablar también de un nihilismo "bueno" -o "auténtico"-, que sería activo y consistiría en destruir el sistema de valores de aquel nihilismo pasivo tradicional. El nihilismo de los "espíritus fuertes" pone punto final al nihilismo débil del pesimismo, del historicismo, del afán de comprenderlo todo, de la idea de que todo es vano. Este tema nietzscheano del nihilismo ha sido recogido por Heidegger al tratar de la destrucción de la metafísica occidental e, incluso, de toda metafísica como un "acontecimiento".

Capítulo aparte merece la historia del nihilismo ruso, con fuertes raíces sociales. Recordaremos que Bakunin llegará a afirmar que sólo la destrucción es creadora; recordamos aquí, por supuesto, que el gigante ruso se refería a la instituciones, y tenía en mente la injusticia social, por supuesto. Mencionamos a Bakunin, uno de los padres del anarquismo, pero al que tantas veces se ha calificado de nihilista, precisamente como un ejemplo de las muchas lecturas simplistas del término. En cualquier caso, el anarquismo posee un mayor conexión con los problemas sociales y, por supuesto, ninguna lectura elitista. Un verdadero representante del nihilismo será Dimitri Ivanovitch Pisarév, el cual escribió que "todo lo que puede romperse, hay que romperlo; lo que aguante el golpe, será bueno; lo que estalle, será bueno para la basura. En todo caso, hay que dar golpes a derecha y a izquierda: de ello no puede resultar nada malo". Hay que entender este violento párrafo como que sólo lo que resiste la critica implacable es digno de ser conservado. Insistiremos en que confundir nihilismo con terrorismo es una reiterada falsedad histórica.
Albert Camus, en El hombre rebelde, relaciona el nihilismo con la rebeldía, con el decir no, y se pregunta si esa negación de Dios, y de todas idea trascendente, no supone cuestionar el mismo concepto de moral y justicia. El nihilismo de Stirner, a diferencia del de Nietzsche, es vitalista y satisfactorio; hablamos de la destrucción de cualquier idea trascendente que anule al ser humano, entendido como un individuo concreto con una personalidad digna de ser potenciada. No obstante, para Camus es Nietzsche quien representa la conciencia más aguda del nihilismo. Gracias a él, el espíritu de rebeldía salta de la simple negación del ideal a la secularización del ideal, la salvación pasa de un terreno sobrenatural a la realidad del mundo. Esta transformación del mundo implica una dirección que tiene que ser ahora humana, Nietzsche confiaba plenamente en la evolución y en el devenir. Camus es un autor muy influenciado por Nietzsche y, para el caso que nos ocupa, un estupendo ejemplo de la concepción positiva que puede tener también el nihilismo entendido como rebeldía hacia lo establecido; así entendido, se trata de una apuesta por una nueva acción moral y una apertura a un mayor horizonte para la existencia humana.

martes, 12 de junio de 2012

Ateísmo y nihilismo

A estas alturas de la historia, todavía parece haber personas que identifican ateísmo con ausencia de moral. El ateísmo, a priori, no implica gran cosa sobre la moral, tampoco rechazarla. Se dice que hay ateos que son nihilistas en sentido peyorativo, en su sentido más pobre, es decir, un nihilismo meramente negativo, conservador o más bien reaccionario, ya que se remonta a Hobbes y su concepción de un estado natural en el que no existen nociones de lo bueno y lo malo, y en el que los seres humanos vendríamos a ser bestias egoístas en guerra unos con otros. Por supuesto, me atrevo a decir que es un minoría de ateos la que piensa de este modo y es más bien una mayoría de "creyentes", del tipo que fuere, la que acepta un mundo político y económico basado en esos presupuestos hobbesianos. Empleo entonces el término creyentes, simplemente como sinónimo de "conservadores", es decir, los que aceptan el mundo tal y como lo colocan ante sus ojos, por muy injusto e irracional que se muestre. Es una terminología tal vez muy suave cuando hablamos de reducir al ser humano al nivel de la bestia, incapaz de transformar el medio, condicionado entonces por fuerzas externas y preocupado solo por su propia supervivencia. Precisamente, lo que nos diferencia de las bestias es la capacidad de elección, de proporcionar contenido a la moral, y no empleo este término de manera restrictiva, sino todo lo contrario. Los ateos, una mayoría al menos de los que conozco, consideramos que la moral no deriva de ninguna fuerza externa al ser humano y a las sociedades que ha creado, sino que surge de su propia potencialidad, de la capacidad que poseemos para transformar nuestro mundo con la única limitación de las leyes naturales (en las que, obviamente, no existe ninguna condición humana determinante previa).

Por supuesto, existirán muchos creyentes religiosos que compartan esa misma visión de la moral. De hecho, a poco que indaguemos, veremos que la moral no deja de ser, no solo independiente e incluso tantas veces contraria a los preceptos de la religión, también ajena a las propias creencias de cada persona. Es decir, el comportamiento moral está mucho más influenciado por los rasgos inherentes al ser humano y, sobre todo, por el medio en que habita, que por obligaciones morales de la naturaleza que fuere. Decir lo contrario es admitir que, tal y como dijo Einstein, el hombre no vale gran cosa si la cultura que ha creado se basa, simplemente, en el castigo y la recompensa. Esta es la herencia cultural que nos ha legado la religión, totalmente vigente hoy en día en el mundo político y económico, y esa misma moralidad es la que tienen los creyentes que solo admiten un buen comportamiento en base al miedo al castigo o a una retribución material o ultraterrena. Pero no solo los creyentes, los ateos que niegan cualquier contenido a la moral (negarla en sí es, simplemente, un despropósito) no dejan de tener la misma visión que los creyentes más cerrados y dogmáticos. Negar la posibilidad que una acción sea buena o mala, es tanto como decir que el bien y el mal deriva de algo tan arbitrario como una entidad sobrenatural. Por supuesto, la moral es independiente de cualquier creencia sobrenatural, pero hay que ir más allá, ya que la posibilidad de otorgarle un contenido lo más amplio depende del propio ser humano y su capacidad para transformar su entorno. Ateísmo, tal y como yo lo entiendo, y tal y como lo hace la mayoría de ateos que conozco, consiste en la posibilidad de otorgar una mayor dignidad y moralidad al horizonte humano. Ateísmo no es sinónimo de un nihilismo negativo, pobre y falaz, que no es más que la otra cara del dogmatismo religioso. Ateísmo, si se quiere ver así, es un nihilismo combativo y positivo, capaz de generar un mundo nuevo ajeno a los dogmas y de otorgar sentido a la existencia humana.

martes, 17 de abril de 2012

Stirner y la destrucción de lo sacro

Stirner, en su espectacular obra El único y su propiedad, critica a Feuerbach y la consideración de cambiar a Dios por una supuesta divinidad inmanente al hombre. Ello supondría otra manera de desterrarnos nosotros mismos al buscar una esencia divina que nunca encontraremos en nuestro interior. Antes que Nietzsche, Stirner trata de destruir todo el edificio cristiano, el cual no observa como un ideal que haya que atraer a la realidad terrenal. Feuerbach quiere acabar con Dios, sí, pero para traernos al Hombre con mayúsculas, como gran ideal o abstracción. Para Stirner, la "esencia suprema" que Feuerbach desea arrebatar a los cielos y traer a la tierra continúa siendo eso, una esencia, no la realidad concreta del individuo. 

La esencia, que Stirner también denomina Espíritu, es algo muy diferente del yo. El Espíritu representa un mundo ilusorio, el mundo de las ideas, de lo sagrado, y que ese "algo sagrado" sea tan humano como se quiera, incluso lo humano mismo, no representa diferencia para Stirner. El egoísta de Stirner no puede buscar ningún ser superior, ya sea en el cielo o en la tierra, y si realiza tal cosa lo hará negando su propio yo; incluso, aquel al que puede denominarse "egoísta involuntario", es el que no reconoce que él mismo es su creador y su creación, es incapaz de ver que lo que cree un ser extraño es su propio "ser superior". Lo sagrado es algo ajeno al yo (al individuo), y por eso Stirner no puede concebir que la absurda idea de Dios adoptara en su tiempo otra forma más popular y seductora (como es la "humanidad", "todos los hombres", etc.).  Lo que se pretende es desterrar, de veras, toda idea de lo sacro, de un ser aupremo, adopte la forma que adopte, Incluso, los ateos han recibido la feroz crítica de Stirner al esforzarse en mostrar la inexistencia de Dios y cambiar su idea por cualquier otra, como el Hombre, que acaba siendo el nuevo ser supremo.

La dependencia de "algo superior", por muy extendida que esté en el mundo, es tremendamente dañina; incluso, Stirner se permitió señalar la obsesión idealista como una patología siquiátrica. Se trata de estar esclavizado por una idea fija (la verdad religiosa, la majestad, la virtud, la legalidad...) sin someterla jamás al escalpelo de la crítica. Esa idea obsesiva es, para Stirner, lo verdaderamente sagrado que hay que destruir. Los creyentes, los dogmáticos, aunque se hayan desprendido de la idea de Dios y se presenten como ilustrados, son profundamente intolerantes. Aquellos herejes contra las viejas creencias son bien vistos en la nueva época, mientras que los nuevos herejes contra nuevas creencias vuelven a ser perseguidos. Stirner señala la moral como fuente de nuevos dogmatismos y ataca a Proudhon por el siguiente aserto: "Los hombres están destinados a vivir sin religión, pero la moral es eterna y absoluta". Resulta curioso que dos pensadores tan diferentes, e incluso opuestos en muchos aspectos, sean reivindicados por la tradición ácrata; a nuestro modo de ver las cosas, tal cosa demuestra la oposición de las ideas anarquistas al dogma, al absolutismo, por lo que está asegurada su constante vigorización y actualidad. En respuesta a Stirner, la moral es algo inherente al ser humano, por lo que se trata de darle un contenido concreto verdaderamente humano, que él considera que parte del individuo, pero que halla su antinomia en lo social; el verdadero enemigo es, efectivamente, lo sagrado, el ser supremo en el nombre del cual se imponen tantas cosas y se mantienen tantas aberraciones. Stirner, algo por lo que le convierte en un pensador de una modernidad (o posmodernidad) indudable, considera que es la esencia, ya sea trascendente o inmanente, la que esclaviza al ser humano.

La propia etimología de la palabra religión alude a lazo, a la dependencia, aunque Stirner recuerda que tantas veces se nos quiere presentar su significado positivo como "libertad espiritual". Esta libertad del espíritu, de las ideas, que aparece en determinadas épocas no es ya monopolio de la creencia religiosa, adopta nuevas manifestaciones con la inteligencia, la razón o el pensamiento en general. Para Stirner, solo el egoísta consciente es capaz de ver lo pernicioso de esa radiante espiritualidad, de ese entusiasmo por lo ideales. En definitiva, el auténtico ateísmo para Stirner sería negar, no solo a Dios, también a cualquier idea sacralizada y ello hay que realizarlo en el nombre de la auténtica realidad y el verdadero valor: el individuo. El yo, el "único", es singular e irrepetible, la auténtica medida de todas las cosas, por lo que no puede ser esclavo de ninguna idea abstracta. El único funda su causa sobre sí mismo, aunque es capaz también de amar a los demás hombres, no lo hace por imposición, sino porque le hace verdaderamente feliz. El pensamiento de Stirner es tan demoledor como espectacular, es tan antiesencialista y antiautoritario, tan contrario a todo idealismo y toda metafísica, que da la impresión de que puede satisfacer tanto como incomodar, no dejando a ningún lector indiferente. Resulta paradójico que haya quien vea en Stirner un liberal a ultranza, cuando puede comprobarse fácilmente que toda su obra está plagada de ataques a los liberales y al Estado. Precisamente, el Estado no es para Stirner más que otro sustituto de Dios, del ser supremo o de la idea fija. No es extraño que los que lo hayan reivindicado, y sigan haciéndolo, de verdad sean los anarquistas, por muy antisocial que parezca la propuesta estirneriana (y ello solo, tal vez, desde una visión muy superficial).

sábado, 9 de julio de 2011

El espíritu de rebeldía

Camus se preguntaba en El hombre rebelde si negar a Dios no suponía cuestionar la misma idea de la moral y la justicia. Llegamos, así, con Stirner y con Nietzsche al nihilismo, a la destrucción de la moral como última faz de Dios. No obstante, el nihilismo de Stirner se diferencia del de Nietzsche por su vitalidad y satisfacción. El autor de El único y su propiedad no se conforma con acabar con Dios, también con toda "idea eterna", estemos hablando del Hombre de Feuerbach, del Espíritu de Hegel o de su concreción histórica y política en el Estado. Dios es una enajenación del yo, y todas sus formas y todos sus profetas no son más que distintas formas para negar al "único" que "yo soy". El yo de Stirner nada tiene que ver con ningún Absoluto, se esfuerza el alemán en particularizarlo y darle forma real. La historia vendría a ser un esfuerzo para "idealizar" lo real y, a partir de Jesucristo, esa meta está lograda, por lo que empieza otra tarea, que es "realizar" lo ideal. Todo ello es para Stirner un intento de doblegar al principio único, vivo y concreto, en nombre de una serie de abstracciones (Dios, Estado, sociedad, humanidad...). Incluso, Stirner identifica el ateísmo con otra forma de devoción eterna, ya que substituyen a la deidad por el culto al Estado o al hombre. Naturalmente, y como creo que he insisto demasiadas veces, esta visión de Stirner es objeto de muchas críticas, también dentro del mundo libertario. A pesar de ello, su obra se reedita una y otra vez, reconociendo el valor de su pensamiento, no de forma absoluta, sino como continuo contrapeso a una filosofía social nada abstracta y todo lo justa posible. Tomado de forma tajante, el pensamiento estirneriano es posible que esté más cerca de un liberalismo extremo, cuya noción de la libertad niega los vínculos sociales, y de su visión del individuo aislado y motivado estrictamente por la utilidad, que del anarquismo. Por otra parte, las abstracciones y el sometimiento humano a ellas es algo objeto de plena crítica en las ideas libertarias, de ahí el interés de este autor. El egoísmo puede adoptar muchas formas, pero en continua tensión con los valores sociales y solidarios del ser humano; nociones como "fraternidad", al igual que el mismo concepto de "amor", solo cobra sentido "real" en un ámbito de acción humana y en una praxis desarrollada por individuos particulares. La pasión destructora de Stirner, a diferencia de Bakunin, no produce un nuevo horizonte en el que todo esté por construir.

Nietzsche, al contrario que Stirner, acepta el ateísmo como "constructivo y radical", lo mismo que acepta con todas sus consecuencias el nihilismo y la rebeldía. Su rebeldía parte del "Dios ha muerto", para revolverse contra todo aquello que tiende a substituir falsamente a la divinidad fenecida, y acabar construyendo una filosofía del renacimiento. Se suprime a Dios, desde luego, pero para fundar una nueva ética y valores inéditos. Tal y como dice Onfray, en su Tratado de ateología, "sólo el ateísmo hace posible la salida del nihilismo". Camus considera que el pensamiento de Nietzsche, como un espíritu libre, pretende destruir todos los valores fundados en ilusiones (siendo culpables de ellos, tanto la religión, como el socialismo), una inteligencia lúcida debe superar el nihilismo activo gracias a un nihilismo activo. El hombre se libera de Dios, y de las ideas morales que han conducido a la resignación y al conformismo, no tiene ya dueño y lo que se encuentra es la soledad en un primer estadio, pero asume ahora todas sus responsabilidades para construir un mundo nuevo. La verdadera emancipación supone aceptar nuevos deberes en un contexto de nuevos valores que representarán a su vez al nuevo hombre. La esperanza no está ya en un terreno sobrenatural, el pensamiento de Nietzsche lleva a la divinización del hombre y del mundo, pero nada que ver ya con lo religioso y sí con un mundo real y tangible. Huelga decir que el concepto del superhombre de Nietzsche parece más que inspirado en la obra de Stirner.

Camus, en El hombre rebelde, considera la injusticia realizada con Nietzsche por su supuesta interpretación por el nacionalsocialismo. Lo que considera que es un pensamiento "enteramente iluminado por la nobleza" ha sido pervertido hasta la extenuación gracias a un desfile de mentiras. Si el predicamento del superhombre dio lugar a la fabricación metódica de infrahombre, lo que Camus reclamaba era recuperar el grito desesperado de Nietzsche a su época: "Mi conciencia y la vuestra no son ya una misma conciencia" (algo que podemos trasladar a nuestra propia época). No obstante, es posible explicar el crimen resultante del espíritu de rebeldía, si no existe un proceso de purificación posterior. Ese proceso estaba presente en el pensamiento nietzscheano de una forma metódica; si ello se olvida, la lógica de la rebeldía acaba exaltando el mal. Dicha exaltación no estriba en derribar ídolos, sino en el "todo está permitido" (decir que sí a todo), que puede acabar consintiendo el crimen. Este consentimiento adopta también otra forma, y es cuando el esclavo acepta la existencia del amo, en lugar de resistirse al mal. Recapitulando, Nietzsche representa la conciencia más aguda del nihilismo. Gracias a él, el espíritu de rebeldía salta de la simple negación del ideal a la secularización del ideal, la salvación pasa de un terreno sobrenatural a la realidad del mundo. Esta transformación del mundo implica una dirección que tiene que ser ahora humana, Nietzsche confiaba plenamente en la evolución y en el devenir. El autor de Así habló Zaratustra no es, obviamente, un pensador libertario, aunque hay que aceptar la gran importancia de este hombre en la historia de la inteligencia y de la libertad. Dentro del proceso positivo (constructivo) de su pensamiento puede haber una lectura libertaria, que a todas luces puede hacerle más justicia que muchas otras que han acabado justificando el crimen y el el totalitarismo. Nietzsche, al igual que Stirner, era tremendamente crítico con el socialismo (y la historia le dio la razón, entendiendo socialismo solo en sentido autoritario), al considerarlo una especie de visión religiosa que continuaba confiando en la finalidad de la historia. Recordaremos que el anarquismo es mucho más que una corriente socialista, y entre las autocríticas históricas que podemos realizar está este hecho reduccionista, además de la constante asunción de otras teorías emancipatorias. No podemos ni debemos arrodillarnos ante ninguna abstracción, sobrenatural o terrenal, pero tampoco ante la historia.

lunes, 29 de junio de 2009

La "inevitable" ley de la jungla

Me sorprende, negativamente como es obvio, la opinión manifestada en la lista de correo de cierto grupo ateo cibernético (por suerte, empiezan a proliferar federaciones y grupos ateos, y librepensadores, por doquier). La cosa viene provocada por la hipocresía de la Iglesia Católica con la pena de muerte, lo que suscita un debate de mayor o menor interés (la mayoría de las opiniones, como es lógico, derivan en la usurpación que ha hecho la religión de la moralidad y de la ética y el considerar que éstas son anteriores a la religión y, por lo tanto, no la necesitan). Pero mi sorpresa se produce con la afirmación de cierto fulano, parece que un hombre de cierta edad, taxativamente a favor de la llamada pena capital y, para reforzar su argumento, suelta nada menos que el temor a ser ejecutado es para él un freno para asesinar a otro ser humano. Y, no solo eso, sino que se atreve a burlarse de los que somos contrarios a semejante barbaridad, "utópicos" y "memos" nos llama (?), al imaginar que nos encontramos con esa realidad (creo entender que se refiere a contemplar cómo un ser humano más o menos normal acaba matando a otro). Este tipo asegura estar a favor de la "moral del jungla" (o "ley de la selva", muy original), una suerte de social-darwinismo de base hobbesiana quiero entender yo (claro, que lo mismo caigo en eso tan común de etiquetar, y la cosa es mucho más básica). El caso es que después de algún que otro insulto, el hombre, que dice ser ateo convencido y manifestar sus puntos de vista desde esa posición, afirma no querer molestar a nadie y simplemente dar un punto de vista, que ya a priori considera diferente al de la mayoría (en este caso, afortunadamente "diferente", digo yo). Otro interviniente, felicita al susodicho amante de la moral selvática y sostiene que él también opina que exterminar a unas cuantas personas le haría mucho bien a la sociedad, pero que desgraciadamente la pena capital la suelen sufrir personas que no la merecen (la oposición no tendría aquí una base moral y sí iría dirigida al margen de error de las ejecuciones, algo que me he encontrado bastantes veces en estas discusiones). Es más, las opiniones del referido sustentador de la ley del más fuerte (o más "cojonudo", añado yo) pretende tener una base natural y biológica, y no sé que símil utliza de la lucha encarnizada que están teniendo los glóbulos blancos en su cuerpo contra los perniciosos microbios (naturalmente, no puede ser él neutral y pacifista ante semejante y justa batalla). Como es sabido por todos, en la vida y en las sociedades ocurre exactamente lo mismo (de quién es "glóbulo blanco" y de quién "microbio", no dice nada, aunque se intuye). Se empiezan a ver por dónde van los tiros, cuando acaba su argumentario recordando a Rousseau y a su "buen salvaje" ("era antropófago", es el irónico colofón). El caso es que mi sorpresa es tan mayúscula al encontrarme con semejante opinión en cierto foro (claro, que lo mismo son mis prejuicios), que intervengo, no exento de cierto pudor en mis palabras (que me producen siempre los temas morales, aunque no lo parezca e insista mucho en ello):
"La verdad es que resulta sorprendente escuchar según qué opiniones. Sí me gustaría reiterar mi oposición a la pena de muerte desde un punto de vista moral y compasivo (o no vengativo); no creo que ello me convierta en ninguna de esas etiquetas que aquí se han dicho (cristiano, comunista, utópico, etc.), afortunadamente la vida es más compleja que todo eso. Si solo quisiéramos ser pragmáticos o utilitaristas (aunque, también puede ser discutible esa posición), pues tal vez habría que pensar en "exterminar" a unos cuantos o en abrirle la cabeza a más de uno a diario, pero quiero pensar que es posible una moralización de la sociedad y una profundización en las cosas (sin idealismos ni utopías irrealizables).
En cuanto a esa moral de "todos contra todos" hobbesiana, no es que sea terrible, es que es una concepción del ser humano un poquito fatalista (lo cual, aseguro, no me lleva a Rousseau, tenemos una tendencia hacia el maniqueísmo bastante irritante). No tengo nada que demostrar al respecto más allá de mi praxis diaria, como nadie me va a demostrar a mí que esa especie de social-darwinismo sea inevitable. Soy ateo, entre otras muchas cosas, porque no creo en ningún determinismo por parte de nuestra naturaleza (sí es posible que al hombre le condicione enormemente el medio). Una mayor expansión de la moral y de la razón, confiar en el progreso (algo tan denostado), mirar al futuro para mejor, son cosas es que confío (no hablo de una creencia ciega de índole religiosa) y no acepto ese ateísmo meramente nihilista (y mira que me gusta leer a Stirner)".
Mi intervención es comedida, no me gustan los insultos ni las estridencias. Bienvenido sea el debate, aunque tantas veces resulte más bien baladí y solo refuerce posiciones antitéticas (lo cual no tiene porque ser malo, pero en cuestiones de moral resulta delicado). Solo matizar una cosa, mi posición algo ambigua hacia lo que se considera "utópico", una palabra que para mí solo es rechazable cuando se identifica con una ideal inalcanzable (lo cual ya resulta cuestionalbe de por sí, ya se sabe "la utopía de ayer es la realidad de mañana"), pero que es tan utilizada como argumento para anular el progreso, que a mí mismo no me gusta utilizar a la ligera (y acabo pareciendo casi opositor a la "utopía").

viernes, 12 de junio de 2009

Existencia y esencia en equilibrio dialéctico

Sartre dijo que el hombre está condenado a ser libre y Herbert Read matiza que en realidad lo está al ir a la deriva, por lo que debe inventar los instrumentos por medio de los cuales pueda otorgarse un rumbo y, consecuentemente, proceder a partir en busca del descubrimiento (sin una meta preestablecida, pero con una dirección puesta por él mismo, la vida sería el mismo viaje). Naturalmente, este viaje está condicionado por la vida en sociedad y por una conciliación con los demás, no se produce de manera aislada en medio del océano. Volviendo al existencialismo, existen para Read diversas formas de reaccionar ante el abismo de la nada. El nihilismo será para él una estado de desesperanza que agobia al hombre al dirigir su mirada hacia ese abismo y comprender su propia insignificancia; el nihilista rehusará creer en otra cosa que los propios intereses egoístas (aunque el "egoísta" y nihilista Stirner no parece que parta de ninguna falta de esperanza exactamente y sí del desarrollo de su propia individualidad, sin que el alemán diera todas las respuestas en su impresionante El único y su propiedad). Otra reacción sería la de Dostoivsky, la de un cristiano pesimista para Read, y su "si Dios no existe, todo está permitido"; los nazis, y cualquier forma de totalitarismo añado yo, reaccionan conviertiéndose en un poder político "realista". Heidegger y Sartre buscarán salidas como salvamento, aunque parecen aceptar que el nihilismo es la naturaleza fundamental de la realidad, un estado subjetivo y espiritual. Read afirma, y atentos a la actualidad de su razonamiento, que el nihilismo pesimista no es más que un reflejo de la bancarrota del sistema capitalista. Coincide con los marxistas al considerar la conciencia como un suceso existencial, histórico, en el que los factores subjetivos entrarían en el proceso dialéctico y se explicaría así la evolución del hombre hasta alcanzar cierta estatura moral e intelectual (el progreso y perfectabilidad del hombre en los que seguimos confiando). Pero Read se niega a admitar que los factores evolucionistas se reducen al trabajo, considera que el juego (tan desdeñado por el marxismo), entendido como actividad libre y desinteresada, ha sido determinante para la creación de los valores culturales. Read, frente al abismo del existencialismo, reivindica toda una tradición en la historia de la filosofía que parte de lo mismo que los existencialistas (contemplar la naturaleza), pero reacciona de forma contraria primando la curiosidad frente al desastre. Es una forma de fe en la naturaleza, pero Read se mantiene bien lejos de cualquier idealización poética de la misma que desemboque en la adoración. Esta reivindicación de una filosofía basada en una reacción positiva ante la contemplación cósmica puede llamarse perfectamente "humanismo". A pesar del gusto libertario por el análisis de Stirner (aunque, tal vez, no por sus conclusiones, que mantienen la suspensión de juicio en una vida sociopolítica más justa y cooperativa), considero al anarquismo bien diferenciado de cualquier forma de nihilismo. El humanismo, entendido como la conquista de un ideal humano, de un mundo gobernado por los valores humanos, es reivindicable por la tradición libertaria y no deberíamos dejar que ese rumbo emprendido se aparte de esa línea. De la misma manera, puede decirse que el anarquismo asume en cierta medida la visión marxista (el proceso dialéctico, la lucha de clases, la importancia de las fuerzas económicas...), pero no deja a un lado la idea de una conciencia de la solidaridad humana; es más, la considera incluso más importante que aquellos elementos tomados como dogmas en el marxismo. Puede decirse, como afirmaba Kropotkin, que existe una estrecha dependencia entre la felicidad de cada uno y la felicidad de todos y una confianza evolutiva del sentido de justicia que conduce a un ser humano a considerar sus derechos tan importantes como los del prójimo (el más alto sentimiento moral). La biología reclamada por el autor de El apoyo mutuo no basta, es necesario recordar nuestras capacidades como animales autoconscientes y recurrir a la filosofía (Read llama a la ontología, la ciencia del ser o de la esencia, pero a mí ese término se me hace demasiado metafísico). El despertar de la conciencia, el actuar consciente y el pensar consciente, puede denominarse procesos naturales, como afirma Read, o materiales, como diría Bakunin. El gigante ruso quería partir de esos procesos materiales, que impregnaban la vida sociopolítica y también la constitutiva del hombre, para lograr los más altos ideales. Read tampoco quiere reconocer dos órdenes en la realidad (aunque él no quiere denominarse materialista en sentido marxista), existiría una corriente única de acontecimientos (naturaleza) que abarca también la vida síquica o espiritual del hombre (con diversos nombres: ciencia, técnica, civilización, política, historia, arte...). El hombre produce esas cosas al igual que cualquier otro animal formas más elementales, y también el desarrollo de su conciencia entraría en ese proceso natural. No existe distinción entre acontecimientos físicos (Naturaleza) y no físicos (Espíritu), solo hay una corriente única, un fluir único y constante de acontecimientos. Existencia y esencia, materialismo e idealismo, están entretejidos en la evolución de la vida y solo depende de nuestras facultades partir de los primeros para perseguir los segundos. Ese proceso único presente en la vida puede ser llamado "libertad" y se define por la constante traslación a nuevos planos de existencia y por la continua creación innovadora. La libertad sería entonces una aspiración creativa, no únicamente una esencia o ideal, que marca la evolución moldeando la realidad y otorgando vitalidad e intensidad al ser humano. Read hace una distinción fundamental entre marxismo y anarquismo, al confiar éste último también, además de en una supuesta necesidad o conquista histórica, en los desenvolvimientos espontáneos y, sobre todo, en tener una concepción de la libertad que se extiende al proceso total de la vida (no solo en las relaciones económicas). Sin una actitud filosófica que sustente este concepto de la libertad, la vida se vuelve brutal. Creo que el pensamiento anarquista posee una tradición de pensamiento con unas bases muy poderosas, este contrajuego dialéctico entre existencia y esencia que propone Herbert Read recuerda a los orígenes del anarquismo: el equilibro de Proudhon y su particular concepción de la dialéctica, la visión materialista de Bakunin (o lo que el denominaba el verdadero idealismo), así como la solidaridad o "ayuda mutua" de Kropotkin, sustentada no solo en tesis biológicas sino también filosóficas.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Nihilismo

A menudo, usamos coloquialmente la palabra "nihilismo" aludiendo a la absoluta falta de principio moral o político. Tal vez, el primer filósofo que utilizó el término fue William Hamilton, el cual consideró que el nihilismo es la negación de la realidad sustancial. Hamilton consideró que Hume era un nihilista, al negar que exista una realidad sustancial -o que en realidad hay sustancias- solo cabe sostener que se conocen fenómenos. Desde este punto de vista, el nihilismo sería identico al fenomenismo -el cual tiene, a su vez, diversas vertientes-. Este nihilismo de Hamilton sería llamado posteriormente "nihilismo epistemológico". Se diferencia del nihilismo moral -negación de que haya principios morales básicos-, pero está tal vez muy emparentado con el nihilismo metafísico -pura y simple negación de "la realidad"-. El propio Hamilton aludió con frecuencia al sofista Gorgias, según el cual no hay nada -y si hubiera algo, sería incognoscible; y si fuera cognoscible, seria inexpresable, inefable o incomunicable-. También se ha mencionado al escéptico Pirrón a propósito del nihilismo; aquí me detengo especialmente, cuando se equipara muy a menudo nihilismo y escepticismo radical y se considera que ambos apuestan por una especie de universal "negacionismo". El escepticismo se ha manifestado muchas veces como duda de que haya nada permanente en el movimiento y en el cambio, el nihilismo se ha entendido como la afirmación de que todo cambia continuamente y de que todo varía en función del sujeto.
A veces, se expresa el nihilismo en forma de una concepción del mundo, que puede adoptar un pesimismo radical o bien conduce a un punto de vista totalmente "aniquilacionista". Así, en este último sentido, en el Fausto de Goethe Mefistófeles considera que sería mejor que nada surgiera ya que todo perece; en La vida es sueño, Segismundo parece seguir esa línea al decir que "el delito mayor del hombre es haber nacido". Schopenhauer, en El mundo como Voluntad y Representación, cita esas dos obrass, así como versos de Teognis. Este filósofo consideró que toda existencia "refleja" el impulso irracional e incesante de la Voluntad; la vida es lucha, y la vida humana está llena de sufrimientos y oscila entre el dolor del deseo (basado en la necesidad o en la carencia) y el dolor no menos intenso del aburrimiento o la inanidad (experimentado cuando todas las necesidades han sido satisfechas). Para Schopenhauer, la Voluntad es la causa, no solo del egoísmo y la agresión, sino la raíz de todo mal en general. Ante la objeción de que la negación del sufrimiento implica la eliminación de la voluntad y, por lo tanto, "el deslizamiento hacia una nada vacía", el filósofo afirmará que, para quienes se hallen llenos de Voluntad, lo que permanece después de la completa abolición de la Voluntad -o después de su negación- es una nada.
Para Nietzsche, la noción de nihilismo es muy importante. Por un lado, considera al nihilismo como una amenaza, como el término final de un desarrollo histórico sin salida. En otro sentido, considera como nihilista la interpretación de la existencia humana y del mundo proporcionada por la Europa cristiana y por la Europa moderna; esa interpretación niega los valores superiores de la fuerza, la espontaneidad, el concepto de superhombre, a beneficio de los supuestos valores de la equidad, la humildad, etc. Se puede hablar así de un nihilismo "malo", que será aquel pasivo perteneciente a la tradición moral y metafísica. Pero se puede hablar también de un nihilismo "bueno" -o "auténtico"-, que sería activo y consistiría en destruir el sistema de valores de aquel nihilismo pasivo tradicional. El nihilismo de los "espíritus fuertes" pone punto final al nihilismo débil del pesimismo, del historicismo, del afán de comprenderlo todo, de la idea de que todo es vano. Este tema nietzscheano del nihilismo ha sido recogido por Heidegger al tratar de la destrucción de la metafísica occidental e, incluso, de toda metafísica como un "acontecimiento".
Capítulo aparte merece la historia del nihilimo ruso, con fuertes raíces sociales. Recordaremos que Bakunin llegá a afirmar que sólo la destrucción es creadora (y consideramos aquí, por supuesto, que el gigante ruso se refería a la instituciones, y tenía en mente la injusticia social, por supuesto). Más radical aún será Dimitri Ivanovitch Pisarév, el cual escribió que "todo lo que puede romperse, hay que romperlo; lo que aguante el golpe, será bueno; lo que estalle, será bueno para la basura. En todo caso, hay que dar golpes a derecha y a izquierda: de ello no puede resultar nada malo". Hay que entender este violento párrafo como que sólo lo que resiste la critica implacable es digno de ser conservado.