viernes, 30 de septiembre de 2011

La visión de futuro de Kropotkin

Esta entrada puede verse como una continuación de la anterior, en la que recordaba que Kropotkin insistía en la combinación de esfuerzos como origen de la riqueza. Como es sabido, Kropotkin aboga por el comunismo, considerando que resulta imposible una remuneración proporcional a las horas de trabajo, tal y como desean los colectivistas. En una sociedad que considere todo lo necesario como un bien comunal, según afirma el anarquista ruso, resulta irrealizable cualquier forma de salario. De hecho, el sistema salarial sería resultado de la apropiación por parte de unos pocos de todo lo necesario para la producción, es decir, es inherente al desarrollo del capitalismo. El deseo de Kropotkin es una sociedad en la que los medios de producción fueran comunales y, por tanto, el disfrute de la riqueza también fuera colectivo.

El autor de Campos, fábricas y talleres tenía una confianza enorme en el progreso, de tal manera que observaba formas comunales en la evolución de la sociedad a pesar del aparente éxito del individualismo. Hoy, resulta difícil ser tan optimista, pero tenemos que seguir insistiendo en lo importante, tanto de lo necesario de la libertad individual, como de la defensa de los bienes públicos. Recordemos que, para el anarquismo, los dos conceptos, no solo son conciliables, sino complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que situar los deseos de los individuos por encima de los servicios que han prestado, ya que para Kropotkin el apoyo a cada persona por parte de la comunidad sería un garante de una sociedad sin coerción.

Para fortalecer la expansión del comunismo libertario, habría que aplicar de forma plena la capacidad productiva para cubrir las necesidades vitales, modificar la estructura de propiedad de tal manera que todos los trabajadores produjeran bienes y, insiste Kropotkin, devolver a los trabajadores manuales un lugar de privilegio. Las tendencias son a incrementar la producción y a convertir el trabajo en algo sencillo y atractivo. En el caso de la primera, se situaría en las antípodas de algunas tendencias actuales, como es el caso del decrecimiento, algo para reflexionar. En un mundo con gran parte de la población pasando necesidades básicas, no sé si resulta lo más apropiado plantear que no hay que producir tanto. Más bien, se trata de buscar una producción racional y ecuánime.

El sistema de Kropotkin, ya he insistido en ello, busca la síntesis de los dos grandes objetivos buscados por la humanidad desde la Antigüedad: la libertad económica y la libertad política. El comunismo kropotkiniano es, por supuesto, anarquista, considera que solo sin gobierno puede la sociedad expandirse económica e intelectualmente. La ley es substituida por el libre acuerdo y la cooperación y libre iniciativa reemplaza toda tutela estatal. De nuevo vemos cómo Kropotkin desea que evolucione la sociedad: en el futuro, el individuo no se ve coaccionado por leyes, ni por ningún tipo de obligación, sino por los hábitos sociales y por las necesidades de lograr la cooperación, el apoyo y la simpatía de sus convecinos. Aunque la educación está dirigida a que pensemos que el Estado y los gobernantes son imprescindibles en nuestra vida, una amplitud de miras puede hacernos ver que en realidad tal cosa no es cierta. La injerencia gubernamental no se produce tan a menudo en la vida de las personas y muchas organizaciones funcionan basándose en el libre acuerdo. El deseo es el de que se multipliquen las organizaciones libres, las cuales persigan los más nobles objetivos apelando a lo mejor de las personas.

Hay que preguntarse, tratando de eludir toda esa propaganda que confirma el mundo que vivimos, lo mucho que se ha logrado gracias a la libre cooperación. El Estado puede ser reemplazado por una organización basada en acuerdo libres y los atributos que se consideran propios de aquél pueden llevarlos a cabo la libre federación en todos los ámbitos. Existen las habituales objeciones sobre que siempre existirán personas que se nieguen a cumplir los acuerdos y también a trabajar. Kropotkin recuerda lo innecesario de la coacción en los acuerdos llevados a cabo libremente, ya que existen otros factores que invitan a la acción, así como en lo necesario de convertir el trabajo en algo atractivo no sujeto a la esclavitud del salario. Se considera repulsivo el agotamiento, pero no así el trabajo dirigido al bienestar de todos. Tal y como lo define Kropotkin: "El trabajo es una necesidad fisiológica, una necesidad para desahogar las energías acumuladas, una necesidad que es saludable en sí misma". Pensemos atentamente que el rechazo al trabajo se produce habitualmente por producirse para otros, por ir vinculado al esfuerzo y la obligación, pero que no dejan de ser propias de la condición humana, y en gran medida necesarias, la actividad y la creatividad.

Frente a la necesidad de los castigos para aquellos que incumplen las normas sociales, Kropotkin insiste en la reorganización de la sociedad para tratar de disminuir unos crímenes que no están originados en una perversidad natural del ser humano. Aun así, si existen personas con claras inclinaciones antisociales, se rechazan las prisiones y los castigos corporales, los cuales no hacen más que multiplicar los delitos. La aspiración es a una sociedad en la que todos los niños reciban formación y educación, tanto profesional, como científica, en la que no existan privilegios de ningún tipo, en la que las personas convivan de verdad, algo que lleva a la empatía, cooperen y participen en los asuntos públicos. En una sociedad así, los actos antisociales se reducirían notablemente, los conflictos que surgieran pueden ser solventados por el arbitraje y la fuerza nunca se emplearía para imponer una decisión.

Otro aspecto importante de la visión de Kropotkin es lo que atañe a la moralidad. Por supuesto, considera la moral anterior e independiente de toda ley y de toda religión y muy necesaria para la sociedad. De hecho, los hábitos morales nacen en el contexto social y son condición necesaria para el bienestar de la especie. Frente a la moralidad religiosa, que pretende tener un origen divino, o la moral utilitaria, que mantiene la ilusión de la recompensa, está aquella progresivamente mejorable que pretende la mejor adaptación del individuo a la sociedad cooperando con sus semejantes. Es una moralidad que crece gracias al hábito y que basa su perfección en unas mejores condiciones de existencia de los seres humanos.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El anarquismo de Kropotkin

En los últimos tiempos, se ha revitalizado el pensamiento de Kropotkin gracias a varios libros y publicaciones. Uno de ellos es Anarco-comunismo: sus fundamentos y principios, cuyo concepto traducido en el título es tal vez algo discutible, pero lo más importante es su contenido. El pensador ruso, en cualquier caso, habla en esta obra sobre anarquismo y lo considera algo muy diferente al utopismo, ya que los libertarios nunca se han apoyado en conceptos metafísicos (como los "derechos naturales" o las "obligaciones del Estado") para llevar a cabo las mejores condiciones para la felicidad humana. Es por eso que, indagando en la historia y en la evolución de la sociedad, los anarquistas consideraron dos fuertes tendencias: aquella que dirige sus esfuerzos a la producción comunal, de tal manera que acaban siendo indistinguibles el esfuerzo individual y el colectivo, y la tendencia a la máxima libertad individual, la cual acabará beneficiando también al conjunto de la sociedad. Kropotkin considera que el ideal anarquista es más una cuestión de debate científico que de fe, ya que puede considerarse una sociedad de este tipo como una nueva fase en la evolución. Es una visión, tal vez, muy propia de su tiempo, la gran confianza en el progreso y en el conocimiento como garante del mismo. Aunque podemos ser críticos con ella, hay que recordar el pensamiento posterior de otros autores, como es el caso de Rudolf Rocker, el cual tiene en cuenta otros factores en la evolución social, como es el caso de la voluntad y anhelos de los hombres (algo que podemos llamar también "fe" o "valores", por muy ateos que seamos, o precisamente por ello, ya que lo nuestro no es nunca una "creencia ciega"), estimulados adecuadamente. En cualquier caso, Kropotkin no es un rígido materialista histórico, que es donde se colocan las mayores críticas.

De hecho, y a pesar de su optimismo hacia la expansión del socialismo, Kropotkin denuncia tempranamente la vía autoritaria para llevarlo a cabo. El deseo es una forma de organización social que garantice la libertad económica sin que el individuo se subordine al Estado. Ya en su momento se señala el gobierno representativo de la democracia como un sistema enfrentado a las formas autocráticas anteriores, pero que no garantiza una organización política libre. Kropotkin observa el progreso como más efectivo sin la injerencia del Estado y asegurando la descentralización, tanto territorial como funcional, dejando toda iniciativa a grupos libremente constituidos, los cuales pueden suplir todas las funciones que ahora se consideran propias de un gobierno. Por lo tanto, los anarquistas reconocen y asumen la justicia de las dos teorías predominantes en el siglo XIX: la socialista y la liberal. Y la visión anarquista kropotkiniana es, insisto, evolucionista; es decir, como trató de demostrar de manera admirable, la lucha por la existencia no se limita al enfrentamiento entre los individuos para subsistir, sino que hay que observarla también en un sentido amplio de adaptación del conjunto de la especie a las mejores condiciones. En este sentido, y como buen ateo, Kropotkin considera que la perfección moral se va deduciendo de las necesidades sociales y de los hábitos de la humanidad. El mejor futuro, basado no solo en factores de evolución, sino también en el deseo de las personas, solo puede pasar por una socialización de la riqueza y el trabajo, todo combinado con la mayor libertad posible.

Kropotkin reivindica el esfuerzo colectivo que ha dado lugar a grandes logros en  la civilización. Existen personalidades individuales que han creado grandes cosas para disfrute de la humanidad, aunque no dejan de ser aquéllos también hijos de la industria y, por lo tanto, de la labor de infinidad de obreros que la han desarrollado. Todo lo creado lo ha sido por el esfuerzo combinado de generaciones pasadas y presentes; a pesar de ello, la apropiación por parte de unos pocos de todo lo que incremente la producción no ha dejado de ocurrir. Es por eso que Kropotkin critica una economía que no beneficia a toda la humanidad, y ya hace tantos años denuncia a un capitalismo también por unas crisis cíclicas que dejan sin trabajo a cientos de miles de personas. La educación y el progreso moral se producen de manera estrechamente vinculada al desarrollo económico y a la justicia social (libre disfrute de cada persona de la riqueza), por lo que vivimos (todavía, más de un siglo después) en un sistema injusto, hipócrita y (económica y moralmente) corrupto. Hay que tener en cuenta eso, que no se trata simplemente de problemas materiales, que ello afecta a todos los ámbitos de la actividad humana. A pesar de que nos refugiemos, tantas veces, en nuestras acomodadas vidas, este análisis hay que hacerlo en un sistema económico globalizado tan deplorable que condena a la miseria a gran parte de la humanidad.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Anhelos de dominio

Como dije en la entrada anterior, Rudolf Rocker afirma que la voluntad de poder ha sido y es una de las fuerzas motrices más importantes de la historia, decisiva en la formación de la vida económica y social. Hay que estar de acuerdo con este autor cuando, sin negar la importancia de las condiciones económicas para el desenvolvimiento social, señala muchos ejemplos históricos en los que las aspiraciones religiosas y políticas de dominio tienen un importante papel también en el curso de la economía, la paralizan por largo tiempo o la empujan por otro camino. Todavía existe algo más importante en el análisis de la historia, y es cuando se reconoce solo y exclusivamente a los representantes habituales de un determinado nivel económico. Rocker no se anda con chiquitas a la hora de juzgar tan estrecha visión y considera que tal cosa convierte en una caricatura la historia y empequeñece notablemente el campo del investigador (está abriendo aquí el camino para su tesis de que la sociedad evoluciona de forma inversamente proporcional a la nación-Estado). Me gusta mucho el análisis del anarquista Rocker, al tener unas miras tan amplias y no caer en ningún tipo de reduccionismo ni determinismo, cuando señala cosas como que una clase social como la burguesía, en ciertas ocasiones, ha realizado cosas encomiables que van contra sus intereses (establecimiento de la paz, enfrentamiento con la Iglesia...). Para demostrar su teoría, y nada más actual, Rocker señala las continuas (y devastadoras) crisis que sufre el capitalismo, las cuales no avanzan necesariamente las condiciones hacia formas de producción socialistas. Las condiciones económicas, por sí solas, no modifican la estructura social y se necesitan las condiciones sicológicas y espirituales que impulsen el deseo de transformación.

Rocker denunciaba en Nacionalismo y cultura la actitud de los partidos socialistas, y de los sindicatos inspirados por ellos, los cuales se habían subordinado al capital y a intereses nacionales, abriendo incluso la puerta al fascismo. Insistiría en la actualidad de este análisis, el socialismo como movimiento no ha estado históricamente a la altura de las circunstancias, y sus representantes solo han procurado débiles reformas malgastando su tiempo la mayor parte de las veces en luchas intestinas. Hace más de medio siglo que Rocker mantenía ya este discurso, e incluso considerando que la necesidad misma de las cosas empuja a veces al cambio, todo indicaba que en el futuro el papel de los productores sería subordinado (bien al capital, bien al Estado, o a ambos). La denuncia es a esa forma de considerar el progreso como basado en necesidades económicas, es decir, que ocurren de forma inevitable. Cuántas veces esta concepción empuja al conformismo y a la debilidad de espíritu, de tal manera que se acaba justificando un determinado estado de las cosas, por muy detestable que sea. Frente a una visión de la economía meramente determinista, hay que recalcar la importancia del pensamiento y de la acción humanos, en aras de potenciarlos para su influencia en el desenvolvimiento social. Aunque tantas veces hayan sido de modo equivocado, y ha empujado a los más devastadores conflictos, la constante apelación en los seres humanos a motivos éticos y de justicia también ha ayudado a mover el mundo.

En ese sentido, hay otro factor nefasto, que parte habitualmente de ciertos individuos y de algunas minorías en las sociedad, y es la voluntad o aspiración de dominio. El mal no está necesariamente en esas personas, sino en la misma política de dominio, sin importar por quién sea movida ni las finalidades que persiga. Es por eso que esa política de domino solo resulte imaginable llevando a cabo todos los medios favorables a sus propósitos, tantas veces repudiables, para conseguir el éxito y justificados en la llamada razón de Estado. No importa el tamaño del crimen que se lleve a cabo, si lo efectúa el aspirante a dominador y tiene éxito, puede ser presentado como un hecho meritorio al servicio del Estado. Rocker recoge aquí la tradición de Bakunin, y señala el Estado como la providencia terrenal, al margen de lo bueno y de lo malo. Al igual que se hace con Dios, puede verse el Estado como un Absoluto, no sometido a los principios de la moral humana. Por lo tanto, los intereses económicos no son el único factor que empuja al conflicto, hay que tener en cuenta el interés político, y ya Rocker denunciaba en su momento que se confundían ambos factores en el moderno capitalismo. Es un análisis que subscribiría Erich Fromm, el deseo enfermizo de tantos capitalistas de someter a millones de seres humanos y, no tanto, la ganancia material en exclusividad. Lo podemos ver como una visión enfermiza, que no admite igualdad de derechos, genera una conciencia distorsionada y una evidente corrupción moral. El contacto con una realidad concreta puede generar una determinada conciencia, como era el caso de las relaciones económicas en el pasado en el que al menos el pequeño empresario tenía cierta relación con los trabajadores. No es el caso de los modernos señores de la política y de las altas finanzas, los cuales manejan a las personas solo como objeto colectivo de explotación. La voluntad de poder, llevado a cabo por minorías y justificadas en el absolutismo, han hecho y siguen haciendo mucho daño. La posibilidad de una nueva estructura social tiene que tener en cuenta este factor, junto a los también evidentes intereses económicos.

sábado, 24 de septiembre de 2011

La negación de toda necesidad histórica

Resulta curioso que los anarquistas, o al menos gran parte de ellos, a pesar de su repulsa a toda dominación, hayan analizado que la llamada "voluntad de poder" es uno de los estímulos más fuertes en el desenvolvimiento de la sociedad humana. A pesar de su importancia, y de ser de alguna manera la esencia del socialismo, se critica la rígida visión de Marx, según la cual todo acontecimiento político y social es únicamente el resultado de las condiciones económicas. Ya autores anteriores al autor de El capital señalaron la importancia de ello, pero es necesario analizar otras razones para explicar los fenómenos sociales. En ese sentido (y en un muchos otros), Rudolf Rocker es de una actualidad innegable, al negar esa visión necesaria y absoluta de la historia. No es casualidad que Marx sea un discípulo de Hegel, el creador del Absoluto, de la necesidad histórica y descubridor de las "auténticas" leyes sociales. A su vez, los discípulos de Marx convirtieron su visión en poco menos que una nueva religión, de índole científica, pero religión al fin y al cabo al estar plagada de dogmas y ser aceptados de forma más bien acrítica.

No es posible equiparar, con pertinaz cientifismo, los fenómenos sociales a los fenómenos físicos. Las leyes de causalidad gobiernan la naturaleza y los hechos estrictos la caracterizan. Por su parte, la existencia humana está determinada también por esas leyes, y aunque es posible canalizar esas fuerzas naturales hasta cierto punto, nunca será posible suprimirlas. Nuestra voluntad y nuestro deseo pueden mejorar ciertas manifestaciones de las leyes naturales, pero el proceso general jamás podremos eliminarlo. La necesidad e inmutabilidad presente en la naturaleza, que pueden ser calculadas e interpretadas gracias al método científico, llevó a algunos pensadores a creer que podrían hacer lo mismo con los fenómenos sociales. No hay que confundir las necesidades mecánicas del desarrollo natural con las intenciones y propósitos de los hombres, ya que solo pueden ser valorados como  resultados de su pensamiento y de su voluntad. Por supuesto, no se niegan las leyes causales que también están presentes en la historia y en la mente humana, pero no como la necesidad que se produce en el mundo físico. Este último, se desarrolla sin nuestra conformidad, mientras que en aquellos influyen las manifestaciones de nuestra voluntad (estimulada por leyes causales, por supuesto, nada que ver con el "libre albedrío" religioso, pero tampoco sujeta a ninguna necesidad).

También resulta curioso que Rocker recurra al término "fe", que por supuesto tiene muchas interpretaciones más allá de la religiosa. Gracias a ese concepto, el ser humano escapa de toda necesidad e influyen toda una serie de factores (ética, costumbres, tradiciones, política, formas de propiedad, condiciones de producción...) para que en la existencia humana no se dé lo forzoso y sí la probabilidad. En definitiva, Rocker pretende salvar la libertad, económica, política y presente en cualquier ámbito humano, bien distinta de las leyes naturales y no condicionada por ellas. Todo investigador puede analizar las relaciones íntimas del devenir histórico, pero teniendo en cuenta su carácter diferenciado al de las relaciones de los procesos naturales. La historia hay que verse como el dominio de los propósitos humanos, por lo que toda intepretación que hagamos es cuestión de creencia, en la que pueden darse las probabilidades, pero no la seguridad forzosa. Desgraciadamente,  a pesar de algo tan lleno de sentido común y que tanto puede ayudar al progreso, a comienzos del siglo XXI todavía gran parte de la humanidad se refugia en creencias rígidas e inmutables (aquí podemos reírnos de todo tipo de profecías, incluidas algunas que pretenden tener base "científica").

Precisamente, lo que abre la posibilidad de un mundo mejor es tener en cuenta la importancia del factor de deseo en el mejoramiento de las condiciones sociales, y no la necesidad histórica (con la que juegan también los defensores de lo establecido). La fe, o la creencia, tanto pueden mirar hacia adelante, como puede ser conservadora y determinista, mandamiento de una voluntad divina o producto de leyes inmutables ante las cuales el hombre poco puede hacer. El fatalismo es muy similar, y tanto da si es de naturaleza religiosa, política o económica, anula el impulso para la acción que surge de necesidades inherentes al ser humano. Tal vez es incluso más peligroso cuando se presenta con cierta legitimidad "científica", y termina por suplantar a las antiguas teologías. Se critica así la rigidez del materialismo histórico: a pesar de la importancia de las condiciones económicas para explicar un determinado periodo histórico, no puede ser explicado todo en base a ellas y hay que tener en cuenta la influencia de otros factores para explicar los fenómenos de la vida social. En la siguiente entrada, indagaré algo más en el llamado factor de "voluntad de poder".

jueves, 22 de septiembre de 2011

Creencias y no creencias

Como demuestro en este blog, seguramente con demasiada asiduidad, soy un pertinaz, racional y pasional defensor del ateísmo. Me cabrea sobremanera, y asumo aquí mis contradicciones, carencias y salidas de tono, tanto la propensión del ser humano a creerse cualquier paparruchada sobrenatural, como la igualmente habitual tendencia a cualquier dogma, a cualquier razón y verdad con mayúsculas (que están detrás de la religión, pero no solo de la religión), que no dejan de tener tipos que se consideran ateos. Mi experiencia en grupos ateos me dice que existen toda suerte de individuos que afirman no creer en dioses, desde algún bobalicón que asegura que lo es por no haber tenido ninguna revelación, y que si la tuviera se convertiría en el más devoto creyente, pasando por tipos oscuros sin ningún asomo de progresismo, hasta cuestionables "intelectuales" que parecen haber cambiado la divinidad por algún otra suerte de abstracción a la que subordinarse.

Por otra parte, y en otros ámbitos, no son pocas las discusiones que tengo sobre por qué ser ateo y no agnóstico, ya que parece considerarse al primero una especie de extremista obtuso que niega lo que desconoce (esto, no solo se aplica a las religiones, también a toda suerte de seudociencia). A unos y a otros, no debería ser difícil explicar que mi ateísmo es positivo, y muy combativo, que pretende ser la mejor vía para abrir una puerta a la máxima libertad intelectual y para otorgar el mayor horizonte posible a la razón y la moral (ojo, amigos posmodernos, os tengo en mis pensamientos bastante a menudo). También puede considerarse, según ese punto de vista, "mi ateísmo" como una parte de "mi anarquismo". Tal vez es demasiado lapidario decir que la existencia de Dios supone la negación de la libertad, al modo de Bakunin, aunque está claro que se alude en realidad a eliminar las trabas en la mente del ser humano. Los creyentes, claro está, jamás realizarán este análisis, y es seguro que muchos que no lo son no serán tan radicales, aunque no está de más entrar permanentemente en esta saludable confrontación de ideas. Yo sí lo soy, radical me refiero (trato de profundizar, tengo afán transformador), e insisto en que asumo todas las responsabilidades por decidir abrir una confrontación permanente con los delirios sobrenaturales.

Otro motivo de polémica, más bien baladí, es sobre el término "anticlericalismo", que al igual que el ateísmo algunos pretenden quitarle sentido en la actualidad. No es muy políticamente correcto, efectivamente, decir que somos ateos y anticlericales a comienzos del siglo XXI, pero solo faltaría en estos tiempos, no muy buenos para la lírica, que nos pusiéramos modositos (uso la primera persona del plural, no porque me carga de más razón, sino por querer invitar a ser "políticamente incorrecto"). Por supuesto que soy contrario al clero, como lo soy a tantas cosas que considero parte de una cultura autoritaria. No deseo ninguna jerarquización social, ya que ningún tipo de clase mediadora puede acaparar el conocimiento ni decidir por los demás. Ello no implica que los que pensamos de esta manera vayamos a "comernos" a los curas ni a quemar iglesias, y aclaro aquí que considero la violencia anticlerical que se ha dado en el pasado, tan reprobable como afán de venganza, como digna de ser contextualizada. Por otra parte, se desconocen violencias relacionadas con el pensamiento ateo en la actualidad (no me vale el extremismo político, tantas veces emparentado con el religioso en su deseo de unas instituciones autoritarias), y estoy (casi) seguro que de que estas personas no creyentes son bastante más proclives a comprometerse con una valores que tantos otros que trasladan su moral a un terreno que no es humano. Detesto la violencia, que tanto tiene que ver con la imposición, y jamás aceptaré que (mi) ateísmo y anticlericalismo tengan nada que ver con ello (respecto al prefijo "anti", que significa "opuesto" o "contrario", solo hay que verlo como una relación dialéctica más).
A propósito de anarquismo y ateísmo, muy vinculados desde mi punto de vista, surge la cuestión de si se puede ser lo primero sin ser lo segundo. Conozco a algunos libertarios que son creyentes, y hay que aceptar la complejidad y diversidad del ser humano, por lo que no soy yo nadie para fiscalizar de manera estúpida (valga la redundancia). Como ya han señalado otros, existen colectivos religiosos con sensibilidad e ideas muy próximas a lo libertario y hay que saber cuál es nuestro terreno común y en cuál podemos sentirnos incómodos, sin que ello suponga una confrontación más allá de lo intelectual y sin que nadie se enfade por lo viscerales que somos tantas veces unos y otros. Hay que recordar constantemente que deseamos una sociedad donde cada persona pueda vivir y manifestarse como desee, en la que se erradique toda imposición y en la que se propicie el diálogo y la comprensión del otro.

martes, 20 de septiembre de 2011

El pasado viernes, el diario El país publica una notica sobre la detención de un individuo que, supuestamente, ha colocado diversos artefactos explosivos en el centro de Madrid. La lectura del titular ya me indigna bastante, por lo que no tardo en enviar una Carta al Director, que imagino que nunca publicarán.

En la la sección de Madrid de su diario del 16 de septiembre, aparece el siguiente titular: "Fin de ruta para el anarquista incendiario". Según se explica en el contenido, y suavizando lo titulado, se pueden leer las siguientes frases: "el móvil, tenía que ver aparentemente …" (se habla de convicciones anarquistas y "antisistema", denominaciones donde parece caber todo), "presunto anarquista" (aludiendo a un grupo llamado "Tierra salvaje", del que no se explicita nada más), "supuesta ideología" (aquí se menciona el anarquismo primitivista, también sin decir nada más asociando dos conceptos que para muchos nos parecen antitéticos, y del veganismo, que sí se explica someramente, pero sin que dichas ideas o actitudes tengan que ver, necesariamente, con las ideas libertarias). Cuestiono que sea la manera más adecuada de titular y de elaborar una noticia, al asegurar de entrada la ideología ácrata del detenido y aportar después información más bien imprecisa. A ello se añade la publicación de la fotografía del presunto terrorista, algo que estigmatiza a una persona que no ha sido juzgada. Todo lo que envuelve a ese individuo parece muy difuso, incluido su "presunto" grupo, y dudo mucho que tenga algo que ver con el anarquismo. Pediría algo de rigor en el trabajo periodístico, en este caso también por vincular unas ideas políticas, y una forma de entender la vida, a cosas que le son ajenas.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Más reflexiones sobre la posmodernidad

Este concepto de la posmodernidad, y seguramente debido a que soy un gran ignorante, me trae de cabeza. Estamos de acuerdo en muchas de las premisas que hablan de una era posmoderna, en los grandes cambios sociales, políticos y económicos que se han producido en las últimas décadas (la globalización del capital, el progresivo aumento de la sociedad de consumo, el poder de los medios de comunicación...), y que todo ello ha llevado a cuestionar los modelos organizativos (aunque, algunos los han cuestionado siempre). Todo ello ha conducido a acabar con toda certeza sobre el mundo, sobre la interpretación que hacemos de él y el papel que adoptamos, lo que está muy bien y, como he insistido en alguna otra ocasión, ayuda a una interpretación antiautoritaria (hablamos de anarquismo, posmoderno o no). La posmodernidad tiene que ver con una época diferenciada de la modernidad, supuestamente marcada por grandes verdades (es decir, según afirman los pensadores posmodernos, el absolutismo). Lo posmoderno supone una lógica cultural, un modo de interpretar el mundo y la realidad. Hay una serie de conceptos que son puestos en duda por la posmodernidad: la idea de realidad y su correlato, la de verdad, la noción de tiempo, la confianza en el progreso y la propia idea de sujeto que conllevaba la modernidad.

El proyecto de la modernidad, desarrollado en torno al programa de la Ilustración, supuso el cuestionamiento de las ideas religiosas y la adopción de una perspectiva humanista y racional del mundo. Desgraciadamente, la modernidad nunca se concretó, más bien se volvieron a repetir modos de épocas precedentes, por lo que hay que trabajar en ese sentido de recuperar un proyecto nunca concluido. La persecución de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad deben estar plenamente vigentes, aunque existan, por otra parte como es lógico, ciertos fundamentos filosóficos que haya que poner al día relacionados con la modernidad (y que, por supuesto, tienen que ver con desprender todo autoritarismo de aquel proyecto). En esa línea, los posmodernos consideran que la modernidad supuso cambiar una verdad por otra, la totalitaria de la visión monoteísta por una visión global de una naturaleza comprensible y con significado para el ser humano: una especie de secularización de la idea de Dios. Así, al no existir una interpretación definitiva sobre la realidad, ya que ésta no puede ser vista como un todo articulado ni como algo estable y coherente, no puede darse ninguna imposición de una visión sobre otra. Sería una caricaturización decir que los posmodernos son antirealistas, que niegan la existencia de realidad alguna. A mi modo de ver las cosas, la posmodernidad valida corrientes como el escepticismo, el utilitarismo y el pragmatismo: no hay una verdad superior a otra, sino interpretaciones más útiles o más adecuadas a una realidad concreta.

La modernidad concretó la confianza en la razón y en el progreso, situó la posibilidad de que los hombres dirigieran ellos mismos su propio destino. Para empezar, no hay que negar la validez de que aquel proyecto apartara (sobre el papel, al menos) la subordinación del ser humano a los designios divinos. Podemos criticar, precisamente, que aquello supusiera una nueva subordinación, en la que el papel de Dios lo ocupara otra instancia, pero desde esa crítica solo podemos otorgar mayor horizonte a la razón y seguir potenciando los valores antiautoritarios. La crítica a la noción de progreso, estrechamente vinculada a la depredación capitalista, no pasa por el inmovilismo ni por la involución (¿retorno, hacia dónde?), sino por instaurar nuevos paradigmas de crecimiento económico (y de todo tipo). Por otra parte, y al parecer otro punto fuerte de la posmodernidad, es su crítica a la idea de sujeto inaugurada por la modernidad. Esto es, situar al sujeto en el centro mismo del contexto cultural, como un dominador de la naturaleza guiado por la razón. La poderosa identidad de este sujeto moderno, surgida de su naturaleza interior, se contrapone a la visión posmoderna en la que el sujeto está marcado por ciertas estructuras profundas que desconoce (como el lenguaje o el inconsciente). Eso parece serio, ya que viene a decir que no controlamos enteramente lo que decimos o escribimos (hablando de este blog y de mí mismo, seguro que los posmodernos aciertan).

Lo que es importante, al menos desde el punto de vista filosófico (vamos a dejar lo científico muy entre comillas), es que los posmodernos consideran al sujeto como un ente fragmentado, sin identidad fija ni esencial, que lo que hace es identificarse con ciertos aspectos de la realidad. La gran crítica es hacia la adjudicación de una identidad al individuo, lo que conlleva también códigos de conducta y una asignación de un rol en el mundo y en la historia. Los dos grandes proyectos surgidos de la modernidad son el liberalismo y el socialismo (yo suelo repetir que el anarquismo es la síntesis de las dos, por lo que asumo toda la responsabilidad), los cuales son producto de esas ideas de realidad, tiempo y sujeto que cuestiona la posmodernidad. Por lo tanto, para la posmodernidad no pueden existir modelos políticos cerrados y diseñados de antemano, algo consustancial al anarquismo tal y como lo entendemos hoy en día (que no sé si somos posmodernos o qué). Dicen que los posmodernos no tienen una ambición de cambio global, no hay intención totalizadora alguna, y que ofrecen más un espacio para la reflexión antiautoritaria. Bien, me parece estupendo que se haga tal cosa, pero siempre con la intención de construir realidades alternativas (la teoría solo es inmediatamente previa a la acción). No con la intención de aportar idea para una realidad cerrada, pero tampoco de ser una mera especulación cercana al cinismo, sí para que esa reflexión sea útil en las prácticas de un mundo antiautoritario (sin grandes verdades que imponer al otro). Ideología (construcción del mundo) e ironía (deconstrucción) son con seguridad igualmente necesarias, en constante tensión antiautoritaria (o, vamos a empezar a utilizar nuestra lenguaje, libertaria). No obstante, a pesar de estar de acuerdo en que no existen verdades últimas, seguimos confiando en el conocimiento y en la razón sin confundir una cosa con otra.