jueves, 27 de agosto de 2015

El hombre, Dios y el Estado. Contribuciones en torno a la cuestión de la teología política

El hombre, Dios y el Estado. Contribuciones en torno a la cuestión de la teología política (Libros de Anarres, Buenos Aires 2014) nos recuerda que el anarquismo considera, a través de Proudhon y Bakunin, que la autoridad política (el Estado) tiene su origen en la autoridad metafísico-trascendental (es decir, la idea de Dios); importantes juristas del siglo XX, y no necesariamente progresistas, pueden considerarse continuadores de esa visión acuñando el concepto de "teología política" (atribuido a Carl Schmitt), según la cual, la teoría del Estado viene a estar constituida por conceptos teológicos secularizados. Reproducimos a continuación la reseña aparecida en Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.12 (segundo semestre de 2014).

La Colección Utopía Libertaria, proyecto cuyo origen está en Argentina, nos ha brindado en los últimos años, tanto ediciones de los mejores clásicos sobre anarquismo, como estupendos ensayos realizados en la actualidad. Anibal D'Auria ya tuvo protagonismo en dos obras anteriores de esta colección: El anarquismo frente al derecho. Lecturas sobre Propiedad, Familia, Estado y Justicia (2007), obra de autoría colectiva que recoge uno de sus artículos, una magnífica introducción a las ideas libertarias, y Contra los jueces. El discurso anarquista en sede judicial (2009), estudio que realiza sobre algunos de los más famosos procesos a anarquistas. Ahora, nos llega otra obra relacionada con el derecho jurídico, que pone en su justa medida la visión anarquista del Estado moderno.


Dicha visión considera que la autoridad política está fundamentada en la tradicional autoridad metafisico-trascendental; dicho de otra manera, el Estado tiene su origen en la idea de Dios. Proudhon ya ofreció una primera postura al respecto, algo que fue objeto de polémica con el católico Donoso Cortés. Será Bakunin el que, posteriormente, radicalizará la postura antiteísta del francés en obras como Dios y el Estado, Consideraciones filosóficas y Federalismo, socialismo y antiteologísmo. A muchos les sorprenderá saber que importantes juristas del siglo XX serán continuadores, aunque obviamente con intenciones distintas, de esta visión anarquista. Carl Schmitt, al que se le atribuye el concepto de “teología política”, consideraba que la teoría del Estado viene a estar constituida por conceptos teológicos secularizados. Otro importante autor, Hans Kelsen, progresista a diferencia del anterior, aunque no anarquista en sentido político, es autor de un texto analizado en el libro: “Dios y Estado”; no es necesario aclarar qué otra obra evoca con toda intención.

Aníbal D'Auria nos ofrece una imprescindible genealogía de la cuestión. La visión de Platón y Aristóteles en la Antigüedad estaba determinada por diferentes aspectos de la relación entre teología y orden político. En la Edad Media, se impone el modelo cristiano inaugurado por Agustín, que sustituye la autoridad de los filósofos por la de los sacerdotes y que también observará la teología dividida en diferentes aspectos. Es primordial comprender la implicación política que seguirá teniendo la teología; si en la Antigüedad, los dioses lo eran del orden político, se invertirán los términos en la época medieval, los reinos e imperios lo serán de la Cristiandad. Cuando llegamos al Estado moderno, hay que ver el orden político como una traslación de las categorías propias de la teología judeocristiana. La visión anarquista, al observar una equivalencia entre la teología y la teoría estatal (el Estado es un trasunto de Dios), está fuertemente fundamentada.

Los anarquistas del siglo XIX realizan una crítica antropológica y sociológica de la religión: los misterios religiosos se convertirán en inmanentes y la justicia no hay que situarla ya en un plano ultraterreno, sino que hay que convertirla en realidad en nuestro mundo. Hay que reconocer aquí la deuda con Feuerbach al considerar que el discurso teológico supone una especie de lenguaje metafórico inconsciente, que no esconde en realidad más que los deseos y temores humanos. El anarquismo, la visión más radical y emancipadora de la modernidad, da a elegir entre el ser humano y algo ideal que le trasciende (llámese Dios o Estado).

Gran parte del libro está dedicada al análisis del debate sobre la teología política en el siglo XX; los protagonistas del mismo son importantes teóricos del Estado, tanto conservadores como progresistas. Como resulta lógico, estos últimos son continuadores de la visión moderna de Feuerbach, Proudhon y Bakunin, según la cual el proceso de secularización que caracteriza a la modernidad supone que el ser humano trate de materializar sus aspiraciones más profundas de autorrealización en el mundo terrenal; la crítica científica alejaría de forma definitiva todo residuo metafísico y reaccionario. Los juristas conservadores, dentro de esta polémica, no llevan a cabo innovación alguna, sino que tratan de legitimar la teología medieval en base a su propia explicación y crítica a la modernidad. La cuestión llega hasta nuestros días y, tal y como lo ven los anarquistas, se trata de elegir entre el hombre o los fantasmas que él mismo genera. Este asunto de la teología política resulta tan importante, que puede verse también como toda una polémica sobre la modernidad y su desarrollo político.


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