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sábado, 8 de febrero de 2025

Libertad y nexos sociales en el anarquismo

Insistimos, desde el anarquismo, en la solidaridad como nexo social, lo que implica el ejercicio de ser libre en cada individuo y la posibilidad de que esa convivencia se produzca en paz.

Kant afirmó, ante la cuestión de si nuestros actos espontáneos y libres acaban con la destrucción de la sociedad,  que el nexo social forma parte de nuestra naturaleza. De esta manera, según el filósofo alemán, el hombre avanza moralmente mediante el uso de su razón, por lo que existiría una especie de determinismo positivo hacia el perfeccionamiento. Hay que insistir en la fe de Kant en el progreso; no se habría producido un paso brusco del estado de la naturaleza al estado civil, son necesarios unos cuantos pasos previos antes de la aparición de la moralidad.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Del individualismo ético a la solidaridad

Por su importancia teórica para el anarquismo, recuperamos esta reseña sobre una conferencia impartida por Javier Muguerza, catedrático de Ética en la Uned, cuyo libro Desde la perplejidad. Ensayos sobre la ética, la razón y el diálogo es tal vez uno de los más importantes sobre la materia publicado en los últimos años, pronunciada en 1992 y que ahora puede descargarse en el siguiente enlace

Mugüerza considera la solidaridad como heredera de la antigua fraternidad, aunque su suerte fue muy distinta de la de los otros dos pilares de la justicia moderna: libertad e igualdad. Así es, después de las revoluciones liberales se recogerá en las diversas declaraciones que los hombres nacen libres e iguales, pero nada dicen acerca de que deban ser solidarios o fraternos. Eso ha sido así hasta el punto de que se ha entendido que la solidaridad es una cuestión secundaria, un simple complemento de los otros dos fundamentos o virtudes, tan importantes al menos en la teoría. La solidaridad parece que se ha relegado al plano de la sociedad civil o, para ser más precisos, de la comunidad. Si el término comunitarismo resulta más bien ambiguo, difícil de precisar, no lo es menos el individualismo. Lo que propone Mugüerza es un individualismo ético, por lo que la cuestión de la solidaridad no sería asunto del Estado, tampoco de la sociedad civil ni de la comunidad, sino de la capacidad moral de los sujetos. Para ello, se recuerda la importancia que la solidaridad tiene en la tradición anarquista recogido en el nombre del periódico ácrata Solidaridad Obrera. Por cierto, esa cabecera fue secuestrada por el régimen fascista de Franco y transformada en un periódico llamado Solidaridad Nacional.

lunes, 24 de abril de 2023

El principio de la solidaridad en las relaciones sociales

La posibilidad de una cultura de la solidaridad que posibilite el cambio social es un desafío con cada vez más base gracias a la sicología social. Cuando hablamos de solidaridad, nos referimos al interés por otras personas, por lo que hay que hablar de causas comunes, de una comunidad de intereses y responsabilidades. Por supuesto, la solidaridad no es simplemente una idea, sino una práctica social, solo adquiere verdadero sentido en la realidad. Estamos hablando de una sociedad que fomente la cooperación, el apoyo mutuo, la complementariedad, factores a su vez primordiales para el desarrollo individual. Precisamente, la raíz de la palabra está en "sólido", por lo que podemos referirnos con el concepto a crear una base fuerte para la convivencia y el bienestar.

domingo, 10 de febrero de 2019

Campaña anarquista solidaria internacional con Venezuela

Hace ya tiempo que, en este blog, denunciamos la falsta dicotomía en Venezuela entre un gobierno supuestamente revolucionario y la oposición habitualmente señalada como exclusivamente de derechas.

Al margen de eso, nadie puede negar la grave crisis humanitaria, política y social que asola ahora al país. Mientras esto se produce, el gobierno de Nicolás Maduro se enroca en el poder y, lo más grave, recrudece la represión a todo tipo de crítica y oposición, que no viene solo por la derecha, sino también por sectores auténticamente transformadores, de trabajadores, sindicalistas, movimientos sociales o indígenas. Ese maniqueísmo atroz, esa asuencia de grises entre partidario y opositores del proceso bolivariano, resulta tan grotesca como tramposa para construir una verdadera alternativa. 

domingo, 3 de junio de 2018

El internacionalismo como aspiración moral y política

Desde sus orígenes, el anarquismo es internacionalista, al igual que lo fue la corriente socialista marxista, aunque ésta traicionaría pronto esa condición en su praxis política. Desde el punto de vista ácrata, es tan sencillo como considerar que las fronteras políticas, las naciones, son una evidente consecuencia de la existencia de Estados; por lo tanto, las naciones y las identidades colectivas son también fruto de una degeneración autoritaria y violenta de la sociedad.

El internacionalismo hunde sus raíces en la Antigua Grecia, con los filósofos cínicos y estoicos y su visión de la humanidad como un todo natural y moral; el anarquismo observa esta tradición filtrada por la herencia ilustrada y crea una de los componentes esenciales de su filosofía social. A diferencia del marxismo y su visión histórica, en el anarquismo, se considera el internacionalismo o cosmopolitismo como un hecho natural y, sobre todo, como una exigencia ética. Estado, nación y patriotismo se observan estrechamente vinculados a un gobierno y al enfrentamiento entre los pueblos a través de los ejércitos, fuerzas armadas que se encargan de la defensa de la identidad nacional. El nacionalismo se observa desde el anarquismo como un mistificación política, un valor supremo creado artificialmente por lo Estados, que acaba anulando al individuo; se identifica, al menos en los orígenes decimonónicos, con la clase burguesa, mientras que el internacionalismo debería ser inherente a la clase trabajadora.

viernes, 2 de diciembre de 2016

El orden espontáneo: del caos a la anarquía

Uno de los fundamentos de la sociedad anarquista es la teoría del orden espontáneo, según la cual un grupo de personas, en base a sus necesidades comunes, y reiterando esfuerzos, errores y todo tipo de experiencias, logra finalmente un orden mucho más sólido y duradero que el impuesto por una autoridad externa.

Existe una muy grata experiencia, la del Pionner Health Centre de Peckham, sobre funcionamiento social en base al orden espontáneo. En los años 30 del siglo XX, un grupo de médicos y biólogos decidieron, en lugar de estudiar la enfermedad como la mayor parte de sus colegas, prestar atención a la naturaleza de la salud y a un comportamiento saludable. Así, crearon un centro social en el que sus miembros se afiliaban como si fueran parte de una familia y podían compartir una serie de comodidades a cambio de una suscripción para su familia y con el beneficio de poder someterse a exámenes médicos periódicos. Los científicos del experimento de Peckham, para poder obtener conclusiones válidas, pensaron que era necesario estudiar a los seres humanos con una total libertad para actuar como decidieran, es decir, sin reglas coercitivas ni dirigentes de ningún tipo. El Dr. Scott Williamson afirmaba que la única autoridad en aquel lugar era él, y precisamente la ejercía para vigilar que no hubiera ninguna forma de autoridad.

jueves, 16 de octubre de 2014

Libertad como solidaridad

En el anarquismo, y en abierta contradicción con el liberalismo (el cual solo reconoce la libertad individual), la libertad tiene un carácter social. Ya Bakunin consideraba que el hombre solo se humaniza y se emancipa en el seno de la sociedad, la cual sería anterior a su pensamiento, su palabra y su voluntad. Esa emancipación no puede realizar más que por los esfuerzos de todos sus miembros, pasados y presentes.

Se deduce de ahí el conocido aserto de Bakunin, según el cual la realización de la libertad individual, así como la personalidad, se completa con todos los individuos que la rodean. Es decir, solo somos libres en la medida en que lo son todos los que nos rodean. Llegamos así a un concepto de la libertad, fundamentado en la sociabilidad del ser humano, que implica el de la solidaridad. Tantas veces, hemos dicho que los anarquistas son los liberales dentro del socialismo o que el anarquismo es la gran síntesis entre esas dos grandes corrientes: socialismo y liberalismo. A pesar de ello, hay que distinguir entre esas dos concepciones de la libertad, ya que para el liberalismo es un don que precede a la existencia social, según lo cual el hombre viene a ser un ser absoluto y entero al margen de la vida social e histórica. Tal y como dice Bakunin, los liberales se aferran a un supuesto contrato social que realizan los individuos como un dogma religioso. Se establece así en el liberalismo, base de la producción capitalista, una sociedad dividida en dos ámbitos: el de lo público y el de lo privado Así, el individualismo y la privacidad serían la justificación moral de la sociedad, mientras que el mercado sería el principio organizativo; el pluralismo social solo se entiende, dentro del liberalismo, como fragmentación. La gran diferencia es que el anarquismo, el cual defiende igualmente el principio de individuación, solo lo acepta como proceso; cada personalidad es irrepetible y se constituye en relación con los demás mediante elementos universales y comunes. Para Bakunin, la concepción liberal de la libertad es metafísica, sería una especie de don divino semejante al alma inmortal de tal manera que el hombre aislado de la sociedad sería un ser completo y absoluto.

lunes, 6 de enero de 2014

Cooperación versus competencia

El eterno dilema, la lucha en el devenir de la humanidad entre la cooperación, o solidaridad, y la competencia o egoísmo; de momento, en el sistema reinante la batalla la ha ganado la segunda, el mundo es "muy de derechas", como escuché una vez en cierto debate, con un sistema económico liberal o neoliberal y una autoridad estatal prácticamente incuestionable. Por supuesto, somos progresistas, confiamos en la libertad y no creemos en determinismo alguno.
De nuevo, hemos querido reflejar en un diseño, que se propondrá para alguna publicación anarquista, algunas de las inquietudes libertarias; el deseo de que predomine el paradigma de la cooperación y de la solidaridad, como garante de equidad y de una libertad inevitablemente unida a lo comunitario. Lejos de simplificaciones y maniqueísmos, queremos ser conscientes de la dificultad de desterrar de manera definitiva algunas de las tendencias del ser humano; es por eso que recordamos una vez más las diferentes lecturas del individualismo y del egoísmo, tal vez no necesariamente enfrentados en una sociedad libertaria a la actitud cooperativa y solidaria.
De momento, quedémonos con el término "individualidad", que alude a la particularidad de cada persona, por lo que dejamos claro que rechazamos cualquier tendencia uniformadora.
El juego de la tipografía, dispuesta horizontal o verticalmente según los términos, es evidente; el contexto del cosmos, algo grandilocuente y muy socorrido como imagen bella, en el que se contempla el planeta tierra, como símbolo de la humanidad, y el satélite, como metáfora de la influencia en el devenir de la civilización.


lunes, 18 de junio de 2012

Libertad como solidaridad

En el anarquismo, y en abierta contradicción con el liberalismo (el cual solo reconoce la libertad individual), la libertad tiene un carácter social. Ya Bakunin consideraba que el hombre solo se humaniza y se emancipa en el seno de la sociedad, la cual sería anterior a su pensamiento, su palabra y su voluntad. Esa emancipación no puede realizar más que por los esfuerzos de todos sus miembros, pasados y presentes. Se deduce de ahí el conocido aserto de Bakunin, según el cual la realización de la libertad individual, así como la personalidad, se completa con todos los individuos que la rodean. Es decir, solo somos libres en la medida en que lo son todos los que nos rodean. Llegamos así a un concepto de la libertad, fundamentado en la sociabilidad del ser humano, que implica el de la solidaridad. Tantas veces, hemos dicho que los anarquistas son los liberales dentro del socialismo o que el anarquismo es la gran síntesis entre esas dos grandes corrientes: socialismo y liberalismo. A pesar de ello, hay que distinguir entre esas dos concepciones de la libertad, ya que para el liberalismo es un don que precede a la existencia social, según lo cual el hombre viene a ser un ser absoluto y entero al margen de la vida social e histórica. Tal y como dice Bakunin, los liberales se aferran a un supuesto contrato social que realizan los individuos como un dogma religioso. Se establece así en el liberalismo, base de la producción capitalista, una sociedad dividida en dos ámbitos: el de lo público y el de lo privado Así, el individualismo y la privacidad serían la justificación moral de la sociedad, mientras que el mercado sería el principio organizativo; el pluralismo social solo se entiende, dentro del liberalismo, como fragmentación. La gran diferencia es que el anarquismo, el cual defiende igualmente el principio de individuación, solo lo acepta como proceso; cada personalidad es irrepetible y se constituye en relación con los demás mediante elementos universales y comunes. Para Bakunin, la concepción liberal de la libertad es metafísica, sería una especie de don divino semejante al alma inmortal de tal manera que el hombre aislado de la sociedad sería un ser completo y absoluto.

La libertad no puede ser anterior a la sociedad, ya que de esa manera se convierte en una abstracción que se ve limitada por otras libertades en su intento de expansión. Es por eso que el anarquismo clásico se opone a las teorías del contrato social, según las cuales el hombre cede parte de su libertad para fundar el sistema político. Llegamos así a una concepción en el anarquismo de la libertad como solidaridad, de la cual depende su humanización y su desarrollo. Por lo tanto, se niega una libertad absoluta que se considera vacía y formal, mientras que se considera real una libertad sujeta a tradiciones, perteneciente a comunidades, a campos fenoménicos ya intepretados y organizados, ya que la existencia humana se produce en ámbitos descentralizados, abiertos y plurales. La libertad en el anarquismo supone dirigir nuestras vidas sin que se nos manipule, con respeto a los demás, de modo social, solidario y sin dogmatismo ni intenciones de dominio ni de imposición. La conciencia de libertad fuera del ámbito social carece de sentido, solo lo adquiere como conquista social, mientras que vivir humanamente significa ser solidario. Aceptar que la vida es cambio constante es negar cualquier dogma, por lo que no existe sistema o doctrina social que pueda abarcar todos los aspectos de la vida; desde este punto de vista, el anarquismo supone discurrir por infinidad de caminos múltiples.

El concepto de libertad manejado por el anarquismo pivota sobre la autonomía personal, la cual se dirige a la transformación social y acaba convirtiéndose en solidaridad mutua. Son dos conceptos que pueden parecer antagónicos, el de la autonomía individual y el de la solidaridad colectiva, pero todo el esfuerzo del anarquismo se dirige a armonizar, tensar y equilibrarlos. De esa manera, encontraremos siempre en la teoría ácrata una reivindicación total de la libertad (de pensamiento, de acción, de pacto...), la cual solo se resuelve socialmente en las más complejas condiciones de igualdad. Es el federalismo, entendido como conjunto de pactos de cooperación entre grupos, y éstos a su vez asociados por voluntades soberanas, la que resuelve la antinomía. Es una aportaciónl esencia del anarquismo, la de la comprensión de la libertad como un concepto compuesto y múltiple, el cual acaba equiparándose a la igualdad hasta el punto de no poder entenderlos por separado. La libertad sin igualdad conduce a un mundo de privilegio en el que los débiles nunca serán libres, mientras que la igualdad sin libertad supone el reino del totalitarismo en el que todos somos esclavos. Frente a una libertad meramente negativa, el anarquismo aporta toda una concepción positiva que hunde sus raíces en lo social fundamentándose en la cooperación, la solidaridad y el apoyo mutuo. La libertad como solidaridad es la condición indispensable para una igualdad efectiva de todos los seres humanos. Por supuesto, esa igualdad real no implica la anulación de la diversas capacidades; todo lo contrario, esas diferencias entre individuos son la auténtica riqueza de la humanidad. Lo que se demanda es una sociedad en que cada persona encuentre unos medios adecuados de desarrollo, un contexto en el que la pluralidad humana sea el componente principal sobre una base de solidaridad, igualdad e innovación permanente.

sábado, 16 de junio de 2012

El principio de solidaridad en las relaciones sociales

La posibilidad de una cultura de la solidaridad que posibilite el cambio social es un desafío con cada vez más base gracias a la sicología social. Cuando hablamos de solidaridad, nos referimos al interés por otras personas, por lo que hay que hablar de causas comunes, de una comunidad de intereses y responsabilidades. Por supuesto, la solidaridad no es simplemente una idea, sino una práctica social, solo adquiere verdadero sentido en la realidad. Estamos hablando de una sociedad que fomente la cooperación, el apoyo mutuo, la complementariedad, factores a su vez primordiales para el desarrollo individual. Precisamente, la raíz de la palabra está en "sólido", por lo que podemos referirnos con el concepto a crear una base fuerte para la convivencia y el bienestar. La solidaridad surge de la imposibilidad del individuo para actuar de forma aislada, por su interés o necesidad en buscar modos de cooperar con los demás. Por lo tanto, no hay que confundir la solidaridad con el altruismo o la generosidad, rasgos particulares, ya que la primera forma parte de la vida social en mayor o en menor medida. Nos encontramos ante un concepto tantas veces ambiguo y con múltiples interpretaciones, muchas de ellas banales y casi carentes de significado en beneficio de diversos intereses y del poder instituido. Muy al contrario, con una visión amplia, la solidaridad tiene que ser un hilo conductor esencial para conceptualizar y construir políticas sociales, ya que nos encontramos ante un elemento clave en la relación entre el individuo y el conjunto de la sociedad. Si acudimos a diferentes expertos, encontraremos diversas definiciones de lo que se entiende por solidaridad, pero es posible encontrar unas rasgos comunes para una visión lo más amplia posible. De ese modo, y huyendo de todo reduccionismo, hay que entender la solidaridad estrechamente vinculada al sentimiento de identidad personal, ya que el compromiso con los demás es una base para nuestro propio reconocimiento. Gracias a la solidaridad, basada en el compromiso y en la relación con los otros, podemos afirmarnos en nuestra identidad personal. Hablamos de participación en formas de movilización colectiva, en movimientos sociales, en todo tipo de innovaciones culturales, en acciones voluntarias que reconozcan causas comunes, todo en ello en aras del desarrollo individual (de la identidad individual, si se quiera llamar así), pero de ningún modo de una identidad colectiva que sacrifique a las partes por un todo (nación, Estado, religión...). Es decir, hablamos de otorgar un horizonte lo más amplio posible al desarrollo de un individuo estrechamente vinculado a la sociedad, rechazando tanto el aislamiento como el totalitarismo. Como es evidente, nos encontramos de nuevo con la legitimidad de las ideas libertarias: libertad e igualdad son dos conceptos íntimamente vinculados. No es posible sacrificar una en beneficio de la otra.

Así es, la igualdad es un elemento clave dentro de la solidaridad, es decir, la pertenencia a una determinada colectividad. Por supuesto, es rechazable tanto la sociedad dividida en clases como todo visión comunitaria estrecha y reduccionista, por lo que la solidaridad es ampliable al conjunto de la humanidad y, al mismo tiempo, se incrementa la perspectiva de desarrollo individual. Insistiremos en la diferencia entre la solidaridad y sentimientos personales como la generosidad, el amor o el altruismo. La solidaridad se origina en la imposibilidad del individuo para actuar aisladamente y en el interés para buscar formas de cooperación, puede entenderse como una concepción particular de las relaciones sociales. Tal y como se entiende en el anarquismo, la solidaridad es un elemento de cohesión social y esas particulares relaciones sociales solo pueden ser llevadas a cabo por la propia sociedad civil y no por ningún administrador externo a ella. Indaguemos ahora en las diferentes representaciones que los sujetos tienen acerca de este concepto que nos ocupa. Cierta visión, que podríamos calificar de conservadora e inmovilista, insiste en un proceso atributivo por el que se considera al individuo responsable de todo lo que le ocurre (las penurías serían también responsabilidad suya). En el caso opuesto, habría que utilizar las atribuciones de carácter situacional para comprender que las dificultades son, tantas veces, producto de las circunstancias que la sociedad genera. De esa manera, en la primera visión conservadora la acción solidaria no sería  necesaria, ya que las propias leyes que regulan la sociedad son suficientes para garantizar a cada individuo el éxito o el fracaso según su propio esfuerzo. En el segundo caso, al que podemos definir como progresista, la ayuda y la cooperación se muestran claramente necesarias para proteger a los miembros más débiles de la sociedad. Encontramos aquí una primera visión de la solidaridad muy relacionado con lo que entendemos que es la sociedad. Si creemos que la sociedad es un conjunto único, coherente y consensuado de individuos (algo consustancial a lo que se llama nación, a nuestro modo de ver, impuesto una y otra vez desde arriba) también tendremos una visión más homogénea de sus miembros; del mismo modo, es muy posible que este tipo de personas tenga una consideración mucho más débil del principio de solidaridad, del nivel de ayuda que hay que prestar a determinados individuos. Esta visión, por decirlo de modo simple, es de una complejidad mínima y muy tranquilizadora para el sujeto que la tenga. Muy al contrario, cuando se comprende que la sociedad suele estar llena de divisiones, desigualdades y conflictos, la representación de la misma se tornará compleja y, con ella, la visión de la solidaridad irá cambiando con una nueva valoración del apoyo que hay que dar a los más desafortunados.


Hemos hecho una diferenciación entre dos visiones, de un modo extremo, por lo que hay que buscar siempre los matices y los grados intermedios que se quiera, pero comprender que un determinado sistema fomenta en mayor medida uno de los dos polos. Esta última consideración ya nos sitúa en una visión compleja de lo social, que trata de comprender las diversas circunstancias y buscar siempre relaciones de cooperación y de apoyo mutuo para los que están en dificultades, ya que esas situaciones no pueden ser atribuidas a ellos mismos ni suelen ser momentáneas. En el caso contrario, la creencia en que nuestro pensamiento y nuestro comportamiento está dirigidos por principios de orden superior conduce a una visión homogénea de la sociedad y a la creencia en que todos pertenecemos al mismo mundo, así como en que cada uno será recompensado o sancionado según sus méritos (algo digno de ser estudiado a nivel histórico-cultural); en suma, es una aceptación del orden instituido, una visión inmutable y reduccionista. En cambio, si comprendemos la complejidad de las relaciones sociales, los conflictos inherentes a la propia convivencia social, estaremos fomentando una intervención solidaria en favor de los más desfavorecidos; incluso, aunque consideremos en gran parte responsables a las personas de determinadas situaciones, podemos considerar el apoyo mutuo necesario al considerar que las desigualdades son siempre inaceptables. Hay que insistir en el hecho, tal y como demuestran muchos estudios, de que la representación que cada persona tiene de la solidaridad depende de la imagen que tengan de la propia sociedad; del mismo modo, otro factor importante en esa visión (estrecha o no) es el sentimiento de pertenencia a un grupo. Cuando observamos a la otra persona como un prójimo (es decir, un sujeto considerado bajo el concepto de la solidaridad humana), somos conscientes del apoyo que podemos darle. Esta consideración nos lleva a otra diferenciación y es la solidaridad establecida entre iguales (horizontal) y la que se produce entre grupos diferentes (vertical), de mayor dificultad. Aunque por la terminología puede parecer otra cosa, no estamos refiriéndonos a una sociedad jerarquizada (en este texto ya se ha insinuado, al menos, lo pernicioso de ello en las relaciones sociales) ni a una seudosolidaridad que adopta la forma de la caridad, ya que todo ello forma parte de esa aceptación de un orden instituido con la imposibilidad de una auténtica justicia en las relaciones sociales. Cuando hablamos de solidaridad horizontal, nos referimos a la facilidad de ejercer el apoyo mutuo entre miembros de una misma comunidad, y de la necesidad de extender ese principio a los individuos de otros grupos (es lo que entendemos como solidaridad vertical, sería un concepto positivo que eleva el apoyo mutuo a categoría universal). Nos encontramos aquí con los nobles conceptos de cosmopolitismo y fraternidad universal, llámenseles como se quiera (derechos humanos universales, por ejemplo, tan mencionados y tan poco practicados), los cuales solo adquieren sentido en una práctica social ajena a todo visión estrecha e inmovilista, que hemos visto que está relacionada con la creencia en un principio superior que rige nuestras vidas y en la aceptación de un orden instituido.

viernes, 1 de junio de 2012

Del individualismo ético a la solidaridad

Así se llama una conferencia de Javier Mugüerza, catedrático de Ética en la Uned, cuyo libro Desde la perplejidad. Ensayos sobre la ética, la razón y el diálogo es tal vez uno de los más importantes sobre la materia publicado en los últimos años, pronunciada en 1992 y que ahora puede descargarse en el siguiente enlace. Mugüerza considera la solidaridad como heredera de la antigua fraternidad, aunque su suerte fue muy distinta de la de los otros dos pilares de la justicia moderna: libertad e igualdad. Así es, después de las revoluciones liberales se recogerá en las diversas declaraciones que los hombres nacen libres e iguales, pero nada dicen acerca de que deban ser solidarios o fraternos. Eso ha sido así hasta el punto de que se ha entendido que la solidaridad es una cuestión secundaria, un simple complemento de los otros dos fundamentos o virtudes, tan importantes al menos en la teoría. La solidaridad parece que se ha relegado al plano de la sociedad civil o, para ser más precisos, de la comunidad. Si el término comunitarismo resulta más bien ambiguo, difícil de precisar, no lo es menos el individualismo. Lo que propone Mugüerza es un individualismo ético, por lo que la cuestión de la solidaridad no sería asunto del Estado, tampoco de la sociedad civil ni de la comunidad, sino de la capacidad moral de los sujetos. Para ello, se recuerda la importancia que la solidaridad tiene en la tradición anarquista recogido en el nombre del periódico ácrata Solidaridad Obrera. Por cierto, esa cabecera fue secuestrada por el régimen fascista de Franco y transformada en un periódico llamado Solidaridad Nacional.

La solidaridad, no solo es tan importante como los otros dos pilares de la justicia, la libertad y la igualdad, sino puede decirse que cobra un mayor peso al considerarse el fundamento de cualquier otra obligación social. La teoría de la justicia de John Rawles, aparecida en 1971, se consideró un recambio filosófico para legitimar el Estado del bienestar con más perspectivas de éxito del simple utilitarismo. Como es sabido, los utilitaristas buscaban un criterio para decidir la maldad o bondad de nuestros objetos de deseo y creyeron encontrarlo en la utilidad para el mayor número. Por supuesto, y a pesar de que nos encontramos con uno de los factores clave de lo que llamamos sociedades civilizadas, se encuentran grandes dificultades en este criterio. Por ejemplo, la utilidad social de la esclavitud para una gran parte no la haría aparecer como buena bajo ningún concepto. Frente a estas objeciones, los utilitaristas ofrecieron una reformulación del concepto de utilidad, de tal manera que acabarían demostrándose perniciosas ciertas cosas, como es el caso de la esclavitud. Mugüerza habla, confrontado con las tesis utilitaristas, de cierto concepto intuitivo de la justicia que considere perniciosa sin más determinada cuestión. En cualquier caso, se trata de un tema espinoso, en el que se vuelve una y otra vez al hecho de que lo que importa es la justicia y no tanto la utilidad social. Rawls ofrecerá un concepto de la justicia, alejado del utilitarismo, como la principal virtud de las instituciones sociales; para ello, reformulará la teoría del contrato social clásico de Locke, Rousseau y Kant con una hipótesis según la cual unos individuos, considerados agentes racionales que persiguen sus propios intereses, se encuentran reunidos para pactar la constitución de una sociedad bien ordenada (una sociedad justa). La originalidad de Rawls está en la llamada "hipótesis del velo de ignorancia", de acuerdo con la misma los eventuales negociadores del contrato permanecerían cubiertos de ese velo ignorante de su situación particular y de la de sus semejantes; esa ignorancia sería perfectamente compatible con unos conocimientos generales de todo tipo (sociales, políticos, económicos...). El objetivo de esta hipótesis es que nadie, adquiera el rol que adquiera, puede beneficiar sus intereses frente a los de los demás a la hora de instaurar los principios de la justicia. Se trata de una justicia como equidad, distributiva, en la que el símil más elemental es el reparto de un pastel en el que se deja que quien reparte sea el último en escoger su trozo, de tal manera que tratará de ser lo más justo posible por miedo a quedarse con la porción más pequeña.

Para Rawls, los principios de justicia a los que se adherirían los integrantes de su hipótesis sería dos: el principio de libertad, solo restringida por el deseo de proteger la libertad de los demás (es decir, distribución equitativa de la libertad), y el principio de libertad que garantice una oportunidad igual a todos de acceso a los bienes sociales (la desigualdad solo sería tolerable, precisamente, para favorecer a los menos aventajados en el reparto). Rawls es un autor liberal, no socialista, aunque en un sentido cercano al partidario del Estado del bienestar y de un capitalismo de rostro humano, y no de lo que hoy llamamos neoliberalismo. Por supuesto, nos encontramos con la teoría de Rawls con una formulación muy débil de lo que se entiende por los dos principios de la libertad y la igualdad, a pesar de que insiste en primar siempre la libertad por encima incluso del factor distributivo de la igualdad o precisamente por ello, ya que acaba justificando la existencia de desigualdades. La versión neoliberal de las tesis de Rawls hablaría de un Estado mínimo que garantizara el derecho a la propiedad, entendiendo que cualquier intervención económica sobre las personas sería inmoral, dejando la cuestión distributiva a ciertas organizaciones de carácter privado. En cualquier caso, hablemos de un capitalismo salvaje o más o menos humano, nos encontramos ante un evidente desequilibrio entre los dos pilares de la justicia: la libertad y la igualdad.

En ese desequilibrio es donde la solidaridad viene a entrar en juego. Mugüerza cita a otro autor, Habermas, que realiza una crítica al llamado Estado del bienestar. Para Habermas, existiría en el moderno capitalismo un desarrollo tecnocrático y una despolitización de las personas que conducen a una dependencia del Estado y de la democracia electiva. Otro foco de crítica a la teoría de Rawls lo realiza Habermas en el concepto de racionalidad estratégica, según la cual cada uno logra sus intereses en detrimento de los demás o incluso en contra de ellos; en definitiva, Habermas crítica la ausencia de unos verdaderos intereses comunes enfrentando la racionalidad estratégica rawlsiana a una razón práctica. Es cierto que Rawls trata de sacar conclusiones éticas, una sociedad justa, a través de premisas estratégicas basadas en intereses particulares; a pesar de ello, parece que Rawls ha llegado a reconocer que sí existe cierta premisa ética en sus tesis y es el tratar de establecer un diálogo racional frente a la elemental imposición a los demás. Habermas realiza una interesante crítica, tanto al individualismo posesivo del capitalismo como a las restricciones estatalistas en aras de una (supuesta) igualdad, ya que ambas conllevan una restringida concepción de la razón. Habermas apuesta por una comunidad regida por un lenguaje racional, por el diálogo accesible a todos, por lo que saldrían a la luz los verdaderos intereses comunes. Se trata de una ética comunicativa, una razón práctica, que presida auténticamente la praxis humana. Esa ética comunicativa debe descansar en la solidaridad o fraternidad, es decir, en el mutuo reconocimiento de las partes dialogantes; esa visión amplia de la razón nos convertiría en solidarios, además de en libres e iguales. Se trata de una visión anticipatoria, utópica, pero sin la cual ninguna comunidad podría ser verdaderamente humana.

Es la de Habermas una visión ilustrada, propia de una modernidad con sus premisas pendientes a día de hoy. Es precisamente un filósofo posmoderno, Richard Rorty, el que se opone a la tesis de Habermas desde un punto de vista comunitarista, a priori, pero rechazando la solidaridad considerándola como propia de un concepto abstracto y universalista de la humanidad. La visión posmoderna, demasiado especulativa, parece negar la necesidad de extender la fraternidad más allá de una comunidad limitada siempre por unas u otras fronteras. En su propuesta final, Mugüerza habla más de individualismo ético que de comunitarismo, ya que solo los sujetos pueden ser verdaderamente morales. Entramos así en el terreno de lo libertario, en la crítica a todas las instituciones que estrangulen las potencialidades del individuo. El punto de vista libertario desconfía de toda instancia intermedia entre el individuo y su acción efectiva. Solo por la resistencia a todo poder establecido, el individuo puede ser libre y expresarse. Así, el anarquismo instaura unas nuevas relaciones sociales en las que se construye la solidaridad mediante la ruptura de las definiciones tradicionales de la obligación social para dar paso a nuevas concepciones de las relaciones humanas basadas en la individualidad, la espontaneidad y la creatividad. Todo ello puesto al servicio de las necesidades humanas. El anarquismo no es hoy un movimiento de masas, tal vez lo sea mañana, pero su influencia y herencia resultan innegables. Mugüerza identifica el individualismo ético con el anarquismo, con un mundo en el que el liberalismo y el socialismo puedan crecer juntos.