Mostrando entradas con la etiqueta Nación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nación. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de noviembre de 2025

El Estado-nación, una creencia mítica y mistificadora

La creencia nacionalista, que no deja de ser una forma de religión secularizada, en la que el Estado parece ocupar, como instancia trascendente, el lugar que antes era propio de Dios, se nutre de un lenguaje patriótico, grandilocuente y redentor, que alimenta los deseos, ilusiones y temores de las personas, para encubrir intereses muy terrenales por parte de una minoría de dirigentes y privilegiados.

sábado, 14 de octubre de 2017

Tierra de nadie o tierra de todos

Una vez más, tenemos que hablar del proceso independentista en Cataluña, que además de encubrir problemas sociales y económicos, tan graves hoy como ayer, y para gusto de las clases dominantes, supone una mistificación política fundada en universos míticos patrioteros de uno u otro pelaje.

El título de esta entrada alude a un texto de Laura Vicente, aparentemente desesperanzador, con el que no podemos más que empatizar y suscribir al máximo. El proceso de independencia en Cataluña ha seducido a movimientos que se dicen revolucionarios, incluida una parte del anarquismo. Acudimos también, honestidad obliga, a la primera de las perplejidades de Tomás Ibáñez sobre los cambios ocurridos en tierras catalanas: si en el año que se originó en 15-M, un movimiento transformador cuestionaba las instituciones, no mucho tiempo después gran parte de él parece apuntalarlas, directa o indirectamente, incluidas sus fuerzas de seguridad (los temibles mossos). Por supuesto, podemos entender perfectamente el hartazgo de muchos sobre el Estado español, que además de adoptar la forma de una anacrónica monarquía, es tan represor como cualquier otro, monopoliza la violencia (uno de los padres de la sociología, Max Weber, nada sospechoso de ácrata, dixit), recorta derechos sociales y, para postre, es eminentemente corrupto. Por supuesto, rasgos que caracterizan también al Guvern catalán. A pesar de ello, insistimos, podemos entender que haya personas que preferirían vivir en una república catalana, pensando tal vez que suponga cierta transformación social, en lugar de en un aparentemente vetusto reino español. Recordaremos, por supuesto, que ambas son formas de un Estado, sin un contenido ideológico social determinado alguno, y que se encuentran obligadas a adoptar la lógica del mundo en que vivimos, dividido en fronteras, basado en la organización política del Estado-nación. Estas formas políticas están muy subordinadas, o más bien fusionadas en muchos aspectos, al sistema económico globalizado: el capitalismo. No hay que aclarar que, como antiautoritarios, solo podemos oponernos a toda forma de autoridad coercitiva, política o económica.

martes, 15 de marzo de 2011

La nación y la humanidad

Si hay una idea que rivalice con la religión (institucionalizada, para no entrar en controversias) en ser la causa de muchos de las males de la humanidad, esa es el nacionalismo. El anarquismo es, desde sus orígenes, internacionalista. Habría que poner la sospecha en todos los que usen el término nación o conceptos como "liberación nacional" y traten de apropiarse de las ideas libertarias (sí, aquí si busco la controversia). Espero que se me entienda, y ocurre algo parecido con la cuestión de las "creencias", no estamos juzgando el pedigrí de las personas ni repartiendo carnés de "auténticos anarquistas", ni siquiera es mi deseo asentar ningún purismo en el anarquismo. Existe una vida real, una sociedad que no es la que nos gustaría y con la que hay que lidiar a diario sin fanatismo, pero tratando de ser coherente con unos valores. Luego, hay una sociedad anarquista en potencia, cuyos objetivos son hoy difíciles de conseguir en su forma más pura (tal vez más difíciles que en otras épocas), pero cuya fuerza antiautoritaria (y liberadora) es tremendamente necesaria. Por eso, al margen de la vida cotidiana en la que se ponen a prueba nuestras convicciones y en las que cada personas tomará las decisiones que le dicte su conciencia, no creo que sea posible acercar al movimiento libertario conceptos que contradicen sus propuestas. Un anarquista es, de manera evidente, internacionalista, como dice Ángel Cappelletti en La ideología anarquista, se entiende "que las fronteras políticas son obvia consecuencia de la existencia de los Estados, no pueden menos que considerarse también fruto de una degeneración autoritaria y violenta de la sociedad".


Se recoge en el anarquismo una herencia cosmopolita, una cambio de paradigma producido en la Antigua Grecia por parte de escuelas de pensamiento como la cínica y la estoica, basándose en observar a la humanidad como un todo natural y moral. Esa visión se filtrará siglos después a través de la Ilustración, y podemos hablar de unos de los componentes primordiales de la filosofía social anarquista. Creo que solo el anarquismo, y por supuesto los anarquistas, han sido fieles a esta idea ética de la fraternidad universal. Se establece, así, un vínculo entre los conceptos de nación, patria y Estado, algo en lo que no todo el mundo estará de acuerdo, pero seguiré insistiendo en la transparencia de ideas y en la honestidad. Si hablamos de nación de manera simplista, como una "comunidad de intereses comunes", está claro que todos formamos parte de ella (estamos además determinados, en mayor o en menor medida, por ella). El anarquista no es alguien que desee automarginarse de esa comunidad, sino que realiza unas propuestas éticas y sociales muy diferentes, y desea extenderlas al conjunto de la humanidad sin establecer fronteras políticas (dicho sea esto, también de manera simple). Sin embargo, si profundizamos un poquito en el concepto de nación, vemos que se vincula claramente a un territorio gobernado, a un Estado. Del mismo modo, la patria tiene claras connotaciones estatales (jurídicas) e históricas (eso llamado "identidad"), aunque también hay que aclarar que igualmente posée rasgos afectivos (algo con lo que los anarquistas pueden coincidir si hablamos de cuestiones humanas, y hacer compatible el amor a la tierra de uno con el internacionalismo). En cualquier caso, podemos decir "mi patria es el mundo", de manera algo romántica, pero siempre dejando claro el análisis de las fronteras políticas establecidas por las naciones/Estado, defendidas por ejércitos (de ahí se deriva también el antimilitarismo, además de por considerar esta institución como la máxima expresión autoritaria), que bloquean el sentimiento de fraternidad universal (una tendencia, un sentimiento y una convicción ética, no una utopía en el sentido quimérico).

Recientemente, escuché a cierto intelectual afirmar que el nacionalismo es una idea romántica. Es posible que así sea, pero no por ello es menos digna de crítica e incluso pueda ser menos feroz en sus consecuencias. Yo diría que el anarquismo es la evidente antítesis del nacionalismo, no parece concebible ninguna compatibilidad más allá de los rasgos libertarios (siempre enfrentados a otros autoritarios e inhibidores) que pueda presentar cualquier idea o creación humanas. Carlos Malato, en La filosofía del anarquismo, utiliza el término "patria" (si bien, como claro sinónimo de nación) y la acusa de no se más que una religión vulgar, una nueva fe que substituye a la antigua. Incluso, se apela a lo que es "natural", y no lo es rechazar a una persona que ha nacido al otro lado de una frontera. El deseo histórico es que la idea de la patria se acabe fundiendo en la idea de la humanidad, lo cual constituye otra manera de entender el progreso. Tal y como lo expresa Malato, de manera muy bella y nítida, hay dos manera de negar la patria: uno bárbaro e inconcebible, que es desear la ruptura de un país unificado por el idioma y por una serie de costumbres, lo cual supondría el regreso al provincialismo de épocas anteriores; otra manera de negar la patria, tal y como se vincula a una nación y a un Estado, es preconizando la federación de pueblos libres, "una patria única y sin rival". Naturalmente, esta convicción no es simplemente un programa político que podamos aplicar en un futuro próximo, es un deseo consustancial al anarquismo, un ideal a perseguir que comienza considerando a todos los seres humanos nuestros hermanos, observándoles como individuos autónomos que forman parte de pueblos libres. Los ideales inconclusos de libertad, igualdad y fraternidad solo adquieren sentido en el anarquismo, no aplicados con una mirada estrecha ni mediatizados por algún nuevo poder político.

jueves, 4 de diciembre de 2008

La nación como falacia emancipatoria

Es una falacia considerar al Estado como el desarrollo de la conciencia nacional de los pueblos. Más bien puede ser al revés, la nación es resultante del Estado. Como ya han señalado lúcidos libertarios en el pasado, existe tanta diferencia entre pueblo y nación como entre sociedad y Estado. La organización estatal se impone a los hombres de arriba abajo, estaremos todos de acuerdo en eso -incluso los defensores del Estado como una necesidad cohesionadora-, frente a la sociedad que se desarrolla armónicamente a la inversa, de abajo arriba. La primera, es artificiosa, la segunda, puede considerársela natural, a pesar de las dificultades y peligros que conlleva semejante calificación. La nación es la consecuencia de causas políticas de dominio y al nacionalismo se le puede considerar como una religión de Estado. La razón de Estado estará detrás siempre de una supuesta pertenencia a una nación, mientras que considerarse parte de un pueblo es producto de ciertos vínculos sociales y de cierta coincidencias culturales, ambientales y geográficas.
Los diversos intereses, económicos, políticos o de cualquier otra forma de dominación, dan lugar a aglutinar las diferentes sensibilidades en una forma estatal y en su resultante nacional. El germen reaccionario, por mucho que se disfrace de una supuesta emancipación apriorística, anida en cualquier aspiración nacional que acabará aplastando a toda minoria con intención emancipatoria. La convivencia armónica es posible sin subterfugios nacionales ni ninguna forma estatal. Detrás de una aspiración nacional no existe más que la voluntad de dominio de unos pocos, el interés de una clase privilegiada, y todos los recursos a su alcance para adiestrar espiritual y moralmente a las personas en aras de crear la llamada conciencia nacional (que viene a ser como algo religioso y acaba conviertiéndose en una cuestión de fe).
La conciencia nacional está vinculada a la pertenencia a una comunidad política, a la moderna y democrática idea de que cada ciudadano participa en la formación del gobierno de su país/nación/Estado y tiene iguales derechos garantizados constitucionalmente. Queda consolidada dicha conciencia si esa pertenencia supone dar un sentido y una finalidad a la existencia de cada ciudadano. Significativo en este país llamado España la diferencia entre nación, como agrupación política unida cultural y lingüísticamente, y nacionalidades, como aquellos grupos "étnicos" sometidos al dominio de un Estado "extranjero" y con sus propias aspiraciones nacionales de independencia (bajo la forma estatal).
Se produce cierta confusión, al hablar de bellos conceptos como"emancipación" e "igualdad" de un modo abstracto, debido a las aspiraciones políticas de domino de cualquier forma estatal.

martes, 2 de diciembre de 2008

Mitología nacional e identificación con lo militar y lo religioso

Difícil es encontrar los límites para una definición aceptable de nacionalismo. Sin embargo, sí me parece rechazable la ideología nacionalista desde una defensa de las libertades individuales y de la ética cuando parece sostener que lo más importante para el ser humano es su afiliación nacional, innata en él, provocando, en última instancia, los mayores sacrificios y actos dignos de ser reprobados en otras circunstancias, justificados en nombre de la "patria" o la "nación" (términos que merecerían ser analizados por separado pero que la historia parece haber unido, haciéndolos intercambiables, quizá con una connotación sentimental mayor en el caso de la "patria"). Parece obvio que es el nacionalismo el que inventa la nación y por eso nada tiene de "natural"; son aquellos que se erigen en líderes nacionalistas y salvaguardas de las esencias patrias los que recogen y seleccionan las características identitatarias que les convienen a sus objetivos políticos, características que poco o nada suelen tener en común con las de cada individuo en particular y con el pueblo en general; cuando se habla de nación, no puedo evitar entender que alguna forma de dominación política se adueña del término. Se ha añadido en muchas ocasiones un adjetivo a la cuestión nacionalista: "pacífico", "no excluyente"... y es porque el mito de la nación parece ir unido a lo "agresivo", al enfrentamiento entre el "yo colectivo" y "los otros" donde entra en juego la odiosa maquinaria bélica, que reafirma su patriotismo en la existencia de un "enemigo" constante, el cual si no existe habrá que inventarlo. Llegamos a la conclusión de que existe una vinculación entre lo "militar" y lo "nacional" que puede llegar a identificar peligrosamente al individuo y a la comunidad a la que pertenece -así como a la forma de organización social de la misma- con la más extrema concepción del autoritarismo que es el ejército. Tenemos, por lo tanto, un odioso concepto: "la unidad sagrada de la patria", formada por un universo mitológico donde la justicia y racionalidad no tienen por qué tener cabida, o se relegan a un segundo plano ante el empuje de esos mitos que desembocan tarde o temprano en la puesta en marcha de la maquinaria bélica. Cualquier razón, las más de las veces se llamará "defensiva", bastará para la agresión a otras naciones-Estado, invocando seguramente cada una de las partes el nombre de la libertad.
La idea de patria o nación -y el Estado que las vertebra- no deja de ser un concepto cercano a la teología. Como las religiones, los nacionalismos y las naciones pueden ser malos o menos malos, según la deidad a la que se adore, pero todas encierran la falsedad y el despotismo en sus mitos creados artificialmente. Es hora de acudir de nuevo a los clásicos anarquistas, que ya denunciaron el fortalecimiento continuo que hacía la clase dirigente del mito religioso (y extensible al nacional, en su formación estatal) en aras de una supuesta válvula de seguridad para el pueblo. Me apresuraré a releer al viejo Bakunin -aunque seguro que él no hubiera estado totalmente de acuerdo conmigo en la manera de entender la nación, no hay que olvidar que era fundamentalmente un hombre de acción que le llevaba a estar al lado de pueblos oprimidos, frente a alguna forma de imperialismo que él consideraba "naciones"- y su conocida obra Dios y el Estado -insisto, no todos identificarán Estado con nación, yo sí me permito hacerlo-, donde pasó revista a los conceptos teológicos tradicionales vinculándolos con la institucionalización de nuevos mitos -incluso el de la ciencia, la denuncia del autoritarismo no poseía límites en el gigante ruso- al servicio de unos pocos.
Resulta imprescindible denunciar las mitologías nacionales, basadas en supuestas esencias eternas, valores trascendentes o, peor aún, en gestas bélicas. Este razonamiento, por mucho que se maquille con palabras más ajustadas a los nuevos tiempos por parte de los Estados más fuertes y "democráticos", permanece actual, en su vertiente mítica y mixtificadora, independiente incluso del afán globalizador de la economía capitalista.
Es para mí una obligación del anarquismo el mantenerse fortalecido y coherente con su legado internacionalista, humanista e ilustrado. Algunas escuelas de pensamiento de la antigua Grecia ya exploraron una visión cosmopolita, que luego tendría acomodo en algunos aspectos del período de la Ilustración. Las ideas antiautoritarias asumen con fuerza esta visión de la humanidad como un todo moral, para nada enfrentada al natural amor que los seres humanos puedan tener a la tierra que les vio nacer. De nuevo, mediante las ideas libertarias, debemos profundizar en los problemas creados artificialmente por los Estados-naciones y sus fronteras políticas, que no tienen nada de "naturales" y que suponen un obstáculo para una verdadera emancipación de la humanidad.

domingo, 30 de noviembre de 2008

El nacionalismo como religión del Estado

Si bien creo que la visión anarquista del nacionalismo -concepto político para nada unidimensional, ni por su propia amplitud y ambigüedad, ni por los numerosos rechazos que recibe- es negativa, las más de las veces, por unos nítidos principios ideológicos que pretenden superar la parcelación patriótica, étnica o identitataria, y establecer estrechos lazos de colaboración entre los pueblos con el fin de expandir la libertad y la cultura, conviene analizar con detalle un fenómeno complejo, enmarañado con el tiempo, que es utilizado por todas las opciones políticas estatalistas y jerarquizantes. Conviene dejar claro, a priori, la asociación política que conlleva el nacionalismo político al llamado "derecho de autodeterminación", que aspira inevitablemente a la creación de un Estado para administrar sus intereses, por lo que las ideas libertarias se muestran, obviamente, opuestas a semejante objetivo.

En el protoanarquismo, se puede comprobar que Proudhon observaba la nación disociada del Estado, como parte de un engranaje de organización federativa, clave para la construcción del internacionalismo en la futura sociedad; poseía esta visión un carácter flexible y descentralizador y debía sustentarse en otras entidades autónomas como la región, el municipio o el barrio. Para Bakunin, la formalmente llamada "liberación nacional" de los pueblos sometidos estaba indisociablemente unida a la revolución social antiestatista y federalista -es conocida su visión al respecto sobre los distintos pueblos eslavos, enfrentados a los imperios ruso, austriaco, turco y prusiano-, negando, a priori, cualquier derecho histórico o político ya que la voluntad del pueblo se encontraba por encima de todo; opinaba que la nación es para los pueblos lo mismo que la individualidad para cada uno, un hecho natural y social, un derecho inherente a pensar, a hablar, a comportarse y a sentir de una manera propia, enfrentada a los Estados, tendentes a anular esa libertad tanto en naciones como en individuos. Es importante insistir en la divergencia ideológica de Marx y Bakunin, también notable en este aspecto. La visión del alemán, insistente en su teoría de la expansión económica y desarrollo de las fuerzas de producción que desembocarían en el socialismo, negaba cualquier particularismo local o nacional -y, por lo tanto, negaba cualquier movimiento independentista o revolucionario a nivel local- ya que sería absorbido por el gran proceso. De nuevo estamos ante un conflicto polémico que conlleva demasiados vericuetos, especialmente con la perspectiva histórica que nos da la actualidad. Sin embargo, hay que destacar el mayor acierto y honestidad del anarquista ruso -al menos, en aquel contexto histórico- frente al pensador germano. Hay que matizar que para Bakunin la nacionalidad, separada del Estado, no era un principio universal ni un ideal en sí mismo, sino una consecuencia histórica, un hecho local del que tienen derecho a participar los pueblos. Kropotkin no se encontraba muy lejos de su compatriota en sus análisis de los movimientos de liberación nacional, los cuáles no podían tener un carácter meramente nacionalista ya que los factores económicos y sociales eran vitales para su lucha anti-imperialista. Consideraba que los libertarios debían estar al lado de esta lucha contra la opresión, y darle un mayor énfasis a la cuestión social.
 Rudolf Rocker, gran pensador y activista del anarcosindicalismo, en su obra Nacionalismo y cultura, se muestra claramente reacio al concepto que nos ocupa al ver una "voluntad de poder" detrás de todo lo nacional y considerar que "el aparato del Estado nacional y la idea abstracta de nación han crecido en el mismo tronco"; la separación de unos pueblos y otros tiene su génesis y su fortalecimiento en la opresión política de los Estados. Consideraba el teórico alemán que existía una clara ruptura entre la cultura y el nacionalismo, ya que era mucho más influyente en el individuo su entorno intelectual que el llamado "espíritu nacional". El "nacionalismo cultural" es indisociable de su vertiente política, mostrando las mismas aspiraciones de dominio. Para Rocker, la separación entre pueblo y nación era tan clara como entre sociedad y Estado; bajo ningún concepto se puede considerar el Estado como un efecto de la nación, más bien a la inversa. La conciencia nacional, al igual que la religiosa, no es innata en el ser humano, sino algo impuesto por el ambiente o la educación, una traba más en la definitiva emancipación universal. Es este criterio el que, bajo mi punto de vista, más se ajusta a la visión general anarquista, el de considerar a todo nacionalismo fundamentalmente reaccionario, ya que pretende la uniformización de una comunidad en base a unas creencias predeterminadas. El nacionalismo se mostraría como una creación cultural apriorística elevada a la categoría de sujeto colectivo, que se eleva por encima de los individuos y los relega a una condición histórico-cultural parcelada; se establecen así, artificialmente, diferentes identidades que abundan en la separación y falta de colaboración de la humanidad. Insistiré, que este análisis no difiere demasiado del que se haría de la religión desde una óptica libertaria. El mismo Rudolf Rocker afirmó que el nacionalismo constituía la religión del Estado.

viernes, 2 de mayo de 2008

Nación, ¿qué nación?

A propósito del segundo centenario del 2 de mayo (como me comentó un compañero de curro, dan ganas de salir a la calle con una bandera gabacha), oigo a cierto historiador reflexionar sobre la nación española y mencionar la frase atribuida a Renan "la nación es un plebiscito diario". Bueno, apartándome de la antipatía que me provoca el término "nacional" y sus derivados, creo que el pensamiento anarquista podría subscribir dicha frase. Una nación (entendida, a priori, como conjunto de personas con un origen y una tradición comunes) debe ser un constructo sujeto a continua revisión (nada de identidades raciales ni lingüísticas ni demás mierdas), que fomentará la universalización del concepto (la fraternidad, concepto socialista decimonónico que seguimos aceptando como aspiración universal, en necesario equilibrio con los otros dos valores de la tríada). Como yo no conozco ninguna nación que pretenda tal cosa y no se encierre política y socialmente en sí misma, derivando en algún odioso "ismo", pues me permito seguir luchando contra el concepto y reclamar también los valores internacionalistas del socialismo fundacional (antiautoritario, ojo). Sí, sé que estamos en el siglo XXI, pero si aquí las "cabezas pensantes" reivindican ahora el supuesto liberalismo (defenestrado enseguida) que pretendía la Constitución nacida de las Cortes de Cádiz, a mí me da la gana de señalar la hipocresía que esconden estos modernos liberales (el capitalismo traiciona el respeto a la libertad individual al generar desigualdad, dos conceptos que la tradición libertaria siempre ha reclamado como entrelazados socialmente), recuerdo el liberalismo radical que anida en el anarquismo, equilibrado con su raíz socialista (un socialismo sujeto, por supuesto, a revisión, pero con unos presupuestos válidos). El concepto de propiedad, que el liberalismo reclama como necesario para el desarrollo personal, no tiene una lectura única en los diferentes anarquismos. Se trata de aspirar a la plena justicia social, es decir al libre desarrollo de cada individuo, por lo que los límites de la propiedad privada (al igual que los de la libertad) solo pueden estar establecidos por los derechos del otro. En definitiva, parafraseando a Renan, "la sociedad (nos olvidamos de la nación y sus celebraciones) debe ser un plebiscito diario".