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sábado, 19 de agosto de 2023

Apuntes sobre el pensamiento libertario español


Es recurrente hablar de que en España, paradójicamente, siendo el lugar donde ha existido el más poderoso movimiento libertario en la historia, no ha habido grandes teóricos. Como la historia de las ideas resulta apasionante, y consideramos que la pasión por la filosofía es algo que habría que inculcar a los chavales en toda pedagogía (y, especialmente, por sus ramas más prácticas como la ética o la política), queremos indagar continuamente en cómo pensaban gentes de otras épocas y establecer un necesario vínculo para renovar unas ideas que buscan con ahínco una auténtica emancipación individual y social. Porque contextualizar el pensamiento de una época es importante, pero desdeñarlo sin más, como ocurre tantas veces en nombre de ese concepto tan prostituido llamado "progreso", contribuye al empobrecimiento de valores y al permanente culto de un presente neutro, desmemoriado y despreocupado por el futuro.

Es también habitual considerar al anarquismo algo anacrónico (por parte, tal vez, de personas no demasiado honestas o no demasiado informadas) o considerar al menos que existe un anarquismo histórico (un anarquismo que alguien llamó "instituido", con no poca ironía) que acabó periclitado o que fue, simplemente, derrotado y, en cualquier caso, sería ya parte de la historia. Algunas personas que se llaman libertarias sostienen esto último en aras de renovar un pensamiento y encontrar nuevas vías, algo que me parece muy importante. Sin establecer nosotros fronteras tan nítidas, sí considero por supuesto que las ideas libertarias merecen ser revitalizadas (en estos tiempos tan dificultosos para el pensamiento en general), pero el vínculo con el pasado existe y debe seguir existiendo en nuestra opinión, hacer tabla rasa no creemos que ayude demasiado a buscar nuevas respuestas. Es importante insistir también en que el que haya buscado un programa en cualquier pensador, más allá de una mera orientación brillante en cualquier ámbito de la vida, ha adoptado una actitud bien poco anarquista. No gustan los personalismos ni el dogmatismo a la idea libertaria, y la crítica y el debate deberían mostrarse siempre presentes frente a cualquier asomo de doctrinarismo acrítico. Si no consideramos la historia en absoluto lineal ni estamos sujetos a ningún tipo de fatalismo (creencia que haremos bien en erradicar en cualquiera de sus formas) ni, por supuesto, aceptamos que hayamos llegado a una meta histórica (como sostienen los que pretender legitimar el statu quo), debemos seguir persiguiendo ese ideal humano tan bello en el final (que, tal vez, no llegue nunca de una forma perfecta) como práctico en el camino. Así creemos que pensaban los anarquistas del pasado, situados en su convulsa época, y así creo que deberíamos seguir pensando en la actualidad. Ese es el vínculo al que nos referíamos anteriormente.

sábado, 8 de agosto de 2020

Anarquismo y República en España

El concepto de República, si bien tiene una importancia histórica innegable, no resulta tan claro en la actualidad. En un principio, se trata de lo contrario de la monarquía, equivale a la democracia en el sentido de considerar la gestión del Estado cosa de todos los ciudadanos1; más adelante, veremos la falacia de tal asunto según la visión libertaria. La realidad es que, con el paso del tiempo, el concepto de república ha encubierto toda suerte de sistemas autoritarios en algunos de los cuales ni siquiera aparecía garantizada la democracia electiva. En cuanto a la monarquía, no debería ser necesario aclarar que resulta intolerable para cualquier persona con la mínima sensibilidad democrática, ya que se trata de la forma más elevada de aristocracia familiar; un intolerable vestigio del pasado que, sin embargo, se muestra en la actualidad en algunas países como una mera clase parasitaria, si bien asumiendo la jefatura de Estado, que tolera una democracia formal. Hoy en día, una u otra forma de Estado, monarquía o república, encubre una forma de dominación utilizando la ilusión de la democracia representativa.

domingo, 21 de febrero de 2016

Ricardo Mella, un espíritu anarquista universal



Por su interés para la historia del anarquismo, presentamos una de las mentes ácratas más brillantes; un hombre, siempre antiautoritario y enemigo de todo dogma, del que, con seguridad, podemos aprender mucho para construir un nuevo horizonte libertario.

"Procedente el pensamiento de Mella de fuentes proudhonianas, parece seguir toda la vida el curso de su caudal fecundo y es fiel a su compañía hasta el fin. No retrocede ni vacila. En efecto, aún corrigiéndose constantemente, Mella no se niega nunca. Permanece siempre el mismo. Su pensamiento viene del anhelo de la Libertad y de la Justicia social entrevistas y va, en alas de ese anhelo, en pos de su ideal cada día más ancho y divisado en nuestro horizonte tras cada eminencia del camino. Por la Justicia social y la Libertad, es decir, por el Socialismo y la Anarquía, hacia el progreso indefinido, absoluto, sin termino, ni meta." Eleuterio Quintanilla.

domingo, 10 de enero de 2016

Juan Peiró, anarquista y sindicalista revolucionario

Juan Peiró nació en 1887, en la popular barriada barcelonesa de Hostafrancs, y fue fusilado por el régimen franquista en 1942 al ser extraditado desde Francia cuando los alemanes la invadieron. El mérito de figuras como ésta, siendo innumerables nombres en el movimiento sindical y libertario de la historia de España, es enorme.

A los ocho años, Peiró comenzará a trabajar de vidriero y no aprenderá a leer y escribir hasta la edad de veintidós. Su gran capacidad de trabajo y su talento de organizador quedaron de manifiesto en la Confederación Nacional del Trabajo, ocupando importantes cargos como secretario general del Comité Nacional y secretario de la Federación Nacional de Obreros Vidrieros. También mostró sus dotes intelectuales en la dirección de los diarios Solidaridad Obrera y Catalunya, órgano de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña; igualmente, fue un asiduo articulista en diversas publicaciones libertarias españolas. Como es sabido, durante la Guerra Civil ocupó el cargo de ministro de Industria en el gobierno republicano; al final del conflicto, pasó a Francia insistiendo en permanecer al lado de sus compañeros encerrados en campos de concentración. Su final es legendario cuando, en un gesto más de dignidad y rebeldía, se negó tajantemente a recibir un cargo en el sindicalismo fascista y fue finalmente ejecutado por un nuevo régimen criminal. Como fuente de memoria viva, José Peirats escribía, en el apartado correspondiente a Peiró en Figuras del movimiento libertario español (Ediciones Picazo, Barcelona 1977), que se trataba de un escritor formidable, sin ningún asomo de demagogia, y un orador, tal vez no brillante, pero sí conciso y sincero; su profunda humanidad, en cualquier caso, resultaba incuestionable.

domingo, 24 de mayo de 2015

Anarquismo y homosexualidad

Anarquismo y homosexualidad es una investigación realizada por el inglés Richard Cleminson, especializado en la reforma anarquista sexual en la España de los años 30, con numerosos artículos publicados acerca de la homosexualidad, la eugenesia y sobre Wilheim Reich en los medios izquierdistas españoles. La obra recoge diversos artículos publicados entre 1924 y 1935, y trata de analizar pormenorizadamente cómo se veía la cuestión homosexual en los medios anarquistas españoles del primer tercio del siglo XX.

Desgraciadamente, ni siquiera personas con ideas sociales tan avanzadas pudieron escapar a la condición de "hijos de su tiempo" para ciertas cuestiones. Es necesario contextualizar los artículos recogidos en este estudio, siendo críticos con la historia de las ideas en aras de una mayor libertad para que cada persona pueda desarrollar su identidad. Si algo caracterizó al anarquismo y a los anarquistas es su deseo de buscar la liberación y ampliar el horizonte de la libertad en todos los ámbitos humanos, y en bien de unas bellas ideas (que buscan su concreción en una adecuada praxis) hay que buscar la corrección y el progreso de las mismas. La ausencia de cerrazón doctrinaria y el espíritu crítico deben formar parte del ideal libertario, a diferencia de otras ideas que aseguraban ser portadoras de la emancipación social, y que llevaron a cabo los mayores horrores en la práctica (conocidas son las persecuciones, también a homosexuales, en el socialismo de Estado de inspiración marxista). La liberación sexual es tan o más importante que cualquier otra que se desarrolle en la vida personal y colectiva, y no podemos evitar recordar de nuevo la divertida y significativa anécdota protagonizada por Emma Goldman y un ya anciano Kropotkin. Cuando la corajuda mujer le insistió en la importancia de la cuestión sexual en la revolución al autor de La conquista el pan, este desdeñó sus palabras primando los factores económicos frente a cualquier otro; Goldman le espetó algo así como que, tal vez, cuando llegara a su edad para ella también fuera la sexual una cuestión menor.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Arte y compromiso

Vamos a echar un vistazo ahora a otra obra fundamental para comprender el anarquismo en España, y su relación con el arte: se trata de Arte y compromiso. España 1917-1936, de Arturo Ángel Madrigal Pascual (Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid 2002). Como debería ser sabido, los acontecimientos sociales tienen una influencia en nuestra conciencia conformando nuestra ideología; así, son estas ideas las que en determinadas ocasiones aparecen a nuestro alrededor plasmadas en la actividad artística. Son esas obras las que tantas veces empujan a personas que conectan con esas ideas a la acción, influyendo entonces a su vez en los cambios sociales que hasta entonces estaban latentes. En este sentido, hay que observar la obra artística comprometida como de vanguardia, ya que se esfuerza en superar los convencionalismos sociales ayudando a generar una nueva conciencia apartada del "arte por el arte" (lo que podemos denominar un arte desinteresado ajeno a todo utilitarismo).

Lo que Madrigal analiza es que, a partir de 1917, se produce un acercamiento de un cierto del arte y los artistas a la clase trabajadora oponiéndose así a la sociedad capitalista; también, el hecho en los años 20 de que el artista avanzó solo, creciendo en su arte y en su compromiso con la vida y la sociedad a través de un realismo con rasgos propios. Se trataba de un estilo realista reivindicativo, que trata de ayudar a transformar el mundo, y no pretende solo alcanzar la belleza; por supuesto, en España no existe un realismo exclusivo, sino que el estilo se ve influido por otras tendencias en el panorama internacional. Si en Europa occidental (Zúrich, Berlín...) es el dadaísmo el que se encarga de tomar un camino revolucionario, en España no existirá un movimiento artístico organizado en contra del capitalismo, la opresión y el militarismo; no obstante, existe ese arte revolucionario en la sociedad española, menos coordinado, pero más espontáneo y real que en otros países debido a que la protesta surge tantas veces de las personas que sufren los avatares de la vida.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Organización obrera en España, principios del siglo XX

La obra de Juan Gómez Casas resulta fundamental para conocer y comprender la historia del anarquismo en España. En libros como Historia de la FAI se recuerda la evolución de lo organización obrera a principios del siglo XX, cuando por influencia del sindicalismo revolucionario francés la palabra societarismo es substituida por la idea nueva del sindicalismo y la sociedad obrera pasa a ser el sindicato.

El anarquismo realizaba una crítica al sindicalismo, primero por no dirigirse al ser humano en general, sino al trabajador, limitando así los horizontes intelectuales y filosóficos de las ideas; en segundo lugar, consideraba que el sindicalismo no era autosuficiente para resolver todos los problemas sociales. Así, el sindicalismo era solo un medio entre otros para lograr una sociedad nueva, ya que eran necesarias otras organizaciones libres de las actividades económicas, como las políticas o toda formulación libre en general. No obstante, a pesar de esta crítica, en aquellos tiempos se confunden el movimiento obrero libertario con las palabras sindicato y sindicalismo. En 1907, nace Solidaridad Obrera, federación local de las sociedades obreras de Barcelona, con la aspiración de emancipar a la clase trabajadora del sistema capitalista. Sus formulaciones son muy genéricas, pero recogen en gran medida el espíritu de la Primera Internacional. En el periódico homónimo de aquella organización participarán grandes personalidades del anarquismo español como Anselmo Lorenzo, Ricardo Mella, José Prat o Antonio Loredo. No tardaría en extenderse el ejemplo de Solidaridad Obrera por toda Cataluña y Andalucía, que en líneas generales tiene un espíritu anarquista, a pesar de estar abierta al conjunto de la clase obrera: antiautoritarismo e independencia de los partidos políticos.

martes, 9 de diciembre de 2014

Confluencia entre anarquistas, republicanos y librepensadores

Hemos insistido, en entradas anteriores, que existe una confluencia en el siglo XIX en España entre anarquistas, republicanos y librepensadores. Queremos repetirlo, para tratar de poner las cosas en su sitio y presentar las ideas libertarias decimonónicas como la fuerza más progresista y modernizadora del momento.

En aquel momento, los Centros de Estudios Sociales y los Ateneos eran los lugares comunes para esas ideologías avanzadas, espacio adecuado para el debate y el intercambio de ideas. Claudio Venza y Francisco Madrid, en Antología documental del anarquismo español, recuerdan la colaboración intelectual entre republicanismo y anarquismo en publicaciones como Ciencia Social y Germinal. En la literatura, a partir de esta colaboración entre fuerzas progresistas, existirán numerosos escritores, no solo en España, también en todo Europa, que abrazarán las ideas libertarias.
El simbolismo francés es las corriente literaria que más influye en los intelectuales y literatos españoles en aquellos años, en la última década del siglo XIX. Rudolf Rocker, en sus memorias, afirma lo siguiente: "No hay entre los representantes distinguidos de la literatura francesa de aquella época uno solo que no esté inspirado por pensamientos libertarios y no haya intentado llevar a la conciencia de los lectores la crudeza, la hipocresía y la descomposición interna de las instituciones sociales". No obstante, se trata de un anarquismo literario, tal y como lo denominó Azorín, que tal vez no tuvo la suficiente profundidad ideológica, que necesita un movimiento obrero organizado que no tardará en resurgir después de sufrir numerosas persecuciones estatales.

viernes, 5 de diciembre de 2014

La estética anarquista


Continuamos analizando los  orígenes del anarquismo en España, en este caso desde el ámbito de la cultura, considerada desde las ideas libertarias como un instrumento de liberación social e individual.

Los anarquistas españoles hicieron del arte y la literatura armas revolucionarias para perfeccionar la sociedad. Lily Litvak, en Musa libertaria, se ocupa de un periodo (1880-1913) de gran agitación social en el que brillaban con luz propia los ácratas. Existe una abundante producción anarquista en esos ámbitos y, desgraciadamente, al día de hoy sigue siendo muy desconocida. No creo que exista ningún otro movimiento que haya puesto tanto énfasis en la cultura como herramienta de emancipación, como manera de transformar el medio social y hacer mejores a los hombres. Ante las acusaciones de utopismo y de querer convertir a las personas en lo que no son, recordaremos que se trata de perfeccionar, no de conseguir lo perfecto, y cuanto menos de que la sociedad no suponga un medio de envilecimiento. En esa labor cultural, los anarquistas fueron fieles a sus principios y buscaron, consciente o inconscientemente, nuevas formas y medios para expresar ideas innovadoras. En muchos casos, esas inquietudes creativas provenían de los propios trabajadores, solidarios con los de su clase e inspirados por los más desfavorecidos. En otros, son escritores y artistas burgueses los que publicaron su obra directamente en medios libertarios o fueron reivindicados por los ácratas. Litvak recuerda que tal vez no se produjeron grandes obras anarquistas, pero sí se creo una encomiable alternativa radical por parte de la cultura popular con la más elevada de las aspiraciones: ser libre. Existe toda una discusión sobre la finalidad del arte, y parece muy aceptable que existe toda una vinculación entre la perfección formal, la belleza, y los sentimientos más nobles en el ser humano.

lunes, 1 de diciembre de 2014

El desarrollo del anarquismo en España

Dedicamos este texto a lo que será el desarrollo del movimiento en España a finales del siglo XIX, al que ya podemos calificar ya de anarquista; recordemos que la llegada de Fanelli, algo que por sí solo obviamente no puede explicar lo que fue el germen del anarquismo, cuyo desarrollo se ha atribuido casi al azar por parte de algunos historiadores, dará lugar a la sección española de la AIT, la cual adopta los principios libertarios de Bakunin, pero también se ve influida por un rico corpus precedente; incluimos al final un pequeño glosario para mayor comprensión de siglas y corrientes anarquistas

Como dijimos en textos precedentes, con la llegada de Fanelli a España se constituyen dos secciones: el núcleo promotor de la Internacional española en Madrid y, algo después, el grupo organizador en Barcelona. Si algunos historiadores, incluso de condición ideológica muy diferente, atribuyen más o menos al alzar el desarrollo del anarquismo en España (es decir, basto que llegara Fanelli para que todos se hicieran seguidores de Bakunin), Francisco Madrid sostiene que ese argumento no tiene base sólida alguna en la que apoyarse. Después de cierto periodo de preparativos y propaganda, se convocó un congreso obrero en Barcelona en junio de 1870; en él, se confirma la tendencia bakuninista, es decir, abstencionista en política, y se pusieron las bases organizativas desarrolladas posteriormente en los distintos congresos que la Internacional celebrará hasta 1874. De aquel congreso, nacerá la Federación Regional de Trabajadores (FRE), como sección española de la AIT. La organización quedaba estructura en dos vertientes federativas, una social y otra económica, partiendo ambas de la sección de oficio. En la vertiente social, las secciones del mismo oficio de una determinada localidad formaban la federación local; la federación comarcal estaría compuesta por las federaciones locales de la comarca; las federaciones comarcales darían lugar a las federaciones regionales, cuyos miembros eran elegidos en los congresos anuales. En la otra vertiente, las secciones de oficio símiles se federaban dando lugar a la agrupación local de oficios símiles, las cuales federadas formaban en todo el territorio la unión de oficios símiles. Esta estructura organizativa debía ser efectiva gracias a la recogida de todos los datos necesarios para conocer de forma exhaustiva la situación laboral de los obreros de cada oficio (empresas existentes, secciones, número de afiliados…); es por eso que se dará una importancia primordial a la estadística, considerada junto a la sociología como auténticas ciencias revolucionarias.

viernes, 20 de junio de 2014

Sociología del anarquismo hispánico

Sintetizamos la obra de Juan Gómez Casas sobre el anarquismo en España, en la que desmonta los desvirtuadores tópicos sobre las ideas y praxis libertarias aportando además su propia visión militante; desgraciadamente, no ha visto la luz hasta ahora la segunda parte del ensayo.

Esta estupenda obra de Juan Gómez Casas arroja luz sobre el nacimiento y desarrollo del anarquismo en España. Son tres las hipótesis que se critican sobre el porqué del fenómeno ácrata: la ruralista, la religiosa y la que se refiere a idiosincrasia: Historia y Fuero. La hipótesis ruralista, la favorita de autores marxistas y no libertarios en general, alude a una supuesta nostalgia de un mundo bucólico simple, compuesto por pequeñas comunidades rurales y artesanas, en el que el progreso no dictamina su severo juicio. Pueden verse aquí los rasgos de una visión lineal de la historia, reprochándose entonces al anarquismo su idealismo ajeno a las condiciones materiales objetivas. Según esta tesis, el anarquismo en España se justifica por su grado de atraso y subdesarrollo. Por supuesto, solo hace falta profundizar algo en las ideas ácratas para refutar esta visión demasiado generalizada. El anarquismo, optimista sí sobre el hombre y la sociedad, pero al mismo tiempo terriblemente pragmático al confiar más en las partes concretas que en el todo general, confía en un desarrollo en sentido amplio; lo que desmonta la hipótesis ruralista.

Gómez Casas echa mano de los clásicos para demostrarlo, como es el caso de Proudhon en Del principio federativo, en el que pueden apreciarse ya los rasgos autogestionarios de la empresa obrera, aunque todavía estarían por llegar Bakunin y Kropotkin. Es Bakunin el que consolida la visión anarquista al hablar de la planificación democrática y libertaria, realizada de abajo arriba por la federación de empresas autogestionadas. Con James Guillaume, aparecerán las formulaciones del sindicalismo moderno de inspiración libertaria al mostrarse partidario de la creación de federaciones corporativas industriales. Por lo tanto, se plantea con estos autores el problema de la convergencia de los dos federalismos, el económico y político. Bakunin considera que las asociaciones obreras de producción deben estar libremente federadas en el seno de las comunas, las cuales a su vez lo estarán entre sí: "La vida y la acción espontánea, suspendidas durante siglos por la acción, por la absorción todopoderosa del Estado, serán devueltas a las comunas tras la abdicación de aquel...". Kropotkin, que con su comunismo libertario o anárquico será el inspirador directo en las propuestas del anarcosindicalismo español, se expresa así en 1899: "Observamos en las naciones civilizadas el germen de una nueva forma social que ha de suceder a la antigua... Esta sociedad estará compuesta por numerosas asociaciones enlazadas entre sí para todo cuanto requiere un esfuerzo común: federación de productores para todas las clases de producción, comunidades para el consumo, federación de esas comunidades entre sí y federación de las mismas con los grupos de producción; por último, grupos más extensos aún que abarquen todo un país y hasta varios, y que estarán compuestos de personas que trabajen conjuntamente para la satisfacción de aquellas necesidades económicas, espirituales y artísticas que no están limitadas a un territorio determinado. Todos esos grupos asociarán sus esfuerzos por medio de un acuerdo mutuo... Se alentará la iniciativa personal y se combatirá toda tendencia a la unidad y a la centralización. Además, esta sociedad no cobrará rigidez en formas fijas e inmutables, puesto que será un organismo vivo y en constante desarrollo".

El pensamiento libertario en España tiene un proceso de evolución, desde las fórmulas del pactismo libre y federativo hasta el concepto eficacista de la autogestión, algo propio del movimiento obrero contemporáneo. La tesis ruralista queda desmontada al demostrarse que el anarquismo nació y se desarrolló a partir de dos núcleos iniciales radicados en Madrid, capital burocrática y administrativa del país, y Barcelona, emporio de la España industrial. Gómez Casas demuestra que el anarquismo español no tiene ningún carácter rural ni anacrónico ni es tampoco ajeno al progreso tecnológico. Otro asunto es, lo cual le sitúa con una innegable modernidad, que no se considere el desarrollo tecnológico como un fin, sino como un medio. Es algo inspirado en La conquista del pan, de Kropotkin, donde se nos recuerda que el ser humano, al conquistar la abundancia, tendrá tiempo para organizar su tiempo libre y reflexionar sobre el mundo por él creado y las interioridades humanas. La carrera tecnológica ciega emprendida por el capitalismo moderno tiene su alternativa en una lucha por la regeneración de la naturaleza, por el reestablecimiento del equilibrio ecológico y, en suma, por un mundo más humano no alienado por el progreso tecnológico.

Otra hipótesis sobre el asentamiento del anarquismo en España es la religiosa, según la cual se confiaría en una especie de advenimiento de perfección social e individual. En algunas versiones distorsionantes, el anarquismo vendría a ser una herejía contra la autoridad establecida, lo cual lo aproximaría al protestantismo. Se olvida aquí fácilmente que la rebelión promovida por Lutero y Calvino no tardó en traer nuevos dogmas guiados por el afán de dominio. No es tampoco necesario aclarar, para cualquiera con un mínimo de cultura, que esos autores religiosos jamás fueron reivindicados por ningún pensador ácrata. No existe un espíritu religioso en los anarquistas españoles, más bien todo lo contrario, se trata de un espíritu de rebelión o anárquico, el cual aflora a través de manifestaciones que pueden ser primigeniamente religiosas, pero que se mezclan con otros contenidos sociales, económicos y políticos. Al margen de una visión, optimista y anticipatoria, como la que pudo tener algún autor clásico, que considere que la historia camina hacia metas anárquicas, resulta indudable que esa tendencia del pensamiento humano aparece desde los albores de los tiempos, cuando el individuo empieza a cobrar conciencia de su propia entidad. Por su interés, reproducimos un texto de José Luis Rubio del prólogo de Historia del anarcosindicalismo español, del propio Juan Gómez Casas: "Exponía (alude al sociólogo y sindicalista Helmut Rüdiger) que la tensión entre el individuo y sociedad era algo permanente, imposible de superar en forma definitiva, y que la tarea del anarquismo era defender al individuo frente a su anulación en la comunidad, pero sabiendo que el triunfo pleno nunca podría alcanzarse, pues la tensión subsistiría siempre. Colocaba así el anarquismo en un plano aparentemente más modesto que el habitual y tradicional de fuerza revolucionaria, pero en el fondo en un plano más profundo, más perdurable: en el plano ético de la defensa del hombre, de su individualidad, de su personalidad, ahora, mañana, siempre, y en todas las sociedades imaginables. El anarquismo venía a ser, más que una táctica violenta de destrucción del sistema establecido, una ética de lucha permanente contra toda alienación, incluso contra la alienación revolucionaria".

No es necesario acudir a los clásicos para justificar que el anarquismo es ateo e incluso antirreligioso, por una cuestión de principios y necesidad filosófica. No existe simbiosis alguna entre el anarquismo y el protestantismo, como demuestra la actitud, no solo del anarquismo hispano, sino de importantes autores en un país como Alemania: Nettlau, Rocker, Landauer, Müssam...; por otra parte, mejor no hablar de Stirner, ahí donde el anarquismo se desliza hacia el nihilismo y derriba todo lo sacro en aras del desarrollo del individuo. En cuanto a otros sectores cristianos, y dejando a un lado a Tolstoi, que no deja de ser una peculiaridad como pensador, su contacto con el anarquismo no deja de ser un intento de promocionar la justicia y la libertad humanas frente a una realidad trascendente. La influencia anarquista se extiende largamente y, en este repaso a la (obviamente, falsa) hipótesis religiosa sobre el origen del anarquismo en España, Gómez Casas dedica un apartado al filósofo católico Emmanuel Mounier. Este autor, puede ser calificado de revolucionario cristiano, enemigo de todo conservadurismo y defensor de la dignidad de la persona y de su valor superior (trascendente), por lo que se muestra contrario a toda alienación y a toda cosificación. A nivel económico, como partidario del federalismo, de la descentralización y por su crítica al Estado, Mounier recuerda a Proudhon y a otros pensadores libertarios. Sin embargo, como recuerda Gómez Casas, este autor no es anarquista, y ni siquiera socialista, sino personalista; por ello, no acaba renunciando al Estado al necesitar su esquema de sociedad un arbitraje capaz de establecer equilibrios y ofrecer garantías a la persona y a los grupos sobre sus derechos. Puede decirse que en la filosofía personalista de Mounier existe una limitación del poder, en aras de una sociedad viva y multiforme, pero le reserva cierta fuerza coactiva para resolver los conflictos. El filósofo Carlos Díaz se empeñó en buscar las aproximaciones entre el personalismo de Mounier y el anarquismo, justificadas en una raíz común de búsqueda del amor y la libertad. Esa intención de fundar una especie de anarcopersonalismo tuvo un corto alcance; como se dijo anteriormente, las señas de identidad de las ideas libertarias son ateas (la idea de un ser supremo resulta inadmisible y se considera un simple reflejo de la acción humana) y contrarias a todo idea fija e inmutable (que se identifica con la religión). A pesar de ello, es comprensible que la defensa de la dignidad humana (de la persona o del individuo, la diferencia de terminología parece capricho de una u otra fiosofía) atraiga a personas de las más variadas sensibilidades.

Hemos visto hasta ahora la refutación que Juan Gómez Casas hace a dos hipótesis sobre el anarquismo hispánico: la ruralista y la religiosa; vamos ahora con la tercera, la que alude a la idiosincrasia: fuero e historia. Esto es, las razones aportadas para descifrar el fenómeno del anarquismo en España desde las hipótesis de ciertas características raciales o del carácter autóctono. Tal y como decía Ortega y Gasset en España invertebrada, no es fácil hablar de un carácter hispánico definido, aunque otros autores insistan en ciertos rasgos: particularismo, independencia, igualitarismo, justicia y quijotismo, individualismo... Si apartamos todos estos caracteres de cualquier relación histórica, es posible que los veamos como parte del anarquismo, tanto filosófico como práctico. Al fuerte individualismo en la idiosincrasia del hombre hispánico, se uniría el comunitarismo, la pertenencia a una comunidad, región o estrato social. Por supuesto, Gómez Casas comparte las reservas de Órtega, ya que los rasgos idiosincráticos están profundamente relativizados por la diversidad geográfica y del clima, por la diferencia de clase social y por las instituciones de distinta índole. El ser humano ve sus rasgos de carácter relativizados por los grandes hechos de la historia, por las revoluciones y las grandes transformaciones. Por el contrario, los regímenes absolutos de gobierno, que suspendieron fueros y libertades populares condujeron a la inhibición de las prerrogativas individuales y a la sumisión a fuerzas poderosas. Historiadores, como Rudolf Rocker, han considerado que el recuerdo de ciertas manifestaciones populares, como es el caso de los municipios libres, no se había borrado del todo en España. Sin embargo, Gómez Casas insiste en que la interrupción violenta y prolongada de ciertas libertadas han llevado a la afasia ante la presión de los nuevos tiempos. Hay que estar de acuerdo con él, cuando las generaciones posteriores a la Guerra Civil Española, después de décadas de dictadura, no poseen memoria alguna sobre el gran movimiento autogestionario iniciado en 1936. Por otra parte, sí hay que darle la razón a Rocker en que toda auténtica manifestación popular revolucionaria tiene rasgos inequívocamente libertarios. El movimiento anarquista, al margen de cierto espontaneísmo, no tuvo que improvisar al inicio de la revolución al existir una dilatada tradición obrerista en España. Los primeros esquemas de reestructuración social nacieron en el primer congreso de Barcelona, en 1870 (constitución de la Federación Regional Española), y se transmitieron sin interrupción hasta 1936. Es decir, existían criterios preconcebidos y estudiados durante décadas, los cuales descansaban sobre la sólida base de las ideas libertarias, desde la histórica llegada de Fanelli a España en 1869. No obstante, y aunque hay que tener en cuenta los condicionamientos de las circunstancias históricas, Gómez Casas considera que sí puede considerarse al anarquismo continuador de las más puras tradiciones fueristas y municipalistas de la historia de España. Es el caso, por ejemplo, de los municipios libres medievales, pero enriquecidos por la modernidad con los contenidos del socialismo y del anarquismo. Fueron momentos históricos con ciertos rasgos libertarios, pero se rechaza una memoria histórica como justificación del fenómeno anarquista, tesis defendida por ciertos historiadores.

En Sociología del anarquismo hispánico, se analiza también el anarquismo como acto decisivo de militancia revolucionaria y también el marco histórico que distintas circunstancias nacionales habían preparado de manera óptima para su desarrollo. La realidad es que, mientras en España se desarrollaba el internacionalismo anarquista, en otros países de Europa decrecía notablemente; la explicación de ese declive en el resto de Europa la coloca Gómez Casas en dos factores: la experiencia parlamentaria desarrollada por la socialdemocracia alemana, especialmente después de la Comuna de París, y la marea creciente del nacionalismo-imperialismo. En una Europa que se prepara para la guerra, el anarquismo organizado es una contracorriente que parece inviable. Por el contrario, en España es explicable el fenómeno anarquista por varios factores: el voluntarismo revolucionario, las peculiaridades políticas de la época y cierta marginación del país de las corrientes europeas dominantes. Las ideas de Bakunin ganaron la partida a las de Marx en España, ya que en el anarquismo es el hombre el que desencadena los procesos históricos frente a una concepción marxista que observa fundamentalmente el desarrollo de las fuerzas productivas. Las ideas liberarias se desarrollarán sobre el mantillo ya creado por las de Proudhon, por Ramón de la Sagra y por el republicanismo federal. Éste, es superado por un anarquismo que aspira a acabar con todo poder político. Frente a la declaración marxista "el primer deber del proletariado es la conquista del poder político", el anarquista "la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado". Los libertarios son fieles a la convicción de adecuar medios a fines, de tal manera que si el objetivo es la sociedad sin Estado y sin clases la estructura de las organizaciones anarquistas reflejará esa meta. Así, se anticipa la sociedad del povernir con estructuras federalistas y democráticas, en las cuales los dirigentes son substituidos por una base social activa con igual potestad para todos sus miembros. Si ciertas estructuras de partidos, centralizadas y jerárquicas, favorecen la creación del dirigente, las secciones libertarias dan lugar a la figura del militante, artífice de la prefiguración antes mencionada. El militante no acepta influencia externa alguna y, desde la base de su organización, construye y dirige su acción cotidiana elevándose desde lo concreto a lo abstracto. Frente al fatalismo producto de supuestas leyes de desarrollo histórico, la acción cotidiana y la proyección revolucionaria es el resultado de la acción concertada y corresponsable de todos los militantes libertarios. Es esta concepción, que supone el rechazo al Estado y a la lucha parlamentaria, la que confiere al anarquismo español una superioridad y coherencia sobre cualquier otra corriente izquierdista hasta 1936. Desgraciadamente, muchos autores han interpretado como un error este triunfo del anarquismo en España, pero la perspectiva que nos da una visión amplia pone las cosas en su sitio.

Gómez Casas nos introduce en las peculiaridades políticas de la época. Así, tras el golpe de Pavía y la Restauración, la Internacional para a ser clandestina hasta 1881. Hasta ese momento, el movimiento se mostraba cauto y trataba de organizar a los trabajadores sin apresuramiento. Cuando Sagasta inaugura en la fecha señalada un nuevo periodo de garantías constitucionales, ya están vigentes los partidos dinásticos que se suceden en el gobierno; el caciquismo oligárquico será el rasgo fundamental, estrechamente vinculado a los gobernantes de Madrid. Solo cuando los partidos modernos, como los republicanos y el socialista, van creando pequeños enclaves autónomos será posible el sufragio universal. El otro factor señalado influyente en la configuración del movimiento obrero español, de predominancia ácrata, es la inexistencia casi absoluta de presión nacionalista y, aún menos, imperialista. El desastre colonial deja apartada a España de la pugna entre las potencias europeas por adquirir mercados y territorios, tanto ultramarinos como colindantes. Así, no se da tampoco una centralización y regimentación sobre la conciencia nacional, que sí llega a contagiar al movimiento obrero en ciertos países. El anarquismo, a pesar de ser reprimido y relegado a la clandestinidad con frecuencia, conserva su pureza inicial y no se corrompe ni se disgrega volviendo, una y otra vez, a brotar con fuerza. Eso también explica que el socialismo en España no se integre en la lucha parlamentaria hasta mucho después que en el resto de Europa, debido al caciquismo que supone una centralización y tribalización del poder. El obrerismo, especialmente en las zonas rurales, se convence de la inutilidad de la lucha electoral y, al mismo tiempo, confía en la posibilidad del cambio revolucionario al comprobar que el poder es algo tangible y próximo sin necesidad de grandes aparatos burocráticos. Grosso modo, este es el repaso que da Gómez Casas a la vicisitud histórica, con muchos antecedentes claro está, del primer proletariado español organizado, militante y consciente de sus obligaciones y derechos.

Puede decirse que el anarquismo es una filosofía, sobre todo, de la persona, de su desarrollo integral y basada, por lo tanto, en una ética de la responsabilidad personal. Después de eso, sería una teoría revolucionaria y transformadora de la sociedad. Frente a la simple concepción economicista de la historia, los anarquistas se han esforzado en mostrar también la alienación producto de lo cultural, lo político y lo religioso, no subordinadas necesariamente a la económica. Los portadores del conocimiento científico y político en el seno de las poblaciones primitivas inauguraron el comienzo de la alienación para generar enseguida privilegios económicos y políticos. Es esta fuerza primaria la que da lugar al principio de autoridad, la que configura el mundo antiguo, cuyos valores han prevalecido. La originalidad el anarquismo está, entre otras muchas aportaciones, en haber visto esta perpetuación de toda forma de estatismo. Para lograr una nueva sociedad, en lugar de esa sumisión a supuestas leyes históricas y a condiciones objetivas, el anarquismo insiste en adecuar medios a fines, en crear las propias condiciones para caminar hacia la utopía. Así, el elemento clave es la racionalidad, ya que se propone la autogestión de todos los sectores económicos y productivos de la actividad humana; esa autogestión supondría la materialización de tres grandes ideas, libertad, democracia y autonomía, a las que puede denominarse anarquía (sociedad sin clases y sin Estado). En la sociedad actual, esas nociones apenas tienen sentido y sirven para encubrir y justificar la irracionalidad de las instituciones y de las estructuras sociales dominantes; es decir, en su verdadero sentido son incompatibles con el capitalismo y con el Estado, con la explotación económica y política. La acción coherente con la filosofía antiautoritaria es el federalismo, el cual no puede entrar en contradicción en cuanto a medios y fines; es sinónimo de pacto libre, alianza libre, acuerdo libre, apoyo mutuo y solidaridad. El medio para acabar con el Estado y con el capitalismo es el federalismo económico y político. En el federalismo libertario, en el cual no hay cabida para ninguna expresión nacionalista (ya que hablar de una cultura de los pueblos, de una identidad colectiva, conlleva el peligro del estatismo), las personas pueden controlar los procesos económicos como elementos concretos de la producción, así como organizar todas las relaciones humanas en general a partir del hábitat donde viven. Es otra forma de entender la política que conduce hacia la anarquía.

-Juan Gómez Casas, Sociología del anarquismo hispánico. Volumen I (Ediciones Libertarias, Madrid 1988).

viernes, 25 de abril de 2014

El anarquismo como evolución del liberalismo

Repasamos en el siguiente artículo, en base al pensamiento de algunos anarquistas españoles, importantes concepciones políticas que nos introducen a las notables diferencias entre anarquismo y liberalismo; incluso, las ideas libertarias pueden ser vistas como evolución de las liberales al sintetizar una visión socialista que no pierda jamás de vista la libertad individual, muy al contrario, la enriquece en todo lo posible.

La figura de Pi y Margall (1824-1901), debido a la gran influencia que tuvo Proudhon para su modelo federalista, se suele situar cerca del anarquismo, aunque hay que recordar que ese federalismo pimargalliano no aspiraba a destruir el poder (el Estado) sino a fragmentarlo y democratizarlo. Ricardo Mella, cuando Pi murió, reconocería la probidad de este hombre y consideró, lúcidamente, que el ideal federalista quedaría desvirtuado después de su desaparición al jugar en su contra demasiados intereses autonomistas y regionalistas. Así estamos al día de hoy. La noción de soberanía individual que sostenía Pi, según la cual "todo hombre que extiende sus manos sobre otro hombre es un tirano", si bien puede ser subscrita por la filosofía libertaria, hay que matizar que esa idea no niega la "soberanía popular", algo en lo que los anarquistas insistirán. Anselmo Lorenzo (1841-1914) sostendría que la llamada "soberanía del pueblo" era una ficción, y lo hacía en pos de afirmar lo absoluto de la soberanía del individuo. Esta idea no enfrenta al ser humano con la sociedad, y sí con la autoridad, y coloca al anarquismo como la más profunda teoría política defensora de la libertad.

Ricardo Mella (1861-1925) dejaría escrito que la libertad, en toda su extensión, debería ser el constante ideal del anarquismo: el ideal del autogobierno y el libre concierto con los demás en lo que atañe a la producción, al cambio y el consumo. En tanto no se expandiera el deseo de independencia personal y no se erradicara el afán por redimir, un sistema autoritario substituiría a otro. Nos encontramos aquí con unas ideas políticas infinitamente más profundas que el liberalismo, tan reivindicado todavía hoy en los comienzos del siglo XXI, sin demasiadas innovaciones respecto a hace un siglo, de manera simplista, hipócrita e interesada en lo económico, y por oposición en la mayor parte de los casos al socialismo de Estado. Los liberales reprocharán al anarquismo que obvie el necesario contrapeso de la ley y de la autoridad para la expansión de la libertad, pero de nuevo demuestran ignorancia respecto a la riqueza de las ideas libertarias, las cuales no se enredan en disquisiciones teóricas. Las libertades individuales fueron señaladas, ya entonces, como una farsa en una sociedad capitalista, y hoy en día, a pesar de la insistencia en ciertos derechos adquiridos, continúa la prevalencia de un determinismo económico que condiciona a la mayoría de la población. Conceptos como "derecho", diría José Prat (1867-1932), solo adquieren un significado real si se trata de una posibilidad real y efectiva; o, lo que es lo mismo, desprendiendo al término de su condición jurídica (proveniente del Estado) y permitiendo que el ser humano participe en la práctica de la riqueza material. Lorenzo, claramente influido por Bakunin, negó la escuela idealista, que afirma que solo al margen de la sociedad el ser humano es verdaderamente libre, y considerará que la libertad es una conquista social; únicamente insertado en la vida social el hombre puede humanizarse y enriquecerse al completar su libertad individual con la de los demás.

Enseguida nos topamos con lo que es una seña de identidad del anarquismo, la conciliación entre libertad individual y el socialismo o solución comunitaria. Teobaldo Nieva escribiría en 1885 que, si bien el individuo debería procurar que su autonomía fuera ilimitada, para lograrlo debería relacionarse en sociedad y equilibrar su dependencia del esfuerzo colectivo; no quiere ver Nieva una mera combinación de intereses y aspiraciones, en las que se cederían y perderían derechos, sino la reunión de todos ellos manteniendo intactas sus propiedades e integridad particulares. No fue, ni es, tarea fácil mantener intactas las aspiraciones individuales y colectivas, y podría parecer que algunes autores cayeran en la contradicción. Fermín Salvochea (1842-1907) llegó a alabar el comunismo de tal forma, que señalaría el individualismo como el mayor de los males. Naturalmente, es necesario contextualizar la afirmación de Salvochea dentro del ideal libertario (en todas sus corrientes, sin que ninguna de ellas sea menospreciada), y comprender que Salvochea demoniza ese individualismo de clase que apuesta por la competencia y el afán de lucro. Ese es el individualismo predominante en nuestra sociedad actual, con escasas aspiraciones sociales y cooperativistas, con mínima comunicación racional, y únicamente plegado a ese fantasma de la "soberania popular" o "voluntad general" que ya denunciaran los primeros anarquistas.

En el pensamiento de algunos de estos hombres se desprende cierta apelación a una supuesta, y cuestionable, "armonía natural", pero el análisis que contrapone sociedad (contrato o pacto libre) a Estado (ley coercitiva) es el verdaderamente interesante y el que ha quedado como parte sustancial de las ideas libertarias. Lorenzo considerará el pacto como representante de la libertad, pero también del bien común en el que se sacrifica parte de aquella. Si el pacto es símbolo de libertad y de cooperación, la ley representa el privilegio y la fuerza. Mella diría que no se trataba de encontrar fórmulas legislativas, sino de buscar la acción social continua, los hechos y conductas son los que mandan frente a los discursos y mítines que no vayan acompañados de aquellos. Frente a la concepción del derecho negativa que puedan tener las corrientes liberales, basada en que nada pueda atentar contra la existencia y en que el Estado quedará reducido a salvaguardar ese axioma, los anarquistas darán un sentido positivo al derecho, al que se podría llamar "natural" a priori, pero que adquiere su verdadera dimensión en una vida social que debe garantizar a cada individuo su libre desarrollo y cooperación con los demás. Federico Urales (seudónimo de Juan Montseny, 1864-1942) consideraba el anarquismo, en la línea de Bakunin, como una evolución lógica en la historia de la corriente liberal, traicionada ésta por una burguesía incapaz de repartir la riqueza. En la misma línea se expresaría Anselmo Lorenzo, el cual consideraba los ideales de la Revolución Francesa válidos, pero pervertidos posteriormente por la burguesía. Encontramos así una gran confianza en el progreso, cuyo colofón sería un socialismo anarquista, si bien no tan lineal y determinista como la visión marxista y sí con una confianza indudable en la libertad y en la acción social.

Fuentes:
-Anselmo Lorenzo, El proletariado militante (Alianza Universidad, Madrid 1974).
-Federico Urales, La evolución de la filosofía en España (Editorial Laia, Barcelona 1977).
-Grupo de estudio sobre el anarquismo, El anarquismo frente al derecho. Estudios sobre Propiedad, Familia, Estado y Justicia (Libros de Anarres, Buenos Aires 2007).
-José Álvarez Junco, La ideología política del anarquismo español (1868-1910) (Siglo Veintiuno, Madrid 1991).
-Juan Gómez Casas, Sociología del anarquismo hispánico (Ediciones Libertarias, Madrid 1988).
-Rafael Villena Espinosa, Anselmo Lorenzo (1841-1914) (Almud Ediciones, Toledo 2009).
-Ricardo Mella, Breves apuntes sobre las pasiones humanas (Tusquets Editor, Barcelona 1976).
-Ricardo Mella, Ideario (Producciones Editoriales, Barcelona1978).

sábado, 9 de junio de 2012

Sociología del anarquismo hispánico (y 2)

En la entrada anterior, vimos la refutación que Juan Gómez Casas hace a dos hipótesis sobre el anarquismo hispánico: la ruralista y la religiosa. Vamos ahora con la tercera, la que alude a la idiosincrasia: fuero e historia. Esto es, las razones aportadas para descifrar el fenómeno del anarquismo en España desde las hipótesis de ciertas características raciales o del carácter autóctono. Tal y como decía Ortega y Gasset en España invertebrada, no es fácil hablar de un carácter hispánico definido, aunque otros autores insistan en ciertos rasgos: particularismo, independencia, igualitarismo, justicia y quijotismo, individualismo... Si apartamos todos estos caracteres de cualquier relación histórica, es posible que los veamos como parte del anarquismo, tanto filosófico como práctico. Al fuerte individualismo en la idiosincrasia del hombre hispánico, se uniría el comunitarismo, la pertenencia a una comunidad, región o estrato social. Por supuesto, Gómez Casas comparte las reservas de Órtega, ya que los rasgos idiosincráticos están profundamente relativizados por la diversidad geográfica y del clima, por la diferencia de clase social y por las instituciones de distinta índole. El ser humano ve sus rasgos de carácter relativizados por los grandes hechos de la historia, por las revoluciones y las grandes transformaciones. Por el contrario, los regímenes absolutos de gobierno, que suspendieron fueros y libertades populares condujeron a la inhibición de las prerrogativas individuales y a la sumisión a fuerzas poderosas. Historiadores, como Rudolf Rocker, han considerado que el recuerdo de ciertas manifestaciones populares, como es el caso de los municipios libres, no se había borrado del todo en España. Sin embargo, Gómez Casas insiste en que la interrupción violenta y prolongada de ciertas libertadas han llevado a la afasia ante la presión de los nuevos tiempos. Hay que estar de acuerdo con él, cuando las generaciones posteriores a la Guerra Civil Española, después de décadas de dictadura, no poseen memoria alguna sobre el gran movimiento autogestionario iniciado en 1936. Por otra parte, sí hay que darle la razón a Rocker en que toda auténtica manifestación popular revolucionaria tiene rasgos inequívocamente libertarios. El movimiento anarquista, al margen de cierto espontaneísmo, no tuvo que improvisar al inicio de la revolución al existir una dilatada tradición obrerista en España. Los primeros esquemas de reestructuración social nacieron en el primer congreso de Barcelona, en 1870 (constitución de la Federación Regional Española), y se transmitieron sin interrupción hasta 1936. Es decir, existían criterios preconcebidos y estudiados durante décadas, los cuales descansaban sobre la sólida base de las ideas libertarias, desde la histórica llegada de Fanelli a España en 1869. No obstante, y aunque hay que tener en cuenta los condicionamiento de las circunstancias históricas, Gómez Casas considera que sí puede considerarse al anarquismo continuador de las más puras tradiciones fueristas y municipalistas de la historia de España. Es el caso, por ejemplo, de los municipios libres medievales, pero enriquecidos por la modernidad con los contenidos del socialismo y del anarquismo. Fueron momentos históricos con ciertos rasgos libertarios, pero se rechaza una memoria histórica como justificación del fenómeno anarquista, tesis defendida por ciertos historiadores.

En Sociología del anarquismo hispánico, se analiza también el anarquismo como acto decisivo de militancia revolucionaria y también el marco histórico que distintas circunstancias nacionales habían preparado de manera óptima para su desarrollo. La realidad es que, mientras en España se desarrollaba el internacionalismo anarquista, en otros países de Europa decrecía notablemente; la explicación de ese declive en el resto de Europa la coloca Gómez Casas en dos factores: la experiencia parlamentaria desarrollada por la socialdemocracia alemana, especialmente después de la Comuna de París, y la marea creciente del nacionalismo-imperialismo. En una Europa que se prepara para la guerra, el anarquismo organizado es una contracorriente que parece inviable. Por el contrario, en España es explicable el fenómeno anarquista por varios factores: el voluntarismo revolucionario, las peculiaridades políticas de la época y cierta marginación del país de las corrientes europeas dominantes. Las ideas de Bakunin ganaron la partida a las de Marx en España, ya que en el anarquismo es el hombre el que desencadena los procesos históricos frente a una concepción marxista que observa fundamentalmente el desarrollo de las fuerzas productivas. Las ideas liberarias se desarrollarán sobre el mantillo ya creado por las de Proudhon, por Ramón de la Sagra y por el republicanismo federal. Éste, es superado por un anarquismo que aspira a acabar con todo poder político. Frente a la declaración marxista "el primer deber del proletariado es la conquista del poder político", el anarquista "la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado". Los libertarios son fieles a la convicción de adecuar medios a fines, de tal manera que si el objetivo es la sociedad sin Estado y sin clases la estructura de las organizaciones anarquistas reflejará esa meta. Así, se anticipa la sociedad del povernir con estructuras federalistas y democráticas, en las cuales los dirigentes son substituidos por una base social activa con igual potestad para todos sus miembros. Si ciertas estructuras de partidos, centralizadas y jerárquicas, favorecen la creación del dirigente, las secciones libertarias dan lugar a la figura del militante, artífice de la prefiguración antes mencionada. El militante no acepta influencia externa alguna y, desde la base de su organización, construye y dirige su acción cotidiana elevándose desde lo concreto a lo abstracto. Frente al fatalismo producto de supuestas leyes de desarrollo histórico, la acción cotidiana y la proyección revolucionaria es el resultado de la acción concertada y corresponsable de todos los militantes libertarios. Es esta concepción, que supone el rechazo al Estado y a la lucha parlamentaria, la que confiere al anarquismo español una superioridad y coherencia sobre cualquier otra corriente izquierdista hasta 1936. Desgraciadamente, muchos autores han interpretado como un error este triunfo del anarquismo en España, pero la perspectiva que nos da una visión amplia pone las cosas en su sitio.

Gómez Casas nos introduce en las peculiaridades políticas de la época. Así, tras el golpe de Pavía y la Restauración, la Internacional para a ser clandestina hasta 1881. Hasta ese momento, el movimiento se mostraba cauto y trataba de organizar a los trabajadores sin apresuramiento. Cuando Sagasta inaugura en la fecha señalada un nuevo periodo de garantías constitucionales, ya están vigentes los partidos dinásticos que se suceden en el gobierno; el caciquismo oligárquico será el rasgo fundamental, estrechamente vinculado a los gobernantes de Madrid. Solo cuando los partidos modernos, como los republicanos y el socialista, van creando pequeños enclaves autónomos será posible el sufragio universal. El otro factor señalado influyente en la configuración del movimiento obrero español, de predominancia ácrata, es la inexistencia casi absoluta de presión nacionalista y, aún menos, imperialista. El desastre colonial deja apartada a España de la pugna entre las potencias europeas por adquirir mercados y territorios, tanto ultramarinos como colindantes. Así, no se da tampoco una centralización y regimentación sobre la conciencia nacional, que sí llega a contagiar al movimiento obrero en ciertos países. El anarquismo, a pesar de ser reprimido y relegado a la clandestinidad con frecuencia, conserva su pureza inicial y no se corrompe ni se disgrega volviendo, una y otra vez, a brotar con fuerza. Eso también explica que el socialismo en España no se integre en la lucha parlamentaria hasta mucho después que en el resto de Europa, debido al caciquismo que supone una centralización y tribalización del poder. El obrerismo, especialmente en las zonas rurales, se convence de la inutilidad de la lucha electoral y, al mismo tiempo, confía en la posibilidad del cambio revolucionario al comprobar que el poder es algo tangible y próximo sin necesidad de grandes aparatos burocráticos. Grosso modo, este es el repaso que da Gómez Casas a la vicisitud histórica, con muchos antecedentes claro está, del primer proletariado español organizado, militante y consciente de sus obligaciones y derechos.

Puede decirse que el anarquismo es una filosofía, sobre todo, de la persona, de su desarrollo integral y basada, por lo tanto, en una ética de la responsabilidad personal. Después de eso, sería una teoría revolucionaria y transformadora de la sociedad. Frente a la simple concepción economicista de la historia, los anarquistas se han esforzado en mostrar también la alienación producto de lo cultural, lo político y lo religioso, no subordinadas necesariamente a la económica. Los portadores del conocimiento científico y político en el seno de las poblaciones primitivas inauguraron el comienzo de la alienación para generar enseguida privilegios económicos y políticos. Es esta fuerza primaria la que da lugar al principio de autoridad, la que configura el mundo antiguo, cuyos valores han prevalecido. La originalidad el anarquismo está, entre otras muchas aportaciones, en haber visto esta perpetuación de toda forma de estatismo. Para lograr una nueva sociedad, en lugar de esa sumisión a supuestas leyes históricas y a condiciones objetivas, el anarquismo insiste en adecuar medios a fines, en crear las propias condiciones para caminar hacia la utopía. Así, el elemento clave es la racionalidad, ya que se propone la autogestión de todos los sectores económicos y productivos de la actividad humana; esa autogestión supondría la materialización de tres grandes ideas, libertad, democracia y autonomía, a las que puede denominarse anarquía (sociedad sin clases y sin Estado). En la sociedad actual, esas nociones apenas tienen sentido y sirven para encubrir y justificar la irracionalidad de las instituciones y de las estructuras sociales dominantes; es decir, en su verdadero sentido son incompatibles con el capitalismo y con el Estado, con la explotación económica y política. La acción coherente con la filosofía antiautoritaria es el federalismo, el cual no puede entrar en contradicción en cuanto a medios y fines; es sinónimo de pacto libre, alianza libre, acuerdo libre, apoyo mutuo y solidaridad. El medio para acabar con el Estado y con el capitalismo es el federalismo económico y político. En el federalismo libertario, en el cual no hay cabida para ninguna expresión nacionalista (ya que hablar de una cultura de los pueblos, de una identidad colectiva, conlleva el peligro del estatismo), las personas pueden controlar los procesos económicos como elementos concretos de la producción, así como organizar todas las relaciones humanas en general a partir del hábitat donde viven. Es otra forma de entender la política que conduce hacia la anarquía.

sábado, 31 de marzo de 2012

Arte y compromiso

Vamos a echar un vistazo ahora a otra obra fundamental para comprender el anarquismo en España, y su relación con el arte: se trata de Arte y compromiso. España 1917-1936, de Arturo Ángel Madrigal Pascual (Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid 2002). Como debería ser sabido, los acontecimientos sociales tienen una influencia en nuestra conciencia conformando nuestra ideología; así, son estas ideas las que en determinadas ocasiones aparecen a nuestro alrededor plasmadas en la actividad artística. Son esas obras las que tantas veces empujan a personas que conectan con esas ideas a la acción, influyendo entonces a su vez en los cambios sociales que hasta entonces estaban latentes. En este sentido, hay que observar la obra artística comprometida como de vanguardia, ya que se esfuerza en superar los convencionalismos sociales ayudando a generar una nueva conciencia apartada del "arte por el arte" (lo que podemos denominar un arte desinteresado ajeno a todo utilitarismo).

Lo que Madrigal analiza es que, a partir de 1917, se produce un acercamiento de un cierto del arte y los artistas a la clase trabajadora oponiéndose así a la sociedad capitalista; también, el hecho en los años 20 de que el artista avanzó solo, creciendo en su arte y en su compromiso con la vida y la sociedad a través de un realismo con rasgos propios. Se trataba de un estilo realista reivindicativo, que trata de ayudar a transformar el mundo, y no pretende solo alcanzar la belleza; por supuesto, en España no existe un realismo exclusivo, sino que el estilo se ve influido por otras tendencias en el panorama internacional. Si en Europa occidental (Zúrich, Berlín...) es el dadaísmo el que se encarga de tomar un camino revolucionario, en España no existirá un movimiento artístico organizado en contra del capitalismo, la opresión y el militarismo; no obstante, existe ese arte revolucionario en la sociedad española, menos coordinado, pero más espontáneo y real que en otros países debido a que la protesta surge tantas veces de las personas que sufren los avatares de la vida.

Existe también en las vanguardias formales en España un compromiso político, enriqueciendo así el concepto artístico y alejándolo de la mera comercialización y exhibición en galerías y museos. Estilos como el surrealismo y el cubismo presentan matices realistas, ya que son obras que nacen en lo más profundo del artista donde puede encontrarse su compromiso con el arte y con la vida. Los movimientos sociales, como es lógico debido a que la obra se fundamenta en la ideología del artista, influirán sobre su posicionamiento político, aunque la actitud formal de las creaciones pertenezca únicamente al mundo interior de sus realizadores. Las manifestaciones de un arte comprometido se producen en momentos revolucionarios de gran tensión social, aunque no siempre se puedan catalogar de arte revolucionario. Convive un arte vacío de contenido (sin tener en cuenta su estilo o tendencia) con uno surgido de lo más profundo del artista, de sus propias vivencias dirigidas contra los causantes de los males de la humanidad. Es por eso que hay que hablar de un arte comprometido, basado en un lenguaje fundamentado tanto en la ideologías como en los sentimientos.

En el entorno del obrerismo surgen determinados teorías sobre el arte, a las cuales la historia ha prestado poca atención. Toda la actividad nacida a finales del siglo XIX, se desarrolla en la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), aunque al margen de ese régimen político, incapaces sus responsables de ser conscientes de la fuerza de los movimientos artísticos; éstos, se radicalizarían progresivamente hasta llegar a jugar un importante papel en los años de preguerra y del conflicto. Toda la literatura surgida de la Revolución rusa, junto a los escritores anarquistas, influyen en la intelectualidad española; puede hablarse de un frente popular artístico e intelectual, anterior al político, muy vinculado a la clase trabajadora. Parte de la Generación del 27 romperá con la herencia de la poesía pura mostrándose conscientes sobre los problemas del mundo, combinando sentimiento con una crítica a la sociedad burguesa. En ese proceso ético-social, que cuestiona el arte puro burgués, el mundo libertario tuvo mucho que decir al liberar la creación artística de su condición mercantilista y rehabilitar la noción de trabajo también como arte.

En mayo de 1936, en su Congreso Confederal de Zaragoza, la CNT reserva al artista el papel que desee jugar una vez cumplido su jornada de trabajo como productor. Para los anarquistas, un arte verdadero solo puede estar relacionado con la vida y manifestado a favor de un arte popular libre de intereses particulares. En los años 30, existirá una consonancia de un arte revolucionario con los movimientos proletarios del momento; no es que las organizaciones políticas y sindicales indiquen el camino a seguir a los artistas, sino que son los autores los que ponen su obra al servicio de aquellas. Además de la pintura y la escultura, existirán técnicas características revolucionarias como el dibujo, el grabado y el fotomontaje. En la Guerra Civil Española, se desencadenará una serie de acontecimientos artísticos, los cuales coexistirán en la vanguardia y en la retaguardia alcanzando gran protagonismo. Un arte al servicio del pueblo que alcanzó grandes magnitudes de creatividad y personalidad, y aportó al mundo cultural obras de gran valía. En este periodo, el arte predominante fue el cartel, que alcanzó un gran nivel estético y fue realizado tantas veces por dibujantes y pintores prestigiosos etiquetados como artistas frustrados por la propaganda purista. La época en España analizada por Madrigal desarrolla en definitiva un movimiento artístico de aspiraciones universales, alejado de toda influencia nacional; el propio autor asegura, en línea con la tesis mantenida por Rocker en Nacionalismo y cultura, que es un momento de gran auge artístico muy influenciado por lo social al no estar tampoco constreñido por la influencia nacional y ser plenamente humanista y universalista.

lunes, 26 de marzo de 2012

Confluencia entre anarquistas, republicanos y librepensadores

Ya he dejado claro, en alguna entrada anterior, que existe una confluencia en el siglo XIX en España entre anarquistas, republicanos y librepensadores. Quiero insistir en ello, como dije, para tratar de poner las cosas en su sitio y presentar las ideas libertarias decimonónicas como la fuerza más progresista y modernizadora del momento. Entonces, los Centros de Estudios Sociales y los Ateneos eran los lugares comunes para esas ideologías avanzadas, espacio adecuado para el debate y el intercambio de ideas. Claudio Venza y Francisco Madrid, en Antología documental del anarquismo español, recuerdan la colaboración intelectual entre republicanismo y anarquismo en publicaciones como Ciencia Social y Germinal. En la literatura, a partir de esta colaboración entre fuerzas progresistas, existirán numerosos escritores, no solo en España, también en todo Europa, que abrazarán las ideas libertarias.

El simbolismo francés es las corriente literaria que más influye en los intelectuales y literatos españoles en aquellos años, en la última década del siglo XIX. Rudolf Rocker, en sus memorias, afirma lo siguiente: "No hay entre los representantes distinguidos de la literatura francesa de aquella época uno solo que no esté inspirado por pensamientos libertarios y no haya intentado llevar a la conciencia de los lectores la crudeza, la hipocresía y la descomposición interna de las instituciones sociales". No obstante, se trata de un anarquismo literario, tal y como lo denominó Azorín, que tal vez no tuvo la suficiente profundidad ideológica, que necesita un movimiento obrero organizado que no tardará en resurgir después de sufrir numerosas persecuciones estatales.

Por lo tanto, a finales del siglo XIX y principios del XX es habitual encontrar firmas de los más prestigiosos intelectuales en los periódicos y revistas anarquistas. Del mismo modo, los ácratas colaboran a su vez en publicaciones ilustres interesadas en los problemas sociales. Ciencia social es una revista, surgida a partir de la iniciativa del tipógrafo Cayetano Oller, cuyo progrema reza lo siguiente: "Queremos recoger, condensar y metodizar cuanto se sabe acerca de las relaciones humanas para fortalecer el criterio emancipador y dar a la voluntad la energía que únicamente obtiene por la posesión de la verdad". Entre los intelectuales que colaboran, se encuentran Pedro Corominas, Miguel de Unamuno, Pedro Dorado y Jaume Brossa. La bomba de Cambios Nuevos, de la que hablé en una entrada anterior a propósito del libro de Gutiérrez Molina, fue de los motivos que puso fin a la fructífera simbiósis entre un intelectualismo anarquizante y un anarquismo abierto a nuevos ideas.

En los Procesos de Montjuic, se encarceló a Pedro Corominas, colaborador en los medios anarquistas pero nada sospechoso de práctica alguna, y a la mayor parte de los redactores de Ciencia Social, lo que da idea de una represión que se cebó especialmente con el movimiento ácrata. No obstante, y a pesar de todas estas dificultades, siguieron surgiendo periódicos que difundirán el ideal anarquista; las persecuciones a militantes ácratas, entre los que se encontraban corresponsales de esos periódicos, hizo que sus vidas tuvieran una precariedad económica difícil de superar. La Anarquía es una publicación aparecida en 1890, que continúa la tradición periodística de los anarquistas madrileños, que a su vez tendría continuación en La Idea Libre, la cual aspiraba a "coadyuvar, por medio de la propaganda razonada y científica, a llevar al conocimiento del mayor número la necesidad imperiosa, justa, irrebatible de transformar las bases antinaturales que sustentan esta sociedad...". Hay que insistir en que estamos en un momento de feroz represión, por lo que La Idea Libre se convirtió en el único periódico español publicado entre agosto de 1897 y enero de 1898. Los Procesos de Montjuic tendrían consecuencias negativas para el anarquismo durante un tiempo, aunque no tardaría en revitalizarse bien entrado el siglo XX.

martes, 20 de marzo de 2012

El anarquismo en España: destruyendo los tópicos

Estos días, le he echado un vistazo a una prestigiosa obra sobre la Guerra Civil Española: El laberinto español, de Gerald Brenan. Ya se me había advertido de dos cosas: sobre su visión sobre el anarquismo, más concretamente sobre el movimiento en España y sobre el porqué de su arraigo, y también que era una obra ya (muy) superada. Haciendo casi omiso, ingenuo de mí, y debido a una reciente edición de esta obra, mi horror y cabreo no tardaron demasiado en aparecer al leer el capítulo dedicado a los anarcosindicalistas. No voy a reproducir las barbaridades de Brenan, pero sí creo que merece la pena refutarlas citando obras importantes y actuales, por lo que lector avispado no tardará en descubrir las perlas y lugares comunes sobre el anarquismo. Aunque no sé si existen alguien que puede ser totalmente objetivo, hay que hablar de una realidad evidente, y sí pienso que es posible ser honesto desde cualquier simpatía ideológica, indagando y profundizando, así como huyendo de todo fanatismo irracional (y del dogma, por lo que nunca puede ser vistas las ideas libertarios como un "fervor religioso"); dicho sea esto para evitar cualquier crítica prejuiciosa.

Para abrir boca, mencionaré brevemente artículos en publicaciones que se han ocupado del tema. Es el caso de Ayer, título que la Asociación de Historia Contemporánea, en coedición con Marcial Pons, Ediciones de Historia, ha dado a una serie de publicaciones sobre el pasado más próximo. En 2002, dedicaron un número al anarquismo español. En sus textos, realizados por conocidos investigadores sobre el tema, se observa la heterogeneidad y diversidad como características más notables del anarquismo. Alguien tan poco sospechoso de simpatías libertarias, como es el historiador Javier Paniagua, ofrece en su artículo "Otra vuelta de tuerca: las intepretaciones del arraigo del anarquismo en España. ¿Sigue la polémica?" (Germinal. Revista de Estudios Libertarios núm.1, abril 2006) la siguiente conclusión: el movimiento libertario supone, tal vez, la aportación más moderna que España ha legado a la constelación ideológica. Ya he mencionado en numerosas ocasiones esta publicación actual, Germinal. Revista de Estudios Libertarios, que tiene la intención de continuar esa labor de la historiografía anarquista, de manera profunda y extensa, ocupándose también de otras ciencias humanas.

En una obra de la que hablé recientemente en este blog, El Estado frente a la anarquía (Síntesis, 2008), José Luis Gutiérrez Molina lo deja muy clarito: "los ácratas españoles crearon organizaciones que representaban la 'máxima modernidad' como instrumentos de la lucha de la clase obrera". Así, la estructura de la CNT en sindicatos únicos hay que verla como un ejemplo. Brenan, no solo realiza generalizaciones, sino que trata de dar una explicación sicológica poniendo la semilla de lo que hoy consideramos pobres tópicos: milenarismo y "rebeldía primitiva". Los anarquistas, en España o en cualquier otro lugar, son coherentes con sus principios antiautoritarios, lo cual está muy lejos de todo fervor religioso o fanatismo de cualquier índole; de hecho, sus propias organizaciones son un ejemplo de evolución en el tiempo y mejor adaptación a las condiciones sociales y económicas. En este último aspecto, la CNT acabó ofreciendo unas estructuras y unas tácticas capaces de hacer frente a un capitalismo tendente al monopolio. El movimiento anarquista, que no olvidemos que era mucho más amplio y tenía una visión integral (algo que Brenan acaba criticando como ejemplo de "conversión") era tan pragmático en su lucha diaria como convincente en sus objetivos finales. En ningún caso, al margen de las ideas con las que uno simpatice o con lo que considere que es posible lograr a nivel político y socioeconómico, es posible hablar de "rebeldía primitiva" ni de milenarismo, y mucho menos, como dice Brenan, de unas ideas en el fondo "reaccionarias".

Los tópicos, provenientes en gran medida de hispanistas como Brenan o de la cultura popular, sobre el anarquismo español empezaron a ser refutados ya en los años 60 y 70 del siglo XX. Gracias a ello, alguien con un mínimo de cultura política debe conocer que existe cierto componente en las ideas ácratas de pensamiento liberal e ilustrado, así como numerosos puntos en común en España con otras corrientes progresistas: republicanos, radicales, librepensadores... Algo tan elemental como esto echa por tierra cualquier lectura reaccionaria, de manera evidente o encubierta (de todo hay), sobre el anarquismo. Aclararé, por si no hay quedado claro, que hablo de anarquismo en España de modo amplio, no solo de la CNT, por mucha importancia que tuviera el sindicato dentro del movimiento libertario y aceptando que fue la organizaciones obrera en gran parte la que posibilitó la difusión y aceptación de un discurso amplio y ambicioso. Los historiadores Francisco Madrid y Claudio Venza, con una obra como Antología documental del anarquismo español (Fundación Anselmo Lorenzo, 2011), representan tal vez la superación definitiva de los tópicos de antiguas intepretaciones, ofreciendo además un extenso muestrarios de documentos consecuencia de una larga permanencia en archivos y bibliotecas. Es precisamente en este trabajo donde se observa el anarquismo ya de una manera decididamente amplia y compleja: desde la Primera Internacional y las organizaciones que se consideran sus herederas, a las estructuras sindicales y propiamente políticas, teniendo en cuenta también a organizaciones secundarias y, a veces, marginadas. Hay que dejar de lado, pues, los tópicos e indagar en esos primeros años después de la llegada de Fanelli en 1868  a España, con el gran esfuerzo y las intensas luchas de los anarquistas, para comprender de veras la construcción de sus bases ideológicas y organizativas.

En posteriores entradas, con la intención de seguir desmontando pobres lugares comunes, me seguiré ocupando de la historia del anarquismo en España, y también de sus aportaciones al arte y la cultura.

jueves, 29 de julio de 2010

El anarquismo en la historia del pensamiento social III

Salvador Giner, en Historia del pensamiento social, considera a Kropotkin "el escritor sereno y sistemático del anarquismo", aunque aclara que es la otra cara de un autor como Bakunin (algo, cuanto menos cuestionable e incluso hay posturas de Bakunin que han resistido mejor el paso del tiempo en mi opinión), un continuador de la línea científica de Proudhon y representante de la versión anarquista del comunismo. La tesis kropotkiniana del apoyo mutuo como factor de cohesión social tiene su origen en William Godwin y en su creencia de la existencia de una benevolencia universal, así como la confianza en "los principios de racionalidad, eficiencia, eliminación de esfuerzos inútiles y explotación del progreso científico". Se considera que este programa forma parte de toda una filosofía de la historia, viene a ser una visión de la evolución social y biológica que subraya los aspectos cooperativos frente a la competencia como factor de progreso. Es ya un lugar común el enfrentar la visión de Kropotkin a la de Darwin, aunque jamás el ruso contradijo la obra del inglés, más bien se trata de una misma visión enriquecida.

La solidaridad entre individuos de la misma especie es imprescindible para vencer la contrariedades de la naturaleza y, dice Kropotkin, las especies más evolucionadas son aquellas que han sabido comprender la importancia del apoyo mutuo. Por lo tanto, la teoría de la evolución no queda definida necesariamente por la lucha entre las especies, sino por el combate de éstas frente a una naturaleza adversa. En una sociedad basada en la cooperación, en la que existan recursos para todos, los individuos no tienen por qué lanzarse al enfrentamiento y la destrucción. La moral humana, que con autores como Kropotkin se desprende definitivamente de todo origen divino o metafísico, es el resultado del sentimiento de cooperación y solidaridad. La propuesta de Kropotkin es una sociedad comunista, realizada progresivamente gracias la educación de las personas , las cuales pueden descubrir y desarrollar su capacidad para cooperar y para crear, a la inculcación de sólidas convicciones. Son ya lugares comunes las menciones a la supuesta moderación de Kropotkin en los últimos años de su vida (críticas que, a mi modo de ver las cosas, cuando se realizan desde la cómoda perspectiva actual, se me hacen algo penosas), a su supuesto apoyo a la Revolución Rusa (a la que consideró un fenómeno al que no resultaba posible oponerse y sí acabó criticando su autoritarismo) y a los aliados durante los Primera Guerra Mundial.

España es el país donde se ha dado el más poderoso movimiento anarquista y, otro lugar común que habría que revisar, no considera Giner que fuera, de forma paradójica, lugar de grandes teóricos. Se apresura también a la hora de nombrar factores causales de ese arraigo libertario: industrialismo deficiente, vida semirrural de gran parte del proletariado, hostilidad regional contra el centralismo estatal... El análisis de la importancia del movimiento anarquista en España es todavía una asignatura pendiente en la labor historiográfica... Recordar sin más este contexto, que sin duda tuvo su importancia para el desarrollo libertario, es quedarse muy corto, hay que recordar la complejidad y vitalidad, siempre intemporal, de las propuestas libertarias, que le dan una innegable actualidad, por lo que resulta triste resolver el tema de manera tan simplista y reduccionista. Analizar el porqué de un progresivo desarrollo del movimiento anarquista, y no solo de una central sindical como señalan otras visiones simplificadoras, es una tarea compleja para los historiadores. Yo me quedo siempre con las propuestas de emancipación en todos los ámbitos de la vida, lo que demuestra la fortaleza, originalidad y especificidad de unas ideas. Tal vez el anarquismo hispano fuera más receptor de ideas, que creador de las mismas, pero lo que parece claro es que trató de llevarlas a la práctica con toda la vitalidad y creatividad de la que fue capaz. El triste colofón a esa situación de un movimiento libertario tan importante se produjo en la Guerra Civil, tras la derrota manu militari, cuando los anarquistas pusieron a prueba sus convicciones y se vieron obligados incluso a defender un sistema que las transgredía para combatir el fascismo.

En 1845, aparece en La Coruña el primer periódico del mundo que puede considerarse anarquista, El Porvenir, fundado por el discípulo de Proudhon Ramón de la Sagra. Conocido es también que el federalismo proudhoniano tuvo continuidad en la obra del republicano catalán Pi y Margall, el cual tradujo un buen número del francés. Puede decirse que, en origen, el republicanismo federal y el anarquismo estaban muy cerca. Pero el comienzo del anarquismo en España se suele situar con la llegada de Fanelli en 1868, propagador de las ideas de Bakunin. A partir de ese momento, el somero análisis que realiza Salvador Giner sobre el anarquismo español me resulta bastante torpe (la obra que tengo es una reimpresión de la revisión que se hizo tras la muerte de Franco, desconozco si existe alguna otra que afecte a esta parte del anarquismo). La insistencia, de nuevo simplificadora, en dos tipos de anarquismo, uno industrial y práctico y otro rural y utópico, el énfasis en una constante táctica violenta de la CNT (combativa no es sinónimo de violenta, al igual que la llamada "acción directa" no supone necesariamente actos violentos), la única mención que se hace a la FAI es como organización que trata de controlar a la CNT e incluso "revisar los principios confederales extremos" (sic); además, los actos desestabilizadores anarquistas durante los años 30, durante una república que tuvieron finalmente que defender, o las críticas a las transformaciones revolucionarias durante la guerra son ya lugares comunes que merecen un estudio detallado, máxime en un texto que se considera académico. No se trata de idealizar el pasado del anarquismo, justo es reconocer los errores y ser críticos siempre con actos excesivos que transgreden, además, las propias ideas libertarias. Sin embargo, es penoso enfatizar la violencia en una obra sobre pensamiento, cuando precisamente una de las características destacables del anarquismo es la búsqueda de coherencia entre medios y fines, el deseo de desterrar toda coacción en la sociedad.

Existe un anarquismo histórico, derrotado después de la Guerra Civil Española, algo innegable, pero a lo que yo trataría de observar de otro modo. Es decir, el fin del anarquismo se produce en gran medida por su renuncia a conquistar el poder, a imponer un sistema perdiendo así sus señas de identidad. Por supuesto que existen errores dignos de análisis y actos cuestionables, pero la medida para juzgarlos siempre puede realizarse con mayor horizonte desde la teoría y praxis libertarias, unas ideas profundamente humanistas, con influencias múltiples y constantes, que desean dar auténtico sentido a las nociones de libertad y justicia social. Los momentos de grandes revoluciones forman parte del pasado, pero los movimientos libertarios surgen una y otra vez, con distintas medidas y capacidades, pero con una implicación social siempre importante, en un mundo en el que persisten la explotación y el autoritarismo.

domingo, 24 de enero de 2010

La visión anarquista de Urales

Vamos a echar un vistazo a lo que pensaba uno de los mejores teóricos del anarquismo español, Federico Urales, seudónimo de Juan Montseny. La descripción que hizo de las "ideas" era simple y concreta, "igualdad de bienes y libertad individual, dentro de la libertad colectiva", una definición que consideraba inmutable, constantemente enriquecida, pero inmutable en la sencillez de su esencia. Su idea del anarquismo era inseparable de los valores humanos, se trataba de la solución más justa para los males de las sociedades "modernas" (Urales vivió en la crucial etapa que abarca el último tercio del siglo XIX y más allá del primero del siglo XX). Se trataba de liberar a todas las clases, en un intento claro de alejarse de otras concepciones socialistas que observan al proletariado como el "sujeto" protagonista de la revolución, con especial atención a los más oprimidos. El gran obstáculo para las prácticas sociales más bellas lo constituye, según Urales, el "principio de autoridad": enemigo de toda igualdad y de toda libertad. La autoridad era la responsable de la "desigualdad de bienes", y está convertía en necesaria la autoridad con el objetivo de defender la desigualdad.

Su idea de revolución social implicaba acabar con el principio de autoridad. En caso contrario, si se sacrifican las ideas anarquistas para la acción revolucionaria, supondría que el ciclo volviera a empezar y fuera necesaria otra revolución. Los primeros autores anarquistas de gran influencia, Proudhon y Bakunin, ya consideraron que la igualdad económica sin la anarquía (es decir, con el principio de autoridad intacto) sería imposible. El francés y el ruso son los primeros que establecen un anarquismo "práctico", en el sentido de convivencia social y cambio. Pero Urales observaba una evolución dentro del anarquismo: el socialismo extraño e inconexo de Proudhon había dejado paso al colectivo de Bakunin, más consciente y depurado, para finalmente imponerse en el movimiento libertario la idea del comunismo libertario defendida por Kropotkin, Reclus, Grave, Malatesta o Malato. Esta evolución quería ser vista como un permanente enriquecimiento en el que las ideas inmutables de negar toda autoridad y toda política permanecían intactas. Hay que matizar aquí, como tantas veces, la terminología empleada: "autoridad" se identifica con todo centralismo, con la dominación política que supone el Estado o la explotación económica del capital; a su vez, la concepción de "política" es vista como limitada a la gestión de los asuntos del Estado. Que ésta fuera la visión de Urales, y de tantos otro anarquistas del pasado, no supone que el lenguaje evolucione y adopte un sentido más amplio identificado con la realidad que supone la práctica humana. El trabajo era visto como un elemento liberarador y la concepción comunista, según la anarquía, supondría la abundancia productiva.

Pero Urales quiera salvar la independencia del individuo frente al interés de la colectividad. Tal idea de predominancia de la subjetividad es vista con raíces kantianas y continuada en grandes pensadores como Stirner o Nietzsche, pero Urales la identifica con el anarquismo si es protegida de desviaciones morales o actitudes decadentes inadmisibles. Los auténticos "individualistas" son aquellos que no buscan coartadas en la influencia del medio ni establecen su subjetividad por encima de cualquier cosa. Si el anarquismo es libertad, independencia y carácter, también es amor y humanidad. El ideal de comunismo, si no pone ante todo la independencia de cada individuo, no puede ser identificado con el anarquismo. Si colectivismo y comunismo fueron objeto de disputas dentro del movimiento libertario, la que se produce entre comunismo e individualismo será una tensión constante para enriquecer al anarquismo. Urales, junto a Tarrida, Lorenzo o Mella, lucharon para lograr la armonía en esa tensión: los comunistas anarquistas actuarían en las organizaciones obreras, los individualistas permanecerían en una esfera propia o actuarían en grupos de afinidad. No puede encorsetarse el anarquismo poniéndole un adjetivo, se negaría entonces cualquier otra práctica libertaria que suponga una sociedad de hombres y mujeres libres.

La tesis anarquista de Urales supone el individuo contribuya a las necesidades comunes, dedicándolas una parte de sus actividades, y que a su vez la comunidad contribuya a la libertad de ese individuo, dejando libertad a los productores para dedicarse también a la artes, las ciencia o a las actividades económicas que más aprecien. El precio para el goce individual es una pequeña contribución de cada persona a los intereses comunes. Era un tiempo en que se observaba el progreso tecnológico como liberador, la máquina se encargaría de realizar las tareas menos agradecidas. La superación de las clases y el bienestar económico solo podría lograrse contribuyendo todos como productores y combatiendo que se generaran "liberados", como ocurría en los partidos políticos y en otros movimientos socialistas o sindicalistas. Al mismo tiempo, Urales reclamaba inteligentemente otra "tensión" en el movimiento anarquista, la que produce la organización frente a las necesarias ideas y creatividad, sin que predominen una sobre las otras. El materialismo envilecedor, que supone la rentabilidad económica como un fin en sí misma, era un peligro que dejaba en un segundo plano el bien del ideal. Urales se distanciaba de toda crítica a la organización obrera de influencia libertaria, que también buscaba el beneficio inmediato para los trabajadores, y donde la enfocaba con fuerza era en un sindicalismo doctrinario que pretendiera planificar la sociedad futura y que cayera en alguna suerte de jerarquía. Una vez más, se reclama una especie de "esencia" libertaria que se mantenga a salvo de revisionismos posibilistas, por un lado, pero atenta siempre a una evolución enriquecedora. Sin entrar en disquisiciones filosóficas que observan todo esencialismo como antipático, no deja de tener razón Urales: la anarquía, en el plano teórico, constituye un ideal humano que debiera ser observado de manera rigurosa en los medios. En caso contrario, es posible que exista algún beneficio aparente, inmediato o extendido en el tiempo, para la humanidad, pero debiéramos ser cautos para calificarlo de anarquismo (como práctica que busca la consecución del ideal). Es una visión radical que se mantiene a salvo de fanatismos, al menos para los que conocen bien las ideas anarquistas: la libertad y la dignidad del ser humano (de cada ser humano) no se posponen, en ninguna circunstancia (algo que debiéramos aprender de la historia), para una supuesta sociedad futura.

Volviendo al término "política", si lo entendemos como arte de gobernar o como gestión del Estado, resultaba francamente rechazable para el anarquista y para esa "esencia" del anarquismo. Otra cosa es que el lenguaje, como algo mutable y propio de la deliberación humana, otorgue un sentido más amplio a la política, y quepa en él una concepción que observe el anarquismo. Es decir, una polis sin Estado, que se dé a sí misma sus propias normas sin ningún tipo de centralización ni de dominación. En ese sentido, el anarquismo puede ser objeto de una nueva evolución enriquecedora y no tiene por qué calificarse a sí mismo de "antipolítico". Dentro de los "principios inmutables" del anarquismo se encontraría negar derecho alguno a utilizar la fuerza y garantizar, por el contrario, el derecho incondicional a la vida y a la libertad. Cualquier revolución, según Urales, que se establece por la fuerza lleva en sí el germen de un nuevo proceso revolucionario. De nuevo se adopta un lenguaje, en mi opinión limitado a la época: lograr esa revolución sería acabar con el "derecho" (la ley jurídica, la impuesta por el Estado) y hacerlo también con la "propiedad privada" (identificable con la renta del trabajo ajeno). Urales tiene una fe inquebrantable en una armonía social que imite la que existe en la naturaleza, es el respeto a unas leyes naturales presente ya en Bakunin. Pero si esta visión de la naturaleza, y de la ciencia como el establecimiento de lo que es más beneficioso en ella, es propia del anarquismo decimonónico, podemos de nuevo ser críticos extendiendo al mismo tiempo el concepto de "armonía social". Esa armonía puede ser enriquecida combatiendo también toda "verdad" científica, susceptible siempre a ser cuestionada, el establecimiento de la cual ha estado no pocas veces al servicio de la dominación más que con intenciones emancipadoras. Podemos ser igualmente muy críticos con la idea de "progreso", fe inquebrantable para el anarquismo desde sus orígenes, pero conservando la lucidez de valorar los logros humanos y tratar de buscar las práctica para dirigirnos a un mundo mejor (mezcla de deseo y acción que nunca podrá sernos arrebatada).