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viernes, 2 de enero de 2026

Televisión y manipulación

Entre los factores de enajenación más obvios, dentro de los medios de comunicación de masas, está la televisión. La cosa es tan elemental que uno se pregunta cómo podemos dejar que un medio, que además alcanza cotas tan bajas de nivel cultural, puede ser tan importante en nuestras vidas. Recordaremos, brevemente y de modo elemental, lo que entendemos por enajenación o alienación: se trata de una pérdida de la personalidad debido a la dependencia del ser humano de fuerzas externas, de tal manera que se muestra incapaz de realizar lo que se espera mínimamente de su capacidad.

miércoles, 20 de enero de 2016

A vueltas con la televisión y los factores manipuladores

La televisión, junto con el resto de los medios, incluidas las nuevas tecnologías que tanto han fomentado la inmediatez y el rápido ólvido, forman parte de un mundo donde la información, de un modo u otro, consciente o inconscientemente por parte de los que la producen, es constantemente deformada. Como no puede ser de otro modo, es necesario mantener la mirada y el espíritu crítico ante un mundo en el que quizá, a pesar de la ilusión de libre circulación, la manipulación esta servida.
 
Que los medios, y muy especialmente la televisión, son en gran medida una maquina de desinformación y, consecuentemente, de manipulación de la opinión de las personas, es una cosa (que, en alguna ocasión, se ha tratado en este blog). Otra muy distinta, en la que podríamos caer los que tenemos posiciones ferozmente críticas sobre la alienación que produce la tecnología y los medios en manos del interés económico y político, es atribuirle todos los males del mundo. Hay quien ha dicho que esta visión es producto de un viejo esquema de pensamiento sobre lo que representa la transmisión del saber: un emisor (persona o institución), como fuente del saber y utilizando una canal de información, y un receptor, que recibe y registra la información de forma transparente y sin obstáculo alguno. Así, para que este sistema funcione solo es necesario que la fuente sea fiable, sinceridad en lo que se transmite y verificación sólida de la información. Si nos adentramos en el terreno de la moral, es decir, obligación del que porta el saber de transmitirlo a los otros, la cuestión se convierte en un deber solidario.

martes, 4 de junio de 2013

Niños, violencia y televisión

Vivimos en una cultura de la violencia. No nos referimos solo a los numerosos problemas sociales, económicos y políticos, detrás de los cuales se encuentra siempre una u otra forma de violencia, evidente o no. Estamos refiriéndonos a la epidermis de la sociedad; la cultura es una resultante, tantas veces (la excepción es cuando actúa como elemento de transgresión, y no se produce muy a menudo), de aquellos elementos que originan y hacen funcionar la organización social. Los anarquistas siempre han insistido en que el origen del Estado, por muy democrático que se quiera presentar, está en la apropiación de lo ajeno; podemos extender fácilmente esa visión a cualquier forma de poder coercitivo, en su origen está la violencia más intolerable. No obstante, no nos vamos a ocupar en este texto de esa necesaria indagación en los problemas sociales, sino de la resultante a la que nos tenemos que enfrentar a diario: la violencia presente en las manifestaciones culturales, con el ejemplo más evidente del medio televisivo y con la exposición constante incluso a los niños.

Los expertos que se han ocupado de ello afirman que los grandes medios de comunicación, especialmente una televisión que forma parte de la vida cotidiana de la mayoría, actúan como cajas de resonancia; serían, no solo proveedores de imágenes del mundo, también constructores de realidades. La tendencia al espectáculo, incluso en programas (supuestamente) educativos e informativos, hace que se primen tantas veces imágenes cuestionables que ayudan a construir una determinada manera de entender la existencia. Muchos padres, de manera acomodaticia, restan importancia a la exposición más o menos constante de sus hijos a la violencia mediática; insistiremos, que la violencia va mucho más allá de una mera circunstancia concreta, por muy lamentable que sea (y la violencia siempre lo es), e implica también una determinada manera de ver el mundo. Como los medios de comunicación están en manos de personas que priman el ánimo de lucro, por encima de cualquier otro valor, no podemos esperar en este tipo de sociedad que los profesionales tomen conciencia de los posibles efectos perniciosos de los contenidos. Lo que sí podemos hacer es educar a los chavales para afrontar este tipo de contenidos; tan importante es profundizar en los problemas para generar conciencia, y ser capaces de cambiar la realidad, como transformar nuestra manera de recibir la información en una sociedad actual, que no es la que nos gustaría. Máxime, si hablamos de seres humanos que se encuentran todavía en fase de formación (aunque, diríamos, eso debería extenderse a cualquier edad).

Se dice que los chavales, a partír de los 6 años, comienzan a aprender a distinguir la ficción de la realidad; es por eso que se encuentran especialmente sensibles a aprehender de la visión del mundo que tengan los modelos a su alcance (especialmente, padres y maestros). La recomendación para todos los educadores, e incluimos por supuesto a los padres, no es ningún caso reprimir o prohibir, sino algo tan obvio como controlar el tiempo de exposición de los chavales al medio televisivo, conocer qué tipo de programas ven, qué es lo que hacen mientras contemplan la televisión e incluso controlar con quién la ven. Algo elemental es que los niños no pueden exponerse a la televisión sin sistematización alguna, por lo que los expertos concienciados con el problema proponen que sean los mismos chavales los que decidan qué programas ver, pero con la guía de los adultos; el objetivo es que los propios niños se vuelvan más selectivos en el tiempo asignado para ver televisión.

Con el objetivo de que el proceso de recepción sea más reflexivo, el niño puede acabar distinguiendo entre un tipo de actividad u otra y otorgarles así más valor; si se le asigna, por ejemplo, dos horas diarias de televisión, el chaval empieza a respetar el tiempo dedicado a otro tipo de actividades. Los expertos recomiendan que los padres dediquen algo de tiempo para ver televisión con sus hijos, y también para comentar lo que allí se muestra; es importante con quién ve la televisión el niño, ya que éste como receptor aprende de la llamada "comunidad de significación inmediata" (en este caso, con quien observa el medio televisivo). El objetivo es que el niño haga consciente la forma en que ve la televisión, dando respuesta a cosas como cuánto tiempo la ve, con quién, quién comenta con él los programas vistos, que se sienta partícipe del proceso de selección, cuáles son sus preferencias…; el chaval puede volverse más reflexivo si afronta de algún modo todas esas preguntas. Es todo un esfuerzo llevar a cabo un programa educativo así, y de paso autoeducarnos nosotros mismos, pero es la responsabilidad que hemos elegido al tener hijos.

Incluso, aquellos expertos que han profundizado en el tema, recomiendan que es importante que el chaval reconozca ciertas implicaciones de la producción televisiva, ya que esto le ayudará a entender mejor los mensajes y a distinguir entre ficción y realidad; se trata de explicar al educando sobre los códigos empleados en el medio televisivo. Por ejemplo, la estructura dramática que se emplea en ciertos programas viene determinada por las necesidades comerciales de su duración; en el caso de que ésta sea corta, la información será mucho más concisa y simplista que en el mundo real donde intervienen muchos más factores y complejidad. A corta edad, los niños no son capaces de distinguir los códigos narrativos de la televisión; la comprensión y contextualización de lo que sucede en la pantalla hará que los niños mejoren sus procesos de recepción. Es tan sencillo, por ejemplo, como entender que los personajes televisivos suelen ser unidimensionales, sin los matices que poseen las personas reales; desgraciadamente, los chavales suelen adoptar como modelos esos roles simplistas de los medios masivos. De esta manera, a corta edad el niño puede empezar a identificar una determinada historia de ficción, a contrastar los personajes de la misma con personas reales y a distinguir el conflicto que se le plantee buscando alternativas más sólidas.

Respecto a la violencia tan presente en el medio televisivo, incluidos los programas infantiles, la cuestión merece un tiempo de reflexión y, por supuesto, involucrar a los propios niños en ello. La manera de afrontar el problema es tratar de definir la violencia, cualquier acto que suponga el empleo de la fuerza física, y valorar sus consecuencias; así, los chavales pueden identificar las situaciones de violencia, valorarlas y comentarlas. El objetivo es desmitificar los roles presentes en la televisión, incluidos los de los policías, y que los chavales se den cuenta que el mundo no es tan violento como se le presenta en la ficción. Todo esto merece la pena que forme parte de un programa educativo amplio; desgraciadamente, no todo el mundo puede permitirse algo así, por lo que son aconsejables una serie de puntos a los padres: proveer a los hijos de un estilo de vida sano y un ambiente seguro, empezar a tomar el control de la relación de los chavales con los medios de comunicación, no usar la televisión como niñera, prestar atención a los programas que los hijos ven y ver algunos con ellos para comentarlos, ayudar a los hijos a elegir los programas que verán, establecer un tiempo límite para ver televisión, discutir con ellos sobre la violencia presente en el medio, insistir en que la violencia nunca es una solución, buscar la comunicación y cooperación con padres y maestros,  encontrar alternativas que el niño puede disfrutar (creatividad artística, lectura, deporte…). No se trata de educar a nuestros hijos en una burbuja, ni de negarles el entretenimiento en absoluto, pero tampoco de que prime la despreocupación dejando la la educación de nuestros hijos en factores externos y arbitrarios; se trata en realidad de ser conscientes y responsables, y tomar así el control sobre manifestaciones culturales tan cuestionables (por ser suave, habría que ser tajantes y decir que perniciosas). Por supuesto, este esfuerzo es paralelo a luchar por cambiar las cosas de raíz, por buscar que los comunicadores y realizadores, del medio televisivo y de cualquier otro, sean también conscientes y responsables de la labor que realizan; tal vez entonces el esfuerzo no deba ser tan grande y logremos educarnos entre todos.

domingo, 17 de febrero de 2013

A vueltas con la televisión y los factores manipuladores

Que los medios, y muy especialmente la televisión, son en gran medida una maquina de desinformación y, consecuentemente, de manipulación de la opinión de las personas, es una cosa (que, en alguna ocasión, se ha tratado en este blog). Otra muy distinta, en la que podríamos caer los que tenemos posiciones ferozmente críticas sobre la alienación que produce la tecnología y los medios en manos del interés económico y político, es atribuirle todos los males del mundo. Hay quien ha dicho que esta visión es producto de un viejo esquema de pensamiento sobre lo que representa la transmisión del saber: un emisor (persona o institución), como fuente del saber y utilizando una canal de información, y un receptor, que recibe y registra la información de forma transparente y sin obstáculo alguno. Así, para que este sistema funcione solo es necesario que la fuente sea fiable, sinceridad en lo que se transmite y verificación sólida de la información. Si nos adentramos en el terreno de la moral, es decir, obligación del que porta el saber de transmitirlo a los otros, la cuestión se convierte en un deber solidario.

Por supuesto, la cosa no es tan simple, incluso aceptando que en una sociedad jerarquizada y plagada de intereses económicos, la transmisión de la información suele estar, de manera más o menos evidente, al servicio de los beneficios de una minoría que regenta el poder. En cualquier caso, y aunque no seamos dados a observar las cosas con excesiva paranoia, nadie puede dudar demasiado que, en la práctica social, informar es tratar de influir en la opinión del otro. Por otro lado, las cosas no son tan simples, ni la fuente suele ser transparente y unívoca, ni el medio por el que se transmite la información un simple cauce. El mecanismo de información es complejo, en la fuente el saber es múltiple (no algo simple y natural) y el canal de información es un lugar de puesta en escena que influye de manera obvia en su significado y también en el efecto que produce en el receptor; por último, el receptor tampoco es un ser único, ya que que está constituido por diversos grupos con distintos parámetros de identidad. De esta manera, observando los mecanismos sociales y mediáticos en su complejidad, se concluye que resulta muy importante intentar comprender cómo funcionan los medios de información, evidenciar sus limitaciones, descubrir su potencial y sería finalmente posible ir abriendo campo a nuevas prácticas más imaginativas (y libertarias).

La televisión, muy diferente como medio de la prensa o la radio, no es un monstruo maligno que hay simplemente que destruir (extenderemos esta apreciación a cualquier avance tecnológico, combatiendo así cualquier corriente ludita que parece seguir existiende de alguna manera en los movmientos sociales transformadores). El medio televisivo es, tanto un instrumento del sistema que vivimos, como un escaparate del mundo tal y como es. En las sociedades modernas existe una apariencia de libertad y de democracia, y la televisión es en última instancia, y al margen de la mucha estupidez en forma de espectáculo presente en ella, un reflejo de ese mundo en el que las personas poseen la ilusión de opinar. Tantas veces, se presenta a los medios simplemente como una herramienta de los poderosos para manipular a una masa inconsciente; bien, a pesar del factor de la enajenación tan propio de las sociedades modernas, las personas no son simplemente "masas" manipulables, ya que están compuestaa con opiniones diversas, múltiples y fragmentadas, por lo que siempre necesario necesario algo más de complejidad para captarlas. Lo que sí parece cierto es que la imagen audiovisual, deseosa de producir alguna emoción en el espectador, imposibilita al mismo tiempo el entendimiento; la televisión ha supuesto que observemos imágenes que de otro modo sería imposible, de acuerdo, pero con su buena dosis de deformación de la realidad. Ello no implica necesariamente que haya una mano detrás que produzca esa desinformación y consecuente manipulación (aunque exista en no pocas ocasiones, ya que seguimos viviendo en un mundo jerarquizado, con poderosos y subordinados). Lo que quiero decir es que es necesario que comprendamos los complejos mecanismos que rigen la transmisión de la información, con el objetivo de reducir al máximo las posibilidades de manipulación en un mundo que deseamos regido por la horizontalidad, la transparencia y la solidaridad.

En cualquier caso, y seguimos hablando de la televisión, la misma se ha convertido de manera consciente o inconsciente en una máquina de producir meras impresiones (a costa del auténtico conocimiento). Por supuesto, somos seres humanos y no podemos desprendernos tampoco de nuestras emociones al recibir la información, pero las mismas pueden y deben conducirnos al conocimiento. De lo primero que hay que partir es que las ciencias sociales nos dicen actualmente que no existe saber en estado puro, ya que resulta siempre de una mezcla entre los sistemas de valores racionales y los de valores emocionales; por lo tanto, no existe conocimiento absoluto sobre ningún fenómeno y toda información al respecto se verá determinada por el sistema de creencias en el que nos vemos insertados. No quiero extenderme sobre los medios que utiliza la televisión para transmitir la información, sino dejar constancia de que las cosas son más complejas que una mera instrumentalización consciente por parte del poder (aunque los medios acaben formando parte de esas relaciones de poder). De esa manera, cuando insistimos con demasiada gratuidad en la manipulación y presentamos a las personas como simples masas sin voluntad propia, estamos abriendo camino, en mi opinión, para nuevas formas "benévolas" de dominación. Es algo obvio la imposibilidad de que exista una entidad única, estatal o privada, con la capacidad de manipular al gran público; es más, ese concepto de "opinión pública" ya resulta muy cuestionable, algo burdo que sí parece haberse fabricado mediáticamente. A pesar de los múltiples factores de enajenación que puedan existir en una sociedad neciamente consumista, por un lado, y sin que las personas estén en contacto con una realidad concreta que favorezca su lado más humano y autónomo, por otro, las personas siguen teniendo una identidad y no es posibles reducirlas a una burda caricatura.

No soy tan partidario de obviar los medios, televisión incluida, algo por otra parte francamente difícil, como de ser conscientes de todos esos mecanismos que sí nos manipulan parcialmente y juegan con nuestras emociones. Es más, incluso buscando un origen diverso a la información, algo para lo que se requiere tiempo y energía, también es necesario captar en cualquiera de los casos todos esos condicionantes entre emisor, medio y receptor. Si la televisión se convierten en un instrumento con el que las personas creen estar informadas, y al mismo tiempo también creen participar incluso en un mundo globalizado y "democrático", entonces el daño en sí esta hecho. Sería importante exigir a los actores que participan en la transmisión de la información una sinceridad y consciencia en lo que hacen; es algo francamente difícil, incluso aceptando que no existe manipulación política, en un mundo gobernado por el interés económico. Como espectadores, es esencial una mirada y juicio crítico sobre esos mecanismos deformantes, pero también ser conscientes de que esa simple ventana a los problemas del mundo no es más que la punta del iceberg. Resulta, por lo tanto, muy necesario indagar y profundizar, eludiendo todos esos efectos del sistema mediático en que vivimos (potenciados por internet y las nuevas tecnologías), y así un poderoso antídoto contra la enajenación y una nueva conciencia pueden irse generando.